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miércoles, 17 de septiembre de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes (10 de 20)

 

 Por Pedro Costa Morata
   Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

Torreciudad y el verano antinuclear del 75


      Me encuentro, leyendo el periódico, con que hay un conflicto, en fase agria, entre el obispo de Barbastro-Monzón y el Papa de Roma a cuenta del santuario de Torreciudad, propiedad del Opus Dei, que se levantó en 1975 sobre el pantano de Grado (río Cinca) como exhibición de la Obra en tierra de su fundador, el inefable Escrivá de Balaguer. Era aquel barbastrino un hombre de Dios y a la vez un narcisista perfectamente antievangélico, integrista, estirado y... santo que fue elevado a los altares de forma exprés (si atendemos a la pachorra habitual, frecuentemente de siglos, de la Iglesia para santificar a sus héroes), de lo que se encargó Juan Pablo II, de su misma cuerda y que más velozmente todavía fue también canonizado por el Papa Francisco, para pasmo de católicos de bien.


Santuario de Torreciudad.

      Esta pugna eclesial solo me interesa tocarla por lo bien que me viene para entrar en los recuerdos de mi contacto juvenil con el Opus y, más importante todavía, mis emotivas experiencias oscenses del verano del 1975. Pero no dejaré de subrayar lo que por su parte la prensa viene destacando: la indignación del obispo citado (que amenaza con dimitir) porque el nuevo Papa se inclina hacia la famosa Obra en la pugna por el control del santuario, algo que tenía muy claro el Papa Francisco, que apoyaba al monseñor y que llegó a advertirle sobre las “intrigas mafiosas” de esa organización ultracatólica sobre el asunto.

      Y de mi experiencia con el Opus diré que serían los dos últimos años de carrera de ingeniero cuando lo frecuenté a invitación de mi querido amigo y compañero Manolo Campos, lo que consistió en tres o cuatro “retiros” en aquellos pisos y residencias que poseían en Madrid y alrededores (y que seguirán teniendo, digo yo). Era verdad que trataban de abducir a estudiantes “formales” (y a ser posible, destacados), pero más bien de clase media-alta, a la que yo no pertenecía. De ahí que me produjera malestar un ambiente en sus locales de decoración exquisita: escudos nobiliarios, paredes chapadas de madera oscura, techos recubiertos, escaleras tapizadas... Lo que nunca me deslumbró, ya que me resultaba ajeno e indigerible, y además lo del “ascenso social” me ha sonado siempre a ambición ridícula y canción de cuna. Tras mi segundo campamento de Milicias (verano de 1969), donde el mando militar consentía en reuniones para fieles captados en horas de descanso, liquidé y mantuve el tipo frente al acoso pegajoso de sus “cazatalentos” (con perdón). Mi religiosidad, todavía sincera, rimaba con una vida moderada y escueta, siendo ambas pautas de conducta las de mi casa y mi gente, así como las de la educación de mis maestros salesianos, distinguidos en la formación (generalmente, profesional) de alumnos de clase obrera.

Paso al tema nuclear sin que me deje fuera algo muy importante: que en aquel tiempo pude conocer, bastante bien, tanto al Opus como al Ejército, lo que me ha resultado impagable, ya que siempre he querido disponer de un conocimiento suficiente, para mi mejor proceder, de instituciones y personajes de significación social (sobre todo, ecologista) con los que había de encontrarme por un motivo u otro. Y cierro esta larga introducción opusiana reconociendo que 1975 y sus más destacados contenidos me han inspirado este texto por aquello de los 50 años transcurridos, que en lugar de abrumarme y tal me presentan unas aventuras con cuya rememoración -que incluye la revisión de mis pecados de pardillo- me siento rejuvenecer...

Fue un día de julio de aquel señero 1975 cuando me llamó Guillermo Carrera, originario de Alcolea de Cinca, para invitarme a su casa y tierra, la Ribera del Cinca, e implicarme en la batalla antinuclear que se había desatado allí a partir de que ENDESA promoviera una central nuclear sobre ese río, en el municipio de Chalamera. Y me impliqué, visitando, con él y de camino, el santuario de Torreciudad, que se acababa de inaugurar y que me pareció excesivo y algo insultante, acorde con lo que del Opus había quedado en mi caletre. Mi misión fue adaptar lo que ya era intensa experiencia mía al estratega Guillermo que, como ingeniero Industrial especializado en organización sabía cómo hacer las cosas. Y allí conocí a su estupenda familia y a los primeros luchadores de la zona: el periodista Joaquín Ibarz, el empleado Paco Clavé, el cartero Antonio Ibarz, María José Arellano de Radio Fraga, Miguel Beltrán, que luego sería alcalde de Fraga, y, ya en la capital, a Santiago Marraco y Aurelio Biarge, curiosa pareja -uno de izquierdas y el otro de derechas- que ya conspiraban juntos ante los cambios políticos inminentes. Joaquín Carbonell, escritor y cantautor, compuso y cantó “Chalamera”, que se convirtió en himno de la revuelta.


Manifestación antinuclear, en mayo de 1975, ante la ermita románica de Chalamera.

Yo era conocido en Aragón por mi intervención en las batallas antinucleares de Escatrón y Sástago (1974) en el Ebro zaragozano, porque me había vinculado a la magnífica publicación Andalán, núcleo combativo y generativo de los mejores aragoneses, y por mi participación en el exhaustivo trabajo El Bajo Aragón expoliado, dirigido por el sociólogo Mario Gaviria, y en Este problema llamado Aragón, análisis vibrante movido por los activistas del PCE. Mientras, andando los años y menudeando mis estancias en el Alto Aragón, descubriría que mi apellido viene de allí, del área Barbastro-Monzón-Jaca, llegando a Murcia con los conquistadores catalano-aragoneses... Y siempre me ha gustado la broma con que me han expresado su afecto toda esa gente: que debo ser “sobrino” del gran polígrafo Joaquín Costa, el “león de Graus” (y yo, encantado...). Zaragoza era entonces un hervidero de cultura y política expectante, con Andalán, el colegio mayor Pignatelli (¡honor al jesuita Alemany!) y una armada de políticos que de la clandestinidad pasarían pronto a las instituciones; y yo me encontraba en ese círculo apretado (en el que se incluía el restaurante “Casa Emilio”, con la sabiduría de su dueño y sus lentejas epopéyicas, nido de los confabuladores maños más curtidos).

No había acabado julio cuando tuve otra llamada, y de otro ingeniero (esta vez de Telecomunicación), Juan Garzo, leonés de Valencia de Don Juan, que me pidió que acudiera a la batalla contra -otra vez- ENDESA, y su proyecto de central allí mismo, en el Esla. Así que volví a ponerme en camino con este nuevo amigo que, como Guillermo, quería ponerme en contacto directo con esa lucha y en particular con el alcalde, José María Alonso Alcón. Ahora recuerdo que yo había enviado una carta a este alcalde animándole en su lucha: era tan singular que un alcalde “del régimen” se opusiera a la parafernalia energético-franquista, que ya por eso me cayó bien, y así surgió la ocasión. También recuerdo que, viajando con Garzo a su pueblo, quise que nos desviáramos al pueblo vallisoletano de Pozal de Gallinas, donde en el siglo XIX se había desarrollado un falansterio de tipo fourierista (o sea, de aquel socialismo llamado “utópico”, emparentado con el anarquismo), y aunque interpelamos al párroco nada documental pudo aportarnos. Apunto al lector que en ese momento yo estaba acabando mi carrera de Políticas, y que ese asunto lo había estudiado en una de las (dos) asignaturas que me quedaron para septiembre...


Recuerdo de la agitación antinuclear leonesa, en mayo de 1975 (Digitaleón).

El alcalde de la Coyanza medieval (nombre que la villa conserva cariñosamente) era de aquellos que se le “colaban” al régimen, es decir, al gobernador civil, que era el que los nombraba de entre los -al menos aparentemente- adictos al sistema, y así se convirtió, ayudado por los comunistas infiltrados en un club cultural de León, en el líder de la sublevación. Una revuelta que, a más de la “toma” de León por centenares de agricultores del Páramo a bordo de sus tractores, incluyó la represión del gobernador, Francisco Laína, de una manifestación ecolo-comunista (andando el tiempo, ese Laína, hombre del clan familiar fascistoide minero-energético-bancario astur-leonés que lideraba Arias Navarro, presidente del Gobierno, pasó por héroe cuando en la noche del golpe del 23-F de 1981, y estando el Gobierno en pleno secuestrado en el Congreso, asumió la representación política de la “España libre” como secretario de Estado de Seguridad: cosas veredes).

      A aquellos dos líderes (a los que, con otros más, describía como “ciudadanos admirables de ideas claras y ánimo tenso” en la dedicatoria de mi primer libro, Nuclearizar España, del año siguiente) les debo, así, a vuelapluma, a más de su recio y noble afecto, a Guillermo el que me diera a conocer a Iván Illich, con su obra, la mejor para mí, Energía y Equidad, y a Juan que me facilitara la realización de una guía breve de Madrid para los argelinos que venían a España a formarse en Telefónica, donde él trabajaba, en un tiempo en el que me iniciaba en la vida libre (y precaria). Pero ambos proyectos nucleares, los últimos de aquella lluvia iniciada a mediados de 1973, fracasaron, y ni el Cinca ni el Esla, hermosos protagonistas de verdor y optimismo en dos comarcas destacadamente áridas de España y pendientes de los regadíos de ambos ríos, tuvieron que soportar el insulto nuclear. Se trabajó muy bien.

      Acababa el verano y se iniciaba un otoño con terribles coletazos del franquismo en su fase última y lleno de espesos presagios, no todos malos pero sí inquietantes, del momento más delicado de España en cuatro décadas. A los últimos fusilamientos del régimen de Franco de dos miembros de ETA y tres del FRAP (27 de septiembre), siguieron las últimas bocanadas del Caudillo, a las que acompañó la aceleración del conflicto del Sáhara con la famosa “Marcha verde” (octubre) y las maniobras invisibles que llevaron a la España finifranquista a la vergüenza internacional con el Acuerdo de Madrid (14 de noviembre) y la entrega de la colonia española a Marruecos y Mauritania, sin referéndum ni autodeterminación. Yo me interesaba velozmente por ese asunto, conectaba con el Frente Polisario en medios universitarios y conseguía una invitación para visitar la zona en conflicto durante 1976 (a la que siguieron otras numerosas estancias, enviado por la revista Triunfo). Ahora, que estoy redactando La cuestión del Sáhara Occidental y la política exterior de España, ya he acordado con el Polisario regresar al desierto este mismo mes de noviembre, para ponerme al día tras más de 40 años de ausencia.

      Así que, en efecto, cincuenta años no son nada...


sábado, 4 de enero de 2025

La filosofía como modo de vida

 

      Comunista marxista. Licenciado en Filología. Profesor de IES.


Este año se cumplirán cien años del nacimiento del pensador marxista más relevante nacido en España. No solo su obra es determinante y significativa; también lo fue su vida. Reproducimos aquí como primera entrega este texto publicado en Espai Marx.


(1) A menudo Sacristán juzga con rigor la validez de su obra. 

     Creo que, más allá de todas las dificultades que tuvo para disponer de tiempo y medios, hay un punto en el que se equivoca y no estoy de acuerdo con su valoración sobre sí mismo, y dirimo con él una querelle teórica.

Me explico: cuando leo sobre Diógenes Laercio y sus vidas de filósofos ilustres, siempre encuentro la misma opinión: es un centón de vidas de filósofos de anécdotas vitales, pero Diógenes se olvida de explicarnos sus «sistemas». Habla de vidas: ¡de vidas! Pero, si el filosofar es algo, es precisamente ser un saber segundo cuya primordial función debe ser orientar la propia vida, apelarse a sí mismo y ser capaz de vivir de otro modo, de un modo filosófico. En esto suscribo lo que explica Pierre Hadot (2). Hubo en la clasicidad personas a las que todos consideraban filósofos y que no escribieron nunca nada –a comenzar por Sócrates–, pero sus vidas eran vidas de filósofos, y por eso seducían, servían, orientaban, por eso eran y se convertían en maestros, es decir, tenían discípulos. No por su obra.

Entonces, para seguir con el ejemplo, si Diógenes Laercio nos cuenta cómo Diógenes el cínico, en su frugalidad, tira la taza que utilizaba para beber agua al ver a un niño que bebía con la mano –«hasta un niño me da lecciones»–, eso es anecdótico; si hubiese recogido las reflexiones de Diógenes el cínico sobre «el ser» o los atributos divinos eso sería filosofía. El filosofar de Sacristán –y el de Giulia Adinolfi (3)–, su concepción de la vida sabia, esto es, de la vida del sofós, incluía la reflexión y el estudio, ciertamente, como forma filosófica de praxis y de vida; incluía la praxis política y la preocupación por la polis. Desplegaba y acogía estas actividades y la sobriedad de vida, y la apertura a los demás. Lo que meditaba, meditaban, lo escribían; y lo que estudiaban lo escribían porque el estudio formaba parte de ese modo de vida que es el que nos impresionaba, el que nos cautivaba. Eran Silenos buscando seducirnos para la vida sabia, tal y como dice el Alcibíades de Sócrates en El Banquete (4).




Ninguna obra sistemática puede lograr eso, ninguna elaboración intelectual puede convertir a nadie en conciencia crítica de nadie. Sólo una vida filosófica. Por lo demás, el trabajo intelectual de Sacristán siempre poseía erudición, saber, rigor intelectual, y además rigor moral y capacidad de interpelar al sujeto.


Manuel Sacristán

Sería triste que una reminiscencia teoreticista nos hubiese hecho perder alguna página más de Sacristán que hubiese podido ser escrita, a pesar de su poco tiempo y de todas sus dificultades vitales (5).


  1. ) II. Hay una cosa que no he añadido y que muestra hasta qué punto no se le entiende –no se les entiende–, hasta qué punto se les interpreta como absurdos por leerlos desde el cursus honorum, esto es, desde fuera de la filosofía: cuando algunas personas se pasman por el hecho de que renunciara a las ofertas de trabajo e investigación que le hicieron en el extranjero –o que Giulia se quedase a vivir en España siendo italiana– (6). Pero, por encima de todo, Sacristán no era un investigador, no era una persona cuya meta y fin fuese una obra «científica», teorética. Por encima de todo su meta era vivir una vida conforme a unos principios, muy exigentes desde luego. Es la idea de vida sabia, que incluye el estudio como autodespliegue.

Tienen «razón», sin embargo, los que, para destruirles, atentan contra su recuerdo inventando calumnias sobre su moralidad (7) : saben, sintieron lo que eran; les pesó lo que eran, sus miradas. Y saben dónde estaba su fuerza, por eso tratan de destruirla. Es criticarlo de «inmoral».

III. Amigos, uno de nosotros, que sabía que yo tenía encargado el libro La tradición de la intradición (8), me ha preguntado sobre el libro. Hasta esta tarde, que he tenido que ir a Barcelona, no lo he tenido en las manos. Tengo, por tanto, muy poco leído, pero escribo esta nota como acuse de recibo de la pregunta. Creo que está magníficamente bien escrito, y decir eso es decir mucho. Y tiene una admirable concepción clara de lo que es la filosofía y el filósofo, pero eso ya lo había leído en la entrevista de Salvador, que editamos en EM, y cuya dirección electrónica adjunto de nuevo (9).

Lo que dice sobre qué es, cómo se entiende la filosofía y qué es un filósofo, cuando por ejemplo dice que hay que imitar a Unamuno, más que estudiarle… y que se aclara de forma meridiana, cuando habla de Sacristán. Considera que Sacristán es un filósofo logrado, «destino» es la palabra que usa de alguna manera (10). Yo estoy de acuerdo, por entero. Decir esto es decir «bastante», porque, precisamente, hace poco, otra persona, en un artículo por lo demás muy interesante, definía la obra de «Manolo» como «inacabada», como no creadora de «nada original», como «frustrada» por las circunstancias, la historia, el esto y lo otro. Hay ahí, una interpretación, dos, de lo que es ser filósofo. Una, es decir originalidades, en papers en inglés a ser posible, y esa es la que Méndez Baiges define como «grasa escolástica». En esa no está Manuel Sacristán Luzón; sí, quizá algunos de «los manolos». Otra, «ir en serio» (11), aunque eso no sea considerado «original» dentro de alguna corriente filosófica, y ese sí es el modelo de Sacristán: la filosofía como modo de vida.


  1. Sobre filosofías «acabadas», sobre obras filosóficas «acabadas» que, cuando se juzga la obra de MSL, es lo que se entiende por perfección, nada más sistemático, redondo y acabado que un estudio sobre Quine, o sobre el primer libro de El capital: estudios, en sí, sobre un material concluso, quietos y firmes, unos y otros, como las pirámides de Egipto. Por el contrario, nada más abierto e inacabado, por ser inacabable, que el filosofar sobre lo que pasa. Sólo que lo que es incierto, «in-cierto», precisamente porque fue y ya no es, es lo que pasó, y lo único que es cierto es lo que está pasando, que precisamente por eso, lo que nos causa es «incertidumbre» –me estoy poniendo cursi como Ortega, y sus «a redropelo», etc., disculpad–; y por ello, trabajar lo ido y concluido, es redondo, pero sobre el pasado, que es ficción, en relación con el presente. Y pensar lo que está pasando, filosofarlo, es trabajo abierto, tentativo e inacabado porque es inacabable. El «devenir» es lo que tiene, que constantemente está deviniendo, que es un no parar, o sea, un «despropósito», un «sindiós» de los de Amanece, que no es poco… ¡Qué se le va a hacer!

Por lo demás, él, MSL, en algún texto, recuerda que durante los años cincuenta, había pensado –«habíamos pensado»– que con Marx y el marxismo se tenía un pensamiento que bastaba; o una frase semejante. Supongo que quería decir que bastaba para elaborar una práctica revolucionaria. Cuando escribía esto, MSL consideraba implícitamente como positivo haber salido de aquel estadio intelectual. Salvador sabrá señalar dónde escribe esto MSL (12). Esto no excluye –según MSL– la necesidad de leer: 1) los clásicos, todos los clásicos 2) la tradición, el marxismo como tradición, incluida dentro de la tradición revolucionaria. Clásicos y tradición, palabras usadas por MSL a sabiendas de lo que quería decir clásicos y tradición: no saber perennis, sive ciencia, que sería siempre «Remurimiento» (13).


Notas de edición

A cargo de Salvador López Arnal

1 Carta de Sacristán, fechada en Barcelona el 30/VI/1985, dirigida a Eloy Fernández Clemente, Zaragoza, director entonces de la revista aragonesa Andalán:

Querido amigo,

estoy cascado, pero no chocheo. Con esa precisión podrás inferir que no me olvido de los amigos (al menos, todavía, y si el estar cascado no da un «salto cualitativo», tampoco los olvidaré en el futuro).

También he de protestar de que llames «magníficos» a los dos tomos [Sobre Marx y marxismo, Papeles de filosofía] aparecidos de Panfletos y Materiales. Me parece que ellos revelan bastante bien el desastre que en muchos de nosotros produjo el franquismo (en mí desde luego): son escritos de ocasión, sin tiempo suficiente para la reflexión ni para la documentación.

En cambio, te agradezco mucho lo que dices de una posible utilidad mía en otras épocas. Supongo que también eso es falso, pero el hombre es débil y acepta algunas falsedades.

Y en cuanto a la entrevista para Andalán, la hacemos cuando quieras. A propósito de lo cual es bueno que sepas que yo tengo algunas limitaciones graves: después de una operación de corazón, me falló definitivamente el riñón que me quedaba. Hace veinte años, cuando le pasaba a uno eso, el parte médico decía que falleció de fallo renal. Ahora te enchufan a una máquina de hemodiálisis cada 48 horas y sobrevives, aunque no lo pasas muy bien. Consecuencia: no haremos la entrevista en día de hemodiálisis. Cuando haya que hacerla me telefoneas antes (o me telefonea alguien de Andalán) y fijamos la fecha.

Mandaré uno de estos días una carta internacional a Lola Albiac: se trata de componer una cadena universitaria mundial en pro del desame nuclear. Espero que ella te enganche a la cadena,

Mientras tanto, un saludo afectuoso

Manolo.


  1. Véase, por ejemplo, Pierre Hadot, La filosofía como forma de vida. Conversaciones con Arnold I. Davidson y Jeannie Carlier, Barcelona: Ediciones Alpha Decay, S.A (varias ediciones).

3. Véase la página web dedicada a Giulia Adinolfi: https://giuliaadinolfi.wordpress.com/.


Giulia Adinolfi junto a Manuel Sacristán.

4 Sacristán tradujo, presentó y anotó en 1956 para la editorial Fama El Banquete de Platón, una traducción muy elogiada por José M.ª Valverde. Fue reeditada por Icaria en 1982, por iniciativa de discípulos suyos, profesores de filosofía en secundaria. Entre ellos: Paco Tauste, Maria Rosa Borràs, Sara Estrada, Pere de la Fuente, Francesc Xavier Pardo,…

  1. Sacristán falleció el 27 de agosto de 1986, con 59 años. Como señala en la carta de la primera nota, en 1984 le fue extirpado su segundo riñón, el primero de muy joven, y tuvo que seguir sesiones de diálisis hasta sus últimos días. Falleció de vuelta a casa, cuando salía de una de estas sesiones.

  2. Giulia Adinolfi, militante del PCI, dejó Nápoles para vivir en Barcelona desde 1957, en la España franquista.

    Sacristán no aceptó una oferta para dar clases en el Instituto de Lógica de Münster al finalizar sus cuatro semestres de estudio (1954-1956) en el centro de investigación y enseñanza alemán. Poco después pasaría a militar en el PCE-PSUC.

Declinó también varias ofertas y ayudas –una de ellas de Mario Bunge, de quien tradujo La investigación científica– para dar clases en universidades extranjeras al ser expulsado por razones políticas, vía no renovación de su contrato laboral, de la Facultad de Económicas de la Universidad de Barcelona en 1965.

  1. Los casos, por ejemplo, de Jaime Gil de Biedma, Gabriel Ferrater, Manuel Vázquez Montalbán y Josep Maria Castellet. Véase SLA, La observación de Goethe, Madrid: La Linterna Sorda, 2015 (pròlogo de Jordi Torrent Bestit).

  2. Véase Víctor Méndez Baiges, La tradición de la intradición. Historias de la filosofía española entre 1843 y 1973, Madrid: Taurus, 2021.

9, Entrevista a Víctor Méndez Baiges sobre La tradición de la intradición «Si algo llama la atención es el gran desconocimiento que hay, incluso entre los profesores de filosofía, de la historia de la filosofía española.» El Viejo Topo, diciembre de 2021 https://espai-marx.net/?p=10975.

10 Véase Manuel Sacristán, «Lógica formal y filosofía en la obra de Heinrich Scholz». Papeles de filosofía, Barcelona: Icaria, 1984, p. 65.

11, Sacristán usa esta expresión hablando de Ulrike Meinhof en su conversación con Antoni Munné y Jordi Guiu de 1979. Véase De la Primavdera de Praga al marxismo ecologista. Entrevistas con Manuel Sacristán, Madrid: Los Libros de la Catarata, 2004, pp. 98-100 (edición de Francisco Fernández Buey y SLA).

12, Tal vez en la entrevista con Dialéctica de 1983 o en la conversación con Antoni Munné y Jordi Guiu para El Viejo Topo anteriormente citada. Ambas en Ibidem, pp. 147-178 y pp. 91-114 respectivamente.

13, Neologismo usado por Sacristán en «Nota acerca de la constitución de una nueva filosofía» (1953). Papeles de filosofía, ob. cit., pp. 7-12. No fue el único neologismo que inventó. Otros ejemplos: tontiastuto, cultiprofundo, fobosofía, logorragia, sociofísica, letrateniente, liporiosa, sototeoría, polihístor, hierocracia,...

Fuente: EL VIEJO TOPO