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sábado, 29 de noviembre de 2025

El caos climático ya está aquí: Irán plantea trasladar su capital e Islandia ve amenazada su existencia

 

 Por Andrés Actis     
      Periodista licenciado en Comunicación Social (UNR-Argentina). Colabora en diferentes medios, entre ellos El Salto.


Sin un horizonte político de eliminación de los combustibles fósiles y con un objetivo de +1,5ºC muerto, los científicos climáticos piden una adaptación social ya no sólo a los fenómenos extremos, sino también a los “puntos de inflexión”, la posible desestabilización de los grandes sistemas que regulan el clima global. Islandia ha dado el primer paso.


Hielo marino fracturado entre Islandia y Groenlandia en imagen de la misión satelital CryoSat para medir los cambios en el hielo terrestre.


     Eclipsado por la COP30, el anuncio de Islandia pasó bastante desapercibido, con muy poca atención política y mediática. Su ministro de Medio Ambiente, Energía y Clima confirmó que el posible colapso de la AMOC, una de las corrientes oceánicas fundamentales en la regulación del clima global, ya es una “amenaza existencial” para el país, por lo que a partir de ahora este riesgo será abordado como un “asunto de seguridad nacional”. “Esta es la primera vez que un fenómeno específico relacionado con el clima se presenta formalmente ante el Consejo de Seguridad Nacional como una posible amenaza existencial”, admitió a la prensa local.


Una playa en la costa de Islandia.

El gobierno, liderado por el partido progresista, ha empezado a evaluar qué investigaciones son necesarias para enfrentar esta amenaza y cuáles son las políticas de preparación ante desastres que exige la nueva realidad climática. “Nuestra resiliencia está en juego”, admitió el ministro Johann Pall Johannsson al realizar este anuncio. Su cartera ha elaborado un documento con las consecuencias e impactos de la detención de la Circulación de Retorno Meridional del Atlántico (o AMOC, por sus siglas en inglés), que, según todas las evidencias científicas, se está ralentizando por el calentamiento del planeta.


Anomalías de temperatura a nivel global en el año 2015, con la 'mancha fría' sobre el Atlántico norte.

“Esto podría significar un enfriamiento local significativo en Islandia y en el norte de Europa, lo que amenazaría nuestras condiciones de vida, mientras que la mayor parte del planeta se calentaría mucho. Por supuesto, hay gran incertidumbre sobre cuán probable es que se materialice un escenario de este tipo, pero ciertamente sería una amenaza muy seria para nosotros los islandeses”, se señala en este informe interno.

¿Qué se sabe sobre el posible colapso de la AMOC? Stefan Rahmstorf, prestigioso oceanógrafo y climatólogo alemán, uno de los científicos que más ha estudiado el estado y proyección de esta corriente oceánica, explica que su debilitamiento es una “evidencia irrefutable” y su posible colapso, “una posibilidad” no tan lejana.


Stefan Rahmstorf: «La ralentización de la AMOC ya está teniendo impactos en España».

Rahmstorf brindó en mayo una clase magistral sobre este tema en la Universidad Autónoma de Madrid (IFIMAC-UAM). “Mi conclusión es que la AMOC se está debilitando, que es un punto de inflexión del sistema climático que no sabemos cuándo colapsará, pero que los últimos estudios nos dicen que puede ocurrir en este siglo”, resumió en aquella exposición.

De ocurrir este colapso, el norte de Europa sufriría un fuerte enfriamiento, mientras que otras regiones del planeta, incluido el sur del continente (España), agudizarían su calentamiento: “Pero creo que lo que está relativamente claro es que, en general, el norte de Europa tenderá a enfriarse. Y el sur de Europa se calentará, lo que significa que la brecha de temperatura en toda Europa será mucho mayor”.

Lo que es seguro —dijo el científico en su visita a Madrid— es que un colapso de esta corriente “conducirá a fenómenos meteorológicos extremos sin precedentes en Europa”, con impactos devastadores en la cadena alimentaria, sobre todo en la agricultura y la ganadería.

El debilitamiento de la AMOC

Este sistema de corrientes es determinante para el clima porque, básicamente, transporta eficazmente calor y sal (nutrientes) a través del océano global. “Se trata de un factor importante en el cambio climático pasado y muy probablemente futuro”, explica Rahmstorf.

La AMOC pasó de un estado muy débil al actual con el fin de la última glaciación, hace 12.000 años. La expansión y el desarrollo del ser humano se debe, en parte, a la reactivación de esta corriente.

Una evidencia del debilitamiento que está sufriendo esta corriente es la única “mancha fría” que existe hoy en un mapa mundial que no ha parado de calentarse en las últimas décadas. Mientras las costas de Norteamérica sufren un calentamiento excesivo, una franja que se extiende desde sur de Groenlandia e Islandia hasta aproximadamente la latitud del norte de la península ibérica, frente a las costa canadiense, no para de enfriarse.

¿Cuál es la explicación? Debido a su debilitamiento, la AMOC está trayendo menos calor al Atlántico norte. El científico ha explicado que la principal causa de esta desaceleración, en torno al 15% en la actualidad, es por el aumento de precipitaciones en partes de esta región y el deshielo en Groenlandia y el Ártico. El agua dulce reduce la salinidad —la densidad del agua— en la superficie del océano. Esto significa que una menor cantidad de agua superficial se hunde, lo que ralentiza el flujo de la corriente. “La salinidad superficial del mar más baja en menos de 20 años es otro fuerte indicio de la desaceleración del AMOC. Nada sucede drásticamente de inmediato. Lo que sabemos es que la AMOC está condenada y morirá lentamente”, sentencia Rahmstorf.

La preocupación científica tras la COP30

Con el (nuevo) triunfo del capital fósil en la cumbre del clima en Belém —una declaración sin ninguna mención a la eliminación de los combustibles que están calentando el planeta—, Johan Rockström, director del Instituto de Potsdam, y James Dyke, director adjunto del Instituto de Sistemas Globales de la Universidad de Exeter, otros dos científicos de prestigio internacional, escribieron un artículo titulado “El mundo perdió la apuesta climática: ahora se enfrenta a una nueva y peligrosa realidad”.


Manifestación de los pueblos en la COP30 de Belem.

Con la meta de limitar el calentamiento global medio a 1,5ºC sobre los niveles preindutriales muerta, los fenómenos climáticos extremos que ya estamos experimentando, como sequías, inundaciones, incendios y olas de calor, aumentarán en número y gravedad. La adaptación a estos eventos es hoy un eje central de las políticas climáticas de todos los países.

Sin embargo, la “nueva realidad” conlleva otro peligro: los puntos de inflexión de los grandes sistemas reguladores de la Tierra, como la AMOC, la selva amazónica y las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida Occidental, entre otros. “Esto se traduce en riesgos existenciales para miles de millones de personas. No en un futuro lejano, sino en los próximos años, en caso de eventos extremos, y en décadas, en caso de puntos de inflexión”, alertan estos dos investigadores.


Gráfico con el recorrido de la Corriente de Retorno del Atlántico (AMOC).

Este “cambio ambiental” y sus correspondientes retroalimentaciones —la desaparición acelerada de las selvas tropicales liberaría miles de millones de toneladas de dióxido de carbono y elevaría aún más las temperaturas— exigirá una adaptación drástica y radical, aunque no exenta de mucho sufrimiento. Islandia, ya preparándose para un posible colapso de la AMOC, está mostrando el camino.

Este escenario de “Tierra invernadero”, término que han bautizado estos científicos para describir un mundo desestabilizado por completo, todavía es evitable. Eso sí, requiere una acción inmediata a escala global, una hoja de ruta que, tal como ha quedado reflejado en la COP30, el capitalismo no está dispuesto a poner en práctica. “La magnitud del sufrimiento aún depende en gran medida de nosotros”, concluyen Rockström y Dyke.


El planeta corre el riesgo de encaminarse hacia el estado de 'Tierra invernadero'.

El país fósil que ya sufre el caos climático

En Teherán, capital de Irán, el sufrimiento climático ya está ocurriendo. La ciudad padece una sequía casi crónica, de las peores que se recuerden. La falta de lluvias —cinco años sin precipitaciones— no sólo está arruinando a la agricultura y provocando una crisis alimentaria. Está generando una catástrofe humanitaria de tal envergadura que llevó al presidente del país, Masoud Pezeshkian, a analizar la evacuación de esta metrópolis.

Descartada esta medida —el desplazamiento de 10 millones de personas—, el mandatario quiere que Teherán deje de ser la capital. La intención es que la región costera meridional de Makran asuma este papel, lo que podría “aliviar la sobrepoblación, la escasez de energía y el estrés hídrico de Teherán”, según ha explicado Pezeshkian.


Área de descanso en una autopista cerca de Teherán.

La “catástrofe ambiental” ya está ocurriendo, ha lamentado el presidente. El terreno de Teherán se hunde y el suministro de agua disminuye cada día. Ante esta situación, Pezeshkian ha pedido la colaboración de todos los partidos políticos para evitar un “futuro sombrío”. “Proteger el medio ambiente no es broma. Ignorarlo puede ser la causa de nuestra propia destrucción”.

Irán lleva cinco años sufriendo una sequía extrema por el aumento de las temperaturas. El otoño suele ser lluvioso, pero en estos meses no ha caído ni una gota de lluvia en Teherán. Las precipitaciones en la capital han alcanzado en 2025 su nivel más bajo en un siglo.


Cambio Climático en Irán.

La principal presa, ubicada en el río Karaj, uno de los cinco embalses que abastecen a la capital, se está secando. Según las autoridades locales, sólo contiene 14 millones de metros cúbicos, una cifra crítica. Durante el mismo periodo del año pasado, el embalse contenía 86 millones de metros cúbicos. Ahora solo tiene suficiente para mantener el suministro a la región de Teherán durante menos de dos semanas.

“Hay muchos factores que han dejado a la ciudad sin preparación para la sequía actual, entre ellos el crecimiento de la población, la mala gestión del agua y las sanciones, pero el rápido calentamiento del clima sólo agrava sus problemas”, explica Robert Rohde, científico de Berkeley Earth. Su tuit lleva una gráfica con el aumento de temperatura de Irán, que ya supera los 2ºC respecto a la época preindustrial.

En su última declaración pública, el presidente reconoció que si la sequía se prolonga más allá de fin de año, habrá que “racionar el agua” en Teherán, una medida que puede ser insuficiente. “Incluso si la racionamos y sigue sin llover para entonces, nos quedaremos sin agua”. Mientras Pezeshkian lanzaba esta advertencia, Shina Ansari, su vicepresidenta, acordaba desde Belém, junto a otros países petroleros, una estrategia de boicot a la eliminación gradual de los combustibles fósiles.


Fuente: El Salto

sábado, 22 de noviembre de 2025

La presión de los países petroleros lleva la COP30 al fracaso y su texto final omite los combustibles fósiles

 

 Por Pablo Rivas     
      Coordinador de Clima y Medio Ambiente en El Salto.


La presidencia brasileña no consigue sacar adelante un acuerdo ambicioso ni lanzar una hoja de ruta para el fin abandono de los combustibles fósiles. La creación del Mecanismo de Belém para la Transición Justa, cuyo funcionamiento está aún por concretar, único logro reseñable del encuentro.


     A veces la propia realidad se convierte en una metáfora de sí misma, y eso es exactamente lo que ocurrió en el penúltimo día de la 30ª Cumbre del Clima de las Naciones Unidas (COP30), en plena vorágine para el acuerdo final: un incendio devoraba parte del recinto de la zona azul –el área destinada a las delegaciones oficiales–, y obligaba a frenar las negociaciones. No hubo que lamentar heridos, aunque las consecuencias de lo finalmente pactado en Belém –de eso no hay duda razonable– sí los provocarán, incrementadas por la ausencia en la cita de pesos pesados en lo referente a la emisión de gases de efecto invernadero como Estados Unidos.


Plenario de la COP30.

La COP30 estaba llamada a ser un encuentro clave. No solo por las efemérides que se cumplían —diez años del Acuerdo de París, veinte de la entrada en vigor del Protocolo de Kyoto, 80 de la creación de la ONU—, sino por la urgencia del momento. Un planeta enrabietado de fenómenos extremos que ya está sobrepasando el límite que se autoimpusieron las naciones en 2015 —no rebasar la frontera de los 1,5ºC de calentamiento global medio frente a los niveles preindustriales— imponía urgencia.


La temperatura de junio de 2024 ha estado 0,67ºC por encima del promedio de dicho meses en el periodo 1991-2020.

No ha sido así. La declaración política final de la Cumbre y sus textos aledaños, si bien recogen algunos avances no demasiado concretados, como la puesta en marcha del Mecanismo de Belém para la Transición Justa, queda muy lejos de las expectativas de una presidencia brasileña que había puesto el listón mucho más alto, pero que ha sido frenada por una unión de países petroleros y naciones en manos de gobiernos partidarios de retrasar –cuando no torpedear– la lucha contra la crisis climática.

El principal fallo es que la apuesta de la presidencia en materia de mitigación ha fracasado y no hay mención a la publicitada hoja de ruta para el fin de los combustibles fósiles, algo que sí aparecía en el primer borrador de texto final presentado el martes 18. En el segundo, publicado en la madrugada del viernes, día oficial del fin de la COP, la mencionada hoja de ruta desaparecía, así como toda mención a los combustibles fósiles, algo que se había conseguido por primera vez en la COP28 de Dubai hace dos años. Tampoco se apostaba por otro de los objetivos de Lula da Silva: aumentar la lucha contra la deforestación para preservar los grandes sumideros de carbono vegetales del planeta.

Ante un fracaso total y la falta de avances, y a menos de 24 horas del fin de la COP, 37 países –entre ellos España– se movilizaban, para restablecer “el equilibrio, la ambición y la credibilidad del proceso”, tal como señalaba una carta enviada desde el Gobierno español a la presidencia de la COP. La denuncia, que recogía el sentir general, rechazaba el último borrador presentado antes del texto oficial por no cumplir “las condiciones mínimas requeridas para un resultado creíble de la COP”. La vicepresidenta española, Sara Aagesen, participaba el viernes en una rueda de prensa conjunta de varios países y promovida por Colombia –país que ha anunciado una conferencia paralela a las Cumbre del Clima de las Naciones Unidas para buscar el fin de los combustibles fósiles– con el fin de presionar hacia una mayor ambición. “No es suficiente”, decía respecto al texto. “Vinimos con una meta clara: no sobrepasar el límite de los 1,5ºC”, añadía, mientras señalaba que “tenemos que trabajar, y tenemos tiempo para hacerlo mejor”.

En el mismo sentido, desde las organizaciones ecologistas rechazaban en bloque la propuesta. “El texto supone una patada para adelante de manual”, sentenciaba Javier Andaluz, responsable de Energía y Clima de Ecologistas en Acción, desde Belém. “No logra en ningún caso aumentar la ambición, proteger los bosques, ni aumentar la financiación climática necesaria. Este no es el Mutirão que nos habían prometido”, añadía Eva Saldaña, directora ejecutiva de Greenpeace España, haciendo referencia a la palabra que en guaraní-tupí significa “esfuerzo colectivo” y que ha esgrimido Lula da Silva para referirse al texto final de Belém.

Andaluz denunciaba asimismo la forma de hacer de la presidencia durante el transcurso del encuentro. “Las negociaciones han sido las más oscuras de la historia”, decía respecto a la publicación de los borradores de los acuerdos, “con una presidencia brasileña que no ha reportado fuera mediante textos para ser evaluados por parte de las organizaciones de la sociedad civil y de la prensa presente en la COP30”. 

La tensión subió de nivel este sábado, en tiempo de descuento de una COP que debía cerrarse el viernes, con el último intento de la presidencia brasileña de sacar un acuerdo que, si bien pretendía que la Cumbre no se cerrase sin un texto firmado por los participantes, daba su brazo a torcer con las naciones más beligerantes con el abandono del petróleo, el gas y el carbón. Ante el enésimo atropello tras 30 años de cumbres del clima, Colombia y Panamá vetaban el texto cuyo apoyo pretendía forzar la presidencia. La primera lo hacía por la falta de la mención específica a los causantes de la crisis climática: los combustibles fósiles. La segunda por la falta de coherencia en los indicadores acordados para medir los progresos en materia de adaptación al cambio climático, una opinión compartida por varios países.

No pudo ser. Países petroleros como Arabia Saudí o Rusia, junto a afines entre los países en desarrollo, como el grupo LMDC (Like-Minded Developing Countries), una coalición de naciones para las negociaciones climáticas entre cuyos miembros se encuentran China, Argelia, Egipto, Pakistán, India, Irán o Venezuela, no dieron su brazos a torcer y la COP que pretendía dar un giro en la política climática de los últimos años se cierra con un fracaso estrepitoso.

Lo que mal empieza, mal acaba

La Cumbre ya comenzó mal. Pensada inicialmente como una COP centrada en la mitigación y en ampliar la ambición climática –es decir, decidida a aumentar los porcentajes de descarbonización global–, no contó con la apuesta y la seriedad necesaria de los países del planeta, pues la mayoría no presentaron a tiempo sus planes de descarbonización nacionales.

Falló hasta la Unión Europea, hasta hace poco el faro al que mirar dentro de los limitados avances de las COP. Si bien esos planes, conocidos como Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC), debían haber estado listos meses antes de la Cumbre del Clima, solo 79, un tercio de los firmantes del Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), los presentaron antes de la COP, lo que no permitió hacer un buen trabajo de análisis y síntesis por parte de la comunidad científica de cara a su trabajo en la Cumbre.


Los mayores emisores de gases contaminantes siguen siendo el sector industrial y los transportes.

Aunque durante las dos semanas de la Cumbre la cifra ascendió a 118 (que representan el 73% de las emisiones globales), el trabajo de mitigación de la crisis climática quedó muy tocado, y el fracaso respecto a la implementación de la hoja de ruta para el fin de los combustibles fósiles certificaba lo que desde el inicio no pintó bien. “Los objetivos de reducción de emisiones están muy lejos de los necesarios y estos textos no ayudan a salvar la brecha de ambición del 1,5ºC global o a impulsar a los países a pasar a la acción”, lamentaba Eva Saldaña desde Greenpeace.


Desglose de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero de los países.

Lo que sí parecía un buen impulso inicial fueron las palabras del presidente anfitrión, Luiz Inácio Lula da Silva, y el hacer inicial de la presidencia brasileña. Esta venía decidida a cambiar el rumbo de las últimas cumbres del clima, celebradas en países petroleros y poco amigos de la sociedad civil organizada, y consiguió cerrar la agenda de la cumbre el primer día de ésta, algo que no tiene precedentes. Asimismo, fomentó la presencia de poblaciones indígenas y pueblos originarios con la Aldea COP30, y apoyó la presencia de movimientos sociales y sociedad civil en una Cumbre de los Pueblos que, si bien no ha tenido una alfombra roja para entrar en la zona azul de las negociaciones, han disfrutado de la primera COP sin represión desde la celebrada en Glasgow en 2021.


Neydayanne Queiroz, participando en un evento durante la COP30 en la Casa Maraká de Belém como parte de la Unión de las Mujeres Indígenas de la Amazonía Brasileña (UMIAB).

Pero las zancadillas de una comunidad internacional que no ha querido mirar de frente al problema, han acabado con las aspiraciones cariocas. Hay que recordar que 1.600 delegados oficiales participantes en las COP tienen lazos directos con la industria petrolera, como denunciaba la coalición Kick Big Polluters Out (KBPO, Echemos a los grandes contaminadores), lo que da una idea del poder del lobby de las energías causantes de la crisis climática en las Cumbres del Clima.

El Mecanismos de Acción de Belém (BAM) o Mecanismo de Belém para la Transición Justa parece el principal logro que ha conseguido rascar Luiz Inácio Lula da Silva. Se trata de un instrumento para facilitar y promover una transición energética en los países del sur facilitando tecnología y financiación a los países con menos recursos sin contraprestaciones en forma de deuda y eliminando trabas como posibles demandas de inversores, falta de fondos o disputas fronterizas.

Desde los movimientos ecologistas han celebrado la noticia. “Es algo fundamental para unir la reducción de emisiones con la financiación que sería necesaria”, señalaba Javier Andaluz. No obstante, este activista y experto en las negociaciones climáticas lamentaba que “el texto lo único que hace aprobar meramente el mecanismo sin dotarle de características, funciones u objeto”. Eso significa que será en siguientes citas donde se concretará en un nueva ralentización de los procesos relativos a paliar la crisis climática y sus impactos. Para que esto haya acabado así ha sido clave el bloqueo al BAM realizado por la UE, que no veía el nuevo mecanismo con buenos ojos. “Ha impedido definir un mandato más claro del mecanismo para que pudiese iniciar su trabajo inmediatamente; se necesitarán al menos dos años más de diálogo para que esto sea posible”, denuncian desde la Alianza por el Clima, la mayor coalición de organizaciones en pro de la lucha climática del Estado español.

A pesar de que el BAM implica algo al respecto –que habrá que esperar a ver cómo se concreta–, la financiación climática, especialmente la dedicada a la dedicada a adaptación y mitigación del cambio climático en los países del Sur global, ha sido otra de las grandes perdedoras, como ya venían avisando las organizaciones de la Cumbre de los Pueblos a lo largo de la semana. Si en Bakú el acuerdo de mínimos alcanzado quedó muy lejos de las necesidades reales –con solo 300.000 millones de dólares de fondos públicos comprometidos a 2035 y una propuesta sin concretar para sumar 1,3 billones mediante financiación privada que fue un brindis al sol alejada de los 10 billones que se estiman necesarios– el grupo dedicado discutir la llamada Hoja de ruda de Bakú a Belém (B2B) para aumentar esa financiación no ha conseguido mucho avance concreto. El texto pide a las Partes triplicar la financiación para adaptación climática del Sur global en los próximos diez años, lo que supone un retroceso respecto al primer borrador presentado, que hablaba de 2030 y no de 2035.

Con todo, sin hoja de ruta para el fin de los combustibles ni un plan concreto para detener la deforestación –las dos apuestas iniciales de la presidencia–, el acuerdo final, pese a haber sido firmado por los asistentes, supone un triunfo de las posiciones más retardistas y un fracaso para la acción para frenar el cambio climático. Como ha señalado Luca Bergamaschi, cofundador del think tank italiano Ecco Climate, tras el fin del encuentro, “esta ha sido la COP de las duras verdades: la acción climática multilateral sigue viva, pero a un ritmo demasiado lento para cerrar la brecha hacia la seguridad climática”.


Fuente: EL SALTO

jueves, 20 de noviembre de 2025

La paradoja de la COP30: el Sur Global pagará 238.000 millones de deuda en 2025 mientras espera financiación

 

 Por Jaume Portell Caño     
      Periodista especializado en economía y relaciones internacionales.


Los representantes de la sociedad civil de países africanos resaltan la necesidad de conseguir financiación para hacer frente a las necesidades de sus países. La crisis climática ha lastrado el acceso de poblaciones muy empobrecidas del Sur Global a la salud y a la nutrición. Estos mismos países pagarán en total, desde 2015 y hasta 2031, 3,5 billones de dólares a sus acreedores. El 38% del dinero va a pagar a inversores del sector privado


Activistas presionando a los gobiernos del Norte durante la recta final de las negociaciones.


     La COP30 de Brasil acaba mañana con un reto pendiente que sigue sin resolverse: la financiación. En el encuentro de Bakú, el año pasado, la distancia entre los países ricos y los países pobres se plasmó en dos números: los pobres pedían 1 billón de dólares de inversión anual para adaptarse al cambio climático y transformar sus sistemas energéticos; los ricos acabaron ofreciendo el compromiso de llegar a los 300.000 millones de dólares anuales antes de 2035. Esta edición llegaba con la voluntad de abrirse a la sociedad civil y marcar un punto de inflexión, pero se deshinchó antes de empezar por la lista de bajas.


Un camión en la carretera principal que conecta las principales ciudades de Somalilandia, al norte de Somalia.

La ausencia de los líderes de Estados Unidos, India, Rusia o China han dejado un mayor protagonismo al anfitrión, Brasil, y a la Unión Europea. Con todo, el guión ha sido parecido al de ediciones anteriores: la premisa previa —‘hay que parar el cambio climático’— es aceptada por la mayoría de asistentes, pero las diferencias empiezan a aparecer en cuanto se discuten las soluciones. El clima, sin embargo, no espera a los acuerdos de la COP. La de Brasil ha sido la primera tras la superación de los 1.5 grados centígrados de calentamiento respecto a la era preindustrial. Se trata del límite que los Acuerdos de París de 2015 estipularon para evitar las consecuencias de un cambio climático que, para muchos países africanos, se conjuga en presente.


Santiuste de San Juan Bautista, municipio de Segovia, durante uno de los episodios de canícula el pasado verano.

Zambia: el doble golpe de la sequía

“África apenas ha producido el 4% de las emisiones, pero sufre las peores consecuencias del cambio climático”, critica el activista de Action Aid Michael Mwansa. Esta organización enfocada en la lucha contra la pobreza ha enviado a miembros de varios países africanos a esta reunión, y Mwansa ha venido desde Zambia. Este país, rico en cobre, hizo impago de su deuda en 2020 y desde entonces negocia los términos de pago con sus acreedores. Mwansa no comparte las propuestas de los países del Norte Global: “El Reino Unido, Canadá, Japón o Noruega nos proponen la financiación privada como solución, pero no ponen dinero de facto encima de la mesa”, dice. Considera que los préstamos agravarían todavía más la crisis económica de países como el suyo.




En Zambia el cambio climático ha aumentado las sequías y las inundaciones, un doble golpe que ha dañado tanto a la agricultura como a la producción de electricidad, pues el 88% del mix eléctrico es de origen hidroeléctrico. Mwansa recuerda la urgencia para lograr soluciones para países como el suyo: “Mientras hablo contigo, en Zambia están sufriendo cortes de electricidad de dos horas al día. No hay economía que funcione en estas condiciones. Nuestras comunidades acaban viviendo a oscuras. La crisis energética acaba en niños muriendo en las unidades de curas intensivas: cuando dejan de funcionar las máquinas, la mortalidad aumenta”, cuenta.

u país posee con minerales críticos para la transición energética, pero Mwansa ironiza preguntándose para quién serán estos minerales: “Una transición justa debería ser también la oportunidad de utilizar nuestros recursos para mejorar el nivel de vida de nuestra gente”, propone.

Una crisis con rostro de mujer

Muchos activistas y asistentes del Sur Global han estado presentesen varias COP, ya sea de forma virtual o en persona, y han visto como los compromisos de ediciones anteriores ni siquiera llegaron a cumplirse. Sin embargo, eso no les resta su empeño. Norwu Kalu Harris es una feminista de Liberia curtida en mil batallas en su país, donde ha luchado para obtener leyes para resolver problemas que van desde la lucha contra la violencia sexual hasta el acceso a la tierra para las mujeres. Kalu Harris cuenta que en este país de África occidental la mayoría de las personas que trabajan la tierra son mujeres, pero que raramente acceden a la propiedad de ésta. Esto las deja en una situación especialmente vulnerable al cambio climático: trabajar una tierra alquilada y perder la cosecha implica la ruina. “En este encuentro queremos poner encima de la mesa la importancia de la agroecología, y el rol que debe tener en contraste con la agricultura industrial. Liberia está en la primera línea del cambio climático”, declara Kalu Harris.

Liberia, país productor de caucho y madera, entre otras materias, apenas se beneficia de los ingresos por estas ventas, motivo por el cual la sociedad civil liberiana propone aumentar los impuestos de estas exportaciones para asegurar una compensación justa para las comunidades locales. Con todo, Kalu Harris alega que la movilización local de recursos en su país no puede ser un sustitutivo de la financiación global que han venido a buscar a Brasil. Al igual que en Zambia y en muchos otros países del sur global, el cambio climático está directamente ligado al acceso a lo más básico: “Tenemos muchos problemas que van desde la sanidad al acceso al agua, pasando por la inseguridad alimentaria”, dice Kalu Harris. En Liberia, el 75% del arroz que se consume es importado, y viene sobre todo de la India. Cualquier shock climático o político en el sur de Asia se traduce en precios más altos del alimento más básico en Liberia.

Los pagos de deuda desde París: 200.000 millones de dólares al año

Pese a que los países del Norte concentran la mayor parte del PIB mundial, cada vez representan a menos población a nivel global, algo que Mwansa esgrime como un argumento de peso: “El grupo de 77 más China somos 134 países. Si tenemos financiación para adaptarnos climáticamente, los riesgos de daños y pérdidas se reducirán muy considerablemente; pero si no somos capaces de pasar de la teoría a la práctica, esta conversación seguirá en marcha año a año”, insiste en recordar. Sin embargo, hasta ahora estos no han sido capaces de doblegar la falta de voluntad política de los países más ricos.

Más allá del debate climático, la cuestión de la deuda es otro de los telones de fondo importantes para los países de África, América Latina o el sur de Asia: mientras piden más fondos para la adaptación climática, sus pagos de deuda no han parado de aumentar durante la última década. Entre 2015 —el año de los acuerdos de París— y 2031, el Banco Mundial cuantifica en 3,5 billones de dólares la cantidad de pagos de deuda a acreedores desde las regiones del sur de Asia, América Latina y el Caribe, y África subsahariana. De esta cifra, el 38% acabará en los bolsillos de tenedores de bonos, cuyo tipo de interés en los préstamos osciló entre el 3% y el 8% anual.

Dicho de otra manera: de media, este grupo de países pagó —y pagará— más de 200 000 millones de dólares anuales a sus acreedores, concentrados especialmente en los países que se niegan a financiar la agenda climática. Por ese motivo, Michael Mwansa marca una hoja de ruta para el continente africano que considera que debe pasar por la unidad: “Ningún país se salvará solo, el cambio climático nos afecta a todos. No conseguirás ayudar a tu país consiguiendo un par de préstamos a cambio de perjudicar a millones de personas. No podemos hacer esto, sería como una traición. Y ya no podemos permitirnos traicionarnos a nosotros mismos”, zanja.


Fuente: EL SALTO