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domingo, 23 de agosto de 2026

Es hora de que los movimientos replanteen las redes sociales

 

 Por Mehran Khalili   
      Consultor político y organizador, residente en Atenas, Grecia. Colabora con DiEM25.


Los movimientos aún pueden encontrar gente en las redes sociales. Sin embargo, la verdadera organización tiene que darse en otro lugar, y conseguir que la gente llegue allí es la parte que seguimos pasando por alto


Australia prohíbe las redes sociales a los menores de 16 años.


     El pasado mes de septiembre hice un vídeo corto que fue, con diferencia, el contenido más viral que he publicado hasta la fecha. No puedo rastrear todas las visualizaciones, pero al menos un millón de personas lo vieron en Instagram y TikTok, y posiblemente en otras plataformas. Vecinos de Atenas, en Grecia, me comentaron que habían visto mi cara en sus redes sociales; cuentas chinas le pusieron subtítulos al vídeo y lo compartieron. Sentí que había dejado mi huella en el universo y, para ser sincero, que se trataba de algo especial.

El vídeo no era una charla sensacionalista ni una coreografía. Tenía un objetivo claro: conseguir que la gente firmara una petición, creada por DiEM25 y la Internacional Progresista, para impedir que la exministra de Asuntos Exteriores alemana, Annalena Baerbock, responsable de la complicidad alemana con el genocidio, se convirtiera en presidenta de la Asamblea General de la ONU.


DiEM25 y la Internacional Progresista lanzan una campaña para impedir que Baerbock asuma la presidencia de la Asamblea General de la ONU.


Zonas inundadas en Gaza, noviembre de 2025.



Fue ahí donde fracasé.  Al final de mi semana de fama breve en internet, el número de firmas apenas había variado. Durante el mes de julio, dos meses antes de publicar el vídeo, había unas 49.000 firmas. Hice seguimiento de cerca esa semana, y apenas se movió. Baerbock consiguió el puesto; ahora la petición le pide que renuncie.

Sé bastante sobre comunicación digital. Durante dos décadas ha sido una parte fundamental de mi trabajo: he escrito sobre ella, la he investigado y he asesorado a movimientos al respecto. La petición no era mía, pero el vídeo sí. Y no conseguí que funcionara. Quizás el vídeo podría haberse presentado mejor, o el enlace a la petición podría haberse hecho más accesible. Quizás mi propuesta fue entretenida, pero no convincente. Quizás una petición nunca fue el medio adecuado para detener a Baerbock.

Mis amigos, los que organizaban la campaña, pensaron que había salido genial. Me felicitaron por la cantidad de gente que había visto el vídeo, pero nadie preguntó por la petición. Y es esto lo que me preocupa desde entonces. Porque si un millón de visitas y ninguna firma se considera un éxito, estamos midiendo lo incorrecto.

Y eso plantea una pregunta más importante, una que creo que no nos hacemos con la suficiente frecuencia: cuando usamos las redes sociales para organizarnos, ¿qué estamos haciendo realmente? ¿Vale la pena el tiempo que le dedicamos? ¿Y existe alguna manera de hacerlo que realmente genere resultados?

¿Por qué estamos todos ahí?

Las redes sociales son ahora una herramienta indispensable para cualquiera que quiera organizar algo; y por motivos de sobra conocidos. Llevamos más de una década usándolas para llenar espacios públicos, desde Occupy hasta Black Lives Matter, pasando por las protestas de la Generación Z del año pasado en todo el sur global. Para sortear los bloqueos mediáticos y mostrar al mundo lo que hace el poder cuando cree que nadie lo filma, desde Ferguson hasta Gaza.


Manifestantes se congregan cerca de la Casa Blanca mientras agentes de policía levantan una barricada durante una protesta por la muerte de George Floyd.


Un activista protesta contra la vigilancia y la censura en las redes sociales en Colombo, Sri Lanka, el 24 de enero de 2024.


Para impulsar y hundir carreras políticas. Para desplomar las cotizaciones de las empresas que se lo merecen.

Las redes sociales han transformado nuestra forma de comunicarnos. Nos han obligado a ser más rápidos, más ingeniosos y más entretenidos. Porque la atención es escasa y competimos por ella contra todo lo demás. Pero, en el fondo, la mayoría partimos de la misma premisa: que las plataformas son donde se realiza el trabajo. Que publicar es organizar. Que si conseguimos alcance, lo demás vendrá por añadidura.

¿Qué cambió?

Esa suposición tiene su origen en 2011. Quienes vivimos esa época recordaremos que las redes sociales prometían algo diferente. Creíamos que podíamos derrocar gobiernos y reyes si lográbamos movilizar a suficiente gente. Y las redes sociales eran muy eficaces para eso, siempre y cuando la indignación ya existiera.

A veces, eso bastaba. El dictador tunecino Ben Ali se fue. El dictador egipcio Mubarak se fue. Pero cuando no funcionó —cuando se disolvió Occupy, cuando la plaza Tahrir dio paso a un gobierno militar, cuando las plazas quedaron vacías— nos decíamos a nosotros mismos que no era el momento adecuado, o que la represión era demasiado severa. Tengo la impresión de que muchos de nosotros aún conservamos ese mismo idealismo sobre el poder de las redes sociales. Pero dos cosas han cambiado desde entonces.

En primer lugar, los gobiernos se han vuelto muy hábiles para hacernos retroceder. Ahora sofocan la protesta desde su origen, con vigilancia, arrestos y sus propias operaciones en redes sociales. Los movimientos aún pueden sortear la censura, y a menudo lo hacen. Sin embargo, el Estado ha aprendido a operar en el mismo terreno. Amnistía Internacional ha documentado cómo el año pasado las autoridades kenianas utilizaron las mismas plataformas que el movimiento de la Generación Z para amenazar y desacreditar a los organizadores. Y cuando eso no es suficiente, el Estado puede recurrir a la plataforma misma, prohibiéndola, como hizo Nepal en 2025 , o cambiando su propietario, como sucedió con TikTok en Estados Unidos.

En segundo lugar, las plataformas mismas cambiaron de forma. Pasamos de los feeds de seguidores a los feeds de recomendaciones. Lo que publicas ya no llega a las personas que eligieron saber de ti, sino que va a donde el algoritmo lo envía, si es que llega a algún sitio. La atención se concentra en un puñado de plataformas corporativas cuyo incentivo es que sigas desplazándote por la pantalla, no ayudar a organizarte.

Ese segundo cambio es el que menos hemos tenido en cuenta, y sin embargo es el que más afecta a nuestra capacidad de organizarnos. En 2011 publicamos, nuestros seguidores lo vieron y nos organizamos en las respuestas, como sucedió durante los disturbios de Atenas. La distribución y la coordinación se produjeron en el mismo lugar y al mismo tiempo.

Por supuesto, los comentarios siguen existiendo. Pero cuando una publicación llega a pocos de tus seguidores y, en cambio, llega a desconocidos, el hilo de respuestas deja de ser un lugar en el que se pueda formar un grupo y se convierte en un espacio donde los individuos llegan uno a uno y se van de la misma manera.

Y aun así, seguimos usando estas plataformas como si estuviéramos en 2011. Lanzamos mensajes al aire con la esperanza de que alguno tenga éxito, de que la gente escuche nuestros llamados a la acción y se organice por sí misma. Creemos que, si señalamos un problema con la suficiente frecuencia, todos llegarán a las mismas conclusiones que nosotros. Y cada vez que algo o alguien logra un avance, lo sentimos como pura suerte.

Eso no significa que una publicación no pueda dar pie a algo. En India, después de que el presidente del Tribunal Supremo llamara cucarachas a los jóvenes desempleados, un estudiante de Boston preguntó en las redes sociales qué pasaría si todas las cucarachas se unieran. En cuestión de semanas se formó el Partido de las Cucarachas, con millones de seguidores y protestas en varios estados, y casi sin organización previa.


La revuelta de las ‘cucarachas’.

Eso fue hace tres meses. Desde entonces han conseguido una importante victoria, pero nadie sabe aún en qué se convertirá.

Un movimiento espontáneo aún puede surgir de las redes sociales. Simplemente no se puede planificar ni replicar. Y, sin embargo, gran parte de lo que hacemos se basa en esperar a que esto ocurra, porque las herramientas cambiaron, pero no nuestros hábitos.

Por qué no cambiamos con ellos

En cierto modo, todo lo descrito es comprensible. Las redes sociales son la herramienta más llamativa y eficaz de nuestro arsenal. Son gratuitas y todos sabemos usarlas. Entendemos los algoritmos, las palabras de moda, los memes, cómo jugar el juego. Y, sobre todo, responden al instante. En la organización, nada más funciona así. Una reunión no te dice cómo fue. Una capacitación no genera informes hasta seis meses después. Y una lista no sirve de nada hasta que le pides que haga algo.

Así que tomamos prestado muchísimo de aquellos para quienes las redes sociales son realmente su principal fuente de ingresos: los activistas influyentes. Crean una audiencia a partir de una cercanía percibida: una relación parasocial, la ilusión de intimidad y reciprocidad. Es una habilidad real y tiene sus ventajas. Pero una audiencia solo basta si el objetivo es captar la atención. No es la base. Nadie se conecta un martes por la noche porque se sienta cercano a alguien en una pantalla. 

Mientras tanto, se omite la parte tediosa del trabajo: las reuniones, las llamadas de seguimiento, las capacitaciones, las discusiones sobre qué exigimos realmente y a quién. Y es precisamente en esa parte donde la atención se transforma en poder. Como argumenta Zeynep Tufekci, las redes sociales permiten que los movimientos en red alcancen una gran escala sin necesidad de desarrollar la capacidad que antes requería dicha escala.

Ya se puede ver el precio que eso conlleva. En Bangladesh, Nepal y Madagascar, las protestas impulsadas por las redes sociales han derrocado gobiernos, pero en cada caso, lo que ocupó ese espacio fue algo que ya existía: un partido establecido en Daca, un partido formado tres años antes en Katmandú, el ejército en Antananarivo. No los movimientos en sí mismos.

Peor aún, creo que nuestro uso de estas plataformas ha empezado a condicionar nuestra estrategia. Optimizamos en función de lo que la plataforma recompensa, porque esa es la cifra que recibimos directamente. Los aspectos silenciosos pero vitales del trabajo organizativo se despriorizan sutilmente, o simplemente dejan de hacerse.

Así es como se ve cuando alguien lo hace bien

En febrero de 2025, los estadounidenses, indignados por la creciente influencia política de Elon Musk, comenzaron a publicar sobre su empresa, Tesla. Algunos vendieron sus coches, grabaron las ventas y se quejaron en línea. El asunto podría haberse quedado ahí tras desaparecer de las redes, pero no fue así. 

Una profesora de la Universidad de Boston vio una protesta en una sala de exposiciones de Tesla en Nueva York organizada por el grupo Rise and Resist y llevó a cabo la misma acción en su ciudad. Publicó sobre ello en Bluesky. Otros la imitaron. Unas pocas personas crearon un sitio web y un mapa, y todo se difundió bajo un solo hashtag: #TeslaTakedown.

El punto débil de Tesla eran los lugares físicos, con direcciones y horarios de apertura, pertenecientes a una empresa cuyo valor dependía —y depende— en gran medida, de la reputación de su fundador. Los organizadores eligieron una fecha y se mantuvieron fieles a ella: protestaban en el mismo lugar, cada semana. Para marzo, ya se habían organizado protestas en las salas de exposición de Tesla en más de 250 ciudades de todo el mundo.

La explicación que dan los organizadores sobre por qué funcionó se resume en dos puntos: la presencia es más importante que la planificación, y la regularidad fomenta la comunidad. Esto no es un argumento en contra de la estrategia —elegir las salas de exposición fue una estrategia, y una buena—. Es un argumento en contra de hacer esperar a la gente mientras se perfecciona. En un momento de enfado, la gente no necesita un documento de planificación: necesita que les digan adónde ir y qué hacer.

Las inscripciones de aquellas acciones se llevaron a cabo a través de Action Network, una plataforma de organización, y no mediante los comentarios en las publicaciones del movimiento en redes sociales. Así, cuando esas publicaciones dejaron de tener repercusión, el movimiento aún conservaba su lista de participantes. Las protestas de la Generación Z en Marruecos son otro ejemplo de cómo hacer las cosas bien. El año pasado, Marruecos experimentó una ola de protestas contra la corrupción, la desigualdad y el estado de los servicios públicos. El movimiento se autodenominó GenZ 212, en referencia al código telefónico del país.

La iniciativa se difundió a través de Instagram y TikTok, pero su plataforma principal fue Discord. Los usuarios se dividieron en canales regionales según su lugar de residencia, y las decisiones se tomaban en debates nocturnos que culminaban en votaciones. Según una estimación, el número de usuarios en los canales ascendía a 250.000 el pasado octubre.

Fue desordenado; a veces caótico. Pero Discord, que no tiene un sistema de recomendaciones, hizo por los manifestantes marroquíes algo que un sistema de recomendaciones no podría: les permitió tomar decisiones bajo presión, como grupo, y adaptarse. Cuando los primeros días trajeron arrestos, el movimiento trasladó sus protestas a barrios obreros. Cuando la intervención policial provocó muertes, los miembros se reunieron de nuevo para esclarecer lo sucedido y defender la protesta pacífica, contrarrestando los intentos de tacharlos de imprudentes.

Al igual que la mayoría de los movimientos importantes de la Generación Z que hemos visto, GenZ 212 carecía de líderes y fue algo descentralizado. La diferencia aquí, sin embargo, no radica en si hay líderes o no, sino en si existe un espacio donde se puedan resolver las dudas y tomar decisiones.

¿Qué tienen en común estos movimientos?

Una palabra: un traspaso.

En ambos casos, los organizadores reclutaron a través de las redes sociales, al igual que en 2011. Pero no se quedaron ahí. Rápidamente trasladaron a la gente a espacios que controlaban. En los casos mencionados, se trató de Action Network y de Discord; podría haber sido igualmente una lista de correo, un foro, un chat grupal o una sala con sillas. Lo importante es que no fue un sistema automatizado.

Esto replantea los debates recurrentes sobre qué plataformas de redes sociales usar y cuáles abandonar. Las plataformas surgen y desaparecen, y la que capte la atención en el futuro seguirá siendo solo la punta del iceberg. La pregunta clave es: ¿Qué necesita un movimiento para que un cambio de algoritmo o una prohibición no lo desmantelen?

Un ejemplo claro: el movimiento de la Generación Z en Nepal, que operaba en Discord, logró sortear la prohibición generalizada de las redes sociales impuesta por el gobierno el año anterior. Y el movimiento derrocó al gobierno

La transferencia debe diseñarse

No obstante, hay un inconveniente en esta transferencia: la arquitectura de las plataformas juega en tu contra. Las plataformas penalizan cualquier cosa que provoque que los usuarios abandonen la aplicación. Su arquitectura lo deja claro: Instagram no permite incluir enlaces en la descripción de una publicación. TikTok los limita a la biografía. Y en Facebook, las publicaciones con enlaces han pasado de aproximadamente una de cada siete a una de cada 66, según los propios datos de Meta. Por lo tanto, la transición no puede ser algo improvisado. Debe diseñarse con cuidado y detenimiento.

Eso significa publicar tu solicitud donde la plataforma lo permita (el enlace del perfil, la primera respuesta) e indicar a la gente dónde está, porque no la buscarán. Lo ideal es que el destino sea una fecha (“tenemos una llamada el jueves a las 19:00”) en lugar de una página. Hay que pensar en el seguimiento antes de publicar, porque la mayoría de los registros se enfrían en los primeros días si no reciben nada en su bandeja de entrada. Todo esto significa que debe haber una persona designada, alguien responsable de lo que suceda después: una persona que responda a los registrados, que organice las llamadas, a quien puedan responder y obtener una respuesta.

Ten claro qué es lo que estás contando

La otra mitad es la medición, y es donde más a menudo nos equivocamos. Las plataformas nos ofrecen un montón de datos gratis, y los aceptamos porque están ahí. Pero volverse viral no es una victoria. Nunca fue el objetivo.

Así que decide qué vas a contabilizar antes de publicar y que sea algo que se vea al final del proceso de conversión: clics desde el vídeo hasta los registros, la asistencia o las acciones completadas. Establece un objetivo, y cuando los resultados sean bajos, corrige la conversión en lugar de la acción inicial. Si tu vídeo obtiene 200.000 visualizaciones y 40 registros, probablemente el problema no fue el vídeo. Analiza qué les pediste a las personas que hicieran, si pudieron encontrar la información y qué resultados obtuvieron una vez llevaron a cabo lo que pedías. Todo contenido necesita un lugar donde publicarse.

Volver al vídeo

Puede que el problema con mi petición no haya sido el gancho, sino la fragilidad de lo que había detrás. Un formulario está bien. Tesla Takedown usó uno. Pero ese formulario condujo a una protesta en un concesionario específico, a una hora determinada, organizada por un anfitrión con gente que lo respaldaba. El mío condujo a una firma. Si tan solo una fracción de las personas que vieron ese vídeo hubieran tenido algo más que hacer —una llamada la semana siguiente, organizada por alguien conocido, con una tarea clara al final— habría quedado algo cuando la atención se desvaneció. Planifica la transición antes de planificar la recepción. Esa es la lección principal, y me costó un millón de visualizaciones aprenderla.



Fuente: El Salto

lunes, 27 de octubre de 2025

La bandera pirata de ‘One Piece’ se convierte en icono de las protestas globales de la Generación Z

 

      Periodista de El Salto que coordina la sección de culturas.



Las recientes movilizaciones de protesta en lugares tan alejados entre sí como Nepal, Perú o Marruecos han supuesto terremotos políticos y cambios en los gobiernos. En todas se ha visto una curiosa bandera pirata con un sombrero de paja


     La llama del descontento prendió en Nepal a principios de septiembre, cuando multitudinarias protestas protagonizadas principalmente por menores de 30 años obligaron a dimitir al primer ministro, Khadga Prasad Oli, y dejaron imágenes tan impactantes como las de varios edificios gubernamentales devorados por el fuego. La represión de las manifestaciones causó varias decenas de muertos. Las movilizaciones comenzaron por una decisión poco afortunada por parte del Gobierno nepalí, que cerró hasta 26 redes sociales bajo el pretexto de que las plataformas no estaban correctamente registradas. Pero de fondo había otras razones para la indignación con la que la llamada Generación Z —personas nacidas entre 1995 y 2010, año arriba, año abajo— se levantó: la corrupción gubernamental, una sociedad profundamente empobrecida y desigual, una tasa de desempleo juvenil cercana al 20%.


Protesta contra el gobierno nepalí en Chitwan, 8 de septiembre de 2025.


Un mes después, otra mandataria fue cesada de su cargo tras ver cómo su popularidad se desplomaba y el malestar por su gestión tomaba las calles. El 10 de octubre, Dina Boluarte dejó de ser la presidenta de Perú, después de varias semanas en las que las huelgas de trabajadores de transportes y las masivas manifestaciones juveniles contra la reforma de la ley de fondo de pensiones hicieron imposible su continuidad.


Un manifestante en las protestas en Perú en octubre de 2025 lleva a la espalda la bandera pirata de 
‘One Piece’.

En Marruecos, en medio de una fuerte crítica generalizada a la construcción de estadios para el Mundial de Fútbol 2030 y la Copa África 2026, la chispa se ubica en la muerte de ocho mujeres embarazadas en el hospital Hassan II de Agadir. El movimiento juvenil GenZ212 surgió allí el 27 de septiembre desde una aplicación de juegos y chat. La respuesta del Estado marroquí fue la mano dura contra las manifestaciones.


Manifestaciones de GenZ212 en Rabat.

Son tres países con realidades sociales y estructuras de poder muy diferentes, pero en todos estos movimientos de protesta contra las decisiones de sus gobiernos han participado menores de 30 años, organizados mediante plataformas digitales como Discord. Y han mostrado una bandera convertida ya en icono de la revuelta: la de la tripulación del Sombrero de Paja, del manga y anime One Piece.

Creo que no es algo puntual y va a seguir creciendo exponencialmente”, vaticina Andrés González, editor de la web especializada en manga y anime Ramen para Dos, a quien no ha sorprendido el uso de esta bandera en las movilizaciones recientes, pero sí le ha alegrado como fan de la serie desde la infancia. González recuerda que ya hace años, antes del 7 de octubre de 2023, se veían en protestas a favor de Palestina en todo el mundo algunas banderas pirata como esta, si bien de forma más tímida, portadas por “gente afín a la serie que creía oportuno, con razón, llevarlas a la manifestación”. Por ello apunta que lo que se ha vivido es un “efecto dominó que ‘empieza’ en Nepal, se viraliza, a la gente le gusta la idea y acaba en todo el mundo”. De hecho, a él no le extrañaría ver estas banderas próximamente “en Argentina o Estados Unidos, sin ir más lejos”.

One Piece, creado por Eiichiro Oda, es uno de los manga más vendidos e importantes de la historia junto a Akira, de Katsuhiro Ōtomo, y Dragon Ball, de Akira Toriyama. Su publicación en Japón en las páginas del semanal Shonen Jump, la misma revista que vio crecer a Son Goku, comenzó en julio de 1997 y aún no ha acabado. Se trata de una serie de aventuras y fantasía, con personajes humanos y animales que disfrutan de poderes sobrenaturales y capacidades especiales, en algunos casos por nacimiento y en otros adquiridas por comer las frutas del diablo, pero como toda la ficción tiene un trasfondo y se puede entresacar un significado más allá del literal. Ha alcanzado cifras de venta extraordinarias, con más de 500 millones de ejemplares en distribución, hay una versión anime, otra con actores estrenada en Netflix en 2023 y los ingresos por la comercialización de productos relacionados con la serie se expresan con números mareantes. Incluso tiene su propio día de celebración en Tokio. Y ahora se ha convertido en un símbolo global de la protesta contra el orden establecido encabezada por quienes nacieron al mismo tiempo que el manga. “Pese a lo que muchos iluminados que no han sabido comprender la obra de Eiichiro Oda puedan decir en redes sociales, One Piece es una serie con un claro y fuerte mensaje político”, resume González. 

El periodista cultural Julio Plaza Torres, lector de One Piece desde hace un cuarto de siglo, explica que en la serie se habla de racismo, de bullying a quien es diferente, de la corrupción de los distintos poderes y de luchar contra el sistema establecido para encontrar la verdadera libertad. También precisa que, aunque no se menciona la discriminación del colectivo LGTBI, sí hay multitud de personajes, desde bien temprano, que forman parte del colectivo: chicos gays, drag queens, personajes no binarios o trans. Plaza Torres recuerda que One Piece empezó como una sencilla aventura de piratas que rápidamente comenzó a evolucionar. Por eso se pueden encontrar alegatos contra el racismo —“pero en lugar de hablar de las personas negras, hablan de lo marginados que están la raza de los tritones y sirenas”—, la esclavitud o los privilegios de las clases altas. También se muestra la corrupción del Gobierno Mundial y de una gran parte de la Marina, “que se podría decir que es como la Policía del mundo de One Piece”.

La bandera que se ha visto en todas las manifestaciones de los últimos meses es la clásica calavera pirata con un par de tibias, con el añadido de un sombrero de paja, y fue dibujada originalmente por el protagonista de One Piece, Monkey D. Luffy. González señala que, aunque es un significante sin un significado concreto, en la serie se han mostrado diferentes ejemplos de lo que quiere decir la jolly roger, “un sinónimo de vivir libremente sin ataduras, pero no necesariamente de caos y descontrol, sino de camaradería, ayuda, amistad y justicia”.

Para Plaza Torres, la bandera representa a la banda pirata de Luffy, quien es “un poco tonto e inconsciente, pero se convierte en una persona decidida cuando se trata de defender a los suyos o de acabar con las injusticias. Por ello, si tiene que derrotar a un rey tirano, a un pirata que está haciendo la vida imposible a un amigo suyo, o al Gobierno Mundial, no le tiembla el pulso”. Él también destaca lo que considera el eje de la serie, el sueño de Luffy. “Quiere ser el Rey de los Piratas, pero no es un monarca como tal, sino que se llama así a quien encuentra el tesoro One Piece y se convierte en la persona más libre del mundo. Eso es lo que ansía Luffy y lo que valora de vivir en un barco navegando por el mar, la libertad”.

El poder simbólico de las banderas

Las banderas tienen una notable presencia en One Piece, según desarrolla el responsable de Ramen para Dos. “Tomando inspiración de los piratas reales, las banderas implican dos cosas: es tanto lo que define de forma tangible a un grupo de personas u organización, en este caso pirata, como un claro ejemplo de guerra psicológica. Cuando un navío de una organización gubernamental de cualquier país ve cierta bandera de tela a lo alto de un mástil sabe perfectamente a quién se están enfrentando y si temerles o no”. González, además, subraya que, a pesar de que Luffy no quiere ser un héroe por definición, no le queda otra que “portar una bandera de libertad que une a millones de personas, tanto en el manga como en la vida real, ante un objetivo común: liberarse de las ataduras de un régimen dictatorial y vivir como cada uno quiera”. 

Plaza Torres, por su parte, valora que la simbología de las banderas es “altamente importante” en One Piece ya que juega mucho con “el sentido peyorativo que tiene la calavera con los huesos cruzados detrás y le da la vuelta para demostrar que no es algo malo”. Él destaca cómo muchas de las islas que Luffy salva terminan colocando bien visible la bandera del sombrero de paja, “como un símbolo de que ese territorio fue salvado por esa banda de piratas”. También pone como ejemplo de la relevancia de los estandartes uno de los arcos de la serie en el que el Gobierno Mundial secuestra y pretende matar a Nico Robin, una arqueóloga de la banda de Luffy tachada de peligrosa porque puede desentrañar los mayores secretos que el Gobierno tiene escondidos. “Por supuesto, los protagonistas no lo permiten y, al ir a salvarla, queman la bandera del Gobierno Mundial como declaración de guerra”, recuerda este especialista.


Cubierta de un tomo del manga ‘One Piece’ de la edición española.

Esa bandera gubernamental representa “la opresión y la corrupción, el tráfico de personas, impuestos abusivos, gobernadores militares o gobernantes títeres que mantienen el poder con la Marina”, explica Oriol Erausquin, comunicador y activista que acaba de publicar el ensayo La rabia es nuestra (Siglo XXI, 2025). Frente a esa enseña opone la del sombrero de paja, que puede identificarse con una lucha contra la injusticia y por la libertad que trasciende fronteras. Por eso entiende que se haya utilizado en las protestas de los últimos meses, tan distanciadas geográficamente: “Al venir de una obra de ficción esos ideales no responden a un contexto nacional concreto, son más abstractos y por eso resultan fáciles de apropiación en distintos países”.




Erausquin, divulgador conocido en redes sociales como Infusión Ideológica y participante en el colectivo de creación de contenidos antifascistas Pantube, aporta más motivos que ayudan a entender la elección de ese símbolo por parte de jóvenes que residen a miles de kilómetros de distancia. Uno de ellos es que se trata de una generación que vive en internet y conoce la potencia semiótica del meme; otro, que las ideas las ideas de libertad y contra la tiranía “conectan transversalmente”; y uno más alude al éxito global del anime, exportado con profusión: “Generaciones enteras crecieron con esta obra, forma parte de su identidad y son fáciles de reconocer y usar como emblemas comunes”.

La universalidad y abstracción de la bandera pirata de One Piece son dos factores que pueden hacer, según Erausquin, que se utilice por manifestantes de ideologías enfrentadas, como ha sucedido con la máscara de Guy Fawkes del cómic V de Vendetta. Él opina que hay gente de derechas, de tendencias neoliberales o anarcocapitalistas, que puede leer “el libertarismo de Luffy como una fantasía individualista y usarlo para enmarcar su propia lucha contra el Estado. No me parece que sea intrínsecamente un símbolo de derechas, pero su apertura semántica permite apropiaciones diversas”. Erausquin concluye que, como todo producto cultural, tiene “un gran potencial de ser instrumentalizado por cualquier causa para legitimarse y normalizarse”.

Esa posibilidad de reinterpretación provocaría un importante malestar a Andrés González, según afirma: “Me da terror ver la bandera de Luffy usada en protestas y por personas que no comulguen realmente con la obra original. Me resultaría especialmente irónico ver a un joven de las Nuevas Generaciones del Partido Popular en el homenaje a Charlie Kirk usar la bandera pirata de los Sombrero de Paja para oponerse al ‘régimen woke y asesino de los antifascistas de occidente’ y de Pedro Sánchez”.

Julio Plaza Torres cree que si gente con la ideología opuesta se adueña de la bandera de Luffy “lo que demostrarán es su ignorancia, como suele pasar en casos de este tipo porque, o no han visto One Piece y desconocen lo que significa, o bien lo han visto pero no han entendido nada. Y esto segundo no me extrañaría”. Él entrevistó en una ocasión al creador del manga y cree que es posible que Oda sienta un “cierto orgullo” al ver que la bandera del sombrero de paja se ha lucido en estas protestas porque intuye que el autor “ha aprendido a descubrir ciertas realidades que hay en el mundo y a ver más allá de algunos valores retrógrados de la sociedad japonesa y todo ello lo ha ido introduciendo en su obra”.



Fuente: El Salto

domingo, 26 de octubre de 2025

La insurrección mundial de la Generación Z

 

 Por Marc Vandepitte   
      Economista y filósofo belga. Escribe sobre las relaciones Norte-Sur, América Latina, Cuba y China.



Sopla un nuevo viento de resistencia por el mundo, alimentado por la Generación Z, que se alza contra las élites y la desigualdad. Esta revuelta juvenil digital ya ha hecho caer gobiernos, pero se enfrenta al desafío de convertir protestas fugaces en un poder sostenible y organizado


Protesta de la Generación Z en Indonesia con una pancarta que reza «El gobierno no es nada sin nosotros», febrero de 2025.


     Un fantasma recorre el mundo, un espectro que ya hizo caer a varios gobiernos y que está impulsado por la Generación Z, los jóvenes nacidos entre 1997 y 2012.

La Generación Z pone a prueba a las élites en todo el mundo. En poco tiempo Bangladés, Nepal y Madagascar vieron caer a sus gobiernos, mientras que en Marruecos, Indonesia, Filipinas, Kenia y Perú siguieron creciendo las protestas juveniles masivas. Los detonantes directos difieren: censura, escasez de electricidad y agua, planes fiscales o escándalos de corrupción.

Pero bajo todas esas protestas fluye la misma fuerza: una generación joven y conectada digitalmente que exige igualdad de oportunidades y servicios básicos. Los jóvenes ya no toleran que los recursos públicos se desvíen hacia proyectos de prestigio mientras fallan las prestaciones básicas. Quieren dignidad y una perspectiva de futuro.




Las protestas suelen enfrentarse a una dura represión. Según la ONU, en Madagascar hubo al menos 22 muertos en las primeras semanas de protestas. En Indonesia voluntarios informaron de que la policía disparó en la oscuridad después de que se apagara el alumbrado público. Decenas de jóvenes fueron detenidos sin juicio. Documentos de Amnistía Internacional muestran como la acción pacífica se responde de forma rutinaria con violencia excesiva.

¿Por qué ahora?

En muchos países la edad mediana es extremadamente baja. En Madagascar, por ejemplo, la mitad de la población es menor de 19 años. Y para ese gran grupo de jóvenes, los empleos suelen ser escasos y hay pocas perspectivas de futuro.

Los jóvenes ven que élites se benefician de privilegios y megaproyectos, mientras se resquebrajan hospitales, escuelas e infraestructuras. En Marruecos los jóvenes salieron a la calle contra el deterioro de los servicios públicos mientras se gastan miles de millones en el Mundial de fútbol de 2030.

También en Asia el patrón es reconocible. En Nepal un intento de bloquear las redes sociales desembocó en una revolución de 48 horas y un gobierno interino. En Indonesia la chispa fue la indignación por los privilegios y la violencia policial. En Perú las reformas de pensiones fueron la gota que colmó el vaso en un contexto de trabajo informal y existencia insegura.

Internet como megáfono

Esta generación utiliza plataformas digitales. TikTok, Instagram, Telegram y sobre todo Discord son la columna vertebral logística. Sirven para planificar rutas, indicar la ubicación de equipos médicos, información jurídica, verificación de hechos y retransmisiones en directo desde los barrios. Donde los gobiernos bloquean aplicaciones, los jóvenes recurren a las VPN y canales alternativos.

La organización es deliberadamente descentralizada. No hay líderes clásicos, pero sí miles de nodos. Eso hace que el movimiento sea resiliente: si una cuenta cae, en otro lugar surgen tres nuevas. En Kenia, Nepal y Madagascar ocurrió exactamente así.

Aparece un símbolo en todas partes: la bandera pirata del cómic japonés One Piece — una calavera con sombrero de paja. Es el símbolo de los inadaptados que luchan contra una oligarquía mundial corrupta. En Indonesia, Filipinas, Nepal, Marruecos y Madagascar ondea la misma bandera, a veces en una versión local.


La Bandera Pirata es el símbolo de los inadaptados que luchan contra una oligarquía mundial corrupta.

La bandera baja el umbral de participación, crea un lenguaje compartido y nos recuerda que la cultura es poder.


Protesta en Filipinas, septiembre de 2025.

La fuerza y la trampa del enjambre

La fuerza del movimiento de la Generación Z reside en su organización horizontal. Como no tiene líderes, es difícil de quebrar. Pero precisamente eso es también su debilidad. Sin ninguna forma de representación, estructura o estrategia, el movimiento corre el riesgo de desvanecerse como un “enjambre sin colmena”, como lo llama el sociólogo italiano Paolo Gerbaudo: un colectivo que vaga de protesta en protesta, sin un anclaje duradero.

Los movimientos juveniles también pueden caer en campañas de desinformación y en manos de actores con otras agendas, desde ONG extranjeras hasta bloques de poder internos. Las revueltas estudiantiles son una plataforma ideal para las llamadas revoluciones de colores, que suelen consistir un cambio de régimen apoyado desde el exterior. Y al igual que entre nosotros, también al otro lado del planeta la extrema derecha gusta de adornarse con poses contra el establishment.

El desafío es convertir la indignación justa en poder duradero. Los jóvenes exigen cambio, pero sin organización y una visión clara, otros se pueden apropiar rápidamente de sus victorias. En Madagascar los jóvenes aplaudieron cuando cayó el régimen, pero pronto vieron que el ejército llenaba el vacío. Después de su levantamiento los jóvenes obtuvieron en Nepal menos participación de la que habían esperado.

En Egipto, la Primavera Árabe terminó en un golpe militar y en Siria degeneró en terrorismo yihadista. En Sudán la protesta callejera de un movimiento cívico idealista fue capturada por generales que luego sumieron al país en una guerra civil implacable.

Estas revueltas callejeras se ven acechadas por el peligro de que figuras carismáticas —generales o populistas— llenen el vacío con promesas rápidas y gestos simbólicos. Una cosa ss la caída de un gobierno y otra construir instituciones justas y reducir la desigualdad exige resistencia, recursos, un amplio apoyo y una organización sólida.

Los levantamientos de la Generación Z son una promesa, pero también una advertencia: sin estructuras duraderas y una visión clara, cualquier revuelta puede ser cooptada. Pero si esta joven generación logra convertir su energía en resistencia organizada y sostenible, no solo puede derribar regímenes, sino también construir una sociedad más justa.


Fuente: Rebelión