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domingo, 23 de agosto de 2026

Es hora de que los movimientos replanteen las redes sociales

 

 Por Mehran Khalili   
      Consultor político y organizador, residente en Atenas, Grecia. Colabora con DiEM25.


Los movimientos aún pueden encontrar gente en las redes sociales. Sin embargo, la verdadera organización tiene que darse en otro lugar, y conseguir que la gente llegue allí es la parte que seguimos pasando por alto


Australia prohíbe las redes sociales a los menores de 16 años.


     El pasado mes de septiembre hice un vídeo corto que fue, con diferencia, el contenido más viral que he publicado hasta la fecha. No puedo rastrear todas las visualizaciones, pero al menos un millón de personas lo vieron en Instagram y TikTok, y posiblemente en otras plataformas. Vecinos de Atenas, en Grecia, me comentaron que habían visto mi cara en sus redes sociales; cuentas chinas le pusieron subtítulos al vídeo y lo compartieron. Sentí que había dejado mi huella en el universo y, para ser sincero, que se trataba de algo especial.

El vídeo no era una charla sensacionalista ni una coreografía. Tenía un objetivo claro: conseguir que la gente firmara una petición, creada por DiEM25 y la Internacional Progresista, para impedir que la exministra de Asuntos Exteriores alemana, Annalena Baerbock, responsable de la complicidad alemana con el genocidio, se convirtiera en presidenta de la Asamblea General de la ONU.


DiEM25 y la Internacional Progresista lanzan una campaña para impedir que Baerbock asuma la presidencia de la Asamblea General de la ONU.


Zonas inundadas en Gaza, noviembre de 2025.



Fue ahí donde fracasé.  Al final de mi semana de fama breve en internet, el número de firmas apenas había variado. Durante el mes de julio, dos meses antes de publicar el vídeo, había unas 49.000 firmas. Hice seguimiento de cerca esa semana, y apenas se movió. Baerbock consiguió el puesto; ahora la petición le pide que renuncie.

Sé bastante sobre comunicación digital. Durante dos décadas ha sido una parte fundamental de mi trabajo: he escrito sobre ella, la he investigado y he asesorado a movimientos al respecto. La petición no era mía, pero el vídeo sí. Y no conseguí que funcionara. Quizás el vídeo podría haberse presentado mejor, o el enlace a la petición podría haberse hecho más accesible. Quizás mi propuesta fue entretenida, pero no convincente. Quizás una petición nunca fue el medio adecuado para detener a Baerbock.

Mis amigos, los que organizaban la campaña, pensaron que había salido genial. Me felicitaron por la cantidad de gente que había visto el vídeo, pero nadie preguntó por la petición. Y es esto lo que me preocupa desde entonces. Porque si un millón de visitas y ninguna firma se considera un éxito, estamos midiendo lo incorrecto.

Y eso plantea una pregunta más importante, una que creo que no nos hacemos con la suficiente frecuencia: cuando usamos las redes sociales para organizarnos, ¿qué estamos haciendo realmente? ¿Vale la pena el tiempo que le dedicamos? ¿Y existe alguna manera de hacerlo que realmente genere resultados?

¿Por qué estamos todos ahí?

Las redes sociales son ahora una herramienta indispensable para cualquiera que quiera organizar algo; y por motivos de sobra conocidos. Llevamos más de una década usándolas para llenar espacios públicos, desde Occupy hasta Black Lives Matter, pasando por las protestas de la Generación Z del año pasado en todo el sur global. Para sortear los bloqueos mediáticos y mostrar al mundo lo que hace el poder cuando cree que nadie lo filma, desde Ferguson hasta Gaza.


Manifestantes se congregan cerca de la Casa Blanca mientras agentes de policía levantan una barricada durante una protesta por la muerte de George Floyd.


Un activista protesta contra la vigilancia y la censura en las redes sociales en Colombo, Sri Lanka, el 24 de enero de 2024.


Para impulsar y hundir carreras políticas. Para desplomar las cotizaciones de las empresas que se lo merecen.

Las redes sociales han transformado nuestra forma de comunicarnos. Nos han obligado a ser más rápidos, más ingeniosos y más entretenidos. Porque la atención es escasa y competimos por ella contra todo lo demás. Pero, en el fondo, la mayoría partimos de la misma premisa: que las plataformas son donde se realiza el trabajo. Que publicar es organizar. Que si conseguimos alcance, lo demás vendrá por añadidura.

¿Qué cambió?

Esa suposición tiene su origen en 2011. Quienes vivimos esa época recordaremos que las redes sociales prometían algo diferente. Creíamos que podíamos derrocar gobiernos y reyes si lográbamos movilizar a suficiente gente. Y las redes sociales eran muy eficaces para eso, siempre y cuando la indignación ya existiera.

A veces, eso bastaba. El dictador tunecino Ben Ali se fue. El dictador egipcio Mubarak se fue. Pero cuando no funcionó —cuando se disolvió Occupy, cuando la plaza Tahrir dio paso a un gobierno militar, cuando las plazas quedaron vacías— nos decíamos a nosotros mismos que no era el momento adecuado, o que la represión era demasiado severa. Tengo la impresión de que muchos de nosotros aún conservamos ese mismo idealismo sobre el poder de las redes sociales. Pero dos cosas han cambiado desde entonces.

En primer lugar, los gobiernos se han vuelto muy hábiles para hacernos retroceder. Ahora sofocan la protesta desde su origen, con vigilancia, arrestos y sus propias operaciones en redes sociales. Los movimientos aún pueden sortear la censura, y a menudo lo hacen. Sin embargo, el Estado ha aprendido a operar en el mismo terreno. Amnistía Internacional ha documentado cómo el año pasado las autoridades kenianas utilizaron las mismas plataformas que el movimiento de la Generación Z para amenazar y desacreditar a los organizadores. Y cuando eso no es suficiente, el Estado puede recurrir a la plataforma misma, prohibiéndola, como hizo Nepal en 2025 , o cambiando su propietario, como sucedió con TikTok en Estados Unidos.

En segundo lugar, las plataformas mismas cambiaron de forma. Pasamos de los feeds de seguidores a los feeds de recomendaciones. Lo que publicas ya no llega a las personas que eligieron saber de ti, sino que va a donde el algoritmo lo envía, si es que llega a algún sitio. La atención se concentra en un puñado de plataformas corporativas cuyo incentivo es que sigas desplazándote por la pantalla, no ayudar a organizarte.

Ese segundo cambio es el que menos hemos tenido en cuenta, y sin embargo es el que más afecta a nuestra capacidad de organizarnos. En 2011 publicamos, nuestros seguidores lo vieron y nos organizamos en las respuestas, como sucedió durante los disturbios de Atenas. La distribución y la coordinación se produjeron en el mismo lugar y al mismo tiempo.

Por supuesto, los comentarios siguen existiendo. Pero cuando una publicación llega a pocos de tus seguidores y, en cambio, llega a desconocidos, el hilo de respuestas deja de ser un lugar en el que se pueda formar un grupo y se convierte en un espacio donde los individuos llegan uno a uno y se van de la misma manera.

Y aun así, seguimos usando estas plataformas como si estuviéramos en 2011. Lanzamos mensajes al aire con la esperanza de que alguno tenga éxito, de que la gente escuche nuestros llamados a la acción y se organice por sí misma. Creemos que, si señalamos un problema con la suficiente frecuencia, todos llegarán a las mismas conclusiones que nosotros. Y cada vez que algo o alguien logra un avance, lo sentimos como pura suerte.

Eso no significa que una publicación no pueda dar pie a algo. En India, después de que el presidente del Tribunal Supremo llamara cucarachas a los jóvenes desempleados, un estudiante de Boston preguntó en las redes sociales qué pasaría si todas las cucarachas se unieran. En cuestión de semanas se formó el Partido de las Cucarachas, con millones de seguidores y protestas en varios estados, y casi sin organización previa.


La revuelta de las ‘cucarachas’.

Eso fue hace tres meses. Desde entonces han conseguido una importante victoria, pero nadie sabe aún en qué se convertirá.

Un movimiento espontáneo aún puede surgir de las redes sociales. Simplemente no se puede planificar ni replicar. Y, sin embargo, gran parte de lo que hacemos se basa en esperar a que esto ocurra, porque las herramientas cambiaron, pero no nuestros hábitos.

Por qué no cambiamos con ellos

En cierto modo, todo lo descrito es comprensible. Las redes sociales son la herramienta más llamativa y eficaz de nuestro arsenal. Son gratuitas y todos sabemos usarlas. Entendemos los algoritmos, las palabras de moda, los memes, cómo jugar el juego. Y, sobre todo, responden al instante. En la organización, nada más funciona así. Una reunión no te dice cómo fue. Una capacitación no genera informes hasta seis meses después. Y una lista no sirve de nada hasta que le pides que haga algo.

Así que tomamos prestado muchísimo de aquellos para quienes las redes sociales son realmente su principal fuente de ingresos: los activistas influyentes. Crean una audiencia a partir de una cercanía percibida: una relación parasocial, la ilusión de intimidad y reciprocidad. Es una habilidad real y tiene sus ventajas. Pero una audiencia solo basta si el objetivo es captar la atención. No es la base. Nadie se conecta un martes por la noche porque se sienta cercano a alguien en una pantalla. 

Mientras tanto, se omite la parte tediosa del trabajo: las reuniones, las llamadas de seguimiento, las capacitaciones, las discusiones sobre qué exigimos realmente y a quién. Y es precisamente en esa parte donde la atención se transforma en poder. Como argumenta Zeynep Tufekci, las redes sociales permiten que los movimientos en red alcancen una gran escala sin necesidad de desarrollar la capacidad que antes requería dicha escala.

Ya se puede ver el precio que eso conlleva. En Bangladesh, Nepal y Madagascar, las protestas impulsadas por las redes sociales han derrocado gobiernos, pero en cada caso, lo que ocupó ese espacio fue algo que ya existía: un partido establecido en Daca, un partido formado tres años antes en Katmandú, el ejército en Antananarivo. No los movimientos en sí mismos.

Peor aún, creo que nuestro uso de estas plataformas ha empezado a condicionar nuestra estrategia. Optimizamos en función de lo que la plataforma recompensa, porque esa es la cifra que recibimos directamente. Los aspectos silenciosos pero vitales del trabajo organizativo se despriorizan sutilmente, o simplemente dejan de hacerse.

Así es como se ve cuando alguien lo hace bien

En febrero de 2025, los estadounidenses, indignados por la creciente influencia política de Elon Musk, comenzaron a publicar sobre su empresa, Tesla. Algunos vendieron sus coches, grabaron las ventas y se quejaron en línea. El asunto podría haberse quedado ahí tras desaparecer de las redes, pero no fue así. 

Una profesora de la Universidad de Boston vio una protesta en una sala de exposiciones de Tesla en Nueva York organizada por el grupo Rise and Resist y llevó a cabo la misma acción en su ciudad. Publicó sobre ello en Bluesky. Otros la imitaron. Unas pocas personas crearon un sitio web y un mapa, y todo se difundió bajo un solo hashtag: #TeslaTakedown.

El punto débil de Tesla eran los lugares físicos, con direcciones y horarios de apertura, pertenecientes a una empresa cuyo valor dependía —y depende— en gran medida, de la reputación de su fundador. Los organizadores eligieron una fecha y se mantuvieron fieles a ella: protestaban en el mismo lugar, cada semana. Para marzo, ya se habían organizado protestas en las salas de exposición de Tesla en más de 250 ciudades de todo el mundo.

La explicación que dan los organizadores sobre por qué funcionó se resume en dos puntos: la presencia es más importante que la planificación, y la regularidad fomenta la comunidad. Esto no es un argumento en contra de la estrategia —elegir las salas de exposición fue una estrategia, y una buena—. Es un argumento en contra de hacer esperar a la gente mientras se perfecciona. En un momento de enfado, la gente no necesita un documento de planificación: necesita que les digan adónde ir y qué hacer.

Las inscripciones de aquellas acciones se llevaron a cabo a través de Action Network, una plataforma de organización, y no mediante los comentarios en las publicaciones del movimiento en redes sociales. Así, cuando esas publicaciones dejaron de tener repercusión, el movimiento aún conservaba su lista de participantes. Las protestas de la Generación Z en Marruecos son otro ejemplo de cómo hacer las cosas bien. El año pasado, Marruecos experimentó una ola de protestas contra la corrupción, la desigualdad y el estado de los servicios públicos. El movimiento se autodenominó GenZ 212, en referencia al código telefónico del país.

La iniciativa se difundió a través de Instagram y TikTok, pero su plataforma principal fue Discord. Los usuarios se dividieron en canales regionales según su lugar de residencia, y las decisiones se tomaban en debates nocturnos que culminaban en votaciones. Según una estimación, el número de usuarios en los canales ascendía a 250.000 el pasado octubre.

Fue desordenado; a veces caótico. Pero Discord, que no tiene un sistema de recomendaciones, hizo por los manifestantes marroquíes algo que un sistema de recomendaciones no podría: les permitió tomar decisiones bajo presión, como grupo, y adaptarse. Cuando los primeros días trajeron arrestos, el movimiento trasladó sus protestas a barrios obreros. Cuando la intervención policial provocó muertes, los miembros se reunieron de nuevo para esclarecer lo sucedido y defender la protesta pacífica, contrarrestando los intentos de tacharlos de imprudentes.

Al igual que la mayoría de los movimientos importantes de la Generación Z que hemos visto, GenZ 212 carecía de líderes y fue algo descentralizado. La diferencia aquí, sin embargo, no radica en si hay líderes o no, sino en si existe un espacio donde se puedan resolver las dudas y tomar decisiones.

¿Qué tienen en común estos movimientos?

Una palabra: un traspaso.

En ambos casos, los organizadores reclutaron a través de las redes sociales, al igual que en 2011. Pero no se quedaron ahí. Rápidamente trasladaron a la gente a espacios que controlaban. En los casos mencionados, se trató de Action Network y de Discord; podría haber sido igualmente una lista de correo, un foro, un chat grupal o una sala con sillas. Lo importante es que no fue un sistema automatizado.

Esto replantea los debates recurrentes sobre qué plataformas de redes sociales usar y cuáles abandonar. Las plataformas surgen y desaparecen, y la que capte la atención en el futuro seguirá siendo solo la punta del iceberg. La pregunta clave es: ¿Qué necesita un movimiento para que un cambio de algoritmo o una prohibición no lo desmantelen?

Un ejemplo claro: el movimiento de la Generación Z en Nepal, que operaba en Discord, logró sortear la prohibición generalizada de las redes sociales impuesta por el gobierno el año anterior. Y el movimiento derrocó al gobierno

La transferencia debe diseñarse

No obstante, hay un inconveniente en esta transferencia: la arquitectura de las plataformas juega en tu contra. Las plataformas penalizan cualquier cosa que provoque que los usuarios abandonen la aplicación. Su arquitectura lo deja claro: Instagram no permite incluir enlaces en la descripción de una publicación. TikTok los limita a la biografía. Y en Facebook, las publicaciones con enlaces han pasado de aproximadamente una de cada siete a una de cada 66, según los propios datos de Meta. Por lo tanto, la transición no puede ser algo improvisado. Debe diseñarse con cuidado y detenimiento.

Eso significa publicar tu solicitud donde la plataforma lo permita (el enlace del perfil, la primera respuesta) e indicar a la gente dónde está, porque no la buscarán. Lo ideal es que el destino sea una fecha (“tenemos una llamada el jueves a las 19:00”) en lugar de una página. Hay que pensar en el seguimiento antes de publicar, porque la mayoría de los registros se enfrían en los primeros días si no reciben nada en su bandeja de entrada. Todo esto significa que debe haber una persona designada, alguien responsable de lo que suceda después: una persona que responda a los registrados, que organice las llamadas, a quien puedan responder y obtener una respuesta.

Ten claro qué es lo que estás contando

La otra mitad es la medición, y es donde más a menudo nos equivocamos. Las plataformas nos ofrecen un montón de datos gratis, y los aceptamos porque están ahí. Pero volverse viral no es una victoria. Nunca fue el objetivo.

Así que decide qué vas a contabilizar antes de publicar y que sea algo que se vea al final del proceso de conversión: clics desde el vídeo hasta los registros, la asistencia o las acciones completadas. Establece un objetivo, y cuando los resultados sean bajos, corrige la conversión en lugar de la acción inicial. Si tu vídeo obtiene 200.000 visualizaciones y 40 registros, probablemente el problema no fue el vídeo. Analiza qué les pediste a las personas que hicieran, si pudieron encontrar la información y qué resultados obtuvieron una vez llevaron a cabo lo que pedías. Todo contenido necesita un lugar donde publicarse.

Volver al vídeo

Puede que el problema con mi petición no haya sido el gancho, sino la fragilidad de lo que había detrás. Un formulario está bien. Tesla Takedown usó uno. Pero ese formulario condujo a una protesta en un concesionario específico, a una hora determinada, organizada por un anfitrión con gente que lo respaldaba. El mío condujo a una firma. Si tan solo una fracción de las personas que vieron ese vídeo hubieran tenido algo más que hacer —una llamada la semana siguiente, organizada por alguien conocido, con una tarea clara al final— habría quedado algo cuando la atención se desvaneció. Planifica la transición antes de planificar la recepción. Esa es la lección principal, y me costó un millón de visualizaciones aprenderla.



Fuente: El Salto

martes, 4 de agosto de 2026

El “Octavo Frente”: Palestina y la batalla por el relato

 

 Por Jaldía Abubakra   
      Destacada activista, política y militante hispano-palestina nacida en Gaza en 1967.


Palestina y la batalla por el relato.


Más de mil millones de dólares, empresas de influencia, influencers, diplomacia digital e inteligencia artificial forman parte de una ofensiva global por condicionar cómo se mira, se interpreta y se cuenta Palestina. Frente a esa maquinaria, la disputa ya no es solo por la opinión pública, sino también por la memoria, el conocimiento y el derecho de un pueblo a narrar su propia historia


     Hay una batalla que no se libra con aviones, drones ni soldados. No tiene fronteras claramente delimitadas y, sin embargo, atraviesa continentes. Se libra en las pantallas de nuestros teléfonos, en las universidades, en los grandes medios, en las iglesias evangélicas, en los parlamentos y, cada vez más, en ese territorio aparentemente invisible donde algoritmos e inteligencia artificial intervienen en nuestra manera de acceder al conocimiento.

El propio aparato israelí ha comenzado a tratarla como un frente estratégico. Benjamin Netanyahu la ha presentado como el “Octavo Frente”: la batalla por “los corazones y las mentes”, con especial atención a la juventud occidental y a sectores conservadores de Estados Unidos. Cuando un Estado convierte la opinión pública en un frente de guerra, está reconociendo que las palabras, las imágenes y la interpretación de la realidad han adquirido para él un valor estratégico.

No estamos hablando simplemente de campañas publicitarias ni de la vieja hasbará adaptada a TikTok. Hablamos de una infraestructura internacional de influencia que combina empresas de comunicación, campañas digitales, delegaciones políticas, periodistas, creadores de contenido e influencers, y que comienza a extenderse hacia un terreno mucho más profundo: el entorno informativo del que se alimentan buscadores y sistemas de inteligencia artificial.

Una investigación publicada en julio de 2026 por el Quincy Institute for Responsible Statecraft, basada en registros de la Ley de Registro de Agentes Extranjeros de Estados Unidos —FARA— y documentos de contratación pública israelíes, calcula que el gobierno israelí ha destinado más de mil millones de dólares a diplomacia pública desde octubre de 2023.


Dentro de la campaña de influencia de Israel de mil millones de dólares.

Desde entonces, más de 100 millones de dólares han sido destinados a actividades de influencia israelí declaradas bajo FARA y 17 nuevas empresas se registraron entre 2024 y 2025 para trabajar en favor de intereses israelíes. Para 2026 se planteó, además, un presupuesto de unos 750 millones de dólares para diplomacia pública, aproximadamente cuatro veces el del año anterior, según se explica en el informe del Quincy Institute. En este contexto, quizá la pregunta más interesante que debamos hacernos no sea cuánto dinero está gastando Israel con todo esto, sino por qué necesita gastarlo ahora.

Las opiniones desfavorables hacia Israel van en aumento

Durante décadas, Israel disfrutó de una posición excepcional en buena parte de Occidente y no necesitaba convencer desde cero. Gobiernos, grandes medios e instituciones culturales y académicas reprodujeron los marcos desde los que debía entenderse Palestina. La colonización se convertía en “conflicto”, la ocupación desaparecía detrás de la “seguridad” y la resistencia palestina era separada de las condiciones históricas que la habían producido. Cada nueva agresión comenzaba informativamente cuando Israel decidía responder, como si todo lo anterior perteneciera a otra historia.

El 7 de octubre de 2023 no creó esa maquinaria narrativa. Existía desde mucho antes. Pero lo ocurrido después en Gaza produjo algo que no había previsto en toda su dimensión: millones de personas comenzaron a observar, casi en tiempo real, aquello que durante décadas había sido filtrado, fragmentado o explicado por intermediarios. Periodistas palestinos, familias, médicos y habitantes de Gaza mostraron directamente al mundo barrios destruidos, hospitales atacados, desplazamientos masivos, hambre, niños y niñas asesinados y familias enteras borradas de los registros civiles. Entonces apareció un problema mucho más difícil de resolver mediante relaciones públicas. Ya no se trataba solamente de decidir qué contar sobre Palestina, sino de convencer a millones de personas de que aquello que habían visto debía interpretarse de otra manera.

Los datos permiten observar esa ruptura. En febrero de 2026, Gallup registró por primera vez que la simpatía de la población estadounidense hacia los palestinos superaba a la expresada hacia los israelíes: 41% frente a 36%. Entre las personas de 35 a 54 años, la diferencia llegaba al 46% frente al 28%.


Los israelíes ya no lideran la simpatía de los estadounidenses hacia Oriente Medio.

El Pew Research Center encontró además que entre los republicanos de 18 a 49 años el 57% tenía una opinión desfavorable de Israel.

No sorprende que jóvenes, conservadores y evangélicos aparezcan entre los públicos prioritarios de las nuevas campañas. La documentación examinada por el Quincy Institute incluye una campaña de 3,2 millones de dólares dirigida a cristianos evangélicos y otra destinada a reclutar influencers menores de 30 años para alcanzar audiencias conservadoras en Instagram y TikTok. La batalla consiste también en impedir que continúe erosionándose el consenso que sostuvo durante décadas la relación especial entre Washington e Israel.

Estados Unidos no es una excepción. En 2026, una encuesta del Pew Research Center realizada en 36 países encontró una mediana del 67% de opiniones desfavorables hacia Israel, frente a un 25% favorables. En todos los países europeos incluidos predominaban las opiniones negativas. En España alcanzaban el 96% entre quienes se situaban en la izquierda, pero también el 66% entre quienes se identificaban con la derecha.

Aquí aparece una contradicción cada vez más visible: mientras amplios sectores de las sociedades europeas se alejan de Israel, numerosos gobiernos mantienen estrechas relaciones militares, económicas, tecnológicas, científicas y diplomáticas con el Estado israelí. Por eso la batalla por la opinión pública no busca únicamente mejorar encuestas, sino evitar que el rechazo social termine convirtiéndose en fuerza política: embargos de armas, sanciones, rupturas institucionales, boicot o cuestionamientos de la impunidad israelí.

La misma disputa atraviesa América Latina. En 2026, las opiniones desfavorables hacia Israel superaban el 50% en países como Chile, México, Colombia, Argentina y Brasil, según el Pew Research Center. Precisamente porque Palestina conserva un enorme capital histórico de solidaridad en la región, Israel y organizaciones que trabajan por estrechar sus relaciones con ella buscan llegar no solo a gobiernos, sino también a parlamentos, empresarios, medios, periodistas, creadores de contenido y sectores religiosos.

Este pasado mes de junio, Leah Soibel, fundadora de Fuente Latina, afirmaba que su organización había llevado a Israel a 300 periodistas hispanos no judíos y habló abiertamente de trabajar con periodistas, influencers y creadores latinoamericanos, según documentaba Genesis Prize Foundation.


El líder argentino Milei lanza una iniciativa para impulsar los lazos entre Israel y América Latina.

A ello se suman iniciativas como los Acuerdos de Isaac, concebidos para ampliar las relaciones de Israel con América Latina y para los que se anunció una inversión inicial de un millón de dólares.

No todas estas iniciativas están financiadas directamente por el Estado israelí ni forman parte de una única estructura centralizada. Existen fundaciones, organizaciones aliadas, redes empresariales, actores políticos y movimientos religiosos con autonomía propia. Pero esa diversidad muestra una amplia red internacional de actores e intereses capaz de extender la influencia mucho más allá de las embajadas. Las redes del sionismo cristiano desempeñan aquí un papel especialmente importante.

Acercarse a los países árabes

En el mundo árabe la estrategia adopta otras formas. Israel lleva años desarrollando una diplomacia digital específicamente en lengua árabe. Construye un relato propio: Israel como Estado moderno y dispuesto a vivir en paz; Palestina reducida a un problema de seguridad; la resistencia convertida en responsable de guerras producidas por décadas de colonización; y la normalización presentada como puerta hacia la estabilidad. La propia Knéset informó de campañas que alcanzaron alrededor de 858 millones de visualizaciones en medios digitales en árabe.

Sin embargo, cuando pasamos de las pantallas a las sociedades aparece otra realidad. Arab Barometer encontró que, después del 7 de octubre de 2023, en ninguno de los siete países árabes estudiados la población que apoyaba la normalización con Israel superaba el 13%. En Marruecos, el apoyo cayó del 31% al 13%. El Arab Opinion Index registró además que el 89% rechazaba que sus países reconocieran a Israel y que el 92% consideraba la causa palestina una cuestión de todos los árabes y no solamente de los palestinos. Hay una enseñanza que décadas de acuerdos no han conseguido borrar: se pueden normalizar relaciones entre gobiernos sin normalizar la conciencia de los pueblos.

El “Octavo Frente”, sin embargo, mira también hacia el futuro. Y ahí aparece la inteligencia artificial: en mayo de 2024, OpenAI informó de que había interrumpido varias operaciones encubiertas de influencia que utilizaban sus modelos. Una estaba vinculada a STOIC, una empresa comercial israelí, que habría empleado herramientas de inteligencia artificial para generar artículos y comentarios difundidos posteriormente en distintas plataformas. OpenAI señaló, sin embargo, que no había encontrado pruebas de que sus modelos hubieran aumentado significativamente el alcance de aquella operación.

El Quincy Institute documenta además un contrato israelí con Clock Tower X que incluye la creación de páginas web y contenidos orientados a influir en la forma en que los sistemas generativos recuperan y presentan información, buscando determinados encuadres en conversaciones con sistemas GPT y una mayor presencia de ciertos contenidos en buscadores.

Esto no significa que Israel controle ChatGPT ni ningún otro sistema de inteligencia artificial. La cuestión es diferente y probablemente más importante a largo plazo. Si millones de personas utilizan sistemas de IA para comprender la historia y el presente, influir sobre las fuentes y los contenidos que componen el entorno informativo se convierte también en una batalla por el conocimiento del futuro. Está en juego el espacio del que dependerán las respuestas que mañana recibamos cuando preguntemos qué ocurrió en Gaza, qué es el sionismo, cuándo comenzó la colonización de Palestina o por qué existe la resistencia palestina.

Aquí cualquiera que lea este artículo tiene también una responsabilidad: aprender a reconocer cómo funciona la propaganda. La más eficaz rara vez necesita inventarlo todo; le basta con decidir dónde comienza la historia, qué palabras se utilizan y qué queda fuera del encuadre.

La necesidad de recuperar el relato palestino

Cuando escuchamos que “Israel se defiende”, conviene preguntar: ¿en qué momento comienza la historia que nos cuentan? Cuando se habla de “conflicto israelí-palestino”, ¿por qué una realidad de colonización, ocupación y enorme desigualdad de poder se presenta como un enfrentamiento entre iguales? ¿Por qué desaparecen la ocupación y la dominación colonial, como si la resistencia palestina hubiera nacido en el vacío?

Lo mismo ocurre cuando se habla de “la única democracia de Oriente Medio” —esto último una denominación geográfica colonial que debería ser sustituida por Asia Occidental—. ¿Democracia para quién? ¿Dónde quedan los millones de palestinos sometidos a ocupación, bloqueo, desplazamiento, discriminación y regímenes jurídicos profundamente desiguales?

La propaganda pierde parte de su poder cuando dejamos de discutir dentro de las palabras que ella misma ha elegido. Pero su maquinaria sigue siendo poderosa: mil millones de dólares compran campañas, acceso político, producción audiovisual, influencers, consultores y tecnología, sin contar grandes organizaciones estadounidenses favorables a Israel que no reciben financiación del gobierno israelí, como AIPAC.

Esa maquinaria puede contribuir a criminalizar organizaciones, presionar universidades, condicionar debates y perseguir la solidaridad con Palestina. Conocerla y exponerla no es una tarea exclusivamente de la población palestinas, sino de todas aquellas personas que quieran saber quién intenta condicionar lo que ve, lee y cómo interpreta el mundo.

A todo ello se suma una cuestión que pocas veces se reconoce fuera de Palestina. Desde los Acuerdos de Oslo (1993 y 1995), una parte importante del discurso oficial palestino fue desplazando el lenguaje de la liberación hacia el del “proceso de paz”, la negociación permanente y la construcción de un Estado en una parte del territorio. Palestina quedó cada vez más reducida a Cisjordania y Gaza, relegando a los refugiados, el derecho al retorno y a los palestinos de los territorios ocupados en 1948, mientras la cuestión colonial cedía espacio al lenguaje del “conflicto”, la gestión y la diplomacia.

Recuperar el relato palestino exige superar también esos límites. Palestina no es una Autoridad ni un territorio administrado: es Gaza, Jerusalén, Cisjordania, las ciudades y aldeas palestinas ocupadas en 1948, los campos de refugiados y la diáspora. Es una tierra, un pueblo y una historia que la fragmentación no ha conseguido convertir en causas diferentes. Recupera el relato palestino significa también reivindicar el derecho de un pueblo a definir qué significa liberarse, cuáles son sus derechos inalienables y qué futuro reclama.

Para comprender Palestina hay que abandonar dos filtros: dejar de mirarla únicamente a través del relato sionista y dejar de encerrarla en los límites que décadas de negociación y diplomacia oficial impusieron sobre la propia cuestión palestina; porque Palestina no empezó con la creación del Estado de Israel ni puede reducirse a una sucesión de agresiones y respuestas. Antes de la Nakba había ciudades, pueblos, escuelas, periódicos, sindicatos, asociaciones de mujeres y una sociedad enfrentada ya a la colonización. Después hubo campos de refugiados convertidos en espacios de organización, generaciones que preservaron las llaves y los nombres de sus aldeas, presos que escribieron desde las cárceles y una cultura que atravesó fronteras sin abandonar la idea del retorno.

Conocer esa historia es romper una de las formas más persistentes del colonialismo: reducir a un pueblo a aquello que su colonizador dice de él. Significa recuperar archivos y voces silenciadas, incluidas las de generaciones que nacieron lejos de las aldeas de sus familias y siguieron transmitiendo sus nombres. Dejar de preguntar solamente qué hace Israel y preguntarnos también quiénes son los palestinos, qué memoria conservan y qué futuro reclaman. Más de mil millones de dólares pueden leerse también como la medida del problema que Israel intenta resolver.

Durante décadas, el sionismo consiguió que una parte considerable del mundo occidental discutiera Palestina dentro de límites previamente establecidos. Hoy esa relación empieza a mostrar grietas. Gaza ha abierto una de las más profundas. No porque los palestinos hayan descubierto cómo contar su historia, sino porque millones de personas han visto demasiado: niños y niñas asesinados, médicos sin medios, periodistas asesinados, familias desplazadas y personas buscando comida. Pero también han visto a un pueblo que, en medio del genocidio, continúa enseñando, estudiando, cuidando y aferrándose obstinadamente a la vida.

Frente a un pueblo que despliega una maquinaria extraordinaria del dinero, la tecnología y el poder, la respuesta no puede ser construir una propaganda más eficaz, sino investigar, contrastar, escuchar las voces que el poder intenta silenciar y preservar la memoria. No se trata de vivir respondiendo a Israel, sino de devolver al centro a Palestina: su historia, su pueblo, su resistencia, su memoria y su futuro. Porque esta batalla también se libra sobre las palabras y el conocimiento, y no pertenece solamente a los palestinos: interpela a cualquiera que crea que no se deben silenciar la verdad, la memoria de los pueblos ni su derecho a contar su propia historia.

Israel puede comprar campañas, contratar empresas, financiar influencers y producir millones de contenidos. Puede intentar ocupar cada nueva tecnología que transforme nuestra manera de acceder a la información. Pero hay algo mucho más difícil de borrar.

Después de Gaza, la batalla ya no consiste solamente en conseguir que el mundo mire a Palestina. Consiste en impedir que, después de haberla visto, alguien vuelva a convencerlo de que no vio lo que vio. Y también en aprender, por fin, a mirar Palestina sin necesitar que Israel —ni quienes durante décadas administraron los límites de lo posible— nos diga qué estamos viendo.


Fuente: El Salto

martes, 23 de diciembre de 2025

Obstrucción climática: cuando el sabotaje va mucho más allá de negar la ciencia

 

 Por Andrés Actis   
      Periodista licenciado en Comunicación Social (UNR-Argentina). Colabora en diferentes medios, entre ellos El Salto.


Un centenar de científicos de la Red Global de Ciencias Sociales del Clima de la Universidad de Brown publica un extenso análisis sobre el entorpecimiento organizado a la lucha climática. La conclusión: la obstrucción no es un actor, sino todo un sistema


     ¿Por qué si la quema de combustibles fósiles provoca el cambio climático, un hecho científico evidente desde hace décadas, y un 89% de la población mundial exige mayor acción climática a sus gobernantes, las políticas para mitigar el calentamiento global no avanzan al ritmo necesario para evitar una catástrofe planetaria que ya está en puerta? Con ese interrogante de fondo, más de 100 científicos de la Red Global de Ciencias Sociales del Clima de la Universidad de Brown (Estados Unidos) empezaron a destripar la exasperante inacción climática que parece enquistada en todos los continentes. El resultado de este análisis acaba de publicarse, tal vez, en el libro más comprensivo y sistemático hasta la fecha sobre el entorpecimiento organizado a la lucha climática. La conclusión es que la obstrucción no es un actor, sino un sofisticado ecosistema que tiene como finalidad sabotear un mundo descarbonizado.


En 'Climate Obstruction: A Global Assessment', más de cien científicos sentencian que el mundo fracasa en la acción climátic por la acción deliberada de actores económicos y políticos que obstaculizan las transiciones ecológica y energética.

El libro se llama Climate Obstruction: A Global Assessment y se puede descargar de forma gratuita. A partir de documentos internos, investigaciones académicas y estudios de caso, los autores sentencian que el mundo no fracasa en la acción climática por falta de conocimiento científico, ni por ausencia de apoyo público, sino por la acción deliberada de actores económicos y políticos que obstaculizan las dos transiciones en marcha, la ecológica y la energética.


Sabotaje a la acción climática en todo el mundo. Descarga gratuita.

Si bien combatir el cambio climático “nunca iba a ser fácil, se ha vuelto exponencialmente más difícil debido a diversas formas de obstrucción”, advierten en la introducción de la publicación. ¿Qué es la obstrucción climática? Es más que negar la ciencia, aclaran: son tácticas dilatorias como advertir sobre calamidades económicas, o el lavado de imagen verde que intenta reposicionar a las grandes petroleras como “un actor legítimo en la solución del cambio climático” en lugar de “un enemigo”, o teorías conspirativas descabelladas sobre un nuevo orden mundial o el “comunismo global”.


Almacenamiento energético de Enlight Renewable Energy en Huesca: lavado verde de la imagen de Israel.

Y no se trata solo de las grandes petroleras, sino de un “gran enjambre” de actores: empresas que dependen de la economía fósil, como las compañías de servicios, así como las asociaciones comerciales detrás de las cuales se esconden; los centros de estudios que financian; las empresas de relaciones públicas que las hacen quedar bien; y las grandes empresas tecnológicas que difunden sus falsas afirmaciones. Los gobiernos y políticos cierran el círculo.

La investigación muestra cómo las grandes petroleras, la agroindustria, los servicios, los conglomerados de transporte y sus redes de think tanks, lobistas y agencias de relaciones públicas despliegan un repertorio coordinado para evitar regulaciones que afecten sus modelos de negocios. La idea fuerza es demoledora: la obstrucción no es un actor, sino un sistema”, explica Federico Merke, doctor en Ciencias Sociales y profesor asociado de Relaciones Internacionales en la Universidad de San Andrés (Argentina).


¿Por qué no queremos salvar al mundo?

Merke, quien también estudia el cruce entre la política internacional y el cambio climático, autor del libro ¿Por qué no queremos salvar al mundo?, celebra el esfuerzo de sus colegas por demostrar que no estamos frente a un “negacionismo clásico”, sino frente a una “constelación mucho más sofisticada”: tácticas de demora, falsas soluciones, campañas de miedo económico, captura regulatoria, manipulación mediática, litigios estratégicos, greenwashing e infiltración en procesos multilaterales.


Protesta indígena contra las barcazas de la soja sobre el río Tapajós y el Ferrocarril de Ferrogrão durante la COP30.

En este contexto, la derecha radical, en auge en casi todo el planeta, aparece hoy como “multiplicador del problema”. El libro reconstruye cómo la ultraderecha, desde el movimiento antiambientalista “Wise Use” hasta los think tanks del Atlas Network, erosionan los propios marcos de cooperación internacional, atacando la diplomacia multilateral, las instituciones ambientales y la idea misma de gobernanza global. “En lugar de debates técnicos, predominan conspiraciones sobre la “Gran sustitución” y un uso instrumental del clima para movilizar identidades culturales agraviadas”, señala Merke.


Wise Use en la Casa Blanca.

El libro, coordinado por Timmons Roberts, Carlos Milani, Jennifer Jacquet y Christian Downie, también indaga en el papel de los medios de comunicación y de las plataformas digitales. El ecosistema mediático es un “vector clave” en la amplificación de la desinformación, tanto por “falsos equilibrios” periodísticos —otorgarle el mismo espacio y entidad a un científico que a un lobbista, por ejemplo— como por la arquitectura algorítmica de las grandes tecnológicas —Meta, Google, X y TikTok—. Para Merke, el libro exhibe un “mecanismo inquietante”: muchas de estas plataformas no solo permiten la desinformación, también ganan dinero con ella a través de publicidad dirigida de compañías fósiles.

Lo primero: qué es la obstrucción climática

Los autores la definen como las acciones intencionales y los esfuerzos para frenar o bloquear políticas sobre el cambio climático, medidas respaldadas por el consenso científico respecto a la necesidad de dejar de quemar combustibles fósiles y de destruir los ecosistemas naturales.

Ante cada política climática puesta sobre la mesa, las grandes petroleras, junto con sus aliados de la agricultura, la tecnología, los medios de comunicación y sus facilitadores en el sector de las relaciones públicas, utilizan sus “ganancias y poder” para impedirlas o debilitarlas. “Un ecosistema interconectado de individuos y organizaciones”, resumen este grupo de investigadores.


El presidente de Argentina, Javier Milei, saluda a Abascal en la fiesta ultraderechista de Vox, Viva 24.

En diferentes contextos políticos, la obstrucción adopta formas propias. No hay un método único, se explica. Pero el objetivo sí es común: sabotear acciones significativas para abordar la crisis climática. En el caso de la industria fósil (petróleo y gas), el entorpecimiento pivota todo el tiempo sobre “negar, retrasar y diluir”.

Tras realizar una revisión exhaustiva de la literatura académica y de los documentos internos de la industria, los autores revelan la estrategia de “tres pasos” de la industria de los combustibles fósiles para mantenerse con vida: negar la ciencia que muestra que los combustibles fósiles causan un cambio climático peligroso; retrasar soluciones políticas y regulaciones que podrían reducir la contaminación; y diluir o cooptar esas políticas una vez que se aprueban. El ejemplo más reciente: el adiós el veto a los coches de combustión en 2035.


Campa de coches afectados tras la dana de València en Benaguasil a fecha de enero de 2025.

Si bien la clásica negación climática de la industria de fines del siglo XX aún se arrastra a través de los mitos zombis que ha difundido y el lenguaje tipo 'engaño' sigue siendo relevante —dice el libro—, una forma de obstrucción más frecuente y complicada es el uso de tácticas de miedo económico como parte de los esfuerzos de lobby para retrasar o debilitar la acción política mediante el alarmismo con afirmaciones extravagantes e inexactas de que la política climática arruinará la economía”.

Esta industria, cuando ya no puede evitar el debate político, se vende “como parte de la solución al cambio climático”. Los ejemplos sobran. En España, Repsol se erige como un actor clave de la transición verde, pero solo el 1,28% de toda la energía que produce es renovable. Con esta técnica, señala el libro, “la industria de los combustibles fósiles está cooptando el discurso de las soluciones climáticas para impedir la legislación y mantener el modelo de negocios del petróleo y el gas”.


Un activista de Greenpeace, colgado de una de las astas de la entrada del Ifema de Madrid durante la junta de accionistas de Repsol.

Las técnicas de obstrucción se sustentan, por lo general, en algunas de estas narrativas: historias aterradoras sobre el “colapso industrial” y otras consecuencias negativas (imaginarias) de la política climática; falsas soluciones como la captura de carbono para reducir la necesidad de reducir el uso de combustibles fósiles; o la afirmación de que los combustibles fósiles son la mejor y única manera para que las economías emergentes generen la electricidad necesaria para el desarrollo económico.

La industria de la agricultura animal, señala el libro, es “otro importante contaminante climático”, por su exitoso esfuerzo de mantener alta la demanda pública de carne a pesar de los costes climáticos y de salud que tienen sus productos. Para los autores, esta obstrucción cuenta con el beneplácito de los medios de comunicación, que “constantemente caen en la trampa”: “Con demasiada frecuencia transmiten el encuadre preferido de la industria, haciendo que la responsabilidad del cambio recaiga sobre los consumidores en lugar de las corporaciones, lo que permite a estas últimas evitar la rendición de cuentas”.

Como resultado, se agrega, la cobertura sobre agricultura y cambio climático se suele centrar en el consumo de carne y el veganismo como opciones dietéticas individuales, “mientras que rara vez aborda las contribuciones de las empresas ganaderas al cambio climático y el papel de las políticas gubernamentales —impuestos y subsidios agrícolas— en la promoción o el impedimento de la producción y el consumo sostenibles.

El chivo expiatorio del multiculturalismo

En el capítulo dedicado a la ultraderecha, el libro rastrea una estrategia de obstrucción común en todos los países: la amenaza de una sociedad multicultural y multirracial como chivo expiatorio para conseguir el apoyo de los partidos nacionalistas. Se presentan como las únicas fuerzas políticas que buscan combatir el “Gran Reemplazo” por parte de organizaciones cosmopolitas, como la ONU.


Manifestación del 4 de octubre contra el genocidio palestino en Madrid.

Ante esto, los partidos conservadores tradicionales, siempre dubitativos para adoptar medidas para combatir el cambio climático, empiezan a sumarse al rechazo científico y a todas las nociones de diplomacia multilateral y cooperación internacional que son fundamentales para resolver el desafío climático global.

Que este chivo expiatorio —como tantos otros— cale en los imaginarios colectivos mucho tienen que ver los medios de comunicación, dicen estos expertos. La norma periodística de “los dos lados” —dar voz a todas las partes— “ha sido explotada por la industria de los combustibles fósiles y su maquinaria de obstrucción”.

Si esto se suma a la habitual venta de servicios a la industria de los combustibles fósiles con fines publicitarios, el rol de los medios tradicionales —televisión, periódicos y radio— es de relevancia dentro de esta maquinaria. El contenido comprado por las empresas parece “información objetiva” cuando, en realidad, está plagado de intereses anticlima.

Ni hablar del papel de las grandes empresas tecnológicas, principales contribuyentes a la desinformación climática. Los autores definen al big tech como “actores cómplices” de la obstrucción, ya que “la desinformación es ahora un subproducto garantizado, si no una parte central, de los modelos de negocio de las empresas de redes sociales”. A juicio de los autores del libro, los algoritmos que premian la desinformación climática son un ejemplo de que la obstrucción no se explica solo por un “gasto financiero masivo”, sino también por “la explotación de rasgos psicológicos humanos comunes”.

A las cinco creencias que sustentan la acción climática —el cambio climático es real, es de origen humano, tiene consenso científico, es perjudicial y existe la esperanza de que podamos evitar los peores escenarios—, el “contramovimiento climático” instala “descreencias” que, como poco, contaminan las evidencias: el calentamiento global no es real, no es de origen humano, los impactos climáticos no son malos, las soluciones climáticas no funcionan, y los expertos no son nada fiables. ¿Cómo cultivan estas incredulidades? “Desvirtuando la integridad científica. Es decir, empleando las cinco técnicas de negación científica: falsos expertos, falacias lógicas, expectativas imposibles, selección de datos y teorías conspirativas”.

El Sur global: entre impacto y dependencia

Para Merke, una de las contribuciones más valiosas de todo el libro es el análisis del Sur global. Los autores muestran que, aunque los países en desarrollo sufren más las consecuencias del cambio climático, también reproducen lógicas de obstrucción cuando sus élites políticas y empresariales dependen de sectores fósiles o agroexportadores. La obstrucción, advierten, no es monopolio del norte, aunque el norte tiene una responsabilidad histórica desproporcionada.

Se pone el ejemplo de la expansión del ferrocarril brasileño para conectar puertos costeros, anunciada como una alternativa más limpia por la política y las grandes empresas, que terminó provocando una “deforestación más extensa” y fortaleciendo la lógica extractivista que impulsa el Norte global en esta región.

Los Estados, que están en condiciones de impulsar la acción nacional y subvertir los regímenes hostiles al clima global ejerciendo su propia autoridad, terminan formando parte de este ecosistema tóxico. En Brasil y Argentina, por ejemplo, las administraciones reciben regalías por la extracción petrolera, “lo que los convierte en opositores naturales a las políticas climáticas”. Estos “beneficios económicos” se utilizan para identificar a las políticas de descarbonización como “hostiles a los trabajadores y a las finanzas estatales”.

En general, “la dependencia de la industria de los combustibles fósiles representa un obstáculo para políticas más eficaces y ambiciosas que buscan diversificar las fuentes de energía y crear un modelo de desarrollo económico menos centrado en el petróleo”. Encima, en toda América Latina, el activismo climático se reprime mediante violencia física, lo que “sugiere que los actores subnacionales se sienten cómodos generando miedo cuando ello sirve a sus intereses, incluso si genera indignación pública”.

Las soluciones

El libro no se limita al diagnóstico. Detalla una serie de mecanismos emergentes para contrarrestar la obstrucción, como los litigios climáticos basados en publicidad engañosa y responsabilidad civil; las regulaciones contra el greenwashing; la transparencia obligatoria para el lobby empresarial; las reformas en los procesos del IPCC y la COP que limiten el poder de los obstructores; y las campañas de naming and shaming (nombrar y avergonzar) para revocar licencias sociales.


Un noviembre extremadamente caluroso encamina a 2025 como el segundo año más cálido desde que se realizan mediciones.

Para los autores, estos cinco mecanismos son “cruciales” para frenar la obstrucción climática. No apuntan solo a los daños causados por la contaminación, sino también al “greenwashing y otros discursos y comportamientos corporativos engañosos que se rigen por las leyes de protección al consumidor”.

En los Países Bajos, la Autoridad de Consumidores y Mercados declaró lavado verde al “ecodiseño” de H&M, lo que ha provocado una “atención pública negativa” por las conductas contaminantes de esta marca. Aunque si bien “la humillación pública genera presión social”, los litigios crean un incentivo aún más directo para que las corporaciones dejen de obstruir la acción climática, explica el libro. Los autores han recopilado más de 2.000 juicios en todo el mundo. Se espera que la cifra crezca con fuerza en los próximos años. “Estos casos representan una gran amenaza para la industria, con un rango de responsabilidad potencial que alcanza billones de dólares o más”, explican.

La otra buena noticia es que los grupos de la sociedad civil han comenzado a “contrarrestar la infraestructura que frena la acción climática”. Cada vez hay más organizaciones que están monitoreando la desinformación en las plataformas de redes sociales y realizando campañas de concienciación. “Mediante esfuerzos como estos, los científicos del clima, los defensores y los formuladores de políticas están empezando a desarmar y desmantelar estratégicamente la operación de obstrucción industrial que está saboteando la acción climática”, concluyen los investigadores.

Merke se queda con la contundencia del diagnóstico de esta investigación: la lucha contra la obstrucción es hoy tan importante como la reducción de emisiones. “No basta con diseñar buenas políticas climáticas; es preciso desmantelar la arquitectura que las bloquea”.


Fuente: El Salto