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martes, 3 de febrero de 2026

Roser Gari: “La represión del activismo en Alemania es el futuro que están ensayando”

 

 Por Carmela Negrete   
      Periodista de carrera y vive Berlín desde 2011. Trabaja para una agencia de noticias y escribe para medios en alemán y en lengua castellana sobre temas de actualidad política, asuntos sociales, inmigración, memoria histórica y la extrema derecha.

Roser Gari es una activista madrileña que vive en Berlín y ha acompañado como observadora a muchos activistas que están sufriendo represión política por apoyar la causa palestina con su grupo Palestine on Trial y han publicado varios informes al respecto.

     Hablamos con ella para que explique lo que está ocurriendo con las personas solidarias con Palestina en Alemania. Desde octubre de 2023 puede haber unos 11.000 juicios relacionados con el movimiento pro-palestino, estima.


La activista Roser Gari.

¿Qué has podido observar en los juicios contra activistas pro-Palestina en Berlín?

El Estado represivo alemán está funcionando exactamente comoquería. Tenemos varias conclusiones. Una parte fundamental de esta represión tiene como objetivo que la gente deje de ir a las calles y deje de organizarse. Las personas que pasan por procesos judiciales se quedan sin recursos económicos, porque los juicios son caros y los abogados también.

Muchas de estas personas sufren niveles de estrés muy fuertes: problemas de sueño, depresión, ansiedad generalizada y, como consecuencia, abandonan la militancia porque están completamente agotadas. A muchas personas a las que la policía ha pegado de forma excesiva, la propia policía las acusa de lo contrario: de haber agredido a los agentes. Eso significa que se enfrentan incluso a penas de cárcel. Son personas profundamente traumatizadas.

Esta misma semana estuve en un juicio de una persona acusada de haber pegado a un policía a la que dejaron inconsciente. No permitieron que las ambulancias la atendieran. Y aun así, le llegó una acusación por agredir a la policía, con posible pena de cárcel. Imagínate cómo se siente alguien a quien han dejado inconsciente y luego recibe una carta diciendo que ha sido él quien ha pegado a la policía.

Y esto no es una excepción: es constante. La mayoría de los juicios por agresión a la policía en Alemania responden a situaciones en las que ha sido la policía la que ha agredido primero. Aun así, las personas se enfrentan a antecedentes penales. Y eso tiene consecuencias gravísimas: problemas con visados, retrasos o retiradas de permisos de residencia, pérdida de becas, dificultades laborales.

¿Por qué tipo de cargos se está procesando a activistas que se manifiestan ejerciendo, en teoría, su derecho a la protesta?

Hablamos de multas económicas altas. Agredir a un policía puede costar 3.600 euros, más los gastos judiciales y el abogado, que pueden llegar fácilmente a 2.000 euros. Desde octubre de 2023 puede haber unos 11.000 juicios relacionados con el movimiento pro-palestino. El Estado está intentando rebajar las cifras públicamente, pero la magnitud es enorme. La policía entra a detener a alguien por un eslogan, por un símbolo prohibido o simplemente porque es una persona conocida. Entra una decena de agentes, pegando a todo el mundo alrededor y llevándose a la persona por la fuerza. Está grabado y se puede ver.

Si protestas porque te empujan, te pueden acusar de insultar a la policía. Si no te apartas lo suficientemente rápido, es “resistencia a la autoridad”. Si te tocan y tú reaccionas mínimamente, es “agresión a la policía”. “Resistir a la autoridad” es todo: no oír una orden, no caminar al ritmo que quieren, cubrirte la cara mientras te pegan. Asistí a un juicio de un estudiante al que tiraron al suelo y le dieron patadas. En el vídeo se ve claramente que se cubre la cara para protegerse, y eso fue interpretado como resistencia a la autoridad. Salió culpable y tuvo que pagar unos 4.000 euros.

También hay juicios por eslóganes y símbolos. El principal es “From the river to the sea, Palestine will be free”, después de que el Ministerio del Interior declarase ese slogan como símbolo de Hamás en noviembre de 2023. Decirlo se considera apología del terrorismo. Se usa incluso para disolver manifestaciones enteras.

Este caso llegó a segunda instancia y se perdió en un juicio completamente amañado, con una jueza que ya había declarado su postura y un “experto” abiertamente racista. También hubo juicios por consignas como “los sionistas son fascistas”, por los triángulos rojos, por sandías, por kufiyas, por puños. Incluso detuvieron a una persona LGTBI+ por un triángulo rosa, y luego tuvieron que pedir disculpas. Las propias universidades, como la Humboldt o la Freie Universität, han denunciado a sus estudiantes. Algunos tienen prohibida la entrada a su propia universidad.

Dentro de toda esta estructura represiva, ¿cuál es el papel de las observadoras como tú?

Primero, la solidaridad. Muchas personas van solas a los juicios y sentarse frente a los policías que te han pegado es durísimo. Intentamos estar ahí, acompañar, llevar comida, ponernos físicamente entre la policía y las personas acusadas. Segundo, somos muy conscientes de que cuando ponen a una persona en el banquillo, nos están poniendo a todas. No es un juicio individual: es un juicio político contra todo el movimiento. Y tercero, documentamos. En Alemania no hay transcripciones públicas completas. Muchas barbaridades racistas, falsas o violentas no quedan registradas. Nosotras transcribimos, archivamos y guardamos pruebas de lo que ocurre.Tener esas transcripciones es clave para recurrir y para la memoria colectiva.

Nosotros somos los testigos que dejamos constancia de lo que ocurre. Los policías mienten muy mal y hemos presenciado casos en los que el juez les pregunta tras declarar si quieren decirlo de otra manera, porque su colega no ha declarado eso. Les repite exactamente lo que ha dicho el compañero para que puedan corregirse, ya que, si un testigo, mientras está declarando, se retracta o cambia su versión, no se le puede imponer una multa. Es una forma de decir: “¿Seguro que quieres afirmar que ocurrió así? Porque tu colega no lo ha explicado de ese modo”. Si se retracta, ya no se le puede sancionar por haber mentido en juicio. La mayoría de los que propinan las palizas más brutales, justo después de hacerlo, se cogen una baja médica por depresión. Están dos o tres meses de baja médica y luego vuelven haciéndose las víctimas.

¿Quiénes están siendo más perseguidos?

Personas racializadas, migrantes, musulmanas, personas LGTBIQ+ y activistas con trayectoria previa. La mayoría de quienes salen a la calle no son alemanes blancos. A personas con doble nacionalidad se les amenaza con retirársela. Hay un racismo y una islamofobia muy fuertes, incluso en sectores de la izquierda. La violencia policial genera mucha menos empatía social cuando la víctima es racializada. Por ejemplo, a un palestino que ya tenía la nacionalidad alemana se la han retirado porque en la última década, según ellos, habría compartido contenido antisemita.

¿Cómo enmarcas esta represión dentro del giro autoritario y militarista alemán, y qué mensaje mandarías al activismo en el Estado español?

Están usando al movimiento pro-palestino como laboratorio. Igual que Palestina es el laboratorio de Israel, el movimiento pro-palestino es el laboratorio de Alemania. Están probando hasta dónde pueden llegar. Tenemos cooperación directa con Israel, rearme policial, nuevas leyes que permiten entrar en casas sin orden judicial y espiar teléfonos y ordenadores. El mensaje es claro: hoy somos nosotros, mañana sois vosotros. Están construyendo la idea de que el enemigo está dentro, que somos terroristas, y con eso justifican más represión. Por eso es fundamental mirar lo que pasa aquí. Ya hay personas acusadas de terrorismo por acciones de protesta. Hay gente en prisión preventiva durante meses sin cargos. Esto no es una excepción: es el futuro que están ensayando.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

lunes, 27 de octubre de 2025

La bandera pirata de ‘One Piece’ se convierte en icono de las protestas globales de la Generación Z

 

      Periodista de El Salto que coordina la sección de culturas.



Las recientes movilizaciones de protesta en lugares tan alejados entre sí como Nepal, Perú o Marruecos han supuesto terremotos políticos y cambios en los gobiernos. En todas se ha visto una curiosa bandera pirata con un sombrero de paja


     La llama del descontento prendió en Nepal a principios de septiembre, cuando multitudinarias protestas protagonizadas principalmente por menores de 30 años obligaron a dimitir al primer ministro, Khadga Prasad Oli, y dejaron imágenes tan impactantes como las de varios edificios gubernamentales devorados por el fuego. La represión de las manifestaciones causó varias decenas de muertos. Las movilizaciones comenzaron por una decisión poco afortunada por parte del Gobierno nepalí, que cerró hasta 26 redes sociales bajo el pretexto de que las plataformas no estaban correctamente registradas. Pero de fondo había otras razones para la indignación con la que la llamada Generación Z —personas nacidas entre 1995 y 2010, año arriba, año abajo— se levantó: la corrupción gubernamental, una sociedad profundamente empobrecida y desigual, una tasa de desempleo juvenil cercana al 20%.


Protesta contra el gobierno nepalí en Chitwan, 8 de septiembre de 2025.


Un mes después, otra mandataria fue cesada de su cargo tras ver cómo su popularidad se desplomaba y el malestar por su gestión tomaba las calles. El 10 de octubre, Dina Boluarte dejó de ser la presidenta de Perú, después de varias semanas en las que las huelgas de trabajadores de transportes y las masivas manifestaciones juveniles contra la reforma de la ley de fondo de pensiones hicieron imposible su continuidad.


Un manifestante en las protestas en Perú en octubre de 2025 lleva a la espalda la bandera pirata de 
‘One Piece’.

En Marruecos, en medio de una fuerte crítica generalizada a la construcción de estadios para el Mundial de Fútbol 2030 y la Copa África 2026, la chispa se ubica en la muerte de ocho mujeres embarazadas en el hospital Hassan II de Agadir. El movimiento juvenil GenZ212 surgió allí el 27 de septiembre desde una aplicación de juegos y chat. La respuesta del Estado marroquí fue la mano dura contra las manifestaciones.


Manifestaciones de GenZ212 en Rabat.

Son tres países con realidades sociales y estructuras de poder muy diferentes, pero en todos estos movimientos de protesta contra las decisiones de sus gobiernos han participado menores de 30 años, organizados mediante plataformas digitales como Discord. Y han mostrado una bandera convertida ya en icono de la revuelta: la de la tripulación del Sombrero de Paja, del manga y anime One Piece.

Creo que no es algo puntual y va a seguir creciendo exponencialmente”, vaticina Andrés González, editor de la web especializada en manga y anime Ramen para Dos, a quien no ha sorprendido el uso de esta bandera en las movilizaciones recientes, pero sí le ha alegrado como fan de la serie desde la infancia. González recuerda que ya hace años, antes del 7 de octubre de 2023, se veían en protestas a favor de Palestina en todo el mundo algunas banderas pirata como esta, si bien de forma más tímida, portadas por “gente afín a la serie que creía oportuno, con razón, llevarlas a la manifestación”. Por ello apunta que lo que se ha vivido es un “efecto dominó que ‘empieza’ en Nepal, se viraliza, a la gente le gusta la idea y acaba en todo el mundo”. De hecho, a él no le extrañaría ver estas banderas próximamente “en Argentina o Estados Unidos, sin ir más lejos”.

One Piece, creado por Eiichiro Oda, es uno de los manga más vendidos e importantes de la historia junto a Akira, de Katsuhiro Ōtomo, y Dragon Ball, de Akira Toriyama. Su publicación en Japón en las páginas del semanal Shonen Jump, la misma revista que vio crecer a Son Goku, comenzó en julio de 1997 y aún no ha acabado. Se trata de una serie de aventuras y fantasía, con personajes humanos y animales que disfrutan de poderes sobrenaturales y capacidades especiales, en algunos casos por nacimiento y en otros adquiridas por comer las frutas del diablo, pero como toda la ficción tiene un trasfondo y se puede entresacar un significado más allá del literal. Ha alcanzado cifras de venta extraordinarias, con más de 500 millones de ejemplares en distribución, hay una versión anime, otra con actores estrenada en Netflix en 2023 y los ingresos por la comercialización de productos relacionados con la serie se expresan con números mareantes. Incluso tiene su propio día de celebración en Tokio. Y ahora se ha convertido en un símbolo global de la protesta contra el orden establecido encabezada por quienes nacieron al mismo tiempo que el manga. “Pese a lo que muchos iluminados que no han sabido comprender la obra de Eiichiro Oda puedan decir en redes sociales, One Piece es una serie con un claro y fuerte mensaje político”, resume González. 

El periodista cultural Julio Plaza Torres, lector de One Piece desde hace un cuarto de siglo, explica que en la serie se habla de racismo, de bullying a quien es diferente, de la corrupción de los distintos poderes y de luchar contra el sistema establecido para encontrar la verdadera libertad. También precisa que, aunque no se menciona la discriminación del colectivo LGTBI, sí hay multitud de personajes, desde bien temprano, que forman parte del colectivo: chicos gays, drag queens, personajes no binarios o trans. Plaza Torres recuerda que One Piece empezó como una sencilla aventura de piratas que rápidamente comenzó a evolucionar. Por eso se pueden encontrar alegatos contra el racismo —“pero en lugar de hablar de las personas negras, hablan de lo marginados que están la raza de los tritones y sirenas”—, la esclavitud o los privilegios de las clases altas. También se muestra la corrupción del Gobierno Mundial y de una gran parte de la Marina, “que se podría decir que es como la Policía del mundo de One Piece”.

La bandera que se ha visto en todas las manifestaciones de los últimos meses es la clásica calavera pirata con un par de tibias, con el añadido de un sombrero de paja, y fue dibujada originalmente por el protagonista de One Piece, Monkey D. Luffy. González señala que, aunque es un significante sin un significado concreto, en la serie se han mostrado diferentes ejemplos de lo que quiere decir la jolly roger, “un sinónimo de vivir libremente sin ataduras, pero no necesariamente de caos y descontrol, sino de camaradería, ayuda, amistad y justicia”.

Para Plaza Torres, la bandera representa a la banda pirata de Luffy, quien es “un poco tonto e inconsciente, pero se convierte en una persona decidida cuando se trata de defender a los suyos o de acabar con las injusticias. Por ello, si tiene que derrotar a un rey tirano, a un pirata que está haciendo la vida imposible a un amigo suyo, o al Gobierno Mundial, no le tiembla el pulso”. Él también destaca lo que considera el eje de la serie, el sueño de Luffy. “Quiere ser el Rey de los Piratas, pero no es un monarca como tal, sino que se llama así a quien encuentra el tesoro One Piece y se convierte en la persona más libre del mundo. Eso es lo que ansía Luffy y lo que valora de vivir en un barco navegando por el mar, la libertad”.

El poder simbólico de las banderas

Las banderas tienen una notable presencia en One Piece, según desarrolla el responsable de Ramen para Dos. “Tomando inspiración de los piratas reales, las banderas implican dos cosas: es tanto lo que define de forma tangible a un grupo de personas u organización, en este caso pirata, como un claro ejemplo de guerra psicológica. Cuando un navío de una organización gubernamental de cualquier país ve cierta bandera de tela a lo alto de un mástil sabe perfectamente a quién se están enfrentando y si temerles o no”. González, además, subraya que, a pesar de que Luffy no quiere ser un héroe por definición, no le queda otra que “portar una bandera de libertad que une a millones de personas, tanto en el manga como en la vida real, ante un objetivo común: liberarse de las ataduras de un régimen dictatorial y vivir como cada uno quiera”. 

Plaza Torres, por su parte, valora que la simbología de las banderas es “altamente importante” en One Piece ya que juega mucho con “el sentido peyorativo que tiene la calavera con los huesos cruzados detrás y le da la vuelta para demostrar que no es algo malo”. Él destaca cómo muchas de las islas que Luffy salva terminan colocando bien visible la bandera del sombrero de paja, “como un símbolo de que ese territorio fue salvado por esa banda de piratas”. También pone como ejemplo de la relevancia de los estandartes uno de los arcos de la serie en el que el Gobierno Mundial secuestra y pretende matar a Nico Robin, una arqueóloga de la banda de Luffy tachada de peligrosa porque puede desentrañar los mayores secretos que el Gobierno tiene escondidos. “Por supuesto, los protagonistas no lo permiten y, al ir a salvarla, queman la bandera del Gobierno Mundial como declaración de guerra”, recuerda este especialista.


Cubierta de un tomo del manga ‘One Piece’ de la edición española.

Esa bandera gubernamental representa “la opresión y la corrupción, el tráfico de personas, impuestos abusivos, gobernadores militares o gobernantes títeres que mantienen el poder con la Marina”, explica Oriol Erausquin, comunicador y activista que acaba de publicar el ensayo La rabia es nuestra (Siglo XXI, 2025). Frente a esa enseña opone la del sombrero de paja, que puede identificarse con una lucha contra la injusticia y por la libertad que trasciende fronteras. Por eso entiende que se haya utilizado en las protestas de los últimos meses, tan distanciadas geográficamente: “Al venir de una obra de ficción esos ideales no responden a un contexto nacional concreto, son más abstractos y por eso resultan fáciles de apropiación en distintos países”.




Erausquin, divulgador conocido en redes sociales como Infusión Ideológica y participante en el colectivo de creación de contenidos antifascistas Pantube, aporta más motivos que ayudan a entender la elección de ese símbolo por parte de jóvenes que residen a miles de kilómetros de distancia. Uno de ellos es que se trata de una generación que vive en internet y conoce la potencia semiótica del meme; otro, que las ideas las ideas de libertad y contra la tiranía “conectan transversalmente”; y uno más alude al éxito global del anime, exportado con profusión: “Generaciones enteras crecieron con esta obra, forma parte de su identidad y son fáciles de reconocer y usar como emblemas comunes”.

La universalidad y abstracción de la bandera pirata de One Piece son dos factores que pueden hacer, según Erausquin, que se utilice por manifestantes de ideologías enfrentadas, como ha sucedido con la máscara de Guy Fawkes del cómic V de Vendetta. Él opina que hay gente de derechas, de tendencias neoliberales o anarcocapitalistas, que puede leer “el libertarismo de Luffy como una fantasía individualista y usarlo para enmarcar su propia lucha contra el Estado. No me parece que sea intrínsecamente un símbolo de derechas, pero su apertura semántica permite apropiaciones diversas”. Erausquin concluye que, como todo producto cultural, tiene “un gran potencial de ser instrumentalizado por cualquier causa para legitimarse y normalizarse”.

Esa posibilidad de reinterpretación provocaría un importante malestar a Andrés González, según afirma: “Me da terror ver la bandera de Luffy usada en protestas y por personas que no comulguen realmente con la obra original. Me resultaría especialmente irónico ver a un joven de las Nuevas Generaciones del Partido Popular en el homenaje a Charlie Kirk usar la bandera pirata de los Sombrero de Paja para oponerse al ‘régimen woke y asesino de los antifascistas de occidente’ y de Pedro Sánchez”.

Julio Plaza Torres cree que si gente con la ideología opuesta se adueña de la bandera de Luffy “lo que demostrarán es su ignorancia, como suele pasar en casos de este tipo porque, o no han visto One Piece y desconocen lo que significa, o bien lo han visto pero no han entendido nada. Y esto segundo no me extrañaría”. Él entrevistó en una ocasión al creador del manga y cree que es posible que Oda sienta un “cierto orgullo” al ver que la bandera del sombrero de paja se ha lucido en estas protestas porque intuye que el autor “ha aprendido a descubrir ciertas realidades que hay en el mundo y a ver más allá de algunos valores retrógrados de la sociedad japonesa y todo ello lo ha ido introduciendo en su obra”.



Fuente: El Salto

lunes, 26 de mayo de 2025

La explícita estrategia de los nuevos fascistas

 

 Entrevista de Facundo Iglesia  
      Periodista argentino que escribe en la revista crisis y en Buenos Aires Herald.

 a Steven Forti   
        Historiador italiano. Doctor en Historia y profesor en la Universidad Autónoma de Barcelona.


El historiador italiano anticipó el ascenso global de los ultras en su libro "Extrema derecha 2.0", publicado en 2021. Allí propuso ese término para describir una nueva derecha radical, moderna, tecnológicamente articulada y peligrosa para la democracia. Con el avance de líderes que calzan en esa descripción —incluida una segunda victoria de Trump y gobiernos autoritarios en varios países—, su análisis ganó vigencia y el libro fue reeditado. Hoy cuenta cómo es la estrategia que copian los seguidores del republicano.




     El advenimiento de la ultraderecha a nivel global tomó por sorpresa a gran parte del mundo académico, que tuvo que salir a los tumbos a inventar nuevos conceptos para entender el fenómeno. No es el caso del historiador italiano Steven Forti que ya en 2021 publicó Extrema derecha 2.0. Qué es y cómo combatirla (Siglo XXI), libro por el que, según dice, lo llamaron “exagerado”. Apenas cuatro años después, tras la segunda victoria de Donald Trump en Estados Unidos y con los ultras gobernando muchas naciones del mundo, incluyendo la nuestra, Siglo XXI reeditó la obra de Forti con el subtítulo Cómo combatir la normalización global de las ideas ultraderechistas.

Doctor en Historia y profesor titular en la Universidad Autónoma de Barcelona, Forti acuñó el término “ultraderecha 2.0” porque, dice, las nociones de populismo o fascismo ya no lograban captar la novedad de una derecha promovida por tecnomagnates, apoyada en poderosas redes transnacionales, que habla el lenguaje de las redes sociales y no tiene empacho en citar a revolucionarios como Vladmir Lenin o Antonio Gramsci. Su objetivo es corroer la democracia desde adentro. Y, en países tan disímiles como El Salvador y Hungría, ya lo está logrando con estrategias casi calcadas. “No es el neoliberalismo como se planteó en los tiempos de Thatcher y Reagan, sino que es una aceleración. Mucho más bruta, mucho más explícita, mucho más autoritaria y antidemocrática”, adelanta.

En su paso por Buenos Aires, que no visitaba desde 2023 y en la que encontró un espiralado aumento de los precios, de la presencia policial en las protestas y de la polarización política, Forti se sentó a conversar con crisis en la sede de Siglo XXI en Palermo sobre el mundo que sueña la ultraderecha.




Hablás de secuestro semántico y parasitismo ideológico cuando te referís a Steve Bannon, el ex asesor de Trump, citando a Lenin y al hecho de que gran parte de la ultraderecha recupere a Gramsci. ¿Ves solo apropiación, o hay también un real ánimo rupturista al tomar a estos pensadores que quizá hoy la izquierda no sabe cómo encauzar?

Se juntan las dos cosas. Por un lado, hay algo que explicó muy bien Pablo Stefanoni en el libro que sacó hace cuatro años, sobre esta voluntad de presentarse como rebeldes, antisistema, provocadores, transgresores. El caso de Milei es paradigmático. Por otro lado, hay, en el parasitismo ideológico y el secuestro semántico, la voluntad de salir de los marcos y de los encasillamientos tradicionales. De deslumbrar. Pero son apropiaciones instrumentales, eso también tenemos que aclararlo: no es que Bannon sea leninista o que Agustín Laje sea gramsciano. Se trata de romper la baraja y de complicar más la interpretación de lo que es la izquierda y la derecha. Creo que es una cuestión muy importante porque hay, por ejemplo, líderes de extrema derecha que dicen “nosotros no somos de izquierda ni de derecha”.

¿No ves, entonces, una voluntad de ir contra el Estado “a la Lenin”?

Milei, en su campaña electoral, blandía la motosierra, decía “voy a destruir el Estado porque me da asco pisar algo público”. Pero al mismo tiempo, hay una toma del Estado. Se quiere controlar la máquina administrativa, quitándole recursos al gasto social, a la política de la DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión, para que las empresas y el gobierno contraten personas de grupos étnicos y géneros diversos). Mientras, el securitismo está muy presente. Y luego, añadiría otro elemento importante. En algunos casos, este parasitismo ideológico no es solo tomar símbolos de izquierda, sino que también atañe a cuestiones que están en el debate público como el feminismo y el ambientalismo, inclusive los derechos LGTBI, según qué latitud y qué país. Entonces, ahí tenemos el femonacionalismo, el ecofascismo y el patriotismo verde. ¿Por qué entonces hacen estos intentos de secuestro semántico sobre estas cuestiones centrales? Para no quedarse fuera de juego.

Trump 2.0 y el futuro

En 2024, un Donald Trump derrotado en 2021, condenado por decenas de delitos y con la toma del Capitolio en su haber, volvió empoderado a la Casa Blanca. El Trump 2.0 parece decidido a hacer todo lo que su encarnación de 2016 no pudo o no supo. Y esta vez, está acompañado del tecnomagnate Elon Musk, que cuenta con su propio ministerio: el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), dedicado al desarme del Estado. Mientras, el exasesor ultranacionalista del republicano, Steve Bannon, está fuera del gobierno pero influyendo fuertemente al movimiento MAGA.

Hay quienes creen que la tensión interna entre el tecnofeudalismo de Musk y el nacionalismo de Bannon puede conducir a una ruptura al interior del trumpismo. Sin embargo, Forti opina que se está “sobrevalorando la tensión interna del movimiento MAGA”, probablemente agitada por un Bannon que está de capa caída, y que la topadora Trump goza de buena salud en su cruzada contra los derechos sociales y la democracia. “No cabe ninguna duda de que hay tensiones porque son posturas contradictorias, pero eso no impide que no pueda mantenerse ese bloque social y esa alianza”, afirma. “A todo el bloque social trumpista lo une una visión apocalíptica y distópica del futuro: tanto el nacionalismo religioso como el aceleracionismo de los tecno-bros o tecno-cesaristas, así como las posiciones libertarias y los mal llamados nacional-populistas, que representaría Bannon, conciben una visión de apocalipsis”.

¿Y te parece que hay algo valioso en alguno de esos polos? Se escucha al peronismo conservador reivindicar a Bannon y a veces Musk parece hablar el mismo idioma que ciertos aceleracionistas de izquierda.

Es evidente que se tiene siempre que estudiar el enemigo. Y aprender si se puede de sus estrategias políticas, de cómo consiguen conectar con las masas o ganar elecciones, o normalizar su discurso para ser hegemónicos. Dicho esto, a mí me parece que justamente los dos casos que tú mencionabas me parecen un error estratégico y un suicidio político y moral. Es decir, si lo que queremos copiar de las de las extremas derechas es una postura nacionalista exacerbada y una crítica a todo lo que han sido los avances en derechos —el feminismo, los derechos LGTBI, la acogida de inmigrantes, la aceptación de la otredad y la reducción de las desigualdades —le hacemos un flaco favor a la izquierda. No es desde luego una manera de revitalizar las izquierdas, más bien es asfaltar una autopista a las extremas derechas. Y en lo del aceleracionismo: está claro que tenemos que lidiar con los cambios tecnológicos que son rápidos y brutales y tienen un impacto notable. No podemos pensar en vivir de espaldas a las nuevas tecnologías, es como si en los años 30 la izquierda hubiese dicho "no utilizo la radio y el cinematógrafo". El ludismo no va muy lejos. Pero no podemos comprar la manera en que se están concibiendo los cambios en el mundo digital, que es lo que lleva adelante la extrema derecha. La izquierda no va a ganarle a la extrema derecha copiando los discursos, las narrativas y las estrategias que utiliza. La izquierda va a ganarle a la extrema derecha si resuelve los problemas estructurales que han permitido a la extrema derecha crecer y conectar con la gente. Es ahí donde se tiene que ir. Ese es el trabajo. Lo otro es el intento de un atajo falso y equivocado.

Se vio en la toma del Capitolio de qué estaba hecho el trumpismo de forma bastante pornográfica, de ese asalto a las instituciones. Se la puede leer en continuidad con lo que se ve en Hungría con Orbán, con el nacimiento de los Estados iliberales. ¿Cómo imaginás ese futuro en países donde la ultraderecha llegó al poder?

El camino está muy claro: es el de una autocracia electoral, un régimen que no es totalitario de partido único, sino que es autoritario con atisbos de democraticidad. Entonces, se celebran elecciones pero no son justas ni libres. Las cartas están marcadas y las reglas del juego se pueden cambiar según los intereses de quien está en el gobierno, el pluralismo informativo va poco a poco desapareciendo y aparecen la mano dura, los recortes de derechos, la separación de poderes está muy debilitada. Ese es el modelo. Y esto se ha conseguido implantar con éxito en Hungría, se intentó en Polonia y se llegó a medias y luego hubo una derrota electoral de la ultraderecha. Es lo que hizo Bukele en El Salvador, es lo que está intentando hacer Netanyahu en Israel. Eso es lo que a su manera también ha intentado hacer y en parte ha conseguido Modi en la India. Es lo que está intentando hacer Meloni en Italia.

¿Meloni también?

No se habla tanto de esto, porque Meloni ha conseguido ser percibida como más moderada desde que llegó al poder. Pero no lo es, sencillamente ha sido pragmática e inteligente. Es decir, hace política y sabía que tenía dos líneas rojas que para consolidarse en Italia no podía traspasar, como sí hizo Salvini en el gobierno de hace 7 años con los Cinco Estrellas: el atlantismo y unas relaciones más o menos cordiales con Bruselas. Pero lo que está haciendo en Italia es una reforma de la Constitución para centralizar el poder en el Ejecutivo, ataques constantes a la Justicia para debilitar la independencia de la magistratura, ocupación manu militari de los medios de comunicación públicos y paralelamente, y gracias a Berlusconi, tiene el control de una parte de los privados. Además, políticas securitarias y de criminalización de las protestas, que es lo mismo que ha hecho Milei sobre todo con Bullrich en el último año. Y recortes en derechos en general para las minorías. El tema de la inmigración está muy muy presente. Y aunque no dice “vamos a prohibir el aborto”, hay un intento de vaciar la ley de legalización del aborto para complicar la vida a quien quiera abortar en diferentes regiones. Es todo esto.

¿Todos convergen hacia ese lugar?

Trump, ¿qué está haciendo desde que ha vuelto al poder? Órdenes ejecutivas que prácticamente centralizan todas las decisiones pasando por alto el Congreso, ataques a la magistratura, inclusive con petición de impeachment a magistrados que critican o intentan bloquear una serie de medidas aprobadas, ataques a la prensa y recortes de derechos brutales: lo de la inmigración está claro, pero todo lo que es el DEI y detenciones en medio de la calle. Además, con esa espectacularización de la deshumanización. ¿Y Milei qué ha ido haciendo este año en Argentina? En parte ha seguido los mismos patrones. Ahora, el sistema político y el sistema de partidos es distinto. Es decir, una cosa es el camino que está marcado y el modelo al cual miran todos. Otra cosa es la posibilidad de aplicarlo y en qué tiempos, teniendo en cuenta el contexto político nacional y el sistema institucional. Entonces, está claro que habrá casos donde se acelera mucho y otros donde hay más resistencias y complicaciones y puede haber también una resistencia más fuerte de la sociedad civil, que es lo que todos al fin y al cabo esperamos de Estados Unidos. Porque los demócratas de momento dicen “los tribunales le pararán los pies”. Bueno, las instituciones pueden bloquear esas derivas, pero solo eso no es suficiente. Es decir, debería haber movilizaciones en las calles, que es lo que en parte también se ha visto más recientemente en Argentina en algunos momentos concretos, relacionado a algunas políticas.

Ese es el modelo.

A mí no me cabe ninguna duda. Y esto lo planteé ya en el libro la primera edición que salió en el 2021 y en ese momento parecía un poco exagerado porque Bukele todavía no había completado el giro, Netanyahu en ese momento estaba fuera del poder y luego volvió. Y hemos visto luego el genocidio en Gaza que que va parejo con esta autocratización y militarización de la sociedad y del Estado. Pues ese es el camino y me parece que lamentablemente, cada año, tenemos más pruebas de ello.

Milei y la Patria Grande reaccionaria

En tu libro marcás tres momentos clave que posibilitan el caldo de cultivo del cual surgen estos nuevos movimientos políticos: 2001 con el atentado las Torres Gemelas, 2008 con la caída de Lehman Brothers y 2015 con la crisis migratoria. Ninguno de esos sucesos transcurre en Latinoamérica. Y yo veo que hay una mirada medio…

Eurocéntrica, en mi visión.

Lo dijiste vos. En América Latina también han habido cuestiones que han marcado, me parece, posibilidades del nacimiento de esta ultraderecha. Tenemos a Bukele y Milei haciendo algunas cuestiones que hoy está replicando Trump. El DOGE de Musk es básicamente la motosierra de Milei. ¿Qué reflexión hacés sobre este eurocentrismo que vos admitís en tu libro? ¿Hay algo que te hubiera gustado tomar del continente?

De América Latina es muy importante un tema. La reacción a lo que había sido el giro de izquierdas de los primeros años 2000. Eso es muy importante ahí. La motosierra se relaciona también con una serie de políticas de inclusión social en los gobiernos de los primeros 15 años del siglo XXI en muchos países de América Latina. Y luego, más recientemente, un elemento a tener en cuenta es la pandemia. En el caso argentino yo creo que es especialmente importante. La experiencia de la pandemia, tanto desde el punto de vista psicológico-emocional para toda la población, pero también desde una mirada socioeconómica para quienes tienen trabajo informal, acaban comprando mucho el relato de Milei.




¿Te parece que Milei es un líder dentro de ese mundo?

No. Milei consigue poner sobre la mesa una serie de elementos. Entonces, está claro que en América Latina, sobre todo entre el 2023 y la actualidad, ha jugado un papel importante. Él se otorga más importancia de la que tiene y yo creo que también se tiene que matizar mucho. Y no me parece que aporte grandes novedades: aporta una radicalidad brutal, tanto en las formas de decir las cosas como en el nivel de lo que está proponiendo en su ultraliberalismo exacerbado. Eso me parece que es el tema que Milei pone de verdad sobre la mesa. Decir "la justicia social es aberrante". Bueno, Thatcher posiblemente en petit comité después de unas copas de vino quizá lo pensaba y te decía: "No, no hay sociedad, hay individuos, there is no alternative". Pero en público no llegaba a decir eso.

Milei dice “la justicia social es aberrante” y consigue apoyo de masas. ¿Qué tan novedoso es el apoyo popular a políticas que en general se disfrazan?

A mí no me parece nada nuevo. Mira, es que entre italianos y argentinos yo creo que nos entendemos. En Italia hemos tenido 30 años de berlusconismo. Thatcher y los Tories tuvieron una hegemonía de décadas. Eran políticas de recortes esas. Hay que matizar dos cosas. Uno, nos equivocaríamos si pensáramos que parte de las familias de rentas bajas no votaron a el neoliberalismo en los años 80 y 90: Thatcher, Berlusconi. Claro que no eran la mayoría, pero había ya un porcentaje de votos que venía de ahí. Y por otro lado, ha habido una transformación del capitalismo. Es decir, es esencialmente la gran mayoría son trabajadores informales. Y aquí vuelvo también otra vez al paralelismo con Italia: en Italia hay un dicho que es “Piove, governo ladro”: “Llueve, gobierno ladrón”. Es decir, que es culpa del gobierno. Salvando las distancias, aquí se percibe algo de eso. Está que cuando eres cuentapropista, no estás sindicalizado y no tienes servicios por parte del Estado que de por sí ya funcionan mal, pues oye, ¿a mí qué coño me importa del Estado? Que se vayan a la mierda. Y ahí encontramos también que la pandemia exacerbó mucho eso. Milei, sin la pandemia, difícilmente hubiese tenido este éxito tan fuerte.

¿Qué hay de novedoso en el uso de redes sociales por parte de la ultraderecha 2.0?

Aquí hay dos temas fundamentales. Uno es el de normalizar ideas extremistas, es decir, mover la ventana de Overton, convertir en aceptables ideas que eran inaceptables hace poco y con eso marcar el debate público. El otro no es instaurar una verdad revelada, sino destruir un consenso mínimo de que existe la verdad. Es decir, volvemos al concepto de posverdad: yo tengo mi verdad, tú tienes la tuya, cada una se basa en sus opiniones y tenemos dos verdades distintas. Eso aumenta la desconfianza, rompe los consensos mínimos de que existe un terreno compartido sobre el cual movernos y pensar la realidad. Esto es sobre todo, entonces es embarrar todo, llenarlo de mierda. Cuando dices que Bill Gates inventó el COVID o que George Soros está liderando un programa de sustitución étnica de la población europea, ¿qué estamos diciendo? Evidentemente, se fortalece la idea de que existen unos enemigos comunes porque detrás de las teorías de la conspiración, de las fake news, en general siempre hay un responsable de que no nos digan la verdad: y al final siempre son los woke, los progres, los globalistas.

¿Y te parece que el progresismo debería dar una discusión en las redes? ¿O que esa batalla es innecesaria?

La esfera digital impacta, tiene la capacidad de marcar los debates públicos. No podemos pensar que lo que pasa en Twitter —sea shitposting, agresividad, etcétera— no tenga un impacto luego en la vida real. Es decir, eso no se queda solo ahí. Esto es indudable. Ahora bien, al mismo tiempo creo que no se puede pensar, por parte de la izquierda, que la lucha se tiene que hacer solo ahí o que esa sea la lucha principal. Y hago un ejemplo concreto: en Serbia llevan 5 meses con unas protestas masivas en las calles que está poniendo patas arriba un gobierno autocrático y sólido como el de Vučić. Eso no empezó con lanzar dos tweets con 3 millones de impresiones. Se trata de organizar manifestaciones en la calle y eso está marcando luego el debate público en Serbia y se traslada al mundo digital, porque evidentemente cuando hay vídeos de 300.000 personas o 1 millón en las calles de Belgrado, evidentemente hay una interrelación con la territorialidad. ¿Qué quiero decir con esto? Que no podemos pensar que hay que abandonar las redes, pero la estrategia de la izquierda tampoco puede centrarse en las redes y vivir solo de lo comunicacional. Hay que ir a los temas estructurales, las movilizaciones, crear redes desde abajo, que son fundamentales para la izquierda. Mucho más que para la derecha.

Fuente: crisis