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sábado, 19 de septiembre de 2026

Emmet Doyle (Minnesota 15): “Trump necesita fabricar una conspiración para acabar con toda disidencia”

 

      Periodista que colabora en El Salto y otros medios.


Emmet Doyle es carpintero, músico folk y organizador sindical. El Gobierno de Trump le acusa, junto a otras 14 personas, de ser un terrorista doméstico que mantiene lazos con Antifa. Doyle, con quien hablamos desde El Salto, se encuentra a la espera de juicio, acusado de “conspiración contra el Estado” por haber formado parte de los grupos de vigilancia vecinal que protegían a los migrantes de la persecución del ICE en Minnesota


Emmet Doyle es uno de los acusados en el caso de los 15 de Minnesota.

     El pasado mes de enero, las calles de las ciudades gemelas (Minneapolis y Saint Paul) vivieron semanas de agitación después del despliegue de más de 3.000 agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos —comúnmente conocido como ICE—, en la operación Metro Surge, con la que el Gobierno federal buscaba detener y deportar a cientos de inmigrantes, en la que iba a ser la “mayor operación de control migratorio jamás realizada” según sus propias palabras.


Manifestación contra la agencia policial de fronteras ICE en Nueva York.

Las protestas se intensificaron tras la muerte a tiros de los activistas Alex Pretti y Renee Good, y desembocaron en una huelga general que paralizó el estado de Minnesota, algo impensable en la historia reciente de los EEUU.

Durante las protestas, la ciudadanía respondió llevando comida y artículos de primera necesidad a las personas que se escondían de las redadas y organizó grupos de vigilancia vecinal que, armados de silbatos y cámaras de móvil, rastreaban los movimientos del ICE y alertaban a los vecinos de su presencia. El Gobierno respondió por su parte presentando numerosos cargos federales por conspiración contra decenas de activistas, sindicalistas y periodistas, e incluso, según documentos judiciales que se han hecho públicos este verano, llegó a poner en marcha una operación de vigilancia e infiltración en organizaciones progresistas, sindicatos y grupos de apoyo.

La operación de infiltración, denominada Puppet Master, tendría como objetivo acabar con lo que las autoridades calificaron de “red de conspiradores que ayudaban a oportunistas violentos y agitadores”.

Es el contexto en el que se enmarca el caso contra las 15 personas –conocidas ya como Minnesota 15— acusadas por la fiscalía de conspirar contra el Gobierno federal mediante diversas acciones, que abarcan desde lanzar trozos de hielo, establecer barricadas u obstaculizar o lesionar a funcionarios federales; a pesar de que hasta ahora no se ha identificado a un solo funcionario federal herido en las protestas—.

A juicio de Doyle, los cargos forman parte de “un procesamiento selectivo como represalia contra actividades protegidas por la Primera Enmienda [aquella que protege las cinco libertades fundamentales: de religión, de expresión, a una prensa libre, de reunión y de petición al gobierno]”. En todo caso, confía en que, una vez que se presenten las pruebas en el juicio, quedará demostrada su inocencia, “tanto moral como legalmente”.

Un grupo heterodoxo

El grupo es diverso, pero las personas que lo componen no concuerdan mucho con el perfil de terroristas que la Administración Trump se ha empeñado en difundir: “Soy carpintero, y entre mis coacusados ​​hay electricistas, sanitarios, educadores, un artista, un vendedor y varias personas cuyas vidas profesionales desconozco, pero que seguramente no son mucho más emocionantes que los oficios que he mencionado. Todos residimos en las ciudades gemelas; no somos 'agitadores externos' como afirma el gobierno. La mayoría de nosotros crecimos en Minnesota o llevamos mucho tiempo viviendo aquí”.

Los aspectos comunes que sí destaca Doyle serían los de la orientación sexual o el activismo de todos ellos: “varios de nosotros formamos parte de la comunidad queer, lo cual es lógico, ya que nuestra ciudad es un refugio para este tipo de personas. De hecho, Renee Good se había mudado aquí recientemente con su esposa. Y casi todos somos organizadores laborales y sindicalistas, y muchos participamos activamente en la organización de la huelga general del invierno pasado. Somos gente trabajadora y miembros de esta comunidad”.

“No se nos procesa por lo que hicimos” continúa Doyle, “porque el gobierno necesita encontrar a alguien a quien presentar como el 'coco' —esa figura aterradora del anarquista y el antifascista— y fabricar una 'conspiración' que sirva para acabar con toda disidencia. Se nos procesa porque creemos que, cuando nuestros seres queridos y vecinos son perseguidos por el gobierno, es nuestro derecho y nuestra responsabilidad actuar en defensa de nuestra comunidad. Esa idea resulta profundamente peligrosa para un gobierno que se basa en el miedo, la división y la desconfianza para consolidar su poder sobre nosotros.

Una de las cosas más llamativas del caso es el argumento de los “lazos” de estas personas con “Antifa” que no es una organización como tal, pues no cuenta con estructura formal, ni registro de miembros, y en todo caso se trataría más bien una corriente ideológica. Pese a ello, en septiembre del año pasado, y después del asesinato del agitador ultraderechista Charlie Kirk, Trump aprovechaba el aquelarre macartista para aventar el espantajo de “una organización militarista y anarquista que aboga explícitamente por el derrocamiento del Gobierno de los Estados Unidos, las fuerzas del orden y nuestro sistema legal [y que] utiliza medios ilegales para organizar y ejecutar una campaña de violencia y terrorismo a nivel nacional con el fin de lograr estos objetivos”.

Expertos en derecho constitucional y libertades civiles recuerdan que en Estados Unidos no es delito pertenecer a una ideología o movimiento social y que sólo se podrían perseguir delitos individuales específicos, no corrientes de pensamiento. Señalan igualmente, que, aunque Donald Trump hubiera firmado una orden ejecutiva el año pasado para calificar a “Antifa” como organización terrorista doméstica, este tipo de decretos carecen de un sustento estatutario firme.

“No existe fundamento jurídico para esta acusación, pero la administración Trump opera en un terreno de ficción jurídica” opina Doyle. “Hay una tira cómica estadounidense llamada Calvin & Hobbes, en la que el niño, Calvin, juega a un juego llamado Calvinball, en el que las reglas se inventan sobre la marcha. Trump, como oligarca parásito surgido de los rincones más turbios de Wall Street, está acostumbrado a salirse con la suya sin consecuencias, ya sea en sus negocios, en los contratos que ha incumplido, con las mujeres y los niños a los que ha maltratado, o en su trato hacia nuestra gente, sus leyes y su Constitución: como si fueran una víctima más cuyos límites puede transgredir para obtener lo que quiera”.

El activista menciona la orden NSPM-7 [Memorando Presidencial de Seguridad Nacional 7], que ordena a las fuerzas del orden en sus diferentes niveles a coordinarse para obstaculizar la actividad política de aquellos considerados antiamericanos; una categoría que puede incluir a anticapitalistas, antifascistas, feministas, personas queer y a quienes en general puedan disentir de las políticas de su administración: “el objetivo es identificar a presuntos antifascistas y exhibirlos ante los medios para demonizarlos y atemorizar al público, y luego utilizar supuestos vínculos financieros con sindicatos y organizaciones sin fines de lucro para desmantelar y criminalizar a las instituciones progresistas de nuestra sociedad civil”.

El proceso contra los ‘15 de Minnesota’ sería pues, un aviso a navegantes con el que disuadir a la contestación a pie de calle: “sí, esa es precisamente la intención, o al menos uno de los objetivos, intimidar a la gente para que no oponga resistencia. Al atacar a activistas y sindicalistas, esperan neutralizar cualquier intento de organizar otra huelga general o más acciones sindicales en el futuro. También esperan encontrar pruebas —aunque no existen— que sugieran que los sindicatos brindaron apoyo organizativo o financiero a la resistencia contra el ICE, como la de las redes de respuesta rápida. Estas fueron, de hecho, iniciativas de base autoorganizadas que no contaban con un liderazgo establecido ni con una fuente de financiación. No logran comprender por qué la gente se organizaría para defender a sus vecinos de la violencia estatal. Esto se debe a que las acciones de los cientos de miles de personas que resisten requieren empatía, valentía y un sentido de responsabilidad hacia la justicia y los derechos de los demás, algo que nuestros perseguidores no poseen ni comprenden”.

El caso de Minnesota representa el último intento del Departamento de Justicia estadounidense por criminalizar cualquier acción opositora. Antes, manifestantes de Chicago y Spokane, en el estado de Washington, se enfrentaron a cargos similares con resultados dispares; el caso de Chicago fue desestimado por mala conducta de la fiscalía, mientras que los manifestantes de Spokane, acusados de formar una barrera humana para bloquear un autobús del ICE, fueron condenados y se enfrentan una pena de seis años de prisión. Y en junio, otro grupo de activistas ha sido sentenciado a condenas de entre 30 y 100 años de cárcel después de participar en una acción de protesta frente al centro de detención de inmigrantes de Prairieland, una cárcel del ICE en Texas, en la cual se lanzaron fuegos artificiales y en la que un oficial de policía resultó herido de bala. Entre los condenados está el dibujante “Des” Sánchez-Estrada, que, pese a no participar en las protestas, fue acusado por el hecho de transportar una caja con fanzines y libros de temática antifascista.


Apoyo a las personas condenadas por cargos de terrorismo en Texas.
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“Confío plenamente en nuestras perspectivas legales. Cada vez que recibimos el material probatorio [las supuestas pruebas de la fiscalía] parece revelarse muy poca evidencia de que hayamos cometido algún delito. Como no soy abogado, no hablaré de las estrategias de defensa de nuestro equipo, pero en lo más profundo de mi ser, creo que seré un hombre libre. Sin embargo, si no fuera así, eso no supondría ninguna victoria para mi gobierno. No detendrá las protestas ni la resistencia contra ellos ni por un instante. Además, ¿realmente quieren encarcelar a un cantante de música folk y hacer que la gente quiera escuchar mis canciones aún más? ¿Realmente quieren enviar a un grupo de organizadores sindicales a ese campo de trabajos forzados en que se ha convertido el sistema penitenciario estadounidense, donde los reclusos ya se están organizando y declarando en huelga? Sería un honor organizar a la gente en las prisiones de Estados Unidos, si no tuviera tanto que hacer fuera de ellas”.

Desde el inicio del proceso, la solidaridad de la comunidad progresista de las ciudades gemelas ha sido abrumadora, como sigue explicándonos Doyle: “Desde el momento en que salí de la cárcel tras mi lectura de cargos, he recibido un nivel de apoyo y afecto que supera todo lo que jamás imaginé. En mi frigorífico siempre hay comida casera que alguien ha traído. Han surgido músicos dispuestos a ofrecer conciertos benéficos para nosotros, abogados para representarnos y terapeutas para ayudarnos a gestionar el miedo y el impacto de descubrir que estábamos bajo una vigilancia tan intensa; y así sucesivamente. Lejos de intimidar a la gente, nuestro caso ha insuflado nuevo oxígeno a las brasas del invierno pasado, reactivando la movilización. Ha recordado a la población que el ICE sigue aquí, que sigue llevándose a personas y que nos están procesando para debilitar la resistencia de cara a la próxima vez que vuelvan a ocuparnos”.

“Es evidente que el gobierno esperaba que, al tacharnos de 'oportunistas violentos' que secuestraron protestas legítimas, lograría abrir una brecha entre nosotros y los manifestantes más 'respetables'. Esta es una estrategia que también los gobiernos municipales liberales, alineados con el Partido Demócrata, han utilizado una y otra vez contra sectores antiautoritarios, trabajadores en huelgas combativas, jóvenes negros del movimiento Black Lives Matter y otros manifestantes. El objetivo es dividir el movimiento, privar a los manifestantes más radicales de la solidaridad y el apoyo de los demás, mientras se ofrece un asiento en la mesa y algunas concesiones limitadas y simbólicas a los líderes de la facción moderada”.


Emmet Doyle, de los 15 de Minnesota.

“Sin embargo”, continúa el activista, “la administración Trump no quiere ofrecer un asiento a los moderados ni hacer concesiones, siquiera de carácter simbólico. Se trata de un régimen basado en el espectáculo, incapaz de mejorar las condiciones materiales de vida general del pueblo estadounidense y que, en su lugar, se apoya en ofrecer a cierta parte de la población (especialmente blancos, hombres y cristianos) una sensación de orgullo moral y psicológico. Por eso, para ellos, las concesiones simbólicas resultan aún más peligrosas que las reales. El régimen de Trump es tan hostil hacia cualquiera que no pertenezca al bando MAGA —que, por cierto, purga a sus propios seguidores ante cualquier sospecha de deslealtad— que no puede cooptar ni comprar a la oposición y tampoco puede dividirla fácilmente para devorarla pieza a pieza”.

“Más allá de eso, creo que las experiencias vividas bajo las dos administraciones de Trump, así como durante la administración de Biden han demostrado que el retroceso democrático hacia el fascismo no puede combatirse con cortesía, bipartidismo ni espíritu de conciliación. A nuestros vecinos y a nuestra comunidad no les importa si el gobierno nos tilda de antifa, comunistas o anarquistas. Nos conocen: somos sus vecinos y compañeros de trabajo. Saben que, si este gobierno nos acusa de resistirnos a él con uñas y dientes, nos está acusando de algo noble”.

Como demuestran los casos de Chicago, Spokane, Prairieland, y ahora el de los Minnesota 15, corren tiempos oscuros para la izquierda en Estados Unidos, —especialmente para aquella más combativa—: el Gobierno da pasos acelerados hacia un autoritarismo cesarista –cuando no puramente fascista— y no parece que el trumpismo vaya a acabar con la salida del narcisista que ocupa la Casa Blanca –si no ocurre nada inesperado, este debería ser su último mandato—.

Pese a todo, y aunque Doyle es crítico con la situación actual que atraviesa el país, no pierde el optimismo: “Trump no creó lo que llamamos trumpismo. Existe una facción de nuestra clase dominante —representada por figuras como Elon Musk o Peter Thiel— que busca frenar cualquier mecanismo de rendición de cuentas democrática, por débil que sea. Y hay una base social que ve con resentimiento los derechos y la visibilidad crecientes de las personas queer, los avances de las mujeres en materia de libertad desde la segunda ola del feminismo y los derechos civiles conquistados por personas negras, mestizas e indígenas que han exigido responsabilidades por el terror infligido a sus comunidades. Estas élites corporativas se han valido de Trump y del séquito de oportunistas y advenedizos que lo rodean para consolidar una coalición reaccionaria que les permite impulsar aspectos clave de su agenda y, al mismo tiempo, facilita que otros socios de la coalición —como los partidarios de políticas bélicas imperialistas y los nacionalistas blancos agraviados— promuevan también sus propias iniciativas.

“Estados Unidos se debate entre dos legados. Por un lado, ha intentado ser una ciudad en la colina, donde la libertad renace y los oprimidos y desdichados del Viejo Mundo pueden fundar una tierra de igualdad y libertad. Por otro lado, una nación construida sobre las tumbas profanadas y los restos masacrados de pueblos a los que desposeímos y confinamos en reservas; una nación cuya inmensa riqueza algodonera jamás pudo absorber la sangre de los seres humanos esclavizados cuyo trabajo hizo posible cultivar ese algodón. Una nación edificada por una clase trabajadora inmigrante cuyos sueños de emancipación laboral fueron aplastados durante los dos grandes Pánicos Rojos y bajo un régimen de terror blanco. Somos una nación de muchas Harriet Tubman, John Brown, Little Crow, Toro Sentado, Joe Hill, Martin Luther King, Malcolm X y otros héroes; pero también de muchos Andrew Jackson, Robert E. Lee, Nathan Bedford Forrest, George Armstrong Custer, J. Edgar Hoover y Donald Trump”.

“El fascismo es un culto a la muerte; demasiado violento y opresivo para estabilizar la sociedad y gobernarla a largo plazo. Siempre fracasa, ya se le detenga en seco —como ocurrió en Cable Street—, que se le derribe tras una larga lucha —como cuando cayó el Reichstag— o que se le soporte mediante un sacrificio heroico hasta lograr derrocarlo —como sucedió en España—. En Estados Unidos, el reloj ha superado con creces el momento de Cable Street, pero aún no ha marcado la hora de obligar a toda resistencia a pasar a la clandestinidad. Las tradiciones de resistencia en esta tierra son anteriores a la existencia misma del país; un país nacido de la rebelión y de la apropiación de dicha rebelión por parte de terratenientes y comerciantes. El legado que nos dejaron los esclavos rebeldes y los cimarrones, los pueblos indígenas que defendieron sus tierras frente al colonialismo, los trabajadores en huelga que mantuvieron barricadas en nuestras ciudades, los manifestantes por los derechos civiles, el movimiento antibélico, nuestras madres feministas y nuestros mayores queer: nada de esto será fácil de desarraigar. Aquí, en el Medio Oeste, el fuego es parte natural de nuestro paisaje. Arrasa las praderas y puede devorarlo todo a su paso, dejando tallos ennegrecidos que se pudren sobre la capa superficial del suelo. Pero la pradera posee raíces profundas y semillas que se nutren de las cenizas; siempre vuelve a brotar” concluye Doyle.


Fuente: El Salto

lunes, 25 de noviembre de 2024

Seis millones y uno (Szmul Zygielbojm: un judío polaco socialista, antifascista, internacionalista y ardiente antisionista)

 

Integrante del Grupo de Socialistas Judíos de Gran Bretaña y del comité editorial de la revista Jewish Socialist.


El siguiente discurso fue pronunciado por David Rosenberg en un evento del Día del Recuerdo del Holocausto organizado por Na'amod: Judíos británicos contra la ocupación sionista de Palestina el 27 de enero de 2024.


     Es imposible hacer justicia a millones de tragedias personales, por eso quiero contarles principalmente la historia de una persona, Szmul Zygielbojm: un judío polaco socialista, antifascista, internacionalista y ardiente antisionista. Su repentina muerte en Londres en mayo de 1943 estuvo íntimamente relacionada con la destrucción de los judíos en Varsovia. Así que para mí eso suma seis millones y uno.


     Szmul Zygielbojm


No habrá leído sobre él en el Jewish Chronicle ni oído hablar de él en boca de nuestro Gran Rabino o incluso de Rachel Riley. Obrero de fábrica desde los 10 años, dormía en los bancos de los parques en su adolescencia, fue organizador sindical a los 30 años y un destacado socialista judío bundista a los 40, cuando los nazis invadieron Polonia.

Cuando los nazis anunciaron los primeros pasos para encerrar en guetos a los judíos de Varsovia en noviembre de 1939, Zygielbojm dijo en una multitudinaria reunión: “No os vayáis voluntariamente al gheto. No perdáis el coraje. Permaneced en vuestras casas hasta que os expulsen por la fuerza”. Este acto de desafío le puso en la mira.

Temiendo por su vida, sus camaradas lo ocultaron, consiguieron documentos de viaje falsos y lo sacaron de Polonia en enero de 1940 con una misión: contar a los que tenían poder en Occidente lo que estaba sucediendo bajo la ocupación nazi y persuadirlos para que tomaran medidas extraordinarias para salvar a los judíos. Presentó informes detallados en Bélgica, Francia y muchas ciudades de Estados Unidos. En marzo de 1942, fue invitado a representar al Bund en el gobierno polaco en el exilio en Londres.

Allí recibió noticias sobre el genocidio en curso a través de canales clandestinos y las transmitió a políticos, diplomáticos y la prensa. Escribió artículos y habló en la radio de la BBC. En septiembre de 1942, contó en una reunión multitudinaria del Partido Laborista cómo los nazis habían utilizado por primera vez gas venenoso para asesinar en masa, en Chelmno, donde 40.000 judíos y algunos gitanos fueron asesinados en siete semanas. En ese momento, creía que los nazis ya habían asesinado a 700.000 judíos en los centros de exterminio.


Szmul Zygielbojm con su hijo mayor, Yossel.


A finales de 1942, Jan Karski, un rebelde clandestino polaco no judío, le entregó personalmente un mensaje de los bundistas del gueto de Varsovia, implorando a Zygielbojm que pidiera a los líderes judíos de Londres que se encadenaran a las puertas del Parlamento para iniciar una huelga de hambre hasta la muerte a menos que Gran Bretaña actuara. Zygielbojm le dijo a Karski que nunca harían eso, pero prometió hacer todo lo que pudiera.

A principios de abril de 1943, había agotado casi todos los canales. En una carta dirigida a su hermano Fayvel, que había abandonado Polonia antes de la guerra, escribió: “Estoy casi al límite de mis fuerzas. Según las últimas noticias que me han llegado esta semana, 300.000 judíos siguen vivos en Polonia [de los más de 3 millones que había antes de la guerra], pero la matanza continúa… Aquí la gente pronuncia hermosos discursos para promover su política partidaria. Los sionistas están utilizando el martirio judío como parte de su campaña de recaudación de fondos para Palestina”.


«Mi vida pertenece al pueblo judío de Polonia y, por eso, se la doy»


El 19 de abril se iniciaron dos acontecimientos trascendentales. En el gueto de Varsovia, cientos de bundistas, comunistas y sionistas de izquierdas lanzaron un levantamiento increíble en un solo cuerpo, utilizando armas improvisadas y de contrabando. Mientras tanto, en Bermudas, diplomáticos británicos y estadounidenses iniciaron 11 días de conversaciones sobre la situación en Polonia. Pero las conversaciones concluyeron sin ofrecer prácticamente nada práctico para los posibles refugiados judíos, y el 10 de mayo, Zygielbojm recibió la noticia de que el levantamiento del gueto había sido aplastado.

Al día siguiente escribió una serie de cartas y luego tomó una sobredosis de amital sódico. En sus cartas explicaba que su suicidio era un acto de protesta contra las potencias aliadas cuya indiferencia y falta de acción permitieron el exterminio de los judíos de Polonia.

Todos podemos escuchar los ecos de eso hoy.

Zygielbojm continuó: “La responsabilidad… recae, en primera instancia, sobre los perpetradores, pero indirectamente también recae… sobre los pueblos y gobiernos que no han hecho ningún esfuerzo… para poner fin a este crimen.

“No puedo permanecer en silencio. No puedo vivir mientras los restos del pueblo judío, del que soy representante, están siendo exterminados. Mis camaradas del gueto de Varsovia perecieron con las armas en las manos en su última batalla heroica. No era mi destino morir como ellos, junto a ellos. Pero les pertenezco a ellos y estoy en sus fosas comunes.

“Con mi muerte deseo manifestar la más enérgica protesta contra la pasividad con la que el mundo permite el exterminio del pueblo judío… Mi vida pertenece al pueblo judío de Polonia y, por tanto, se la entrego. Deseo que los supervivientes… puedan vivir para ver, junto con la población polaca, la liberación que podría conocer en Polonia, en un mundo de libertad y en la justicia del socialismo”.


“Luchamos por dignidad y libertad, no por territorio ni por una identidad nacional”


La historia de Zygielbojm es desconcertante para un estado británico que acogió a tan pocos refugiados antes de la guerra, no actuó en base a información creíble durante la guerra y admitió a un número tan pequeño de sobrevivientes del Holocausto después de la guerra.

También debería avergonzar a la clase dirigente judía británica, que no hizo ningún esfuerzo por conmemorar a Zygielbojm. Fue necesaria una acción popular en la década de 1990 por parte de un comité de supervivientes bundistas en Londres que habían conocido personalmente a Zygielbojm, y de socialistas judíos más jóvenes (yo incluido), para lograr que se inaugurara una placa conmemorativa en 1996, con la presencia de miembros de la familia superviviente de Zygielbojm. Él no lo sabía, pero uno de sus tres hijos, Yossel, sobrevivió como partisano del Ejército Rojo.


Una placa descubierta en 1996 cerca de donde vivía Szmul Zygielbojm en Paddington, Londres. 


Yossel leyó sobre la muerte de su padre en circunstancias que resultan conmovedoras esta noche, dado nuestro debate. Yossel me escribió en 1994 sobre su grupo partisano que había liberado la ciudad de Gorny Vakuf, en Bosnia, de los nazis. En el cuartel general nazi encontró un periódico alemán, fechado el 21 de mayo de 1943, que publicaba un artículo burlón sobre el suicidio de su padre. “Los relatos televisados de los sangrientos combates en Bosnia traen de vuelta esos terribles recuerdos”, añadió Yossel.

En el trabajo educativo, los bundistas de nuestro comité –como Esther, que sobrevivió a Auschwitz; Wlodka, que sobrevivió al gueto de Varsovia (y sigue vivo hoy); y Majer– siempre hicieron hincapié en la variedad de víctimas del Holocausto, especialmente los gitanos, de quienes, según ellos, “murieron de la misma manera que los judíos por las mismas razones”. Estos bundistas insistieron en extraer lecciones universales del khurbn (Holocausto en yiddish), la destrucción: combatir todo racismo, acoger a todos los refugiados y crear un mundo basado en el respeto de los derechos humanos de todos.

Marek Edelman, compañero de Zygielbojm en Varsovia y segundo al mando del levantamiento del gueto, que murió en Polonia en 2009, mantuvo hasta su muerte su política socialista, antisionista y antifascista. A sus 70 años participó en un convoy que transportaba ayuda a Bosnia.

Edelman desafió abiertamente las mentiras de los políticos israelíes, que deshonestamente intentaron vincular la resistencia del gueto de Varsovia con la guerra para establecer Israel. “Luchamos por la dignidad y la libertad”, les recordó Edelman, “no por territorio ni por una identidad nacional”.

Quisiera terminar con las palabras de un israelí de izquierdas, ya no vivo, llamado Boaz Evron. En 1983, tras la estela de destrucción que dejó Israel en el Líbano, tan similar a la Gaza actual, escribió sobre “dos tragedias” que le sucedieron al pueblo judío en el siglo XX: “el Holocausto y las lecciones que de él se extrajeron”, especialmente por parte de los líderes de Israel y de muchos israelíes.

Describió “una extraña ceguera moral en la que el mundo siempre es concebido como un mundo que odia y persigue, en el que los israelíes se consideran libres de toda obligación moral en su relación con él… libres de contraer acuerdos con los regímenes más opresivos del mundo, de negociar acuerdos de armas con los peores gobiernos y de oprimir a los no judíos sujetos a su gobierno”.

Esta noche aquí mostramos lo contrario: nuestro deseo de liberar tanto a los palestinos como a los judíos de esa mentalidad nacionalista reaccionaria, para construir un mundo de igualdad y dignidad para todos.


Fuente: VASHTI