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martes, 4 de agosto de 2026

El “Octavo Frente”: Palestina y la batalla por el relato

 

 Por Jaldía Abubakra   
      Destacada activista, política y militante hispano-palestina nacida en Gaza en 1967.


Palestina y la batalla por el relato.


Más de mil millones de dólares, empresas de influencia, influencers, diplomacia digital e inteligencia artificial forman parte de una ofensiva global por condicionar cómo se mira, se interpreta y se cuenta Palestina. Frente a esa maquinaria, la disputa ya no es solo por la opinión pública, sino también por la memoria, el conocimiento y el derecho de un pueblo a narrar su propia historia


     Hay una batalla que no se libra con aviones, drones ni soldados. No tiene fronteras claramente delimitadas y, sin embargo, atraviesa continentes. Se libra en las pantallas de nuestros teléfonos, en las universidades, en los grandes medios, en las iglesias evangélicas, en los parlamentos y, cada vez más, en ese territorio aparentemente invisible donde algoritmos e inteligencia artificial intervienen en nuestra manera de acceder al conocimiento.

El propio aparato israelí ha comenzado a tratarla como un frente estratégico. Benjamin Netanyahu la ha presentado como el “Octavo Frente”: la batalla por “los corazones y las mentes”, con especial atención a la juventud occidental y a sectores conservadores de Estados Unidos. Cuando un Estado convierte la opinión pública en un frente de guerra, está reconociendo que las palabras, las imágenes y la interpretación de la realidad han adquirido para él un valor estratégico.

No estamos hablando simplemente de campañas publicitarias ni de la vieja hasbará adaptada a TikTok. Hablamos de una infraestructura internacional de influencia que combina empresas de comunicación, campañas digitales, delegaciones políticas, periodistas, creadores de contenido e influencers, y que comienza a extenderse hacia un terreno mucho más profundo: el entorno informativo del que se alimentan buscadores y sistemas de inteligencia artificial.

Una investigación publicada en julio de 2026 por el Quincy Institute for Responsible Statecraft, basada en registros de la Ley de Registro de Agentes Extranjeros de Estados Unidos —FARA— y documentos de contratación pública israelíes, calcula que el gobierno israelí ha destinado más de mil millones de dólares a diplomacia pública desde octubre de 2023.


Dentro de la campaña de influencia de Israel de mil millones de dólares.

Desde entonces, más de 100 millones de dólares han sido destinados a actividades de influencia israelí declaradas bajo FARA y 17 nuevas empresas se registraron entre 2024 y 2025 para trabajar en favor de intereses israelíes. Para 2026 se planteó, además, un presupuesto de unos 750 millones de dólares para diplomacia pública, aproximadamente cuatro veces el del año anterior, según se explica en el informe del Quincy Institute. En este contexto, quizá la pregunta más interesante que debamos hacernos no sea cuánto dinero está gastando Israel con todo esto, sino por qué necesita gastarlo ahora.

Las opiniones desfavorables hacia Israel van en aumento

Durante décadas, Israel disfrutó de una posición excepcional en buena parte de Occidente y no necesitaba convencer desde cero. Gobiernos, grandes medios e instituciones culturales y académicas reprodujeron los marcos desde los que debía entenderse Palestina. La colonización se convertía en “conflicto”, la ocupación desaparecía detrás de la “seguridad” y la resistencia palestina era separada de las condiciones históricas que la habían producido. Cada nueva agresión comenzaba informativamente cuando Israel decidía responder, como si todo lo anterior perteneciera a otra historia.

El 7 de octubre de 2023 no creó esa maquinaria narrativa. Existía desde mucho antes. Pero lo ocurrido después en Gaza produjo algo que no había previsto en toda su dimensión: millones de personas comenzaron a observar, casi en tiempo real, aquello que durante décadas había sido filtrado, fragmentado o explicado por intermediarios. Periodistas palestinos, familias, médicos y habitantes de Gaza mostraron directamente al mundo barrios destruidos, hospitales atacados, desplazamientos masivos, hambre, niños y niñas asesinados y familias enteras borradas de los registros civiles. Entonces apareció un problema mucho más difícil de resolver mediante relaciones públicas. Ya no se trataba solamente de decidir qué contar sobre Palestina, sino de convencer a millones de personas de que aquello que habían visto debía interpretarse de otra manera.

Los datos permiten observar esa ruptura. En febrero de 2026, Gallup registró por primera vez que la simpatía de la población estadounidense hacia los palestinos superaba a la expresada hacia los israelíes: 41% frente a 36%. Entre las personas de 35 a 54 años, la diferencia llegaba al 46% frente al 28%.


Los israelíes ya no lideran la simpatía de los estadounidenses hacia Oriente Medio.

El Pew Research Center encontró además que entre los republicanos de 18 a 49 años el 57% tenía una opinión desfavorable de Israel.

No sorprende que jóvenes, conservadores y evangélicos aparezcan entre los públicos prioritarios de las nuevas campañas. La documentación examinada por el Quincy Institute incluye una campaña de 3,2 millones de dólares dirigida a cristianos evangélicos y otra destinada a reclutar influencers menores de 30 años para alcanzar audiencias conservadoras en Instagram y TikTok. La batalla consiste también en impedir que continúe erosionándose el consenso que sostuvo durante décadas la relación especial entre Washington e Israel.

Estados Unidos no es una excepción. En 2026, una encuesta del Pew Research Center realizada en 36 países encontró una mediana del 67% de opiniones desfavorables hacia Israel, frente a un 25% favorables. En todos los países europeos incluidos predominaban las opiniones negativas. En España alcanzaban el 96% entre quienes se situaban en la izquierda, pero también el 66% entre quienes se identificaban con la derecha.

Aquí aparece una contradicción cada vez más visible: mientras amplios sectores de las sociedades europeas se alejan de Israel, numerosos gobiernos mantienen estrechas relaciones militares, económicas, tecnológicas, científicas y diplomáticas con el Estado israelí. Por eso la batalla por la opinión pública no busca únicamente mejorar encuestas, sino evitar que el rechazo social termine convirtiéndose en fuerza política: embargos de armas, sanciones, rupturas institucionales, boicot o cuestionamientos de la impunidad israelí.

La misma disputa atraviesa América Latina. En 2026, las opiniones desfavorables hacia Israel superaban el 50% en países como Chile, México, Colombia, Argentina y Brasil, según el Pew Research Center. Precisamente porque Palestina conserva un enorme capital histórico de solidaridad en la región, Israel y organizaciones que trabajan por estrechar sus relaciones con ella buscan llegar no solo a gobiernos, sino también a parlamentos, empresarios, medios, periodistas, creadores de contenido y sectores religiosos.

Este pasado mes de junio, Leah Soibel, fundadora de Fuente Latina, afirmaba que su organización había llevado a Israel a 300 periodistas hispanos no judíos y habló abiertamente de trabajar con periodistas, influencers y creadores latinoamericanos, según documentaba Genesis Prize Foundation.


El líder argentino Milei lanza una iniciativa para impulsar los lazos entre Israel y América Latina.

A ello se suman iniciativas como los Acuerdos de Isaac, concebidos para ampliar las relaciones de Israel con América Latina y para los que se anunció una inversión inicial de un millón de dólares.

No todas estas iniciativas están financiadas directamente por el Estado israelí ni forman parte de una única estructura centralizada. Existen fundaciones, organizaciones aliadas, redes empresariales, actores políticos y movimientos religiosos con autonomía propia. Pero esa diversidad muestra una amplia red internacional de actores e intereses capaz de extender la influencia mucho más allá de las embajadas. Las redes del sionismo cristiano desempeñan aquí un papel especialmente importante.

Acercarse a los países árabes

En el mundo árabe la estrategia adopta otras formas. Israel lleva años desarrollando una diplomacia digital específicamente en lengua árabe. Construye un relato propio: Israel como Estado moderno y dispuesto a vivir en paz; Palestina reducida a un problema de seguridad; la resistencia convertida en responsable de guerras producidas por décadas de colonización; y la normalización presentada como puerta hacia la estabilidad. La propia Knéset informó de campañas que alcanzaron alrededor de 858 millones de visualizaciones en medios digitales en árabe.

Sin embargo, cuando pasamos de las pantallas a las sociedades aparece otra realidad. Arab Barometer encontró que, después del 7 de octubre de 2023, en ninguno de los siete países árabes estudiados la población que apoyaba la normalización con Israel superaba el 13%. En Marruecos, el apoyo cayó del 31% al 13%. El Arab Opinion Index registró además que el 89% rechazaba que sus países reconocieran a Israel y que el 92% consideraba la causa palestina una cuestión de todos los árabes y no solamente de los palestinos. Hay una enseñanza que décadas de acuerdos no han conseguido borrar: se pueden normalizar relaciones entre gobiernos sin normalizar la conciencia de los pueblos.

El “Octavo Frente”, sin embargo, mira también hacia el futuro. Y ahí aparece la inteligencia artificial: en mayo de 2024, OpenAI informó de que había interrumpido varias operaciones encubiertas de influencia que utilizaban sus modelos. Una estaba vinculada a STOIC, una empresa comercial israelí, que habría empleado herramientas de inteligencia artificial para generar artículos y comentarios difundidos posteriormente en distintas plataformas. OpenAI señaló, sin embargo, que no había encontrado pruebas de que sus modelos hubieran aumentado significativamente el alcance de aquella operación.

El Quincy Institute documenta además un contrato israelí con Clock Tower X que incluye la creación de páginas web y contenidos orientados a influir en la forma en que los sistemas generativos recuperan y presentan información, buscando determinados encuadres en conversaciones con sistemas GPT y una mayor presencia de ciertos contenidos en buscadores.

Esto no significa que Israel controle ChatGPT ni ningún otro sistema de inteligencia artificial. La cuestión es diferente y probablemente más importante a largo plazo. Si millones de personas utilizan sistemas de IA para comprender la historia y el presente, influir sobre las fuentes y los contenidos que componen el entorno informativo se convierte también en una batalla por el conocimiento del futuro. Está en juego el espacio del que dependerán las respuestas que mañana recibamos cuando preguntemos qué ocurrió en Gaza, qué es el sionismo, cuándo comenzó la colonización de Palestina o por qué existe la resistencia palestina.

Aquí cualquiera que lea este artículo tiene también una responsabilidad: aprender a reconocer cómo funciona la propaganda. La más eficaz rara vez necesita inventarlo todo; le basta con decidir dónde comienza la historia, qué palabras se utilizan y qué queda fuera del encuadre.

La necesidad de recuperar el relato palestino

Cuando escuchamos que “Israel se defiende”, conviene preguntar: ¿en qué momento comienza la historia que nos cuentan? Cuando se habla de “conflicto israelí-palestino”, ¿por qué una realidad de colonización, ocupación y enorme desigualdad de poder se presenta como un enfrentamiento entre iguales? ¿Por qué desaparecen la ocupación y la dominación colonial, como si la resistencia palestina hubiera nacido en el vacío?

Lo mismo ocurre cuando se habla de “la única democracia de Oriente Medio” —esto último una denominación geográfica colonial que debería ser sustituida por Asia Occidental—. ¿Democracia para quién? ¿Dónde quedan los millones de palestinos sometidos a ocupación, bloqueo, desplazamiento, discriminación y regímenes jurídicos profundamente desiguales?

La propaganda pierde parte de su poder cuando dejamos de discutir dentro de las palabras que ella misma ha elegido. Pero su maquinaria sigue siendo poderosa: mil millones de dólares compran campañas, acceso político, producción audiovisual, influencers, consultores y tecnología, sin contar grandes organizaciones estadounidenses favorables a Israel que no reciben financiación del gobierno israelí, como AIPAC.

Esa maquinaria puede contribuir a criminalizar organizaciones, presionar universidades, condicionar debates y perseguir la solidaridad con Palestina. Conocerla y exponerla no es una tarea exclusivamente de la población palestinas, sino de todas aquellas personas que quieran saber quién intenta condicionar lo que ve, lee y cómo interpreta el mundo.

A todo ello se suma una cuestión que pocas veces se reconoce fuera de Palestina. Desde los Acuerdos de Oslo (1993 y 1995), una parte importante del discurso oficial palestino fue desplazando el lenguaje de la liberación hacia el del “proceso de paz”, la negociación permanente y la construcción de un Estado en una parte del territorio. Palestina quedó cada vez más reducida a Cisjordania y Gaza, relegando a los refugiados, el derecho al retorno y a los palestinos de los territorios ocupados en 1948, mientras la cuestión colonial cedía espacio al lenguaje del “conflicto”, la gestión y la diplomacia.

Recuperar el relato palestino exige superar también esos límites. Palestina no es una Autoridad ni un territorio administrado: es Gaza, Jerusalén, Cisjordania, las ciudades y aldeas palestinas ocupadas en 1948, los campos de refugiados y la diáspora. Es una tierra, un pueblo y una historia que la fragmentación no ha conseguido convertir en causas diferentes. Recupera el relato palestino significa también reivindicar el derecho de un pueblo a definir qué significa liberarse, cuáles son sus derechos inalienables y qué futuro reclama.

Para comprender Palestina hay que abandonar dos filtros: dejar de mirarla únicamente a través del relato sionista y dejar de encerrarla en los límites que décadas de negociación y diplomacia oficial impusieron sobre la propia cuestión palestina; porque Palestina no empezó con la creación del Estado de Israel ni puede reducirse a una sucesión de agresiones y respuestas. Antes de la Nakba había ciudades, pueblos, escuelas, periódicos, sindicatos, asociaciones de mujeres y una sociedad enfrentada ya a la colonización. Después hubo campos de refugiados convertidos en espacios de organización, generaciones que preservaron las llaves y los nombres de sus aldeas, presos que escribieron desde las cárceles y una cultura que atravesó fronteras sin abandonar la idea del retorno.

Conocer esa historia es romper una de las formas más persistentes del colonialismo: reducir a un pueblo a aquello que su colonizador dice de él. Significa recuperar archivos y voces silenciadas, incluidas las de generaciones que nacieron lejos de las aldeas de sus familias y siguieron transmitiendo sus nombres. Dejar de preguntar solamente qué hace Israel y preguntarnos también quiénes son los palestinos, qué memoria conservan y qué futuro reclaman. Más de mil millones de dólares pueden leerse también como la medida del problema que Israel intenta resolver.

Durante décadas, el sionismo consiguió que una parte considerable del mundo occidental discutiera Palestina dentro de límites previamente establecidos. Hoy esa relación empieza a mostrar grietas. Gaza ha abierto una de las más profundas. No porque los palestinos hayan descubierto cómo contar su historia, sino porque millones de personas han visto demasiado: niños y niñas asesinados, médicos sin medios, periodistas asesinados, familias desplazadas y personas buscando comida. Pero también han visto a un pueblo que, en medio del genocidio, continúa enseñando, estudiando, cuidando y aferrándose obstinadamente a la vida.

Frente a un pueblo que despliega una maquinaria extraordinaria del dinero, la tecnología y el poder, la respuesta no puede ser construir una propaganda más eficaz, sino investigar, contrastar, escuchar las voces que el poder intenta silenciar y preservar la memoria. No se trata de vivir respondiendo a Israel, sino de devolver al centro a Palestina: su historia, su pueblo, su resistencia, su memoria y su futuro. Porque esta batalla también se libra sobre las palabras y el conocimiento, y no pertenece solamente a los palestinos: interpela a cualquiera que crea que no se deben silenciar la verdad, la memoria de los pueblos ni su derecho a contar su propia historia.

Israel puede comprar campañas, contratar empresas, financiar influencers y producir millones de contenidos. Puede intentar ocupar cada nueva tecnología que transforme nuestra manera de acceder a la información. Pero hay algo mucho más difícil de borrar.

Después de Gaza, la batalla ya no consiste solamente en conseguir que el mundo mire a Palestina. Consiste en impedir que, después de haberla visto, alguien vuelva a convencerlo de que no vio lo que vio. Y también en aprender, por fin, a mirar Palestina sin necesitar que Israel —ni quienes durante décadas administraron los límites de lo posible— nos diga qué estamos viendo.


Fuente: El Salto

miércoles, 14 de mayo de 2025

EXTREMA DERECHA - Andrew Mar: “Los datos no ganan al relato en casi ninguna batalla”

 

      Escribe sobre economía en @elsaltodiario.com.


El periodista de The New Yorker pasó tres años investigando a los principales generadores de odio y teorías conspiranoicas de la extrema derecha estadounidense.


Marantz es autor de Antisocial, en la se sumerge en el ecosistema Trumpista y de la extrema derecha en los Estados Unidos.


     Ser un trol, acosar a gente, esparcir bulos y crear medios de extrema derecha para dar alas a esa desinformación o llevar incluso toda esa basura a la sala de prensa del Congreso no lo han inventado ni los UTBHs ni los Negres de turno. Como muchas malas prácticas comunicativas y políticas, viene de Estados Unidos. Leer Antisocial. La extrema derecha y la ‘libertad de expresión’ en internet (Capitán Swing, 2021) te muestra que los trols españoles son copias de lo que hicieron los estadounidenses unos años antes.

Para escribir esta obra y con la intención de conocer cómo funciona ese mundo de los trols, qué les empuja a inventarse información y acosar a gente o por qué las narrativas más locas, racistas y conspiranoicas se estaban viralizando en los Estados Unidos, el periodista de The New Yorker Andrew Marantz bajó a los infiernos de la extrema derecha. Durante sus tres años de investigación, acabó en fiestas proTrump llenas de gente que no escondía su ideología fascista, entrevistó a los principales creadores y difusores de bulos y teorías de la conspiración y entró en las casas de supremacistas blancos para charlar con ellos y sus familias. Todo ello con el aliciente de que Marantz es judío y escribe para un medio que aquí muchos llamarían progre.

El periodista visita Madrid invitado por la sexta edición del Foro de la Cultura 2023 y en El Salto aprovechamos para charlar con él e intentar que dé algún consejo sobre cómo acabar con los imitadores made in Spain de la alt-right estadounidense que toca aguantar aquí.

Tu investigación e inmersión en el mundo trol de la extrema derecha estadounidense se publicó hace tres años. Desde entonces, Trump perdió unas elecciones y hubo un asalto fallido al Capitolio. ¿Crees que esta derrota ha cambiado algo en esa esfera? ¿Se ha tranquilizado la extrema derecha y ya no es tan efectiva sobre la gente o están tomando fuerzas?

Sí que cambió cosas, pero creo que no ha hecho que el problema estructural desaparezca. Cambia la estrategia que utilizan y, por lo tanto, debe cambiar las estrategia para contrarrestarlos. Parte de lo que hace que estos propagandistas online sean tan efectivos, y no me refiero solo a los troles de extrema derecha, sino a cualquiera al que se le dé muy bien la propaganda, es que son capaces de adaptarse muy rápido a las circunstancias cambiantes.

¿Y cuál es esa nueva estrategia?

Si ves el ejemplo del ataque al Capitolio en Estados Unidos o lo que ha pasado hace poco en Brasil, puedes ver que lo que se le da muy bien a estos propagandistas nativos de internet es reformular la narrativa. En cambio, vemos que hay otros que siguen utilizando las mismas narrativas durante 100 años. “Esto es un ataque a nuestras instituciones”, “tenemos que defender la democracia”, etc. Todo lo cual puede ser cierto, pero no capta de la misma manera a las personas en su imaginación emocional. Si ves a Biden de pie en el escenario diciendo: “Cómo te atreves, esto es un ataque a nuestra democracia”, puedes estar de acuerdo o en desacuerdo, pero todo eso sucede en tu cerebro. No tiene ningún control sobre tu corazón, tus emociones y tu imaginación. Mientras que si ves a la gente probando algo nuevo, podrías pensar: “Oh, es una locura lo que están haciendo. Es demasiado extremo”. Pero reformula la narración. Así que esas mismas personas podrían pensar: “Bueno, yo nunca me irrumpiría en el Capitolio, pero permítanme adoptar una posición moderada”, que en esta narrativa significa que realmente necesitamos investigar las irregularidades de las elecciones.

Si tú fueras un nuevo observador, como si llegaras de otro planeta, y vieras a un conservador moderado (entre comillas) de los Estados Unidos tratando de encontrar una posición intermedia después de las elecciones de 2020 diciendo que deberíamos volver a examinar las cosas irregulares que ocurrieron en las elecciones, cuando no hubo nada irregular y ya se ha examinado 50 veces, pensarías que lo que está haciendo no es moderado sino una locura. Pero ahora han conseguido que la posición de poner en duda los resultados electorales parezca moderada porque han reformulado toda la narrativa.




A Trump le banearon en varias redes sociales tras lo ocurrido en el Capitolio. Ahora llega Elon Musk con sus críticas hacia lo que llama la izquierda “woke” y volviendo a abrir las puertas a la extrema derecha y a Trump. ¿Hacia dónde crees que nos puede llevar esto?

Mirando así por encima, Musk tiene un argumento muy simple y sólido. Porque el argumento llamando a favor de la libertad de expresión (entre comillas) siempre va a parecer el más simple y fuerte. Si yo puedo enmarcar el debate en una posición donde puedo decir: “Bueno, yo soy la persona a favor de la libertad de expresión, ¿quién eres tú?”, gano automáticamente. El problema es que no creo que sea el marco correcto. Se puede poner en la posición de decir: “Ey, espera, no. No estoy intentando censurarte ni prohibirte. Solo intento mantener las reglas básicas que acordaste cuando te uniste a esta plataforma”. Cuando Donald Trump o cualquiera se unió a Twitter había reglas que decían: por favor, no utilices esta plataforma para incitar a la violencia o alentar a la gente a matar a personas o iniciar una guerra nuclear o todas esas cosas. Entonces, cuando haces una de esas cosas y alguien se te acerque y te dice: “Disculpe, señor, ¿podría intentar no iniciar una guerra en nuestra plataforma?”. Tú puedes contestar diciendo algo así como “¡Me están censurando! ¡Me están prohibiendo! ¿Qué pasa con la libertad de expresión?”. En esta situación, las personas que están a cargo de la moderación de esas redes sociales acaban pareciendo como lo que nosotros llamamos el monitor de pasillo, que es ese niño que en la escuela tiene que chivarse a los profesores cuando alguien hace algo malo. Y nadie quiere ser ese niño, porque no es guay, no es punki. La posición más punki es la de mandar al carajo todo, derribar los muros y que tengamos libertad de expresión. Y eso es lo que está haciendo Elon Musk. Pero en realidad nadie tiene esa posición de manera consistente. El propio Musk ha dicho: soy un absolutista en todo lo que concierne a la libertad de expresión. Pero nadie tiene esa posición de manera absoluta, ni siquiera Musk.




¿Pero qué significa la libertad de expresión para Elon Musk?

¡No significa nada! Porque cuándo alguien tuitea la ubicación de su avión, lo prohíbe en Twitter. Cuando Alex Jones entra en Twitter, prohíbe a Alex Jones. Y cuando los fans de Musk y también de Jones le preguntan por qué le expulsa cuando hace solo un mes decía que era un absolutista de la libertad de expresión, les dice que lo hace porque no le cae bien Alex Jones. Así que no es nada más que una persona tomando decisiones arbitrarias. ¿Eso es libertad de expresión? Lo que se necesita es tener un sistema. La única pregunta es hacia qué sistema vas a ir.




¿Qué responsabilidad tienen estos amos de las redes sociales, como Musk o Zuckerberg, de la expansión de estas ideologías racistas o machistas?

No son las únicas personas responsables, pero tienen una gran responsabilidad. Una de las analogías que hago en el libro es la de una fiesta. Si eres propietario o inicias una red social, te conviertes en el anfitrión de una gran fiesta. Y, ya sabes, si organizas una fiesta, pones las reglas y condiciones que crean el ambiente de la fiesta. Podrías decir que no tienes ninguna responsabilidad de lo que pasa en ella, que solo eres el anfitrión. Pero si eliges si va a haber alguien en la puerta comprobando la identidad de la gente, si las luces van a estar encendidas o apagadas, qué música suena, si vas a añadir alcohol a tus bebidas… si además pones droga en las bebidas de todos y luego empiezan a tirar cosas por la ventana, puedes defenderte diciendo “están tirando cosas por la ventana, pero no soy yo quién lo hace”. Haz algo al respecto, es tu fiesta. Y con esto no significa que tengamos que echar a todos y prohibirlas. Pero significa que no puedes tener las dos cosas. No puedes ganar dinero con esto sin tener influencia sobre ello. No puedes tener los sistemas y empresas de medios más grandes que hayan existido en la historia de la humanidad y luego decir: “Lo siento, no es mi responsabilidad”.

Cuando leí tu libro hace un par de años y describías a la extrema derecha mediática pude ver claramente que era la escuela de la extrema derecha mediática española. Desde entonces, al ver cómo van evolucionando aquí esa política y comunicación tan trumpista, he recordado en muchas ocasiones tu libro. Ya que en Estados Unidos nos lleváis como tres o cuatro años de adelanto ¿Tienes algún consejo que darnos sobre cómo acabar con ellos?

No puedo dar el consejo que pueda arreglarlo todo porque no creo que nadie lo sepa a ciencia cierta. Antes hablábamos de las elecciones de 2020 entre Trump y Biden. De ahí vemos que el consejo puede tomar dos vías distintas. Una es que tenemos que dedicar más tiempo a ese nuevo campo de la propaganda online de esta nueva vanguardia. El otro consejo es el contrario, que nos involucremos menos. Biden, en teoría, hizo esta segunda. Dice que internet le importa un carajo y simplemente ha seguido haciendo la política que ha hecho toda la vida. Al menos esa es la teoría.

Creo que hay que buscar una combinación de esas dos. No creo que quieras involucrarte tanto en estas guerras online. Puedes creer que estás hablando con todo el país y en realidad estás discutiendo con un chaval de 19 años en su sótano. Existen muchos de esos perfiles a los que hemos llamado “extremadamente onlines”. Me refiero a algunos políticos que estaban tan conectados a internet que ya no podían hablar con gente normal. Porque tenemos que recordar que ciertos círculos, como el de los medios de comunicación, vemos mucho y nos enteramos de todo lo que pasa con estos perfiles en la redes, pero mucha gente normal, diría que la mayoría, no se entera de todo esto. No sabe nada de estos debates y de lo que pasa en Twitter porque muchos de ellos ni tan siquiera tienen perfil en esa red social. En España, en Estados Unidos y en todos los lugares.




Obviamente creo y sostengo en el libro que lo que ocurre en Internet importa. No puedes simplemente decir que Twitter no es la vida real y salirte de esa conversación. Porque hay un efecto cascada. Lo que ocurre en Internet determina la forma en que un núcleo interno de personas piensa. Ese núcleo interno de personas luego va al mundo real y crea los medios de comunicación, crea política, etc. Como dijo Andrew Breitbart [fundador de Breitbart News, uno de los principales medios de la extrema derecha estadounidense], “la política está aguas abajo de la cultura”. Esa frase encaja con la metáfora de la cascada. Por lo que lo que ocurre en estos círculos puede afectar más adelante a la política.

Pero también puede ocurrir lo mismo en un sentido contrario. Si tienes a un grupo de personas a las que no les importan las guerra de memes en Internet, sino que solo se preocupan por si les estás poniendo comida en la mesa, si les estás aumentando el salario mínimo, si les vas a dar trabajo... puedes hacer que todo lo anterior retroceda.

O sea que se trata de abordar políticas públicas que mejoren la vida de la gente.

Creo que, en última instancia, eso importa mucho. Creo que ambas cosas le importan a la gente. Las consecuencias materiales de sus vidas obviamente importan. Y también importa cómo le dan sentido a sus vidas. De ahí sale esta tendencia en estos debates públicos, columnas de opinión y todo eso en la que se plantea esa dicotomías, ya sabes, ¿es materialismo o es la cultura? ¿Es raza o es clase? Cuando siempre son ambas cosas. Tener tus necesidades físicas cubiertas obviamente es importante, pero también importa sentir que tu identidad está representada. Su “pueblo”, o como quiera que lo defina, esté representado. Su religión, sus intereses están representados. O sea que creo que, en un contexto nacional, hay que poder crear una historia, una narrativa, que tenga cuenta ambas cosas. Todo, al final, es un asunto de narrativas.

Aquí en España el acoso en redes a tuiteras y streamers feministas se ha vuelto algo común y muy violento. Supongo que allí también lo ha sido. ¿Algún consejo específico para ellas?

No creo que ninguna feminista quiera, particularmente, escuchar mis consejos.

Pero igual hay algo basado en tu experiencia en ese mundo.

He estado todo este tiempo haciendo esta investigación, en la que no solo quería expresar mis opiniones, sino que quería informar, meterme en esos mundos, sentarme en el sofá con las personas que están creando la desinformación, la incitación al odio y la propaganda. Y no sé si podría haber hecho ese trabajo de la misma manera si fuera mujer. Y eso que yo soy judío y a mucha de la gente con la que estuve no le gustaba mucho este detalle. Pero básicamente me sentía bien y casi seguro. En cambio, tengo muchas compañeras que son mujeres, que son afroamericanas o transgénero. No sé si podrían haber hecho este trabajo. Y eso, obviamente, es terrible e injusto. En parte, lo que hice fue intentar hacer una contribución, por pequeña que fuera, y desde mi posición y mi identidad, en este asunto. Si puedo ir a esas habitaciones a las que mis compañeras nunca querrían o podrían ir, entonces quizás pueda contribuir con ello. Pero en términos de consejos… A las mujeres se les ha dicho que se callen desde el Jardín del Edén. Así que eso va a seguir sucediendo. La pregunta es, ¿pueden las personas que están a cargo de estos sistemas y redes hacer algo al respecto?

Aquí, en España, mucha gente está empezando a hablar sobre legislaciones específicas para atajar el acoso en redes sociales. ¿Qué se debería hacer desde las administraciones públicas? ¿Qué responsabilidad tienen?

En general, soy muy escéptico sobre el uso de la ley para solucionar este problema. Comprendo los argumentos de ambos lados de la cuestión. Pero bueno, aquí es donde tal vez tenga un fuerte sesgo por venir del contexto estadounidense. Allí tenemos la Primera Enmienda que dice muy claramente que el Gobierno no puede promulgar leyes sobre la libertad de expresión. Eso sí, creo que la gente abusa de estas justificaciones. Dicen cosas como que la Primera Enmienda debería evitar que a Donald Trump lo echen de Twitter. Pero no funciona así la cosa, porque Twitter es una empresa privada. No es el Gobierno.

Pero si nos referimos al Gobierno actual, la cosa ya me pone algo más nervioso. Porque estaríamos hablando de que un gobierno prohíba que otro político como Donald Trump diga esto o aquello, o hablamos de que el gobierno le diga a una empresa privada lo que puede o no decir. No significa que sea imposible. Yo mismo he escrito y he hablado con muchos expertos en derecho que están pensando en formas en que este tipo de legislaciones pudieran funcionar. Pero para mí, hay una gran diferencia entre rechazar cualquier desinformación o propaganda por parte de aquellos que controlan las redes sociales, y se aprovechan de ello, que el que lo haga el Gobierno. Volviendo al ejemplo de la fiesta, prefiero que quites la música y llames a la policía para decirles a ellos que sean quienes lo hagan, quienes rechacen esa información. Ocurre lo mismo con las actuales legislaciones sobre libertad de expresión. Prefiero que Elon Musk arregle el que problema a que sea el Gobierno quien lo haga.

Muchas veces nos gusta decir eso de “dato mata a relato”. Creo que ya me lo has contestado de alguna forma, pero te quería preguntar si crees que el trabajo de desmontar bulos o de los verificadores puede combatir esas narrativas, o son las narrativas las que pasan por encima de los datos en todo momento.

Los datos casi no ganan al relato en una batalla. Si esas son las dos únicas opciones es, como decimos en inglés, “llevar un cuchillo a un tiroteo”. Quiero decir, creo que lo intentamos y obviamente a mí me interesa publicar la verdad. Trabajo para una revista, The New Yorker, que tiene un departamento de verificación de datos increíblemente grande con más verificadores que el total de plantilla de otros medios. Pero no creo que lo hagamos porque pensemos que ganará automáticamente, que si le damos a la gente la información correcta, se lo creerán. Creo que se ha demostrado, una y otra vez, que eso es falso. El dato no mata al relato y, aún así, lo intentamos porque es lo correcto.

A menudo cometemos el error de pensar que la gente se cree las desinformaciones porque no entienden o conocen la información correcta. Pensamos que quizás si le damos más información, se den cuenta de cuál es la información veraz. Hablamos con alguien que no cree que el cambio climático sea real y nos ponemos a mostrarles lecturas del carbono en el Ártico con la intención de que entonces nos crean. Pero el problema no es que la gente no tenga suficientes datos sobre el carbono en la atmósfera. El problema es que, en términos de su identidad, en términos de su compromiso emocional, en términos de su sistema de creencias, sean cuales sean los hechos, si no encajan en una narrativa que se alinee con lo que quieren creer, no lo creerán. Y esto lo hace todo el mundo. Lo hacen los escépticos del cambio climático y los que creen en el cambio climático. Si somos sinceros, muchas de las cosas que creemos y defendemos no es porque, por ejemplo, fuimos al Ártico y comprobamos con nuestros propios ojos cómo se deshacía el hielo. Lo defendemos porque tenemos un conjunto de narrativas que tratamos de realzar y que nos hace mostrarnos escépticos con las narrativas contrarias. No es que haya un grupo de personas malas que están sujetas a la emoción, la identidad y las narrativas. Somos todos. Solo se trata de saber qué narrativas son responsables, qué narrativas encajan bien con el mundo, cuáles permiten a las personas vivir en ellas en paz.

Incluso tras esto que has comentado de que hay mucha gente que no está en Twitter y no estén leyendo toda esta basura a diario, ¿cree que estas narrativa de extrema derecha, las noticias falsas y todo lo demás puede cambiar el futuro?

Sí, seguro. Porque se pueden dar los efectos en cascada. La narrativa tiene que empezar siempre en algún lado. Si quieres tener una narrativa de que las elecciones fueron amañadas o una narrativa sobre cualquier cosa que hubiera parecido una locura hace cinco o diez años y que ahora está incorporada, tiene que empezar por alguna parte. Todo empieza poco a poco. Hace diez años teníamos a Donald Trump diciendo que las vacunas causaban autismo. Fue una locura, pero era solo un tipo. Uno famoso, sí, pero solo un tipo que la gente tomaba por loco y era ignorado. Pero si esas ideas y esos momentos toman fuerza, si toman impulso esas narrativas, entonces pueden aparecer unos cientos de personas, que se conviertan en unos miles de personas… y todos digan “no, no nos vamos a vacunar”. Y entonces puede convertirse en algo político que empieza a merecer que se le preste atención. Empieza a hacer ruido. Aparece gente que empieza a pensar que esas personas votan, que esas personas podrían darles su dinero, que quizás hay que tomárselos en serio. Y entonces se convierte en política. Luego la cosa termina en que Estados Unidos está a la cabeza del mundo en muertes por Covid porque mucha gente tiene miedo a las vacunas. Es una narrativa. No es porque hayan leído un estudio en alguna revista médica. Es porque empezó como una cosa pequeña y luego se convirtió, como pasa con una bola de nieve, en algo grande.


Fuente: EL SALTO

miércoles, 5 de febrero de 2025

El biogás: cuando el relato se vuelve abrumador

 

 Por Toni Jorge 
      Integrante de ACEM – Ecologistas en Acción de La Manchuela.


“No existe una gran diferencia entre un cuento de hadas y un discurso empresarial sobre el biogás, pasan cosas con la mierda pero al final de todo aparece inexorablemente un final feliz”


Protesta contra la planta de biogás en Fuentealbilla


     Según la definición de la Real Academia, relato es: “Conocimiento que se da, generalmente detallado, de un hecho”.

Pero también: “Reconstrucción discursiva de ciertos acontecimientos interpretados en favor de una ideología o de un movimiento político”.

A estas alturas, todo el mundo conoce que el discurso ecologista casi siempre ha sido minoritario porque suele oponerse a todo el ideario que sustenta nuestro sistema social y económico. Comenzando por el discurso antropocéntrico en que se basa la religión o incluso la filosofía. Parece que la fascinación narcisista por nuestra propia especie forma parte de la cultura, religión e incluso de la ciencia.

Somos la especie elegida por un dios al que nosotros mismos hemos creado en un bucle autorreferente, todavía recuerdo las lecciones de catecismo de mi infancia dónde Dios había elegido a la especie humana para reinar sobre todas las especies o la euforia científica que se me transmitía en mis lecciones de física o química. Por ello un discurso que pone en solfa todo esto y propugna una nueva manera de concebir y relacionarse con la naturaleza y con nosotros mismos está claro que no puede ser el más popular, eso es obvio.

Sin embargo, pequeños fragmentos del discurso ecologista sí que han ido siendo adaptados y utilizados por el sistema cuando le podían ser rentables, abrir un nuevo mercado o simplemente porque su evidencia era tan aplastante que eran difíciles de negar.

Algo de esto ha sucedido con el cambio climático, se han juntado las tres razones, pero en todo discurso articulado, existe un significante y un significado. El significante es el fonema o secuencia de fonemas que, asociados con un significado, constituyen un signo lingüístico. Tenemos, por lo tanto, que se puede producir a conveniencia una disociación entre las frases, las palabras, significantes en suma, y el significado de las mismas que va asociado a un imaginario determinado. Es así como grupos distintos pueden hacer uso de las mismas palabras con significados y finalidades totalmente distintas. ¿De qué depende que un uso se vuelva predominante? Pues del poder económico, que marcará la potencia del relato.

Un ejemplo claro de esto es el propio biogás. La fermentación anaeróbica y la producción de biogás mediante ella es conocida desde hace siglos y esta producción permitía cubrir necesidades energéticas pequeñas y locales. Con el surgimiento de las primeras voces ecologistas y la implementación de un discurso de sostenibilidad muy vinculado a la circularidad, por contraposición a una economía extractiva con cada vez mayores necesidades de materias primas y energía y con cada vez más producción de residuos vinculados muchas veces al consumismo de despilfarro, se dirige la mirada otra vez hacia ese biogás en un intento de crear una economía más amable y menos destructiva, mucho más vinculada al autoconsumo. Por poner un ejemplo, el biogás se impulsa en Alemania como alternativa de aquellos que se oponían a una central nuclear y comienzan con la construcción de unas 100 plantas en la zona. Se trataba de plantas pequeñas, de autoconsumo para generación eléctrica, posteriormente llegarían las subvenciones y el crecimiento exponencial del sector.

Aquí en España a nadie le preocupaba demasiado la gestión de los residuos

Mientras tanto, aquí en España a nadie le preocupaba demasiado la gestión de los residuos, ya que requería gastos e inversiones que necesariamente habría que repercutir en las arcas públicas o en los costes de producción. Como hacen siempre las administraciones, dan prioridad a la producción y a la rentabilidad de las empresas en una economía global competitiva antes que al cuidado medioambiental y a la reducción de impactos, en una economía global, el que tenga menos costes se lleva el gato al agua.




Aquí se opta por alternativas como la valorización energética en plantas y tecnologías con un amplio mercado inversor como la eólica y la fotovoltaica en detrimento de otras de mucha menor rentabilidad. De hecho, se hizo un experimento de tratamiento de purines en centrales de cogeneración cuando la energía eléctrica obtenida estaba bonificada. Pero se fue completamente al traste con el cambio de la ley.

Como decíamos, del relato ambientalista algunos hechos empezaban a cobrar un peso difícil de ignorar: el calentamiento global era irrefutable y que era debido a la quema de fósiles también. No le quedaba más remedio al sistema y a Europa que asumir esto sin renunciar a la razón de ser de su sistema económico: el crecimiento, es decir, se trataba de armonizar el libre mercado y el crecimiento económico en un casi imposible encaje con la sostenibilidad, y nace así el desarrollo sostenible: “vamos a dar nuevas oportunidades de negocio con la adaptación de nuestro sistema a las renovables”, el capital hará el cambio siempre y cuando gane dinero con ello. Según declaraciones de los CEO de los bancos, no habría transición verde sin crecimiento económico.

Fruto de este peso del relato, y de las necesidades de autosustentación del sistema comienza a crearse un nuevo relato que incorpora los siguientes términos: renovable, huella de carbono, descarbonización, cambio climático, transición energética, biocombustible, bajo en emisiones, economía circular, y un largo etcétera, a la vez que intentan acoplarse estos términos al libre mercado. Algunas energéticas huyen del peso de su pasado fósil con cambios de nombre y giran su mirada al nuevo mercado exigiendo el apoyo de los poderes públicos en lo que llaman “una transición necesaria”. Se creará un mercado de carbono para que los mismos países que crean restricciones se las puedan saltar y se seguirá por esta senda en el resto de cosas.

Y como el sistema sigue encontrando áreas de negocio en cualquier cambio o evolución de la situación, llega la guerra de Ucrania para añadirse al calentamiento global y con esto la aparición de un nuevo y jugoso sector.

Llega la guerra de Ucrania para añadirse al calentamiento global y con esto la aparición de un nuevo y jugoso sector.

Tan jugoso y prometedor se augura con la fantástica justificación de prescindir del gas ruso (por lo visto a nadie le preocupa que este se sustituya por el Noruego y Americano) y del gas fósil (tampoco a nadie le preocupa que ni de lejos se pueda prescindir totalmente de él sin bajar el consumo del mismo en más de la mitad) que en un periodo cortísimo de tiempo aparecen una cohorte de técnicos, divisiones de biogás, empresas emergentes al amparo de sus matrices fósiles, un lobby a nivel europeo y una complejísima red de empresas y de cargos con nuevos nombres, con capital de 3001 euros y con nombres rimbombantes y en inglés, lenguaje del comercio: sun, bioenergy, iberenergy, green vector, porque de todos es bien sabido, si uno quiere ser una persona honorable, lo primero que debe hacer es poner el “don” en su tarjeta de visita.




En este proceso ha habido unos colaboradores involuntarios que han sido utilizados, hablamos de la tibieza de unos movimientos ecologistas cogidos a contrapié, que engullidos por una rapidísima sucesión de acontecimientos y herederos de un pensamiento sobre la gestión de los residuos que ha quedado obsoleto a la luz de lo que estaba pasando justificaron todo este despliegue como necesario abrazando la transición verde defendida por el capitalismo.

Si queríamos descarbonización había que tragar con todos los macroparques eólicos y fotovoltaicos del mundo, y ¡cómo no! Con el despliegue masivo de plantas de biogás. Afortunadamente, creo que esta visión está cambiando ante la presión de los diversos grupos locales, mucho más enraizados al territorio que las directivas nacionales, y ante la evidencia de que el principal enemigo del medio ambiente era un sistema capitalista descontrolado.

En muy escaso periodo de tiempo la proliferación de todos estos términos asociados al biogás se impone sin ninguna discusión previa y sin que antes se haya abierto ningún debate sobre si era correcto o no el utilizar toda esta verborrea de que el biogás es una energía verde y respetuosa con el medio ambiente. Se descartaban todos los matices posibles de la procedencia de los residuos: distancia, procesos de planta, modelo y tamaño..., lanzándonos a una elección maniquea de “estás a favor o en contra”, “el biogás es bueno o malo” o “estás a favor o en contra de no depender de las energías fósiles”. La simplificación del discurso impedía el que hubiera sido un debate necesario.

Sin que antes se haya abierto ningún debate sobre si era correcto o no el utilizar toda esta verborrea de que el biogás es una energía verde y respetuosa con el medio ambiente

Nos encontramos con:

- El biogás es un gas renovable (a nadie le preocupa que se obtenga de residuos y cuanto más residuos más energía obtenemos).

- El biogás es decisivo para la descarbonización (a nadie le preocupa hacer un análisis real de cómo baja la huella de carbono de todas las actividades que proveen los residuos).

- El biogás solucionará nuestra dependencia energética exterior y es, por lo tanto, fuente de soberanía energética (a nadie le preocupa que la tecnología sea importada, ni que las actividades proveedoras de los residuos dependan de insumos externos).

- El biogás es la única solución viable para la gestión de los residuos (a nadie se le pasa por la cabeza la reducción de los mismos).

- El biogás es negativo en emisiones, evita las emisiones de los residuos y además genera energía que evita el consumo de fósil (a nadie se le ocurre que lo que estamos haciendo es una valorización energética, es decir es como si quemáramos los residuos para obtener energía).

- El biogás va a ser una “fuente de empleo para el mundo rural” (sustituimos “fuente de negocio para empresas urbanas” por esa frase y ya lo tenemos).

- El biogás va a ayudar a fijar población (porque aunque un pueblo esté rodeado de mierda la gente acudirá a asentarse en él.

- Las instalaciones de biogás no tendrán un gran impacto ambiental, ya que la normativa lo impedirá (a nadie le preocupa que prácticamente todas las instalaciones deban de hacerse cerca de poblaciones por el paso de la red gasista).

- El biometano sustituirá al gas natural en la red gasista (a nadie le preocupa que en los kilómetros de red gasista, y cuanto más kilómetros haya más sucederá, hay un inmovilizado de un inmenso volumen, la red debe de estar llena siempre y a presión para que se pueda consumir en los diferentes puntos). Estamos hablando de una red de transporte y distribución de 160.000 km según el MITECO. Supongo que el propio Ministerio habrá hecho un estudio de la descomunal cantidad de M3 a elevada presión que están contenidos en dicha red.

Sería interesante analizar el porcentaje de espacio en todos los medios en papel y digital que ocupa este relato frente al que ocupan sus detractores, entre los que nos contamos. Esto es lo que llamamos poder del relato dominante, y es muy difícil luchar contra este tremendo poder de penetración. Cuando un mensaje se lanza tan intensamente, durante tanto tiempo y en tantos medios, se convierte en una lucha desigual de argumentos.

Los publicistas conocen perfectamente esta técnica de marketing se trata simplemente de la repetición del mensaje. Esta técnica se emplea continuamente, y no solo en publicidad sino también en la política y en la economía. Si a una persona le dices muchas veces lo mismo, esta acaba creyendo en la veracidad del mensaje, pero la cosa va más lejos, el lanzador del mensaje termina creyéndolo también. De hecho, estamos asistiendo a cómo se cambian las tendencias de votos en países con la simple manipulación de los algoritmos para que determinados mensajes se hagan predominantes en redes.

Un relato que, sin ningún tipo de debate previo, por simple repetición desde diversos ámbitos, y todos ellos relacionados con intereses empresariales y económicos, se ha vuelto abrumador.

De ahí el encabezado, un relato que, sin ningún tipo de debate previo, por simple repetición desde diversos ámbitos, y todos ellos relacionados con intereses empresariales y económicos, se ha vuelto abrumador. Pero además se trata de un discurso totalmente homogéneo, lo vemos repetido exactamente igual en cada proyecto de planta, en cada nota de prensa lanzada por las diversas empresas energéticas o de biogás acerca de una nueva instalación, en cada exposición hecha por las legiones de neo-técnicos ante alcaldes poco o nada informados al respecto.

El conocido lingüista Vladímir Propp podría desarrollar con el biogás una tarea similar a la que hizo con los cuentos en su conocida “Morfología del cuento”, y la podría llamar perfectamente “Morfología del cuento del biogás”. La verdad es que no existe una gran diferencia entre un cuento de hadas y un discurso empresarial sobre el biogás, pasan cosas con la mierda, pero al final de todo aparece inexorablemente un final feliz.

Y ahí está ahora nuestro reto, en hurgar en las muchas fisuras que tiene el discurso oficial y en intentar destapar los intereses reales detrás de algo tan “abrumadoramente verde”. Por ello, nuestra recomendación es no aceptar discursos de quien tiene claros intereses económicos, se tratará siempre de discursos sesgados en la dirección que les conviene. Nuestra recomendación es informarse críticamente.

Fuente: elDiario.es / Castilla – La Mancha