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viernes, 2 de mayo de 2025

El apagón no tiene quien lo explique

 

 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor de la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Aún coleaban las chanzas que levantó la propuesta de la Unión Europea por recomendar a los ciudadanos comunitarios que se vayan dotando de un kit de supervivencia que nos sostenga vivos, al menos durante tres días, en caso de guerra (que es por lo que apuestan estos líderes europeos nuestros, necios y agresivos, y a lo que nos negamos a poner fecha), cuando se abatía sobre españoles y portugueses un apagón eléctrico espectacular, sin precedentes, sin fácil explicación y como una inquietante advertencia sobre las traiciones del progreso aun en tierras desarrolladas y francamente privilegiadas.


Subestación eléctrica.

Lo que nos obligó a dejar de lado la broma y a pensar seriamente, no sólo en ir haciéndonos con ese kit salvífico tan cariñosamente recomendado, sino de completarlo con algunas novedades del desarrollo tecnológico más avanzado, es decir, una vela, unas cerillas y una radio a transistores, lo que nos retraería, a los españoles, a los entrañables años de 1950, cuando la luz se iba cada dos por tres y había que disponer de quinqués de petróleo, candiles de aceite y velas eucarísticas para poder hacer frente a la recurrente adversidad.

Transcurridas las doce horas del desorden, con sus pérdidas globales (incluyendo algunas humanas), nada fáciles de evaluar, se ha abatido sobre el país, la clase política y los medios de comunicación la inevitable -urgente, justa, procedente- indagación sobre las causas del desastre y los responsables del mismo, desplegándose un colorido espectáculo de ideas y puyas, ocurrencias y navajazos.

A ver si ordeno el material y no me equivoco: las eléctricas dicen que si la demanda cayó que ellas no han sido, con los del PP de incondicionales lacayos; Vox, que el culpable es el Gobierno y sus maniobras de ocultación de crímenes oprobiosos; politiquillos de izquierda, pasándose de listos, que hay que nacionalizar la electricidad, como si la propiedad fuera determinante y la experiencia no hubieran demostrado hasta la saciedad que en estas cuestiones de redes y sistemas complejos la tecnocracia domina de forma absoluta e indiscutida (y que los tecnócratas, ya se sabe, carecen de color ideológico, resultando, sin más, peleles sometidos a la tiranía tecno-económica); politiquillos de derechas, reivindicando las nucleares (sin reconocer que nunca conseguirían imponerlas a sus ciudadanos: disparos, pues, de pólvora -oportunista- del rey); y los expertos, ¡ah, los expertos!, pues según de qué pie cojeen, lo natural. Veamos unos cuantos ejemplos y actitudes.


Central nuclear de Cofrentes.

Beatriz Corredor, presidenta de Red Eléctrica, aleja con verbo sobrado la posibilidad de que sea responsable el organismo de control de la red, que tan dignamente preside, y trata de alejar cualquier sospecha sobre las empresas (ya que el rebote contra ella sería inmediato). Y a la sugerencia de si va a dimitir, ha contestado que “en esta casa se ha trabajado bien, así que no voy a dimitir”. Pues claro. Veo oportuno recordar que Corredor fue ministra de Vivienda con Zapatero, cuyos éxitos incontestables (vista la situación de la vivienda en España) habrán debido constituir méritos suficientes para colocarla de jefa de Red Eléctrica, con más de medio millón de euros de salario al año (¡Cómo va a dimitir esta registradora de la Propiedad, ignara en voltios, vatios y hercios!).


Beatriz Corredor

Ignacio Sánchez Galán, amo de Iberdrola, ha dicho que las empresas eléctricas hacen lo que les manda Red Eléctrica (¡toma ya, presidenta Corredor!) y no responde cuando le señalan que la caída de la demanda se produjo “en el suroeste” del país, léase Extremadura, donde las plantas fotovoltaicas se han disparado últimamente y donde uno de los dos reactores de Almaraz estaba parado (todo ello en una geografía dominada por Iberdrola).


El presidente de Iberdrola, Ignacio Sánchez Galán.

Pedro Sánchez dice que no descarta ninguna hipótesis, supongo que con la esperanza de poder endosarle a Putin el mochuelo, y junto con su OTAN perspicaz se relame de gusto de solo pensarlo, esparciendo unas dudas maliciosas que han favorecido la credulidad del pueblo rusófobo, como yo comprobé en el bar del que soy parroquiano al iniciarse el apagón.

Antonio Turiel, científico experto en energía y crítico de moda (que me parece que ha optado por un rumbo de agotamiento y que le propongo evite), apunta con criterio y carga contra la improvisación y la falta de rigor con que se ha llevado a cabo la “explosión” de las renovables, dejando de lado las precauciones tecnológicas necesarias: “falta de estabilizadores”, dice, que impedirían oscilaciones excesivas de la frecuencia estándar; ya que inundar el sistema de energía renovable, que es caracterizada y eminentemente variable, es un riesgo permanente para tensión y frecuencia, como se estudia en primero de Electricidad; y no se priva de añadir, cuando le han tirado de la lengua, que “el apagón es producto de la codicia de las empresas eléctricas” (¡qué nos va a contar Turiel a los antinucleares de los 70 y los 80, los del “periodo clásico”).


Central fotovoltaica.

Total, que entre los interesados cuya misión es entorpecer la investigación, los políticos que toman el evento como preciosa ocasión de desenfundar el puñal, los expertos que creen que las soluciones de esta vida son científico-técnicas y los ecologistas vendidos a sus fuentes de financiación, hay que buscar con lupa el rastro del crimen, con el riesgo de seguir, por el barullo noticiero y las neblinas de la mente, pistas falsas y culpables aparentes.

No obstante, en esta como en tantas coyunturas la metodología del análisis ha de ser siempre la misma: acudir a las cuestiones de principio, a los fundamentos profundos, pero básicos, del cataclismo, y a no temer quedar fuera del estúpido cortejo de quienes proponen enmendar los yerros con los mismos hilos con que se han generado: ¿que el problema es de naturaleza tecnológica? ¡pues más tecnología, hombre, que es que no había suficiente!

Es esta, en consecuencia, una oportunidad perdida para ese núcleo de esperanza, resistente entre tanta tontería: el ecologismo avispado y oportuno, al que respalda una realidad inconsistente y una racionalidad mentirosa, y de cuya tradición y núcleo transformador surge el clamor contra la creciente complejidad de los sistemas sociotécnicos y la obsesiva centralización de la actividad y la vida social; lo que es singularmente cierto en el sector eléctrico. En efecto, la dimensión y rigidez de las grandes centrales, sobre todo las nucleares, la discrecionalidad abusiva del sector privado y la opción oficial por la agresividad ecológica (¿por qué llaman transición ecológica a lo que no es más que simple estímulo antiecológico con derroche, falacia y desmadre?). Pues nada de esto he podido apreciar, y aunque solo he dispuesto de la opinión oficial de la organización Ecologistas en Acción, siento que el ecologismo político necesario, el desacomplejado y acusador, no ha comparecido como debiera, y ha hecho mutis por el foro.

Abundaré, pues, en el caso de Ecologistas en Acción, que debieran recordar que solo el ecologismo posee la clave del papel social y ecológico de la energía, muy especialmente la eléctrica, y cuya opinión debiera haber sido la más certera, a la vez que dura y concreta; pero se han descolgado con una nota que muy bien podría haberla emitido el Ministerio de Transición Ecológica (al que están enfeudados, como si fueran un órgano lateral adscrito y dependiente). Y se callan que llevan años apoyando sin fisuras (y hasta con fiereza y espíritu inquisitorial) la inundación del país por energías renovables, declarando como dogma primerísimo que son la esencia, o piedra filosofal, de la lucha climática. A destacar, en esa nota, una mini alusión a las “microrredes…”, sintetizándolas como “acercar la producción a los puntos de consumo” lo que, siendo correcto e iluminador, no ha hecho mover ni un dedo a esta organización en su favor, dando cobertura sin embargo, dentro de su mismo seno, a forofos y codiciosos negociantes de las renovables y sus estudios de impacto.

Insisto en eso de las “microrredes”, elemento tan marginal en la nota de estos ecologistas que más bien debieron ahorrárselo: creo que remiten a lo que este cronista llama “comarcalización energética, y que explicó en 1980 con ocasión de un interesante ciclo celebrado en Zaragoza (Instituto Mediterráneo, Aula Dei) sobre “Electrificación rural y energías alternativas”. Era una ocasión tan oportuna como discreta, cuando estaba claro que la oleada de grandes centrales nucleares era un disparate desde todos los puntos de vista, incluyendo el funcional de la red, y que la racionalidad definitiva, es decir, la estabilidad y la seguridad, debían venir de la descentralización geográfico-energética, con interconexiones, desde luego, pero con la garantía sistémica de que los previsibles problemas técnicos o energéticos quedarían confinados a un área limitada y manejable, sin extenderse a toda la red. Posteriormente, en esta misma línea de racionalidad (que no debe ocultar nunca la oportunidad y sensatez que conlleva el eslogan radicalmente ecologista de que “lo pequeño es hermoso”) otros han llamado a este enfoque de organización de la red eléctrica “distribución eléctrica”, con más o menos el mismo sentido: dotar al territorio de redes locales -comarcales, regionales- que supongan la máxima cercanía y aprovechamiento de las energías naturales (no necesariamente renovables) a la demanda.

Otro elemento de juicio, que resulta tabú entre tanto moderno alienado, es que la informatización de todo añade riesgos adicionales nunca sufridos, que al combinarse con la obsesión de la centralización induce fragilidad y vulnerabilidad irremediables: de ahí que apagones como este resulten inevitables. Solo los ignorantes e incapaces de tener en cuenta las limitaciones (y perversiones) de la tecnología, puesta casi siempre al servicio de los negocios y no de la sociedad, pueden esperar mejoras netas de su aplicación irrestricta en el proceso productivo (cuando suele consistir en aplicaciones ambiguas, inseguras o peligrosas).

Porque, si rechazamos el oportunismo pernicioso de llamar renovables a las energías que siempre fueron consideradas -sobre todo por los ecologistas- como energías alternativas, tendremos que ceñirnos al profundo significado y la exigencia socioecológica de estas energías, que es estimular y adaptarse a una sociedad alternativa, que muestre signos y perspectivas de viabilidad y supervivencia, no como la que rige. Porque no es otra la función social y ética del ecologismo: proponer vías de convivencialidad y de imbricación con la naturaleza, apelando con insistencia y dureza a que los avances tecnológicos han de desenvolverse siempre -para que no traicionen y machaquen- “a la medida del hombre” (y de la mujer, habría que añadir hoy…), dando esperanzas en un mundo en el que sus dirigentes insisten en llevarnos al despeñadero. Por eso, la verdadera racionalidad energética (no la de los farsantes del MITECO y de sus beneficiarios) es seña originaria, prístina e irrenunciable del ecologismo como movimiento sociopolítico de innegociable carácter ético.


Central Eólica.

Y como telón de fondo, aunque resulte inaccesible a tanto zoquete surgido de la política, los negocios, la industria o la ciencia y la tecnología, recuérdese una y otra vez que no podemos seguir creciendo y creciendo, y mucho menos en consumo energético, llenándolo todo de voltios, vatios y amperios, y haciendo del sistema económico una insaciable máquina devoradora de energía, absurdamente compleja y peligrosamente frágil.


Redes de distribución de alta, media y baja tensión.

Sépase, pues, que apagones como este y otras desgracias generadas por el complejo científico-técnico, se repetirán, si no con más frecuencia, sí con mayor potencia devastadora.

martes, 14 de enero de 2025

En defensa de la caña de río, tras su condena

 

      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor de la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

Así, de pronto, como suele suceder con los grandes descubrimientos de la Historia, se ha extendido que la caña de río (Arundo donax, de latinajo) es mala en general, por lo que hay que erradicarla ya. Que esa dócil, útil y familiar caña que tantas y tan importantes funciones ha desempeñado durante siglos resulta que -porque viene de Asia y alcanzó el mundo mediterráneo en época desconocida, seguramente muy remota- ha sido declarada especie invasora por la Unión Europea, tan celosa, ella, de su integridad físico-ambiental (compatible con su obsesión con un desarrollo económico entusiásticamente antiecológico), por lo que manda que se la agobie, acorrale y, finalmente, elimine de tan exquisito territorio.

Cuando, para mi dolida sorpresa, he sabido que esta sentencia de muerte iba en serio a raíz de la última riada de Valencia y el aireo de sus perjuicios, no he podido evitar la rememoración de esa caña en nuestra vida y pasado, y también me he preocupado en conocer más de ella y de sus muchos usos. Y en primer lugar he contemplado aquellas techumbres de cañizo y yeso, generalizadas en las regiones mediterráneas y perfectamente bioclimáticas (como la original de mi propia casa, luego, ay, renovada en clave anticlimática), las cercas, cobijos, tambanillos y usos múltiples en el campo y los cultivos; leyendo además ese numeroso listado de utilidades, que han desaparecido del recuerdo y la práctica, y que abarcan desde ciertos usos alimenticios humanos y ganaderos hasta la descontaminación de suelos, aplicaciones químicas y energéticas... todo ello puesto entre paréntesis debido al abandono de su presencia activa en la vida social, primordialmente agraria: a destacar que el abandono de tantos aprovechamientos ha desequilibrado su presencia en nuestros cauces, llevándola a ser percibida claramente como excesiva.


El Segura a su paso por Murcia, de ribera plastificada.

A lo que tengo que añadir entrañables recuerdos de los caballos de caña con que los chiquillos de mi calle y barrio reproducíamos las aventuras y batallas de las (pocas) películas que veíamos, siempre de guerra, desde luego; y si eran cañas de buen espesor, también nos valían como fusiles y trabucos eficaces y duraderos; el ramal en un caso y la bandolera en el otro lo resolvíamos con guita de esparto, y tan felices.

No me queda, por otra parte, nada claro que, como se arguye, en caso de inundación más o menos violenta, la caña resulte menos eficaz que otras especies para frenar sus daños y consecuencias, siendo necesario tener en cuenta sus especificidades positivas. El caso es que no he querido refrenar un impulso instintivo a defender a la acosada caña, seguro de que necesita ayuda en lo que veo para ella un muy negro trance, porque me escama lo que entiendo como un (demasiado) repentino odio hacia ella. Y no descarto que se la haya designado como chivo expiatorio para alejar la atención desde los políticos y las técnicas responsables de la política de aguas (que, naturalmente, incluye la protección y adecuación de cauces, dominios fluviales y redes hidrográficas en general). O sea, que creo que me voy a poner a defender a la caña ahora perseguida, aun a costa de tener que afrontar a científicos y técnicos, con sus argumentos de valor, no digo que no, pero que surgen ahora tras siglos de silencio y conformidad; a estos no les tengo miedo, y no dudaré en darles caña. Porque sospecho que, al menos en parte, este novedoso rigor científico encubre al delito político, y este ya sé yo bien señalarlo y condenarlo. Mi amigo Marià Martí, biólogo director durante años del Parc Natural de Collserola del área metropolitana barcelonesa, y colaborador mío en varios trabajos profesionales sobre el territorio catalán, ya me ha advertido de algunos de los problemas de la caña y de sus desventajas frente a otras especies riparias propiamente celtíberas, así que estoy avisado y prevenido (además de agradecido). Así que me adheriré a una “sociobotánica de la adaptación secular de especies”, para entender mejor todo esto.

Desde que en Cieza un día me fue mostrada la tenacidad de la caña cuando la querían eliminar -por corte y asfixia- en la ribera del Segura, con la idea de trazar un paseo “limpio” a su paso por la ciudad, me impresionó ver cómo sobrevivía y su rizoma tenaz humillaba a los plásticos felones que pretendían acogotarla, poniendo en evidencia la estupidez de orlar los ríos con escollera y la demagogia de los “paseos fluviales” (que, como los “marítimos”, suelen ser empeño necio de nuestros alcaldes, que se creen con derecho a maltratar la orilla del mar para darse lustre público atacando la belleza natural de la línea litoral). Aprendí, de buena pedagogía, la simbiosis que ahí se formaba sobre el combate del Segura y su cañaveral; y desde aquel momento, de mi descubrimiento de la potencia y los derechos del agua fluyente, mis vínculos atávicos con la caña se han fortalecido, agradeciéndolo a quienes me dieron aquella primera lección sobre el padre Segura (muy oportuna para un costeño obsesionado por el litoral y poco más).


El Segura por Cieza: la caña se abre paso por la escollera y el plástico.

Por otra parte, desde que vengo oyendo que la caña de río es una especie invasora indeseable, y así lo establece desde 2013 el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, minimizando su asentamiento y adaptación de siglos a nuestra geografía, he evocado el caso de otra especie brillantemente ajena, como es el castaño del norte (Castanea sativa), especialmente presente en el viejo Reino de León y, más todavía en el Bierzo; su origen se ha señalado en tiempos del dominio romano, pero a nadie se le ha ocurrido decretar su erradicación. También me he acordado de la impresión, con rechazo, que me produjo el declarar non grato y abatible sin más al “toro de Osborne”, cuando Josep Borrell, viniéndose arriba como ministro de Obras Públicas y Transportes, aprobó un decreto en 1994 contra la publicidad en las carreteras y no cayó -rígido de mente, insensible ecológico, jacobino en general- en que el caso merecía consideración aparte. Un cierto y acertado clamor permitió in extremis que se indultara a unas docenas de aquel “toro de nuestros horizontes lejanos y legendarios, de silueta mayestática y ruborizante” (escribía yo entonces, en su defensa), y triunfó la excepción justificada sobre el anatema ciego y devorador.

Niego, cuando menos, y me opongo a que eso de “acabar con los cañaverales en los ríos” adquiera urgencia o justificación suficiente alguna, por más que tantos se empeñen en ello. Antes hay otras tareas a acometer, mucho más necesarias, objetivas y, desde luego, evidentes, es decir, marcar las prioridades con criterios de sensatez y no a empujones según modas o consignas. Y empezar por eliminar a los ingenieros de Caminos Canales y Puertos de las Confederaciones Hidrográficas y vetarles el acceso a cargos ministeriales decisivos (muy especialmente, a ministros), dada su neta deformación académica respecto del agua, el territorio, el medio ambiente y la vida (términos y referencias inexistentes o mal estudiados en su curricula), así como su vicioso apego al privilegio gremial que les sigue reservando el acceso a determinados espacios y regalías administrativas. Y de permitir, y prever, el acceso a esas administraciones, tercas y nocivas, de profesionales formados en disciplinas de muy otro tipo que el dictado en esas Escuelas de Ingeniería del ladrillo y el asfalto: o sea, antropólogos, sociólogos, filósofos, algún biólogo... en fin, gente de mente abierta, amplia cultura, sensibles y capaces, no alienados por la técnica y sus falacias. Sin excluir a los ecologistas y los poetas que, aun no procediendo de hormas académicas identificables, poseen una visión y una iluminación plenamente holísticas, lo que los capacita para entender adecuadamente cuanto se refiere al recurso de recursos: el agua.

Frente al arrebato exterminador hacia la Arundo de nuestras vidas y geografías mi rebeldía esgrime también una profunda desconfianza hacia gran número de directivas europeas que, so capa de beneficiar al medio ambiente, en realidad están determinadas y redactadas con un objetivo poco disimulado y claramente menos noble, que es estimular el negocio y la actividad económica: filosofía radical y global que inspira a la Europa comunitaria desde su creación, y que está firmemente asentada en su “política ambiental” (aunque tantos, incluidos muchos ecologistas, ni lo vean ni lo quieran ver). Para la UE este momento histórico de un medio ambiente calamitoso que empeora cada día a manos de sus políticas de desarrollo económico, adquiere categoría primerísima entre las “oportunidades de negocio”, y de ahí su entusiasta dedicación a aprobar normas que creen y promuevan negocios relacionados con la alarma climática, el envenenamiento de las aguas, la desaparición de especies, etcétera. Porque tenemos que enterarnos de una vez por todas de que el objetivo de la política ambiental comunitaria es la expansión de un sector prometedor entre los prometedores, no la protección de la naturaleza, que es considerada, de hecho y también de derecho, como excepcional objeto de explotación y de rentabilidad económica.

Por lo que el destinar como objetivo de restauración biológica/botánica las márgenes fluviales y la red hidrológica en toda la vertiente mediterránea y otras áreas de ecología semejante, antes o después tenía que figurar entre los (hipócritas, maleados) objetivos de política ambiental, y no deberá extrañar que a numerosas empresas de servicios se les haga la boca agua al contemplar ese panorama, en realidad ilimitado, de proyectos y encargos sobre un proceso destructivo especialmente atractivo, dado su alto coste. Y ya presenciamos la avidez de empresas de servicios y sus equivalentes, con el habitual “apoyo científico” que tantas veces se porta en mercenario, así como la visiblemente creciente presencia de organizaciones ecologistas orientadas (y desviadas) a los negocios.


Experimentos de asfixia de la caña en el Segura moratallense.

Así, no ha hecho falta que se produjera el drama hidrológico de Valencia, inscrito en la historia trágica de nuestras cuencas mediterráneas cuando, en nuestros pagos, los avispados de Anse ya estaban manos a la obra con la “renaturalización” de un tramo del Segura calasparreño y de otro en la propia capital murciana, financiados, respectivamente, por el Ministerio para la Transición Ecológica y por Coca-Cola (en este caso, sin el menor pudor, a lo antiecológico y antiético: vamos ya). Y Ecologistas en Acción, en su decidido camino de imitación de Anse y sus éxitos eco-económicos (pero sin la técnica crematística ya practicada por sus admirados compas, que llevan años en el negocio), lanzaba un ambicioso proyecto de lo mismo para un tramo de 750 metros del Segura a su paso por Murcia: se supone que pretendiendo, aunque secreta y sobre todo ingenuamente, que les tocara a ellos.


Escaso cañaveral en la vegetación de ribera del Segura calasparreño.

Para este ecologismo, degenerado y escandaloso, rige cada vez menos subrepticiamente el principio de “dar caña y poner el cazo”, auténtica y muy genuina especie reivindicativa de los últimos tiempos, y neto producto de su institucionalización oportunista: se ataca a las administraciones hostiles y se salva a las afectas, a las que se les pide, y se obtiene, recompensa económica, sea como contrato, sea como subvención. Y esto, el ecologismo moral, único aceptable, debe marcarlo como impostura.

Vean, amigos míos, tras este inicial examen de la cuestión de la entrañable caña, que creíamos parte cuasi eterna, afectuosa y servicial de nuestras vidas, cómo ha ido cayendo en desgracia y ha sido condenada, por alóctona, a ser sustituirla por especies autóctonas; y cuánto el asunto da y debe dar de sí. Porque si hay que erradicar a nuestra caña, tenemos ante nosotros miles de kilómetros de cañaverales a abatir, es decir, millones de euros a repartir. Nada más natural que tantos intereses, legítimos o no, decidan lanzarse sobre ellos.

domingo, 29 de diciembre de 2024

Que se mueran las montañas pobres, que se mueran

 

      Ecologísta social.


Este artículo de Julio Fernández se publica después del firmado por miembros cualificados de Ecologistas en Acción en El Salto bajo el título de Energías renovables sí, pero no así. Entonces, ¿cómo? Recomendamos leerlo previamenteY es que, como dice Julio Fernández al final de este artículo, "necesitamos organizaciones ecologistas nuevas y disidentes, resistentes al capital y en lucha activa contra el venenoso arbitrio que ese mismo capital impone. Organizaciones con las ideas claras, capaces de dar sentido a un ecologismo limpio (...), un ecologismo capaz de ilusionar de una forma colectiva a una sociedad que (...) pronto ha de enfrentarse a un problema de dimensiones colosales".


Que se mueran las montanas pobres, que se mueran.


     Ecologistas en Acción acaba de manifestarse en contra de la expansión de macrorrenovables en el Maestrazgo y la razón que esgrime es que afecta a la Red Natura 2000.


El Matarraña turolense alberga algunos de los paisajes más privilegiados de Aragón - Carlos Colás Curiel.

En cierta ocasión conocí a un médico que decía que no era necesario defender a los pobres porque solo los ricos ponían denuncias. Pobres territorios fuera de esa línea imaginaria trazada de forma arbitraria y que se llama Red Natura 2000, en vuestros suelos puede pasar de todo, porque en ellos no hay nada que valga la pena: no crecen los árboles, las abejas no polinizan, las luciérnagas son cosa del pasado y las aves no se atreven a entrar por miedo a que un guardia de frontera les pida el pasaporte.

Claro que lo que dice Ecologistas en Acción es que se cumpla lo que se escribe en forma de norma, o dicho de otra manera: que si el MITECO fija unos criterios, que no venga el Gobierno (aquí nos entran dudas sobre si el MITECO es parte del Gobierno) a incumplirlos soberanamente.


El territorio aragonés amenazado.

Ha tardado esta organización ecologista en reaccionar, es posible que empujada por un clamor popular que lleva meses zumbando en los oídos de los activistas más finos, y aunque también aquí es válido el dicho de “nunca es tarde si la dicha es buena”, lo cierto es que Ecologistas Zamora, organización a la que pertenezco, y que sigue estando registrada como Asociación Ecologistas en Acción de Zamora, se apartó del organigrama de Ecologistas en Acción (Confederal) después de las propuestas de expulsión recibidas por, precisamente, defender una moratoria en la expansión de los proyectos de macrorrenovables en Castilla y León, al observar la falta de una planificación zonal adecuada por parte tanto del Gobierno como de la Comunidad Autónoma de CyL, en materia de energías renovables.

Pero volvamos al bulo que dio origen al debate, ese que dice que una cosa es mala solo si afecta a otra buena. Es un bulo, me han chivado, lanzado por la extrema derecha, y que traducido a titulares comprensibles viene a decir que el capitalismo verde es inocuo –como el crecimiento sin freno o la extracción ilimitada de recursos–, lo que es puro veneno es hacérselo tragar a una montaña buena, a un paisaje bueno, a un viñedo bueno, etc. Pero, en serio, las macrorrenovables no son malas, no hay datos que prueben que ya van más de medio millón de murciélagos muertos en pocos años, o que para poner una fotovoltaica en medio del campo es necesario cerrar corredores biológicos, o que hay especies desaparecidas por culpa de estos proyectos, o que muchos paisajes han quedado degradados, etc. No, rotundamente no, lo que son malas son algunas montañas y algunas praderas o tierras de cultivo, como las cordilleras de Galicia, que a simple vista ya se ven plagadas de todo tipo de inyecciones curativas. Y todo por no estar dentro de una lista de lugares benditos.

Malditos extremistas de izquierda, siempre inventando historias, que si para poner un triste molino de viento de 200 metros de altura hace falta hacer una carretera, que si las ovejas no pueden pastar en los cercados de las fotovoltaicas porque no hay nadie que les abra la puerta, que si no hay más población en lo rural desde que comenzara la invasión de los megawatios, que si lo del Hidrógeno verde es la mayor estafa de lo que vamos de siglo, que si las plantas de biogás contaminan, que si quemar biomasa no es verde... Ah, y lo último: que desde que empezaron a instalarse este tipo de industrias en el mundo hay muchísima más electricidad circulando de sobra –todavía no sabemos para qué–, pero paradójicamente no han parado de crecer las emisiones de carbono, y que por eso, todo este negocio de lo renovable a gran escala no es más que un añadido, otro más en el suma y sigue del caos climático –también llamado suicidio del capital–.




Malditos extremistas de izquierda, ecologistas radicales que no siguen las instrucciones del ecologismo institucional y subvencionado. Mira que se ponen pesados con eso de que no hay más solución que el decrecimiento en el consumo de materias primas y el crecimiento en la producción de cercanía. Porque todo es cuestión de distancias, repiten como loros, y no es lo mismo generar electricidad de forma comunitaria que poner perdido el monte con millones de kilómetros de líneas de alta tensión que para que mantengan la tensión estable necesitan de fuentes de energía estables –como es lógico– y que funcionen día y noche, haga viento o no lo haga y pongas la lavadora de madrugada o la pongas a pleno sol.

Malditos ecologistas radicales que no aceptan los bulos que se extienden por los periódicos nacionales e internacionales sin aportar pruebas científicas de en qué manera la revolución del capitalismo verde está logrando frenar la extinción de las especies. Malditos, no os creéis nada, joder, nada de lo que es de perogrullo: que hay cosas buenas y hay cosas malas, y que si te toca vivir en un lugar malo, pues te fastidias y punto.

Y para colmo, negáis las bondades de la eólica marina. ¿Pero qué daño os hacen esos alfileres en medio del océano? ¿Por qué pedís pruebas científicas de que no provocan ningún efecto nocivo en los ecosistemas marinos ni a la vista de quienes aman los horizontes? ¿Qué queréis, que os presentemos un informe de impacto medioambiental con millones de corta y pegas? Tenemos ecologistas profesionales dispuestos a eso y más.

Ay, ecologistas puros, ecologistas extremistas y radicales que seguís defendiendo la naturaleza. ¡Pero si eso ya no se lleva! Lo que se lleva es defender la energía. Sí, la energía. ¿Para qué? Eso es lo que menos importa. Lo que importa es que hay subvenciones para generarla, y más tarde ya se verá qué se hace con ella.

¿Que no os creéis lo del coche eléctrico? ¡Lo que nos faltaba por oír! ¿Pero no habéis visto cómo vuelan los burros con el hidrógeno? Parece mentira. Abrid los ojos, descreídos, ruralistas, pretecnológicos y atrasados ecologistas defensores de la biodiversidad como lo único de verdad que no podemos perder en este planeta. Sí, parece mentira. Ah, y dejad ya de poner alegaciones y recursos de alzada.

Fuente: Ecología Extramuros