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jueves, 16 de octubre de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes (19 de 20)

 

 Por Pedro Costa Morata
      Ingeniero, Periodista y Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Bueno, pues todavía hay quien habla de progreso


Todo el mundo puede comprobar cómo cada día que pasa se espesan amenazas sobre el futuro, desde una realidad que ni deja tiempo para el relax, como no sea éste engañoso o contradictorio, ni espacio para la reflexión calma y constructiva, negando crudamente el optimismo de los que creen en eso de que nos esperan, necesariamente, tiempos mejores...Y medios de comunicación, pensadores y hasta políticos no dudan en dejar caer, pese a ellos, perlas de desánimo o juicios de clara decepción sobre la marcha de las cosas. Bueno, pues aun así sigue habiendo en el ámbito de los periodistas, pensadores y hasta políticos -aun siendo perceptibles tantos empeoramientos y de tan variados tipos- una absurda, lerda, papanatas, infundada esperanza de que el futuro es siempre heraldo, y hasta partero, de buenas y hasta mejores noticias y acontecimientos. Y pese a la ausencia de datos que aludan a progreso general y sensible no resulta fácil demoler “socialmente” lo que se ha convertido en una “ideología obligada” que tras siglos de florecimiento se ha acomodado a una aceptación que desafía la terca realidad y convive con una sensatez secuestrada.

Quiero sustituir la queja tan manida y el repaso inacabable de penas y desastres de la humanidad con una relación comentada de lecturas que, sobre el progreso, recomiendo este otoño, que es cuando las hojas caen muertas desde arriba para dar vida más abajo, invitando al pensar tranquilo que ha de ser, siempre, inquisitivo y documentado. Y empiezo por subrayar que, por lo que a la idea y la aceptación del progreso se refiere, una vez más es la civilización occidental la que hace traición -por desviacionismo arrogante- a la cultura antigua, cuya creencia en el futuro y en el progreso era cuasi inexistente ya que basaba el devenir del mundo y las cosas en procesos y acontecimientos esencialmente circulares y repetitivos; y rompió la cordura y el realismo empeñándose -y consiguiéndolo- en que la visión del futuro estuviera progresivamente teñida de logros, mejoras e incluso de un bienestar general producto todo ello de los dogmas escatológicos. El cristianismo, primero, con sus ideales religiosos y místicos de una vida de perfección y la final venida triunfante del Paráclito, y, siguiéndole los talones, el capitalismo codicioso y dominador, que planteaba en su ética y praxis un camino de enriquecimiento y ventura al que ni se le interponía límite o enmienda ni convenía dárselos, llevaron a la humanidad a expectativas tan dulzonas como ilusas, carentes siempre de sustancia.

Y así tenemos al primer -como quien dice- formulador de la idea de progreso, el marqués de Condorcet, genuino producto de la Ilustración y su optimismo exagerado (amarrado a la Razón) que explicaba en su Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano, llamémosle Esquisse, 1795) las diez épocas en las que ese espíritu humano había ido avanzando hasta el momento de la Revolución y las Luces que la iluminaron, con su guillotina y sus venganzas entre clases e iluminados, de las que él mismo fue víctima, perseguido y seguramente asesinado (aunque pudo haberse suicidado, antes que ejecutado, dejando pendiente ese trabajo tan lleno de optimismo...). La última de esas fases se llama así, precisamente, “De los futuros progresos del espíritu humano”, que los analistas han resumido, para entendernos, con estas tres notas aplicadas a ese espíritu progresivo y al futuro necesario: ilimitado, acumulativo e irreversible.


Jean Caritat, marqués de Condorcet - (filosofico.net).

Al optimismo ilustrado, tan paradigmáticamente enunciado por Condorcet sucedieron teorías y experimentos que insistían en lograr el progreso para todos, especialmente para los más necesitados, las clases trabajadoras, y en ello compitieron a lo largo del siglo XIX destacadamente socialistas y anarquistas movidos por un idealismo (utopismo es el término, en historia de las ideas) que muchos han podido asemejar a un providencialismo. En mis notas y biblioteca tengo dos primeras revisiones, bien escritas y reflexionadas, de esta famosa y empachosa idea, siendo la primera Les illusions du progrès (1908), de George Sorel, socialista francés muy comprometido con los acontecimientos de su tiempo y, en consecuencia, alarmado por la reinstalación en Francia, tras las numerosas fases revolucionarias del siglo, de los poderes reaccionarios, de lo que había dado buena cuenta el famoso proceso del oficial Dreyfus. La segunda es La idea del progreso (1920), del inglés John B. Bury, historiador y filólogo que, sin duda influido por las atrocidades de la Primera Guerra Mundial y (prudente) analista de la esencia, espectacularmente declinante, de la idea de progreso, resume ésta advirtiendo que el progreso es algo en lo que se puede, o no, creer por la imposibilidad de comprobación alguna, añadiendo como ejemplos a la Providencia, la inmortalidad del alma... Me ayudó en mi transición -lenta, cauta- al anti progresismo más o menos militante, el ensayo Adiós al progreso. Una meditación sobre la Historia (1985), del murciano Antonio Campillo, profesor de Filosofía, que he considerado un adelantado, desde la Academia, del enfoque sobre un progreso desprovisto de base filosófica y entrado en crisis por la oleada postmoderna, que también vapuleó ese concepto.


Bury, Condorcet, Sorel.

Campillo, Gray, Noble, Viñuela.


Un siglo después de aquellos primeros cuestionadores de la idea de progreso, atentos y alarmados por la evolución político-internacional de aquellas décadas, hemos de reconocer que, habiéndose superado una Segunda Guerra Mundial y el periodo bronco de Guerra Fría, el estado actual de las relaciones internacionales no puede considerarse en absoluto ni tranquilizador ni esperanzador; o sea, que no puede decirse que haya progreso alguno ni en la paz internacional ni en el equilibrio de poderes ni en el destino de una humanidad en su mayoría golpeada por mil males y amenazas. Solo hay que apuntar a la guerra de Gaza y al reciente acuerdo de paz que, en manos del sionismo genocida y del Gran Mamarracho de Washington, solo puede anunciar, “racionalmente”, la absorción de esa Franja por Israel y la expulsión de dos millones de personas, supervivientes de una matanza sin precedentes en la ya triste historia de Oriente Próximo (Que quien ha suministrado munición y amas sofisticadas para asesinar a 65.000 palestinos quiera ser galardonado con el Nobel de la Paz dice suficiente de la ausencia rotunda de progreso ético y jurídico en este mundo de hoy.) El mundo se enfrenta, actualmente, a la locura de un rearme generalizado que no llevará a nada bueno, y a un Yahvé pusilánime, que no acaba de maldecir, con escarmiento, al muy escandaloso y perturbador Estado de Israel, que dice encarnar (aunque pocos se lo crean) a su pueblo elegido, tantas veces pecador, idólatra y renegado, y ahora implacable genocida.

En la perspectiva mundial, a la ausencia de cualquier progreso -estable, sincero, garantizado- de paz en las relaciones internacionales hay que añadir la imposibilidad de constatar el menor progreso en la salud físico-ambiental del planeta, siendo evidente todo lo contrario. Entre los autores que pese a todo defienden el progreso, no ya solo como idea sino como hecho constatable, figuran lógicamente los propagandistas liberales de esa irrealidad abrumadora, y tengo que aludir a dos de ellos, siendo el primero el famoso y celebrado Steven Pinker, psicólogo cognitivo canadiense que parece empeñado en que el mundo recupere la fe en todos los paradigmas y fenómenos fracasados y erigidos en dominadores de los seres humanos: En defensa de la Ilustración. Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso (2018), escrito en clave dogmáticamente liberal, se muestra incapaz de ver que la realidad humana y universal no la describen, objetivamente, las estadísticas ni los informes de Naciones Unidas, pese a la apariencia. Este Pinker parece vivir encapsulado en esa burbuja de cristal que la fama y un carácter exclusivista suelen dar, y he de decir que no puedo describir hasta qué punto la lectura de este libro me resultó irritante y sulfurosa.


Acemoglu & Johnson, Norberg, Pinker.

Compadre de Pinker en ideas liberales -sumarias, fantasmagóricas- y en la “oportunidad” de sus producciones reivindicativas del progreso, es el sueco Johan Norberg, ensayista económico que, en Progreso. 10 razones para mirar al futuro con optimismo (2016), para dar más fuerza a sus argumentos dice haberse transformado de crítico en defensor del progreso, que es una evolución que no puede dar ni la edad, con su experiencia añadida, ni la reflexión si es que se ha aprendido a practicarla, ni la observación social, si es que ha habido inmersión en sus problemas y necesidades. De ambos, de su lectura, destacaré que, como liberales acérrimos, ignoran deportivamente a la naturaleza en su integridad y trascendencia.

Quisiera compartir en este apartado el “descubrimiento” que hice poco ha con The return of nature. Socialism and Ecology (2020), del economista norteamericano John Bellamy Foster, con los lectores que sigan interesados en reconocer la capacidad y la sagacidad de la mirada de Marx y su espíritu escrutador para abarcar tantas áreas de inquietud y conocimiento. Es un texto (que espero que ya esté traducido al castellano) que considero extraordinariamente oportuno, lúcido y pedagógico, ya que atiende al “problema ecológico” desarrollando la labor de Marx en este campo, que a su muerte prolongaron Engels y su hija Eleonor (con su círculo más cercano, uniéndose a ellos la brillante personalidad de William Morris) en las últimas décadas de la Inglaterra del siglo XIX. La naturaleza es considerada, ahí en sus más esenciales significados: económico, por supuesto, pero también ambiental, ético y político.


Bellamy Foster.

(Por mi parte, que del manejo crítico de la tecnología tuve que pasar al análisis desolado de la destrucción del mundo físico -y moral, ya lo creo- por el proceso económico y la codicia productivista, colegí sin gran dificultad que la continua degradación del medio ambiente niega, necesaria y precisamente, cualquier idea de progreso social o de un futuro mejor; a lo que llamé ecopesimismo. Esto me llevó, primero, a documentar las ideas críticas sobre el progreso a partir del racionalismo europeo en un trabajo en mis años de doctorado, “El ecopesimismo. Apunte histórico-ideológico y bibliográfico”, en 1996, y más adelante a teorizar sobre ese ecopesimismo, en un nuevo trabajo académico que titulé “Ecopesimismo: una teoría sociológica de la postmodernidad”, escrito para el IX Congreso Español de Sociología de Barcelona, en 2007, y al que deberé un día dar forma extensa, bien nutrido de mi empiria acumulada).

Mención ineludible merece la relación de la tecnología con el progreso, que hay que reconocer que, en buena medida subyace en una parte importante del cuerpo crítico que ha ido configurándose. Es oportuno recordar las primeras luchas anti maquinismo surgidas en la arrogante Inglaterra victoriana. Precisamente, en Una visión diferente del progreso. En defensa del luddismo (1993), David F. Noble, historiador norteamericano de la ciencia, la tecnología y la educación, describe las luchas obreras contra la automatización de los procesos industriales, empezando por los textiles, de las primeras décadas del siglo XIX en la Inglaterra autoritaria y mesiánica de la Revolución Industrial. Es cuando “aparece” el misterioso “Capitán Ludd”, figura seguramente inexistente en su materialidad, pero definitoria de una oleada de destrucciones activas de esas máquinas que expulsaban de su lugar de trabajo a miles de obreros; unas luchas ferozmente reprimidas por la policía e incluso el ejército. Noble alude a ese progreso tecnológico como una “tecnofilia con raíces religiosas”. El politólogo inglés John Gray, de rotundo pesimismo científico y mordaz crítico del liberalismo, así como de una humanidad depredadora del medio ambiente, deja todo esto bien claro en Contra el progreso y otras ilusiones (2004), un verdadero tratado feroz y desinhibido. Añadiré en este apartado un tercer trabajo, de mi buen amigo Juan Pedro Viñuela, profesor extremeño de filosofía e intelectual denso y valiente quien, en Una mirada ética sobre el progreso y la tecnociencia (2008), se lamenta de la perversión de la razón ilustrada, en la que cree y a la que apela (teniendo pendiente, él y yo, “darle una vuelta” al prestigio de lo ilustrado, por sus negativos efectos, entre otros, en el medio ambiente).

No hay más remedio que apuntar, observando el mundo actual, nuestras vidas diarias y las novedades tecnológicas que las invaden, al panorama de desasosiego creciente, no solo por lo abrumador, sino por lo impetuoso y por el alto grado de aceptación social que, aunque sea fatalista e inerme, baliza un camino lleno de tristezas y humillaciones. La “sociedad digital” con la que se nos amenaza cada día no es más que un resumen de negocio, opresión y mito, y no nos sirven de gran cosa advertencias como la de 1984, superadas y aumentadas por la malicia sin pausa del Gran Hermano. Así, de la digitalización de toda la actividad social, elevada a la categoría de valor y ventaja absoluta e indiscutible (pero que se impone como obligación) se convierte en realidad en una lenta pero inexorable erosión de la dignidad humana. Un proceso tecnológico en el que cada día surgen más novedades, buenas para los negocios, pero pésimas para el ciudadano corriente, y que yo atribuyo a “avances” científico-técnicos del siglo XIX, como el álgebra de Boole y a los primeros “ordenadores”, como el de Babbage, que empujaron a la máxima simplificación en computación y, sobre todo, en los procesos industriales que luego han invadido toda la vida social con la llamada informática. Una tecnología invasiva e invasora, sin oposición alguna (sino todo lo contrario), desde la progresiva sustitución de la electrónica analógica (la auténtica, la humana, en la que me formé y trabajé) por la digital (sumaria, engañosa, deformante), que es la que festejan y alardean tantos alienados de la física y la metafísica.

Para estar al día no hace mucho me leí Poder y progreso. Nuestra lucha milenaria por la tecnología y la prosperidad (2023), de los prestigiosos economistas norteamericanos Daron Acemoglu y Simon Johnson, del MIT bostoniano que, como su título indica, no han entendido nada: ni de la dinámica histórica de la tecnología ni del espejismo de la prosperidad ni -mucho menos, añado- de la profunda contradicción, perceptible solamente por mentes a sí mismas leales, entre poder y progreso. Otra “respuesta” clásica de los heraldos del sistema echando mano de la doxa liberal, pero que no dejaré de recomendar su lectura, a fin de que pueda verse cómo brillantes y afamados economistas pueden ser profundos incultos sociales.


martes, 5 de agosto de 2025

Sexo y cristianismo, una relación incómoda

 

 Por Ruth Karras   
      Historiadora estadounidense especializada en historia de la sexualidad y de género en la Edad Media. Titular de la cátedra Lecky Professor of History en el Trinity College de Dublín.



El artículo que sigue es una reseña de Lower Than the Angels: A History of Sex and Christianity, de Diarmaid MacCulloch (Viking, 2024)


     Quienes piensan que las iglesias cristianas son responsables de todas las formas en que la sociedad occidental tiene una actitud represiva, malsana, degradante y misógina hacia el sexo no encontrarán justificación en el último libro de Diarmaid MacCulloch, Lower Than the Angels.




El texto tampoco ofrecerá apoyo a aquellos que buscan una edad de oro histórica, ya sea porque creen que el cristianismo puede proporcionar un punto fijo para volver a la tradición frente a una sociedad hedonista, egoísta y objetivamente desordenada, o porque creen que en su día proporcionó una atmósfera liberadora para diversas formas de amor humano.




Más bien, este libro es para quienes desean que su visión de una institución complicada se complique aún más.

Curso intensivo

Lower Than the Angels tiene quinientas páginas (sin contar las notas); el relato de las iglesias y el sexo se inscribe en un curso intensivo sobre la historia del cristianismo y las culturas en las que surgió y se desarrolló. Los no académicos pueden saltarse las notas a pie de página y disfrutar de la escritura de MacCulloch, aunque es posible que en cada capítulo se pregunten cuándo va a llegar al sexo.

Sin embargo, el material de referencia demuestra que el autor ha hecho los deberes. Como muchos otros medievalistas, mi primera reacción ante una historia tan amplia es sentir vergüenza, porque la Edad Media se convierte a menudo en una caricatura, un «antes» que contrasta con la emoción y el cambio del «después». Sin embargo, el autor está bien informado sobre la Edad Media, aunque posiblemente subestime la existencia de identidades autodefinidas en aquella época.

El profesor Sir Diarmaid MacCulloch es un distinguido historiador del cristianismo que comenzó trabajando sobre la Iglesia inglesa en el siglo XVI y amplió sus estudios hasta abarcar toda la historia de las iglesias cristianas. El libro está sin duda marcado por dos aspectos de la propia vida de MacCulloch. Como él mismo dice, «todos somos observadores participantes en cuestiones de género y sexualidad».

En primer lugar, creció como hijo de un clérigo de la Iglesia de Inglaterra en una parroquia rural y fue muy activo en la iglesia, llegando a ser ordenado diácono. Ese aspecto de su identidad chocó de frente con el otro.

Como hombre gay que alcanzó la mayoría de edad y salió del closet a finales de los años sesenta y principios de los setenta, descubrió que los esfuerzos por hacer que la Iglesia de Inglaterra fuera más acogedora no habían llegado a ninguna parte y dimitió tras una votación homófoba (palabra mía, no suya) del sínodo en 1988. Esta experiencia contribuye sin duda a la simpatía que muestra en el libro hacia las mujeres y las personas LGBQ (por desgracia, algo menos hacia las personas T).

Uno de los puntos más llamativos del libro en general —además de la gran conclusión de que «es complicado»— es la profunda huella que el agustinismo ha dejado en las ideas de la cristiandad occidental sobre el sexo. La idea de que el sexo por placer es algo malo, mientras que el sexo puede justificarse por la necesidad de traer hijos al mundo, es parte integrante de la enseñanza cristiana en todas las confesiones. Es una parte importante de mi propia investigación sobre la sexualidad medieval.

Por lo tanto, es saludable recordar que esta actitud no es bíblica. Como escribe MacCulloch, «los siglos de pronunciamientos cristianos que sitúan el matrimonio en segundo lugar después del celibato tienen su origen en Pablo, pero no en ninguna relación con la procreación». Por supuesto, muchas confesiones protestantes desconfían del celibato, en parte porque perciben una cierta impureza en torno al sexo que puede mantenerse a raya mediante el matrimonio, especialmente un matrimonio sin anticonceptivos, de modo que el sexo no pueda considerarse simplemente como un placer.

Sin embargo, Pablo y otros cristianos primitivos, que creían que la segunda venida de Cristo era inminente, no se preocupaban por perpetuar la especie. El cristianismo primitivo fue esencialmente un interludio en una línea de continuidad desde la cultura helenística (judía, griega y romana) hasta la actualidad, pasando por Agustín, en la que la procreación era fundamental. Para Pablo, argumenta MacCulloch, el aspecto sexual del matrimonio era importante porque hacía que la pareja fuera «una sola carne» de una manera más igualitaria que la que había enseñado el propio Jesús.

Infidelidad e impureza

También dejó una profunda huella en las culturas posteriores el uso de la infidelidad sexual u otras conductas indebidas como metáfora de la infidelidad a Dios. Esta forma de pensar, que no es una innovación cristiana, se remonta a los profetas hebreos.

De manera similar, las relaciones sexuales con personas ajenas al matrimonio, incluso dentro de este, se vinculaban a la idolatría: fueron las esposas extranjeras de Salomón las que provocaron su caída y, a finales de la Edad Media, los ilustradores de manuscritos representaban a estas esposas idólatras con la piel negra. Esta conexión ha reforzado las barreras entre los grupos internos y externos durante milenios, al igual que la confusión general entre lo extranjero o diferente y la desviación sexual, utilizada contra los propios primeros cristianos por los moralistas romanos.




Las escrituras hebreas también legaron una preocupación especial por el cuerpo sexuado. El cristianismo no adoptó la práctica de la circuncisión, y solo aceptó de manera no oficial la idea de que las mujeres menstruantes debían considerarse impuras. Sin embargo, sí adoptó sin reservas la condena del sexo entre dos hombres, que en otras culturas antiguas se consideraba aceptable como un fenómeno del ciclo de la vida. Por otro lado, el cristianismo eligió la monogamia grecorromana, o una forma más estricta de ella, en lugar de la poliginia judía, lo que posiblemente mejoró la condición de la mujer.

Considerar que la historia original detrás de los Evangelios pudo haber involucrado un nacimiento ilegítimo, como sugiere MacCulloch que deberían hacer los estudiosos modernos, es darse cuenta de la naturaleza radical de las afirmaciones cristianas sobre la pureza de la Virgen María.




Los teólogos patrísticos, así como los posteriores, tuvieron que explicar la existencia de los hermanos de Jesús diciendo que eran hijos de José de un matrimonio anterior o que la Biblia se refería a «primos» cuando decía «hermanos».

La veneración de María proporcionó un aspecto femenino que el judaísmo había tenido que crear con conceptos como la Shekhinah (presencia divina) o Hokhma (sabiduría divina). Sin embargo, esta presencia femenina subrayaba la imposibilidad de que nadie más pudiera alcanzar jamás la cima de la feminidad ideal, como virgen y madre.

Reforma de la sexualidad

MacCulloch atraviesa su mejor momento cuando llega a la Reforma, sosteniendo que el rechazo de Martín Lutero al celibato clerical fue más significativo que su orientación teológica. El protestantismo también trajo consigo la búsqueda de modelos matrimoniales, en contraposición a los santos, que en su mayoría eran vírgenes. Incluso encontró tales modelos entre los patriarcas polígamos, aunque el breve experimento con la poligamia de los anabaptistas de Münster fue un fracaso.

Si la Reforma, como sugiere MacCulloch, fue una disputa sobre un legado teológico agustiniano compartido, también existía una base común en los enfoques de las distintas iglesias sobre el matrimonio: todas coincidían en que «el matrimonio debía seguir siendo asunto de toda la sociedad y de las instituciones eclesiásticas».

Esta visión contrasta con la situación que existía antes del siglo XI, en la que el matrimonio era un asunto mucho más privado, aunque la Iglesia seguía teniendo opiniones al respecto. Esta perspectiva persiste hoy en día, incluso en sociedades muy secularizadas, en la idea de que el Estado debe decidir qué matrimonios son válidos y que quienes están casados deben disfrutar de ciertos beneficios (o perjuicios, como en el caso de algunos sistemas fiscales).

En la cristiandad latina medieval, el matrimonio podía celebrarse entre dos personas que se pronunciaran unas palabras concretas. Tras el Concilio de Trento, en el siglo XVI, el matrimonio católico requería la presencia de un sacerdote, y en las jurisdicciones protestantes, la de un clérigo o un funcionario civil. En el siglo XVIII, el matrimonio civil se extendió por toda Europa y el Estado pasó a tener voz y voto. Irónicamente, señala MacCulloch,


las parejas del mismo sexo en gran parte del cristianismo occidental se encuentran ahora en una situación muy similar a la de las parejas heterosexuales casadas en la Iglesia del siglo II: tras una ceremonia civil que formaliza su relación, pueden acudir a su comunidad religiosa y recibir una bendición.

MacCulloch sostiene que la regulación del matrimonio y del sexo en general no fue simplemente impuesta desde arriba durante la Reforma, sino que se alineó con «el sentimiento general de la población, que simpatizaba con un cambio en las normas sexuales». En una época en la que más gente escuchaba las enseñanzas de las iglesias, es difícil saber si fue primero el huevo o la gallina.

En el siglo XVIII, por supuesto, la gente escuchaba mucho menos. Uno de los grandes cambios de esta época, que iba en contra de las enseñanzas de la Iglesia, fue la aparición de lo que él denomina «homosexualidad o identidad gay sin complicaciones», aunque estos términos aún no existían, y que «representaba un reconocimiento coherente de sí mismos, en lugar de la colección heterogénea de actos desviados que el cristianismo occidental etiquetaba como sodomía».

Es difícil argumentar que en la Florencia del siglo XV, por ejemplo, no existiera un reconocimiento coherente entre los hombres que mantenían relaciones sexuales con otros hombres, sino solo una colección variopinta de actos; o que no hubiera pánico moral en épocas anteriores. Pero algo cambió sin duda en ese momento.

Alarmas furiosas

En la era moderna, MacCulloch rastrea los efectos de las definiciones y prohibiciones occidentales en el resto del mundo. Argumenta que los movimientos reformistas islámicos como el wahabismo y el deobandismo, aunque fueron una reacción contra el imperialismo y pretendían defender el islam del Occidente, podrían «adoptar efectivamente […] la mojigatería y los valores familiares victorianos», o al menos esforzarse por establecer su propio conjunto de valores estrictos para competir.

El libro termina con una nota algo pesimista, especialmente en lo que respecta a la actividad homosexual, ya que el liderazgo de muchas iglesias internacionales, así como el peso del número de feligreses habituales, se desplaza fuera de Europa y las iglesias experimentan «una alarma furiosa ante lo que el Occidente liberal dice y hace sobre el sexo y la expresión sexual». El autor compara la forma en que los regímenes cristianos y musulmanes de África compiten por ver quién es más hostil hacia la homosexualidad con la forma en que católicos y protestantes competían por ver quién era más punitivo con las brujas.

Los eclesiásticos que temían que la difusión de los métodos anticonceptivos, que permitían disociar el sexo de la reproducción, diera lugar a argumentos a favor de la aceptación de la homosexualidad, han tenido razón. Hoy en día, en todo el mundo, «el tono más fácil de escuchar en la religión (no solo en el cristianismo) es el del conservadurismo airado». Se trata de una actitud que «se centra en un profundo cambio en los roles de género a los que tradicionalmente se ha dado un significado religioso».




El único ámbito en el que MacCulloch parece tener un punto ciego es la historia trans. Se refiere repetidamente a las historias de personas con cuerpo femenino en monasterios masculinos como «disfrazadas de hombres», o a las mujeres de la era moderna que «decidieron aprovechar las mayores oportunidades que la vida ofrecía a los hombres y presentarse como hombres». Ignora los estudios recientes que plantean la posibilidad de que estas personas tuvieran una identidad distinta a la de «mujeres travestidas».

Dado que el autor discute ideas con las que no está de acuerdo en otras partes del libro, llama la atención la ausencia total de reflexión sobre estas cuestiones. Le parece «revelador que no haya historias complementarias de ascetas masculinos que se hacen pasar por mujeres», pero ¿por qué es tan revelador? Los eunucos son sin duda un buen ejemplo de «ambigüedad de género o sexual, hasta llegar a una reconstrucción literal del sexo y la identidad», pero hay otros.

Campos de batalla sexuales

El sexo ha desempeñado un papel importante en diversas divisiones dentro del cristianismo: entre los grupos que han llegado a ser considerados heréticos (gnósticos, marcionistas, cátaros, etc.) y los que han prevalecido y, por lo tanto, han llegado a ser considerados ortodoxos; entre las iglesias occidentales y orientales; entre protestantes y católicos. En ninguno de estos casos el sexo fue el factor principal o desencadenante. Pero diferentes prácticas, con diferentes justificaciones filosóficas y teológicas, permitieron que el sexo se convirtiera en un campo de batalla y en un medio para tachar al otro no solo de diferente, sino también de depravado.

Actualmente, el sexo es un punto de tensión dentro de varias iglesias importantes: la crítica al papa Francisco por su «progresismo» por parte de los católicos conservadores se debió en parte a su aparente indulgencia hacia las personas LGBTQ, y el razonamiento detrás del actual cisma en la Iglesia anglicana es muy similar. En generaciones anteriores, las cuestiones relacionadas con el divorcio o la anticoncepción sirvieron como posibles puntos de ruptura.

Mis estudiantes irlandeses, en su mayoría católicos culturales, estaban en la escuela primaria cuando el país votó a favor de la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo y del aborto. Sin embargo, en la generación de sus padres, las mujeres solteras embarazadas seguían siendo enviadas a horribles hogares para madres y bebés, donde les quitaban a sus hijos. Esa generación también vio cómo su actitud hacia la Iglesia se veía moldeada por el escándalo de los abusos sexuales por parte del clero.

La moralidad universalizadora del cristianismo —la idea de que realmente tiene derecho a juzgar, a establecer normas para todos— parece garantizar que el sexo seguirá siendo un tema polémico en el futuro, tanto dentro de las iglesias como entre ellas y entre cristianos y no cristianos.


Fuente: JACOBIN

miércoles, 3 de abril de 2024

¿Todos somos Israel?

 

 Por Pedro Costa Morata

Ante la masacre continuada que lleva a cabo Israel en la Franja de Gaza, la crítica que dirigimos a sus dirigentes y su ejército, resulta poco más que estética, nada que ver con la algarabía con que nos lanzamos contra Rusia en la guerra de Ucrania, en la que se enfrenta a Occidente y la OTAN (es decir, a nosotros), y llena de justificaciones y eximentes. Como con sordina: queremos que quede claro nuestro disgusto, sí, incluso nuestro horror ante las muertes y las penalidades de dos millones de personas en Gaza, sí, pero sin ser acres ni insidiosos, porque la razón está con Israel frente a un pueblo que, de hecho y de derecho, carece de títulos para oponerse a ese Estado tan valiente y avanzado, obra de Dios en la Tierra Prometida: casi nada.




No nos atrevemos, desde la sociedad visible (o sea, los políticos, la prensa, las instituciones) a ser demasiado duros con los criminales autores de esas atrocidades. Respondimos al desencadenamiento de esta última crisis en Gaza, tras el extraordinario ataque (sangriento, metódico, osado) de Hamás a Israel del 7 de octubre de 2013, con la consabida y tantas veces utilizada comprensión hacia Israel, es decir, reconociendo su “derecho a defenderse”, como si no supiéramos en qué consiste en realidad ese “derecho”, ni cómo lo utiliza el Estado israelí, que figura entre la media docena de primeras potencias militares del planeta, contra el pueblo palestino inerme, o los reducidos grupos armados que, sin embargo, la desafían desde Gaza o el sur del Líbano, recordando que nunca se rendirán. Y enviamos a nuestros presidentes, ministros y gerifaltes de Occidente a dar el más sentido pésame a quienes sabemos que devolverán el ciento por uno del daño (y la humillación) recibidos. Con declaraciones, convencidas y justicieras, de que Israel utiliza su “legítimo derecho a defenderse”, frente a la “monstruosidad” de Hamás, inadmisible en el mundo civilizado (que siempre está en guerra, por cierto, provocándola y alimentándola) y que tanto afecta a las cuidadas y bien educadas sensibilidades de nuestros dirigentes.

Luego, sin que hubieran pasado tantos días y la venganza del Tsahal ya se sintiera en la martirizada Gaza, tras ese descaro del “derecho a defenderse” tan generosamente concedido a unos invasores lunáticos pero mimados por el poder internacional, esas proclamas no han podido ser mantenidas, pero sí el apoyo político, militar y, más que ningún otro, el “derecho a existir” dando vía libre a la aniquilación de ese otro pueblo que tanto le estorba, el palestino de la Palestina usurpada.



Abundan los reproches, de tradición y circunstancia, sin llegar a la condena, no vayan a incomodar a Israel. Se rehúye tocar el núcleo político del “problema israelí” y nos dejamos llevar por el espejismo y la adormidera del Pueblo Elegido, al que por designio divino también los cristianos pertenecemos con sobrados motivos, ya que mejoramos el judaísmo y su Mesías, cuya venida sigue indefinidamente retrasada (lo que nuestro cristianismo resolvió por la vía rápida, es decir, construyendo en unos decenios una mitología indigerible, impuesta también a sangre y fuego y llenando la Historia de horrores y masacres).

Porque nosotros, en efecto, también somos Pueblo Elegido, y aunque no figuremos en la Biblia, Yahvé es también nuestro Dios (¿Padre, abuelo, antecesor? Dejemos esto), como Jesús de Nazaré nos enseñó en su Nuevo Testamento en feliz y merecida continuidad con el Viejo, por obra y gracia de los mitos del cristianismo (del paulinismo, más bien, pero esta es otra historia), en un mundo en el que el sionismo manda y controla, y con el que hemos emparentado por lo del Éxodo, el Sinaí, las Bienaventuranzas y todo eso. Y los mitos del cristianismo son tan intocables como los del judaísmo; así que, la colusión de los cristianos con los crímenes de Israel, están inscritos en la Historia Sagrada, que sigue fluyendo en la historia civil (¡y en la militar!) y que no tiene comparación (ni rival). De ahí el silencio de las iglesias cristianas, abducidas por esa Biblia que reconforta y es además tabla de salvación; y en especial la Iglesia Católica que guarda un temeroso respeto hacia el sionismo aniquilador como parte de su bien consolidada alineación con el poder occidentalista (judeocristiano, claro, pero también capitalista, tiránico, desigual...). Un cristianismo que hace mucho que no es anti judío, en abierta contradicción con sus orígenes (vuelta a Pablo de Tarso, pero dejémoslo ahí), y mucho menos anti sionista porque, como todas las derechas y ultraderechas occidentales es, por encima de todo, islamófobo.




De esa forma, nuestra sensibilidad, reprimida y pervertida por la fe acomodaticia, pero impuesta y genética, no responde como debiera: se trata de musulmanes, y nuestra historia (la de Occidente, o sea, la judeocristiana) es clara y debidamente islamófoba de toda la vida, y así debe continuar. Los judeocristianos tildamos a los de Hamás de terroristas (ya lo hicimos con todos los grupos del movimiento de liberación de Palestina, prácticamente, por reclamar lo que era suyo y atacar a los que los desahuciaban), pero nunca lo haremos de la OTAN, la CIA, el Mosad, o el ejército y el gabinete israelíes, entidades que son a fin de cuentas los guardianes de nuestro bienestar, como creemos firmemente y que da cuenta de nuestra degradación mental y, sobre todo, moral. Porque se nos ha inculcado que esas formaciones que siembran el terror, el asesinato y la opresión por todo el mundo son paladines de la libertad y la democracia, portadores de nuestros valores (occidentales, luego judeocristianos) y como son de los nuestros, pues no tenemos dificultad alguna en admitir y asimilar cualquiera de sus crímenes; y se evidencia el grado de cinismo a que hemos llegado (usted y yo). En consecuencia, se nos hace imposible mostrar la cercanía, como sería de justicia, con los movimientos anti Israel, estigmatizándolos como terroristas siguiendo siempre el guion y la conveniencia de Israel.

Y hasta los niños hambrientos, asustados, huérfanos y fugitivos quedan ajenos, muy distantes de nuestra sensibilidad y nuestra escala de valores (occidentales, o sea, judeocristianos). Porque, al fin y al cabo, son musulmanes y -como dicen los líderes israelíes, prodigio de humanidad y buenos sentimientos- liquidar a trece o catorce mil de esos niños en seis meses de guerra alivia el futuro de Israel, ya que “a los 16 años ya serían terroristas”. La depravación de los sentimientos que el occidentalismo y el judeocristianismo nos han inculcado impide que hagamos la menor traslación de los sufrimientos de esos niños hacia nuestros hijos y nietos, imaginándolos despedazados por las bombas o llorando errantes llamando a sus padres desaparecidos; nada de eso nos estremece ni indigna: no son los nuestros.

La concepción mental en la que nos movemos tranquila y sólidamente considera a Yahvé como Dios propio y, como una invención de herejes e impostores a esos musulmanes de Mahoma y su creación falsaria de Alá, en los que solo gente inferior y fanática puede creer, servir y honrar (nada que ver con nosotros, tan lejos de idolatrías y supersticiones). Ese cristianismo nuestro, sí, el residual de tantas herejías heroicas que salían al paso de dogmas y fantasías insoportables, verdaderos insultos a la inteligencia de meros humanos, pero que fueron laminadas por la Cruz aliada con la Espada… Y ahí seguimos, con el venerable Yahvé, conductor del Pueblo Elegido y Supremo Supervisor de nuestra Historia Sagrada, más conocida como Antiguo Testamento o, en definitiva, la Biblia. Nuestro occidentalismo, profunda y declaradamente judeocristiano, nos hace aborrecer todo lo demás, como Rusia o el islam, representantes de una ortodoxia herética empedernida o de una idolatría insoportable.

Además, nuestra cultura es, por sobre cualquier otra cosa, selectiva por supremacista y dominante, y de ahí que los mitos sionistas -como el de la invencibilidad del Estado de Israel- los hagamos instintivamente nuestros, y los defendemos convencidos, ya que estamos en el mismo lado de la Historia y el Derecho (ambos manipulados a nuestro gusto, pero...). Y por ahí, desde luego, no se nos va a hacer sufrir, y maldeciremos una y mil veces a los que atentan contra nuestros ciudadanos y ciudades, porque son perversos per se, y no necesitamos indagar en las causas de sus acciones ni en la responsabilidad de España como intervencionista neo imperial, aunque subsidiaria, debeladora de árabes y musulmanes (bueno, ya lo hicimos en Marruecos y el Sáhara, pero de eso hace mucho tiempo y, por supuesto, también teníamos razón ya que el destino de España en África solo lo cuestionaba una izquierda ya desaparecida, por otanista).




Más que ningún otro pueblo europeo, el español siempre ha entendido al islam y su cultura, y ha desconfiado del sionismo agresivo y expansionista; y todo esto, con la floración continua y arraigada de arabistas prestigiosos y de una elevada relación cultural (y hasta familiar) hispano-árabe. Pero todo eso -arabistas, arabófilos, instituciones de cooperación cultural- poco a poco ha sido arrasado, desapareciendo o dormitando, víctima del temor y la influencia israelíes.

No olvidemos la fecha del reconocimiento diplomático de Israel contra la opinión pública mayoritaria, 1986, ni sus protagonistas, el PSOE “atrapado” en la Internacional Socialista, pro sionista, y su líder, Felipe González (No debe extrañar que González, locuaz cuando quiere “enderezar” el rumbo de España y zaherir a sus compañeros de partido, no haya abierto la boca para decir lo que piensa de las canalladas de Israel, que para él seguro que pertenecen al “derecho a defenderse”).

Cuando se reconoció a Israel se daba al traste con un mundo de verdadera interpenetración cultural española y árabe, cargada de entendimiento, afectos y espiritualidad. Y se daba paso a la nueva ubicación de España en la escena internacional, integrada en el imperialismo de la OTAN, atrapada por el cepo de la UE y del lado de las atrocidades de Israel, que en aquel “año del triplete” no permitía dudar de que nunca volvería a sus fronteras de 1967 y de que Cisjordania y Gaza irían cayendo, por vía de los hechos (militares, preferentemente) en las manos de uno de los Estados más agresivos de la Historia. Y se soltaban amarras con ese mundo en general (con sus aspectos histórico-cultural-espirituales, primando lo económico y lo tecnológico como trueque y espejismo), con franca intención de ruptura e incomprensión; y eso incluía el desenganche de la causa palestina, una de las más justas del mundo, pero que era incompatible con el entendimiento con un sionismo triunfante. Con el tiempo, llegaron los atentados yihadistas, en respuesta a nuestra triple alineación con esas estructuras claramente anti árabes y anti musulmanas (OTAN, UE, Israel), igualándonos con tantos otros países en el desasosiego y la histeria: un final macabro a aquel esplendor que tanto tuvo de realidad y de promesa.

Asumir con tan poca intranquilidad esta nuestra condición de cómplices e hipócritas nos sitúa como felones y miserables ante la tragedia de Gaza y la arrogancia de Israel. Es un drama y desde luego una injusticia, pero no vamos a ser castigados por tanta insania, sino que los terroristas, asesinos y racistas que arrasan Gaza y masacran a miles de sus habitantes desarmados, con su fuerza diabólica y el apoyo incondicional que le prestan tanto Occidente como el favor divino (digamos, del Yahvé eterno) seguirán exhibiendo impunidad. No quedan muchas posibilidades de escape, pero algo hay que hacer: qué menos que elevar la protesta y el rechazo del crimen, señalando y acusando de infamia a políticos, entidades (sobre todo, las religiosas) y medios de comunicación. Aunque es verdad que lo primero por hacer es sacudirnos esa rémora bíblico-sionista, lo que no siendo fácil vista la asfixia a que nos somete la historia y la política con ese fondo religiosos persistente, hay no obstante que lograrlo, porque es necesario que los ciudadanos amantes de la paz y la justicia abominemos de este Israel cruel e implacable, que todo lo destruye arrastrando consigo los males del Apocalipsis (pavorosa referencia cristiana, por cierto, pero que viniendo del Nuevo Testamento se adapta perfectamente al ethos judaico-sionista).




Y situemos a ese Estado, tan preparado y hasta dispuesto a llevar al mundo a la catástrofe nuclear por su belicismo genético y sus provocaciones insensatas, cómo y dónde merece: como un Estado paria que no respeta a la Humanidad ni al Derecho internacional desde que surgió por la violencia y la insidia, en la Palestina mártir. Porque no todos somos, ni debemos ser, Israel.