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lunes, 20 de octubre de 2025

“La incesante guerra contra la clase trabajadora abonó el terreno al neofascismo”

 



Entrevista a Noam Chomsky

Noam Chomsky en un encuentro con el canciller del Ecuador Ricardo Patiño en 2015.

[La entrevista que puede leerse a continuación –publicada originalmente el 8 de diciembre de 2022– forma parte del compendio de charlas recogidas en Por un futuro habitable (Altamarea, 2025), en las que el filósofo y lingüista Noam Chomsky reflexiona sobre los desafíos más urgentes de nuestra época: la crisis ecosocial, la inteligencia artificial y el ascenso del neofascismo]



     Noam, desde que empezaron a aplicarse las políticas neoliberales hace más de cuatro décadas, estas han sido las causantes de la destrucción del tejido comunitario y del aumento de la desigualdad, la desesperanza y el malestar social. Por si fuera poco, además resulta obvio que las políticas sociales y económicas desplegadas por el neoliberalismo son el caldo de cultivo idóneo para que prolifere la extrema derecha y asistamos a un repunte del radicalismo más autoritario. Desde luego, a nadie se le escapa la contradicción intrínseca que existe entre democracia y capitalismo; pero quisiera centrarme en esa otra cuestión: las pruebas evidentes de que el neofascismo emana directamente del capitalismo de corte neoliberal. Doy por hecho que compartes mi lectura, así que te pregunto: ¿qué vínculo encuentras tú entre el neoliberalismo y las nuevas formas de fascismo?

La conexión puede inferirse con claridad de las dos primeras frases de la pregunta. Una consecuencia de las políticas socioeconómicas neoliberales es el hundimiento del orden social, lo que favorece un caldo de cultivo adecuado para el extremismo, la violencia, el odio… y un terreno fértil para las figuras autoritarias que pueden presentarse como salvadores. Avanzamos de lleno hacia un nuevo fascismo.

La Enciclopedia Británica define el neoliberalismo como un “modelo ideológico y político que enfatiza el valor de la competencia dentro del libre mercado» con «una intervención mínima por parte del Estado”. Ese es el retrato habitual. La realidad es diferente. El modelo político real abrió de par en par las puertas a los amos de la economía, que también dominan el Estado, para que pudieran perseguir el beneficio y el poder con pocas limitaciones. En resumen, una guerra de clases sin restricciones. Parte de estas políticas fue una cierta forma de globalización que combina un proteccionismo extremo para los amos con la búsqueda del trabajo más barato y las peores condiciones laborales, con el objeto de maximizar los beneficios y dejando en la estacada los cinturones desindustrializados en decadencia. Esto son decisiones políticas, no necesidades económicas. El movimiento obrero, junto con la ahora difunta Oficina de Investigación del Congreso, propuso alternativas que podrían haber beneficiado a la gente trabajadora aquí y en el extranjero, pero fueron descartadas sin discusión cuando Clinton favoreció a toda costa la forma de globalización preferida por los impulsores de la guerra contra la clase trabajadora.

Una consecuencia relacionada con el “neoliberalismo real” fue la financiarización de la economía, lo que habilitó las estafas sin riesgo y con grandes beneficios; sin riesgo, porque el poderoso Estado que interviene radicalmente en el mercado para proporcionar protecciones extremas en los acuerdos comerciales hace lo mismo para rescatar a los amos si algo va mal. El resultado, que empieza con Reagan, es lo que los economistas Robert Pollin y Gerald Epstein llaman “economía del rescate”, que permite que la guerra neoliberal contra la clase trabajadora siga adelante sin el riesgo de que el mercado sea castigado en caso de fracaso.

El “libre mercado” no está ausente en la escena. El capital es “libre” de explotar y destruir de forma desenfrenada, como se ha visto, incluyendo (no lo olvidemos) las perspectivas de una vida humana organizada. Y la gente trabajadora es “libre” de intentar sobrevivir como pueda en un escenario de estancamiento de los salarios reales, descenso de los beneficios y reconfiguración del trabajo que lleva a un aumento del precariado.

La guerra de clases comenzó, de forma muy natural, con el ataque a los sindicatos, el primer medio de defensa de la gente trabajadora. Las primeras legislaciones de Reagan y Thatcher fueron vigorosos asaltos contra los sindicatos, una invitación al sector empresarial para ir cada vez más lejos, a menudo de formas técnicamente ilegales, aunque eso no sea motivo de preocupación para el Estado neoliberal que ellos dominan.

La ideología reinante fue expresada con lucidez por Margaret Thatcher cuando se declaró la guerra contra la clase trabajadora: la sociedad no existe, y la gente debería dejar de implorar que la “sociedad” venga a rescatarla. Recordemos sus célebres palabras: “‘¡Pobre de mí, no tengo donde dormir, el Gobierno debería ofrecerme un techo!’. Así es como trasladan sus problemas contra la sociedad. Pero ¿qué diablos significa esa palabra? ¡No quiere decir nada! Lo único que existe son hombres y mujeres individualizados, además de las familias. Ni un solo Gobierno es capaz de hacer nada al margen de la gente. Pero todas las personas deben cuidar de sí mismas”.

Thatcher y sus socios seguramente sabían muy bien que sí hay una sociedad muy rica y poderosa para los amos, no solo el Estado-niñera que corre a su rescate cada vez que lo necesitan, sino también una sofisticada red de asociaciones comerciales, cámaras de comercio, grupos de presión, laboratorios de ideas, etcétera. Pero los menos privilegiados estarían obligados a “mirar por sí mismos”.

La guerra neoliberal contra la clase trabajadora ha resultado un gran éxito para quienes la diseñaron. Como hemos comentado, señal de ello es la transferencia de unos cincuenta billones de dólares a los bolsillos del 1% más rico, sobre todo a una parte de ese 1%. No es una victoria pequeña.

Otros logros son “la desesperanza y el malestar social” a los que aludías, y de los que no hay cómo librarse. Los demócratas abandonaron a la clase obrera ante su enemigo de clase allá por los años setenta para convertirse en un partido de profesionales pudientes y donantes de Wall Street. En Inglaterra, Jeremy Corbyn estuvo cerca de revertir el deslizamiento del Partido Laborista hacia el “thatcherismo suave”. El establishment británico se movilizó a diestro y siniestro y se empeñó a fondo para frustrar sus esfuerzos por crear un partido auténticamente participativo y comprometido con los intereses de la gente trabajadora y los pobres. Una ofensa intolerable al orden natural de las cosas. En Estados Unidos, a Bernie Sanders le ha ido algo mejor, pero no ha sido capaz de asaltar el fortín clintoniano de la dirección del partido. En Europa los partidos tradicionales de izquierda prácticamente han desaparecido.

En las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos [2022], los demócratas perdieron el apoyo de una porción muy significativa de la clase trabajadora blanca, consecuencia de la poca disposición de los líderes del partido a hacer campaña sobre los problemas de clase que un partido de izquierdas moderado podría haber puesto sobre la palestra.

El terreno está bien abonado para que el auge del neofascismo llene el vacío dejado por la incesante guerra contra la clase trabajadora y la capitulación de las principales instituciones políticas que deberían haber combatido la desolación.
A estas alturas, el término “guerra” resulta insuficiente. Es cierto que los amos de la economía y sus siervos dentro del sistema político han estado implicados en una forma especialmente salvaje de guerra contra la clase trabajadora durante los últimos cuarenta años, pero los objetivos van más allá de las víctimas habituales, extendiéndose ahora incluso a los propios responsables. Conforme se intensifica la guerra contra los trabajadores, la lógica esencial del capitalismo se manifiesta con brutal claridad: tenemos que maximizar el beneficio y el poder incluso cuando sabemos que, al destruir el medio ambiente que sostiene la vida, nos precipitamos al suicido, el nuestro y el de nuestras familias.

Lo que está ocurriendo nos recuerda la historia de cómo atrapar a un mono. Se hace un agujero en un coco del tamaño justo para que el mono meta la mano y se pone un cebo apetecible dentro. El mono agarrará la comida, pero será incapaz de sacar la mano cerrada, y morirá de hambre. Esos somos nosotros, o al menos los que dirigen este triste espectáculo.

Nuestros líderes, con las manos igual de cerradas, perseveran incansablemente en su vocación suicida. Al nivel particular de cada estado, los republicanos están legislando para “eliminar la discriminación energética”, y así prohibir incluso que se divulgue información sobre las inversiones que hacen las empresas de combustibles fósiles. Es una persecución injusta de unos tipos decentes que solo quieren obtener beneficios destruyendo las perspectivas de futuro de la vida humana, de acuerdo con una buena lógica capitalista. Por utilizar un ejemplo reciente, los fiscales generales republicanos han instado a la Comisión Federal de Regulación de la Energía a impedir que los inversores compren acciones de empresas públicas estadounidenses si estas participan en programas para reducir emisiones; es decir, para salvarnos a todos de la destrucción.

El más destacado del grupo, Larry Fink, director ejecutivo de BlackRock, anima a invertir a la larga en combustibles fósiles, mientras muestra ser un buen ciudadano y da la bienvenida a las oportunidades de inversión en métodos todavía fantasiosos para librarse de los venenos que se producen, e incluso en energía verde; siempre y cuando haya grandes beneficios garantizados.
En resumen, en lugar de dedicar recursos para librarnos de la catástrofe, debemos sobornar a los muy ricos para animarlos a echar una mano.

Las lecciones, duras y claras, ayudan a fortalecer los movimientos populares que pretenden escapar del desastre de la lógica capitalista que se deja ver con resplandeciente claridad cuando la guerra neoliberal contra todo alcanza sus últimos estadios de tragicomedia.

Ese es el lado brillante y esperanzador del orden social emergente.

Con el ascenso de Donald Trump al poder, el supremacismo blanco y el fervor autoritario han regresado a nuestra vida política. Pero ¿no crees que, en el fondo, Estados Unidos no ha sido jamás inmune al fascismo?

¿Qué queremos decir con “fascismo”? Tenemos que distinguir entre lo que está ocurriendo en las calles, cuya realidad salta a la vista, y la ideología y las políticas que también están ahí, algo más reacias a un examen directo. El fascismo de la calle son los camisas negras de Mussolini y los camisas pardas de Hitler: violento, brutal, destructivo. Seguramente Estados Unidos nunca haya sido inmune a ello. No es necesario volver a contar aquí la sórdida historia del “desplazamiento de los indios” ni la mutación de la esclavitud en las leyes Jim Crow.

En este sentido, en Estados Unidos hubo un periodo culminante de “fascismo de calle” inmediatamente anterior a la Marcha sobre Roma de Mussolini. El “terror rojo” después de la Primera Guerra Mundial en época de Wilson y Palmer fue el periodo de represión más violento en la historia estadounidense, aparte de “los dos pecados originales”. La estremecedora historia se cuenta con vívidos detalles en el agudo estudio de Adam Hochschild que lleva por título American Midnight.

Como de costumbre, quien más sufrió fue la población negra, con importantes masacres (la de Tulsa y otras) y un horrible registro de linchamientos y otras atrocidades. Los inmigrantes eran otro objetivo en plena ola de “americanismo” fanático y miedo al bolchevismo. Cientos de “subversivos” fueron deportados. El vigoroso Partido Socialista fue prácticamente destruido y nunca se recuperaría. El mundo sindical se vio diezmado, y no solo en el caso de los wobblies, sino mucho más allá, debido a un agresivo sabotaje de las huelgas en nombre del patriotismo y de la defensa contra los “rojos”.

La locura llegó a unos niveles tan extravagantes que acabó en autodestrucción. El fiscal general Palmer y su compinche J. Edgar Hoover predijeron una insurrección liderada por los bolcheviques para el Primero de Mayo de 1920, con fervientes advertencias y movilización de la policía, el ejército y matones. No hubo más que unos cuantos picnics. El ridículo generalizado y el deseo de “normalidad” pusieron punto final a la locura.

Pero no sin dejar cierto poso. Como observa Hochschild, las posibilidades de una sociedad estadounidense progresista sufrieron un serio revés. Podría haber existido un país diferente. Y lo que hubo fue fascismo callejero y vengativo.

Centrándonos en el aspecto ideológico y político, el gran economista político Robert Brady, discípulo de Thorstein Veblen, argumentó hace ochenta años que todo el mundo capitalista industrial se dirigía hacia una u otra forma de fascismo, con un firme control del Estado sobre la vida económica y social. En otro ámbito, los sistemas diferían profundamente en lo que respecta a la influencia pública sobre las políticas (democracia política funcional).

En aquellos tiempos, estaba normalizado hablar de estas cuestiones, tanto entre los círculos de izquierdas como en los de derechas, de un modo u otro.

El cambio se produce con el giro del capitalismo regulado de la posguerra hacia el asalto neoliberal, que reinstaura de forma contundente la concepción de Adam Smith de que los amos de la economía son los principales arquitectos de las políticas gubernamentales, diseñadas para proteger sus intereses. A lo largo de la guerra neoliberal contra la clase trabajadora, las concentraciones privadas de poder se van haciendo progresivamente con el control absoluto de la economía y del ámbito político, sin necesidad de rendir cuentas.

El resultado es un sentimiento general –y no erróneo– de que el Gobierno no nos sirve a nosotros, sino a otro. El sistema doctrinal, que también está en gran medida en manos de las mismas concentraciones de poder privado, desvía la atención respecto a las maniobras del poder y abre la puerta a lo que se llaman “teorías de la conspiración”, normalmente basadas en algunas partículas de la evidencia: el Gran Reemplazo, élites liberales, judíos y otros mejunjes conocidos. La escala y las características de estas no son, hoy por hoy, una amenaza menor para lo que queda de democracia funcional tras los últimos azotes sufridos.

Algunas voces sostienen que estamos atravesando una era de protestas. A fin de cuentas, salvo en contadas excepciones, todas las regiones del mundo llevan más de quince años asistiendo al auge de movimientos contestatarios. ¿Por qué motivo se han vuelto tan habituales estas protestas políticas en los últimos compases del neoliberalismo? ¿En qué se parecen (o se diferencian) estos movimientos de los que surgieron en los años sesenta?

Las protestas a las que te refieres tienen muchos orígenes y muy distintos. Así, por ejemplo, la huelga de camioneros que casi paralizó Brasil durante las protestas contra la derrota del neofascista Bolsonaro en las elecciones del pasado mes de octubre [de 2022] guarda cierto parecido con las del 6 de enero [de 2021] acaecidas en Washington.

Pero estas protestas no tienen nada que ver con el significativo alzamiento en Irán instigado por la muerte bajo custodia policial de Jina Mahsa Amini. Los líderes del alzamiento son gente joven, principalmente mujeres, aunque implica a sectores mucho más amplios. El objetivo inmediato es anular el rígido control sobre el comportamiento y la vestimenta de las mujeres, si bien los manifestantes han ido mucho más allá, a veces incluso haciendo llamamientos a derrocar el severo régimen de los ayatolás. Los disidentes han obtenido algunas victorias. El régimen ha señalado que la “policía de la moralidad” será disuelta, aunque hay quien duda de la veracidad del anuncio, que apenas se aproxima a las demandas de la valiente resistencia. Otras protestas tienen sus propias particularidades.

Si hay un hilo conductor, es la desintegración del orden social en general a lo largo de las últimas décadas. Las similitudes con los movimientos de protesta de los años sesenta me parecen tenues.

Sea cual sea el vínculo que existe entre neoliberalismo y malestar social, sigue siendo cierto que al socialismo aún le cuesta lo indecible ganar popularidad entre la ciudadanía de buena parte del mundo. ¿A qué crees que se debe? ¿Consideras que el legado de aquel “socialismo real” podría estar impidiendo que esta ideología prospere?

Como con el fascismo, la primera pregunta es qué queremos decir con “socialismo”. Hablando en un sentido amplio, el término solía remitir a la propiedad social de los medios de producción, con las empresas bajo el control de los trabajadores. El “socialismo real” no tiene prácticamente ningún parecido con esos ideales. En su uso occidental, “socialismo” ha venido a significar algo como capitalismo de estado del bienestar, con una amplia gama de posibilidades.

Tales iniciativas han sido a menudo eliminadas mediante la violencia. El “terror rojo” que mencionamos antes es un ejemplo con efectos duraderos. Poco después, la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial desencadenaron oleadas de radicalismo democrático en buena parte del mundo. Neutralizarlas pasó a ser una tarea principal para los vencedores, comenzando con la invasión angloestadounidense de Italia, que desmanteló las iniciativas socialistas llevadas a cabo por los campesinos y los obreros que lideraban los partisanos, y reinstauró el orden tradicional, fascistas colaboracionistas incluidos. Este patrón se imitó de distintas formas en otras partes, a veces con una violencia extrema. Rusia impuso su férrea autoridad en su ámbito de dominio. En el tercer mundo, la represión de estas tendencias fue de largo la más brutal, sin excluir iniciativas que partían de la Iglesia y violentamente aplastadas por Washington en América Latina, donde el ejército estadounidense reivindica oficialmente sus méritos por haber ayudado a derrotar la teología de la liberación.

¿Son impopulares las ideas fundamentales cuando se las separa del imaginario propagandístico y hostil? Hay buenas razones para creer que están enterradas a poca profundidad y que pueden emerger con fuerza cuando surgen oportunidades y estas se aprovechan.

Fuente: Ctxt

sábado, 17 de mayo de 2025

En defensa propia y del mundo entero

 

 Entrevista de David Broder   
      Historiador y editor de Jacobin Magazine (EE.UU.).

     a

         Presidente parlamentario de La France Insoumise.



La izquierda estadounidense debe luchar contra Trump no solo por su propia supervivencia, sino por la de todos. Jean-Luc Mélenchon explica cómo su partido, La France Insoumise, construyó su poder electoral y derrocó a un gobierno de derecha.




     La política francesa rara vez es predecible, y hoy no es una excepción. De cara a las próximas elecciones presidenciales, no solo se ha prohibido presentarse al actual presidente Emmanuel Macron, sino que la líder en las encuestas desde hace tiempo, Marine Le Pen, también fue declarada inelegible tras ser condenada por malversación el pasado 31 de marzo.

Para Jean-Luc Mélenchon, líder del partido de izquierda La France Insoumise, la esperanza es que esta agitación pueda cambiar el rumbo político de Francia y que el país salga de la contienda binaria entre el centro neoliberal y la extrema derecha en auge. La magnitud de las protestas contra las recientes reformas de las pensiones de Macron y el avance del Nuevo Frente Popular en las elecciones parlamentarias del verano pasado sugieren que la izquierda, al menos, sigue en la lucha. Sin embargo, su futuro continúa siendo incierto.

El mensaje de conflicto social de Mélenchon es polarizador y suscita respuestas hostiles no solo de sus adversarios de derecha, sino incluso de gran parte de la izquierda liberal. Sin embargo, su movimiento ha demostrado a menudo ser la fuerza de izquierda con mayor capacidad de movilizar al electorado de masas. En las últimas elecciones presidenciales de 2022, Mélenchon obtuvo un 22% de los votos, cifra sin precedentes para un candidato abiertamente anticapitalista en la Europa actual.

A finales de abril, Mélenchon estuvo en Nueva York, donde recibió una calurosa acogida en una serie de charlas y mesas redondas. Su visita coincidió con la publicación de Now, The People, una guía (que tuve el gusto de traducir al inglés) sobre lo que él denomina la «revolución ciudadana» del siglo XXI. El libro analiza las nuevas bases de solidaridad creadas por la civilización urbana moderna y examina la necesidad de tomar el control colectivo de los recursos en medio de un desastre medioambiental cada vez mayor. Conversé con él sobre el significado de la administración Trump a nivel internacional y cómo la izquierda puede expandirse más allá de su electorado actual.


DB

En un mitin del DSA en Nueva York el 22 de abril, usted dijo que los socialistas estadounidenses luchan por el bien no solo de los propios estadounidenses, sino también de los pueblos de otros lugares. ¿Cómo encaja el giro hacia la derecha en Estados Unidos con el giro reaccionario en Europa y, en particular, en Francia?



JLM

Nada más volver al poder, Donald Trump presentó al mundo un manifiesto político en toda regla. En primer lugar, esto se tradujo en el negacionismo climático. Su primera decisión en el Despacho Oval fue retirar a Estados Unidos del Acuerdo de París. El cambio climático es el problema más acuciante al que se enfrenta la humanidad. Todo el tiempo que pasamos hablando de otras cosas o mirando hacia otro lado es una pérdida de tiempo. Y el presidente de Estados Unidos lo niega.

No es un tema baladí. Sobre todo porque también supone negar una nueva comprensión de nuestra condición humana: todos los seres humanos dependemos del mismo ecosistema para sobrevivir, por lo que existe un interés humano general y todos somos iguales. Esto justifica nuestra igualdad ante la ley. Pero Trump también ha negado que la condición humana sea universal. Para él, hay estadounidenses por descendencia familiar y luego todos los demás. Por eso suspendió la ciudadanía por nacimiento.

Trump afirma estos dos tipos de negación de la forma más cruda y contundente, pero también es algo que comparte la extrema derecha a ambos lados del Atlántico. La diferencia es que Estados Unidos tiene el mayor arsenal militar de la historia de la humanidad. Por eso, su imperialismo y su escalada contra China supone un peligro para todos nosotros.


DB

La administración Trump impuso, y luego suspendió parcialmente, importantes aranceles, incluso a los países de la Unión Europea. ¿En qué sentido se trata de un cambio de paradigma en el orden neoliberal occidental y qué haría un gobierno de izquierda en Francia para responder a ello?



JLM

Trump es un presidente que ha admitido algo realmente importante: ¡el libre mercado no funciona! Durante décadas, los neoliberales nos han dicho que, cuando se trata de organizar el bienestar colectivo, no hay nada por encima de la competencia libre y sin distorsiones. Pero ahora su último enfant terrible dice que es el propio Estado el que debe fijar los precios mediante aranceles. Es extraordinario. Todo el edificio ideológico neoliberal se está derrumbando. En realidad, por supuesto, el neoliberalismo siempre ha funcionado como una intervención estatal para organizar el mercado y la competencia, pero nunca esta intervención había sido tan espectacular.

Dicho esto, la respuesta de la Unión Europea me parece absolutamente estúpida. El concepto de «represalias» que conduce a una escalada de aranceles es absurdo porque importará inflación, como en Estados Unidos. La otra propuesta presentada por el presidente de la Comisión Europea, la de una «zona de libre comercio total» entre la Unión Europea y Estados Unidos, es igual de perjudicial. Esto equivaldría a renunciar a nuestra capacidad, como europeos, de establecer nuestras propias normas ecológicas, sociales y culturales.

La France Insoumise ha sugerido, en cambio, que si queremos encontrar formas de responder a la guerra comercial de Trump, debemos golpear donde más le duele, por ejemplo, imponiendo impuestos reales a las grandes empresas tecnológicas estadounidenses. Por otra parte, debemos aplicar una política de sustitución de las importaciones y exportaciones con Estados Unidos. ¡Negociemos con China, dará más frutos! Y si tenemos que introducir el proteccionismo, siempre hemos dicho que debe ser «solidario». Hoy añadiríamos que también debe ser «negociado», para distanciarnos claramente del caos del trumpismo.


DB

En Estados Unidos se ha producido una preocupante represión contra las protestas por Gaza, con la detención y el secuestro de activistas propalestinos. ¿En qué sentido tiene esto eco también en Francia? ¿Qué importancia tiene la «libertad de expresión» para la izquierda?



JLM

Durante mi estancia en Nueva York me impactaron mucho los relatos sobre la represión. El líder de la movilización en Columbia fue secuestrado en la calle, a plena luz del día: son métodos que hemos visto en las dictaduras sudamericanas. Se trata, pues, de una situación grave y seria. Refleja el deseo de silenciar a la oposición interna más decidida al imperialismo y una forma de poner a prueba métodos represivos.

En Francia aún no hemos llegado a ese punto. Pero los activistas que conocimos en Nueva York también hicieron hincapié en la responsabilidad de los demócratas. En el período inmediatamente anterior, los demócratas habían aceptado e incluso participado en las distintas etapas de demonización del movimiento propalestino y en la escalada de la represión. Esto también ocurre en Francia, con las prohibiciones de hablar en las universidades, de las que he sido objeto en Lille, Rennes y Burdeos, y los procedimientos judiciales contra Rima Hassan, diputada al Parlamento Europeo [por La France Insoumise], así como contra nuestra presidenta del grupo parlamentario, Mathilde Panot, por una supuesta «apología del terrorismo».


DB

Parece que se está formando una amplia alianza en la política europea, desde la centroizquierda liberal hasta parte de la extrema derecha, a favor del rearme e incluso del endeudamiento colectivo europeo con este fin. ¿Es el «keynesianismo militar» el futuro del crecimiento económico en Europa?



JLM

Sobre todo, es una expresión del tributo imperial impuesto por los Estados Unidos de Trump. Este ha exigido a los países europeos que aumenten su gasto militar hasta el 5% del PIB. Eso es lo que hay detrás del actual alboroto sobre el «rearme» en Europa y del endeudamiento conjunto decidido por los 27 Estados miembros de la UE. Pero, ¿qué van a hacer la mayoría de los países europeos con ese dinero? ¡Comprar armas estadounidenses!

Francia es el único país del continente con una industria de defensa más o menos independiente. De hecho, muchos países ya han anunciado nuevos pedidos de equipamiento estadounidense. Pero comprar este equipamiento significa aceptar una posición de vasallaje respecto a Estados Unidos. Un caza F-35, por ejemplo, no puede despegar sin permiso de Estados Unidos. Así que no se trata realmente de «keynesianismo militar», sino de un tributo que el imperio estadounidense impone a Europa para financiar su carrera hacia la guerra.


DB

En las elecciones parlamentarias del verano pasado, el Nuevo Frente Popular (NFP) fue el bloque más votado, pero no se le permitió gobernar. ¿Cuál cree que es la estrategia del bando de Macron para mantenerse en el poder y qué pueden hacer usted y otras fuerzas de izquierda para derrotarlo?



JLM

El Nuevo Frente Popular ganó las elecciones parlamentarias de julio de 2024 a pesar de que, durante la campaña electoral, 27 de 27 encuestas pronosticaban la victoria de la extrema derecha. Esto demuestra que su éxito no era inevitable. Pero entonces Emmanuel Macron decidió ignorar los resultados de las elecciones que él mismo había convocado. Esto es simplemente inaudito. Nuestra línea ahí fue clara: no vamos a dejar pasar esto. No podemos aceptar tal violación de los principios republicanos más básicos. Por eso propusimos una moción de censura y logramos derrocar al gobierno de Michel Barnier el pasado mes de noviembre. Esto se hizo por iniciativa de La France Insoumise. La izquierda francesa derrocó a un gobierno de derecha sin tener que levantar barricadas.

A continuación, la propuesta a nuestros aliados del Nuevo Frente Popular fue continuar con la misma táctica con el próximo gobierno de François Bayrou. Piénsenlo: ¡Bayrou proviene del partido más pequeño de la coalición de Emmanuel Macron, que perdió las elecciones! Pero el problema fue que el Partido Socialista decidió romper con el Nuevo Frente Popular. En cuatro ocasiones se negó a votar a favor de una moción de censura contra el gobierno de Bayrou. En cambio, negoció en secreto y de la noche a la mañana un acuerdo político con él. Fue el Partido Socialista el que salvó a Macron.

El pueblo francés pagó inmediatamente este error con un presupuesto de austeridad acompañado de recortes previstos de 40 000 millones de euros en gastos para hospitales, escuelas, prestaciones por desempleo, etc. Nosotros, como La France Insoumise, nos hemos distanciado de estos acuerdos podridos. Lo más importante es evitar aparecer, una vez más, como una izquierda engañosa, siempre dispuesta a traicionar sus promesas. En cambio, queremos ser la encarnación de la honestidad, en esta arena política tan llena de mentiras.


DB

Algunas figuras de su movimiento hablan de un «cuarto bloque» de no-votantes, distinto de los otros tres más reconocidos: el bloque de izquierda —o lo que ustedes llaman el bloque «popular»—, el campo nacionalista o de extrema derecha y las fuerzas macronistas y de centroderecha. ¿Qué es lo que, concretamente, impide a estos no-votantes votar por ustedes y qué más hay que hacer para ganárselos?



JLM

Ya hemos hecho un buen trabajo. Entre los jóvenes y en los barrios populares de las ciudades [les quartiers populaires], ya hemos conseguido aumentar la participación. La mitad de los jóvenes votan por nosotros, y el 70 % de los barrios populares también. Pero aún queda mucho camino por recorrer. Permítame decirle, en primer lugar, que esta estrategia es esencial para nosotros. Estamos construyendo una base popular para un programa de cambio, en lugar de intentar socavar el bloque centrista o de extrema derecha. Gracias a este método, logramos hacer retroceder a la extrema derecha el pasado mes de junio. Tanto es así que podemos afirmar sin exagerar que, en Francia, los barrios populares y los jóvenes salvaron la República.

Para lograr este resultado hemos adoptado un discurso radical y nos hemos ganado nuestra posición al no ceder ante lo que el sistema nos dice que hagamos. Tomemos, por ejemplo, Palestina o la lucha contra la islamofobia. Hemos sido insultados, perseguidos y difamados, pero entre los jóvenes y en los barrios obreros hemos demostrado nuestro coraje y nuestra sinceridad. Estas son las cosas que importan. En momentos como estos, se produce una especie de ósmosis entre un movimiento político y ciertos sectores de la sociedad.

También hemos desarrollado un considerable activismo de base. Hemos llevado a cabo una campaña de inscripción de votantes a gran escala. En los barrios populares realizamos acciones con beneficios inmediatos, como recogidas de alimentos o ayuda a las personas con material escolar. Todos estos métodos y muchos otros son el núcleo de nuestra estrategia para convencer a ese «cuarto bloque».


DB

Usted ha hablado con Bernie Sanders y otras figuras de la izquierda estadounidense. ¿Qué pueden aprender unas de otras estas diferentes izquierdas a nivel internacional? ¿Por qué su mensaje no se limita a Francia?



JLM

Rompí con cierta tradición sombría de la izquierda europea que solía venir a América para dar lecciones a los demás y decirles lo que tenían que hacer. En cambio, a mí me gusta salir al terreno para aprender y ofrecer un apoyo concreto. Antes de ir a Estados Unidos, fui a México y a Quebec para ofrecer apoyo moral y práctico a estos dos vecinos de Estados Unidos, amenazados por Trump. Luego, sentí que también era importante apoyar a la izquierda estadounidense, cuya tarea es resistir desde dentro.

Desde mi punto de vista, el surgimiento de una izquierda autónoma del Partido Demócrata es la única forma de derrotar a Donald Trump. Compartí mi análisis con todos aquellos con quienes conversé: Trump ganó porque no había ningún candidato de izquierda que se presentara contra él. Todos estuvieron de acuerdo. Por eso creo que lo que está haciendo Bernie Sanders en este momento es muy importante.


              Fuente: JACOBIN   

jueves, 14 de noviembre de 2024

El Partido Demócrata ha abandonado a la clase trabajadora

 

Bernie Sanders, senador por Vermont, reacciona a la derrota de Kamala Harris.


     No debería suponer una gran sorpresa que un Partido Demócrata que ha abandonado a la clase trabajadora se encuentre con que la clase trabajadora los ha abandonado a ellos. Primero fue la clase trabajadora blanca, y ahora también los trabajadores negros y los latinos. Mientras los dirigentes demócratas defienden el estado actual de cosas, el pueblo estadounidense está enfadado y quiere cambios. Y tiene razón.

Hoy, mientras a los más ricos les va espectacularmente bien, el 60% de los estadounidenses vive mes a mes, y la desigualdad en el reparto de la riqueza es mayor de lo que ha sido nunca. Por increíble que pueda parecer, la paga semanal del trabajador estadounidense medio, teniendo en cuenta la inflación, es de hecho más baja ahora que hace 50 años.

Hoy, a pesar de una explosión en tecnología y productividad laboral, mucha gente joven va a vivir peor que sus padres. Y a muchos de ellos les preocupa que la Inteligencia Artificial y la robótica puedan empeorar una situación que ya es mala.


Protestas de los trabajadores de Amazon en Boston (EE.UU.) el pasado mes de marzo. Fotografía de Joe Piette

Hoy, a pesar de que la inversión per cápita es mucho mayor que en otros países, seguimos siendo la única de las naciones desarrolladas que no garantiza asistencia sanitaria a todo el mundo como derecho humano, y pagamos, de lejos, los precios más altos del mundo por los medicamentos que nos recetan. De entre los países más poderosos, somos el único que ni siquiera es capaz de cubrir las bajas por motivos familiares o de salud.

Hoy, a pesar de la fuerte oposición de una mayoría de estadounidenses, continuamos gastando miles de millones en subvencionar la guerra total del gobierno extremista de Netanyahu contra el pueblo palestino que ha llevado a un espantoso desastre humanitario de desnutrición masiva y muerte por inanición para miles de niños.

¿Aprenderán los grandes intereses monetarios y los bien pagados consultores que controlan el Partido Demócrata alguna lección real de esta desastrosa campaña? ¿Entenderán el dolor y la alienación política que están experimentando decenas de millones de estadounidenses? ¿Tienen alguna idea sobre cómo enfrentarse a una oligarquía cada vez más poderosa y con tanto poder económico y político? Probablemente no.

En las semanas y los meses por venir, quienes estamos preocupados por las bases de la democracia y por la justicia económica necesitamos mantener algunas discusiones políticas muy serias.

Permanezcan atentos.


Fuente: CTXT