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martes, 24 de diciembre de 2024

Esperanza, depresión y deserción

 

      Escritor y filósofo italiano. Activistista de la izquierda.



     En los últimos años, el economista Paul Krugman ha luchado denodadamente para que Biden ganara las elecciones. Repitió cien veces en los editoriales publicados por el New York Times que los estadounidenses tenían que votar por Biden porque, gracias a las políticas adoptadas por su administración, la economía estadounidense estaba en auge.

De hecho, en comparación con el colapso de las economías europeas, a la estadounidense le está yendo bien en comparación con la europea, que tuvo que renunciar a la energía de Rusia. Pero vemos que la vieja máxima clintoniana: “Es la economía una estupidez”, ya no funciona.


Obra de INSTUBÁLZ.

Para entender algo sobre el precipicio al que las elecciones estadounidenses han arrojado definitivamente al mundo necesitamos una máxima diferente: "Es la psicología, estúpido".

Los sentimientos de decadencia no son menos concretos que la economía: el dolor psíquico, la humillación, la sensación de asfixia, la tristeza, la demencia senil que se ha apoderado de la población occidental.

El triunfo global de la maldad, al que asistimos un tanto desconcertados, se explica sobre todo por la epidemia psicótica que la economía no puede gobernar y la política menos aún.

Si los demócratas, y la izquierda en general, estuvieran a la altura de la tragedia, tendrían que admitir que el ultraliberalismo de fanáticos como Milei no es otra cosa que la evolución del liberalismo moderado que ha guiado la acción gubernamental durante al menos Al menos treinta años de gobiernos de centro izquierda, desde Blair hasta Schroder, pasando por Letta y Renzi.

“La diferencia entre Trump y Harris es que Trump te arrastra alegremente al abismo para hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande, mientras que Harris te arrastra alegremente al abismo por razones que nunca explicó. ¿Deberíamos sorprendernos de que la gente haya elegido el fascismo?” (Roger Hallam)

Cómo creer las protestas de los demócratas ante la inhumanidad con la que el gobierno de Meloni trata a los migrantes, ya que el paradigma racista que adopta Meloni fue forjado por un individuo llamado Marco Minniti, que ahora se ocupa de armamentos.

¿Cómo creer las protestas de los demócratas ante la devastación de la salud pública cuando fueron ellos quienes iniciaron la privatización y el desfinanciamiento del sistema público?

El único país europeo en el que los fascistas no triunfan es aquel en el que la izquierda ha intentado, aunque entre mil incertidumbres, poner en el centro la sociedad y no la economía o la seguridad: España.

Es el único país europeo donde la gente en la calle parece dispuesta a sonreír y saludarte, donde la cortesía y la alegría no han sido completamente prohibidas, como en Italia.

Es el único país en el que existe una ley (la reforma de Yolanda Díaz) que regulariza el trabajo precario, y en el que se intenta resistir a la privatización. Y (milagro) las finanzas públicas están en mucho mejor situación que en la Francia de Macron o en la Italia de Meloni.

Pero volvamos a Krugman: el 15 de diciembre publicó su último editorial en el NYT. Tan último que se titula: Mi última columna: Encontrar esperanza en una era de resentimiento.

Krugman comienza recordando los viejos tiempos, cuando “las encuestas mostraban un nivel de satisfacción que hoy parece surrealista... Los estadounidenses consideraban que la paz y la prosperidad estaban garantizadas."

¿Por qué los estadounidenses hoy están hundidos en el resentimiento y en una depresión que parece curarse sólo con la violencia?

La respuesta de Krugman es desalentadoramente superficial:

“¿Por qué se agrió ese optimismo? A mi modo de ver, hemos sufrido un colapso de la confianza en las elites: el público ya no confía en las personas que dirigen las cosas."

¿Eso es todo? ¿Crisis de confianza en la élite? ¿Y cuáles serían las causas de esta crisis de confianza?

Krugman no responde a esta pregunta, pero por otro lado concluye con un par de frases que pretenden ser tranquilizadoras pero que en realidad son simplemente idiotas.

“Lo que creo, escribe el columnista al que alguna vez respeté, es que si bien el resentimiento puede llevar a las personas malas al poder, a la larga no les permite permanecer en posiciones de poder."

No se preocupen muchachos, todo estará bien porque los votantes estadounidenses pronto se cansarán de estos tipos malos. ¿En realidad?

Incluso en el improbable caso de que las cosas fueran tan simples como las ve el premio Nobel Krugman, valdría la pena preguntar (en el último editorial) qué sucede mientras tanto, mientras se espera que los buenos votantes estadounidenses entren en razón y voten por una buen presidente (¿como Joe Biden?).

Krugman pasa por alto este punto: ¿qué hará esa banda de racistas fanáticos que ha tomado el poder en los próximos cuatro años? Y concluye su último editorial con una invitación a no perder la esperanza.

“Si nos oponemos a la kakistocracia (gobierno de los malos) que está surgiendo, más tarde podremos dar marcha atrás y encontrar el camino hacia un mundo mejor”.

Si ésta es la cualidad intelectual de los demócratas, no es difícil entender por qué ganan los fascistas. El uso fraudulento del tema de la esperanza corre el riesgo de convertirse en una trampa más.

Para empezar, la esperanza no es un argumento. Es un estado de ánimo (a menudo engañoso y presagio de decepción y resentimiento), o es una virtud teologal.

No puedo comentar sobre las virtudes teologales, y dejo la palabra al Papa Francisco, quien en la primera entrevista concedida tras su elección, dijo a un entrevistador de calidad como Antonio Spadaro:

«Veo claramente que lo que más necesita la Iglesia hoy es capacidad de curar las heridas y calentar el corazón de los fieles, cercanía, cercanía. Veo la Iglesia como un hospital de campaña después de una batalla. ¡Es inútil preguntarle a una persona gravemente herida si tiene niveles altos de colesterol y azúcar! Sus heridas deben ser tratadas. Entonces podremos hablar de todo lo demás. Curar las heridas, curar las heridas... Y hay que empezar desde abajo".

Ratzinger, el predecesor de Francisco, había centrado su enseñanza en torno a la noción de verdad y, por tanto, había atribuido la primacía a la fe, única en la que puede basarse la posesión (exclusiva) de la verdad.

Me parece que Francisco, en cambio, pretende dar primacía a la caridad.

Y estoy de acuerdo con él. La caridad, la solidaridad, o quizás la amistad, o quizás la complicidad entre desertores, es la virtud teologal que necesitamos. No esperanza.

Muchos, aterrorizados por la oscuridad del horizonte, abrazan la fe y luchan como héroes por una causa que no es la suya. Siempre he desconfiado de la fe. Y nunca he creído en la existencia de la verdad.

Dije sobre la esperanza. No es un argumento y muy a menudo es engañoso. Pierdes el tiempo esperando cuándo será el momento de huir.


No pierdas el tiempo esperando. Es hora de desertar


Al respecto, leí un magnífico mensaje de Roger Hallam, desde la prisión británica donde se encuentra recluido por haber denunciado los efectos del colapso climático.

En cuanto salga de aquí, dice el líder de Extinction Rebellion, saldré a la calle y retomaré mi actividad de agitación. Un ejemplo de intrepidez ética y desafío estético.

“Quiero ir de puerta en puerta para convencer a la gente”, dice Roger.

Me pregunto: ¿convencerla de qué?

Roger Hallam describe muy bien la situación:

“El 52% de los votantes hispanos votaron por Trump. El único grupo que votó por los demócratas fue el de los blancos con educación universitaria. Interesante, ¿no? Durante mucho tiempo he sostenido que deberíamos ir a tocar a las puertas de la gente. Pero pocos, especialmente entre los blancos con educación secundaria, quieren hablar con la gente. Es mejor estar en las redes sociales quejándose de Trump. La depresión puede ser deliciosa, ¿no?"

Hallam nos reprocha que en lugar de ir a convencer a la gente (no sabemos de qué) nos quedamos aquí encerrados en la habitación y nos deprimimos. Aquí no estoy de acuerdo con él.

Creo que la depresión es un acto de sabiduría y, sobre todo, sé que la depresión evoluciona y se convierte en otra cosa.

Puede evolucionar hacia el fanatismo reaccionario, la agresión contra algún chivo expiatorio, el fascismo en resumen. Esto es lo que está sucediendo a gran escala.

Pero, en cambio, la depresión puede evolucionar como un abandono de la expectativa de cualquier futuro (o esperanza). Puede evolucionar hacia la deserción, el abandono de la esfera histórica.

Si realmente tuviera que andar con Roger llamando a las puertas de la gente, creo que esto es exactamente lo que le diría: "empaca un bulto con lo esencial y ven conmigo". No pierdas el tiempo esperando, es hora de escapar. Y cuando escapas no sólo escapas, sino que buscas nuevas técnicas de supervivencia, nuevas formas de amistad y erotismo”.shington Post

Fuente: ILDISERTORI

viernes, 6 de diciembre de 2024

Trump, la intensificación de la estrategia contra China

 

Analista internacional en Descifrando la Guerra.


Con la victoria de Donald Trump, Estados Unidos reforzará su plan “Pivot to Asia”, estrategia destinada a presionar a China para evitar que se consolide como potencia contrahegemónica.



     La victoria de Donald Trump en las elecciones del 5 de noviembre supuso un terremoto de dimensiones globales. Acompañado por un notable refuerzo republicano en el poder legislativo, y a pesar de que la hipótesis de un retorno del magnate a la Casa Blanca siempre estuvo encima de la mesa, lo cierto es que, en cierta medida, el resultado tomó por sorpresa a analistas y líderes mundiales, particularmente por la contundencia del éxito.




A lo largo de la campaña, Donald Trump había insistido en su enfoque aislacionista y en su tendencia a minimizar la importancia concedida desde Washington a Ucrania y Rusia.

En este sentido, la discrepancia entre demócratas y republicanos se ha visto acentuada desde la invasión rusa en 2022. El gobierno de Joe Biden mantuvo una perspectiva atlantista, hecho que habría persistido en una eventual (hoy, ya, imposible) presidencia de Kamala Harris. La ayuda financiera y armamentística a Ucrania, si bien matizada, se habría visto con toda probabilidad sostenida en el tiempo. Los demócratas han sido favorables a una presión contra Rusia en el escenario ucraniano que desgaste las capacidades de Moscú de ejercer como contención antiestadounidense en beneficio de China.




Mientras la guerra ruso-ucraniana se perfilaba como un innecesario dolor de cabeza para una nueva administración trumpista, el caso de la disputa con China es exactamente el contrario: demócratas y republicanos coinciden en la doctrina del Pivot to Asia; es decir, que Estados Unidos ha de enfocar su política exterior y sus recursos militares, diplomáticos y económicos en presionar a China en Asia-Pacífico. De esta forma, Washington busca limitar la consolidación de Pekín como gran actor contrahegemónico no alineado con el esquema de poder estadounidense y occidental.




China, más prioritaria que nunca

Los relativos fracasos de la guerra comercial de Estados Unidos contra la economía china, así como las limitaciones que demócratas y republicanos han enfrentado a la hora de tomar posiciones diplomáticas con actores regionales, elevan el carácter de urgencia del Pivot to Asia. Hace casi veinte años que la administración Obama, que empezaba por aquel entonces a dar sus primeros pasos, decretó el giro estratégico hacia Asia. Desde entonces, lo evidente es que el bloque no ha logrado su objetivo primario: impedir el asentamiento del orden multipolar.

Donald Trump buscará recrudecer la disputa contra China, intensificando además los métodos; el tiempo no parece jugar a favor de Estados Unidos. Aunque es probable que el nuevo ejecutivo trumpista no abandonará inmediatamente el escenario de Oriente Medio, sí está convencido de la necesidad de destinar buena parte de los recursos de disuasión militar a Asia-Pacífico.




“China será el núcleo del interés estadounidense, pues es Pekín quien cuestiona en mayor medida el sueño unipolar de las élites norteamericanas y sus aliados en Europa y otras regiones”

Trump podría apoyar a Israel en Gaza, Líbano e Irán, sí, pero es posible que exija a Netanyahu una suerte de aceleración —las nominaciones de figuras “turbosionistas” para su gabinete refuerzan esta idea—, a cambio de algo parecido a una paz antes de 2026. Es decir, el nuevo gobierno en Washington daría “manga ancha” a Tel Aviv para que avance todo lo que pueda a lo largo de 2025, buscando así una especie de paz sobre “lo logrado” que permita derivar recursos a Asia y concentrar los que queden en Oriente Medio en torno a Irán.

En cualquier caso, China será efectivamente el núcleo del interés estadounidense, pues es Pekín quien cuestiona en mayor medida el sueño unipolar de las élites norteamericanas y sus aliados en Europa y otras regiones. Sin buscar el colapso del Gigante asiático o, en su defecto, su debilitamiento relativo, será imposible retornar al esquema de poder de la década de los noventa y los primeros años del siglo XXI.




De hecho, la narrativa trumpista de la reindustrialización nacional está estrechamente ligada con el Pivot to Asia: dado que la competitividad de las industrias chinas se ha logrado mediante prácticas “desleales” —que se parecen, sospechosamente, a las empleadas por las principales economías occidentales durante su fase de crecimiento—, y considerando que es esta misma competitividad la que atenta contra los intereses de la clase trabajadora nativa estadounidense, presionar a China militar, comercial y diplomáticamente es, en esencia, “defender” a los trabajadores de Estados Unidos.

La agresividad antichina del trumpismo, enmarcada en el Pivot to Asia, es parte también de una ofensiva cultural. La problemática del fentanilo, evidencia del negligente sistema de salud pública y prevención de problemas asociados a la drogadicción de Estados Unidos, ha sido empleada durante la campaña como parte de la arquitectura discursiva contra Pekín. Howard Lutnick, el nominado por Donald Trump para la secretaría de Comercio, llegó a asegurar que la droga estaba siendo introducida directamente por China para “atacar desde dentro” a la clase trabajadora norteamericana.

Los hombres de Trump

Aunque la mayoría han de recibir todavía el aval del Senado estadounidense, los nombres puestos encima de la mesa evidencian la voluntad de Trump de incidir en la lógica del Pivot to Asia contra China. JD Vance, el elegido por Trump para ser su candidato a la vicepresidencia (y, por ende, hoy vicepresidente electo), Marco Rubio, su secretario de Estado, Pete Hegseth, su secretario de Defensa, Howard Lutnick, su secretario de Comercio o Mike Waltz, su consejero de Seguridad Nacional. Todos coinciden, a grandes rasgos, en el enfoque respecto a China.




Lutnick, sin ir más lejos, fue uno de los nombres propios que en mayor medida mencionó la idea del fentanilo chino. Además, ha sido seleccionado por Trump para el área destinada a las políticas arancelarias, pues se ha manifestado favorable a un arancel del 60% para todos los productos chinos —una de las ideas sostenidas por el presidente electo durante la campaña—.

La batalla arancelaria, pues, debería ser un pilar más firme de lo que ya lo fue con Biden o con el primer Trump. A través de esta presión, Washington aspira a limitar o detener el crecimiento económico chino, que es la base de su consolidación como potencia contrahegemónica.

Rubio ocupará la cartera más importante de la política exterior estadounidense: será el secretario de Estado. Es cierto que su nominación responde en cierta medida al peso del electorado latino en las elecciones, pues Rubio (de ascendencia cubana) se ha mostrado como senador particularmente agresivo contra gobiernos regionales como el cubano o el venezolano. Sin embargo, y a pesar de que es reseñable que Trump otorgue esta cartera a un perfil “latinoamericanista”, no es menos notoria su posición al respecto de China.


Marco Rubio será el secretario de Estado en la Administración Trump a partir de 2025.

Rubio fue protagonista, desde el Senado, en varias campañas contra el Gobierno chino, en particular las relacionadas con Huawei, Tiktok y la minoría uigur en la región occidental de Xinjiang. Con nombres como Rubio, Lutnick o el propio Vance, es previsible pues que Estados Unidos intensificará su agresividad contra China, incluso aunque haya ciertas discrepancias al respecto en algunos sectores del capitalismo norteamericano.

“Si Trump logra “apagar los fuegos” en Ucrania y Oriente Medio, podrá desviar recursos militares a Taiwán y, en general, al Asia-Pacífico”

Las alianzas regionales aspiran a ser decisivas en el apartado diplomático de la estrategia antichina. La incipiente “tríada” con Japón y Corea del Sur, el AUKUS con Reino Unido y Australia o el Quad, con Japón, Australia e India, acompañan la que apunta a ser la alianza más importante de Washington: la de la isla de Taiwán. Allí, los sectores anticomunistas y favorables a los intereses occidentales en Asia-Pacífico han ganado tres elecciones consecutivas, consolidando el protonacionalismo taiwanés en oposición a quienes defienden una reunificación con la China continental.

La “nueva” fase de la política exterior de Estados Unidos no es estrictamente “nueva”. Se trata, en realidad, de la intensificación de dinámicas ya existentes. Con Obama, primero, con Trump, después, con Biden, nuevamente, y ahora con Trump, Washington y su esquema colectivo de poder han puesto el foco en la presión contra China desde 2008. Lo que probablemente cambie sea la magnitud de dicha estrategia.




Comercialmente, el ascenso a un 60% generalizado de aranceles para productos chinos es un salto notable. Estratégicamente, este mandato será crucial. Si Trump logra “apagar los fuegos” en Ucrania y Oriente Medio, podrá desviar recursos militares a Taiwán y, en general, al Asia-Pacífico. De lograrlo, la dinámica multipolar podría tornarse bipolar. Si Washington no lo logra, es esperable que la consolidación china sea casi irreversible. El próximo lustro marcará la geopolítica del siglo XX… y el primer gran evento ha sido la victoria de Trump.


Fuente: EL SALTO

jueves, 14 de noviembre de 2024

El Partido Demócrata ha abandonado a la clase trabajadora

 

Bernie Sanders, senador por Vermont, reacciona a la derrota de Kamala Harris.


     No debería suponer una gran sorpresa que un Partido Demócrata que ha abandonado a la clase trabajadora se encuentre con que la clase trabajadora los ha abandonado a ellos. Primero fue la clase trabajadora blanca, y ahora también los trabajadores negros y los latinos. Mientras los dirigentes demócratas defienden el estado actual de cosas, el pueblo estadounidense está enfadado y quiere cambios. Y tiene razón.

Hoy, mientras a los más ricos les va espectacularmente bien, el 60% de los estadounidenses vive mes a mes, y la desigualdad en el reparto de la riqueza es mayor de lo que ha sido nunca. Por increíble que pueda parecer, la paga semanal del trabajador estadounidense medio, teniendo en cuenta la inflación, es de hecho más baja ahora que hace 50 años.

Hoy, a pesar de una explosión en tecnología y productividad laboral, mucha gente joven va a vivir peor que sus padres. Y a muchos de ellos les preocupa que la Inteligencia Artificial y la robótica puedan empeorar una situación que ya es mala.


Protestas de los trabajadores de Amazon en Boston (EE.UU.) el pasado mes de marzo. Fotografía de Joe Piette

Hoy, a pesar de que la inversión per cápita es mucho mayor que en otros países, seguimos siendo la única de las naciones desarrolladas que no garantiza asistencia sanitaria a todo el mundo como derecho humano, y pagamos, de lejos, los precios más altos del mundo por los medicamentos que nos recetan. De entre los países más poderosos, somos el único que ni siquiera es capaz de cubrir las bajas por motivos familiares o de salud.

Hoy, a pesar de la fuerte oposición de una mayoría de estadounidenses, continuamos gastando miles de millones en subvencionar la guerra total del gobierno extremista de Netanyahu contra el pueblo palestino que ha llevado a un espantoso desastre humanitario de desnutrición masiva y muerte por inanición para miles de niños.

¿Aprenderán los grandes intereses monetarios y los bien pagados consultores que controlan el Partido Demócrata alguna lección real de esta desastrosa campaña? ¿Entenderán el dolor y la alienación política que están experimentando decenas de millones de estadounidenses? ¿Tienen alguna idea sobre cómo enfrentarse a una oligarquía cada vez más poderosa y con tanto poder económico y político? Probablemente no.

En las semanas y los meses por venir, quienes estamos preocupados por las bases de la democracia y por la justicia económica necesitamos mantener algunas discusiones políticas muy serias.

Permanezcan atentos.


Fuente: CTXT