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sábado, 4 de enero de 2025

La filosofía como modo de vida

 

      Comunista marxista. Licenciado en Filología. Profesor de IES.


Este año se cumplirán cien años del nacimiento del pensador marxista más relevante nacido en España. No solo su obra es determinante y significativa; también lo fue su vida. Reproducimos aquí como primera entrega este texto publicado en Espai Marx.


(1) A menudo Sacristán juzga con rigor la validez de su obra. 

     Creo que, más allá de todas las dificultades que tuvo para disponer de tiempo y medios, hay un punto en el que se equivoca y no estoy de acuerdo con su valoración sobre sí mismo, y dirimo con él una querelle teórica.

Me explico: cuando leo sobre Diógenes Laercio y sus vidas de filósofos ilustres, siempre encuentro la misma opinión: es un centón de vidas de filósofos de anécdotas vitales, pero Diógenes se olvida de explicarnos sus «sistemas». Habla de vidas: ¡de vidas! Pero, si el filosofar es algo, es precisamente ser un saber segundo cuya primordial función debe ser orientar la propia vida, apelarse a sí mismo y ser capaz de vivir de otro modo, de un modo filosófico. En esto suscribo lo que explica Pierre Hadot (2). Hubo en la clasicidad personas a las que todos consideraban filósofos y que no escribieron nunca nada –a comenzar por Sócrates–, pero sus vidas eran vidas de filósofos, y por eso seducían, servían, orientaban, por eso eran y se convertían en maestros, es decir, tenían discípulos. No por su obra.

Entonces, para seguir con el ejemplo, si Diógenes Laercio nos cuenta cómo Diógenes el cínico, en su frugalidad, tira la taza que utilizaba para beber agua al ver a un niño que bebía con la mano –«hasta un niño me da lecciones»–, eso es anecdótico; si hubiese recogido las reflexiones de Diógenes el cínico sobre «el ser» o los atributos divinos eso sería filosofía. El filosofar de Sacristán –y el de Giulia Adinolfi (3)–, su concepción de la vida sabia, esto es, de la vida del sofós, incluía la reflexión y el estudio, ciertamente, como forma filosófica de praxis y de vida; incluía la praxis política y la preocupación por la polis. Desplegaba y acogía estas actividades y la sobriedad de vida, y la apertura a los demás. Lo que meditaba, meditaban, lo escribían; y lo que estudiaban lo escribían porque el estudio formaba parte de ese modo de vida que es el que nos impresionaba, el que nos cautivaba. Eran Silenos buscando seducirnos para la vida sabia, tal y como dice el Alcibíades de Sócrates en El Banquete (4).




Ninguna obra sistemática puede lograr eso, ninguna elaboración intelectual puede convertir a nadie en conciencia crítica de nadie. Sólo una vida filosófica. Por lo demás, el trabajo intelectual de Sacristán siempre poseía erudición, saber, rigor intelectual, y además rigor moral y capacidad de interpelar al sujeto.


Manuel Sacristán

Sería triste que una reminiscencia teoreticista nos hubiese hecho perder alguna página más de Sacristán que hubiese podido ser escrita, a pesar de su poco tiempo y de todas sus dificultades vitales (5).


  1. ) II. Hay una cosa que no he añadido y que muestra hasta qué punto no se le entiende –no se les entiende–, hasta qué punto se les interpreta como absurdos por leerlos desde el cursus honorum, esto es, desde fuera de la filosofía: cuando algunas personas se pasman por el hecho de que renunciara a las ofertas de trabajo e investigación que le hicieron en el extranjero –o que Giulia se quedase a vivir en España siendo italiana– (6). Pero, por encima de todo, Sacristán no era un investigador, no era una persona cuya meta y fin fuese una obra «científica», teorética. Por encima de todo su meta era vivir una vida conforme a unos principios, muy exigentes desde luego. Es la idea de vida sabia, que incluye el estudio como autodespliegue.

Tienen «razón», sin embargo, los que, para destruirles, atentan contra su recuerdo inventando calumnias sobre su moralidad (7) : saben, sintieron lo que eran; les pesó lo que eran, sus miradas. Y saben dónde estaba su fuerza, por eso tratan de destruirla. Es criticarlo de «inmoral».

III. Amigos, uno de nosotros, que sabía que yo tenía encargado el libro La tradición de la intradición (8), me ha preguntado sobre el libro. Hasta esta tarde, que he tenido que ir a Barcelona, no lo he tenido en las manos. Tengo, por tanto, muy poco leído, pero escribo esta nota como acuse de recibo de la pregunta. Creo que está magníficamente bien escrito, y decir eso es decir mucho. Y tiene una admirable concepción clara de lo que es la filosofía y el filósofo, pero eso ya lo había leído en la entrevista de Salvador, que editamos en EM, y cuya dirección electrónica adjunto de nuevo (9).

Lo que dice sobre qué es, cómo se entiende la filosofía y qué es un filósofo, cuando por ejemplo dice que hay que imitar a Unamuno, más que estudiarle… y que se aclara de forma meridiana, cuando habla de Sacristán. Considera que Sacristán es un filósofo logrado, «destino» es la palabra que usa de alguna manera (10). Yo estoy de acuerdo, por entero. Decir esto es decir «bastante», porque, precisamente, hace poco, otra persona, en un artículo por lo demás muy interesante, definía la obra de «Manolo» como «inacabada», como no creadora de «nada original», como «frustrada» por las circunstancias, la historia, el esto y lo otro. Hay ahí, una interpretación, dos, de lo que es ser filósofo. Una, es decir originalidades, en papers en inglés a ser posible, y esa es la que Méndez Baiges define como «grasa escolástica». En esa no está Manuel Sacristán Luzón; sí, quizá algunos de «los manolos». Otra, «ir en serio» (11), aunque eso no sea considerado «original» dentro de alguna corriente filosófica, y ese sí es el modelo de Sacristán: la filosofía como modo de vida.


  1. Sobre filosofías «acabadas», sobre obras filosóficas «acabadas» que, cuando se juzga la obra de MSL, es lo que se entiende por perfección, nada más sistemático, redondo y acabado que un estudio sobre Quine, o sobre el primer libro de El capital: estudios, en sí, sobre un material concluso, quietos y firmes, unos y otros, como las pirámides de Egipto. Por el contrario, nada más abierto e inacabado, por ser inacabable, que el filosofar sobre lo que pasa. Sólo que lo que es incierto, «in-cierto», precisamente porque fue y ya no es, es lo que pasó, y lo único que es cierto es lo que está pasando, que precisamente por eso, lo que nos causa es «incertidumbre» –me estoy poniendo cursi como Ortega, y sus «a redropelo», etc., disculpad–; y por ello, trabajar lo ido y concluido, es redondo, pero sobre el pasado, que es ficción, en relación con el presente. Y pensar lo que está pasando, filosofarlo, es trabajo abierto, tentativo e inacabado porque es inacabable. El «devenir» es lo que tiene, que constantemente está deviniendo, que es un no parar, o sea, un «despropósito», un «sindiós» de los de Amanece, que no es poco… ¡Qué se le va a hacer!

Por lo demás, él, MSL, en algún texto, recuerda que durante los años cincuenta, había pensado –«habíamos pensado»– que con Marx y el marxismo se tenía un pensamiento que bastaba; o una frase semejante. Supongo que quería decir que bastaba para elaborar una práctica revolucionaria. Cuando escribía esto, MSL consideraba implícitamente como positivo haber salido de aquel estadio intelectual. Salvador sabrá señalar dónde escribe esto MSL (12). Esto no excluye –según MSL– la necesidad de leer: 1) los clásicos, todos los clásicos 2) la tradición, el marxismo como tradición, incluida dentro de la tradición revolucionaria. Clásicos y tradición, palabras usadas por MSL a sabiendas de lo que quería decir clásicos y tradición: no saber perennis, sive ciencia, que sería siempre «Remurimiento» (13).


Notas de edición

A cargo de Salvador López Arnal

1 Carta de Sacristán, fechada en Barcelona el 30/VI/1985, dirigida a Eloy Fernández Clemente, Zaragoza, director entonces de la revista aragonesa Andalán:

Querido amigo,

estoy cascado, pero no chocheo. Con esa precisión podrás inferir que no me olvido de los amigos (al menos, todavía, y si el estar cascado no da un «salto cualitativo», tampoco los olvidaré en el futuro).

También he de protestar de que llames «magníficos» a los dos tomos [Sobre Marx y marxismo, Papeles de filosofía] aparecidos de Panfletos y Materiales. Me parece que ellos revelan bastante bien el desastre que en muchos de nosotros produjo el franquismo (en mí desde luego): son escritos de ocasión, sin tiempo suficiente para la reflexión ni para la documentación.

En cambio, te agradezco mucho lo que dices de una posible utilidad mía en otras épocas. Supongo que también eso es falso, pero el hombre es débil y acepta algunas falsedades.

Y en cuanto a la entrevista para Andalán, la hacemos cuando quieras. A propósito de lo cual es bueno que sepas que yo tengo algunas limitaciones graves: después de una operación de corazón, me falló definitivamente el riñón que me quedaba. Hace veinte años, cuando le pasaba a uno eso, el parte médico decía que falleció de fallo renal. Ahora te enchufan a una máquina de hemodiálisis cada 48 horas y sobrevives, aunque no lo pasas muy bien. Consecuencia: no haremos la entrevista en día de hemodiálisis. Cuando haya que hacerla me telefoneas antes (o me telefonea alguien de Andalán) y fijamos la fecha.

Mandaré uno de estos días una carta internacional a Lola Albiac: se trata de componer una cadena universitaria mundial en pro del desame nuclear. Espero que ella te enganche a la cadena,

Mientras tanto, un saludo afectuoso

Manolo.


  1. Véase, por ejemplo, Pierre Hadot, La filosofía como forma de vida. Conversaciones con Arnold I. Davidson y Jeannie Carlier, Barcelona: Ediciones Alpha Decay, S.A (varias ediciones).

3. Véase la página web dedicada a Giulia Adinolfi: https://giuliaadinolfi.wordpress.com/.


Giulia Adinolfi junto a Manuel Sacristán.

4 Sacristán tradujo, presentó y anotó en 1956 para la editorial Fama El Banquete de Platón, una traducción muy elogiada por José M.ª Valverde. Fue reeditada por Icaria en 1982, por iniciativa de discípulos suyos, profesores de filosofía en secundaria. Entre ellos: Paco Tauste, Maria Rosa Borràs, Sara Estrada, Pere de la Fuente, Francesc Xavier Pardo,…

  1. Sacristán falleció el 27 de agosto de 1986, con 59 años. Como señala en la carta de la primera nota, en 1984 le fue extirpado su segundo riñón, el primero de muy joven, y tuvo que seguir sesiones de diálisis hasta sus últimos días. Falleció de vuelta a casa, cuando salía de una de estas sesiones.

  2. Giulia Adinolfi, militante del PCI, dejó Nápoles para vivir en Barcelona desde 1957, en la España franquista.

    Sacristán no aceptó una oferta para dar clases en el Instituto de Lógica de Münster al finalizar sus cuatro semestres de estudio (1954-1956) en el centro de investigación y enseñanza alemán. Poco después pasaría a militar en el PCE-PSUC.

Declinó también varias ofertas y ayudas –una de ellas de Mario Bunge, de quien tradujo La investigación científica– para dar clases en universidades extranjeras al ser expulsado por razones políticas, vía no renovación de su contrato laboral, de la Facultad de Económicas de la Universidad de Barcelona en 1965.

  1. Los casos, por ejemplo, de Jaime Gil de Biedma, Gabriel Ferrater, Manuel Vázquez Montalbán y Josep Maria Castellet. Véase SLA, La observación de Goethe, Madrid: La Linterna Sorda, 2015 (pròlogo de Jordi Torrent Bestit).

  2. Véase Víctor Méndez Baiges, La tradición de la intradición. Historias de la filosofía española entre 1843 y 1973, Madrid: Taurus, 2021.

9, Entrevista a Víctor Méndez Baiges sobre La tradición de la intradición «Si algo llama la atención es el gran desconocimiento que hay, incluso entre los profesores de filosofía, de la historia de la filosofía española.» El Viejo Topo, diciembre de 2021 https://espai-marx.net/?p=10975.

10 Véase Manuel Sacristán, «Lógica formal y filosofía en la obra de Heinrich Scholz». Papeles de filosofía, Barcelona: Icaria, 1984, p. 65.

11, Sacristán usa esta expresión hablando de Ulrike Meinhof en su conversación con Antoni Munné y Jordi Guiu de 1979. Véase De la Primavdera de Praga al marxismo ecologista. Entrevistas con Manuel Sacristán, Madrid: Los Libros de la Catarata, 2004, pp. 98-100 (edición de Francisco Fernández Buey y SLA).

12, Tal vez en la entrevista con Dialéctica de 1983 o en la conversación con Antoni Munné y Jordi Guiu para El Viejo Topo anteriormente citada. Ambas en Ibidem, pp. 147-178 y pp. 91-114 respectivamente.

13, Neologismo usado por Sacristán en «Nota acerca de la constitución de una nueva filosofía» (1953). Papeles de filosofía, ob. cit., pp. 7-12. No fue el único neologismo que inventó. Otros ejemplos: tontiastuto, cultiprofundo, fobosofía, logorragia, sociofísica, letrateniente, liporiosa, sototeoría, polihístor, hierocracia,...

Fuente: EL VIEJO TOPO

domingo, 18 de agosto de 2024

Lecturas veraniegas en desorden programado

 

Respingos de la calor (4 de 10)


 Por Pedro Costa Morata

Una vez más, las cordiales y siempre reflexivas recomendaciones que los grandes periódicos hacen al gran público al inicio del verano sobre lecturas para el ocio y el estío, aunando generalmente el interés con la actualidad y la literatura de calidad con la política o la ciencia más pedagógicas, me resbalan cordialmente y me encuentran incapaz de utilizarlas y seguirlas. Si alguna diferencia tiene para mí el verano (que ya es suficiente eufemismo de muy declinante significado propio) respecto del resto del año es que me impulsa a acabar cosas iniciadas y a optar por las lecturas que mis tareas me van marcando o exigiendo.

Bueno. Aunque esté convencido de la escasa influencia que la lista de mis lecturas de estos días vaya a ejercer como estímulo en mis prójimos y el género humano en general, me conformaré con el -personal, inalienable- placer de revisarlas con un mínimo descriptivo, que nunca vendrá mal, ni de sobra, a nadie. Y me inicio con Rafael Chirbes y sus Diarios, que su autor llama A ratos perdidos, cuyo volumen segundo, las partes 3 y 4, me venía durando mucho, tanto por sus tropecientas páginas como porque tiraba de él solo en ratos perdidos. Lo cual, y en este caso, no significa que infravalore su literatura sino, muy al contrario, reconoce la especial delectación que me produce la lectura de Chirbes, compañero mío que fue de internado ferroviario, dos cursos más joven que yo. Aparte de que su importancia como novelista sigue agrandándose, estos diarios me parecen valiosísimos ya que, demorando su publicación para cuando dejara de soportar este perro mundo (murió de forma precoz y anunciada en 2015) son de una sinceridad material rotunda y de un cuidado redaccional que igualmente son de apreciar. Chirbes alude con mucha frecuencia a nuestro internado de León, a la férrea vigilancia, digamos, ultracatólica de nuestros (comunes) curas-profesores y a ciertos traumas que, aun sin reconocerlos claramente, deja traslucir. Lo cual me transporta a un tiempo del que no soy consciente haber sufrido ningún trauma, aunque sí “cargas” morales y religiosas que me ha costado lo mío aligerar; pero me entretiene mucho ver con qué diferencial actitud Chirbes y yo vivimos la misma etapa. Con el “nuevo curso” disfrutaré de las partes 5 y 6 de esos Diarios, más abultadas que las anteriores, pero que devoraré.

Por influencia directa de Chirbes, ya que en la obra a la que aludo lo cita de forma admirada, he leído de un tirón Gran Sol (1958), de Ignacio Aldekoa, cuyo lomo y portada blanqueaban en mi estantería desde hace años, esperando mi atención y mi tiempo, remisos durante años sin motivo alguno. Aldekoa era nacido en Vitoria, tierra vasca de interior, pero siempre se sintió subyugado por el mar. Esta obra, Gran sol, impresiona por la intensidad con que escribe quien, antes, se embarcó una buena temporada en los arrastreros de altura cantábricos y del mar de Irlanda para (supongo) “escribir sabiendo”. Y apabulla, claro.




Como parte de mis deberes para con la culminación de mi libro Israel: del mito al crimen, que aprovecho para publicitar y anunciar su aparición a principios de septiembre, que me ha obligado a numerosas e intensas lecturas, dos textos quiero traer aquí a colación, por ser conocidos y por representar visiones y actitudes bien distintas. Uno es Orientalismo (1978) del palestino-estadounidense Edward Said, eximio miembro de la intelectualidad palestina reivindicativa, que es una minuciosa y erudita crítica de la visión -tantas veces frívola o malvada- del Oriente “recreado” por viajeros, intelectuales y políticos occidentales. El otro, al que he echado mano por encontrar su referencia en las críticas al holocausto nazi, es El pájaro pintado (1965), del judío-polaco Jerzy Jesinski, libro que su autor se arrogó como autobiográfico y que relata las penalidades de un niño de nueve años desamparado (judío/gitano, el autor es ambiguo sin causa), víctima de la crueldad sin límites de los campesinos polacos durante la Segunda Guerra Mundial; una obra que gozó durante décadas de éxito espectacular y que me ha parecido vomitiva. En efecto, ahíto de crueldades y exageraciones, en la página 128 ya no pude más y anoté que “este Jesinski es un enfermo”. Me lancé sobre este libro cuando leí La industria del Holocausto (2000), de Norman Finkelstein, otro de los textos que más me han ilustrado durante la redacción de mi libro sobre Israel, que señalaba cómo Jesinski y esa obra fueron desenmascarados veinte años después de su publicación, ya que ese niño, con sus padres, vivió aquellos años al amparo de una familia, precisamente, polaca, siendo una enloquecida sarta de sufrimientos (horripilantes, procaces) falsos y enfermizos, ya digo. Finkelstein califica El pájaro pintado como “el primer fraude importante sobre el Holocausto”, en el entorno de su investigación sobre el culto y la explotación del holocausto nazi, y su oportunista traducción del dolor al dólar.

Quienes esto lean y se sientan abrumados por la perfidia del Estado de Israel deberán recurrir a Shlomo Sand, profesor de Historia en la Universidad de Tel Aviv, y a sus dos -geniales, exhaustivas, valientes- obras: La invención del pueblo judío (2008) y La invención de la Tierra de Israel. De Tierra Santa a madre patria (2012), para poner en su sitio a un Estado y un sionismo basados, radical e intrínsecamente, en el mito y la mentira histórica.




También he consumido lo último que he conseguido de dos autores por los que siento debilidad. Uno es Miguel de Unamuno, del que alguien (es inaceptable que en la página de créditos no se exprese quién ha hecho el trabajo de selección, y esto me cabrea) ha elaborado una interesante Antología bilbaína (2021), que tiene para mí el interés añadido de su entregada afición a Bilbao, ciudad y entorno (¡la Ría!) que viví muy intensamente en mis primeros años de ingeniero. Porque Unamuno, a quien tanto me complace criticar para expresar, así, mi más férvida admiración, justamente por ser tan llamativa y ferozmente contradictorio (sobre todo en los asuntos filosófico-religiosos), amó apasionadamente su ciudad (el Bocho), aborreciendo primero su deriva industrial y modernista, y apegándose después desde su “segunda piel” castellana e incluso castellanista, desde la que, definitivamente, observó y describió aquella España de las primeras décadas del siglo XX. Son sus andanzas y rememoraciones por Artxanda, Miravilla y los montes que dieron vida al mineral de hierro del que nacería la villa medieval, las sagas de Albia y el Ensanche, más su descripción (originada en su Paz en la guerra, de 1897) de la carlistada de 1873, que vivió con nueve años, con detenimiento en las trincheras y arroyadas del valle de Somorrostro lo que, en paisaje y vibraciones, noventa y nueve años después me harían feliz (¡qué cosas!) mientras trabajaba en la puesta en marcha de la refinería de Petronor en esos mismos parajes.




El otro autor del que no me pierdo ninguna novedad es Franz Kafka, y por eso he liquidado en tres días El anatomista del poder (2023), de Costas Despiniadis, que es el esfuerzo de un anarquista griego por adosar al genial checo a sentimientos y actitudes ácratas, en lo que yo coincido y que traslucen el denuedo y la desolación de sus principales obras (por no decir, todas) ante el poder incomprensible pero despiadado, la justicia absurda y destructiva, el desamparo humano, la imposibilidad de una sociedad amable y prometedora… A mí de Kafka lo que más me ha interesado -El proceso y El castillo, en cabeza, con la Metamorfosis “encogiéndome”- ha sido su debilidad física, que suple con una energía creativa descomunal apuntando, es verdad, a las iniquidades con que los poderes y la propia sociedad rodean a los -siempre desvalidos- ciudadanos de a pie.

Entre las cosas que hay que leer y que distraen haciéndonos, no obstante, pensar, están los dos libros de Daniel Estulin que dedica al Club Bilderberg, La historia definitiva del Club Bilderberg (2011), y La verdadera historia del Club Bilderberg (2015), títulos que muestran claramente el enfoque comercial de su autor, y en los que señala a ese misterioso Club, por secreto, exclusivo y hasta siniestro. Un autor, este Estulin, de difícil identificación profesional e ideológica (¿periodista, espía múltiple, fantasioso escritor, exitoso buscavidas?) y de azarosa vida, que parece encontrar entre las raíces de su negocio (basado en apuntar siempre a la alta conspiración internacional del Club Bilderberg de 1954, la Comisión Trilateral de 1973 y la más antigua de las patas de este trípode de cuidado, el Consejo de Relaciones Exteriores, de 1921), su pasada relación con los servicios secretos soviético-rusos. Palabras y palabras, sobre hechos que en la mayoría de los casos ni vive ni demuestra, que atribuye a fuentes generalmente periodísticas pero enfundadas en un admirable instinto de conspiranólogo para excitar el morbo. He observado que, manejando un 90 por 100 de nombres judíos en la personalia de esas tres sectas de poder, pretende no haberse percatado de ello, a juzgar por la nula observación que de ello hace.

He leído en dos ratos esa especie de autobiografía, Testigo de un tiempo incierto. De la caída del Muro a la invasión de Ucrania (2023), de Javier Solana, un tipo que siempre me cayó gordo, desde que conocí su sonrisa de pijo triunfador y sin problemas (cuando se encargaba de las cuestiones energéticas en el PSOE antes de su acceso al poder), que luego “respondió” a mi instinto convirtiéndose en agente imperial y bombardeador pirata de Serbia. Uno de tantos que, por ampararse en el Imperio, quedan a salvo de las condenas del TPI y de sus prisiones perpetuas: en su caso, por los cientos de asesinados en operaciones aéreas que él mandó lanzar sobre un Estado soberano y sin respaldo legal internacional, que es de lo que se responsabilizó entre marzo y septiembre de 1999, como secretario general de la Otan, atacando Serbia y Montenegro. Ya que en esa autobiografía calla, deforma y endulza varios de los episodios de su vida que lo envilecen, preparo un artículo sobre ese texto deleznable: “Javier Solana: desmemorias de un lacayo del Imperio”.




Y como mi próximo libro -segundo anuncio: perdón, perdón- sobre Israel: del mito al crimen, ha resultado hacer buena pareja con el anterior ¡Rusia es culpable (cinismo, histeria y hegemonismo en la rusofobia de Occidente (2023), por lo que a la descripción de dos alarmantes crisis político-militares de actualidad se refiere, mis antiguos alumnos de las universidades guatemaltecas que he frecuentado quieren que les prepare un seminario sobre “Geopolítica del siglo XXI”, por lo que me he tenido que poner las pilas y echar mano, entre varios trabajos recientes de análisis internacional, de mis venerables textos básicos, como el clásico manual Derecho Internacional Público (conocido como “el Verdross”, del prestigioso autor austriaco, Alfred Verdross), y el texto sobre Fundamentos del Derecho Internacional Público, de mi admirado profesor Antonio Truyol, de lectura más amable y asequible; ambos textos estudiados en el curso 1970-71, en Políticas, y cuya vuelta a sus páginas, si bien espesas, tendrán que rejuvenecerme… Y otros, también de aquellos años estudiantiles, sobre la organización política internacional, es decir, Naciones Unidas en primer lugar, más los tratados y convenios multilaterales al efecto. De momento, y como transición suave a esos vetustos y plomizos textos (como bien recuerdo), estoy atacando una monografía magnífica de este mismo año, llegada de la inestimable factoría de Le Monde Diplomatique y que es “Géopolitique. Un monde sur le pied de guerre” (colección Manière de Voir, nº192), que me abre muy oportunamente la perspectiva de lo que hay, y me asegura de que mi recado a tan afectuosos alumnos resultará tan riguroso como bien centrado.