Mostrando entradas con la etiqueta Libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Libros. Mostrar todas las entradas

sábado, 18 de abril de 2026

La política de la mierdificación

 

 Por Simona Levi   
      Fundadora de Xnet. Directora de teatro, dramaturga, docente, activista, promotora cultural y estratega tecnopolítica.


Cory Doctorow sostiene que la degradación de plataformas y servicios digitales no es un fallo técnico, sino el diseño de una arquitectura de poder que perjudica a los usuarios y transfiere todo el valor a los accionistas


     Hace algunas semanas el compañero Cory Doctorow visitó Barcelona para presentar su nuevo libro y tuve el placer de conducir el evento. Presentar el nuevo libro de Doctorow tiene algo de celebración, pero también de puesta en común entre gente que lleva años intentando entender cómo hemos llegado hasta aquí y, sobre todo, cómo salir de esta.


Cory Doctorow

No es un detalle menor que este libro lo publique Capitán Swing, una editorial valiente y con voz propia, ni que la conversación haya tenido lugar en Finestres, uno de esos espacios que todavía funcionan como catalizadores de ideas y no como simples escaparates culturales. En ese contexto, Mierdificación no llega como un libro más sobre tecnología: llega como una herramienta política.


Mierdificación.

Cory Doctorow no necesita presentación para quienes trabajamos en derechos digitales, pero conviene recordar por qué sigue siendo una referencia tan excepcional. Es un escritor de ciencia ficción premiado y prolífico, un divulgador brillante y, al mismo tiempo, un activista que nunca ha abandonado la trinchera. En un momento en que lo digital ha pasado de estar fuera de la agenda a convertirse en un campo saturado de dinero, oportunismo y lavado ético institucional, Doctorow ha conservado algo rarísimo: independencia.

La gran aportación de este libro es dar nombre a una intuición compartida por millones de personas: lo que está pasando en internet es que las plataformas y muchos servicios digitales se han degradado de manera sistemática. Y que esa degradación no es un accidente, ni una suma de errores, ni una especie de decadencia natural del mercado. La “mierdificación”, término que Doctorow acuñó en 2022 y que ya forma parte del vocabulario político de nuestro tiempo, nombra un proceso específico. Primero, una plataforma se porta bien con las personas usuarias para atraerlas y encerrarlas. Después empeora esa experiencia para beneficiar a sus clientes empresariales, anunciantes o vendedores. Finalmente también exprime a esos clientes aumentando los requisitos para ser vistos y transfiere casi todo el valor a los accionistas. El resultado es un ecosistema peor para todo el mundo, salvo para quienes capturan la renta.

Lo importante es que Doctorow no presenta esta deriva como un destino inevitable del capitalismo digital, sino como el resultado de decisiones políticas concretas. Leyes antimonopolio debilitadas, captura del regulador, retroceso de los derechos laborales e intervención estatal al servicio de grandes intereses privados: esa es la infraestructura jurídico-legal de la mierdificación. Su tesis es muy útil en el batiburrillo de tertulias sobre el terror a lo digital porque devuelve el conflicto al lugar correcto. No estamos ante un fallo técnico, sino ante una arquitectura de poder.


Logos de las cinco grandes compañías del big tech.

Uno de los aspectos reseñables del libro son los matices que aporta a la idea de intermediación. El viejo internet, el que merecía la pena, estaba lleno de intermediarios: proveedores, servicios de correo, listas, alojamiento, software especializado. Lo decisivo no era la ausencia de intermediación, sino la idea de colaboración contra la idea de dominación. El libro explica cómo internet nace de una guerra entre visiones de los desarrolladores, la de los netheads, favorable a la descentralización, contra los bellheads, favorables a la centralización. El hecho de que los netheads hayan ganado esta lucha supone que debemos asumir una responsabilidad: defender ese legado de redes abiertas, descentralizadas e interoperables frente a la recentralización corporativa.

En este esfuerzo, la interoperabilidad ocupa, con razón, un lugar central. Doctorow insiste en que sin ella no hay competencia posible. Y tiene razón. Cuando no puedes hablar desde una red a otra, reparar lo que has comprado, modificar una herramienta para defenderte o crear servicios que corrijan abusos, lo que se impone no es la innovación sino el encierro. En este punto, su análisis del copyright es especialmente valioso. Lleva años recordándonos algo que demasiada gente ha decidido olvidar: que la propiedad intelectual se ha convertido en un arma para impedir la desmierdificación. Es decir, para perseguir a quien intenta arreglar, abrir, revelar o sortear funciones impuestas contra el interés público.

También por eso el libro resulta especialmente pertinente ahora, cuando incluso sectores que se pretendían aliados de los derechos han abrazado, con el pretexto de la IA, posiciones profundamente regresivas en materia de copyright. Doctorow recuerda algo elemental: los ordenadores son máquinas universales. Cuando las grandes tecnológicas dicen que no puedes ejecutar en ellos el programa que elijas, lo que en realidad están diciendo es que han conseguido convertir en ilegal tu autonomía.

Otro de los méritos del libro está en su lectura del mercado laboral contemporáneo. Sus páginas sobre la “chickenificación” y los “centauros inversos” describen con precisión el presente extractivista del trabajo digital y anuncian el futuro inmediato de muchos sectores que todavía se creen a salvo. Como en la mejor tradición de William Gibson, Doctorow muestra que el futuro ya está aquí, solo que se distribuye primero sobre los cuerpos más vulnerables, para garantizar que sea el abuso lo que termine normalizándose.

La propuesta final del libro se resume en restaurar cuatro fuerzas debilitadas: competencia, regulación, interoperabilidad y poder de los trabajadores tecnológicos, y deja claro algo esencial: la necesidad de exigir a las instituciones que asuman su responsabilidad.


Fuente: Ctxt

domingo, 18 de agosto de 2024

Lecturas veraniegas en desorden programado

 

Respingos de la calor (4 de 10)


 Por Pedro Costa Morata

Una vez más, las cordiales y siempre reflexivas recomendaciones que los grandes periódicos hacen al gran público al inicio del verano sobre lecturas para el ocio y el estío, aunando generalmente el interés con la actualidad y la literatura de calidad con la política o la ciencia más pedagógicas, me resbalan cordialmente y me encuentran incapaz de utilizarlas y seguirlas. Si alguna diferencia tiene para mí el verano (que ya es suficiente eufemismo de muy declinante significado propio) respecto del resto del año es que me impulsa a acabar cosas iniciadas y a optar por las lecturas que mis tareas me van marcando o exigiendo.

Bueno. Aunque esté convencido de la escasa influencia que la lista de mis lecturas de estos días vaya a ejercer como estímulo en mis prójimos y el género humano en general, me conformaré con el -personal, inalienable- placer de revisarlas con un mínimo descriptivo, que nunca vendrá mal, ni de sobra, a nadie. Y me inicio con Rafael Chirbes y sus Diarios, que su autor llama A ratos perdidos, cuyo volumen segundo, las partes 3 y 4, me venía durando mucho, tanto por sus tropecientas páginas como porque tiraba de él solo en ratos perdidos. Lo cual, y en este caso, no significa que infravalore su literatura sino, muy al contrario, reconoce la especial delectación que me produce la lectura de Chirbes, compañero mío que fue de internado ferroviario, dos cursos más joven que yo. Aparte de que su importancia como novelista sigue agrandándose, estos diarios me parecen valiosísimos ya que, demorando su publicación para cuando dejara de soportar este perro mundo (murió de forma precoz y anunciada en 2015) son de una sinceridad material rotunda y de un cuidado redaccional que igualmente son de apreciar. Chirbes alude con mucha frecuencia a nuestro internado de León, a la férrea vigilancia, digamos, ultracatólica de nuestros (comunes) curas-profesores y a ciertos traumas que, aun sin reconocerlos claramente, deja traslucir. Lo cual me transporta a un tiempo del que no soy consciente haber sufrido ningún trauma, aunque sí “cargas” morales y religiosas que me ha costado lo mío aligerar; pero me entretiene mucho ver con qué diferencial actitud Chirbes y yo vivimos la misma etapa. Con el “nuevo curso” disfrutaré de las partes 5 y 6 de esos Diarios, más abultadas que las anteriores, pero que devoraré.

Por influencia directa de Chirbes, ya que en la obra a la que aludo lo cita de forma admirada, he leído de un tirón Gran Sol (1958), de Ignacio Aldekoa, cuyo lomo y portada blanqueaban en mi estantería desde hace años, esperando mi atención y mi tiempo, remisos durante años sin motivo alguno. Aldekoa era nacido en Vitoria, tierra vasca de interior, pero siempre se sintió subyugado por el mar. Esta obra, Gran sol, impresiona por la intensidad con que escribe quien, antes, se embarcó una buena temporada en los arrastreros de altura cantábricos y del mar de Irlanda para (supongo) “escribir sabiendo”. Y apabulla, claro.




Como parte de mis deberes para con la culminación de mi libro Israel: del mito al crimen, que aprovecho para publicitar y anunciar su aparición a principios de septiembre, que me ha obligado a numerosas e intensas lecturas, dos textos quiero traer aquí a colación, por ser conocidos y por representar visiones y actitudes bien distintas. Uno es Orientalismo (1978) del palestino-estadounidense Edward Said, eximio miembro de la intelectualidad palestina reivindicativa, que es una minuciosa y erudita crítica de la visión -tantas veces frívola o malvada- del Oriente “recreado” por viajeros, intelectuales y políticos occidentales. El otro, al que he echado mano por encontrar su referencia en las críticas al holocausto nazi, es El pájaro pintado (1965), del judío-polaco Jerzy Jesinski, libro que su autor se arrogó como autobiográfico y que relata las penalidades de un niño de nueve años desamparado (judío/gitano, el autor es ambiguo sin causa), víctima de la crueldad sin límites de los campesinos polacos durante la Segunda Guerra Mundial; una obra que gozó durante décadas de éxito espectacular y que me ha parecido vomitiva. En efecto, ahíto de crueldades y exageraciones, en la página 128 ya no pude más y anoté que “este Jesinski es un enfermo”. Me lancé sobre este libro cuando leí La industria del Holocausto (2000), de Norman Finkelstein, otro de los textos que más me han ilustrado durante la redacción de mi libro sobre Israel, que señalaba cómo Jesinski y esa obra fueron desenmascarados veinte años después de su publicación, ya que ese niño, con sus padres, vivió aquellos años al amparo de una familia, precisamente, polaca, siendo una enloquecida sarta de sufrimientos (horripilantes, procaces) falsos y enfermizos, ya digo. Finkelstein califica El pájaro pintado como “el primer fraude importante sobre el Holocausto”, en el entorno de su investigación sobre el culto y la explotación del holocausto nazi, y su oportunista traducción del dolor al dólar.

Quienes esto lean y se sientan abrumados por la perfidia del Estado de Israel deberán recurrir a Shlomo Sand, profesor de Historia en la Universidad de Tel Aviv, y a sus dos -geniales, exhaustivas, valientes- obras: La invención del pueblo judío (2008) y La invención de la Tierra de Israel. De Tierra Santa a madre patria (2012), para poner en su sitio a un Estado y un sionismo basados, radical e intrínsecamente, en el mito y la mentira histórica.




También he consumido lo último que he conseguido de dos autores por los que siento debilidad. Uno es Miguel de Unamuno, del que alguien (es inaceptable que en la página de créditos no se exprese quién ha hecho el trabajo de selección, y esto me cabrea) ha elaborado una interesante Antología bilbaína (2021), que tiene para mí el interés añadido de su entregada afición a Bilbao, ciudad y entorno (¡la Ría!) que viví muy intensamente en mis primeros años de ingeniero. Porque Unamuno, a quien tanto me complace criticar para expresar, así, mi más férvida admiración, justamente por ser tan llamativa y ferozmente contradictorio (sobre todo en los asuntos filosófico-religiosos), amó apasionadamente su ciudad (el Bocho), aborreciendo primero su deriva industrial y modernista, y apegándose después desde su “segunda piel” castellana e incluso castellanista, desde la que, definitivamente, observó y describió aquella España de las primeras décadas del siglo XX. Son sus andanzas y rememoraciones por Artxanda, Miravilla y los montes que dieron vida al mineral de hierro del que nacería la villa medieval, las sagas de Albia y el Ensanche, más su descripción (originada en su Paz en la guerra, de 1897) de la carlistada de 1873, que vivió con nueve años, con detenimiento en las trincheras y arroyadas del valle de Somorrostro lo que, en paisaje y vibraciones, noventa y nueve años después me harían feliz (¡qué cosas!) mientras trabajaba en la puesta en marcha de la refinería de Petronor en esos mismos parajes.




El otro autor del que no me pierdo ninguna novedad es Franz Kafka, y por eso he liquidado en tres días El anatomista del poder (2023), de Costas Despiniadis, que es el esfuerzo de un anarquista griego por adosar al genial checo a sentimientos y actitudes ácratas, en lo que yo coincido y que traslucen el denuedo y la desolación de sus principales obras (por no decir, todas) ante el poder incomprensible pero despiadado, la justicia absurda y destructiva, el desamparo humano, la imposibilidad de una sociedad amable y prometedora… A mí de Kafka lo que más me ha interesado -El proceso y El castillo, en cabeza, con la Metamorfosis “encogiéndome”- ha sido su debilidad física, que suple con una energía creativa descomunal apuntando, es verdad, a las iniquidades con que los poderes y la propia sociedad rodean a los -siempre desvalidos- ciudadanos de a pie.

Entre las cosas que hay que leer y que distraen haciéndonos, no obstante, pensar, están los dos libros de Daniel Estulin que dedica al Club Bilderberg, La historia definitiva del Club Bilderberg (2011), y La verdadera historia del Club Bilderberg (2015), títulos que muestran claramente el enfoque comercial de su autor, y en los que señala a ese misterioso Club, por secreto, exclusivo y hasta siniestro. Un autor, este Estulin, de difícil identificación profesional e ideológica (¿periodista, espía múltiple, fantasioso escritor, exitoso buscavidas?) y de azarosa vida, que parece encontrar entre las raíces de su negocio (basado en apuntar siempre a la alta conspiración internacional del Club Bilderberg de 1954, la Comisión Trilateral de 1973 y la más antigua de las patas de este trípode de cuidado, el Consejo de Relaciones Exteriores, de 1921), su pasada relación con los servicios secretos soviético-rusos. Palabras y palabras, sobre hechos que en la mayoría de los casos ni vive ni demuestra, que atribuye a fuentes generalmente periodísticas pero enfundadas en un admirable instinto de conspiranólogo para excitar el morbo. He observado que, manejando un 90 por 100 de nombres judíos en la personalia de esas tres sectas de poder, pretende no haberse percatado de ello, a juzgar por la nula observación que de ello hace.

He leído en dos ratos esa especie de autobiografía, Testigo de un tiempo incierto. De la caída del Muro a la invasión de Ucrania (2023), de Javier Solana, un tipo que siempre me cayó gordo, desde que conocí su sonrisa de pijo triunfador y sin problemas (cuando se encargaba de las cuestiones energéticas en el PSOE antes de su acceso al poder), que luego “respondió” a mi instinto convirtiéndose en agente imperial y bombardeador pirata de Serbia. Uno de tantos que, por ampararse en el Imperio, quedan a salvo de las condenas del TPI y de sus prisiones perpetuas: en su caso, por los cientos de asesinados en operaciones aéreas que él mandó lanzar sobre un Estado soberano y sin respaldo legal internacional, que es de lo que se responsabilizó entre marzo y septiembre de 1999, como secretario general de la Otan, atacando Serbia y Montenegro. Ya que en esa autobiografía calla, deforma y endulza varios de los episodios de su vida que lo envilecen, preparo un artículo sobre ese texto deleznable: “Javier Solana: desmemorias de un lacayo del Imperio”.




Y como mi próximo libro -segundo anuncio: perdón, perdón- sobre Israel: del mito al crimen, ha resultado hacer buena pareja con el anterior ¡Rusia es culpable (cinismo, histeria y hegemonismo en la rusofobia de Occidente (2023), por lo que a la descripción de dos alarmantes crisis político-militares de actualidad se refiere, mis antiguos alumnos de las universidades guatemaltecas que he frecuentado quieren que les prepare un seminario sobre “Geopolítica del siglo XXI”, por lo que me he tenido que poner las pilas y echar mano, entre varios trabajos recientes de análisis internacional, de mis venerables textos básicos, como el clásico manual Derecho Internacional Público (conocido como “el Verdross”, del prestigioso autor austriaco, Alfred Verdross), y el texto sobre Fundamentos del Derecho Internacional Público, de mi admirado profesor Antonio Truyol, de lectura más amable y asequible; ambos textos estudiados en el curso 1970-71, en Políticas, y cuya vuelta a sus páginas, si bien espesas, tendrán que rejuvenecerme… Y otros, también de aquellos años estudiantiles, sobre la organización política internacional, es decir, Naciones Unidas en primer lugar, más los tratados y convenios multilaterales al efecto. De momento, y como transición suave a esos vetustos y plomizos textos (como bien recuerdo), estoy atacando una monografía magnífica de este mismo año, llegada de la inestimable factoría de Le Monde Diplomatique y que es “Géopolitique. Un monde sur le pied de guerre” (colección Manière de Voir, nº192), que me abre muy oportunamente la perspectiva de lo que hay, y me asegura de que mi recado a tan afectuosos alumnos resultará tan riguroso como bien centrado.