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miércoles, 23 de septiembre de 2026

De la Marcha Verde a Ceuta: medio siglo de presión sobre España

 

 Por Pedro Garcia   
      Periodista en Descifrando la Guerra.



La nueva crisis de Ceuta se suma a una larga lista de episodios de presión de Marruecos sobre España que comenzó a tomar forma con la Marcha Verde de 1975.

     La nueva crisis migratoria que atraviesa Ceuta vuelve a colocar bajo presión una de las relaciones bilaterales más importantes y difíciles de la política exterior española. Con cerca de 80.000 entradas irregulares registradas según las cifras disponibles, la ciudad autónoma afronta uno de los episodios de mayor tensión desde mayo de 2021, cuando unas 10.000 personas atravesaron la frontera en apenas dos días.

La comparación con aquella crisis es inevitable, pero también plantea una pregunta más incómoda. Desde entonces, España ha modificado su política hacia Marruecos.

En marzo de 2022, el gobierno de Pedro Sánchez abandonó la tradicional neutralidad española respecto al Sáhara Occidental y pasó a considerar el plan de autonomía marroquí como la propuesta "más seria, realista y creíble" para resolver el conflicto.


Carta de Pedro Sánchez a Mohammed VI anunciando el cambio de política de España en el Sáhara.

El objetivo era abrir una nueva etapa de estabilidad con Rabat tras el enfrentamiento diplomático del año anterior. Cuatro años después, sin embargo, Ceuta vuelve a estar sometida a una enorme presión. Más allá de las circunstancias concretas que expliquen la crisis actual, el episodio obliga a preguntarse hasta qué punto el entendimiento alcanzado en 2022 transformó realmente la naturaleza de las relaciones entre España y Marruecos.

La respuesta probablemente sea que mucho menos de lo esperado. España y Marruecos mantienen una relación caracterizada simultáneamente por la cooperación y la competencia. La geografía obliga a ambos países a entenderse en comercio, inmigración, terrorismo, narcotráfico, seguridad marítima y estabilidad regional.

Pero esa misma interdependencia proporciona también instrumentos con los que ejercer presión. Esa paradoja constituye uno de los principales problemas estratégicos de España en su flanco sur.

Ceuta es, además, el lugar donde mejor se concentran todas esas contradicciones. Su posición en la entrada oriental del estrecho de Gibraltar le concede un valor que trasciende ampliamente su tamaño.

Es frontera exterior de la Unión Europea, punto de observación sobre una de las principales rutas marítimas del mundo y símbolo de la presencia española en el norte de África. Al mismo tiempo, su condición de enclave rodeado por territorio marroquí la hace especialmente vulnerable ante cualquier deterioro de las relaciones bilaterales.

Una larga tradición de presión

La utilización de instrumentos situados por debajo del umbral de la guerra no es una característica nueva de la política marroquí. Algunos de sus antecedentes más importantes se remontan incluso a varias décadas antes de que se popularizara el concepto contemporáneo de "zona gris".

Este concepto describe aquellas situaciones en las que un Estado trata de modificar el statu quo mediante instrumentos coercitivos sin llegar a provocar un conflicto armado abierto o directamente una guerra a gran escala.


La crisis de Ceuta ilustra la diferencia entre amenaza híbrida, zona gris y guerra híbrida en las relaciones entre España y Marruecos.

La presión puede ser diplomática, económica, migratoria, informativa o incluso militar de forma limitada y ambigua. Su principal ventaja reside precisamente en dificultar la respuesta del adversario: cada medida aislada parece insuficiente para justificar una escalada, pero la suma de todas ellas puede modificar gradualmente el equilibrio existente.

La Marcha Verde de 1975 constituye el ejemplo histórico más significativo en el caso marroquí. Hasán II movilizó a cientos de miles de civiles hacia el Sáhara Occidental cuando España atravesaba una profunda crisis política debido a la agonía de Francisco Franco.


El conflicto saharaui entre Marruecos y el Frente Polisario es uno de los más persistentes y menos comprendidos del sistema internacional.

La utilización de población civil, acompañada de una amenaza militar implícita y de una intensa movilización nacionalista, permitió modificar el statu quo territorial sin desencadenar una guerra convencional. España terminó abandonando el territorio y Marruecos consiguió establecer un hecho consumado que, medio siglo después, ha resultado extraordinariamente difícil de revertir.

La importancia del precedente no reside únicamente en su resultado. La operación explotó cuidadosamente las vulnerabilidades del adversario, provocando una profunda incertidumbre política interna, escasa voluntad de asumir los costes de una confrontación militar y un contexto internacional poco favorable a una reacción española prolongada.

Esa combinación entre presión civil, amenaza latente y explotación del momento político constituye precisamente uno de los elementos característicos de la lógica contemporánea de zona gris.

La crisis del islote de Perejil de 2002 siguió una lógica distinta pero comparable. Un reducido grupo de fuerzas marroquíes ocupó unilateralmente un territorio deshabitado cuya situación se mantenía deliberadamente congelada.


Militares españoles colocan la bandera española en la isla de Perejil tras la crisis.

España respondió mediante una operación militar limitada y restauró el statu quo. El episodio fue interpretado como una prueba de la determinación española en la que una acción pequeña en términos materiales, pero políticamente cargada, permitía medir hasta dónde estaba dispuesto Madrid a llegar.

El resultado fue muy distinto al de 1975 porque también lo fue la respuesta española. Madrid mostró rápidamente su disposición a impedir la consolidación del hecho consumado y utilizó su superioridad militar para restaurar la situación anterior. Pero Perejil dejó otra enseñanza relevante. Y es que una crisis aparentemente menor puede escalar con rapidez cuando afecta a cuestiones territoriales y de prestigio nacional.

Desde entonces, la presión ha adoptado formas mucho menos espectaculares. Marruecos llamó a consultas a su embajador después de la visita de los Reyes a Ceuta y Melilla en 2007; aparecieron posteriormente pasaportes que atribuían las ciudades a Marruecos; Rabat impidió a sus diplomáticos acceder a ellas y cerró unilateralmente la aduana comercial de Melilla en 2018. También fueron introduciéndose restricciones comerciales sobre Ceuta.

Son medidas diferentes, pero comparten la característica de que elevan gradualmente el coste de mantener el statu quo sin cruzar la frontera que convertiría una disputa diplomática en un conflicto convencional. Esa ambigüedad es precisamente lo que las hace efectivas.

Ceuta 2021 y la presión a España

El mecanismo más sensible es, sin embargo, el migratorio. La crisis de mayo de 2021 mostró de manera extraordinariamente clara la vulnerabilidad española. Más de 10.000 personas entraron en Ceuta después de que los controles marroquíes se relajaran en plena confrontación diplomática entre ambos gobiernos.

El detonante inmediato había sido la hospitalización en España de Brahim Ghali, secretario general del Frente Polisario, organización enfrentada a Marruecos por el Sáhara Occidental. Pero la disputa trascendía ampliamente a Ghali.

Después de que Donald Trump reconociera en diciembre de 2020 la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, Rabat incrementó su presión para que otros gobiernos occidentales se aproximasen a esa posición. Alemania y España estaban entre los principales objetivos diplomáticos.

La crisis de Ceuta demostró entonces que Marruecos disponía de una poderosa herramienta, y es su capacidad para modular la cooperación migratoria. España y la Unión Europea necesitan la colaboración de Rabat para contener los movimientos hacia la frontera europea. Precisamente por ello, una reducción deliberada o circunstancial de esa cooperación tiene consecuencias casi inmediatas para España.


Mapa a color sobre la MINURSO y los refugiados saharauis debido a la ocupación de Marruecos.

Ahí reside una característica fundamental de la relación bilateral: un mecanismo creado para favorecer la cooperación puede convertirse también en instrumento de coerción. La asimetría es especialmente significativa porque el coste político de una crisis migratoria no se reparte de forma equivalente entre ambos países.

Una relajación temporal de los controles puede generar rápidamente presión humanitaria, mediática y política en España, mientras que para Marruecos el coste inmediato puede ser comparativamente menor.


La ciudad autónoma de Ceuta es un punto clave en la geopolítica de España en el Mediterráneo Occidental.

Así, la capacidad de transformar un ámbito de cooperación cotidiana en un mecanismo de presión proporciona a Rabat una ventaja considerable en momentos de tensión diplomática.

Esto explica también por qué Ceuta y Melilla ocupan una posición tan singular.


Ubicación geográfica de Ceuta y Melilla.

La lejanía respecto a la Península y su escaso peso demográfico han favorecido históricamente que buena parte del debate público español las contemple principalmente a través de cuestiones migratorias, fronterizas o de seguridad.

Esa percepción puede convertirse a su vez en una vulnerabilidad política: cuanto más se presenten las ciudades como un problema periférico, mayor será el coste interno de cualquier crisis sostenida.

2022: ¿cesión o pragmatismo?

España respondió a la crisis con una profunda reconsideración de su relación con Marruecos. El punto culminante llegó en marzo de 2022, cuando Pedro Sánchez respaldó el plan de autonomía marroquí como la alternativa más seria y creíble para resolver el conflicto saharaui. La decisión admitía dos interpretaciones, no por ello excluyentes.

La primera, especialmente plausible en aquel momento, era que España había efectuado una "rendición preventiva". Después de la crisis migratoria, la ruptura diplomática y otros episodios de presión, Madrid realizaba una importante concesión precisamente sobre el asunto que Marruecos consideraba prioritario.

El peligro era evidente: si Rabat concluía que la presión funcionaba, podía sentirse incentivado a utilizarla en futuros desacuerdos, incluidos aquellos relacionados con Ceuta, Melilla o la delimitación marítima. Además, el giro tuvo costes externos importantes.


Mapa de las reclamaciones marítimas de España, Marruecos, Portugal y Sáhara en Macaronesia.

España abandonaba el delicado equilibrio que había mantenido tradicionalmente entre Marruecos y Argelia precisamente cuando la rivalidad entre ambos atravesaba uno de sus momentos más graves en décadas. Argel había roto relaciones con Rabat en 2021 y posteriormente reaccionó negativamente al cambio español, afectando a una relación estratégica en ámbitos como el energético.

Pero existe una segunda interpretación, más pragmática. El contexto internacional del Sáhara ha evolucionado profundamente desde 2020. El reconocimiento estadounidense fortaleció considerablemente la posición de Marruecos y en los años posteriores varios gobiernos europeos se aproximaron de diferentes maneras al plan de autonomía. El margen de maniobra español sobre el conflicto se redujo considerablemente.

Desde esta perspectiva, el giro de 2022 podía entenderse como la adaptación a una realidad internacional crecientemente favorable a Rabat y como el precio de estabilizar una relación bilateral vital para los intereses españoles.


Fotografía panorámica de El Aaiún, en el territorio del Sáhara Occidental.

La evolución internacional posterior ha reforzado esta segunda interpretación. La posibilidad de una independencia saharaui aparece hoy mucho más lejana que hace una década, mientras que el plan de autonomía ha ido obteniendo un apoyo diplomático creciente.

Para España, mantener indefinidamente una posición formalmente neutral podía proporcionar cada vez menos beneficios reales mientras continuaba deteriorando la relación con un vecino cuya cooperación es esencial.

Ambas interpretaciones pueden contener parte de la verdad. El acercamiento a Marruecos era comprensible desde una perspectiva de interés nacional. España no puede elegir su geografía y necesita una relación funcional con su vecino meridional. Pero la eficacia de aquella decisión dependía también de que la nueva etapa modificase los incentivos de Rabat y redujese el recurso a mecanismos coercitivos.

Es precisamente ahí donde la crisis actual vuelve a plantear dudas. Si después de una de las mayores concesiones realizadas por España en su política hacia el Magreb desde la retirada del Sáhara reaparecen episodios de elevada presión sobre Ceuta, entonces el problema no puede explicarse exclusivamente por el contencioso saharaui. La tensión tiene raíces más profundas relacionadas con la propia estructura de la relación bilateral.


Fuente: Descifrando la Guerra

sábado, 8 de agosto de 2026

Marruecos se crece, rearma y chantajea… porque puede

 

 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


 El caso está en no hablar claro, en alimentar los tabúes nacionalistas y patrioteros, en adherirse a sentimientos que ni la Historia ni el Derecho pueden encajar, barruntando conflictos -aparentemente larvados pero que una y otra vez asoman su letalidad- para este Estado que llamamos español, que sigue siendo incapaz de resolver penosas contradicciones del pasado. Por ejemplo, Ceuta, Melilla y los “peñones”.

Tras la gran pifia cometida por España regalándole el Sáhara Occidental a Marruecos gratis et amore, tan fácil se lo pusimos, quedó pendiente para nuestro vecino del sur apoderarse -“recuperar”, dicen ahí, con escaso rigor histórico o jurídico, pero con la máxima decisión- de esas “Plazas de soberanía” española en territorio africano, ciertamente marroquí. Y en la hoja de ruta que el hábil Hasán II dejó trazada, habiendo contrastado bien y con éxito la debilidad (por no decir lenidad) de España, señaló para sus sucesores, Mohammed VI y Hasán III, lograr para su Reino esas dos ciudades (llamadas “autónomas” pero carentes de la menor autosuficiencia), los dos peñones (el de Vélez de la Gomera y el de Alhucemas, que los marroquíes pueden apedrear desde su orilla) y esas islas (las Chafarinas) que no nos sirven ni para proteger la foca monje.

Nos vienen perjudicando, desde luego, las malas artes que el presidente Donald Trump considera propias de la acción política internacional, bien adheridas a una ignorancia supina, su mala baba como tipo grotesco y aborrecible, su capricho de hacer a América grande de nuevo machacando a medio mundo, su obsesión por los negocios, que considera parte esencial en sus relaciones internacionales, y su sumisión a los designios genocidas del Estado de Israel. Un verdadero (y peligrosísimo) mamarracho, quien se ha tomado muy a mal que el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, se haya atrevido (sobrado de pruebas) a acusar de genocidas a los líderes israelíes, patronos de la Casa Blanca, así como a negarle el uso de las bases de utilización conjunta en su agresión (guerra pirata, ilegal, canalla, de su estilo y firma) contra Irán.

Además, el Gobierno español, al que acosa la derecha y la ultraderecha trumpistas, debe de adolecer de evidente debilidad interior y exterior según la CIA, el Mossad y la DGDE marroquí, de inteligencia exterior. Aducirán como pruebas la rendición sin condiciones de Sánchez cuando se allanó a la “solución” marroquí de una autonomía (tramposa, ilegal) para el Sáhara de resultas de haber comprobado los daños producidos a él y a España (aunque desconocidos por el común de los españoles) por el espionaje del programa Pegasus, de creación israelí pero manejado por Rabat; además de la evidente vulnerabilidad de las fronteras (más bien alambradas) de Ceuta y Melilla ante una inmigración que es imposible de frenar.


Pedro Sánchez y Mohammed VI (2024).

Así que, para el “triángulo” formado por Estados Unidos, Israel y Marruecos, grandes e impunes perturbadores de la paz internacional, la intimidación a la España de Pedro Sánchez se ha acabado convirtiendo en una operación de acoso (atractiva, facilona, llena de promesas), precursora de envites más serios de desgaste político y -jugando siempre a favor de Marruecos- reajuste territorial.

Así que sí: la espectacular invasión de Ceuta por miles de personas, en su mayoría jóvenes y con neto predominio de marroquíes, constituye un ensayo para -a modo de nueva Marcha Verde adaptada a las circunstancias- poner en jaque a España, la obligue incluso a actuar militarmente y, tras las mediaciones y las conversaciones de “aliados” y “amigos”, obtener un plazo para la cesión de las plazas y peñones con una soberanía compartida desde ya. Un ensayo al que seguirán otros según un plan que debe estar ya establecido.

Para este cronista, servidor de ustedes, que remata en este agosto feo y chabacano su tercer trabajo de política internacional, La cuestión del Sáhara Occidental y las relaciones España-Marruecos (contra la Historia y el Derecho), que se podrá disfrutar ya en octubre, cuando lo publique la amistosa editorial El viejo Topo, lo de Ceuta (Sebta) me ha venido al pelo, pero no ha podido alterar la tesis que sostiene -que sostengo, como tantísimos españoles, aunque en silencio- sobre la conveniencia de entregar esas plazas y peñones a Marruecos, de forma ordenada, pero cuanto antes. No solamente para liquidar una causa de chantaje marroquí que ya cansa y erosiona demasiado, sino, ya digo, por afrontar con dignidad y justicia las exigencias implacables de la Historia y del muy respetable Derecho escrito: de Moral internacional, en suma.


Ceuta, indefendible (istock).

Pocos se han decidido a poner en relación la facilidad con que se entregó el Sáhara a Marruecos con la amenaza y el chantaje sobre Ceuta y Melilla. El Frente Polisario lo sabía y lo sabe (sus analistas y diplomáticos son, de siempre, de una especial finura y preparación), y algunos diplomáticos españoles llegaron a pedirlo/proponerlo a sus jefes ministeriales en lo más crudo de la crisis por el Sáhara en 1975. Lo supimos después, cuando el prestigioso diplomático español Máximo Cajal (aquel que, siendo embajador en Guatemala en 1980 estuvo a punto de morir cuando la policía de aquella dictadura asaltó e incendió la legación asesinando a 37 indígenas que allí se habían refugiado) reveló en su libro Ceuta y Melilla, Olivenza y Gibraltar ¿Dónde acaba España? (2003) que el embajador ante las Naciones Unidas, Jaime Piniés, “en el difícil 1975, informó por escrito a Exteriores de que lo razonable sería retroceder inmediatamente peñones e islotes a Marruecos, concertar un plazo de 20 años para retroceder la soberanía de Melilla y rechazar cualquier discusión sobre Ceuta hasta tanto no hubiéramos incorporado Gibraltar a la soberanía española”. Cajal se mostraba indignado, por cierto, por la operación militar sobre el islote (en realidad, pedrusco) Perejil (Tura) en julio de 2002, dejando bien clara su opinión: es “una situación colonial que es una afrenta a Marruecos y un elemento de desasosiego y mala conciencia nacional para España, que se agita en cuanto se menciona el tema… son tres contenciosos, que deben ser encauzados, gestionados y resueltos con una visión global”; con un remate lapidario: “Hay que reintegrar la integridad territorial de Marruecos”.

En estos días de alteración de conciencias y saberes sobre estos penosos asuntos caspo-coloniales, resurge desde varios puntos esa cantinela enervante de que la apropiación de esas plazas y peñones por España tuvo lugar “cuando Marruecos no existía aún como Estado”. Y me ha sorprendido que una catedrática de Derecho Internacional (que no nombro porque no sé muy bien cómo mostrarle mejor mi respeto, si nombrándola o absteniéndome) aluda a que “ni Ceuta ni Melilla han sido nunca territorios marroquíes y son españolas siglos antes del Protectorado sobre Marruecos”, dando a entender (¡qué barbaridad!) que Marruecos no ha sido un Estado hasta 1956. De donde habría que deducir que no eran verdaderos Estados el imperio almorávide, el almohade (ambos, con capital en Marrakech), el meriní (con capital en Fez), los tres, por cierto, abarcando parte de la España de los siglos XI-XIV; y que las dinastías meriní (1244-1465), saadí (1554-1659, con capital en Marrakech) y alauí (1659 hasta hoy, con capitales sucesivas en Fez, Mequinez y Rabat) no han constituido Estado nunca. ¿Qué eran, entonces?, ¿acaso sólo el Occidente cristiano ha sido capaz de crear Estados verdaderos, es decir, estructuras de gobierno, dominio y desarrollo de sus territorios, por más que evolucionaran en extensión y formas políticas?

Pero lo más importante es -a la luz del Derecho Internacional y más todavía, de la Historia- que la mayoría de esas plazas y peñones, que también fueron denominadas “presidios” durante siglos, fueron conseguidas por España tras hechos de guerra y paces impuestas, siguiendo una dinámica rigurosamente colonial. Ceuta, precisamente, resulta ser portuguesa en origen, ya que fue conquistada en agosto de 1415 por Portugal en plena etapa de su expansión por África y el Atlántico, protagonizada por los reyes de la Casa de Avis y con la figura histórica de Enrique el Navegante que, por cierto, participó en la toma de la ciudad al Estado/dinastía meriní, o benimerín. Pasó a la unión dinástica de las coronas portuguesa y española (1580-1640) con Felipe II, y cuando esta unión se deshizo y finalizó la guerra consiguiente, permaneció en manos de España (desde 1668).

Por España fueron conquistadas Melilla (Mlilat, 1497), el Peñón de Vélez de la Gomera (1508) y el Peñón de Alhucemas (Al-Hoceima, 1560), ocupando las Chafarinas en 1848 cuando se supo que Francia, que ya dominaba la Argelia mediterránea, pretendía hacerse con ellas. Son dinámicas estrictamente coloniales que por parecer muy alejadas de la época del colonialismo y el imperialismo europeo -Portugal y España fueron Estados adelantados en esa expansión política y comercial, como bien sabemos- pueden hacer pensar en apropiaciones territoriales más nobles o justificadas.

Hacen muy bien los pueblos excoloniales de resarcirse cuando pueden de la implacable “lógica colonial”, que siempre consiste en la imposición de ciertas potencias sobre otros pueblos y tierras para explotar sus riquezas naturales (saqueo) y a los propios pobladores (esclavitud), y en frecuente competencia con potencias semejantes sobre los mismos territorios o bienes. Ese fue el “modelo” de las relaciones España-Portugal en los siglos XV-XVI, eso explica el empeño por “recuperar” el enclave de Santa Cruz de Mar Pequeña en tierra ajena y con propósitos económicos, falseando lugar y motivos, y ese es el escenario repetido en el siglo XIX y primera mitad del XX, de España frente a Francia e Inglaterra, con la “invención” de los derechos sobre el Sáhara y la ocupación y reparto de la región con una Francia más poderosa que, además, podía conceder migajas coloniales y límites espaciales caprichosos a su vecina y aliada. Todo ello, aprovechando la inferioridad militar de los pueblos por someter, fueran Estados (Marruecos), fueran tribus autónomas e intratables, celosas siempre de su independencia, pero obligadas a someterse y sobrevivir.

Marruecos viene sosteniendo su reivindicación sobre Ceuta, Melilla y los peñones desde prácticamente su acceso a la independencia en 1956 y desde el mismo momento de la aprobación de la Resolución 1514 (1960) por la Asamblea General de la ONU sobre la situación de los Territorios No Autónomos con la consiguiente creación del Comité de Descolonización (1961, llamado “de los 24”). Y también desde entonces ve frustradas sus pretensiones en ese marco internacional por la cerrada negativa de España a entrar en esa discusión, pero no ceja en su intento y muy bien supo enarbolarlo cuando decidió acelerar sus pretensiones sobre el Sahara en 1973-1975. Jugaba así con la baza decisiva de su poder sobre una España absolutamente decidida a pagar cualquier precio -incluido el de la entrega ilegal del Sáhara- por mantener su soberanía sobre las plazas africanas. La posición de España, empecinándose en mantener su soberanía sobre esas plazas permite a Marruecos seguir expresándose como víctima del colonialismo y asumir como territorios propios aquellos de los que alega que se le despojó por los avatares históricos, tanto los legítimos (las plazas españolas) como los ilegítimos (el Sáhara Occidental).

Por lo que, en la perspectiva de un futuro irremediable, más vale ir preparando la “retrocesión”, o como se le quiera llamar, de esas plazas y peñones africanos al Reino de Marruecos. No solamente España se liberará del chantaje permanente, sino que habrá saneado su pasado histórico y habrá realizado un esfuerzo colectivo de prudencia y realismo. Este cronista, un servidor, propondría que esta cesión, entrega, transacción, regalo, venta…, sea acompañada de la denuncia activa de los Acuerdos de Madrid sobre el Sáhara, ilegales, infamantes, vergonzosos y criminales, declarando solemnemente haber aceptado la propuesta marroquí de autonomía por coacción (y revelando los secretos del chantaje derivado del Pegasus, claro), reclamando la Administración del Sáhara, que sigue poseyendo de iure, exigiendo la salida de las fuerzas armadas marroquíes de ese territorio y decidiendo, en íntima colaboración con Naciones Unidas y la MINURSO, la celebración del referéndum debido, necesario y justo.

Pero el Gobierno español, si sigue siendo socialista, deberá hacer frente a ese lobby de figuras del PSOE volcados en los intereses de Marruecos, que han hecho propios y hacia los que ya han ido muy lejos.

En primer lugar, Felipe González, traidor en jefe de la causa saharaui y desde hace (muchos) años incrustado en la órbita de la dictadura marroquí, a la que sirve con gran convencimiento.


Felipe González en los campamentos saharauis (1976).

Y luego, José Bono, gran negociante, cuyos principios políticos y morales son -como los de su antiguo jefe y referencia- mudables e intercambiables; y otro exministro, Pepe Blanco, Pepiño, cuya empresa de consulting se forra con los encargos marroquíes y acoge, por igual, a sociatas y peperos; y a Moratinos, que tomamos en su día por pilar ético en la diplomacia española, así como a su antiguo jefe y amigo, José Luis Rodríguez Zapatero, más antiguo de lo que imaginábamos en la causa marroquí, y del que también hemos acabado sabiendo que se ha curtido en la inmersión de todo tipo de charcos, de los que ya no va a poder salir ni limpio ni blanqueado; y a los también exministros María Antonia Trujillo, José Fernando López Aguilar, convencidos y convictos en su adhesión al Trono alauí; ¡ah, y al ministro de Agricultura, Luis Planas, antes embajador en Rabat, para el que pido una comisión parlamentaria ad hoc que escrute sus relaciones con Marruecos y con notables marroquíes, así como la repercusión para los intereses del campo español de sus relaciones; y más gente, desde luego.

Y que Marruecos se enfrente a la legalidad internacional conculcada, sin nuestra colusión y sin su sempiterna capacidad de chantaje; que se enfrente con sus medios a la inmigración llamada “ilegal” en esa costa, espejo y muestrario de los horrores del colonialismo europeo, el español incluido, que es en primer lugar una fuga desesperada de sus jóvenes por los horrores de ese país y esa sociedad, huyendo de las garras de una oligarquía insufrible que domina política y economía; y si -como es probable- le declara la guerra al mundo, que quede en evidencia que el Reino alauí y sus apoyos proceden con el más genuino estilo de la piratería internacional, merecedora de desprecio y castigo.


viernes, 7 de agosto de 2026

Crisis migratoria de Ceuta: ¿Por qué los analistas chinos están mirando al Mossad?

 

 Por Nadia Helmy   
      Profesora asociada de Ciencias Políticas, Facultad de Política y Economía / Universidad de Beni Suef - Egipto. Experta en política china, relaciones sino-israelíes y asuntos asiáticos.


La crisis migratoria de Ceuta plantea interrogantes sobre Marruecos, España, el Mossad, China y la geopolítica de la frontera sur de Europa

   

  

    Migrantes esperan para cruzar al enclave español de Ceuta, desde el lado marroquí de la frontera en Fnideq, Marruecos, 31 de julio de 2026. 


     La extraordinaria crisis migratoria que se desató en Ceuta, ciudad del norte de África española, a finales de julio y principios de agosto de 2026, se ha convertido rápidamente en una cuestión geopolítica de mayor alcance.

Alrededor de 72.000 migrantes entraron en Ceuta en una semana, desbordando a las autoridades locales y provocando una respuesta de emergencia por parte de España y la Unión Europea. La magnitud del movimiento, el papel de la desinformación en las redes sociales y las dudas sobre los controles fronterizos de Marruecos han transformado lo que inicialmente parecía una emergencia migratoria en una disputa estratégica que involucra a España, Marruecos y la Unión Europea en general.

Este episodio también merece atención desde una perspectiva estratégica china. Pekín tiene importantes intereses económicos y geopolíticos en Marruecos, el norte de África, las rutas comerciales del Mediterráneo y los puertos europeos. Por lo tanto, un deterioro prolongado de las relaciones entre España y Marruecos, especialmente en torno a Ceuta y Melilla, podría tener consecuencias que trasciendan la política migratoria.

Al mismo tiempo, las afirmaciones de que el aumento de la migración fue organizado por el Mossad israelí o la Agencia Central de Inteligencia estadounidense deben tomarse con cautela. Actualmente no existe evidencia pública que demuestre que alguna de estas agencias orquestó el movimiento. Si bien tales alegaciones pueden formar parte de especulaciones de inteligencia o geopolíticas, no deben presentarse como hechos probados.

Una crisis migratoria amplificada por las redes sociales

Uno de los elementos más evidentes de la crisis es el papel que desempeña la información digital.

Según se informa, publicaciones falsas o engañosas en redes sociales contribuyeron a movilizar a la población hacia Ceuta, incluyendo afirmaciones sobre la apertura o el debilitamiento de los controles fronterizos españoles. Funcionarios europeos también han señalado la desinformación en línea y las redes de tráfico de migrantes como factores importantes en este episodio.

Esta distinción es importante. La existencia de movilización en línea no demuestra por sí sola que una agencia de inteligencia extranjera haya creado o dirigido la campaña.

Las redes sociales pueden acelerar los movimientos migratorios sin necesidad de una operación centralizada. Las expectativas económicas, la percepción de oportunidades, la información que circula en las comunidades migrantes y las acciones de las redes de tráfico de personas pueden interactuar rápidamente, generando movimientos que parecen altamente coordinados incluso cuando sus orígenes están descentralizados.

No obstante, la magnitud del episodio de Ceuta plantea una cuestión estratégica legítima: ¿fue el movimiento totalmente espontáneo, fue facilitado por redes criminales, fue tolerado o alentado por las autoridades marroquíes, o intentaron agentes externos explotar una crisis que ya se estaba desarrollando?

Actualmente, las pruebas públicas disponibles no ofrecen una respuesta definitiva.

El factor marroquí

La explicación alternativa más importante concierne al propio Marruecos.

Marruecos ya ha demostrado que la migración puede convertirse en un instrumento de presión diplomática sobre España. La crisis de Ceuta en mayo de 2021, cuando miles de migrantes entraron en la ciudad española tras la relajación de los controles fronterizos marroquíes, constituye un precedente importante.

La crisis de 2026 es considerablemente mayor. Las autoridades españolas y europeas están examinando el papel de las redes de tráfico de personas, la desinformación y la cooperación de Marruecos con la política migratoria europea. Los funcionarios de la UE han pedido una mayor cooperación con Marruecos, evitando al mismo tiempo una acusación pública definitiva de que Rabat orquestó deliberadamente la crisis.

Esto hace que el concepto de migración como presión política híbrida sea más útil que la suposición de que la crisis fue necesariamente dirigida por un servicio de inteligencia extranjero.

Un Estado no necesita necesariamente organizar cada movimiento migratorio individual para explotar la migración estratégicamente. La relajación deliberada de los controles fronterizos, la aplicación selectiva de la ley o la falta de intervención pueden generar presión política al tiempo que permiten una negación plausible.

Si eso ocurrió en este caso es una cuestión que requiere mayor investigación.

Por qué Ceuta y Melilla son importantes

Ceuta y Melilla son ciudades autónomas españolas del norte de África y forman parte de España y de la Unión Europea. Marruecos disputa la soberanía española sobre ambas ciudades y ha mantenido sus reivindicaciones territoriales durante décadas. Las autoridades españolas, por su parte, consideran que su estatus de territorio español es innegociable.

La disputa adquirió una nueva dimensión internacional a principios de 2026, cuando un informe del Comité de Asignaciones de la Cámara de Representantes de Estados Unidos describió a Ceuta y Melilla como ciudades administradas por España ubicadas en territorio marroquí y se refirió a la antigua reivindicación de Marruecos sobre ellas. El informe instó al secretario de Estado estadounidense a promover el diálogo diplomático entre Madrid y Rabat sobre su futuro estatus.

Esto tuvo una gran importancia política, pero no debe confundirse con una resolución formal del Congreso que reconozca la soberanía marroquí.

No obstante, la redacción representó un cambio notable con respecto a la forma en que normalmente se aborda la postura de España sobre las dos ciudades en Washington. Los funcionarios españoles respondieron haciendo hincapié en que el carácter español de Ceuta y Melilla no estaba en entredicho.

El momento elegido hace que el asunto sea particularmente delicado. Cualquier percepción de que Washington se está volviendo más receptivo a la postura de Marruecos podría afectar los cálculos estratégicos de Madrid y Rabat.

¿Podrían las agencias de inteligencia extranjeras aprovechar la crisis?

Aquí es donde surgen las afirmaciones más controvertidas en torno a la crisis de Ceuta.

La posibilidad de que agencias de inteligencia extranjeras intenten explotar una crisis migratoria no es del todo descabellada. Los grandes movimientos migratorios pueden generar inestabilidad política, influir en las elecciones, intensificar la polarización y ejercer presión sobre los gobiernos. Los servicios de inteligencia monitorean habitualmente estas vulnerabilidades.

Pero existe una distinción esencial entre monitorear o explotar una crisis y crear la crisis.

Actualmente no existen pruebas públicas que demuestren que el Mossad organizara el traslado de migrantes marroquíes hacia Ceuta. Tampoco hay pruebas públicas suficientes para establecer que la CIA coordinara la operación.

Por lo tanto, las afirmaciones en este sentido deben considerarse hipótesis que requieren pruebas, más que conclusiones.

No obstante, Israel tiene un potencial interés estratégico en la dirección de la política exterior española. España ha adoptado posturas sobre el conflicto israelí-palestino que, en ocasiones, han generado importantes fricciones diplomáticas con Israel. Esto crea un posible motivo para analizar si actores opuestos a las políticas de Madrid podrían intentar explotar las vulnerabilidades internas de España.

Pero el motivo por sí solo no es prueba de que se haya llevado a cabo una operación.

Una evaluación de inteligencia seria requeriría pruebas de capacidad, comunicaciones, flujos financieros, vínculos operativos, reclutamiento, actividad cibernética u otros indicadores que conecten a una agencia en particular con las redes de migración.

Ninguno de esos vínculos se ha demostrado públicamente en el presente caso.

Los Hermanos Musulmanes y el peligro de confundir ideología con operaciones

Otro elemento controvertido del debate concierne a los Hermanos Musulmanes y otros movimientos islamistas.

Existen vínculos ideológicos históricos entre los Hermanos Musulmanes y varias organizaciones islamistas que operan en Oriente Medio y el Norte de África. El Movimiento Islámico en Israel también mantiene una relación histórica con la tradición ideológica más amplia de los Hermanos Musulmanes.

Sin embargo, eso no establece una coordinación operativa entre estos movimientos y el Mossad, la CIA o las redes de migración marroquíes.

La existencia de organizaciones políticas islamistas en Marruecos tampoco demuestra que ellas organizaran los cruces de Ceuta.

La distinción es fundamental. La afinidad ideológica, la influencia histórica y la cooperación organizativa son tres cosas distintas. Un artículo sobre inteligencia y competencia geopolítica no debería tratarlas como sinónimos.

El simbolismo de al-Ándalus

La memoria histórica de al-Ándalus ha desempeñado durante mucho tiempo un papel importante en algunos discursos políticos islamistas y musulmanes en general. Las referencias a Al-Ándalus pueden evocar la presencia histórica de la civilización musulmana en la península ibérica y, por lo tanto, pueden tener un considerable significado emocional e ideológico.

Ese simbolismo merece ser examinado en el contexto de los debates sobre Ceuta y Melilla.

Sin embargo, actualmente no existen pruebas suficientes para concluir que las referencias a la “reconquista de Andalucía” se utilizaran como parte de una operación de inteligencia coordinada para enviar inmigrantes marroquíes a Ceuta.

Si existe tal conexión, debe demostrarse mediante pruebas específicas: campañas documentadas en redes sociales, organizaciones identificables, mensajes coordinados, vínculos financieros o comunicaciones entre los actores involucrados.

Sin tales pruebas, el simbolismo andalusí debería tratarse como objeto de análisis político e histórico, en lugar de como prueba de una operación de inteligencia.

¿Y qué hay del Gran Oriente Medio?

El debate geopolítico más amplio a veces relaciona los conflictos contemporáneos de Oriente Medio con la agenda de reformas del "Gran Oriente Medio" o del "Gran Oriente Medio y Norte de África" ​​de Estados Unidos de principios de la década de 2000.

La iniciativa en sí era real. La administración de George W. Bush la asoció públicamente con la reforma política, económica y social, una mayor libertad y el desarrollo en Oriente Medio y el Norte de África.

Pero no hay pruebas de que la iniciativa estuviera diseñada para utilizar la migración marroquí con el fin de desmantelar estados árabes, establecer gobiernos proisraelíes u organizar el movimiento de migrantes hacia Ceuta.

Esas afirmaciones van mucho más allá de los registros históricos documentados.

Esta distinción es importante porque las iniciativas políticas históricas pueden influir en el análisis geopolítico actual sin aportar pruebas de cada conspiración contemporánea que se les atribuye.

¿Por qué le importaría a China?

La dimensión china se fundamenta más fácilmente en intereses estratégicos observables.

China ha expandido su presencia económica y diplomática en el norte de África y el Mediterráneo. Marruecos reviste especial relevancia para Pekín debido a su posición geográfica, su desarrollo industrial, su infraestructura, su potencial logístico y su acceso a los mercados europeos y africanos.

La estabilidad de los puertos mediterráneos y las rutas comerciales marítimas también es importante para los intereses comerciales más amplios de China.

Desde esta perspectiva, Pekín tiene una razón legítima para monitorear una crisis que involucra simultáneamente:

  • España y la Unión Europea;

  • Marruecos y el norte de África;

  • Migración y seguridad fronteriza;

  • Comercio mediterráneo;

  • Estabilidad política europea;

  • Y la relación estratégica entre Washington, Madrid y Rabat.

Una crisis prolongada entre España y Marruecos podría generar consecuencias económicas y logísticas que se extiendan más allá de la frontera inmediata.

Esto no implica que un servicio de inteligencia chino crea que el Mossad fue el causante de la crisis. China puede estar preocupada por las consecuencias de la inestabilidad sin respaldar una explicación concreta sobre sus orígenes.

La cuestión de la inteligencia china

Las instituciones militares y de inteligencia chinas examinan de forma rutinaria la evolución de la seguridad internacional, incluyendo la inestabilidad política, la migración, las infraestructuras estratégicas, las rutas marítimas y las actividades de las potencias extranjeras.


Post en Instagram de Mimoun Aabou.

Sin embargo, las afirmaciones relativas a evaluaciones específicas de inteligencia china clasificadas requieren un alto estándar probatorio.

La información disponible públicamente no permite establecer que el Ministerio de Seguridad del Estado de China, o específicamente alguna oficina del MSS, haya llegado a la conclusión de que el Mossad organizó la crisis migratoria de Ceuta.

Por consiguiente, las referencias a la "inteligencia china" en los debates sobre este episodio deben entenderse como interpretaciones analíticas, a menos que se pueda identificar un documento chino específico, una evaluación de inteligencia o una fuente atribuible.

Esto cobra especial importancia al analizar la supuesta evaluación que China hace de Israel, Estados Unidos o los Hermanos Musulmanes. El discurso oficial y estratégico chino suele ser muy crítico con las operaciones de inteligencia extranjeras y los movimientos políticos transnacionales, pero estas posturas generales no deben interpretarse automáticamente como prueba de una conclusión de inteligencia específica sobre Ceuta.

Cuatro explicaciones contrapuestas

La evidencia disponible sugiere que al menos cuatro hipótesis merecen ser examinadas.

En primer lugar, la movilización espontánea. Los incentivos económicos, la percepción de una oportunidad para entrar en Europa, las redes sociales y la desinformación en línea pueden haber producido un movimiento rápido sin una dirección central.

En segundo lugar, la facilitación de actividades delictivas. Es posible que las redes de contrabando hayan explotado la situación y amplificado el movimiento para obtener beneficios económicos.

En tercer lugar, la instrumentalización marroquí. Es posible que Rabat haya tolerado o facilitado el movimiento como medio para presionar a España, de forma deliberada o no. La crisis de Ceuta de 2021 hace que esta hipótesis sea especialmente relevante.

En cuarto lugar, la explotación extranjera. Es posible que agentes políticos o de inteligencia externos hayan intentado explotar la crisis o influir en sus consecuencias políticas.

Estas posibilidades no son mutuamente excluyentes.

Una crisis migratoria puede comenzar de forma orgánica, ser facilitada por redes criminales, ser tolerada por un Estado y posteriormente ser explotada por agentes extranjeros.

Por eso, atribuir todo el episodio a un único servicio de inteligencia sin pruebas conlleva el riesgo de simplificar en exceso lo que podría ser una crisis híbrida mucho más compleja.

Qué significa la crisis de Ceuta para Europa

Sean cuales sean sus orígenes, la magnitud de la afluencia de 2026 ha demostrado la vulnerabilidad de la frontera sur de Europa ante las repentinas perturbaciones migratorias.

Los ministros del Interior de la UE ya han debatido sobre una mayor cooperación con países no pertenecientes a la UE, el intercambio de información de inteligencia, la vigilancia de las redes sociales, las medidas contra el tráfico ilícito de migrantes y el refuerzo de la seguridad fronteriza.

Por lo tanto, es probable que la crisis influya en los debates europeos mucho más allá de España.

También demuestra la influencia política que poseen los países que cooperan con Europa en el control de la migración. Marruecos ocupa una posición particularmente importante en este sistema debido a su proximidad con España y su papel en la gestión de las rutas migratorias hacia la UE.

Para España, el reto principal ya no reside simplemente en cómo controlar una frontera, sino en cómo evitar que la política migratoria se convierta en una fuente de vulnerabilidad estratégica.

Una crisis mayor que la migración

Por lo tanto, la crisis de Ceuta debe entenderse en varios niveles simultáneamente.

En el plano humanitario, decenas de miles de personas se vieron involucradas en un movimiento extraordinario que desbordó la capacidad local.

En el plano político interno, este episodio está avivando los debates sobre inmigración, control de fronteras y la relación de España con Marruecos.

A nivel bilateral, plantea nuevas interrogantes sobre las antiguas reivindicaciones de Marruecos sobre Ceuta y Melilla y sobre el futuro de las relaciones hispano-marroquíes.

A nivel europeo, pone de manifiesto la dependencia de la UE de la cooperación con los estados vecinos para gestionar la migración irregular.

En el plano geopolítico, la crisis se entrecruza con la evolución de las relaciones entre Estados Unidos y Marruecos, la política española en Oriente Medio y la competencia estratégica más amplia en torno al norte de África y el Mediterráneo.

Desde la perspectiva de China, la inestabilidad en Marruecos, España y el Mediterráneo puede afectar al entorno económico y estratégico en el que operan los proyectos chinos de comercio, inversión y conectividad.

Por lo tanto, la pregunta más importante quizás no sea si el Mossad está detrás de la crisis.

La cuestión más trascendental es quién puede explotar la crisis, quién se beneficia de ella y si la migración se está convirtiendo en un instrumento cada vez más importante de competencia geopolítica entre estados.

Esa cuestión puede investigarse utilizando las pruebas que ya están surgiendo.

Por ahora, la información pública disponible respalda la existencia de una grave crisis migratoria, exacerbada por la desinformación y que plantea serias dudas sobre la gestión de fronteras y las relaciones marroquí-españolas. Sin embargo, aún no se puede demostrar que el Mossad, la CIA, los Hermanos Musulmanes o cualquier otra organización de inteligencia extranjera orquestaran el movimiento.

Esa distinción es esencial, no solo para comprender lo que sucedió en Ceuta, sino también para evaluar lo que podría suceder a continuación.


Fuente: Modern Diplomacy