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miércoles, 23 de septiembre de 2026

De la Marcha Verde a Ceuta: medio siglo de presión sobre España

 

 Por Pedro Garcia   
      Periodista en Descifrando la Guerra.



La nueva crisis de Ceuta se suma a una larga lista de episodios de presión de Marruecos sobre España que comenzó a tomar forma con la Marcha Verde de 1975.

     La nueva crisis migratoria que atraviesa Ceuta vuelve a colocar bajo presión una de las relaciones bilaterales más importantes y difíciles de la política exterior española. Con cerca de 80.000 entradas irregulares registradas según las cifras disponibles, la ciudad autónoma afronta uno de los episodios de mayor tensión desde mayo de 2021, cuando unas 10.000 personas atravesaron la frontera en apenas dos días.

La comparación con aquella crisis es inevitable, pero también plantea una pregunta más incómoda. Desde entonces, España ha modificado su política hacia Marruecos.

En marzo de 2022, el gobierno de Pedro Sánchez abandonó la tradicional neutralidad española respecto al Sáhara Occidental y pasó a considerar el plan de autonomía marroquí como la propuesta "más seria, realista y creíble" para resolver el conflicto.


Carta de Pedro Sánchez a Mohammed VI anunciando el cambio de política de España en el Sáhara.

El objetivo era abrir una nueva etapa de estabilidad con Rabat tras el enfrentamiento diplomático del año anterior. Cuatro años después, sin embargo, Ceuta vuelve a estar sometida a una enorme presión. Más allá de las circunstancias concretas que expliquen la crisis actual, el episodio obliga a preguntarse hasta qué punto el entendimiento alcanzado en 2022 transformó realmente la naturaleza de las relaciones entre España y Marruecos.

La respuesta probablemente sea que mucho menos de lo esperado. España y Marruecos mantienen una relación caracterizada simultáneamente por la cooperación y la competencia. La geografía obliga a ambos países a entenderse en comercio, inmigración, terrorismo, narcotráfico, seguridad marítima y estabilidad regional.

Pero esa misma interdependencia proporciona también instrumentos con los que ejercer presión. Esa paradoja constituye uno de los principales problemas estratégicos de España en su flanco sur.

Ceuta es, además, el lugar donde mejor se concentran todas esas contradicciones. Su posición en la entrada oriental del estrecho de Gibraltar le concede un valor que trasciende ampliamente su tamaño.

Es frontera exterior de la Unión Europea, punto de observación sobre una de las principales rutas marítimas del mundo y símbolo de la presencia española en el norte de África. Al mismo tiempo, su condición de enclave rodeado por territorio marroquí la hace especialmente vulnerable ante cualquier deterioro de las relaciones bilaterales.

Una larga tradición de presión

La utilización de instrumentos situados por debajo del umbral de la guerra no es una característica nueva de la política marroquí. Algunos de sus antecedentes más importantes se remontan incluso a varias décadas antes de que se popularizara el concepto contemporáneo de "zona gris".

Este concepto describe aquellas situaciones en las que un Estado trata de modificar el statu quo mediante instrumentos coercitivos sin llegar a provocar un conflicto armado abierto o directamente una guerra a gran escala.


La crisis de Ceuta ilustra la diferencia entre amenaza híbrida, zona gris y guerra híbrida en las relaciones entre España y Marruecos.

La presión puede ser diplomática, económica, migratoria, informativa o incluso militar de forma limitada y ambigua. Su principal ventaja reside precisamente en dificultar la respuesta del adversario: cada medida aislada parece insuficiente para justificar una escalada, pero la suma de todas ellas puede modificar gradualmente el equilibrio existente.

La Marcha Verde de 1975 constituye el ejemplo histórico más significativo en el caso marroquí. Hasán II movilizó a cientos de miles de civiles hacia el Sáhara Occidental cuando España atravesaba una profunda crisis política debido a la agonía de Francisco Franco.


El conflicto saharaui entre Marruecos y el Frente Polisario es uno de los más persistentes y menos comprendidos del sistema internacional.

La utilización de población civil, acompañada de una amenaza militar implícita y de una intensa movilización nacionalista, permitió modificar el statu quo territorial sin desencadenar una guerra convencional. España terminó abandonando el territorio y Marruecos consiguió establecer un hecho consumado que, medio siglo después, ha resultado extraordinariamente difícil de revertir.

La importancia del precedente no reside únicamente en su resultado. La operación explotó cuidadosamente las vulnerabilidades del adversario, provocando una profunda incertidumbre política interna, escasa voluntad de asumir los costes de una confrontación militar y un contexto internacional poco favorable a una reacción española prolongada.

Esa combinación entre presión civil, amenaza latente y explotación del momento político constituye precisamente uno de los elementos característicos de la lógica contemporánea de zona gris.

La crisis del islote de Perejil de 2002 siguió una lógica distinta pero comparable. Un reducido grupo de fuerzas marroquíes ocupó unilateralmente un territorio deshabitado cuya situación se mantenía deliberadamente congelada.


Militares españoles colocan la bandera española en la isla de Perejil tras la crisis.

España respondió mediante una operación militar limitada y restauró el statu quo. El episodio fue interpretado como una prueba de la determinación española en la que una acción pequeña en términos materiales, pero políticamente cargada, permitía medir hasta dónde estaba dispuesto Madrid a llegar.

El resultado fue muy distinto al de 1975 porque también lo fue la respuesta española. Madrid mostró rápidamente su disposición a impedir la consolidación del hecho consumado y utilizó su superioridad militar para restaurar la situación anterior. Pero Perejil dejó otra enseñanza relevante. Y es que una crisis aparentemente menor puede escalar con rapidez cuando afecta a cuestiones territoriales y de prestigio nacional.

Desde entonces, la presión ha adoptado formas mucho menos espectaculares. Marruecos llamó a consultas a su embajador después de la visita de los Reyes a Ceuta y Melilla en 2007; aparecieron posteriormente pasaportes que atribuían las ciudades a Marruecos; Rabat impidió a sus diplomáticos acceder a ellas y cerró unilateralmente la aduana comercial de Melilla en 2018. También fueron introduciéndose restricciones comerciales sobre Ceuta.

Son medidas diferentes, pero comparten la característica de que elevan gradualmente el coste de mantener el statu quo sin cruzar la frontera que convertiría una disputa diplomática en un conflicto convencional. Esa ambigüedad es precisamente lo que las hace efectivas.

Ceuta 2021 y la presión a España

El mecanismo más sensible es, sin embargo, el migratorio. La crisis de mayo de 2021 mostró de manera extraordinariamente clara la vulnerabilidad española. Más de 10.000 personas entraron en Ceuta después de que los controles marroquíes se relajaran en plena confrontación diplomática entre ambos gobiernos.

El detonante inmediato había sido la hospitalización en España de Brahim Ghali, secretario general del Frente Polisario, organización enfrentada a Marruecos por el Sáhara Occidental. Pero la disputa trascendía ampliamente a Ghali.

Después de que Donald Trump reconociera en diciembre de 2020 la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, Rabat incrementó su presión para que otros gobiernos occidentales se aproximasen a esa posición. Alemania y España estaban entre los principales objetivos diplomáticos.

La crisis de Ceuta demostró entonces que Marruecos disponía de una poderosa herramienta, y es su capacidad para modular la cooperación migratoria. España y la Unión Europea necesitan la colaboración de Rabat para contener los movimientos hacia la frontera europea. Precisamente por ello, una reducción deliberada o circunstancial de esa cooperación tiene consecuencias casi inmediatas para España.


Mapa a color sobre la MINURSO y los refugiados saharauis debido a la ocupación de Marruecos.

Ahí reside una característica fundamental de la relación bilateral: un mecanismo creado para favorecer la cooperación puede convertirse también en instrumento de coerción. La asimetría es especialmente significativa porque el coste político de una crisis migratoria no se reparte de forma equivalente entre ambos países.

Una relajación temporal de los controles puede generar rápidamente presión humanitaria, mediática y política en España, mientras que para Marruecos el coste inmediato puede ser comparativamente menor.


La ciudad autónoma de Ceuta es un punto clave en la geopolítica de España en el Mediterráneo Occidental.

Así, la capacidad de transformar un ámbito de cooperación cotidiana en un mecanismo de presión proporciona a Rabat una ventaja considerable en momentos de tensión diplomática.

Esto explica también por qué Ceuta y Melilla ocupan una posición tan singular.


Ubicación geográfica de Ceuta y Melilla.

La lejanía respecto a la Península y su escaso peso demográfico han favorecido históricamente que buena parte del debate público español las contemple principalmente a través de cuestiones migratorias, fronterizas o de seguridad.

Esa percepción puede convertirse a su vez en una vulnerabilidad política: cuanto más se presenten las ciudades como un problema periférico, mayor será el coste interno de cualquier crisis sostenida.

2022: ¿cesión o pragmatismo?

España respondió a la crisis con una profunda reconsideración de su relación con Marruecos. El punto culminante llegó en marzo de 2022, cuando Pedro Sánchez respaldó el plan de autonomía marroquí como la alternativa más seria y creíble para resolver el conflicto saharaui. La decisión admitía dos interpretaciones, no por ello excluyentes.

La primera, especialmente plausible en aquel momento, era que España había efectuado una "rendición preventiva". Después de la crisis migratoria, la ruptura diplomática y otros episodios de presión, Madrid realizaba una importante concesión precisamente sobre el asunto que Marruecos consideraba prioritario.

El peligro era evidente: si Rabat concluía que la presión funcionaba, podía sentirse incentivado a utilizarla en futuros desacuerdos, incluidos aquellos relacionados con Ceuta, Melilla o la delimitación marítima. Además, el giro tuvo costes externos importantes.


Mapa de las reclamaciones marítimas de España, Marruecos, Portugal y Sáhara en Macaronesia.

España abandonaba el delicado equilibrio que había mantenido tradicionalmente entre Marruecos y Argelia precisamente cuando la rivalidad entre ambos atravesaba uno de sus momentos más graves en décadas. Argel había roto relaciones con Rabat en 2021 y posteriormente reaccionó negativamente al cambio español, afectando a una relación estratégica en ámbitos como el energético.

Pero existe una segunda interpretación, más pragmática. El contexto internacional del Sáhara ha evolucionado profundamente desde 2020. El reconocimiento estadounidense fortaleció considerablemente la posición de Marruecos y en los años posteriores varios gobiernos europeos se aproximaron de diferentes maneras al plan de autonomía. El margen de maniobra español sobre el conflicto se redujo considerablemente.

Desde esta perspectiva, el giro de 2022 podía entenderse como la adaptación a una realidad internacional crecientemente favorable a Rabat y como el precio de estabilizar una relación bilateral vital para los intereses españoles.


Fotografía panorámica de El Aaiún, en el territorio del Sáhara Occidental.

La evolución internacional posterior ha reforzado esta segunda interpretación. La posibilidad de una independencia saharaui aparece hoy mucho más lejana que hace una década, mientras que el plan de autonomía ha ido obteniendo un apoyo diplomático creciente.

Para España, mantener indefinidamente una posición formalmente neutral podía proporcionar cada vez menos beneficios reales mientras continuaba deteriorando la relación con un vecino cuya cooperación es esencial.

Ambas interpretaciones pueden contener parte de la verdad. El acercamiento a Marruecos era comprensible desde una perspectiva de interés nacional. España no puede elegir su geografía y necesita una relación funcional con su vecino meridional. Pero la eficacia de aquella decisión dependía también de que la nueva etapa modificase los incentivos de Rabat y redujese el recurso a mecanismos coercitivos.

Es precisamente ahí donde la crisis actual vuelve a plantear dudas. Si después de una de las mayores concesiones realizadas por España en su política hacia el Magreb desde la retirada del Sáhara reaparecen episodios de elevada presión sobre Ceuta, entonces el problema no puede explicarse exclusivamente por el contencioso saharaui. La tensión tiene raíces más profundas relacionadas con la propia estructura de la relación bilateral.


Fuente: Descifrando la Guerra

miércoles, 26 de agosto de 2026

Grupo de hackers amenaza con publicar los archivos de Pegasus relacionados con Sánchez tras destapar los datos de 70.000 espías marroquíes

 


     El colectivo hacker Jabaroot ha elevado todavía más la tensión este lunes al anunciar que estudia publicar los datos originales relacionados con el caso Pegasus que afectó al teléfono del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.


El rey de Marruecos, Mohamed VI, y Pedro Sánchez, presidente del gobierno de España.

El grupo se pregunta públicamente por qué debería hacerse pública esta información y deja entrever que su difusión podría producirse en las próximas horas.

El anuncio llega pocas horas después de que Jabaroot haya materializado una de sus mayores amenazas: la publicación de una base de datos con información atribuida a unos 70.000 miembros de los servicios de inteligencia y seguridad de Marruecos, una filtración que el propio grupo de hackers presenta como su «gran regalo para Europa y especialmente para España».


Jabaroot eleva la guerra de los espías: filtra datos de 70.000 agentes marroquíes.

La información difundida por Jabaroot incluye, según la lectura, en primicia, realizada por ECSAHARAUI, nombres, fechas de nacimiento, números de identificación y otros datos vinculados a miembros de la Dirección General de Supervisión del Territorio (DGST) y de la Dirección General de Seguridad Nacional (DGSN). Fuentes consultadas por este medio han considerado auténticas partes de las bases difundidas.

La nueva amenaza sobre Pegasus introduce ahora un elemento de mucha mayor trascendencia política.

De los agentes marroquíes a Pegasus

La secuencia resulta especialmente llamativa. Jabaroot había anunciado previamente que disponía de información sobre miembros de los servicios de seguridad marroquíes que, según estos hackers, habrían participado en operaciones de inteligencia en Europa.

Este lunes, ECSAHARAUI fue el primero en informar de que Jabaroot no solo había publicado los datos de unos 70.000 espías, sino que aseguraba disponer de órdenes de misión relacionadas con agentes que se desplazaron a Fnideq (Castillejos) antes y durante los acontecimientos de Ceuta. Jabaroot sostiene que parte de esos agentes habría participado en operaciones de espionaje, instalación de dispositivos de escucha e influencia sobre políticos y empresarios europeos. Estas afirmaciones proceden del colectivo y no han sido verificadas de forma independiente en su totalidad.

Ahora, la referencia a los archivos originales de Pegasus apunta directamente a uno de los episodios de espionaje político más delicados de los últimos años en España.

El caso Pegasus vuelve al centro del escenario

En 2022, el Gobierno español confirmó que los teléfonos de Pedro Sánchez y de la ministra de Defensa, Margarita Robles, habían sido infectados con el programa espía Pegasus. Del dispositivo del presidente fueron extraídos datos, mientras que posteriormente se conocieron nuevas infecciones que afectaron a otros miembros del Ejecutivo.

La investigación judicial no ha conseguido establecer públicamente quién estuvo detrás de las intrusiones. Precisamente por ello, unos supuestos archivos originales de Pegasus tendrían un interés extraordinario si permitieran determinar el origen de las operaciones, los objetivos seleccionados o la infraestructura empleada.

La aparición ahora de esta amenaza resulta especialmente sensible porque Jabaroot está intentando presentar sus filtraciones como documentación procedente de las estructuras de seguridad marroquíes.

La publicación de hoy encaja en una escalada que Jabaroot viene desarrollando desde hace meses.

El pasado 20 de agosto el grupo ya había amenazado con revelar la identidad de miles de agentes de la inteligencia marroquí, después de publicar una primera muestra de una veintena de supuestos agentes. Jabaroot vinculaba entonces su ofensiva directamente con la crisis de Ceuta.

Cuatro días después, la amenaza se ha materializado con la publicación de los aproximadamente 70.000 registros.

Este medio ha recogido que la documentación incluye datos de miembros de la DGST y la DGSN y que algunas fuentes con experiencia en los servicios de inteligencia marroquíes han validado la autenticidad de parte del material. Jabaroot afirma además que la documentación permitirá identificar a quienes organizaron y coordinaron las operaciones relacionadas con la entrada masiva de personas en Ceuta.

Una nueva pieza en ese duelo de espías

El anuncio de Jabaroot llega, además, en un momento especialmente delicado en las relaciones entre Madrid y Rabat. Las publicaciones del grupo de hackers se han cruzado durante los últimos días con la controversia sobre Ceuta, las acusaciones relativas a la actuación de los servicios de seguridad marroquíes y el debate político español sobre la relación con Marruecos.

ECSAHARAUI viene siguiendo esta secuencia en exclusiva y sitúa las filtraciones de Jabaroot dentro de una ofensiva más amplia contra el aparato de seguridad del régimen marroquí. Su información de este lunes señala que el colectivo pretende realizar nuevas entregas de documentación y que la filtración de los 70.000 registros constituye solo una fase de la operación.

La posible publicación de los archivos de Pegasus podría ser, por tanto, el siguiente escalón de la ofensiva.

Por ahora, Jabaroot solo ha insinuado que podría publicar la información en las próximas horas. Si finalmente lo hace, el interés no estará únicamente en el contenido de los archivos, sino en determinar si son auténticos, de dónde proceden y si contienen alguna evidencia nueva capaz de arrojar luz sobre quién estuvo detrás del espionaje del teléfono de Pedro Sánchez.


Fuente: ECSAHARAUI

sábado, 8 de agosto de 2026

Marruecos se crece, rearma y chantajea… porque puede

 

 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


 El caso está en no hablar claro, en alimentar los tabúes nacionalistas y patrioteros, en adherirse a sentimientos que ni la Historia ni el Derecho pueden encajar, barruntando conflictos -aparentemente larvados pero que una y otra vez asoman su letalidad- para este Estado que llamamos español, que sigue siendo incapaz de resolver penosas contradicciones del pasado. Por ejemplo, Ceuta, Melilla y los “peñones”.

Tras la gran pifia cometida por España regalándole el Sáhara Occidental a Marruecos gratis et amore, tan fácil se lo pusimos, quedó pendiente para nuestro vecino del sur apoderarse -“recuperar”, dicen ahí, con escaso rigor histórico o jurídico, pero con la máxima decisión- de esas “Plazas de soberanía” española en territorio africano, ciertamente marroquí. Y en la hoja de ruta que el hábil Hasán II dejó trazada, habiendo contrastado bien y con éxito la debilidad (por no decir lenidad) de España, señaló para sus sucesores, Mohammed VI y Hasán III, lograr para su Reino esas dos ciudades (llamadas “autónomas” pero carentes de la menor autosuficiencia), los dos peñones (el de Vélez de la Gomera y el de Alhucemas, que los marroquíes pueden apedrear desde su orilla) y esas islas (las Chafarinas) que no nos sirven ni para proteger la foca monje.

Nos vienen perjudicando, desde luego, las malas artes que el presidente Donald Trump considera propias de la acción política internacional, bien adheridas a una ignorancia supina, su mala baba como tipo grotesco y aborrecible, su capricho de hacer a América grande de nuevo machacando a medio mundo, su obsesión por los negocios, que considera parte esencial en sus relaciones internacionales, y su sumisión a los designios genocidas del Estado de Israel. Un verdadero (y peligrosísimo) mamarracho, quien se ha tomado muy a mal que el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, se haya atrevido (sobrado de pruebas) a acusar de genocidas a los líderes israelíes, patronos de la Casa Blanca, así como a negarle el uso de las bases de utilización conjunta en su agresión (guerra pirata, ilegal, canalla, de su estilo y firma) contra Irán.

Además, el Gobierno español, al que acosa la derecha y la ultraderecha trumpistas, debe de adolecer de evidente debilidad interior y exterior según la CIA, el Mossad y la DGDE marroquí, de inteligencia exterior. Aducirán como pruebas la rendición sin condiciones de Sánchez cuando se allanó a la “solución” marroquí de una autonomía (tramposa, ilegal) para el Sáhara de resultas de haber comprobado los daños producidos a él y a España (aunque desconocidos por el común de los españoles) por el espionaje del programa Pegasus, de creación israelí pero manejado por Rabat; además de la evidente vulnerabilidad de las fronteras (más bien alambradas) de Ceuta y Melilla ante una inmigración que es imposible de frenar.


Pedro Sánchez y Mohammed VI (2024).

Así que, para el “triángulo” formado por Estados Unidos, Israel y Marruecos, grandes e impunes perturbadores de la paz internacional, la intimidación a la España de Pedro Sánchez se ha acabado convirtiendo en una operación de acoso (atractiva, facilona, llena de promesas), precursora de envites más serios de desgaste político y -jugando siempre a favor de Marruecos- reajuste territorial.

Así que sí: la espectacular invasión de Ceuta por miles de personas, en su mayoría jóvenes y con neto predominio de marroquíes, constituye un ensayo para -a modo de nueva Marcha Verde adaptada a las circunstancias- poner en jaque a España, la obligue incluso a actuar militarmente y, tras las mediaciones y las conversaciones de “aliados” y “amigos”, obtener un plazo para la cesión de las plazas y peñones con una soberanía compartida desde ya. Un ensayo al que seguirán otros según un plan que debe estar ya establecido.

Para este cronista, servidor de ustedes, que remata en este agosto feo y chabacano su tercer trabajo de política internacional, La cuestión del Sáhara Occidental y las relaciones España-Marruecos (contra la Historia y el Derecho), que se podrá disfrutar ya en octubre, cuando lo publique la amistosa editorial El viejo Topo, lo de Ceuta (Sebta) me ha venido al pelo, pero no ha podido alterar la tesis que sostiene -que sostengo, como tantísimos españoles, aunque en silencio- sobre la conveniencia de entregar esas plazas y peñones a Marruecos, de forma ordenada, pero cuanto antes. No solamente para liquidar una causa de chantaje marroquí que ya cansa y erosiona demasiado, sino, ya digo, por afrontar con dignidad y justicia las exigencias implacables de la Historia y del muy respetable Derecho escrito: de Moral internacional, en suma.


Ceuta, indefendible (istock).

Pocos se han decidido a poner en relación la facilidad con que se entregó el Sáhara a Marruecos con la amenaza y el chantaje sobre Ceuta y Melilla. El Frente Polisario lo sabía y lo sabe (sus analistas y diplomáticos son, de siempre, de una especial finura y preparación), y algunos diplomáticos españoles llegaron a pedirlo/proponerlo a sus jefes ministeriales en lo más crudo de la crisis por el Sáhara en 1975. Lo supimos después, cuando el prestigioso diplomático español Máximo Cajal (aquel que, siendo embajador en Guatemala en 1980 estuvo a punto de morir cuando la policía de aquella dictadura asaltó e incendió la legación asesinando a 37 indígenas que allí se habían refugiado) reveló en su libro Ceuta y Melilla, Olivenza y Gibraltar ¿Dónde acaba España? (2003) que el embajador ante las Naciones Unidas, Jaime Piniés, “en el difícil 1975, informó por escrito a Exteriores de que lo razonable sería retroceder inmediatamente peñones e islotes a Marruecos, concertar un plazo de 20 años para retroceder la soberanía de Melilla y rechazar cualquier discusión sobre Ceuta hasta tanto no hubiéramos incorporado Gibraltar a la soberanía española”. Cajal se mostraba indignado, por cierto, por la operación militar sobre el islote (en realidad, pedrusco) Perejil (Tura) en julio de 2002, dejando bien clara su opinión: es “una situación colonial que es una afrenta a Marruecos y un elemento de desasosiego y mala conciencia nacional para España, que se agita en cuanto se menciona el tema… son tres contenciosos, que deben ser encauzados, gestionados y resueltos con una visión global”; con un remate lapidario: “Hay que reintegrar la integridad territorial de Marruecos”.

En estos días de alteración de conciencias y saberes sobre estos penosos asuntos caspo-coloniales, resurge desde varios puntos esa cantinela enervante de que la apropiación de esas plazas y peñones por España tuvo lugar “cuando Marruecos no existía aún como Estado”. Y me ha sorprendido que una catedrática de Derecho Internacional (que no nombro porque no sé muy bien cómo mostrarle mejor mi respeto, si nombrándola o absteniéndome) aluda a que “ni Ceuta ni Melilla han sido nunca territorios marroquíes y son españolas siglos antes del Protectorado sobre Marruecos”, dando a entender (¡qué barbaridad!) que Marruecos no ha sido un Estado hasta 1956. De donde habría que deducir que no eran verdaderos Estados el imperio almorávide, el almohade (ambos, con capital en Marrakech), el meriní (con capital en Fez), los tres, por cierto, abarcando parte de la España de los siglos XI-XIV; y que las dinastías meriní (1244-1465), saadí (1554-1659, con capital en Marrakech) y alauí (1659 hasta hoy, con capitales sucesivas en Fez, Mequinez y Rabat) no han constituido Estado nunca. ¿Qué eran, entonces?, ¿acaso sólo el Occidente cristiano ha sido capaz de crear Estados verdaderos, es decir, estructuras de gobierno, dominio y desarrollo de sus territorios, por más que evolucionaran en extensión y formas políticas?

Pero lo más importante es -a la luz del Derecho Internacional y más todavía, de la Historia- que la mayoría de esas plazas y peñones, que también fueron denominadas “presidios” durante siglos, fueron conseguidas por España tras hechos de guerra y paces impuestas, siguiendo una dinámica rigurosamente colonial. Ceuta, precisamente, resulta ser portuguesa en origen, ya que fue conquistada en agosto de 1415 por Portugal en plena etapa de su expansión por África y el Atlántico, protagonizada por los reyes de la Casa de Avis y con la figura histórica de Enrique el Navegante que, por cierto, participó en la toma de la ciudad al Estado/dinastía meriní, o benimerín. Pasó a la unión dinástica de las coronas portuguesa y española (1580-1640) con Felipe II, y cuando esta unión se deshizo y finalizó la guerra consiguiente, permaneció en manos de España (desde 1668).

Por España fueron conquistadas Melilla (Mlilat, 1497), el Peñón de Vélez de la Gomera (1508) y el Peñón de Alhucemas (Al-Hoceima, 1560), ocupando las Chafarinas en 1848 cuando se supo que Francia, que ya dominaba la Argelia mediterránea, pretendía hacerse con ellas. Son dinámicas estrictamente coloniales que por parecer muy alejadas de la época del colonialismo y el imperialismo europeo -Portugal y España fueron Estados adelantados en esa expansión política y comercial, como bien sabemos- pueden hacer pensar en apropiaciones territoriales más nobles o justificadas.

Hacen muy bien los pueblos excoloniales de resarcirse cuando pueden de la implacable “lógica colonial”, que siempre consiste en la imposición de ciertas potencias sobre otros pueblos y tierras para explotar sus riquezas naturales (saqueo) y a los propios pobladores (esclavitud), y en frecuente competencia con potencias semejantes sobre los mismos territorios o bienes. Ese fue el “modelo” de las relaciones España-Portugal en los siglos XV-XVI, eso explica el empeño por “recuperar” el enclave de Santa Cruz de Mar Pequeña en tierra ajena y con propósitos económicos, falseando lugar y motivos, y ese es el escenario repetido en el siglo XIX y primera mitad del XX, de España frente a Francia e Inglaterra, con la “invención” de los derechos sobre el Sáhara y la ocupación y reparto de la región con una Francia más poderosa que, además, podía conceder migajas coloniales y límites espaciales caprichosos a su vecina y aliada. Todo ello, aprovechando la inferioridad militar de los pueblos por someter, fueran Estados (Marruecos), fueran tribus autónomas e intratables, celosas siempre de su independencia, pero obligadas a someterse y sobrevivir.

Marruecos viene sosteniendo su reivindicación sobre Ceuta, Melilla y los peñones desde prácticamente su acceso a la independencia en 1956 y desde el mismo momento de la aprobación de la Resolución 1514 (1960) por la Asamblea General de la ONU sobre la situación de los Territorios No Autónomos con la consiguiente creación del Comité de Descolonización (1961, llamado “de los 24”). Y también desde entonces ve frustradas sus pretensiones en ese marco internacional por la cerrada negativa de España a entrar en esa discusión, pero no ceja en su intento y muy bien supo enarbolarlo cuando decidió acelerar sus pretensiones sobre el Sahara en 1973-1975. Jugaba así con la baza decisiva de su poder sobre una España absolutamente decidida a pagar cualquier precio -incluido el de la entrega ilegal del Sáhara- por mantener su soberanía sobre las plazas africanas. La posición de España, empecinándose en mantener su soberanía sobre esas plazas permite a Marruecos seguir expresándose como víctima del colonialismo y asumir como territorios propios aquellos de los que alega que se le despojó por los avatares históricos, tanto los legítimos (las plazas españolas) como los ilegítimos (el Sáhara Occidental).

Por lo que, en la perspectiva de un futuro irremediable, más vale ir preparando la “retrocesión”, o como se le quiera llamar, de esas plazas y peñones africanos al Reino de Marruecos. No solamente España se liberará del chantaje permanente, sino que habrá saneado su pasado histórico y habrá realizado un esfuerzo colectivo de prudencia y realismo. Este cronista, un servidor, propondría que esta cesión, entrega, transacción, regalo, venta…, sea acompañada de la denuncia activa de los Acuerdos de Madrid sobre el Sáhara, ilegales, infamantes, vergonzosos y criminales, declarando solemnemente haber aceptado la propuesta marroquí de autonomía por coacción (y revelando los secretos del chantaje derivado del Pegasus, claro), reclamando la Administración del Sáhara, que sigue poseyendo de iure, exigiendo la salida de las fuerzas armadas marroquíes de ese territorio y decidiendo, en íntima colaboración con Naciones Unidas y la MINURSO, la celebración del referéndum debido, necesario y justo.

Pero el Gobierno español, si sigue siendo socialista, deberá hacer frente a ese lobby de figuras del PSOE volcados en los intereses de Marruecos, que han hecho propios y hacia los que ya han ido muy lejos.

En primer lugar, Felipe González, traidor en jefe de la causa saharaui y desde hace (muchos) años incrustado en la órbita de la dictadura marroquí, a la que sirve con gran convencimiento.


Felipe González en los campamentos saharauis (1976).

Y luego, José Bono, gran negociante, cuyos principios políticos y morales son -como los de su antiguo jefe y referencia- mudables e intercambiables; y otro exministro, Pepe Blanco, Pepiño, cuya empresa de consulting se forra con los encargos marroquíes y acoge, por igual, a sociatas y peperos; y a Moratinos, que tomamos en su día por pilar ético en la diplomacia española, así como a su antiguo jefe y amigo, José Luis Rodríguez Zapatero, más antiguo de lo que imaginábamos en la causa marroquí, y del que también hemos acabado sabiendo que se ha curtido en la inmersión de todo tipo de charcos, de los que ya no va a poder salir ni limpio ni blanqueado; y a los también exministros María Antonia Trujillo, José Fernando López Aguilar, convencidos y convictos en su adhesión al Trono alauí; ¡ah, y al ministro de Agricultura, Luis Planas, antes embajador en Rabat, para el que pido una comisión parlamentaria ad hoc que escrute sus relaciones con Marruecos y con notables marroquíes, así como la repercusión para los intereses del campo español de sus relaciones; y más gente, desde luego.

Y que Marruecos se enfrente a la legalidad internacional conculcada, sin nuestra colusión y sin su sempiterna capacidad de chantaje; que se enfrente con sus medios a la inmigración llamada “ilegal” en esa costa, espejo y muestrario de los horrores del colonialismo europeo, el español incluido, que es en primer lugar una fuga desesperada de sus jóvenes por los horrores de ese país y esa sociedad, huyendo de las garras de una oligarquía insufrible que domina política y economía; y si -como es probable- le declara la guerra al mundo, que quede en evidencia que el Reino alauí y sus apoyos proceden con el más genuino estilo de la piratería internacional, merecedora de desprecio y castigo.