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viernes, 16 de enero de 2026

En la Unión Europea ya rige una ley marcial no declarada


    Por Norbert Häring   
     Escritor de negocios alemán y autor de varios libros de divulgación económica. Escribe para el diario económico Handelsblatt.


La condena de la UE contra los periodistas críticos se remonta a una decisión tomada en la cumbre de la OTAN de 2023


     6 de enero de 2026 | La «Agenda Estratégica» de la UE de 2024 contiene una declaración de guerra contra los periodistas críticos con la UE y la OTAN que casi nadie ha notado. Con esta agenda, el Consejo de la UE aplicó fielmente las directrices de la cumbre de la OTAN celebrada en Vilnius en 2023. El resultado son sanciones drásticas contra periodistas como Hüseyin Doğru, Alina Lipp, Thomas Röper y Jacques Baud.

Los gobiernos de la OTAN anunciaron en su cumbre de Vilnius de 2023 que cooperarían con la UE en sus esfuerzos redoblados por desarrollar la resiliencia social (también conocida como capacidad bélica), especialmente en lo que respecta a la lucha contra la desinformación:

«A medida que intensificamos nuestros esfuerzos para desarrollar la resiliencia, seguiremos colaborando con nuestros socios que realizan esfuerzos similares, en particular con la Unión Europea. (…) Seguiremos luchando contra la desinformación y la información errónea, entre otras cosas mediante una comunicación estratégica positiva y eficaz (es decir mediante propaganda. Nota del autor). También seguiremos apoyando a nuestros socios en el fortalecimiento de su resiliencia frente a los retos híbridos».

Esto puede interpretarse como un reconocimiento de que la OTAN está detrás de la lucha contra la llamada desinformación. No es casualidad que Bruselas sea la capital tanto de la UE como de la OTAN. Y así fue como la UE, con su «Agenda Estratégica 2024-2029» anunciada en junio de 2024, se embarcó de lleno en la carrera armamentística. Debido a una nueva «realidad geopolítica», el Consejo de la UE promete (a la OTAN) «reforzar la resiliencia (de la UE) en el marco de un enfoque que abarque todos los peligros y toda la sociedad», prestando especial atención a la resiliencia social y democrática. El razonamiento y la elección de palabras se asemejan mucho a los que se encuentran en las declaraciones de la OTAN sobre el tema de la resiliencia.


Agenda Estratégica 2024-2029.

En esta «agenda estratégica», el Consejo de la UE califica sumariamente como intento de desestabilización todo lo que entra dentro de una definición muy amplia de «desinformación». La «siembra de la división» se menciona en el mismo contexto que el terrorismo y el extremismo violento:

«Reforzaremos nuestra resiliencia democrática, entre otras cosas, (…) defendiéndonos de los intentos de desestabilización, incluidos la desinformación y el discurso de odio. (…) Contrarrestaremos los intentos de sembrar la división, la radicalización, el terrorismo y el extremismo violento».


'No estamos en guerra, pero tampoco estamos en paz', afirma el Canciller alemán Friedrich Merz.

De hecho, la UE declara así enemigos del Estado a los críticos del Gobierno y de la OTAN.

Los medios de comunicación no tomaron nota de ello. Y tampoco debían hacerlo. Mi advertencia de entonces sobre esta declaración de guerra de la UE a los publicistas críticos se haría realidad muy pronto y de forma muy drástica. Los publicistas que atacan la narrativa estratégica de la OTAN y la UE en lo que respecta a Ucrania y, en el caso de Doğru, también en lo que respecta a Palestina, fueron condenados a un ostracismo medieval. Se les privó de casi todos sus derechos humanos y civiles.

Debemos ser conscientes de que esto no solo parece una ley marcial. En la UE ya rige una ley marcial no declarada. No es casualidad que el canciller federal y otros nos repitan una y otra vez que, aunque todavía no estamos en guerra, tampoco estamos en paz. Esto significa que la OTAN gobierna en segundo plano y que las garantías habituales del Estado de derecho en tiempos de paz, como la libertad de expresión y de información, ya no se aplican cuando se trata de cuestiones importantes para la OTAN.


'Una mirada fría a los agentes de desinformación': Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea.



Solidaridad con el ex coronel suizo tras las medidas coercitivas de la UE. El banco retira el mínimo vital al periodista berlinés Hüseyin Doğru


Por Max Grigutsch     

       Periodista alemán del diario junge Welt.



     En Alemania se produjo una gran indignación cuando el Gobierno estadounidense impuso sanciones a dos directoras generales alemanas de la organización «Hate Aid». Mientras tanto, la Unión Europea, con el consentimiento de Alemania, sigue añadiendo personas a sus propias listas de sanciones, la última de ellas el suizo Jacques Baud.


El ex coronel suizo Jacques Baud.

Se acusa al ex coronel de ser «invitado habitual en programas de televisión y radio prorrusos» y de actuar como «portavoz de la propaganda prorrusa», según se afirma en la página web de la Comisión Europea. Sin embargo, una carta de solidaridad publicada el jueves afirma que «no es un delito llamar la atención de los lectores sobre las falsedades y la propia propaganda de la UE y la OTAN». Se exige «el levantamiento inmediato de las sanciones ilegales contra Jacques Baud, así como contra todos los periodistas, científicos y ciudadanos de la UE».

El mismo día, el periodista berlinés de izquierdas Hüseyin Doğru, sancionado desde mayo de 2025 con pretextos poco convincentes, informó de que su banco privado le había bloqueado incluso el acceso a un mínimo vital de 506 euros al mes. Esto significa que ya no tiene dinero para alimentar a su familia, entre la que hay dos bebés. «De hecho, la UE también ha sancionado a mis hijos», escribió Doğru al respecto en la plataforma X.


El periodista berlinés Hüseyin Doğru.

El periodista no tenía información sobre los motivos del bloqueo el viernes, según declaró a Junge Welt. El banco había dejado pasar el plazo correspondiente de sus abogados. «Es responsabilidad del Gobierno federal y de la UE garantizar que tenga acceso al menos a los 506 euros», afirmó Doğru. Según la ley, tiene derecho a esta suma. El Banco Federal Alemán, responsable en Alemania de la aplicación de las medidas coercitivas de la UE, no proporcionó más información el viernes a petición de Junge Welt. Se trata de una «relación contractual de derecho privado entre una persona determinada y una empresa».

La UE justificó las sanciones, entre otras cosas, alegando que Doğru, con sus reportajes sobre Palestina, sembraba «discordia étnica, política y religiosa» y contribuía así a las «actividades desestabilizadoras de Rusia». Hasta la fecha, no ha presentado pruebas sólidas de que exista una conexión con Moscú.

Mientras tanto, la portavoz de política europea del grupo parlamentario Die Linke en el Bundestag, Janina Böttger, se mostró conforme con la UE. El Frankfurter Rundschau citó el jueves su declaración: «La desinformación rusa es un problema grave, las sanciones impuestas hasta ahora contra los propagandistas financiados y apoyados por Rusia en la UE son instrumentos de una democracia capaz de defenderse y actuar». En este sentido, Böttger también entiende la decisión del Consejo de la UE en diciembre de sancionar a Baud y a otras doce personas físicas. Sin embargo, ve de otra manera las medidas contra «Hate Aid»: «En este momento estamos asistiendo a una intimidación impulsada por el Gobierno de EE. UU. contra diversos actores que defienden el Estado de derecho y los valores democráticos fundamentales».

Con este comentario Böttger aprueba «el castigo extrajudicial», apoya «la supresión de la libertad periodística y la libertad de expresión» y, en el fondo, el «desmantelamiento de la democracia burguesa», señaló Doğru, refiriéndose al doble rasero de la política de izquierda. «Le recomiendo que viva por un día la vida de una persona sancionada». Böttger no respondió a una consulta antes del cierre de la edición. «Amigos, estad alerta», advirtió mientras tanto el exministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis en X. Lo que la UE le ha hecho a Doğru también se le puede hacer a otros.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

lunes, 29 de septiembre de 2025

La noche más larga: 50 años de los fusilamientos de Txiki, Otaegi, Baena, Sánchez Bravo y García Sanz

 

 Por Pablo Oliveros   
      Redactor en Hordago para El Salto.


Las cinco últimas ejecuciones de militantes revolucionarios se dieron en el ocaso del régimen franquista y agudizaron su crisis interna y aislamiento internacional


Cartel del homenaje de 2018 en Iruñea a José Humberto Baena, José Luis Sánchez Bravo, Ramón García Sanz, Juan Paredes Manot 'Txiki' y Angel Otaegi.


     19 de septiembre de 1975 en el Salón de actos del Gobierno Militar de Barcelona. El juzgado es Juan Paredes Manot, nacido en Zalamea de la Serena (Badajoz, 1954) y conocido por su seudónimo Txiki, detenido el 6 de junio del mismo año, después de una ekintza donde ETA (pm), ó los poli-milis, realizan una expropiación a una sede del Banco Santander en Barcelona en la que resulta muerto el cabo de la policía armada Ovidio Díaz López. 

Preside el juicio el coronel de artillería Antonio Verger. Vocal ponente del juicio el Comandante Francisco Muro, que un año antes condenaría al garrote vil a Salvador Puig Antich, militante de un pequeño grupo autónomo del área de Barcelona, el MIL-GAC. Al matrimonio de abogados formado por Marc Palmés y Magda Oranich se les niega la posibilidad de presentar pruebas a favor del acusado. Han tenido cuatro horas para preparar el juicio. Varios de los testigos presentan versiones incongruentes que sitúan a Txiki en el lugar de los hechos.

En el momento de declarar, Txiki, hijo de la emigración extremeña a Euskadi de los años 50, admite su militancia en ETA pero niega su participación en la expropiación, afirmando encontrarse en Perpignan en el momento de los hechos. Debido a su condición maketa los policías la toman contra él y se ensañan especialmente en el trato. Hay que recordar que Txiki pertenece al frente militar de los berezis y que antes de dejarse pillar ha vaciado los cargadores que lleva encima contra los policías que tratan de detenerle. En una entrevista concedida en 2020 al programa Vamos a hacer historia de EITB, Bixar, compañero de Txiki en ETA (pm), insistiría en este hecho, señalando que con la condena a muerte “se pretendía dar un escarmiento a quienes habían venido aquí y también querían ser vascos”

Por su parte, Angel Otaegi (Azpeitia, 1942) es juzgado en Burgos por un tribunal militar, como colaborador en la ejecución del Guardia Civil Gregorio Posadas Zurrón. Sin embargo, la ekintza había sido llevada a cabo por Tupa —seudónimo de José Antonio Garmendia Artola— y Trepa, mientras que Otaegi se había limitado a ofrecer un refugio seguro al comando tras el atentado. Durante el operativo que llevará a la detención de Tupa unos meses más tarde, este y su compañero Tanke son acribillados por la policía. José Antonio Garmendia resultó gravemente herido por un disparo en la cabeza que lo dejaría con una discapacidad permanente, confinado en una silla de ruedas de por vida. En esas condiciones, el régimen franquista no podía permitirse fusilar a un hombre discapacitado, por lo que la carga de la pena de muerte recaería finalmente sobre Angel Otaegi.

En el libro Txiki-Otaegi: el viento y las raíces, de Javier Sánchez Erauzkin (Hordago, 1978), se apunta que “se eligió a dos personas cuya significación no ofrecía ninguna duda: el viento y las raíces. El emigrante integrado y el casero de la tierra. El luchador arriesgado y el colaboracionista cauteloso”, con el objetivo de condenar duramente la lucha de ETA contra el franquismo.


Portada del libro: "Txiki-Otaegi: El viento y las raíces", de Javier Sánchez Erauzkin.

Los otros condenados fueron Xosé Humberto Baena, José Luis Sánchez Bravo y Ramón García Sanz, pertenecientes al FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriota). Los tres son acusados de haber participado en el atentado en la calle Alenza, en el que había resultado asesinado el policía armado Lucio Rodríguez Martínez. Como señala Roger Mateos, que ha estado los últimos veinte años investigando sobre la historia del PCE (m-l) y el FRAP en su libro El verano de los inocentes (Anagrama, 2025), resulta bastante probable que Humberto Baena no tuviese nada que ver con los hechos que se juzgaban. Sin embargo, y al igual que en los dos casos anteriores de militantes de ETA, los juicios resultaron una farsa: se basaron en declaraciones obtenidas bajo tortura y se suspendieron todos los derechos fundamentales que amparar a un acusado. 

El ocaso del régimen

En el fondo, el paripé de los juicios no es más que una fachada. Desde 1969, el número de paros en las fábricas no para de multiplicarse. A las subidas de los salarios arrancadas en luchas como la de laminación de bandas en Etxebarri, la élite franquista responde con la herramienta de la inflación. Los conflictos no cesan: al contrario, se intensifican. Las huelgas ya no afectan solo a una empresa; a partir de 1972 se convierten en huelgas generales, como las que estallan en Ferrol, Vigo e Iruña. En 1973, durante la primera parte de la VI Asamblea de ETA, se adopta la decisión de ejecutar al presidente del Gobierno Carrero Blanco, el delfín de Franco. El control de la calle comienza a escaparse de las manos. Entre 1956 y 1975 se dictan once estados de excepción, nueve de ellos restringidos al territorio de Euskal Herria. En Bilbao se llega a la situación de que la plaza de toros debe ser utilizada como lugar de detención e interrogatorios. Presos comunes de Martutene y Basauri serán trasladados a otras cárceles para alojar a los políticos.


Huelga de Vitoria de 1976.

El Gobierno presidido por Arias Navarrocarnicerito de Málaga, tiene que dar un golpe en la mesa. Las presiones de los sectores más ultras, entre los que anida “el espíritu del 12 de febrero”, no paran de pedir su cabeza. El veredicto está decidido casi antes de comenzar el juicio: “Pena de muerte”. De hecho, unos meses antes se modifica la ley sobre prevención de terrorismo para, básicamente, dar carta blanca a la construcción de la culpabilidad de los acusados. Da igual quién intervenga, sea Olof Palme, el propio hermano de Francisco Franco o, incluso, el Papa.

El 22 de septiembre, una delegación de intelectuales franceses entre los que se incluyen Regis Debray, Michel Foucault y Costas Gavras, convocan una rueda de prensa en el Hotel Torre de Madrid. El actor Yves Montand lee un comunicado en francés donde condena la decisión adoptada por los tribunales militares. Cuando Debray se dispone a leer el mismo comunicado en castellano, la policía de paisano se abalanza sobre ellos para detenerlos  y extraditarlos de nuevo a Francia. El grupo de solidarios internacionalistas será expulsado de España en menos de seis horas. En Lisboa, donde un año antes ha tenido lugar la revolución de los claveles, se asaltan la embajada y el consulado y se les prende fuego.

Conviene hacer un inciso. Cinco años antes, en 1970, tiene lugar el “Sumarísimo 31-69”, más conocido como Proceso de Burgos. En dicho juicio 16 miembros de ETA —seis de los cuales se enfrentan a penas de muerte— son acusados de participar en la planificación del asesinato de Melitón Manzanas, conocido torturador y jefe de la brigada político-social en Gipuzkoa. La exposición pública del juicio, donde los acusados adquieren el aura de héroes, sirve de altavoz a ETA en uno de los momentos más duros. Con la organización prácticamente desarticulada después de los mazazos represivos que habían hecho que la militancia estuviese desperdigada o en la cárcel, los juicios de Burgos suponen un escaparate para la cúpula de la organización, que se topa con un montón de jóvenes pidiendo la entrada en la organización.

Entre ellos se encontrará Pertur, el futuro principal dirigente político de ETA (pm) y Euskal Iraultzarako Alderdia (EIA), que sería secuestrado y todavía permanece desaparecido desde 1976. La presión internacional es fuerte y son recientes los pactos que el entonces todavía vicepresidente Carrero Blanco ha conseguido a fuerza de aupar al sector tecnócrata del Opus, aislando a militares y obligado a dar una imagen moderada ante Europa. Las seis penas de muerte iniciales serán finalmente rebajadas a larguísimas penas de prisión.




No obstante, el Régimen Franquista ha aprendido una valiosa lección, a partir del bochorno internacional generado cinco años antes. Por ello, las penas de muerte de 1975 tendrán lugar en tres juicios paralelos, donde apenas se permitirá el acceso a observadores internacionales ni a prensa. Para contentar al ejército se condena a los dos de ETA (pm) y a los tres del FRAP. Para dar la cara ante Europa, se conmutan seis de las once penas, incluida la de Garmendia. Ese es el relato que el régimen venderá. La prensa adepta llevará a las portadas titulares del estilo “5 a 6, ha ganado la magnanimidad”. 

La noche más larga

Como detalla Kepa Bilbao en su libro Años de plomo, los fusilamientos se ejecutaron tras tres meses del último estado de excepción de la dictadura, aplicado en Bizkaia y Gipuzkoa, en el que “se efectuaron entre 2.000 y 4.000 detenciones y siete personas perdieron la vida fruto de actuaciones policiales”. Tras la finalización del estado de excepción, el Régimen trató de dar una imagen de firmeza mediante los fusilamientos, el 27 de septiembre.

Una noche de pajarraca ensordecedora retumba por toda la prisión Modelo después de que a Txiki le haya sido comunicado el “enterado” del Consejo de Ministros que confirma su pena de muerte. La noticia se la dará su hermano Mikel, quien permanecerá junto con Txiki en sus últimas horas ante la posibilidad de que las autoridades militares no le permitan la entrada de nuevo ni a él ni a los abogados en prisión. Durante la noche, Mikel le comunica la muerte de su gran amigo de militancia Montxo, después de una operación coordinada de la Policía en Barcelona y Madrid, donde además vuelve a caer toda la dirección de ETA (pm) en el exterior de Euskal Herria.

Los efectos de la infiltración del agente del SECED, Mikel Lejarza, “El Lobo”, se hacen notar en la que en esos momentos es la principal organización dentro de la izquierda abertzale. Durante esa noche, Txiki pronuncia un verso del “Che” Guevara que más tarde presidirá el epitafio sobre su tumba: “Mañana, cuando yo muera, no me vengáis a llorar. Nunca estaré bajo tierra, soy viento de libertad”.

Sobre las ocho de la mañana, Txiki es sacado de su celda e introducido en una furgoneta que es escoltada por la policía militar, la brigada político-social y la guardia civil hasta Cerdanyola del Vallès. Poco antes de ser ejecutado por un pelotón de voluntarios Txiki grita al aire con todas sus fuerzas un “Aberria ala hil! Gora Euskadi askatatuta!” (¡Patria o muerte!, ¡Viva Euskadi libre!), tras lo que comenzará a cantar el Eusko Gudariak ante un pelotón tembloroso que dispara tras no obedecer la primera orden. De acuerdo con Luigi Bruni, autor de ETA, Historia política de una lucha armada (Txalaparta, 1987), el sargento a cargo del grupo se acerca al cuerpo malherido para dar el tiro de gracia “este ya no disparará más”.

A 600 kilómetros de Cerdanyola, en el Penal de Burgos, se le comunica la misma condena a Ángel Otaegi. Como cuenta en El País el periodista Jesús Rodríguez, Mateo Prada Canillas, entonces gobernador de la VI Región Militar (que abarcaba Cantabria, La Rioja y Euskal Herria), se preparaba para asistir al enlace matrimonial de su hija, previsto para esa misma tarde, cuando dio la orden de fusilar al azpeitiarra en la mañana del 27 de septiembre.

Desde Madrid le informaron que el Consejo de Ministros no había optado por ejercer el derecho de gracia. Durante ese día, a Otaegi se le dan veinte minutos para despedirse telefónicamente con su madre, aunque se le negó el derecho a poder hacerlo en euskera. El resto de la noche la pasará solo, acompañado con varios funcionarios de prisiones bebiendo y fumando. A las 8 de la mañana, la Policía Armada lo sacara y fusilara aislado y solo en la granja de la prisión. A la madre se le dijo que sí quería llevar el cadáver de su hijo de vuelta Euskal Herria, fuese preparando 50.000 pesetas para la funeraria. 

Humberto Baena, José Luis Sánchez Bravo y Ramón García Sanz pasarían su última noche en la prisión de Carabanchel. La familia de Sánchez-Bravo ha acudido desde Vigo a acompañar a su hijo durante la noche mas larga. A última hora, y después de haber tenido que coger un taxi de emergencia que les traslade hasta Madrid, se les suman el padre y el hermano de Baena. A la mañana del 27, los tres militantes del FRAP son conducidos hasta el pabellón de tiro militar de Hoyo de Manzanares (Madrid). Los batallones de ejecución estaban formados por policías y guardias civiles voluntarios. La viuda de Sánchez Bravo presencia las ejecuciones y observa las sonrisas que muestran los miembros del batallón frente a las familias.

Javier Buces, en su libro Al alba (Txalaparta, 2025), señala que Francisco Franco ordenó que bajo ninguna circunstancia se le despertase en toda la noche. Como una macabra última muestra de particular ensañamiento en el acta de defunción de Otaegi figuraría el “shock traumático” y en el caso de Txiki una “rotura cardiaca con la consiguiente hemorragia cefal”.

Las reacciones tras los fusilamientos

En Euskal Herria el día 27 arranca la huelga general que durará tres días. En el Hautsi nº7 —boletín de ETA (pm)— se hace una crónica que anuncia movilizaciones y huelgas durante los próximos tres días. En la margen izquierda del río Nerbioi-Ibaizabal, 2.000 obreros son suspendidos de empleo y sueldo hasta el 6 de octubre. En Nafarroa, dondeel movimiento obrero cuenta con una fuerte presencia, el lunes 29 paran 8.000 obreros. Para el día siguiente ya son 15.000 los que se encuentran de huelga. En Barcelona tendrán lugar importantes movilizaciones en solidaridad que serán dispersadas por la policía. 

A nivel internacional las respuestas tampoco se hacen esperar. En Italia, los grupos autónomos convocan movilizaciones en las principales ciudades. En el transcurso de las manifestaciones se atacan empresas como Iberia y en Milán se llega a asaltar el consulado y la cámara de comercio española. El puerto de Génova queda paralizado, las naves españolas son objeto de boicot. Como recuerda Buces, en Ankara, llamados por la Federación Sindical Mundial, los trabajadores dejan sin suministros de agua y electricidad a la embajada. Particularmente dolorosa para los jerarcas tecnócratas del Opus resultó la cancelación de 15.000 viajes turísticos procedentes de Suecia, un golpe directo a uno de los pilares fundamentales para la entrada de divisas extranjeras: el turismo, que ha sostenido la economía española hasta nuestros días.

En un plano institucional internacional, el golpe será especialmente duro para un régimen que siempre miró a Europa como su horizonte civilizatorio. Varios países europeos proceden a retirar sus embajadores de Madrid, un total de 17. En el Parlamento Europeo, una propuesta del grupo socialista consigue “congelar las relaciones con el Estado español hasta que sea restablecida la democracia” con el apoyo de liberales, conservadores y ese particular producto de la política europea que fue el gaullismo.

El único apoyo internacional al régimen franquista vendría de la sanguinaria dictadura militar chilena que se había impuesto en el poder tras el golpe de estado contra el Gobierno de Allende en 1973.

El fin de la dictadura franquista y la transición de las élites

Unos días más tarde, el 1 de octubre, un Francisco Franco completamente decrépito dará su último discurso público antes de su muerte. En la habitual Plaza de Oriente, el dictador lanza una débil arenga donde culpa de los desórdenes a las “elites judeomasónicas de izquierdas en la política y a los terroristas-comunistas en lo social”. Parecería que tras la liberalización y la particular vía hispana al fordismo que se experimentaría durante la década de 1960 y parte de los 70, el Régimen volvía a sus orígenes, a la sacrosanta Cruzada del 36. Nada más lejos de la realidad. 

Muerto Franco el 20 de noviembre de 1975, España era ya el único país de Europa occidental que no tenía una democracia representativa. En Portugal se habían realizado las elecciones en abril de 1975 y en Grecia la dictadura de los coroneles había caído a finales de 1974. La anomalía fascista marcaba los últimos pasos hacia su final.

Un régimen en el que cualquier forma de mediación —baste pensar en la simple instalación de semáforos a petición de una asociación vecinal— se respondía con represión, estaba condenado a desembocar en un conflicto abierto y, en consecuencia, no podía sostenerse demasiado tiempo. Al mismo tiempo, era necesario frenar la creciente conflictividad obrera. Desde 1973, los salarios habían aumentado año tras año, impulsados por ciclos de lucha unitaria, mientras que la renta industrial caía hasta situarse en niveles negativos en 1975. En términos marxistas, los salarios se habían desligado de la relación capital/trabajo en su dimensión sindical para convertirse en un factor de presión política. Sin beneficios no hay ciclo, y sin ciclo, hay crisis.

Es necesario un cambio. El pacto entre élites se pone en marcha. El resto es bien sabido, aceptación de una democracia de tipo turnista entre el partido encarnado por Fraga y un renacido PSOE, que de ocupar un papel anecdótico en la oposición antifranquista, emerge con el clan de la tortilla como la opción razonable, una socialdemocracia al estilo “europeo” frente al estigmatizado PCE, demasiado radical para los vencedores de la “Cruzada del 36”.

A todo este pacto, que se sustenta sobre la base popular de las clases medias que han crecido durante el periodo de estabilización y la conformación de la “sociedad de propietarios”, se suman las élites autonómicas del PNV y del Pujolismo. A los Pactos de la Moncloa, por su parte, les tocará poner fin a la conflictividad obrera a partir de la regularización de la actividad sindical.

La transición no cerrada en Euskal Herria

Conviene señalar que esa misma crisis fue percibida, aunque con un sesgo distinto, dentro de ETA ya en 1973, a raíz de las repercusiones que tuvo en las cúpulas del régimen el secuestro de Felipe Huarte, el primer empresario retenido por la organización. En un ejercicio de “análisis del discurso”, elaborado por su militante Bixente mientras aguardaba a que se calmaran las aguas tras el exitoso secuestro y el posterior pago del rescate, se recoge una polémica publicada en la prensa provinciana navarra.

En ella, Emilio Romero, franquista convencido y articulista del diario Pueblo, lamenta de que la familia Huarte solo se haya sentado a negociar cuando ha habido una amenaza de muerte de por medio, en lugar de hacerlo por el canal normal y preceptivo, el Sindicato Vertical. No hacerlo termina ofreciendo una ventana de oportunidad a grupos cuya finalidad era insurreccional, incluso a partir de una simple huelga salarial. Muy pronto, sin embargo, Romero fue obligado a guardar silencio, aunque la polémica puso de relieve la división entre la élite fiel al régimen y la que buscaba un acercamiento hacia una democracia liberal homologable con el resto de Europa.

A partir de esta constatación, tiene lugar un debate en ETA sobre el papel que cumple la lucha armada como acelerador de las fracturas del régimen y que básicamente viene a repetir, bajo nuevos esquemas las razones de la escisión de ETA VI. Según las corrientes más obreristas dentro de la organización, el ejercicio de la lucha armada conlleva una represión que dificulta el trabajo político en las fábricas. Incluso cuando las acciones resultan exitosas, tienden a trasladar el desenlace de los conflictos a manos de una vanguardia armada que actúa de manera “externa” al desarrollo directo de la lucha de clases en los centros de trabajo. De esta idea nació LAIA, a partir de la salida del frente obrero. Las otras dos opciones son las manejadas por ETA (pm) y ETA (m). En este debate, la cuestión no gira tanto acerca de la utilidad o no de la lucha armada, que se da por supuesta, sino sobre su utilidad estratégica.

En ETA (m), y debido a las exigencias propias de la clandestinidad, se consideraba que, por seguridad del conjunto del movimiento, la organización armada debía mantenerse completamente independiente del resto de estructuras. En un plano más general, frente a la eventual apertura del régimen franquista, se entendía que la lucha armada representaba una forma de conflictividad imposible de ser absorbida por el nuevo marco político en gestación y que la espiral de la acción-represión-acción conducía a un ciclo que podía desembocar en la toma de conciencia por parte del pueblo y de ahí a la insurrección popular general.

Esta concepción, en el fondo, no distaba mucho de la decisión que tomaría la cúpula del PCE (m-l) desde Suiza y que llevo a los militantes del FRAP a comenzar a asesinar policías, eso sí, de forma mucho menos capacitada a nivel técnico y con una cobertura ideológica más cercana al marxismo-leninismo que a la de ETA. 

De fondo, se encuentra uno de los sustratos de época propios de los 70, en auge en la Europa de la época, y que a partir de la experiencia de las guerras de liberación nacional en Cuba y Argelia adopta la estrategia del foquismo y de que “una sola chispa puede prender la pradera”, aunque con un componente experiencial y vivencial muy fuerte.

La posición de ETA (pm), elaborada por Pertur, difiere sin embargo de esta lectura, y apoyándose en la lectura de La crítica de las armas de Regys Debray, sostiene que es necesaria una estructura que aúne momentos de luchas de masas y acciones militares, de ahí el nombre de político militar. La solución planteada en la ponencia Otsagabia por el desdoblamiento trataba de un intento por frenar las posturas más militaristas en el seno de la organización. De aquí nacerán el partido EIA por un lado y por otro los grupos militares, con el nombre de los bereziak de los que Txiki formará parte.

Precisamente, cabe situar el origen de lo que hoy comprendemos por izquierda abertzale a partir de los comités de solidaridad antirrepresivos en defensa de Tupa y Otaegi, que más tarde fueron mantenidos como marco para la coordinación de un frente amplio que aglutina a los partidos abertzales de izquierda, sindicatos y otras organizaciones. Es en ese marco donde nacería la alternativa KAS y su programa de siete puntos, según el cual las fuerzas abertzales aceptarían el proceso que se abría con la transición.

Dicha coordinadora nunca funcionará del todo debido a las divergencias existentes en su seno sobre cómo afrontar la Reforma, entre la negativa de máximos o cierto posibilismo. En cualquier caso, la participación de la coalición EIA-EMK en las elecciones generales de 1977 terminó por dinamitar cualquier intento de convergencia y construcción de una única fuerza abertzale ante la Transición.

Lo más cercano será la aceptación del marco de KAS como bloque dirigente, bajo la hegemonía de HASI y ETA (m). KAS funcionará como un paraguas para muchos de los descontentos con la Transición, en un contexto en el que las fuerzas de extrema izquierda se iban diluyendo y los polimilis aceptaban un marco cada vez más reformista, alejado de las concepciones originales expresadas en la ponencia Otsagabia.

Ahora bien, se acepte la tesis del marco autónomo de la lucha de clases o se opte por otras explicaciones, lo cierto es que la Transición en Euskal Herria no significó el fin de la conflictividad social. Esta se prolongará durante mucho tiempo, dando lugar a lo que Emmanuel Rodríguez denomina en su obra ¿Por qué fracasó la democracia en España? (Traficantes de Sueños, 2015) como la “excepcionalidad vasca”, la euskal iraultza. Una anomalía caracterizada por la continuidad de la lucha armada y por un movimiento de liberación nacional con una fuerte base popular, acompañado de un movimiento social vibrante que desbordaba a la propia izquierda abertzale. A su vez, esto tendría como producto el rechazo al plebiscito constituyente de 1978 y la existencia de un movimiento obrero que resultó mucho más indomesticable que en el resto del Estado Español y que se alargó hasta el cierre de las fábricas durante la desindustrialización de la segunda mitad de los años 80. 

A cincuenta años de los últimos fusilamientos del franquismo

En 2025 se cumple el 50 aniversario del fusilamiento de Txiki, Otaegi, Humberto Baena, José Luis Sánchez Bravo y Ramón García Sanz. Las biografías resultan lejanas unas de las otras. El hijo de extremeños convertido en gudari, un baserritara, un huérfano de Barcelona y dos jóvenes estudiantes universitarios que se politizan en el ambiente estudiantil de los 70. No obstante, todos ellos coincidieron en los ambientes de lucha y politización de los últimos años de una dictadura que murió matando.

Sin embargo, el mejor homenaje que se puede hacer a estas personas —haciendo un uso político de la memoria antifascista— es alejarnos de las mitologías y acercarnos al recuerdo vivo de la lucha de una clase que siempre es más que “sociológica” y que se forja a partir del conflicto. Nos corresponde conservar el legado y la memoria de sus vidas, donde la acción y la voluntad desafiaron al poder, junto con los cientos de personas que perdieron la vida en la lucha contra el franquismo.


Homenaje en Murcia a los últimos fusilados del franquismo.

En este sentido, y citando al Marx del 18 Brumario de Luis Bonaparte, los últimos cinco fusilados del franquismo hicieron suyos los años 70, pero no lo hicieron de forma arbitraria, en condiciones elegidas por ellos mismos sino en las que se encontraron, en luchas de barrio, en fábricas, en la clandestinidad o dando apoyo logístico a otros compañeros.

Hoy, a nosotras y nosotros, nos toca encontrar nuestros propios imaginarios, lenguajes, deseos, prácticas y posibilidades en las actuales circunstancias, que son completamente distintas a las de entonces. Continuaremos desafiando el estado de las cosas.


Fuente: El Salto

martes, 24 de junio de 2025

Bloqueados a 200 kilómetros de Gaza

 

 Por Álvaro Minguito   
      Fotografía y edición gráfica en El Salto. Otras colaboraciones en distintos medios nacionales e internacionales.


Cuando se cumplen diez días del inicio de la Marcha Global a Gaza, el fotoperiodista Álvaro Minguito, que acudió como enviado de El Salto a participar en la movilización, relata cómo fueron esos días.


Fotografía: Álvaro Minguito


     La marcha, una iniciativa civil organizada por activistas de más de 30 países de todo el planeta, buscaba romper el bloqueo y forzar la entrada urgente de alimentos a Gaza por el paso de Rafah, en la frontera con Egipto y único punto de entrada terrestre a la zona, controlado por el ejército israelí y permanentemente asediado por cientos de colonos sionistas que tratan de impedir que la ayuda llegue a su destino.

Esta situación de tensión y bloqueo viene repitiéndose desde hace meses desde el inicio del ataque a Gaza tras el 7 de octubre de 2023. Pero no es nueva. Durante los últimos 19 años, Israel ha sometido al pueblo palestino a un brutal asedio militar, aislándolo del resto del mundo y enjaulando literalmente a más de dos millones de personas en su interior. Gaza es la cárcel más grande sobre la tierra, en palabras del historiador israelí Ilan Pappé. Antes del genocidio en curso, el asedio a la franja ya provocaba una grave escasez de medicamentos, alimentos, electricidad y otros elementos esenciales para sus habitantes. Por estadística, una joven gazatí 17 años ha vivido al menos cinco masacres con bombardeos indiscriminados.

Desde hace casi un siglo el movimiento colonial sionista, después constituido en el Estado de Israel, ha oprimido violentamente al pueblo palestino, obligando a las familias a abandonar sus hogares, sus tierras y su cultura.

La resistencia palestina ha transitado todos los caminos posibles hacia la libertad: protestas pacíficas, huelgas de trabajadores, boicots… También ha ejercido su derecho a la rebeldía y resistencia armada contra la agresión colonial, reconocidos en el derecho internacional y de manera clara al menos desde 1973 con la resolución 3070 de Naciones Unidas. La respuesta siempre ha sido la represión, la cárcel y la muerte.

Ante esta dramática urgencia de la situación actual, hace algo más de dos meses comenzó a gestarse la Marcha Global a Gaza. El plan original era la confluencia de todos sus participantes en El Cairo el día 12 de junio, para desde allí comenzar un recorrido, primero en autobuses hasta la ciudad de El-Arish, a unos 50 kilómetros de la frontera, y desde allí a pie durante tres días hasta establecer un campamento en la misma puerta de Rafah. Se buscaba con ello visibilizar la presión internacional contra el genocidio y el bloqueo. El resultado ha sido un esfuerzo de organización colectiva internacional contra la guerra y el exterminio nunca visto antes, si exceptuamos las movilizaciones antiglobalización, y que ha incluido ciudadanos de los cinco continentes (otra gran marcha, Sumud, había partido desde Túnez el día 9 de junio con unos mil participantes hacia el mismo destino). 80 autobuses, 500 tiendas de campaña y unas dimensiones que no pararon de crecer, si echamos un vistazo a las cifras que el día 11 de junio ya manejaba la organización: casi 4.000 participantes de más de 82 países organizados en 50 delegaciones internacionales, desde Sudáfrica a México, Suiza, Francia, Nueva Zelanda, Grecia o España.




En los días previos habían ido llegando a El Cairo activistas desde distintas partes de mundo. Pero fue el día 11 por la tarde cuando comenzó la primera prueba de fuego. Desde el aeropuerto de Madrid, un avión repleto de activistas con la consigna de no llamar la atención despegaba a las 15:30 en dirección a la capital egipcia.


Fotografía: Álvaro Minguito

A su llegada, y tras pasar dos controles de pasaporte sin problemas, la tranquilidad con la que se había desarrollado el inicio del viaje se quebró. Una última comprobación de documentación y una consigna que alguien pudo entender en árabe: “Paradme a los españoles”. Una a una fueron retenidos en distintos grupos hasta unas 20 personas de nacionalidad española, mientras la cola de salida se hacía más y más grande y el grupo de hombres que requisaba pasaportes, policías egipcios, se incrementaba. De una puerta situada cerca de ellos salía de vez en cuando gente a la que habían metido a interrogar. En un momento dado, pasados unos 15 minutos, devolvieron con cierto nerviosismo los pasaportes, tras fotografiarlos y apuntar cosas sobre ellos y dejaron marchar a ese primer grupo, entre los que me encontraba.

Quienes venían después no tuvieron tanta suerte. Muchos fueron retenidos en un cuarto a la espera de, en principio, ser deportados. Les retiraron los pasaportes y comprobaron el contenido de sus teléfonos móviles. Además, la policía egipcia entraba en esos momentos (pasadas las 23:00) en el hotel donde se había citado a la marcha para el día 13, donde se alojaban buena parte de los participantes españoles y otros donde se alojan activistas de distintos países. Muchos eran detenidos y la policía estaba entrando en todas las habitaciones. Un turista de nuestro hostel nos comentó que antes de llegar nosotros se habían llevado a una persona de origen suizo.

Mientras llegaban nuevos participantes, las malas noticias continuaban. Ya de madrugada empezamos a valorar la posibilidad de separarnos los que estábamos en el mismo hostel, abandonarlo y tratar de buscar otro modo de alojamiento fuera del control de los pasaportes, o quedarnos a esperar lo que tuviera que ocurrir. Con esta tensión y las noticias de nuevas detenciones a cuentagotas nos sorprendió el amanecer en una de las terrazas del edificio. Desde allí podíamos ver el río Nilo a unos 500 metros.

Esa noche mucha gente no durmió o la pasó encerrada en dependencias del aeropuerto, sin pasaporte y en muchos casos sin teléfono, junto a un centenar de personas, que no dejaron de apoyarse y corear consignas propalestinas. Nuestro hostel seguía lleno de turistas que parecían decidir qué hacer ese día. En Egipto, el país del turismo y las pirámides, las manifestaciones están prohibidas, pero si no vas a eso es posible que ni sepas lo que está ocurriendo.

El día 12 de junio se esperaba la mayor afluencia de activistas y las dudas sobre qué hacer desde la marcha aumentaban. A mucha gente se le había perdido la pista desde el día anterior y no se sabía si habían sido deportadas, detenidas o estaban escondidas sin posibilidad de acceder a sus datos telefónicos. Llevó todo el día recopilar esa información y localizar a los activistas internacionales. En total, 15 españoles y más de un centenar a nivel global esperaban su deportación.

Mientras tanto, la consigna era disimular, como turistas, en grupos pequeños diseminados por la capital egipcia. El antiguo museo de la ciudad se convirtió esa mañana en lugar de encuentro por el que cientos de activistas vagaban por sus salas sin fijarse apenas en lo que miraban, mientras otros fotografiaban o atendían las explicaciones de los guías locales.


Fotografía: Álvaro Minguito

Por la tarde se espera la llegada de mucha más gente, entre ella la del organizador estatal de la marcha española y coordinador de la internacional, Saif Abukeshek. Continuaban entre tanto los avisos sobre gente desparecida, detenida en la calle, deportada a terceros países como Estambul o escondida en otros hoteles.

Esa misma noche se decidió un cambio de planes respecto al inicial, ya no era posible juntarse en el corazón de la ciudad. Al día siguiente nos dirían cual era el nuevo. Mientras tanto, se activó un método de seguridad para saber en todo momento como se encontraban cada una de las personas de la delegación española, gestionado de forma voluntaria por dos mujeres de la organización que no habían podido dormir por este motivo desde que llegaron a El Cairo.

El día 13 nos despertamos sobre las 08:00 sin más malas noticias. Pero algo había cambiado en el hostel. Todos sus residentes, que los días anteriores se evitaban mientras fumaban y sonreían en las terrazas, mostraban ahora el objetivo de su viaje. Todos estaban listos para una larga caminata por el desierto, con mochilas y ropa para evitar el calor. Inglés, italiano, árabe y otros idiomas se mezclaban en las terrazas del hostel, junto a la emoción y la tensión por lo que pasaría a partir de entonces. Muchos volveríamos a coincidir a cien kilómetros de allí durante la tarde.


Fotografía: Álvaro Minguito

Un joven griego me pidió permiso para hacer una foto a parte de nuestro grupo con una cámara de carrete. Me comentó que perdió la cámara digital hacía pocos días. Cuando le pregunté para qué quería esa foto, me contestó que le gustaría enseñar esa y otras en su pueblo y quizás hacer una pequeña exposición cuando regresara de las vacaciones. Sonreímos y le pedí permiso para hacerle a él una de espaldas, mirando hacia el Nilo.

Cada grupo en las terrazas y el hall parecía esperar las instrucciones para comenzar la marcha, y pasadas las 12:00 empezó el movimiento. Debíamos llegar, cada uno por nuestros medios, a la ciudad de Ismailia, a 130 km de El Cairo, entre las 13:30 y las 16:00 de la tarde. Allí nos esperarían los autobuses con destino al El-Arish, y desde allí iríamos andando hasta Rafah. El plan había cambiado tras los días pasados de control policial, detenciones y deportaciones ordenadas por el gobierno egipcio.


Fotografía: Álvaro Minguito

La salida del hotel la hicimos por grupos. Algunos optamos por taxis, otros prefirieron los autobuses o el tren.


Fotografía: Álvaro Minguito

Durante el trayecto se advirtió por los grupos de seguridad de un peaje en la carretera a la salida de El Cairo en el que estaban parando a gente y se recomendaba evitarlo entrando en la gasolinera a la derecha o tomando otras carreteras. Nosotros salimos de allí cuando la tienda ya estaba a rebosar de gente y la policía estaba dentro. En ese punto quedaron retenidos durante el resto del día cerca de un millar de activistas.


Fotografía: Álvaro Minguito

El segundo peaje no hubo forma de evitarlo por la carretera y cuando nos avisaron de que allí estaban parando a la mayoría ya era tarde. El conductor del taxi nos pidió que nos bajáramos después de estar un rato quietos y de que alguien se llevara nuestros pasaportes. Comenzó así nuestra tarde noche en el control de Ismailia, donde se fueron acumulando participantes de distintas nacionalidades hasta llegar a la cifra de unas mil personas. Muchos de ellos franceses, pero también canadienses, sudafricanos (Mandla Mandela, nieto de Nelson Mandela estaba aquí), griegos, suizos o mexicanos.


Fotografía: Álvaro Minguito

Al cabo de varias horas corrió el rumor de que nos iban a devolver los pasaportes. Mientras, se comenzaban a corear consignas a favor de Palestina y contra el genocidio y desplegaban banderas. Un grupo de hombres se subió a las medianas de la carretera y comenzó a gritar los nombres de los pasaportes por grupos. Los suizos y los españoles son del mismo color y los confunden y mezclan, mientras la gente, a pleno sol, esperaba aglomerada a sus pies a que ser nombrada… La situación recordaba a un mercado de algún producto escaso y deseado.


Fotografía: Álvaro Minguito

Nuevos movimientos. Llegan avisos y vídeos de que la policía está cargando y arrestando de forma indiscriminada en el control anterior y se está llevando a la gente en autobuses. En el nuestro la gente se organiza por nacionalidades y decide qué hacer. De momento, esperar. La policía ya ha desplegado una fila de antidisturbios uniformados de la mano, apenas unos adolescentes que desafían con timidez a los manifestantes, y detrás de ellos han colocado decenas de camillas de ambulancia. Todo un aviso de hasta dónde podemos pasar. Comienzan a llegar al peaje camiones de detención y autobuses vacíos. En ese momento no sabemos aún si seremos deportados o devueltos a El Cairo.


Fotografía: Álvaro Minguito

Ya es de noche cuando el control está repleto de policías vestidos de paisano o informantes que empiezan a golpear a los que aún tratan de resistir pacíficamente su subida a los autobuses. La tensión no para de crecer cuando algunos españoles que quedamos nos subimos al primer autobús que vemos aún libre. Como no salimos, me bajo a grabar una detención. Muy mala idea. A mi izquierda alguien me mira y me dice que no lo haga, le contesto con un breve “ok” y cuando vuelvo a mirar al frente dos personas se dirigen hacia mí y comienzan a golpearme. El más grande me agarra de la camiseta, me la rompe y trata de arrastrarme hacia una furgoneta al lado de nuestro autobús, donde ya habíamos dejado las cosas. No sé cómo, pero consigo llegar a nuestro autobús con la ayuda de tres compañeros; nos empujan hacia dentro y nos gritan, entendemos que es mejor no moverse más. Todo ha durado diez segundos. La policía no uniformada entra y sale del cordón de antidisturbios, cada vez más estrecho, y golpea a los que resisten o graban con sus móviles, todavía varios centenares.


Fotografía: Álvaro Minguito


El autobús se va llenando de gente de distintas nacionalidades y, tras algunos momentos de tensión, sale de allí.

Por el camino, uno de los activistas nos indica que ha vivido en El Cairo y que ha hablado con el conductor, que nos dejará a las afueras de la ciudad y que no estamos siendo deportados. Mi grupo, cuatro personas, decide reservar en el hotel punto de encuentro para el primer día, donde fue detenida la mayoría de los españoles. Tras algunos contratiempos y anécdotas menores, llegamos al hotel. En la puerta un policía controla la entrada de los que llegan. Pero ya nos da igual.

Esa noche recibimos nuevas informaciones a partir de algunas conversaciones con otros activistas. El embajador español ha trasladado a representantes de la marcha que lo deseable para la embajada española era que no hubiéramos venido, y que el gobierno egipcio amenaza con deportar o detener a todos los activistas. Con estas nuevas noticias nos vamos a las habitaciones. En las siguientes horas llegarán nuevas informaciones de gente que ha sido abandonada en la carretera, llevada al aeropuerto para su deportación, o que por el contrario consiguió llegar a Ismailia y aún más allá y esperan qué hacer antes de ser detenidos.

Los dos días siguientes transcurren entre reuniones y recopilación de información sobre dónde se encuentra cada uno de los activistas de las distintas delegaciones. Queda entonces claro que la marcha no va a poder seguir adelante. El día 16, y sin que la presión haya disminuido, es detenido el español de origen palestino Saif Abukeshek junto a otros activistas tras una reunión con el gobierno, y en ese momento la organización decide abandonar los intentos de continuar con la marcha por el Sinai, que conllevaría además poner en riesgo la seguridad de otras organizaciones egipcias, dado el nivel de alerta civil que ya existe en la zona.

Pero la movilización no acaba aquí. Muchos de los participantes deciden viajar a Túnez para encontrarse con Sumud, la otra gran marcha terrestre que ha sido parada en la frontera de Libia con Egipto y ha tomado el camino de regreso. Otros vuelan a Bruselas, donde durante los días 23 y 27 de junio se llevarán a cabo movilizaciones internacionales para presionar a los lideres europeos. El resto vuelven a sus países con el compromiso de continuar las movilizaciones, actos y protestas contra el genocidio.

En la mente de muchos activistas quedan algunas dudas sobre posibles errores tácticos, fallos en la organización… También un convencimiento: mientras todo esto ocurría en Egipto, la población gazatí ha continuado siendo exterminada en los puestos de ayuda humanitaria, bombardeada en sus casas o sometida a la hambrunas y enfermedades. El sentimiento generalizado es que no hacer nada no es una opción ni lo va a ser a pesar de todos los contratiempos.


Fotografía: Álvaro Minguito

Cerca de cuatro mil personas de todo el mundo, además de todas las que no viajaron, pero apoyaron desde sus países, han llegado a solo 200 kilómetros de la frontera de Rafah. Han puesto en jaque a distintos gobiernos y embajadas del mundo con una organización civil a favor de la paz nunca vista antes en este siglo. Muchos de estas personas volverán a sus casas y contarán lo vivido, a sus vecinos del valle de Benasque o a los de su pequeño pueblo en Grecia. Y en la siguiente ocasión confían en ser 40.000, y después 400.000 los que se organicen. Hasta parar el genocidio.


Fotoreportaje de Álvaro Minguito


Un grupo de activistas bloqueados en el primer control de salida por carretera de El Cairo.


El segundo control, a 30 kilómetros de Ismailia, donde la mayoría de los activistas son bloqueados.


La policía egipcia retira los pasaportes a cualquiera con aspecto extranjero y les obliga a bajar de sus vehículos.


La cola de vehículos parados en el segundo control es cada vez mayor y los taxistas deciden irse o esperar a los que quieran volver a El Cairo, cuando recuperen sus pasaportes.


Manifestación espontánea en el peaje de Ismailia contra la retirada de los pasaportes y en apoyo al pueblo de Gaza.


Muchos de los activistas bloqueados en el segundo control son de nacionalidad francesa.


Una mujer saluda subida a la mediana de la autopista, sobre un cartel del ejército egipcio.


Cordón policial para impedir que los activistas se mueven de la zona donde han sido retenidos.



Camiones de detención el segundo control policial en la carretera hacia Ismailia.


Participantes en la marcha de distintas nacionalidades buscan la sombra durante su estancia en el peaje de Ismailia.


Un activista frances durante la tarde del día 13 en el control de Ismailia.


Activistas internacionalistas en el control despliegan sus banderas palestinas, ocultas hasta ese momento.


Uno de los participantes franceses durante la hora del rezo.


Algunos de los participantes en la marcha se proveen de alimentos y agua en la cercana tienda del peaje.


Asambleas improvisadas en el control de Ismailia.


Policías desplegados junto a los participantes en la marcha.


La policía egipcia organiza los autobuses en los que va metiendo a los activistas que devolverá a El Cairo, aún con un destino final incierto.


Una manifestante con una bandera de la paloma de la paz frente a los policías antidisturbios.


Una sentada improvisada en el segundo control, cuando ya ha caído la noche sobre el desierto.


Los antidisturbios desplegados por la policía son jovenes que en algunos casoa no parecen haber superado aún la mayoría de edad.


Una de las participantes españolas saluda desde el autobús que la devuelve a El Cairo.


Los activistas que aún resisten a subir a los autobuses son cercados por la policía antidisturbios y golpeados por policías vestidos de civil.


Fuente: EL SALTO