Las
cinco últimas ejecuciones de militantes revolucionarios se dieron en
el ocaso del régimen franquista y agudizaron su crisis interna y
aislamiento internacional
Cartel del homenaje de 2018 en Iruñea a José Humberto Baena, José Luis Sánchez Bravo, Ramón García Sanz, Juan Paredes Manot 'Txiki' y Angel Otaegi.
19
de septiembre de 1975 en el Salón de actos del
Gobierno Militar de Barcelona. El juzgado es Juan Paredes Manot,
nacido en Zalamea de la Serena (Badajoz, 1954) y conocido por su
seudónimo Txiki,
detenido el 6 de junio del mismo año, después de una ekintza donde
ETA (pm), ó los poli-milis, realizan una expropiación a una sede
del Banco Santander en Barcelona en la que resulta muerto el cabo de
la policía armada Ovidio Díaz López.
Preside
el juicio el coronel de artillería Antonio Verger. Vocal ponente del
juicio el Comandante Francisco Muro, que un año antes condenaría al
garrote vil a Salvador
Puig Antich, militante de un pequeño grupo autónomo del
área de Barcelona, el
MIL-GAC. Al matrimonio de abogados formado por Marc Palmés
y Magda Oranich se les niega la posibilidad de presentar pruebas a
favor del acusado. Han tenido cuatro horas para preparar el juicio.
Varios de los testigos presentan versiones incongruentes que sitúan
a Txiki en
el lugar de los hechos.
En
el momento de declarar, Txiki,
hijo de la emigración extremeña a Euskadi de los años 50, admite
su militancia en ETA pero
niega su participación en la expropiación, afirmando encontrarse en
Perpignan en el momento de los hechos. Debido a su condición
maketa los policías la toman contra él y se ensañan
especialmente en el trato. Hay que recordar que Txiki pertenece
al frente militar de los berezis y
que antes de dejarse pillar ha vaciado los cargadores que lleva
encima contra los policías que tratan de detenerle. En una
entrevista concedida en 2020 al programa Vamos
a hacer historia de EITB, Bixar,
compañero de Txiki en
ETA (pm), insistiría en este hecho, señalando que con la condena a
muerte “se
pretendía dar un escarmiento a quienes habían venido aquí y
también querían ser vascos”
Por
su parte, Angel Otaegi (Azpeitia, 1942) es juzgado en Burgos por un
tribunal militar, como colaborador en la ejecución del Guardia Civil
Gregorio Posadas Zurrón. Sin embargo, la ekintza había
sido llevada a cabo por Tupa —seudónimo
de José Antonio Garmendia Artola— y Trepa,
mientras que Otaegi se había limitado a ofrecer un refugio seguro al
comando tras el atentado. Durante el operativo que llevará a la
detención de Tupa unos
meses más tarde, este y su compañero Tanke son
acribillados por la policía. José Antonio Garmendia resultó
gravemente herido por un disparo en la cabeza que lo dejaría con una
discapacidad permanente, confinado en una silla de ruedas de por
vida. En esas condiciones, el régimen franquista no podía
permitirse fusilar a un hombre discapacitado, por lo que la carga de
la pena de muerte recaería finalmente sobre Angel Otaegi.
En
el libro Txiki-Otaegi:
el viento y las raíces, de Javier Sánchez Erauzkin
(Hordago, 1978), se apunta que “se eligió a dos personas cuya
significación no ofrecía ninguna duda: el viento y las raíces. El
emigrante integrado y el casero de la tierra. El luchador arriesgado
y el colaboracionista cauteloso”, con el objetivo de condenar
duramente la lucha de ETA contra el franquismo.
Portada del libro: "Txiki-Otaegi: El viento y las raíces", de Javier Sánchez Erauzkin.
Los
otros condenados fueron Xosé
Humberto Baena, José
Luis Sánchez Bravo y Ramón García Sanz,
pertenecientes al FRAP (Frente
Revolucionario Antifascista y Patriota). Los tres son acusados de
haber participado en el atentado en la calle Alenza, en el que había
resultado asesinado el policía armado Lucio Rodríguez Martínez.
Como señala Roger Mateos, que ha estado los últimos veinte años
investigando sobre la historia
del PCE (m-l) y el FRAP en su libro El
verano de los inocentes (Anagrama, 2025), resulta
bastante probable que Humberto
Baena no tuviese nada que ver con los hechos que se
juzgaban. Sin embargo, y al igual que en los dos casos anteriores de
militantes de ETA, los juicios resultaron una farsa: se basaron en
declaraciones obtenidas bajo tortura y se suspendieron todos los
derechos fundamentales que amparar a un acusado.
El
ocaso del régimen
En
el fondo, el paripé de los juicios no es más que una fachada. Desde
1969, el número de paros en las fábricas no para de multiplicarse.
A las subidas de los salarios arrancadas en luchas como la de
laminación de bandas en Etxebarri, la élite franquista responde con
la herramienta de la inflación. Los conflictos no cesan: al
contrario, se intensifican. Las huelgas ya no afectan solo a una
empresa; a partir de 1972 se convierten en huelgas
generales, como las que estallan en Ferrol, Vigo e
Iruña. En 1973, durante la primera parte de la VI Asamblea de
ETA, se adopta la decisión de ejecutar al presidente del
Gobierno Carrero
Blanco, el delfín de Franco. El control de la calle
comienza a escaparse de las manos. Entre 1956 y 1975 se dictan once
estados de excepción, nueve de ellos restringidos al territorio de
Euskal Herria. En Bilbao se llega a la situación de que la plaza de
toros debe ser utilizada como lugar de detención e interrogatorios.
Presos comunes de Martutene y Basauri serán trasladados a otras
cárceles para alojar a los políticos.

Huelga de Vitoria de 1976.
El
Gobierno presidido por Arias
Navarro, carnicerito
de Málaga, tiene que dar un golpe en la mesa. Las
presiones de los sectores más ultras, entre los que anida “el
espíritu del 12 de febrero”, no paran de pedir su cabeza. El
veredicto está decidido casi antes de comenzar el juicio: “Pena de
muerte”. De hecho, unos meses antes se modifica la ley sobre
prevención de terrorismo para, básicamente, dar carta blanca a la
construcción de la culpabilidad de los acusados. Da igual quién
intervenga, sea Olof Palme, el propio hermano de Francisco Franco o,
incluso, el Papa.
El
22 de septiembre, una delegación de intelectuales franceses entre
los que se incluyen Regis Debray, Michel
Foucault y Costas Gavras, convocan una rueda de
prensa en el Hotel Torre de Madrid. El actor Yves Montand lee un
comunicado en francés donde condena la decisión adoptada por los
tribunales militares. Cuando Debray se dispone a leer el mismo
comunicado en castellano, la policía de paisano se abalanza sobre
ellos para detenerlos y extraditarlos de nuevo a Francia. El
grupo de solidarios internacionalistas será expulsado de España en
menos de seis horas. En Lisboa, donde un año antes ha tenido lugar
la revolución de los claveles, se asaltan la embajada y el consulado
y se les prende fuego.
Conviene
hacer un inciso. Cinco años antes, en 1970, tiene lugar el
“Sumarísimo 31-69”, más conocido como Proceso de Burgos. En
dicho juicio 16 miembros de ETA —seis de los cuales se enfrentan a
penas de muerte— son acusados de participar en la planificación
del asesinato de Melitón Manzanas, conocido torturador y jefe de la
brigada político-social en Gipuzkoa. La exposición pública del
juicio, donde los acusados adquieren el aura de héroes, sirve de
altavoz a ETA en uno de los momentos más duros. Con la organización
prácticamente desarticulada después de los mazazos represivos que
habían hecho que la militancia estuviese desperdigada o en la
cárcel, los juicios de Burgos suponen un escaparate para la cúpula
de la organización, que se topa con un montón de jóvenes pidiendo
la entrada en la organización.
Entre
ellos se encontrará Pertur,
el futuro principal dirigente político de ETA (pm) y Euskal
Iraultzarako Alderdia (EIA), que sería secuestrado y todavía
permanece desaparecido desde 1976. La presión internacional es
fuerte y son recientes los pactos que el entonces todavía
vicepresidente Carrero Blanco ha conseguido a fuerza de aupar al
sector tecnócrata del Opus, aislando a militares y obligado a dar
una imagen moderada ante Europa. Las seis penas de muerte iniciales
serán finalmente rebajadas a larguísimas penas de prisión.

No
obstante, el Régimen Franquista ha aprendido una valiosa lección, a
partir del bochorno internacional generado cinco años antes. Por
ello, las penas de muerte de 1975 tendrán lugar en tres juicios
paralelos, donde apenas se permitirá el acceso a observadores
internacionales ni a prensa. Para contentar al ejército se condena a
los dos de ETA (pm) y a los tres del FRAP. Para dar la cara ante
Europa, se conmutan seis de las once penas, incluida la de Garmendia.
Ese es el relato que el régimen venderá. La prensa adepta llevará
a las portadas titulares del estilo “5 a 6, ha ganado la
magnanimidad”.
La
noche más larga
Como
detalla Kepa
Bilbao en su libro Años
de plomo, los fusilamientos se ejecutaron tras tres
meses del último estado de excepción de la dictadura, aplicado en
Bizkaia y Gipuzkoa, en el que “se efectuaron entre 2.000 y 4.000
detenciones y siete personas perdieron la vida fruto de actuaciones
policiales”. Tras la finalización del estado de excepción, el
Régimen trató de dar una imagen de firmeza mediante los
fusilamientos, el 27 de septiembre.
Una
noche de pajarraca ensordecedora
retumba por toda la prisión Modelo después
de que a Txiki le
haya sido comunicado el “enterado” del Consejo de Ministros que
confirma su pena de muerte. La noticia se la dará su hermano Mikel,
quien permanecerá junto con Txiki en sus últimas horas ante la
posibilidad de que las autoridades militares no le permitan la
entrada de nuevo ni a él ni a los abogados en prisión. Durante la
noche, Mikel le comunica la muerte de su gran amigo de militancia
Montxo, después de una operación coordinada de la Policía en
Barcelona y Madrid, donde además vuelve a caer toda la dirección de
ETA (pm) en el exterior de Euskal Herria.
Los
efectos de la infiltración del agente del SECED, Mikel
Lejarza, “El Lobo”, se hacen notar en la que en esos
momentos es la principal organización dentro de la izquierda
abertzale. Durante esa noche, Txiki pronuncia
un verso del “Che” Guevara que más tarde presidirá el epitafio
sobre su tumba: “Mañana, cuando yo muera, no me vengáis a llorar.
Nunca estaré bajo tierra, soy viento de libertad”.
Sobre
las ocho de la mañana, Txiki es
sacado de su celda e introducido en una furgoneta que es escoltada
por la policía militar, la brigada político-social y la guardia
civil hasta Cerdanyola del Vallès. Poco antes de ser ejecutado por
un pelotón de voluntarios Txiki grita
al aire con todas sus fuerzas un “Aberria ala hil! Gora Euskadi
askatatuta!” (¡Patria o muerte!, ¡Viva Euskadi libre!), tras lo
que comenzará a cantar el Eusko
Gudariak ante un pelotón tembloroso que dispara tras
no obedecer la primera orden. De acuerdo con Luigi Bruni, autor
de ETA,
Historia política de una lucha armada (Txalaparta,
1987), el sargento a cargo del grupo se acerca al cuerpo malherido
para dar el tiro de gracia “este ya no disparará más”.
A
600 kilómetros de Cerdanyola, en el Penal de Burgos, se le comunica
la misma condena a Ángel Otaegi. Como cuenta en El
País el periodista Jesús Rodríguez, Mateo Prada
Canillas, entonces gobernador de la VI Región Militar (que abarcaba
Cantabria, La Rioja y Euskal Herria), se preparaba para asistir al
enlace matrimonial de su hija, previsto para esa misma tarde, cuando
dio la orden de fusilar al azpeitiarra en la mañana del 27 de
septiembre.
Desde
Madrid le informaron que el Consejo de Ministros no había optado por
ejercer el derecho de gracia. Durante ese día, a Otaegi se le dan
veinte minutos para despedirse telefónicamente con su madre, aunque
se le negó el derecho a poder hacerlo en euskera. El resto de la
noche la pasará solo, acompañado con varios funcionarios de
prisiones bebiendo y fumando. A las 8 de la mañana, la Policía
Armada lo sacara y fusilara aislado y solo en la granja de la
prisión. A la madre se le dijo que sí quería llevar el cadáver de
su hijo de vuelta Euskal Herria, fuese preparando 50.000 pesetas para
la funeraria.
Humberto
Baena, José Luis Sánchez Bravo y Ramón García Sanz pasarían su
última noche en la prisión de Carabanchel. La familia de
Sánchez-Bravo ha acudido desde Vigo a acompañar a su hijo
durante la
noche mas larga. A última hora, y después de haber
tenido que coger un taxi de emergencia que les traslade hasta Madrid,
se les suman el padre y el hermano de Baena. A la mañana del 27, los
tres militantes del FRAP son conducidos hasta el pabellón de tiro
militar de Hoyo de Manzanares (Madrid). Los batallones de ejecución
estaban formados por policías y guardias civiles voluntarios. La
viuda de Sánchez Bravo presencia las ejecuciones y observa las
sonrisas que muestran los miembros del batallón frente a las
familias.
Javier
Buces, en su libro Al
alba (Txalaparta, 2025), señala que Francisco Franco
ordenó que bajo ninguna circunstancia se le despertase en toda la
noche. Como una macabra última muestra de particular ensañamiento
en el acta de defunción de Otaegi figuraría el “shock traumático”
y en el caso de Txiki una “rotura cardiaca con la consiguiente
hemorragia cefal”.
Las
reacciones tras los fusilamientos
En
Euskal Herria el día 27 arranca la huelga general que durará tres
días. En el Hautsi nº7
—boletín de ETA (pm)— se hace una crónica que anuncia
movilizaciones y huelgas durante los próximos tres días. En la
margen izquierda del río Nerbioi-Ibaizabal, 2.000 obreros son
suspendidos de empleo y sueldo hasta el 6 de octubre. En Nafarroa,
dondeel
movimiento obrero cuenta con una fuerte presencia, el
lunes 29 paran 8.000 obreros. Para el día siguiente ya son 15.000
los que se encuentran de huelga. En Barcelona tendrán lugar
importantes movilizaciones en solidaridad que serán dispersadas por
la policía.
A
nivel internacional las respuestas tampoco se hacen esperar. En
Italia, los grupos autónomos convocan movilizaciones en las
principales ciudades. En el transcurso de las manifestaciones se
atacan empresas como Iberia y en Milán se llega a asaltar el
consulado y la cámara de comercio española. El puerto de Génova
queda paralizado, las naves españolas son objeto de boicot. Como
recuerda Buces, en Ankara, llamados por la Federación Sindical
Mundial, los trabajadores dejan sin suministros de agua y
electricidad a la embajada. Particularmente dolorosa para los
jerarcas tecnócratas del Opus resultó la cancelación de 15.000
viajes turísticos procedentes de Suecia, un golpe directo a uno de
los pilares fundamentales para la entrada de divisas extranjeras: el
turismo, que ha sostenido la economía española hasta nuestros días.
En
un plano institucional internacional, el golpe será especialmente
duro para un régimen que siempre miró a Europa como su horizonte
civilizatorio. Varios países europeos proceden a retirar sus
embajadores de Madrid, un total de 17. En el Parlamento Europeo, una
propuesta del grupo socialista consigue “congelar las relaciones
con el Estado español hasta que sea restablecida la democracia”
con el apoyo de liberales, conservadores y ese particular producto de
la política europea que fue el gaullismo.
El
único apoyo internacional al régimen franquista vendría de la
sanguinaria dictadura
militar chilena que se había impuesto en el poder
tras el golpe de estado contra
el Gobierno de Allende en 1973.
El
fin de la dictadura franquista y la transición de las élites
Unos
días más tarde, el 1 de octubre, un Francisco Franco completamente
decrépito dará su último discurso público antes de su muerte. En
la habitual Plaza de Oriente, el dictador lanza una débil arenga
donde culpa de los desórdenes a las “elites judeomasónicas de
izquierdas en la política y a los terroristas-comunistas en lo
social”. Parecería que tras la liberalización y la particular vía
hispana al fordismo que se experimentaría durante la década de 1960
y parte de los 70, el Régimen volvía a sus orígenes, a la
sacrosanta Cruzada del 36. Nada más lejos de la realidad.
Muerto
Franco el
20 de noviembre de 1975, España era ya el único país de
Europa occidental que no tenía una democracia representativa. En
Portugal se habían realizado las elecciones en abril de 1975 y en
Grecia la dictadura de los coroneles había caído a finales de 1974.
La anomalía fascista marcaba los últimos pasos hacia su final.
Un
régimen en el que cualquier forma de mediación —baste pensar en
la simple instalación de semáforos a petición de una asociación
vecinal— se respondía con represión, estaba condenado
a desembocar en un conflicto abierto y, en
consecuencia, no podía sostenerse demasiado tiempo. Al mismo tiempo,
era necesario frenar la creciente conflictividad obrera. Desde 1973,
los salarios habían aumentado año tras año, impulsados por ciclos
de lucha unitaria, mientras que la renta industrial caía hasta
situarse en niveles negativos en 1975. En términos marxistas, los
salarios se habían desligado de la relación capital/trabajo en su
dimensión sindical para convertirse en un factor de presión
política. Sin beneficios no hay ciclo, y sin ciclo, hay crisis.
Es
necesario un cambio. El pacto entre élites se pone en marcha. El
resto es bien sabido, aceptación de una democracia de tipo turnista
entre el partido encarnado por Fraga y un renacido PSOE, que de
ocupar un papel anecdótico en la oposición antifranquista, emerge
con el clan de la tortilla como la opción razonable, una
socialdemocracia al estilo “europeo” frente al estigmatizado PCE,
demasiado radical para los vencedores de la “Cruzada del 36”.
A
todo este pacto, que se sustenta sobre la base popular de las clases
medias que han crecido durante el periodo de estabilización y la
conformación de la “sociedad de propietarios”, se suman las
élites autonómicas del PNV y del Pujolismo. A los Pactos
de la Moncloa, por su parte, les tocará poner fin a la
conflictividad obrera a partir de la regularización de la actividad
sindical.
La
transición no cerrada en Euskal Herria
Conviene
señalar que esa misma crisis fue percibida, aunque con un sesgo
distinto, dentro de ETA ya en 1973, a raíz de las repercusiones que
tuvo en las cúpulas del régimen el secuestro de Felipe Huarte, el
primer empresario retenido por la organización. En un ejercicio de
“análisis del discurso”, elaborado por su
militante Bixente mientras
aguardaba a que se calmaran las aguas tras el exitoso secuestro y el
posterior pago del rescate, se recoge una polémica publicada en la
prensa provinciana navarra.
En
ella, Emilio Romero, franquista convencido y articulista del diario
Pueblo, lamenta de que la familia Huarte solo se haya sentado a
negociar cuando ha habido una amenaza de muerte de por medio, en
lugar de hacerlo por el canal normal y preceptivo, el Sindicato
Vertical. No hacerlo termina ofreciendo una ventana de oportunidad a
grupos cuya finalidad era insurreccional, incluso a partir de una
simple huelga salarial. Muy pronto, sin embargo, Romero fue obligado
a guardar silencio, aunque la polémica puso de relieve la división
entre la élite fiel al régimen y la que buscaba un acercamiento
hacia una democracia liberal homologable con el resto de Europa.
A
partir de esta constatación, tiene lugar un debate en ETA sobre el
papel que cumple la lucha armada como acelerador de las fracturas del
régimen y que básicamente viene a repetir, bajo nuevos esquemas las
razones de la escisión de ETA VI. Según las corrientes más
obreristas dentro de la organización, el ejercicio de la lucha
armada conlleva una represión que dificulta el trabajo político en
las fábricas. Incluso cuando las acciones resultan exitosas, tienden
a trasladar el desenlace de los conflictos a manos de una vanguardia
armada que actúa de manera “externa” al desarrollo directo de la
lucha de clases en los centros de trabajo. De esta idea nació
LAIA, a partir de la salida del frente obrero. Las otras
dos opciones son las manejadas por ETA (pm) y ETA (m). En este
debate, la cuestión no gira tanto acerca de la utilidad o no de la
lucha armada, que se da por supuesta, sino sobre su utilidad
estratégica.
En
ETA (m), y debido a las exigencias propias de la clandestinidad, se
consideraba que, por seguridad del conjunto del movimiento, la
organización armada debía mantenerse completamente independiente
del resto de estructuras. En un plano más general, frente a la
eventual apertura del régimen franquista, se entendía que la lucha
armada representaba una forma de conflictividad imposible de ser
absorbida por el nuevo marco político en gestación y que la espiral
de la acción-represión-acción conducía a un ciclo que podía
desembocar en la toma de conciencia por parte del pueblo y de ahí a
la insurrección popular general.
Esta
concepción, en el fondo, no distaba mucho de la decisión que
tomaría la cúpula del PCE (m-l) desde Suiza y que llevo a los
militantes del FRAP a comenzar a asesinar policías, eso sí, de
forma mucho menos capacitada a nivel técnico y con una cobertura
ideológica más cercana al marxismo-leninismo que a la de ETA.
De
fondo, se encuentra uno de los sustratos de época propios de los 70,
en auge en la Europa de la época, y que a partir de la experiencia
de las guerras de liberación nacional en Cuba y
Argelia adopta la estrategia del foquismo y de que “una sola chispa
puede prender la pradera”, aunque con un componente experiencial y
vivencial muy fuerte.
La
posición de ETA (pm), elaborada por Pertur,
difiere sin embargo de esta lectura, y apoyándose en la lectura
de La
crítica de las armas de Regys Debray, sostiene que
es necesaria una estructura que aúne momentos de luchas de masas y
acciones militares, de ahí el nombre de político militar. La
solución planteada en la ponencia Otsagabia por
el desdoblamiento trataba de un intento por frenar las posturas más
militaristas en el seno de la organización. De aquí nacerán el
partido EIA por un lado y por otro los grupos militares, con el
nombre de los bereziak de los que Txiki formará
parte.
Precisamente,
cabe situar el origen de lo que hoy comprendemos por izquierda
abertzale a partir de los comités de solidaridad antirrepresivos en
defensa de Tupa y
Otaegi, que más tarde fueron mantenidos como marco para la
coordinación de un frente amplio que aglutina a los partidos
abertzales de izquierda, sindicatos y otras organizaciones. Es en ese
marco donde nacería la
alternativa KAS y su programa de siete puntos, según
el cual las fuerzas abertzales aceptarían el proceso que se abría
con la transición.
Dicha
coordinadora nunca funcionará del todo debido a las divergencias
existentes en su seno sobre cómo afrontar la Reforma, entre la
negativa de máximos o cierto posibilismo. En cualquier caso, la
participación de la coalición EIA-EMK en las elecciones generales
de 1977 terminó por dinamitar cualquier intento de convergencia y
construcción de una única fuerza abertzale ante la Transición.
Lo
más cercano será la aceptación del marco de KAS como bloque
dirigente, bajo la hegemonía de HASI y ETA (m). KAS funcionará como
un paraguas para muchos de los descontentos con la Transición, en un
contexto en el que las fuerzas de extrema izquierda se iban diluyendo
y los polimilis aceptaban un marco cada vez más reformista, alejado
de las concepciones originales expresadas en la ponencia Otsagabia.
Ahora
bien, se acepte la tesis del marco autónomo de la lucha de clases o
se opte por otras explicaciones, lo cierto es que la Transición en
Euskal Herria no significó el fin de la conflictividad social. Esta
se prolongará durante mucho tiempo, dando lugar a lo que Emmanuel
Rodríguez denomina en su obra ¿Por
qué fracasó la democracia en España? (Traficantes
de Sueños, 2015) como la “excepcionalidad vasca”, la euskal
iraultza. Una anomalía caracterizada por la continuidad
de la lucha armada y por un movimiento de liberación nacional con
una fuerte base popular, acompañado de un movimiento social vibrante
que desbordaba a la propia
izquierda abertzale. A su vez, esto tendría como producto
el rechazo al plebiscito
constituyente de 1978 y la existencia de un
movimiento obrero que resultó mucho más indomesticable que en el
resto del Estado Español y que se alargó hasta el cierre de las
fábricas durante la desindustrialización de
la segunda mitad de los años 80.
A
cincuenta años de los últimos fusilamientos del franquismo
En
2025 se cumple el 50 aniversario del fusilamiento de Txiki,
Otaegi, Humberto Baena, José Luis Sánchez Bravo y Ramón García
Sanz. Las biografías resultan lejanas unas de las otras. El hijo de
extremeños convertido en gudari, un baserritara, un huérfano de
Barcelona y dos jóvenes estudiantes universitarios que se politizan
en el ambiente estudiantil de los 70. No obstante, todos ellos
coincidieron en los ambientes de lucha y politización de los últimos
años de una dictadura que murió matando.
Sin
embargo, el mejor homenaje que se puede hacer a estas personas
—haciendo un uso político de la memoria antifascista— es
alejarnos de las mitologías y acercarnos al recuerdo vivo de la
lucha de una clase que siempre es más que “sociológica” y que
se forja a partir del conflicto. Nos corresponde conservar el legado
y la memoria de sus vidas, donde la acción y la voluntad desafiaron
al poder, junto con los cientos de personas que perdieron la vida en
la lucha contra el franquismo.
Homenaje en Murcia a los últimos fusilados del franquismo.
En
este sentido, y citando al Marx del 18
Brumario de Luis Bonaparte, los últimos cinco
fusilados del franquismo hicieron suyos los años 70, pero no lo
hicieron de forma arbitraria, en condiciones elegidas por ellos
mismos sino en las que se encontraron, en luchas de barrio, en
fábricas, en la clandestinidad o dando apoyo logístico a otros
compañeros.
Hoy,
a nosotras y nosotros, nos toca encontrar nuestros propios
imaginarios, lenguajes, deseos, prácticas y posibilidades en las
actuales circunstancias, que son completamente distintas a las de
entonces. Continuaremos desafiando el estado de las cosas.
Fuente:
El
Salto