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miércoles, 10 de diciembre de 2025

El ambiguo “proceso de paz” para Ucrania

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.

Trump negocia porque quiere economizar sus recursos transfiriendo la contención de Rusia a los europeos y, de paso, ganar dinero vendiéndoles las armas, para recolocar el grueso de sus fuerzas en Asia en el frente contra China


     El lunes el presidente del comité militar de la OTAN, Almirante Giuseppe Cavo Dragone, declaró al Financial Times que la OTAN estudia actuar de forma “mas agresiva” contra Rusia. Un “ataque preventivo” contra Moscú “podría considerarse una acción defensiva”, dijo. Pocos días antes dos cargueros con destino a Rusia, el “Kairós” y el “Veirat”, fueron atacados con drones marítimos ucranianos en aguas turcas del Mar Negro y un tercero, el “Mersin”, sufrió otro ataque frente a las costas de Senegal. Según el influyente y bien informado diputado ruso Konstantin Zatulin, los ataques a barcos con carga rusa, de los que ha habido más de una docena en los últimos meses en diversos lugares del mundo, los planifican militares británicos destacados en el “Centro de operaciones marítimas 73” de la ciudad ribereña ucraniana de Ochákovo. Zatulin dice que las operaciones las dirige un almirante británico y que en el lugar hay fuerzas especiales inglesas.


Giuseppe Cavo Dragone, presidente del comité militar de la OTAN en su primera visita a Ucrania el 8 de febrero de 2025.

Putin fue preguntado por estos ataques. Dijo que los europeos continúan viviendo “en la ilusión de infringir una derrota estratégica a Rusia” y aunque saben que eso no es posible, no están dispuestos a admitirlo y se dedican a obstaculizar las conversaciones con Trump para una paz negociada.

Evidentemente, Trump no es un mediador. Al igual que en Gaza, donde es un protagonista del genocidio, en Ucrania preside la potencia que maneja el conflicto contra Rusia utilizando al gobierno de Kíev y, por supuesto, el propio conflicto de este con Rusia. Pero Trump negocia porque quiere economizar sus recursos transfiriendo la contención de Rusia a los europeos, y ganar de paso dinero vendiéndoles las armas, para recolocar el grueso de sus fuerzas en Asia en el frente contra China (el “pivot to Asia” iniciado ya por Obama). Esta genuina reconversión imperial, causa tensiones y diferencias en el establishment de Estados Unidos, con manifiestas divisiones en el interior de la propia administración de Trump.

Horas antes del inicio de unas conversaciones sobre Ucrania mantenidas en el Kremlin entre el Presidente Putin y los enviados de Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, otro carguero ruso, el Midvolga 2, cargado de girasol para Georgia, fue atacado con drones marítimos ucranianos en el Mar Negro. Trump envió a Moscú a sus hombres de confianza, su amigo Witkoff y su yerno ultrasionista Kushner, y no al secretario de estado y consejero de seguridad nacional, Marco Rubio, que es más inflexible hacia Rusia. Trump hizo lo mismo la semana pasada cuando envió a Kiev a otro emisario para apretarle los tornillos a Zelensky y obligarle a aceptar algo, después de haber despedido al general Keith Kellogg, demasiado amigo de Zelensky y organizarle un escándalo de corrupción a través de la agencia antocorrupción ucraniana (NABU) muy controlada por la CIA. Washington se deshizo así de la mano derecha de Zelensky, Andrei Yermak. Trump no envió a extorsionar a Zelensky al secretario de guerra, Peter Hegseth, sino al más pragmático Dan Driscoll, al mando del ejército de tierra.

La salsa de las tensiones internas americanas de este culebrón fueron las noticias sobre la salud de Trump y su presunta mermada capacidad cognitiva, la filtración de supuestos consejos de Witkoff a Putin sobre la manera de camelar a Trump, y el informe del Financial Times acerca de la ambición de Driscoll por desplazar a Hegseth del departamento de guerra. Todo eso, más lo que desconocemos, que suele ser mucho más, forma parte del esfuerzo por impedir la negociación. En cualquier caso, este ambiguo y equívoco “proceso de paz” ucraniano, con conversaciones y negociaciones en curso pero envueltas en conspiraciones para hacerlas zozobrar, nunca habría sido posible si el ejército ruso no estuviera avanzando y ganando en el campo de batalla. Eso es lo que determina todo.

Al mismo tiempo, hay que decir que, aunque aquellos iniciales 28 puntos del “plan de paz” (cesión del Donbas, no pertenencia de Ucrania a la OTAN, límite de 600.000 hombres para las fuerzas armadas ucranianas, 100.000 millones rusos para la reconstrucción de Ucrania, la ridícula “readmisión” de Rusia en el G-7 hacia el que Moscú ha perdido todo interés, etc.) no fueron consensuados con Rusia, Putin lo considera una “base de discusión”. Las últimas sanciones petroleras contra empresas rusas parecen haber hecho daño en Moscú. Según Bloomberg hace cinco semanas que Rusia exporta medio millón de barriles de crudo menos al día, aunque Goldman Sachs asegura que se ha encontrado remedio… El mensaje del Kremlin es que Rusia no está interesada en proseguir la guerra y Putin lo dejó bien claro el martes en una declaración que muchos malos informadores españoles presentan como mera “amenaza”:

No vamos a entrar en guerra con Europa, ya lo he dicho cien veces”, dijo Putin. “Pero si Europa de repente quiere entrar en guerra con nosotros y lo hace, estamos preparados ahora mismo. Europa no es Ucrania. Con Ucrania actuamos de forma quirúrgica, con cuidado. No es una guerra en el sentido directo y moderno de la palabra”. Con Europa sería diferente, dijo Putin, sugiriendo que una cosa es luchar contra los parientes ucranianos y otra muy distinta contra quienes han invadido el país en cuatro ocasiones en los últimos tres siglos, dos de ellas con propósito aniquilador.

A continuación Putin fue preguntado sobre cómo responder a los ataques a los barcos con carga rusa, cuyo tránsito los medios occidentales pretenden criminalizar sin el menor fundamento con la denominación “flota fantasma”:

Ampliaremos la gama de nuestros ataques contra las instalaciones portuarias y los barcos que entran en los puertos ucranianos, eso en primer lugar. En segundo lugar, si esto continúa, consideraremos la posibilidad, no digo que lo vayamos a hacer, pero consideraremos la posibilidad de tomar medidas de respuesta contra los buques de los países que ayudan a Ucrania a llevar a cabo estas acciones piratas” Y a continuación Putin añadió lo más importante: “la forma más radical”, dijo, “sería cortar el acceso de Ucrania al mar”. Eso significa extender la conquista militar rusa de Ucrania a las regiones de Nikolayev y Odesa, convirtiendo Ucrania en un reducido enclave terrestre sin apenas relevancia geopolítica y cortando por lo sano la ambición británica de una presencia naval en el Mar Negro. Hasta ahora varios expertos rusos consideraban militarmente irreal completar la conquista de toda la franja marítima de Ucrania, pero si el ejército de ese país colapsa y los europeos siguen hostigando, nada puede excluirse. Sea como sea, últimamente Putin ha comparecido varias veces de uniforme, algo nuevo, y diciendo a sus generales “estamos preparados para ir mas allá de la Operación Militar Especial”, que es como se llama oficialmente en Rusia a la guerra de Ucrania.

El “plan de paz” ni está consensuado con Rusia, ni tiene consenso en Estados Unidos – ni siquiera en la administración Trump – ni es aceptado por los europeos. El proyecto europeo es “la perpetuación de la guerra por procuración contra Rusia durante por lo menos otros dos o tres años, desplegando tropas alemanas en el Báltico, rearme masivo, y preparativos para una guerra relámpago preventiva contra Kaliningrado”, lo que indica que la guerra contra Rusia está destinada a realizarse, dice la analista alemana Almut Rochowanski.

En este blog ya adelantábamos en julio de hace dos años que Ucrania perdía la guerra pero que probablemente eso no significaría una verdadera victoria rusa Ucrania está perdiendo la guerra, pero Rusia no la está ganando. – Rafael Poch de Feliu Hoy la hipótesis de un mal cierre de esta guerra tiene muchos más partidarios y el principal mérito para su cumplimiento, de momento, es europeo.

Los dirigentes europeos no pueden considerar la paz como opción. Como apunta el analista italiano Andrea Zhok La guerra de Ucrania llega a su fin (pero no será un verdadero final) – Rafael Poch de Feliu , “para gente como von der Leyen y Kallas se aplica el lema de aquella película de Alberto Sordi «Mientras haya guerra, hay esperanza»: Mientras siga viva la descabellada narrativa de «hay un agresor y un agredido, no teníamos otra opción», toda la catastrófica conducta de las clases dirigentes europeas puede evitar llegar a rendir cuentas.


Vista de los sepelios en el campo de Marte de Lviv en 2022 y este año.

Por esta razón, la perspectiva que nos espera es la de una guerra híbrida permanente, en la que los paramilitares ucranianos proporcionarán parte de la mano de obra y Europa proporcionará los medios tecnológicos y económicos”.

El pacifismo de Trump para Ucrania tiene la misma sustancia que el “plan de paz” de Gaza que nunca funcionará porque ha sido diseñado para mantener la masacre israelí sin alto el fuego, manteniendo la ocupación, el bloqueo de ayuda y alimentos y los bombardeos, también contra Siria y Libano. La negociación de Trump con Putin no cancela sino mantiene y refuerza la presión para rodear a Rusia y debilitarla en su periferia, como muestra la política mantenida hacia Georgia, Armenia, Moldavia y la última iniciativa de Trump con los autócratas de Asia Central. Y no solo con Rusia. El impulso hacia China es idéntico.

Los intentos de Trump de sancionar comercialmente a China se derrumbaron cuando Pekín anunció su respuesta de cortar toda exportación de tierras raras, un recurso del que, hoy por hoy, dispone casi en solitario, y que actuaría como un verdadero leñazo para la potencia económica y militar americana. Washington ha reculado, pero ha impulsado a Japón para debilitar a China de la misma forma en que lo ha hecho con Ucrania hacia Rusia. Ese es el contexto de las declaraciones de la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, de que Taiwán es estratégicamente relevante para Japón y que su país desplegará misiles cerca de su territorio. Japón no tiene mala imagen en Taiwán, isla que ocupó durante medio siglo hasta 1945, hasta el punto de que a diferencia de los coreanos, algunos taiwaneses no solo no odian a Japón sino que se consideran próximos. Es un recurso ideal para provocar a Pekín y fomentar la confrontación militar allá.

Como dice Laura Hein, una historiadora especialista en Japón, aunque a menudo hablamos de la guerra en términos de vencedores y vencidos, olvidamos la lógica intrínseca de la guerra que apunta hacia una devastación cada vez mayor. Una vez comenzada, todas las presiones se dirigen hacia una mayor destrucción. Los grandes conflictos pueden empezar casi sin quererlo, pero una vez iniciados la lógica de escalada hace que sea mucho más difícil detenerlos que iniciarlos. Tal es el implacable impulso de la guerra en sí misma.

En la era de la crisis del capitalismo antropocénico, el Norte Global se está metiendo en esa catastrófica espiral bélica para “resolver” el desastre planetario al que nos ha conducido.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

martes, 6 de mayo de 2025

Para entender el regreso de Stepan Bandera en Ucrania

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania de la eurocrisis.


Publicada una biografía seria sobre el caudillo de Ucrania occidental, referente del etnonacionalismo ucraniano



     Esta semana el ayuntamiento de Lviv (Lvov en ruso), en Ucrania Occidental, concluye los trabajos de derribo del cementerio militar soviético local, en la llamada “Colina de la gloria” (Власти Львова решили эксгумировать останки советского разведчика Кузнецова – Коммерсантъ). Ahí había 200 tumbas individuales, cuatro fosas comunes y dos monumentos a los caídos. Entre los enterrados estaba el legendario Nikolai Kuznetsov (1911-1944), guerrillero, partisano y agente del NKVD muy activo tras las líneas enemigas durante la guerra contra la invasión nazi en Ucrania. Kuznetsov, que hablaba perfectamente alemán, pertenecía a la sección “T” ( de “terror”) del “Grupo especial” adjunto al comisariado de interior de la URSS dirigido por el ucraniano Pavel Sudoplatov, nacido en Melitopol en 1907. Sudoplatov fue uno de los grandes sicarios de Stalin, organizador del asesinato de Trotski y de varios dirigentes de la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN). Bajo el mando de Sudoplatov, Kuznetsov se infiltró como oficial en el ejército alemán bajo el nombre de Paul Wilhelm Siebert y mató a once generales y altos funcionarios de la administración alemana de ocupación en Ucrania.


El cementerio memorial soviético de Lviv.

Las imágenes de la demolición del cementerio-memorial de Lviv las pasó el telediario ruso el sábado, pocos días después de que agentes ucranianos mataran con un coche bomba a otro general ruso, Yaroslav Moskalik, en Moscú. En el programa de análisis político de la tele rusa Bolshaya Igrá, (el Gran Juego), cinco de cuyos participantes e invitados han sido víctimas de esos atentados ucranianos en los últimos dos años, se preguntaban en ese contexto si no habría que responder con atentados semejantes en Ucrania, resucitando a Sudoplatov.

Kuznetsov estaba enterrado en Lviv porque fue allí donde murió, en marzo de 1944, en un enfrentamiento con guerrilleros nacionalistas de Ucrania Occidental, que durante la ocupación alemana colaboraron con los nazis, participando activamente en las matanzas de comunistas, judíos y polacos.

En Ucrania occidental los primeros años de la posguerra transcurrieron en un clima de guerra civil, con guerrilla antisoviética, colectivización forzada, muertes por hambre, deportación, regreso de contingentes de trabajadores que fueron a trabajar a la Alemania hitleriana y regresaban estigmatizados como traidores, y envío a la región de miles de cuadros técnicos y políticos ucranianos leales al régimen soviético. La “pacificación” de Ucrania occidental fue brutal y sangrienta. Según diversas estimaciones las autoridades soviéticas mataron allí a 153.000 personas, detuvieron a otras 134.000 y deportaron a 203.000, sobre todo en 1944 y 1945. La mayoría de los deportados eran mujeres y niños cuyos maridos y padres o bien estaban en la clandestinidad o en los bosques, o bien habían muerto luchando contra el régimen soviético.

Ucrania occidental no había pertenecido a la URSS hasta 1939. La gran paradoja es que al incorporar aquella región a la URSS Stalin unificó todas las tierras ucranianas y realizó la estatalidad de Ucrania dentro de la URSS, pero al hacerlo se creó un serio problema porque ese trozo de Ucrania acabó siendo un cáncer para el resto. La insurgencia local, apoyada primero por los nazis y luego, terminada la guerra, por la CIA, fue el foco armado de resistencia antisoviética más grave y activo que conoció la URSS. Occidente sostuvo aquel foco de inestabilidad con armas dinero, sabotajes y lanzamiento de paracaidistas en el territorio de la Ucrania soviética hasta bien entrados los años cincuenta. En su conflicto con las autoridades soviéticas la Organización de los Nacionalistas Ucranianos y el Ejército Insurgente Ucraniano (OUN-UPA) mataron a más de 20.000 civiles, la mayoría de ellos campesinos acusados de apoyar a las autoridades soviéticas, y a unos 10.000 soldados y miembros de la policía de estado (NKVD), como el partisano y héroe de la Unión Soviética, Kuznetsov. Estas cifras son terribles pero en el contexto de la enorme matanza de la guerra europea contra la URSS, con 27 millones de muertos soviéticos, entre ellos ocho millones de ucranianos soviéticos, ocho millones de alemanes, cinco millones de polacos, etc., son casi una nota a pie de página.


Entrada de las tropas alemanas en Lviv, verano de 1941.

Pero la enorme represión soviética en Ucrania Occidental y la intensa propaganda que le sucedió, tuvieron otros efectos. Primero borraron de la memoria de gran parte de la población local los crímenes cometidos por los nacionalistas ucranianos del oeste del país y con el tiempo rehabilitaron su criminal legado de colaboración con los alemanes, incluida la sobrerepresentación de ucranianos occidentales en los equipos de matarifes y ayudantes en los campos de exterminio nazis.

Durante los años setenta, Ucrania Occidental proporcionó el mayor número de disidentes soviéticos, bien por delante de los bálticos. Cuando visité por primera vez Ucrania Occidental en el verano de 1988, me sorprendió la ligereza con la que los disidentes locales, como Irina Kalinets, su marido Ihor, Ivan Hel, Mijail Horin y el más brillante de todos, Viacheslav Chornobil, muchos de ellos con años de reclusión en campos de trabajo a sus espaldas y recién puestos en libertad por la perestroika, rehabilitaban la memoria de todos aquellos seguidores de Stepan Bandera.

En su magnífica biografía de Bandera, Stepan Bandera, fascismo, genocidio y culto (recién traducida y publicada en castellano por la editorial “Dirección Única”), el historiador polaco Grzegorz Rossolinski-Liebe, sitúa el movimiento de Bandera entre los fascismos más violentos y racistas de la Europa de los años treinta y cuarenta. Rossolinski-Liebe que ha escrito el libro más completo sobre el personaje hasta la fecha, presenta el principal éxito de Bandera como el “haber llegado a ser el líder de un movimiento que intentó establecer un estado autoritario de tipo fascista, limpiando por el camino hacia ese estado a los enemigos étnicos y oponentes políticos, incluidos judíos, polacos, rusos, soviéticos, así como ucranianos comunistas, izquierdistas, conservadores y demócratas”.

En los años ochenta todo eso quedaba muy lejos para aquellos disidentes de Lviv. Con la indirecta ayuda de la represión soviética, habían bebido e interiorizado por completo la narrativa del exilio de los partidarios de Bandera huidos a Occidente, mayormente a Canadá, que realizaron una metódica labor de blanqueo de la historia del movimiento nacional de Ucrania Occidental, presentándolo como un heroico movimiento anticomunista e incluso enfrentado a los nazis, para ponerlo en línea con la narrativa de la guerra fría. Los “banderovstsi” no fueron colaboracionistas, sino que hasta se enfrentaron a Hitler, decían; su participación en la división de las SS “Galitsia”, específicamente ucraniana y el batallón “Nachtigall”, no fue por simpatía con el nazismo ni para ayudar a Hitler, sino para luchar contra los soviéticos; la masacre de unos 100.000 polacos en la región de Volhynia, un asunto que todavía suscita roces entre Varsovia y Kíev, era despejada como mera “propaganda” soviética por aquellos disidentes.

El antisemitismo local era también negado tajantemente como propaganda comunista. De los más de medio millón de judíos que vivían en Ucrania Occidental antes de la invasión alemana de 1941 solo entre el 1,5% y el 3% sobrevivieron a la guerra. La mayoría fueron asesinados por los alemanes, pero la enorme mortandad de judíos en esa parte de Ucrania no se explica sin la activa organización de progroms a cargo de la OUN con el apoyo de la población local, como el de finales de junio y principios de julio de 1941 en Lviv en el que murieron entre 2000 y 8000 judíos. En las actuales imágenes de la demolición del cementerio/memorial soviético de Lviv, entre el ir y venir de los operarios y las excavadoras, llama la atención la pintada sobre uno de los conjuntos de estatuas del monumento: “fuera judíos”.


Propaganda de la división ucraniana de las SS.

Desde mucho antes de la invasión militar rusa de febrero de 2022, Ucrania ha estado reescribiendo su historia e intentando acabar, no sin protestas y resistencias, con toda memoria y referencia soviética y rusa en general, incluida la del científico ilustrado del siglo XVIII Mijaíl Lomonósov en Járkov, o la del bardo Vladimir Vysotsky, una especie de Georges Brassens soviético de la época de Brezhnev, en Odesa, por citar solo dos casos del pasado mes. En general, la línea oficial ha sustituido los abusos de la propaganda soviética por su propia narrativa étnico-nacionalista. El proceso comenzó en Ucrania occidental. Ya en 1990 se inauguraron los primeros monumentos a Stepan Bandera, algunos de los cuales fueron volados en reacción. Una de las virtudes del libro de Rossolinski-Liebe es que entra con detalle en la construcción y evolución del mito y el culto patriótico a Stepan Bandera, con calles y monumentos dedicados al caudillo fascista y sus colaboradores. Lo que al principio fue un fenómeno restringido a los tres departamentos de Ucrania Occidental, Lviv, Ivano-Frankivsk y Ternopil, se fue extendiendo al conjunto del país. Para el cincuentenario de la muerte del caudillo, en 2009, ya había centenares de calles, plazas y monumentos en honor a Bandera y sus secuaces, conforme sectores de la elite ucraniana se orientaban cada vez más hacia la OTAN y en contra de Rusia, sin que el fenómeno arraigase nunca en el sur y este del país, donde Bandera suele ser considerado un criminal y un colaboracionista. En 2008 el parlamento nacional votó a favor de celebrar a nivel estatal el centenario del nacimiento de Stepan Bandera, se editó un sello de correos con su retrato y dos años más tarde el Presidente Viktor Yushenko, casado con una ex funcionaria del Departamento de Estado americano, anunció la concesión del título de “héroe de Ucrania”. Lo que en 1988 era delirio de un grupo de disidentes de Lviv y el sentir de una minoría, geográficamente muy delimitada del país, se instaló en el centro del estado para dividirlo.


Manifestantes de ultraderecha en Kiev en 2015 muestran retratos de Stepan Bandera.

La gran esperanza de Bandera, asesinado en 1959 por un sicario del NKVD en Munich, era la Tercera Guerra Mundial: que una nueva contienda barriera a la URSS y le permitiera establecer un nuevo régimen en la Ucrania soviética con el apoyo de los americanos y europeos. Era una esperanza muy parecida a la de Franco, que encontró su rehabilitación como viejo aliado de Hitler, ofreciendo a los americanos sus credenciales anticomunistas y su territorio para establecer bases militares. Bandera tuvo una relación muy cordial con la dictadura en España, el nombre de Franco se cita 26 veces en el libro de Rossolinski-Liebe, y en algún momento el ucraniano pensó en establecerse en España, como hicieron con diversa fortuna otros compañeros de viaje del nazismo como Leon Degrelle, Pierre Laval o Ante Pavelic.

La historia se repite como farsa. Hoy toda Europa está movilizada contra Rusia, que ve una “amenaza existencial” en la ruptura de la neutralidad de Ucrania consagrada en los documentos fundacionales de su independencia, en 1990. En Kíev, después de los de Lénin, se desmantelan monumentos a Pushkin y en Moscú se refieren al gobierno de Kíev como “régimen nazi”.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu