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martes, 6 de mayo de 2025

Para entender el regreso de Stepan Bandera en Ucrania

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania de la eurocrisis.


Publicada una biografía seria sobre el caudillo de Ucrania occidental, referente del etnonacionalismo ucraniano



     Esta semana el ayuntamiento de Lviv (Lvov en ruso), en Ucrania Occidental, concluye los trabajos de derribo del cementerio militar soviético local, en la llamada “Colina de la gloria” (Власти Львова решили эксгумировать останки советского разведчика Кузнецова – Коммерсантъ). Ahí había 200 tumbas individuales, cuatro fosas comunes y dos monumentos a los caídos. Entre los enterrados estaba el legendario Nikolai Kuznetsov (1911-1944), guerrillero, partisano y agente del NKVD muy activo tras las líneas enemigas durante la guerra contra la invasión nazi en Ucrania. Kuznetsov, que hablaba perfectamente alemán, pertenecía a la sección “T” ( de “terror”) del “Grupo especial” adjunto al comisariado de interior de la URSS dirigido por el ucraniano Pavel Sudoplatov, nacido en Melitopol en 1907. Sudoplatov fue uno de los grandes sicarios de Stalin, organizador del asesinato de Trotski y de varios dirigentes de la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN). Bajo el mando de Sudoplatov, Kuznetsov se infiltró como oficial en el ejército alemán bajo el nombre de Paul Wilhelm Siebert y mató a once generales y altos funcionarios de la administración alemana de ocupación en Ucrania.


El cementerio memorial soviético de Lviv.

Las imágenes de la demolición del cementerio-memorial de Lviv las pasó el telediario ruso el sábado, pocos días después de que agentes ucranianos mataran con un coche bomba a otro general ruso, Yaroslav Moskalik, en Moscú. En el programa de análisis político de la tele rusa Bolshaya Igrá, (el Gran Juego), cinco de cuyos participantes e invitados han sido víctimas de esos atentados ucranianos en los últimos dos años, se preguntaban en ese contexto si no habría que responder con atentados semejantes en Ucrania, resucitando a Sudoplatov.

Kuznetsov estaba enterrado en Lviv porque fue allí donde murió, en marzo de 1944, en un enfrentamiento con guerrilleros nacionalistas de Ucrania Occidental, que durante la ocupación alemana colaboraron con los nazis, participando activamente en las matanzas de comunistas, judíos y polacos.

En Ucrania occidental los primeros años de la posguerra transcurrieron en un clima de guerra civil, con guerrilla antisoviética, colectivización forzada, muertes por hambre, deportación, regreso de contingentes de trabajadores que fueron a trabajar a la Alemania hitleriana y regresaban estigmatizados como traidores, y envío a la región de miles de cuadros técnicos y políticos ucranianos leales al régimen soviético. La “pacificación” de Ucrania occidental fue brutal y sangrienta. Según diversas estimaciones las autoridades soviéticas mataron allí a 153.000 personas, detuvieron a otras 134.000 y deportaron a 203.000, sobre todo en 1944 y 1945. La mayoría de los deportados eran mujeres y niños cuyos maridos y padres o bien estaban en la clandestinidad o en los bosques, o bien habían muerto luchando contra el régimen soviético.

Ucrania occidental no había pertenecido a la URSS hasta 1939. La gran paradoja es que al incorporar aquella región a la URSS Stalin unificó todas las tierras ucranianas y realizó la estatalidad de Ucrania dentro de la URSS, pero al hacerlo se creó un serio problema porque ese trozo de Ucrania acabó siendo un cáncer para el resto. La insurgencia local, apoyada primero por los nazis y luego, terminada la guerra, por la CIA, fue el foco armado de resistencia antisoviética más grave y activo que conoció la URSS. Occidente sostuvo aquel foco de inestabilidad con armas dinero, sabotajes y lanzamiento de paracaidistas en el territorio de la Ucrania soviética hasta bien entrados los años cincuenta. En su conflicto con las autoridades soviéticas la Organización de los Nacionalistas Ucranianos y el Ejército Insurgente Ucraniano (OUN-UPA) mataron a más de 20.000 civiles, la mayoría de ellos campesinos acusados de apoyar a las autoridades soviéticas, y a unos 10.000 soldados y miembros de la policía de estado (NKVD), como el partisano y héroe de la Unión Soviética, Kuznetsov. Estas cifras son terribles pero en el contexto de la enorme matanza de la guerra europea contra la URSS, con 27 millones de muertos soviéticos, entre ellos ocho millones de ucranianos soviéticos, ocho millones de alemanes, cinco millones de polacos, etc., son casi una nota a pie de página.


Entrada de las tropas alemanas en Lviv, verano de 1941.

Pero la enorme represión soviética en Ucrania Occidental y la intensa propaganda que le sucedió, tuvieron otros efectos. Primero borraron de la memoria de gran parte de la población local los crímenes cometidos por los nacionalistas ucranianos del oeste del país y con el tiempo rehabilitaron su criminal legado de colaboración con los alemanes, incluida la sobrerepresentación de ucranianos occidentales en los equipos de matarifes y ayudantes en los campos de exterminio nazis.

Durante los años setenta, Ucrania Occidental proporcionó el mayor número de disidentes soviéticos, bien por delante de los bálticos. Cuando visité por primera vez Ucrania Occidental en el verano de 1988, me sorprendió la ligereza con la que los disidentes locales, como Irina Kalinets, su marido Ihor, Ivan Hel, Mijail Horin y el más brillante de todos, Viacheslav Chornobil, muchos de ellos con años de reclusión en campos de trabajo a sus espaldas y recién puestos en libertad por la perestroika, rehabilitaban la memoria de todos aquellos seguidores de Stepan Bandera.

En su magnífica biografía de Bandera, Stepan Bandera, fascismo, genocidio y culto (recién traducida y publicada en castellano por la editorial “Dirección Única”), el historiador polaco Grzegorz Rossolinski-Liebe, sitúa el movimiento de Bandera entre los fascismos más violentos y racistas de la Europa de los años treinta y cuarenta. Rossolinski-Liebe que ha escrito el libro más completo sobre el personaje hasta la fecha, presenta el principal éxito de Bandera como el “haber llegado a ser el líder de un movimiento que intentó establecer un estado autoritario de tipo fascista, limpiando por el camino hacia ese estado a los enemigos étnicos y oponentes políticos, incluidos judíos, polacos, rusos, soviéticos, así como ucranianos comunistas, izquierdistas, conservadores y demócratas”.

En los años ochenta todo eso quedaba muy lejos para aquellos disidentes de Lviv. Con la indirecta ayuda de la represión soviética, habían bebido e interiorizado por completo la narrativa del exilio de los partidarios de Bandera huidos a Occidente, mayormente a Canadá, que realizaron una metódica labor de blanqueo de la historia del movimiento nacional de Ucrania Occidental, presentándolo como un heroico movimiento anticomunista e incluso enfrentado a los nazis, para ponerlo en línea con la narrativa de la guerra fría. Los “banderovstsi” no fueron colaboracionistas, sino que hasta se enfrentaron a Hitler, decían; su participación en la división de las SS “Galitsia”, específicamente ucraniana y el batallón “Nachtigall”, no fue por simpatía con el nazismo ni para ayudar a Hitler, sino para luchar contra los soviéticos; la masacre de unos 100.000 polacos en la región de Volhynia, un asunto que todavía suscita roces entre Varsovia y Kíev, era despejada como mera “propaganda” soviética por aquellos disidentes.

El antisemitismo local era también negado tajantemente como propaganda comunista. De los más de medio millón de judíos que vivían en Ucrania Occidental antes de la invasión alemana de 1941 solo entre el 1,5% y el 3% sobrevivieron a la guerra. La mayoría fueron asesinados por los alemanes, pero la enorme mortandad de judíos en esa parte de Ucrania no se explica sin la activa organización de progroms a cargo de la OUN con el apoyo de la población local, como el de finales de junio y principios de julio de 1941 en Lviv en el que murieron entre 2000 y 8000 judíos. En las actuales imágenes de la demolición del cementerio/memorial soviético de Lviv, entre el ir y venir de los operarios y las excavadoras, llama la atención la pintada sobre uno de los conjuntos de estatuas del monumento: “fuera judíos”.


Propaganda de la división ucraniana de las SS.

Desde mucho antes de la invasión militar rusa de febrero de 2022, Ucrania ha estado reescribiendo su historia e intentando acabar, no sin protestas y resistencias, con toda memoria y referencia soviética y rusa en general, incluida la del científico ilustrado del siglo XVIII Mijaíl Lomonósov en Járkov, o la del bardo Vladimir Vysotsky, una especie de Georges Brassens soviético de la época de Brezhnev, en Odesa, por citar solo dos casos del pasado mes. En general, la línea oficial ha sustituido los abusos de la propaganda soviética por su propia narrativa étnico-nacionalista. El proceso comenzó en Ucrania occidental. Ya en 1990 se inauguraron los primeros monumentos a Stepan Bandera, algunos de los cuales fueron volados en reacción. Una de las virtudes del libro de Rossolinski-Liebe es que entra con detalle en la construcción y evolución del mito y el culto patriótico a Stepan Bandera, con calles y monumentos dedicados al caudillo fascista y sus colaboradores. Lo que al principio fue un fenómeno restringido a los tres departamentos de Ucrania Occidental, Lviv, Ivano-Frankivsk y Ternopil, se fue extendiendo al conjunto del país. Para el cincuentenario de la muerte del caudillo, en 2009, ya había centenares de calles, plazas y monumentos en honor a Bandera y sus secuaces, conforme sectores de la elite ucraniana se orientaban cada vez más hacia la OTAN y en contra de Rusia, sin que el fenómeno arraigase nunca en el sur y este del país, donde Bandera suele ser considerado un criminal y un colaboracionista. En 2008 el parlamento nacional votó a favor de celebrar a nivel estatal el centenario del nacimiento de Stepan Bandera, se editó un sello de correos con su retrato y dos años más tarde el Presidente Viktor Yushenko, casado con una ex funcionaria del Departamento de Estado americano, anunció la concesión del título de “héroe de Ucrania”. Lo que en 1988 era delirio de un grupo de disidentes de Lviv y el sentir de una minoría, geográficamente muy delimitada del país, se instaló en el centro del estado para dividirlo.


Manifestantes de ultraderecha en Kiev en 2015 muestran retratos de Stepan Bandera.

La gran esperanza de Bandera, asesinado en 1959 por un sicario del NKVD en Munich, era la Tercera Guerra Mundial: que una nueva contienda barriera a la URSS y le permitiera establecer un nuevo régimen en la Ucrania soviética con el apoyo de los americanos y europeos. Era una esperanza muy parecida a la de Franco, que encontró su rehabilitación como viejo aliado de Hitler, ofreciendo a los americanos sus credenciales anticomunistas y su territorio para establecer bases militares. Bandera tuvo una relación muy cordial con la dictadura en España, el nombre de Franco se cita 26 veces en el libro de Rossolinski-Liebe, y en algún momento el ucraniano pensó en establecerse en España, como hicieron con diversa fortuna otros compañeros de viaje del nazismo como Leon Degrelle, Pierre Laval o Ante Pavelic.

La historia se repite como farsa. Hoy toda Europa está movilizada contra Rusia, que ve una “amenaza existencial” en la ruptura de la neutralidad de Ucrania consagrada en los documentos fundacionales de su independencia, en 1990. En Kíev, después de los de Lénin, se desmantelan monumentos a Pushkin y en Moscú se refieren al gobierno de Kíev como “régimen nazi”.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

martes, 8 de abril de 2025

No nos moveremos ni un centímetro hacia vuestro Armagedón

 

 Por Roger Waters  
      Uno de los miembros clave de Pink Floyd y de los músicos más importantes de nuestra época.


Lo que sigue es una versión ligeramente editada de un discurso del músico Roger Waters en el 80º aniversario de la Conferencia de Yalta:


Conférence de Yalta.


     Gracias por invitarme a hablar hoy aquí en este aniversario histórico. El mes pasado, me dirigí al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas con motivo del décimo aniversario de la firma de los acuerdos de Minsk II. Quienes estén interesados pueden consultarlo en UNTV. Ese día me ceñí al temario: Ucrania, Crimea, el Donbás y la guerra en Ucrania, pero también mencioné al Sector Derecho, a Stepan Bandera y el lugar del supremacismo blanco en la política ucraniana, pero no me desvié del tema. Hoy, no estoy sujeto al protocolo, así que, con su permiso, haré las digresiones que considere oportunas.

Cada mañana, al despertar, siento una opresión en el pecho y las lágrimas me anegan. Me preparo y me preparo para la lucha: ¿Qué puedo hacer hoy? ¿Por qué me preparo para la batalla cada día? Porque cada día libramos la batalla existencial por el alma de la raza humana.

Si vivimos en Occidente, nuestro gobierno está ayudando e instigando el genocidio del pueblo indígena de Palestina por parte del estado delincuente de Israel en tiempo real, ante nuestros ojos. Parece una pesadilla, pero no lo es; es real.


Genocidio del pueblo indígena de Palestina.

Nos pellizcamos con incredulidad. Esto no puede ser real. Si tenemos hijos, nos tiran: "¡Mamá, papá, que paren! ¡Oigan, mamá, papá, por qué nadie los hace parar! ¡Papá! ¡Papá! ¿Y las Naciones Unidas, papá? ¿Y el derecho internacional? ¡Papá! ¿Y las Convenciones de Ginebra? ¡Papá, papá, están matando a los niños, papá! ¡Papá, los están enterrando bajo los escombros! ¡Que paren!".

Y entonces respiro hondo. ¿Por qué crees que estoy aquí en Yalta? Es una buena pregunta, ¿verdad? ¿Qué hay del derecho internacional, de las Naciones Unidas?

Estamos aquí hoy para conmemorar el octogésimo aniversario de la reunión entre tres hombres: Joseph Stalin, Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt. Se reunieron aquí en marzo de 1945 para, en cierto modo, repartirse lo que quedaba de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Lo hicieron sin demasiado alboroto, pero también debatieron la posibilidad de reemplazar a la Sociedad de Naciones, que no había logrado evitar la Segunda Guerra Mundial, creando un nuevo foro internacional que pudiera tener éxito donde la Sociedad de Naciones había fracasado. Buena idea: endurecer un poco las reglas; llamarlo Naciones Unidas; suena bien.


Joseph Stalin, Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt en la Conferencia de Yalta.

Y así lo hicieron. La Carta de las Naciones Unidas se redactó y firmó en San Francisco ese mismo verano, y ¡sorpresa!, nuestros tres colegas de la cumbre de Yalta, junto con Francia y China, los otros dos supuestos vencedores de la Segunda Guerra Mundial, fueron nombrados miembros permanentes del consejo más importante de las nuevas Naciones Unidas: el Consejo de Seguridad.


La Carta de las Naciones Unidas se redactó y firmó en San Francisco.

¿Y qué es el Consejo de Seguridad? ¿Por qué es importante? El Consejo de Seguridad fue y es importante porque su principal responsabilidad es, y cito textualmente, «mantener la paz y la seguridad internacionales, lo que incluye determinar las amenazas a la paz, adoptar medidas para restablecerla y establecer operaciones de mantenimiento de la paz».

¡Dios mío! ¡Qué bien suena! ¿Funcionó? Bueno, solo había un pequeño detalle.

¡Ajá! ¡Continúa!

Bueno, Stalin, Churchill y Roosevelt acordaron en Yalta que no solo debían tener representación permanente en el Consejo de Seguridad, sino que también cada uno de ellos, individualmente, tendría la facultad de VETAR cualquier resolución del Consejo. Por supuesto, Francia y China intervinieron: "¡Yo también, yo también!". Los cinco grandes lo dejaron muy claro a las naciones más pequeñas: o tener una Carta de la ONU con derecho a veto, o no tener Carta de la ONU.


Miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.


Yo digo que eso no fue muy democrático ¿no?


Bueno, no, pero los principios fundadores de las Naciones Unidas sonaban bastante bien, así que todos los pequeños estuvieron de acuerdo. Estos son los principios fundadores:



  1. Mantener la paz y la seguridad internacionales.

  2. Proteger los derechos humanos.

  3. Entregar ayuda humanitaria.

  4. Defender el derecho internacional.


¿Y lo lograron? Bueno, lograron algo del punto 3, pero lo demás fue demasiado difícil, limitados como estaban y siguen estando por el poder de veto de los cinco grandes en el Consejo de Seguridad.

No dudo de que hicieron lo mejor que pudieron; de todos modos, después de la guerra, Alemania fue debidamente dividida en cuatro zonas ocupadas por las fuerzas armadas de Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y la URSS. Pero hay más en la historia: tres años y medio después, el 10 de diciembre de 1948, las incipientes Naciones Unidas volvieron a reunirse en París y, entre otras cosas, firmaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Esa declaración, parcialmente escrita, me han dicho, por Eleanor Roosevelt, la esposa de Roosevelt, una para las damas. Gracias, damas. Los treinta artículos quedaron consagrados en el derecho internacional, o eso nos hicieron creer. Fue un acontecimiento muy importante en aquel momento; el sueño de la igualdad de derechos humanos para todos nuestros hermanos y hermanas del mundo, independientemente de su religión, etnia o nacionalidad, fue un acontecimiento muy importante. Piénsenlo. De haberse adoptado, probablemente habría marcado el fin de todas las guerras y, de forma absoluta y definitiva, habría eliminado para siempre la amenaza de otro genocidio. Qué manera tan apropiada de recordar y condenar universalmente el reciente intento de genocidio de judíos europeos por parte de los nazis. Nuestros líderes, con la mano en el corazón, hicieron una promesa solemne: «Nunca más». Pero, al hacer esa promesa, y lamento tener que ser yo quien lo diga, algunos cruzaron los dedos, otros mintieron. Algunos juraron apoyar y defender los Derechos Humanos Universales, pero no lo decían en serio. Algunos eran, de hecho, etnosupremacistas, como lo fueron los nazis, personas que creen que algunas personas deberían tener más derechos humanos que otras. Creen en los Derechos Humanos, pero solo para unos pocos elegidos. Los pocos que eligen.

Permítanme darles un vistazo fugaz, regresen conmigo a Palestina en 2007. Iba en un jeep de la UNRWA con una mujer encantadora llamada Allegra Pacheco, que trabajaba para la ONU. Nos dirigíamos al norte a través del territorio ocupado hacia Yenín por una carretera nueva cuando comenté: "Bueno, al menos tienen buenas carreteras". "Sí", dijo Allegra, "Son solo para judíos"... "No seas tonta, eso es ridículo". "Sí, lo es, pero es cierto que si vives aquí, tienes que ser judía para poder usar la carretera".


La UNRWA  sobre el terreno en Palestina.

Lo que quiero decir es que los israelíes no ven esto como una contradicción. Para ellos, el genocidio estuvo mal durante la Segunda Guerra Mundial en Europa, en Alemania o, por ejemplo, en Varsovia, Polonia, pero ahora está bien en Oriente Medio, en Gaza, porque la situación es diferente.

Así que, la Declaración de los Derechos Humanos Universales fue en realidad una farsa, parte de una especie de baile de máscaras para celebrar el reparto del botín de guerra. Lamento ser el portador de malas noticias, lamento arruinar la fiesta.

La mayoría de ustedes son demasiado jóvenes para recordarlo, yo mismo soy casi demasiado joven para recordarlo, pero puedo leer y he leído la historia.

En fin, todos nos pusimos nuestras máscaras en el baile, obedientemente. Declaramos nuestro apego a las vacas sagradas. Todos declaramos, con la mano en el corazón, que nos importaban los derechos humanos, la libertad, la democracia y el imperio del derecho internacional, ¿y sin embargo? Ahora la situación ha cambiado, ¿y entonces?

Hace treinta y cinco años, en 1990, escribí una canción llamada "Too Much Rope" para un álbum que hice titulado "Amused to Death". Aquí tienen un par de versos:



        No tienes que ser judío
Desaprobar el asesinato
Las lágrimas nos queman los ojos
Musulmán o cristiano, mulá o papa
Predicador o poeta quien lo escribió
Darle demasiada cuerda a cualquier especie
Y lo joderán todo”.



Voy a avanzar setenta y nueve años, desde marzo de 1945 hasta el 18 de abril del año pasado. Ese día, el Consejo de Seguridad de la ONU se reunió para votar sobre un proyecto de resolución presentado por Argelia, que recomendaba la admisión del Estado de Palestina como miembro de pleno derecho de la ONU. El proyecto de resolución no se adoptó debido al veto de Estados Unidos. Así pues, hubo doce votos a favor, dos abstenciones (el Reino Unido y Suiza) y, el golpe de gracia, el veto de Estados Unidos.

¿Por qué Estados Unidos usó su poder de veto para bloquear esa resolución? Buena pregunta, llevaban años pregonando la paz en Tierra Santa, la famosa solución de dos Estados. Y, sin embargo, Estados Unidos ha usado su poder de veto 45 veces desde 1972 para apoyar al Estado de Israel en todo lo que hace. Incluyendo, fundamentalmente, la continua ocupación israelí de territorio palestino y el genocidio de su pueblo.

¿Por qué? Buena pregunta.

Quizás por eso estoy aquí hoy, para intentar arrojar algo de luz sobre el “por qué” de esto.

Creo que puede tener algo que ver con un apego impío a las tendencias etno/supremacistas que mencioné antes, el destino manifiesto y los textos sagrados.

Volveré sobre todo esto, pero ¿podría tratarse también de la buena y antigua avaricia?

Resulta interesante que Donald Trump, el actual presidente de los Estados Unidos, haya declarado recientemente su interés en la limpieza étnica de Gaza y en convertirla en una atracción turística de lujo, un balneario con campos de golf y, si mal no recuerdo, una gigantesca estatua dorada de él mismo. Una pequeña fuente de ingresos para Jared Kushner, su yerno, sin duda. Por no hablar de los billones de metros cúbicos de gas natural en alta mar que pertenecen legítimamente a los pueblos indígenas.

En 1964, en su famoso discurso Ballot or the Bullet” , el hermano Malcolm X dijo lo siguiente:



No estoy aquí esta noche para hablar de mi religión. No estoy aquí para intentar cambiar la tuya. No estoy aquí para discutir ni debatir sobre nuestras diferencias, porque es hora de que superemos nuestras diferencias y nos demos cuenta de que lo mejor para nosotros es reconocer primero que tenemos el mismo problema, un problema común, un problema que te llevará a la ruina, ya seas bautista, metodista, musulmán o nacionalista.



El hermano Malcolm no dijo "ni judío" esa noche, así que lo añado por él: "ni judío". La cuestión es que, en términos de derechos humanos, nuestra religión debería ser irrelevante, o como dijo Malcolm, relegada a un segundo plano.

Volviendo al hermano Malcolm:



Seas culto o analfabeto, vivas en el bulevar o en un callejón, vivirás en un infierno igual que yo. Todos estamos en el mismo barco y todos viviremos en el mismo infierno a manos del mismo hombre. Solo que resulta ser un hombre blanco. Todos hemos sufrido aquí, en este país, opresión política, explotación económica y degradación social a manos del hombre blanco.
Hablar así no significa que seamos antiblancos, sino que estamos en contra de la explotación, la degradación y la opresión. Y si el hombre blanco no quiere que seamos antiél, que deje de oprimirnos, explotarnos y degradarnos. Seamos cristianos, musulmanes, nacionalistas, agnósticos o ateos, primero debemos aprender a olvidar nuestras diferencias. Si tenemos diferencias, discrepemos en secreto; cuando salgamos a la luz, no tengamos nada de qué discutir hasta que terminemos de discutir con él.



Dejemos nuestra religión en el armario.



Gracias, hermano Malcolm.

Por cierto, en lugar de “hombre blanco” léase “hombre europeo”.

En el pasado, antes de que el lobby israelí me diera por perdido, solían intentar calmarme diciendo cosas como: "Atraparás más abejas con miel que con vinagre" y "¿No preferirías que te vieran como Martin Luther King que como Malcolm X, Roger?".

Sí, ahora puedo sonreír.

Quizás el representante estadounidense siempre usa el poder de veto para apoyar a Israel porque, en el fondo, Estados Unidos sigue siendo una colonia europea. Cuando los Padres Peregrinos desembarcaron en Plymouth Rock, cuando Cristóbal Colón navegó sin brújula, cuando los portugueses desembarcaron en Brasil, todos lo hicieron guiados por el destino manifiesto, contaban con la providencia divina y la bendición de la Iglesia. La abundante tierra del Oeste, el Nuevo Mundo al otro lado del océano, era su Sión. Así lo dijeron. Así que, con Dios de su lado, lo conquistaron todo, mintieron a la población local, firmaron tratados que nunca tuvieron intención de cumplir, saquearon, violaron, y todas esas tonterías de los viejos y orgullosos muchachos. El genocidio de los indígenas en Tierra Santa es solo una repetición del genocidio de los indígenas en el Nuevo Mundo. El hombre blanco del hermano Malcolm sigue siendo el mismo viejo y bueno muchacho europeo.

Así que, gracias, hermano Malcolm, y gracias, hermano Martin Luther King; ambos ocupan un lugar muy especial en mi corazón, y hermano King, comparto este sueño. Es un buen sueño, y estamos aquí hoy para aferrarnos a él. Nos aferramos a él lo mejor que podemos aquí en Yalta, y en todo el mundo, incluyendo Europa, millones de nuestros hermanos y hermanas salen a diario a las calles para protestar contra el genocidio de nuestros hermanos y hermanas en Palestina. Los estudiantes corren el riesgo de ser agredidos por la policía militarizada al ejercer su derecho a la Primera Enmienda para protestar en los campus universitarios de Estados Unidos; sí, gracias, Mahmoud Khalil, eres uno de esos millones, todos formamos parte del mismo coro. Cantamos a una sola voz. La pregunta fundamental es: "¿Podemos elevar el volumen de las voces de la multitud a un nivel que afecte la manera en que se comportan nuestros gobiernos, porque en este momento nuestros gobiernos se están comportando muy mal, arraigados como están en sus raíces racistas de supremacía blanca europea, y se interponen en el camino, entre nosotros y el progreso hacia nuestra meta, el progreso hacia el santo grial, la implementación de la Declaración de Derechos Humanos Universales de hace todos esos años?"

Así que creo que hemos establecido que no podemos dejar nada en manos de nuestros líderes. Y hablando de líderes, gran parte de nuestra atención se centra en la nueva administración en Washington, D.C. ¿Hacia dónde se inclinará Donald Trump? Sus acciones hablan más que sus palabras; sus acciones nos dicen que le importan un bledo los derechos de los demás, salvo los suyos. Al menos es abierto y honesto al respecto. Sus acciones hablan más que sus palabras; su plan es obvio: enriquecerse a sí mismo y a su familia inmediata, y luego a Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg y al resto de los oligarcas, el 0,0001% de nosotros. Y eso es lo que hará. ¿Y el resto? (Hace como si se lavara las manos). Bienvenidos al 99,9999%.

Nos encontramos en una encrucijada.

Todos estamos comprometidos en la batalla existencial por el alma de la raza humana.

¿Qué camino debemos tomar?

¿Podemos aferrarnos al sueño?

¿Cómo podemos explicar que el crimen indecible del genocidio es indecible para quienquiera que lleve botas militares?

¿Hay alguna razón para que el crimen de genocidio sea incalificable?

¿Y si el atroz crimen del genocidio resulta ser el talón de Aquiles del sionismo, pues nos invita a contemplar, como Narciso, nuestro propio reflejo en la piscina? ¿Y si a través de la superficie de la piscina vemos nuestro propio reflejo atroz? ¿Y si los colonizadores europeos tuviéramos que afrontar nuestra propia historia de genocidio tanto en América del Norte como en América del Sur, en África y Australasia? Las colonias imperiales, ya fueran inglesas, españolas, holandesas, portuguesas o francesas, nunca albergaron nada de lo que enorgullecerse. Durante siglos, los europeos cometimos lo atroz en nombre de Dios. El resto fue teatro. ¿Les suena de algo esto? Todas las bellas palabras pronunciadas en las declaraciones de independencia; todas las constituciones escritas con letra grande y fluida sobre fino pergamino. La pretensión de libertad, independencia y democracia: todo era teatro. Mira dentro de la piscina, Narciso; todo el artificio de Hollywood no puede ocultar la profundidad de la depravación que es nuestra historia común. ¿Qué es eso que tanto tememos los estadounidenses, en particular, pero en realidad todos los hombres blancos? Todos tememos ser expuestos por quienes realmente somos. Tememos, en otras palabras, la luz cegadora de la verdad. Lo cierto es que lo que hacen los gobiernos occidentales al apoyar la masacre psicótica de Israel no es simplemente justificar sus horribles crímenes, sino también defenderse, asentándose, como lo hacen, en una posición precaria, en terreno muy inestable, avergonzados, en defensa de pasados imperialistas indefendibles.

Vale, más me vale que me cuelguen por oveja que por cordero. El Antiguo Testamento de la Biblia. Sin el Antiguo Testamento y sus historias de un pueblo victimizado, misericordiosamente rescatado por un Dios vengativo y sanguinario, los europeos no habríamos tenido nada que le diera un significado falso y superior a nuestro bárbaro pasado colonial. Así que, si suficientes de nosotros miramos al estanque y vemos a través del talón de Aquiles, veremos la verdad. No es Dios quien da permiso a Israel para continuar su masacre, somos nosotros. ¿Cuántos de nosotros necesitamos mirarnos a los ojos y reconocer en ellos nuestra humanidad compartida, antes de poder estar hombro con hombro, brazo con brazo, cara a cara con Trump, Netanyahu y Starmer, y, armados con amor y verdad, nosotros, el coro, encontraremos la fuerza para decir basta?



Este es el final de tu camino,

No somos lemmings

Somos seres humanos

No nos moveremos ni un centímetro hacia

Tu Armagedón.

Hoy, en la encrucijada

Nos encontramos con un niño solo.

No nos quedaremos al margen

¿Y dejar que sus excavadoras nos pasen de largo?

No, no nos quedaremos al margen,

Aquí estamos

Con Rachel Corrie

Y Shireen Abu Akleh

Y Marielle Franco

Y el resto

Y abraza a este niño

¿Y juntos llevaremos este niño a casa?


Fuente: Globetrotter