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sábado, 27 de septiembre de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes (14 de 20)

 

 Por  Pedro Costa Morata
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Conversaciones aguileñas con mi amigo Ángel Chuqué


Mi amigo Ángel y yo quedamos al mediodía para tomarnos algo y charlar de lo primero que se nos figura, casi siempre del pueblo y sus personajes, del tiempo y sus cosicas. Yo me dejo llevar y acepto como puedo el quedarme siempre corto, ya que mi ausencia del pueblo fue temprana y mi permanencia escasa. Por eso, Ángel me da sopas con honda y me ilustra cada día llenando mi cabeza y mi corazón de recuerdos y saberes brumosos o incompletos. Aunque, por ejemplo, hablando de tontos o de raros, sí podemos contrastar conocimientos y anécdotas, ya que en el imaginario popular esos personajes -además de ser siempre muy respetados- duran años y años, e ilustran a generaciones sucesivas.


Mi amigo Ángel y yo.

Un día hemos hablado de nuestro paso por La Regia, aquella tienda de zapatos y sombreros situada en la Glorieta, esquina al paseo y frente a la Caja del Sureste. Primero estaba de dependiente mi primo Paquito Franco, que cuando se fue al Banco (el Central, por supuesto), fue sucedido por Ángel cuando este tendría unos doce años, y al que, al volver a la Escuela por enfurruñarse con el jefe, Cristóbal el de la Regia, fue sucedido en el mostrador por mi primo Manolín, hermano de Paco; luego mi madre me “colocó” a mí, en el verano de 1962 con sus tres meses y sus seis reales de paga a la semana (1,50 pesetas, para los desmemoriados), con lo que tenía para uno o dos días de cine, o para el programa doble de los viernes (¡Día del Productor, con dos películas de las ya proyectadas durante la semana). El jefe tuvo el detalle, como un plus a mi -supongo- buen comportamiento, y puesto que en setiembre volvería a mi colegio de León y me vendría bien para el frío, de hacerme obsequio de un pasamontañas que llevaba años en la estantería (esperando en vano que un aguileño se lo llevara). Me tocó la liquidación de la tienda, que ya apenas vendía zapatos ni sombreros, y el jefe se volcó en su otra Regia, la de muebles, que iba viento en popa por la expansión urbana de Águilas.

También hablamos de deporte, sobre todo de fútbol, que entiende muy bien, como si fuera un técnico o un entrenador. Él es del Barça y yo me inclino por el Real Madrid, pero nuestra plática es analítica y leal, y nos damos siempre la razón. Al evocar aquellos años de nuestra -distante, distinta- adolescencia y primera juventud, y vemos cómo era el pueblo, desde su perspectiva desde Barcelona y la mía desde León, él se admira de mi vida de (involuntario) privilegiado, en la que el deporte era parte sustancial de la educación; Águilas y la provincia de Murcia eran un desierto en lo deportivo, y solo existía el fútbol como deporte practicable, y aun así en versión primitiva y pobre. Y le cuento cómo desde los diez años o así me pusieron a correr los 60 metros lisos, siguiendo luego con los 80, y sus relevos, para acabar, ya en mi colegio de Madrid, con los 100 metros lisos, y sus relevos, finalizando mi paso por el atletismo cuando la carrera de ingeniería ya me lo hizo imposible.


Costa entrega el testigo a Ponce, en los relevos 4 x 80 metros lisos (León, Estadio Hispánico, 1963).

Su madre y la mía eran muy amigas de jóvenes, en unos años en que vivieron en casas pegadas una con la otra, así que cuando nos vemos es como si las recordáramos y honráramos. Ángel, hijo de ferroviario, se fue a la Escuela de Aprendices de RENFE, en Barcelona, cuando le llegó la hora, que era lo que mi madre hubiera querido para mí: no perder la oportunidad, como hijo de ferroviario, de colocarme en RENFE, vía esa Escuela, vía la mili en el Batallón de Ferrocarriles: mis profesores no me aconsejaron nada de eso, sino que estudiara y estudiara. De ahí la íntima satisfacción de mi madre cuando, ya de consultor ambiental, realicé varios proyectos para RENFE, recorriéndome España de arriba abajo (y adjudicándome, por cierto, el primer estudio de impacto de la alta velocidad, el AVE a Sevilla). Pero es verdad que ella siempre añoró verme ir y venir a la Estación, desde nuestra casa a muy escasa distancia, convertido en “oficinista de RENFE”.

Otras veces analizamos con rigor no exento de espíritu crítico, asuntos de trámite, o sea, de la actualidad aguileña. Como el cuento inacabable del Centro Integral de Alta Resolución (CIAR), que da como miedo solo el nombre, y que cualquiera diría que es un centro sanitario de nivel intermedio, entre el local de Águilas y el comarcal de Lorca. Porque el edificio está terminado pero vacío y por supuesto sin personal, y esto está afilando la impaciencia del pueblo, con la seguridad de que esos de Murcia ya no saben qué inventar para chulearse de nuestra salud, ni a qué ineptos poner al frente de ella.

Este año hemos tenido que atender un hecho singular y sin precedente, sobre la mar y los peces. Mar calentica y peces que muerden, qué barbaridad, pero que no es ninguna fantasía. Me puso en alerta que mi vecina Paca, hermana de mi muy querido, y desaparecido, amigo Dominguico, de los Mayores de Calabardina, gente de la mar de siempre, me enseñara el tobillo, con una herida y una hinchazón que daban miedo; y me dice que le ha mordido un pez (bueno, ella, como yo, dice un pescao, que entre la gente aguileña, sea o no de mar, lo que está en el agua es un pescao, antes o después…). Y dos días después soy yo quien sufre el picotazo de un pececillo -un pescaico- así de mengajo y birrioso, pero que me hizo espantarlo alarmado sin que se tomara mucha prisa en alejarse, no, como con descaro y suficiencia sobre su agresividad nueva. Así que persisten las medusas (los “grumos”) y sus latigazos y se añaden los peces carnívoros. No sé a dónde vamos a llegar.

Un día, no sé cómo salió, evocamos el cabezo de las Picaeras, donde estaba el depósito del agua y al que trepábamos a la carrera cuando salíamos de la Doctrina, la preparación de la Primera Comunión, que recibíamos en la iglesia del Carmen, que era la capilla del Hospital; lo que me ha hecho recordar el día que, peleándonos por llegar arriba el primero, alguno de aquellos zagales me hinchó las narices, de tal manera que puse el catecismo hecho un Cristo de sangre (Por cierto, que hay al menos otro día en mi infancia en que me hincharon las narices, y fue un Carnaval, peleándome por no sé qué careta. Ahora veo que quizás yo no tenía mucho de pacífico, o que en trances de pelea no siempre salía bien parado...).


La Colla del Callejón/Paso a Nivel, en la playa del Hornillo (verano de 1966).

Así que estos raticos son muy, pero que muy buenos. Alternamos un día en el bar Zafiro, otro en el bar de mi primo Vicente, ya jubilado y en el que somos, casi, los únicos clientes, pero Vicente se arranca con su guitarra cuando se lo pedimos y le da la gana, lo que nos ambienta a los tres. Me acuerdo cuando, en mis estancias con mis padrinos y primos en la casa del Garrobillo, Vicente acudía hasta la Cuesta de Gos a recibir lecciones de un maestro, tras las agotadoras jornadas del campo. Cuando vamos a lo de Vicente, pasamos necesariamente por la esquina de los Poyetes (nombre popular de un legendario bar que ahí hubo, y del que me acuerdo muy bien), en cuya columna aislada, con muy poco de griega, se colocan las esquelas mortuorias de la gente del pueblo, que leemos atentamente (no vaya a ser alguna la nuestra...). Así que procuramos reírnos y no favorecer, más de la cuenta, la aviesa acumulación del tiempo, con sus pérdidas inevitables.

A Ángel le digo, cuando me cuenta sus cuitas de salud, que se queja en demasía, que está muy claro que disfruta de una “muy buena mala salud”, lo que le hace gracia; y para que no se desilusione, cuando halaga mi sana apariencia, me guardo mucho de transmitirle los estragos que me alcanzan. Así que hablamos, sobre todo, de aquellos tiempos, cuando éramos jóvenes: de cómo era el pueblo, de las sensaciones que nos producía la creciente marea estival de veraneantes, de las fiestas de agosto y sus novedades, de los cines y de algunas famosas películas generalmente del género prohibido, de la plaza de toros en sus estertores y, en total, de los veranos de antes.


sábado, 20 de septiembre de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes (11 de 20)

 

 Por Pedro Costa Morata
       Ingeniero, Periodista y Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.



¿Águilas?, bien, gracias


Hace mucho que trato de encontrar algo de literatura en nuestro verano, tan impreso en las visiones y sentimientos de los aguileños desde -por lo que a mis recuerdos se trata- los años 1950, en que el jolgorio que inducía el Programa de Festejos iba acompañado de la afluencia de “bañistas” (que no nos atrevíamos a llamar “turistas”), en su mayor parte lorquinos, madrileños y del valle del Almanzora. Y aun hallándola -sigo con lo de la literatura-, desde mi violento encuentro con las realidades políticas reveladas por el trauma nuclear de 1974 y la inmediata Transición, he tenido que transformar la poesía de mi exaltación de ausente y soñador, entusiasta recuperador de esencias en los retornos, en acre prosa de descubridor de miserias, que no por ser esencia del realismo social y político deja de alterar, con periódicas angustias, las pulsaciones del alma.

Y como resulta usual, sea su relato en prosa poética o en lírica ramplona, la historia del pueblo sigue, con el recuerdo insistente de cronistas e historiadores de lo que fuera faro cultural en las primeras décadas del siglo XX, que eran portuarias, mineras y espartarias, y Águilas aporta, para el observador empeñado en redimir o condenar, innumerables retazos de un estupor que no siempre puede detenerse ante la indignación. Ya he aludido en estos escritos de brisa cambiante más en lo social que en lo climático, al desmadre interno de la institución municipal y la estampida de su alcaldesa, que ni siquiera ha esperado al final del verano para -como los felices veraneantes- dar por concluida una experiencia que siempre es bueno emparejar con los cambios envolventes, aunque solo sea por mostrar como voluntaria y razonable lo que no es más que huida precipitada ante el anuncio del chaparrón.

Que no otra cosa vivía yo en los cenáculos de los desayunos amigables (que no siempre amistosos) en la popular Glorieta aguileña, donde la “Pava de la Balsa”, que en realidad es cisne, hace de fuente y sigue exhalando su vida hecha líquido por la mordida fatal de la serpiente traicionera de siempre... Y verbo y mirada tenían como común y más frecuente objetivo la espléndida fachada neomudéjar de la Casa consistorial. Pero ya dije que el recuento de algunos de los más feos asuntos que entre esas paredes anidan, irán relatados en su momento, y no hay por qué apresurarse.


La Glorieta y sus ocho calles ortogonales. (Sebastián Jiménez).

Pava de la Balsa (Fernando Mula).


He vuelto, como ya hiciera en mis croniquillas de 1992 (“Carta de Águilas”, las llamaba yo), a sentir ese “terrorismo de baja intensidad”, es decir, incruento pero difícilmente soportable, del ruido agresivo y creciente, como seña de identidad aguileña y -he de pensar que así es considerado por muchos- indicador de esplendor turístico y modernidad mediterránea, con la más jovial indiferencia de las autoridades municipales, que sin duda se muestran orgullosas del ubicuo estruendo. Ya tuvieron que ceder ante los tribunales por extender el escándalo más allá de las 12 (o sea, las 24 horas) en el largo festeo veraniego, por la enérgica protesta de perjudicados con causa. Pero esa contención no alcanza a nada más, siendo de destacar el ingenio de algún servidor municipal que ha duplicado, o más, los tiempos de alternancia de los semáforos, dando lugar -he de pensar que involuntariamente- a que la creciente bandada de gamberros sonoros motorizados, tan mediterráneos ellos, despierte a los vecinos en lo más profundo de su sueño, que es cuando cunden estos terroristas nocturnos de baja estofa y alto impacto; mi impresión es que las autoridades, las políticas y las policiales, están encantadas de esta agresión, y ni se les ocurre hacer cumplir la ordenanza anti ruidos. Desaproveché numerosos formularios de protesta anti ruido cuando dominaban el pueblo los “cuñadísimos” del PP, que me imagino lo que harían con esos papeles en los que reiteraba yo su obligación de actuar; y no se me ha ocurrido repetir esa tontería burocrática con los dirigentes actuales del PSOE (que son, ambientalmente hablando, tales para cuales).

A esa otra novedad -ruidosa y alcohólica- de las fiestas en el mar, que he presenciado con ira y desesperación, por ejemplo, en aguas del Fraile, quiero añadir lo que desde hace unos años ha irrumpido como -supongo- ingeniosa aportación en la noche de los Fuegos Artificiales de ese 14 de agosto que los aguileños tenemos por poco menos que sagrado (y de la que yo he estado ausente un día de guardia en la mili y algunos regresos desde Guatemala: siempre contra mi voluntad, quiero decir). Y es el acompañamiento de esos fuegos con música horrísona y grotesca, que no acompaña al colorido y formas del espectáculo celeste (como podría pretender) ni, sobre todo, permite la expresión tradicional, popular, y graciosa, del ¡¡¡Oooh!!! que no por primitiva, e incluso humanamente zoológica, es menos graciosa y atávica, y que levanta un multitudinario coro, no del todo desafinado, desde el semi circo playero en que se convierte esa noche la bahía de Levante (la mía), atestada como romería laica y mítica: un cálido espectáculo no del todo ecológico, pero y qué, con primeras filas de probos ciudadanos bien provistos -los pies en el agua- de cena, mesa y silleta.


Fuegos Artificiales del 14 de agosto.

A los promotores de esta novedad musical (mierdera, o sea, en el llano y preciso habla local), no se les ha ocurrido acompañar a esos Fuegos con el concierto de Händel de los “Reales fuegos artificiales” (1749), no, que pertenecen a la generación decibélica, bárbara e inculta. Este año me he fijado en la letra del himno de Águilas con el que acaba tal explosión de (civilizados) fulgores y (monstruoso) pachangueo, uno de cuyos versos, válgame Dios, alude a la singular villa “tierra tostada de Sol”... Lo que, vista la situación del planeta, la amenaza climática y las temperaturas de este verano, que anuncian nuevos récords y que han sido especialmente terroríficas para la Región murciana (su interior, es verdad, pero hay que ser solidarios), urge modificar: es una llamada que hago al honorable cuerpo representativo de dignos ediles, indiscutiblemente preocupados por el prestigio de la villa y la garantía de un futuro turístico en permanente auge. Ya requerí, en anteriores oportunidades, la atención de los autores del Programa de Festejos anual por la reiterada llamada, como timbre de distinción y razón de excelencia, de las altas “temperaturas medias anuales” como atractivo para vivir y tirarse al agua, pero que ya no son prudentes por la mala marcha, imparable, de las calores.

Que es verdad que el precitado himno (¿alguien me dice qué prodigioso ingenio tuvo a bien producirlo para la nunca suficientemente asombrada villa?) adolece de chorradas y cierta caspa, tan al uso en creaciones patrióticas, regionales o pueblerinas de este jaez, y solo para no pecar de maledicente recordaré algunas expresiones de su letra, que ya lleva el título de “Águilas, paraíso del Mediterráneo”, algo pretencioso, pardiez, pero inocuo incluso cuando insiste con “paraíso de luz y alegría”, pues bueno, pues vale. Unas estrofas que no siempre encierran ingenuidad estricta, y que aludiendo al recurso más manido en este tipo de excesos localistas, o sea, la mujer, incluye versos que ya, ya: “Mujer que en sus aguas te bañas/y te acaricia ese mar/¡quién fuera agua salada/y poderte acariciar!”, o esta otra, tan exultante como la anterior, que igualmente habría penado por aflorar en aquellos tiempos de censura integrista y que ahora se enfrenta a nuevas sensibilidades no menos rigurosas : “Eres morena y valiente/eres lo que sabes tú”.

En descargo de su creador o creadora, reconoceré que no resulta nada fácil redactar, en materia de himnos, algo que no resulte fuertemente determinado por el aire entusiasta de un pasodoble (como es el caso) o, más serio todavía, el vigor temeroso de una marcha pseudo militar, como otras veces. (Y también es verdad que quién me manda a mí tomarme en serio cosas así, pero de alguna forma he de acabar este artículo, y no es mal remate el toque amablemente crítico de un aguileño siempre fervoroso de la tierra que lo vio nacer.)