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lunes, 13 de octubre de 2025

Bardají y Bannon, o por qué Israel y los nazis son el nuevo porno

 

 Por Miguel Mora   
      Director de CTXT. Fue corresponsal de El País en Lisboa, Roma y París.


El asesor sionista de Aznar y de Vox diseñó junto al que fue hombre de confianza de Trump la estrategia para blanquear el nuevo fascismo en España y acercar a la extrema derecha a Netanyahu


     Dos nazis son trending topic en España. Uno, apellidado Pugilato, por liarse a puñetazos con un humorista, apellidado Caravaca, que le vaticinó que su hijo, cuando sea mayor, podría ser gay y  “comer pollas de negros, de obreros negros”. El otro, Borja Villacís, fue noticia, porque además de nazi y hermano de una conocida política, era también narcotraficante y fue asesinado a tiros a plena luz del día en las afueras del Madrid de la libertad, en una escena digna de la Camorra napolitana.

Los dos nazis son blancos, y han sido aficionados del Real Madrid y notorios miembros de los Ultra Sur, pero esto apenas lo han destacado los medios que blanquean nazis, porque, según el club-Estado que ya solo ficha jugadores negros, esa peña neonazi no existe hace ya algunos años gracias a la lucha antifa del presidente Florentino Pérez.

Lo que hemos visto ahora con espanto, la violencia desatada por y contra dos destacados líderes neonazis, no es en absoluto una sorpresa. Asistimos de hecho a la última fase de la Operación Blanqueamiento del fascismo español, que comenzó en 2018, cuando José María Aznar decidió colocar a su leal y estimado asesor internacional, el sociólogo Rafael Bardají (Badajoz, 1959), al frente de la refundación ideológica de Vox.

Sucedió poco antes de que el Tribunal Supremo confirmase la primera sentencia de la trama Gürtel y de que triunfara la moción de censura de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias contra M. Rajoy. Aznar trataba con ese movimiento discreto de mitigar, con el esperable crecimiento de Vox, el hundimiento en las encuestas de un PP al que el Supremo acababa de certificar como el partido más corrupto de Europa.

Como muchos lectores no conocerán a Rafael Bardají, la biografía de la Wikipedia no tiene desperdicio y es bastante sucinta, así que, en vez de enlazarla, o de resumirla para que no se note, la reproducimos aquí:

“Especializado en geoestrategia y política internacional, en 1987 funda el Grupo de Estudios Estratégicos. Su experiencia en este campo hizo que fuera nombrado representante del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE)”.

“Entre 1996 y 2004, formó parte del Gobierno de José María Aznar actuando como asesor ejecutivo de la Presidencia del Gobierno en materias de política internacional y terrorismo, acompañándole en dos visitas al presidente de los Estados Unidos George W. Bush.​ Además, fue consejero del Ministerio de Defensa, primero con Eduardo Serra y, posteriormente, con Federico Trillo-Figueroa. Se le considera el ideólogo de la intervención española en la invasión de Iraq de 2003. En 2004, asumió el cargo de subdirector de Investigación y Análisis del Real Instituto Elcano, así como el puesto de director de Política Internacional de la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES). Mantuvo esta posición hasta 2016.​ Fue impulsor, en septiembre de 2010, del registro de la fundación sionista Friends of Israel Initiative (FOII), junto a Pablo Casado y Carlos Bustelo”.

“A partir de 2016, colaboró con organizaciones neoconservadoras en los Estados Unidos. Asimismo, estableció relaciones con miembros del Partido Republicano, entre ellos Steve Bannon, jefe de campaña del presidente Donald Trump”.


El exdirigente de Vox Rafael Bardají (izq.) posa junto a Steve Bannon en una reunión en 2018.

“En 2018, se dio de baja en el Partido Popular para incorporarse al partido político Vox, en el que ha sido el principal canal que ha puesto en contacto a los dirigentes de Vox con el entorno neoconservador estadounidense”.

“En el año 2019, se incorporó al consejo de administración de Explosivos Alaveses (Expal), empresa dedicada a la fabricación de armas y municiones”.

Bardají es desde muy joven un hombre del régimen, sector ultraliberal, subsector relaciones con Estados Unidos, Israel y venta de Armas y Defensa; comunista en su juventud, neocon y sionista en su madurez; discreto, viajado, con contactos en Washington y en el Pentágono por la guerra de Iraq, hablante fluido de inglés. Ha sido, además, uno de los ideólogos del despliegue mediático de propaganda, negacionismo, bulos, homofobia y xenofobia que ha normalizado a la extrema derecha en España. Y el artífice del acercamiento del PP, primero, y de Vox, su marca parda, después, a Israel. 

La visita de Santiago Abascal a Benjamin Netanyahu el día después de la masacre de Rafah ha mostrado que la relación entre las ultraderechas españolas e Israel es cada vez más estrecha. El gurú que tejió esa relación es Bardají, que salió del Comité Ejecutivo de Vox en 2020, tan discretamente como entró en él en 2018, y que ahora es consejero de administración de Expal Systems SA, la antigua Explosivos Alaveses, rama armamentística de Maxam, la mayor empresa de explosivos de España. Varios administradores de Maxam, que fue señalada por Volodímir Zelensky por comerciar armas con Rusia, tienen hilo directo con Juan Carlos I, según eldiario.es.

Bardají siempre ha trabajado en la sombra para el sionismo. Tras licenciarse en Políticas, se fue a vivir a Estados Unidos, y a su regreso, en 1987, con apenas 28 años, creó la fundación Grupo de Estudios Estratégicos (GEES), donde hoy sigue escribiendo artículos favorables a Israel.


Fuente: Ctxt

sábado, 27 de septiembre de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes (14 de 20)

 

 Por  Pedro Costa Morata
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Conversaciones aguileñas con mi amigo Ángel Chuqué


Mi amigo Ángel y yo quedamos al mediodía para tomarnos algo y charlar de lo primero que se nos figura, casi siempre del pueblo y sus personajes, del tiempo y sus cosicas. Yo me dejo llevar y acepto como puedo el quedarme siempre corto, ya que mi ausencia del pueblo fue temprana y mi permanencia escasa. Por eso, Ángel me da sopas con honda y me ilustra cada día llenando mi cabeza y mi corazón de recuerdos y saberes brumosos o incompletos. Aunque, por ejemplo, hablando de tontos o de raros, sí podemos contrastar conocimientos y anécdotas, ya que en el imaginario popular esos personajes -además de ser siempre muy respetados- duran años y años, e ilustran a generaciones sucesivas.


Mi amigo Ángel y yo.

Un día hemos hablado de nuestro paso por La Regia, aquella tienda de zapatos y sombreros situada en la Glorieta, esquina al paseo y frente a la Caja del Sureste. Primero estaba de dependiente mi primo Paquito Franco, que cuando se fue al Banco (el Central, por supuesto), fue sucedido por Ángel cuando este tendría unos doce años, y al que, al volver a la Escuela por enfurruñarse con el jefe, Cristóbal el de la Regia, fue sucedido en el mostrador por mi primo Manolín, hermano de Paco; luego mi madre me “colocó” a mí, en el verano de 1962 con sus tres meses y sus seis reales de paga a la semana (1,50 pesetas, para los desmemoriados), con lo que tenía para uno o dos días de cine, o para el programa doble de los viernes (¡Día del Productor, con dos películas de las ya proyectadas durante la semana). El jefe tuvo el detalle, como un plus a mi -supongo- buen comportamiento, y puesto que en setiembre volvería a mi colegio de León y me vendría bien para el frío, de hacerme obsequio de un pasamontañas que llevaba años en la estantería (esperando en vano que un aguileño se lo llevara). Me tocó la liquidación de la tienda, que ya apenas vendía zapatos ni sombreros, y el jefe se volcó en su otra Regia, la de muebles, que iba viento en popa por la expansión urbana de Águilas.

También hablamos de deporte, sobre todo de fútbol, que entiende muy bien, como si fuera un técnico o un entrenador. Él es del Barça y yo me inclino por el Real Madrid, pero nuestra plática es analítica y leal, y nos damos siempre la razón. Al evocar aquellos años de nuestra -distante, distinta- adolescencia y primera juventud, y vemos cómo era el pueblo, desde su perspectiva desde Barcelona y la mía desde León, él se admira de mi vida de (involuntario) privilegiado, en la que el deporte era parte sustancial de la educación; Águilas y la provincia de Murcia eran un desierto en lo deportivo, y solo existía el fútbol como deporte practicable, y aun así en versión primitiva y pobre. Y le cuento cómo desde los diez años o así me pusieron a correr los 60 metros lisos, siguiendo luego con los 80, y sus relevos, para acabar, ya en mi colegio de Madrid, con los 100 metros lisos, y sus relevos, finalizando mi paso por el atletismo cuando la carrera de ingeniería ya me lo hizo imposible.


Costa entrega el testigo a Ponce, en los relevos 4 x 80 metros lisos (León, Estadio Hispánico, 1963).

Su madre y la mía eran muy amigas de jóvenes, en unos años en que vivieron en casas pegadas una con la otra, así que cuando nos vemos es como si las recordáramos y honráramos. Ángel, hijo de ferroviario, se fue a la Escuela de Aprendices de RENFE, en Barcelona, cuando le llegó la hora, que era lo que mi madre hubiera querido para mí: no perder la oportunidad, como hijo de ferroviario, de colocarme en RENFE, vía esa Escuela, vía la mili en el Batallón de Ferrocarriles: mis profesores no me aconsejaron nada de eso, sino que estudiara y estudiara. De ahí la íntima satisfacción de mi madre cuando, ya de consultor ambiental, realicé varios proyectos para RENFE, recorriéndome España de arriba abajo (y adjudicándome, por cierto, el primer estudio de impacto de la alta velocidad, el AVE a Sevilla). Pero es verdad que ella siempre añoró verme ir y venir a la Estación, desde nuestra casa a muy escasa distancia, convertido en “oficinista de RENFE”.

Otras veces analizamos con rigor no exento de espíritu crítico, asuntos de trámite, o sea, de la actualidad aguileña. Como el cuento inacabable del Centro Integral de Alta Resolución (CIAR), que da como miedo solo el nombre, y que cualquiera diría que es un centro sanitario de nivel intermedio, entre el local de Águilas y el comarcal de Lorca. Porque el edificio está terminado pero vacío y por supuesto sin personal, y esto está afilando la impaciencia del pueblo, con la seguridad de que esos de Murcia ya no saben qué inventar para chulearse de nuestra salud, ni a qué ineptos poner al frente de ella.

Este año hemos tenido que atender un hecho singular y sin precedente, sobre la mar y los peces. Mar calentica y peces que muerden, qué barbaridad, pero que no es ninguna fantasía. Me puso en alerta que mi vecina Paca, hermana de mi muy querido, y desaparecido, amigo Dominguico, de los Mayores de Calabardina, gente de la mar de siempre, me enseñara el tobillo, con una herida y una hinchazón que daban miedo; y me dice que le ha mordido un pez (bueno, ella, como yo, dice un pescao, que entre la gente aguileña, sea o no de mar, lo que está en el agua es un pescao, antes o después…). Y dos días después soy yo quien sufre el picotazo de un pececillo -un pescaico- así de mengajo y birrioso, pero que me hizo espantarlo alarmado sin que se tomara mucha prisa en alejarse, no, como con descaro y suficiencia sobre su agresividad nueva. Así que persisten las medusas (los “grumos”) y sus latigazos y se añaden los peces carnívoros. No sé a dónde vamos a llegar.

Un día, no sé cómo salió, evocamos el cabezo de las Picaeras, donde estaba el depósito del agua y al que trepábamos a la carrera cuando salíamos de la Doctrina, la preparación de la Primera Comunión, que recibíamos en la iglesia del Carmen, que era la capilla del Hospital; lo que me ha hecho recordar el día que, peleándonos por llegar arriba el primero, alguno de aquellos zagales me hinchó las narices, de tal manera que puse el catecismo hecho un Cristo de sangre (Por cierto, que hay al menos otro día en mi infancia en que me hincharon las narices, y fue un Carnaval, peleándome por no sé qué careta. Ahora veo que quizás yo no tenía mucho de pacífico, o que en trances de pelea no siempre salía bien parado...).


La Colla del Callejón/Paso a Nivel, en la playa del Hornillo (verano de 1966).

Así que estos raticos son muy, pero que muy buenos. Alternamos un día en el bar Zafiro, otro en el bar de mi primo Vicente, ya jubilado y en el que somos, casi, los únicos clientes, pero Vicente se arranca con su guitarra cuando se lo pedimos y le da la gana, lo que nos ambienta a los tres. Me acuerdo cuando, en mis estancias con mis padrinos y primos en la casa del Garrobillo, Vicente acudía hasta la Cuesta de Gos a recibir lecciones de un maestro, tras las agotadoras jornadas del campo. Cuando vamos a lo de Vicente, pasamos necesariamente por la esquina de los Poyetes (nombre popular de un legendario bar que ahí hubo, y del que me acuerdo muy bien), en cuya columna aislada, con muy poco de griega, se colocan las esquelas mortuorias de la gente del pueblo, que leemos atentamente (no vaya a ser alguna la nuestra...). Así que procuramos reírnos y no favorecer, más de la cuenta, la aviesa acumulación del tiempo, con sus pérdidas inevitables.

A Ángel le digo, cuando me cuenta sus cuitas de salud, que se queja en demasía, que está muy claro que disfruta de una “muy buena mala salud”, lo que le hace gracia; y para que no se desilusione, cuando halaga mi sana apariencia, me guardo mucho de transmitirle los estragos que me alcanzan. Así que hablamos, sobre todo, de aquellos tiempos, cuando éramos jóvenes: de cómo era el pueblo, de las sensaciones que nos producía la creciente marea estival de veraneantes, de las fiestas de agosto y sus novedades, de los cines y de algunas famosas películas generalmente del género prohibido, de la plaza de toros en sus estertores y, en total, de los veranos de antes.