Por
Gabriel
Zucman Si la Unión Europea quiere frenar las ambiciones del hombre de la Casa Blanca, tendrá que hacer algo más que protestar. Tendrá que innovar, y eso significa apuntar a los oligarcas estadounidenses
La idea de anexionar Groenlandia puede parecer una vuelta al imperialismo del siglo XIX. Pero la situación actual no tiene precedentes en algunos aspectos, tanto por las profundas relaciones económicas entre Europa y Estados Unidos como por la naturaleza idiosincrásica del actual ocupante de la Casa Blanca.
No hay una respuesta fácil a los espinosos retos que plantea el expansionismo trumpista. Por lo tanto, el primer paso debe ser la humildad.
El segundo es tener claro qué es lo que realmente impulsa esta presión sobre Groenlandia.
La sociedad estadounidense no tiene ningún interés en anexionar Groenlandia. La idea no entusiasma a casi nadie, ni siquiera dentro de las filas republicanas. A diferencia de la campaña contra Nicolás Maduro en Venezuela, Groenlandia no encaja en una cruzada ideológica capaz de movilizar a la derecha estadounidense. Dinamarca no es un Estado enemigo. Es un aliado leal.
Por lo tanto, la explicación hay que buscarla en otra parte.
Como ha demostrado Casey Michel en The New Republic, las verdaderas fuerzas en juego son económicas. Las empresas extractivas estadounidenses codician la riqueza mineral de Groenlandia. Los multimillonarios de la tecnología y Wall Street cercanos a Trump ya han invertido allí. Y parte de la derecha libertaria fantasea con convertir Groenlandia en un patio de recreo desregulado para el capital.
Este patrón no es del todo nuevo. Estados Unidos ya lo ha visto antes.
Durante la Edad Dorada (1870-1913), la extrema concentración de riqueza en el país coincidió con la expansión en el extranjero. Esa época, tan a menudo idealizada por Trump, fue también la era del colonialismo estadounidense, marcada por la anexión de Hawái, Puerto Rico, Guam y Filipinas.
Hawái, en particular, ofrece un precedente revelador. Su anexión fue orquestada por los magnates azucareros estadounidenses, que encubrieron sus intereses comerciales con el lenguaje de la geoestrategia y la seguridad nacional.
No hay necesidad de reducir el imperialismo únicamente a la economía. Pero la historia demuestra que cuando se celebran la desigualdad, la especulación y el extractivismo, pronto se produce una expansión más allá de las fronteras nacionales.
La diferencia entre la Edad Dorada y la era de Trump no es de naturaleza, sino de escala.
En 1910, el 0,00001 % más rico de los estadounidenses poseía una riqueza equivalente al 4 % de la renta nacional de Estados Unidos. Hoy en día, esa cifra ha aumentado hasta el 12 %. La riqueza y el poder de los oligarcas superan con creces su máximo alcanzado en la Edad Dorada.
Nota de lectura: Este gráfico muestra la evolución de la riqueza que posee el 0,00001 % más rico de los estadounidenses (es decir, las 19 mayores fortunas en 2025 y las 4 mayores en 1913), expresada como porcentaje de la renta nacional de Estados Unidos. Fuente: Emmanuel Saez y Gabriel Zucman, véase https://gabriel-zucman.eu/files/SaezZucman2020JEP.pdf
¿Qué se puede hacer?
La historia ofrece poco consuelo. Los movimientos antiimperialistas de finales del siglo XIX y principios del XX no lograron detener la expansión colonial, un fracaso que, en última instancia, contribuyó a la catástrofe de la Primera Guerra Mundial.
No hay una respuesta preparada. Europa debe inventarla.
La opción más prometedora es lo que podríamos llamar proteccionismo antioligárquico: construir un amplio frente antiimperialista que una a los oponentes internos de Trump con los países a los que amenaza.
Trump ha dejado claras sus intenciones. Planea apoderarse de Groenlandia, por consentimiento o por la fuerza. Ahora amenaza a ocho países europeos que se oponen a ello (Francia, Reino Unido, Alemania, Países Bajos, Suecia, Dinamarca, Noruega y Finlandia) con aranceles del 10 % a partir de febrero, que aumentarán al 25 % en junio.
Si el imperialismo está impulsado por el poder oligárquico, entonces hay que hacer frente al poder oligárquico.
Europa debería responder al chantaje de Trump con medidas específicas dirigidas no a los consumidores estadounidenses, sino a los multimillonarios estadounidenses.
El acceso al mercado europeo –por parte de los multimillonarios y las empresas de su propiedad– debería condicionarse al pago de un impuesto sobre el patrimonio: en efecto, un arancel para los oligarcas.
Si Elon Musk, por ejemplo, quiere seguir vendiendo Teslas en Europa, debería pagarlo. Si se niega, Tesla perdería el acceso al mercado europeo.
Este enfoque es factible y eficaz. El acceso al mercado podría condicionarse simplemente a que las multinacionales extranjeras identificaran a sus principales accionistas y proporcionaran pruebas de que se ha pagado el impuesto requerido.
Esta política tendría sentido incluso si Groenlandia no estuviera en juego. Lógicamente, debería aplicarse a todos los multimillonarios y a todas las multinacionales, no solo a los estadounidenses. Pero el expansionismo de Trump crea el momento político para actuar.
¿Cuáles son las alternativas?
No hacer nada invita a un chantaje sin fin. Europa lo está aprendiendo por las malas: en el verano de 2025 aceptó los aranceles estadounidenses sin represalias con la esperanza de resolver el asunto. El resultado no fue la estabilidad, sino la escalada. La extorsión trumpista no tiene un final natural.
Las herramientas existentes, como el mecanismo anticontracoacción de la UE, tienen un papel útil que desempeñar. También lo tienen el avance en la creación de un mercado profundo de eurobonos y la tributación adecuada de los gigantes tecnológicos. Pero el proteccionismo antioligárquico tiene una ventaja decisiva: abre una lucha en dos frentes contra Trump, en el ámbito nacional y en el internacional.
Al centrarse en la riqueza oligárquica en lugar del orgullo nacional, Europa puede frenar la capacidad de Trump para movilizar el resentimiento nacionalista y reunir a parte de la opinión pública estadounidense en torno a su agenda imperial.
Sigue existiendo el riesgo de que Trump tome represalias abandonando Ucrania, una amenaza que ya ha condicionado la reticencia de Europa a responder.
Pero la respuesta a ese problema no ha cambiado. Europa debe asumir la responsabilidad de su propia defensa y librar una guerra económica contra el poder estatal ruso: identificar los activos de los oligarcas, confiscarlos y gravar las grandes fortunas europeas para financiar la seguridad colectiva.
La lección se expuso hace décadas en el Manifiesto de Ventotene y no ha perdido nada de su fuerza: los momentos de crisis exigen el valor de descartar ideas obsoletas, aceptar lo impensable y rechazar los sistemas que ya no funcionan.
Fuente: Ctxt





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