Historiador
italiano. Doctor en Historia y profesor en la Universidad Autónoma
de Barcelona.
Construida
sobre las ruinas del neoliberalismo, se asemeja al imperialismo del
siglo XIX. La extrema derecha es el actor principal, los
tecnoligarcas se apoderan del Estado y la religión vuelve a ser arma
política
El
regreso de Trump a la Casa Blanca en enero de 2025 marcó el comienzo
de una nueva era. Nuestro “mundo
de ayer”, por decirlo con Stefan Zweig, ha terminado. Kaputt.
Conviene darse cuenta lo antes posible. Hemos entrado en una nueva
fase histórica, cuyas características son, naturalmente, aún
inciertas. Intentaré esbozar sus contornos a partir de diez tesis.
Trump en un discurso en Washington, D. C.
1.
El neoimperialismo sustituye al orden liberal global
El
orden liberal global creado al final de la Segunda Guerra Mundial
–frágil, perfectible, a menudo no respetado– es sustituido por
una lógica imperial regida por una mezcla de ley de la selva –el
más fuerte se impone– y reparto de zonas de influencia –se ha
definido la nueva doctrina trumpista como “geopolítica
hemisférica”–
y un enfoque transaccional. Ucrania, Venezuela, Taiwán y Gaza lo
demuestran. Probablemente sean solo el comienzo. El enfoque
diplomático y el multilateralismo son cosa del pasado: a los
organismos supranacionales como las Naciones Unidas ya no se les
reconoce ninguna autoridad, ni siquiera formal. Ha llegado “la hora
de los depredadores”, por citar a Giuliano da Empoli.
Geopolítica hemisférica: comprender la doctrina Trump.
Si
queremos hacer un paralelismo histórico, la nueva era se asemeja a
la época del imperialismo de finales del siglo XIX: no por
casualidad, Make
Colonialism Great Again es
un eslogan que circula en los círculos MAGA. En el caso de los
Estados Unidos, sin embargo, se trataría de un hiperimperialismo, es
decir, un nuevo tipo caracterizado por una hegemonía militarizada,
coercitiva y tecnológicamente impuesta sobre el Sur Global debido a
la fase de declive que atraviesa el Norte
Global.
Por lo tanto, no se trataría de un retorno a la época imperialista
clásica ni al anterior orden westfaliano, sino más bien de la
instauración de un sistema internacional “neomonárquico”
estructurado por un pequeño grupo de élites hiperprivilegiadas que
buscan legitimarse apelando a su excepcionalidad con el objetivo de
crear nuevas
jerarquías materiales y de estatus.
2.
El neoliberalismo ha allanado el camino al nuevo autoritarismo
Los
cimientos de la nueva era se están construyendo sobre las ruinas del
neoliberalismo. Hemos llegado a este punto tras tres décadas de
hegemonía neoliberal que, a fuerza de golpes de piqueta y
motosierra, ha derribado los muros de carga del edificio que con
tanto esfuerzo se construyó después de 1945. En primer lugar, las
políticas neoliberales –privatizaciones, precariedad laboral,
reducción del gasto social, etc.– han debilitado el modelo de
Estado del bienestar, aumentando las desigualdades y rompiendo la
cohesión social. Todo ello, en segundo lugar, se ha visto reforzado
por el hecho de que, como ideología, por muy “invisible” que
sea, el neoliberalismo ha inculcado una serie de valores, como el
individualismo exacerbado y la competitividad extrema hasta el punto
de sellar una alianza con los sectores etnonacionalistas e
identitarios de la derecha. En tercer lugar, el concepto mismo de
democracia ha sido vaciado de su componente social: la democracia
formal –el respeto de (algunas) normas y procedimientos– ha
sustituido a la democracia sustantiva, cuyo objetivo es la igualdad.
En
cuarto lugar, en un contexto marcado por la globalización
neoliberal, el poder efectivo se ha desplazado hacia las élites
económicas, con la consiguiente configuración de un sistema
posdemocrático, en el que los cuerpos intermedios –partidos,
sindicatos, asociaciones de la sociedad civil– se han ido
desmoronando poco a poco, la participación se ha evaporado y la
personalización de la política, facilitada también por la
transformación de los medios de comunicación, ha favorecido la
aparición de fenómenos “populistas”. Por último, las políticas
neocons posteriores al 11-S de 2001 –guerra contra el terrorismo,
invasiones de Afganistán, Irak, Libia– han erosionado el orden
internacional, fracasando estrepitosamente en su intento de exportar
la democracia liberal.
Como
alertó Mark Lilla desde una perspectiva puramente estadounidense, al
modelo rooseveltiano le sucedió a finales de los años setenta el
modelo reaganiano que, aunque entró en declive con la Gran Recesión
de 2008, hasta hace poco aún no había encontrado un sustituto. En
retrospectiva, el obamismo fue
el último intento de mantener en pie un paradigma en declive,
renovando solo su fachada, pero sin cambiar su esencia.
3.
Los tecnoligarcas se apoderan del Estado
En
la era del neoliberalismo triunfante, la connivencia entre el poder
político y el poder económico ha sido evidente. Ha habido
resistencias, más o menos fuertes según los países. Se ha
mantenido (no siempre, todo sea dicho) una apariencia de respeto por
las reglas del juego: las influencias de las élites económicas eran
visibles, pero se intentaba (al menos un poco) disimularlas. En la
nueva era, en cambio, lo que se quiere hacer, se hace y se dice, sin
ocultarlo. Esto se aplica tanto a la geopolítica como a las
relaciones con los poderes económicos.
Por
un lado, Trump bombardea Caracas y arresta a Maduro para controlar
directamente los pozos petrolíferos venezolanos: la palabra
“democracia” no aparece en sus discursos y no es ni de lejos uno
de sus objetivos, aunque fuese solo de fachada. Por otro lado,
los robber
barons del
tercer milenio han establecido explícitamente una alianza
estratégica con los nuevos líderes autoritarios: los tecnoligarcas
de Silicon Valley no solo quieren llenarse los bolsillos de dinero,
sino que, en primer lugar, defienden abiertamente proyectos
autoritarios y antidemocráticos –nuevas monarquías absolutas
eficientistas gobernadas por reyes-CEO, siguiendo el modelo de Qatar
o Singapur, según las teorías de uno de sus principales
intelectuales-cortesanos, Curtis Yarvin– y, en segundo lugar,
quieren ser “intelectuales
legisladores”, como afirma Evgeny Morozov.
Elon Musk y Javier Milei en la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC).
En
pocas palabras, con Peter Thiel, Elon Musk, Marc Andreessen y Alex
Karp, hemos pasado de la unión entre la política y la economía de
tipo neoliberal “clásico” a la voluntad explícita de capturar
el Estado mediante la creación de un “complejo
tecnológico autoritario”
que tiene como objetivo controlar las infraestructuras de gobernanza.
4.
Las autocracias electorales sustituyen a las democracias
En
la nueva era, la democracia, incluso en su versión formal, se
considera un mero adorno. De hecho, se ha reducido a una sombra de lo
que fue. Ya en la era del neoliberalismo en declive, es decir, desde
2008 en adelante, el porcentaje de la población mundial que vive en
democracia ha disminuido continuamente hasta alcanzar un mísero y
preocupante 28
% en 2024.
La tendencia es evidente. Desde hace unos veinte años estamos
viviendo la primera gran ola de autocratización posterior a la
Segunda Guerra Mundial, es decir, cada vez más países se convierten
en autocracias electorales. Esto es, mantienen una apariencia de
respeto por las reglas democráticas –incluso en la Rusia de Putin
se celebran elecciones–, pero la democracia es, en el mejor de los
casos, una cáscara vacía. Nos guste o no, la era que se ha iniciado
quiere ser la era de las autocracias.
La población mundial que vive en democracia ha disminuido continuamente hasta alcanzar un mísero y preocupante 28 % en 2024.
5.
La extrema derecha es el actor principal de la nueva era
Junto
con los líderes fuertes –léase autoritarios– que están en el
poder en medio mundo –Putin, Xi Jinping, Erdogan, Modi, los
petromonarcas del Golfo, etc.–, en Occidente es la extrema derecha
la que mejor representa esta nueva era. De hecho, avanza
electoralmente en todas partes y ha llegado al poder en varios
países: desde Estados Unidos hasta Argentina, desde Israel hasta
Italia, desde Hungría hasta El Salvador y Chile. En cuanto tiene la
posibilidad, instaura sistemas electorales autocráticos: se erosiona
la separación de poderes, se ataca el pluralismo informativo,
desaparecen los derechos para amplios sectores de la población. El
líder fuerte se presenta como representante del pueblo, desprecia
los controles democráticos y pone en marcha un proyecto
etnonacionalista reaccionario.
Aunque
existen divergencias y peculiaridades nacionales –al fin y al cabo,
cada partido es fruto de las culturas políticas de su propio país–,
la extrema derecha debe entenderse como una gran familia global. Las
referencias ideológicas y las estrategias políticas y comunicativas
utilizadas son, de hecho, las mismas. Además, participan en las
mismas redes transnacionales formadas por fundaciones, institutos
y think
tanks que
en los últimos años han trabajado incansablemente para elaborar una
agenda común, exportable y adaptable a los diferentes contextos:
véanse la Heritage Foundation o la red National Conservatism.
Además, Trump, Milei, Bukele, Orbán, Netanyahu, Meloni, Abascal,
Ventura, Weidel, Le Pen, Farage, Wilders, Bolsonaro, Kast y compañía
creen que están librando la misma batalla contra enemigos comunes,
es decir, la izquierda, el liberalismo, el globalismo, el wokismo y
lo políticamente correcto. Sus coaliciones parecen frágiles porque
a menudo están formadas por sectores con intereses diferentes
–pensemos en el trumpismo–, pero por el momento la esperanza de
que se desmoronen no es más que un deseo inalcanzable.
6.
Más que fascismo, se trata de la renovación del pensamiento
antiilustrado
A
menudo se repite que lo que estamos viviendo es el retorno del
fascismo, más o menos bajo otros ropajes. Aunque existen elementos
de continuidad entre el fascismo histórico y la extrema derecha del
tercer milenio –en algunos países más que en otros–, el
concepto de “fascismo
eterno”
propuesto hace más de treinta años por Umberto Eco nos lleva por
mal camino. Como señala Santiago Gerchunoff, el uso compulsivo del
término –en sus más diversas variantes: fascismo tardío,
fascismo fósil, tecnofascismo, etc.– muestra más bien “el deseo
de encontrar una palabra mágica que conjure el peligro de
abstracción de nuestro mundo y que, al mismo tiempo, cierre
cualquier discusión”. Nos tranquiliza, por así decirlo, llamar
fascistas a las nuevas extremas derecha porque, en cierto sentido,
nos da la falsa certeza de saber a qué nos enfrentamos.
Estatua en el foro itálico de Roma.
Ahora
bien, las características de la nueva era no son las mismas que las
del período de entreguerras: ha pasado ya un siglo desde los
regímenes de Hitler y Mussolini. El mundo ha cambiado profundamente
y nuestras sociedades lo han hecho en consecuencia: la política de
masas ya no existe, la atomización es el sello distintivo de la
nueva era. Por otra parte, ni siquiera en el pasado, en ese “mundo
de ayer” muerto y enterrado, todos los autoritarismos eran
fascistas. Digámoslo así: se puede ser reaccionario, nacionalista,
autoritario y antidemocrático sin ser necesariamente fascista. Pero
esto no hace que la situación sea menos grave. Lo que tenemos ante
nuestros ojos es una nueva extrema derecha que defiende un
autoritarismo posliberal eficientista y antiigualitario. Sus raíces
se hunden en el pensamiento antiilustrado y en el reaccionarismo
antiliberal de finales del siglo XVIII. En definitiva, se trata de
una cultura política –plural, heterogénea– de larga trayectoria
que se ha nutrido de diversas fuentes.
7.
El extremismo es el nuevo mainstream
En
las últimas décadas, las ideas extremistas se han normalizado. La
ventana de Overton se ha desplazado radicalmente hacia la extrema
derecha: ideas que se consideraban inaceptables se han convertido en
sentido común y, como último paso, se incluyen en el ordenamiento
jurídico. En Rusia y Hungría, la homosexualidad se compara
legalmente con la pedofilia. En Estados Unidos, declararse
antifascista implica ser considerado miembro de un grupo terrorista.
Ya casi no escandaliza que importantes influencers MAGA
afirmen en público que las mujeres no deberían tener derecho de
voto, que el presidente argentino Javier Milei considere la justicia
social un cáncer que hay que erradicar o que miembros del Gobierno
israelí definan a los palestinos como
“animales” y
reivindiquen un genocidio en mundovisión. Las fantasías
conspirativas se afirman a diestro y siniestro, empezando por la del
Gran Reemplazo, según la cual las élites globalistas están
llevando a cabo un plan para sustituir a la población europea por
inmigrantes musulmanes. El presidente de la primera potencia mundial
puede repetir que quiere anexionarse otros territorios, incluso de
países aliados, como Groenlandia o Canadá, obviando el derecho
internacional. Los referentes intelectuales de la nueva extrema
derecha, como
Curtis Yarvin,
encuentran adeptos al afirmar que las democracias deberían ser
sustituidas por nuevas monarquías absolutas y que los pobres
deberían ser encerrados en una habitación y conectados día y noche
a la realidad virtual.

Curtis Yarvin, el profeta de la nueva reacción.
La
nueva era no es solo la época de la posverdad, la desinformación y
los bulos, sino también aquella en la que el extremismo se ha
convertido en mainstream.
Además de las consecuencias de la hegemonía neoliberal, no se puede
entender este cambio sin tener en cuenta el impacto de las nuevas
tecnologías, que han permitido la viralización de ideas y
narrativas extremistas y, por lo tanto, la normalización de la
extrema derecha y el autoritarismo. No por casualidad, las dos
últimas palabras del año del Oxford Dictionary fueron, en
2024, brain
rot,
es decir, “podredumbre cerebral” o “cerebro podrido”, en
relación con el deterioro mental debido al consumo excesivo de
contenidos online de baja calidad, y, en 2025, rage
bait,
es decir, “cebo de ira”, en referencia a los contenidos online
creados para causar indignación y generar reacciones emocionales
fuertes, aprovechando la polarización y el funcionamiento de los
algoritmos de las plataformas sociales.

Trump en el Despacho Oval frente a Starmer, Meloni, Von Der Leyen, Merz, Macron, Stubb, Zelenski y Rutte.
8.
Los partidos y las instituciones democráticas viven una parálisis
incapacitante
A
pesar de algunas victorias electorales y algunas decisiones
acertadas, la mayoría de los partidos e instituciones democráticas
no se han dado cuenta de que todo ha cambiado. Razonan con los viejos
paradigmas y proponen recetas de antaño que, además de ser poco
realistas en estos años veinte del siglo XXI, ya no tienen ningún
atractivo, ni siquiera entre quienes las defienden.
El establishment liberal
ha visto cómo se le desmoronaba el terreno bajo sus pies, pero en
lugar de dar un salto –o, al menos, intentarlo, como ha instado en
repetidas ocasiones Mario
Draghi,
uno de los pocos exponentes lúcidos de las viejas élites–,
intenta aferrarse al último trozo de roca, lo que, en el mejor de
los casos, solo conseguirá prolongar su agonía. El ejemplo más
claro es la respuesta de la Comisión Europea a las amenazas de
Trump, con Ursula
Von der Leyen arrodillándose en un campo de golf escocés ante
los dictados del nuevo autoproclamado emperador de Mar-a-Lago, y Kaja
Kallas fingiendo que nada ha cambiado en las relaciones entre
Bruselas y Washington.
En
el peor de los casos, mostrando una increíble miopía,
el establishment liberal
intenta copiar a la extrema derecha con el objetivo de evitar ser
canibalizado y superar lo que cree que es un huracán pasajero, lo
que acaba por allanar el camino al autoritarismo posliberal. Así,
vemos a una derecha democrática en claro declive y en profunda
crisis de identidad –desde Merz hasta Macron, desde Tusk hasta Von
der Leyen– e incluso a una parte de la izquierda socialdemócrata
que ha perdido completamente el rumbo –desde Starmer hasta
Frederiksen– aprobando políticas conservadoras y reaccionarias en
materia de inmigración, defensa, seguridad, derechos o medio
ambiente. A pesar de sus errores e incapacidades, son muy pocos
–Lula, Sánchez, Sheinbaum, Petro, Mamdami– los que parecen
entender el quid de la cuestión: nada volverá a ser como antes.
9.
La religión vuelve a ser un arma política
La
nueva era se caracteriza por la renovada centralidad del uso político
de la religión en todas las latitudes. Si bien el tema no es nuevo
en el mundo musulmán o hindú, sin duda lo es en Occidente, donde,
tras décadas de secularización, habíamos dado por amortizada la
religión. Aunque aumenta el número de ateos y agnósticos, los
nuevos líderes autoritarios utilizan la religión más que nunca,
amparándose en la supuesta protección de Dios, como nuevos monarcas
absolutos por la gracia divina.
Funeral de Charlie Kirk el 21 de septiembre de 2025 en Arizona.
Encontramos
sus variantes más dispares tanto en el mundo católico como en el
protestante, evangélico y ortodoxo, pero también en el judaísmo,
el hinduismo o el islamismo: la bendición de la invasión de Ucrania
por parte del patriarca Kirill; las referencias al Antiguo Testamento
de Netanyahu para justificar el genocidio de Gaza o la ocupación de
Cisjordania; el uso que Modi hace del hinduismo; Trump, que se
considera salvado por Dios por haber escapado al intento de asesinato
de Boulder; Milei citando compulsivamente la Torá; Bolsonaro
bautizándose en el río Jordán; la defensa de la identidad
cristiana de Hungría e Italia por parte de Orbán y Meloni; las
referencias a la Reconquista de Abascal y Ventura... Pero, sin salir
de Estados Unidos, basta pensar en el funeral del
supremacista blanco Charlie Kirk,
en los tatuajes del secretario de Guerra, Pete Hegseth –la
inscripción “Deus Vult” y la cruz de Jerusalén, símbolo del
supremacismo blanco y referencia a las cruzadas medievales– o
en las
elucubraciones pseudoteológicas de Peter Thiel sobre
el apocalipsis y el Anticristo. Un nuevo tipo de nacionalismo
cristiano, que va de la mano del sionismo judío, está cada vez más
presente con pensadores como Yoram Hazony o Rod Dreher y cada vez más
activo también en las bases de la extrema derecha. Es una religión
declinada de forma agresiva, excluyente e identitaria.
10.
La respuesta al ‘¿Qué hacer?’ solo
puede ser colectiva
La
respuesta a la vieja pregunta leninista no caerá del cielo, ni será
formulada por ningún intelectual. Solo podrá surgir de la sociedad,
es decir, solo podrá ser colectiva. Me temo que llevará tiempo
–seguramente años, probablemente una generación–, porque lo que
hay que reconstruir, desde el punto de vista material y de valores,
aumenta cada día que pasa. Ilusionarse con que una derrota de la
extrema derecha en una elección concreta signifique un punto de
inflexión es solo una mera ilusión. Mientras tanto, al menos se
puede evitar caer en el abismo.
Los
partidos democráticos deberían evitar ceder a los cantos de sirena
de la extrema derecha y defender las instituciones y los derechos
conquistados. Las instituciones europeas deberían oponerse con
fuerza al neoimperialismo autoritario estadounidense, evitando la no
solución del apaciguamiento –un suicidio lento– y saliendo del
letargo de la “vasallización
feliz”:
ahora mismo, hay que desengancharse de lo que se ha convertido en el
lazo atlántico, construir una verdadera autonomía estratégica –que
no puede ser solo militar y, mucho menos, sobre bases nacionales– y
defender lo que queda del multilateralismo abriéndose a los actores
democráticos del Sur Global. Como mínimo, se debería intentar
gobernar la economía –redistribuyendo la riqueza y reduciendo las
desigualdades– y situar en el centro de la acción política la
cuestión medioambiental –que ahora ha pasado a un tercer plano–
y la tecnológica con todo lo que ello conlleva –el fin de la
dependencia de las Big Tech estadounidenses, cuyos proyectos
autoritarios deben combatirse sin vacilaciones, y la reducción de la
brecha con China–.
Sin
embargo, es necesario replantearse completamente los paradigmas
existentes: los antiguos ya no funcionan en esta nueva era. Por lo
tanto, hay que empezar desde cero: reconstruir la sociedad –ahora
licuada, atomizada–, crear un sentido de comunidad –que no sea el
identitario y etnonacionalista de la extrema derecha–, volver a
librar la batalla de las ideas –la extrema derecha lo lleva
haciendo desde hace años y ahora está cosechando los frutos–,
tejer alianzas y redes transnacionales –porque la solución no
puede ser solo local–. Todos debemos sentirnos involucrados.
Volviendo
a las tres categorías de Hirschman, la “salida” no es una opción
porque significaría dejar el campo libre para la imposición
definitiva del nuevo orden autoritario, y la “lealtad” tiene poco
sentido porque el establishment actual
no tiene ideas o sufre una parálisis incapacitante. La única
posibilidad es la “voz”, es decir la participación y la
protesta.
Este debe ser el punto de partida.
Fuente:
Ctxt