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sábado, 12 de septiembre de 2026

Adiós a la solidaridad

 

      Ecologista social.


     La derecha más rancia y casposa ha reaccionado con manifestaciones racistas frente a la realidad de una masacre en la frontera marítima de Ceuta. Ha definido como invasores a personas en situación de vulnerabilidad o, en todo caso, movilizadas en un contexto de dejación o permisividad policial marroquí. Ha ignorado la muerte de alrededor de 140 personas en su intento por cruzar la frontera. Ha alentado la persecución organizada e incluso la cacería de inmigrantes. Ha lanzado bulos y fomentado la fobia social en redes. Se ha negado a participar en la acogida de los traslados de menores desde Ceuta a sabiendas de la desprotección y el desbordamiento que la situación ha generado.


Ceuta.

Al margen de la utilización política de la frontera por parte de una monarquía autoritaria —razón de más para pensar que puede haber motivos para buscar refugio más allá de una dictadura—, los agentes subversivos del odio están intentando desestabilizar la capacidad de empatía social en beneficio de unas élites que lo único que buscan es gobernar este país «como dios manda» y, a ser posible, al estilo del golpe del 36 (ya no les vale con seguir apuntalando el régimen de la Transición).

Tal vez haya una escasez de neuronas afectivas en todos y cada uno de estos agentes, pero más allá de patologías sin tratamiento posible, el resultado de que asuma el poder la parte más oscura, menos racional y más insensible del ser humano, es el que estamos viendo en muchos de los países en los que, tal y como podemos comprobar cada día, no solo sufren los migrantes, también gran parte de la población que se dice autóctona, la cual es tratada con desprecio, privada de oportunidades y expuesta a los caprichos del autocolonialismo de las grandes corporaciones, también llamadas fondos buitre.

Quienes nos aferramos a la esperanza de que la realidad pueda compadecerse, al fin, de los desposeídos del mundo, no podemos dejar de sentir tristeza frente al hecho de ver cómo una parte de la sociedad ha reaccionado y seguirá reaccionando con furia desmedida en contra de los derechos de otras personas. ¿Cómo mirar para otro lado a sabiendas de que hay una infancia que deambula por las calles de Ceuta sin auxilio ni cobijo? Quienes sentimos esta tristeza, ¿pertenecemos a la misma especie que esos seres infectados de ira que tratan de borrar la condición humana de aquellos que consideran diferentes?

Podríamos exponer aquí cientos de argumentos para desterrar la xenofobia desde la lógica o desde el sentido común, pero nada de lo que se diga vale como argumento en el universo del cinismo y la contradicción: quienes siembran la rabia en redes usan un móvil fabricado en un país asiático con decenas de componentes extraídos de las minas de cualquier territorio pobre, quienes ostentan su capacidad de ser españoles y muy españoles viajan en autos que se mueven con recursos inexistentes en la Iberia taurina, quienes aman la bandera y las tradiciones y toda esa parafernalia que al parecer nos distingue de otros lugares resulta que comen fruta importada de África y recolectada por manos no españolas, quienes más se enfurecen en bares, en tertulias de televisión o en reuniones de familia, también necesitarán en algún momento de su existencia a esas personas a las que verbalmente denigran. Y quienes aplauden o alientan la agresión bárbara —como la quema de campos de refugiados— tal vez en un futuro sean abandonados por sus vástagos éstos cuando apliquen en la práctica la lección recibida.

Las concentraciones de odio llegaron hasta en el pueblo más pequeño de la España, patrocinadas por facciones de partidos amorales con raíces franquistas, y que encuentran en la ya de por sí caciquil atmósfera rural el lugar perfecto para extender su propaganda. Sí, lo han oído bien, hasta en los pueblos más pequeños de las provincias más despobladas y más necesitadas de personas, se concentraron las personas para protestar contra otras personas.

No sabemos hasta qué punto puede dañar la inteligencia la consciencia de ver cómo este movimiento de regreso al fascismo se va abriendo paso en nuestras sociedades desde lo primario, lo ancestral, lo cavernario y lo más rastrero. Lo que sí intuimos es que los valores más valiosos de nuestra especie: la bondad, la búsqueda de la verdad o la solidaridad, pero sobre todo la solidaridad, se están echando a perder por el gran retrete de este capitalismo herido de muerte. Y este proceso acontece sin la observancia de las leyes vigentes.

La entrada irregular en Ceuta no concede por sí misma el derecho a residir en España ni el derecho automático de traslado o libre circulación hacia la Península o el resto de Europa pero las personas que acceden entran automáticamente bajo la jurisdicción de las leyes españolas y comunitarias. Esto implica que la persona migrante adquiere una serie de derechos procesales y de asistencia fundamentales antes de que se pueda determinar si procede su devolución o su permanencia.

‘La madre del emigrante’. Escultura de Ramón Muriedas ubicada en Gijón.

Está prohibida la expulsión colectiva y las autoridades deben identificar a cada persona individualmente, reseñar sus datos y abrir un expediente específico para evaluar su situación particular. Así mismo, tiene derecho a solicitar protección internacional. Si formaliza esta solicitud, su proceso de devolución queda paralizado de inmediato hasta que se resuelva si es admitido a trámite. Tiene derecho a asistencia jurídica y de interpretación, es decir, tiene derecho a contar con un abogado (de oficio si carece de recursos) y con un intérprete en su propio idioma. Además, tiene derecho a la no devolución en caliente en caso de haber entrado a nado y sin superar una barrera o elemento físico de contención. También tienen derecho a asistencia humanitaria y sanitaria básica. Y por último, en el caso de menores no acompañados, el Estado tiene la obligación legal específica de protegerlo bajo los principios del interés superior del menor, lo que impide su devolución automática y obliga a tramitar un proceso riguroso antes de cualquier reagrupación familiar, unas consideraciones que son idénticas para víctimas de trata de personas.

Para la solidaridad, estas leyes podrían ser infinitamente mejores. Para la insolidaridad son, al parecer, demasiado humanas, y por eso la deshumanización trata de forzar la desobediencia hacia ellas, sin tener en cuenta ni la historia ni el futuro, esa que tanto se ignora y ese que da tantas vueltas.


Fuente:
Tercera Información

domingo, 30 de agosto de 2026

La tormenta perfecta de Ceuta: un mes de crisis para alimentar el odio y la violencia contra los migrantes

 

      Redactora de Vivienda y Memoria Histórica en Público.


La crisis humanitaria en Ceuta ha desatado un profundo choque político y social marcado por el repunte de los discursos xenófobos, las críticas a la gestión institucional y la preocupación por el deterioro de la convivencia


Mobiliario urbano y enseres arden en Ceuta durante una manifestación para protestar por la situación provocada por la llegada masiva de migrantes. 27.08.2026.


     Entre el 30 y el 31 de julio, 72.000 personas cruzaron la frontera que separa Marruecos de la ciudad autónoma de Ceuta. Lo hicieron a pie o nadando con pequeños flotadores. La incursión se saldó con 145 fallecidos -según datos de Caminando Fronteras-, confirmándose como una de las mayores tragedias migratorias de la ciudad. Otros tantos se encontraron con una ciudad incapaz de darles asistencia. El Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) arrastraba días de problemas de sobreocupación, así que calles, playas y parques se convirtieron en campamentos improvisados. El 29 de julio, antes incluso de que se produjera la entrada masiva, el presidente de Ceuta ya hablaba de "colapso".

La mayoría eran chicos jóvenes y menores, aunque también cruzaron niñas y familias enteras que se encontraron con la misma problemática. Ante la falta de recursos, en los días siguientes se produjo un gran flujo de retorno, aunque un mes después todavía son miles las personas que siguen durmiendo al raso y que subsisten gracias a la ayuda de vecinos y ONG.

Uno de los mayores asentamientos se concentró en la playa de El Trampolín, donde el pasado jueves un grupo de ceutíes quemó las camas improvisadas y los pocos enseres que tenían los migrantes. El grupo violento se había concentrado en esta zona tras acudir a una manifestación en contra del Gobierno. Minutos antes de este incidente habían tratado de evitar que voluntarios de Cruz Roja repartieran comida en la zona. Este viernes otro grupo se acercó o a la misma zona con consignas como “Invasores, expulsión”, pero no hubo brotes de violencia.

La crispación y la polarización no han hecho más que aumentar en estas cuatro semanas, convirtiendo a esta pequeña ciudad de 84.000 habitantes en una olla a presión. La normalidad está lejos de retomarse, como admitió a finales de semana Félix Bolaños, ministro de la Presidencia. El Gobierno central no puso en marcha el mando único hasta el martes pasado y todavía no se ha podido trasladar a la Península a los miles de menores que llegaron esos días a Ceuta, entre ellos al menos 500 niñas. Esta semana también se conocía la denuncia de 16 agresiones sexuales en lo que va de mes, algunas con estas menores como víctimas.

En medio de toda esta situación, desde la derecha han aprovechado para atacar al Gobierno y su política migratoria. El Partido Popular se ha negado en todo momento al reparto obligatorio de menores migrantes, una postura compartida también por Vox. Los populares piden reformar la ley de Extranjería para garantizar el rechazo en frontera y plantean como única alternativa la repatriación de todos los migrantes. Ante el aumento de la tensión social y mensajes ambiguos de sus dirigentes, finalmente los populares hicieron un "llamamiento firme a la calma" el viernes, aunque sin dejar de dirigirse a los migrantes como "invasores". "Quien piense que con la violencia ayuda a Ceuta se equivoca. Solo da alas a los que pretenden señalar a los invasores como víctimas cuando las víctimas verdaderas somos los ceutíes", afirmaba el diputado popular Jesús Celaya Brey. 

Una crisis humanitaria lejos de resolverse

En cuestión de horas la entrada masiva de personas en Ceuta se convirtió en una emergencia sanitaria y social aguda, con todos los servicios al límite. Precisamente las posibles instalaciones para albergar a quienes han decidido quedarse o están pendientes de que avancen sus peticiones de asilo fueron motivo de discusión con el Gobierno de la ciudad. Juan Jesús Vivas, presidente de la ciudad autónoma, se ha negado a facilitar polideportivos y otros emplazamientos elegidos por el Gobierno al contar con baños y duchas, entre otros motivos. "Si intentan usarlos, van a tener que sacarme a mí de ellos", llegó a decir. Este viernes, el mando único aprobó un listado de espacios para la reubicación de los migrantes.

La falta de salubridad de los asentamientos ha provocado también ciertos brotes de gastroenteritis y otras infecciones, aunque desde la comunidad médica descartan que se pueda hablar de epidemia. Si bien, en los días posteriores al 30 de julio los sindicatos denunciaron que tanto el Hospital Universitario como los campamentos a pie de calle se encontraban al límite. Desde el Partido Popular se han utilizado estas noticias para llegar, incluso, a pedir el confinamiento en Ceuta por "enfermedades infectocontagiosas". Algunos militares denunciaron casos de sarna, que ellos mismos achacaban a la falta de higiene de las bases.


Migrantes acampados en las naves del Tarajal.

Entre los migrantes que lograron cruzar la frontera había muchos hombres jóvenes, pero también un número inusualmente alto de menores no acompañados y de familias con niños. El Gobierno asegura que actualmente hay unos 2.000 menores en el sistema de acogida de Ceuta; de ellos, más de 500 son niñas o chicas adolescentes. Este último grupo, el más vulnerable a sufrir violencias, será próximamente trasladado a la Península. El resto también será repartido entre las diferentes comunidades autónomas, otro de los temas de confrontación entre Gobierno y oposición.

"La crisis de Ceuta muestra con especial crudeza cómo ser mujer, niña o adolescente, estar en movilidad y encontrarse sin alojamiento estable multiplica las situaciones de riesgo", subraya en conversación con Público Oussama Chakkor, psicólogo social experto en migraciones en la organización ActionAid España. Una de las caras más amargas de esta crisis es la violencia sexual. Según ha informado la Fiscalía, se han contabilizado 16 agresiones sexuales en el último mes, con 17 víctimas, de las que 16 son mujeres. La mayoría no llegan a la mayoría de edad.


Mujer migrante en Ceuta, reubicada en el campo de fútbol del colegio Reina Sofía.

El psicólogo explica que la situación actual es particularmente grave porque muchas de estas personas se han encontrado con semanas de "incertidumbre, recursos improvisados y situaciones de calle", que han podido documentar ONG como Human Rights Watch. "Cuando falta identificación individual, aumentan las posibilidades de que una niña desaparezca de los mecanismos de protección. Cuando no existen espacios seguros para mujeres, aumenta la exposición a la violencia sexual", añade. Bajo su punto de vista, la respuesta a las menores no ha sido "ni correcta ni suficiente". "La protección llegó tarde y, durante semanas, muchas niñas y adolescentes quedaron expuestas a situaciones que nunca deberían haberse normalizado", concluye.

En la misma línea, Helena Maleno, defensora de los derechos humanos, periodista e investigadora especialista en migraciones y trata de seres humanos, cree que, un mes después, España no ha estado a la altura que la situación requería. "Todavía no se está garantizando el acceso a ayuda humanitaria, no se está pudiendo proteger a todos los niños y a todas las personas demandantes de asilo... Hay un fracaso del sistema y un abandono de las autoridades, y esto está alimentando el malestar y los discursos de odio", lamenta.

Odio y racismo disparados

"Nos estamos encontrando con que no se da una respuesta gubernamental adecuada y sobre todo con que se está propagando el discurso del odio, y ese odio está haciendo mucho daño en Ceuta. Se está atacando a los migrantes y a los musulmanes ceutíes", denuncia a este periódico Abdelah Mustafa, presidente de la asociación de vecinos de la Barriada de la Reina. Junto con sus vecinos se organizó desde el primer día para habilitar el polideportivo como refugio para mujeres y menores. Otros muchos voluntarios y ciudadanos anónimos se han encargado de llevar comida, mantas o hasta abrir las puertas de sus casas a familias y personas necesitadas.

En el lado contrario, según pasan los días ganan más terreno los mensajes de odio y la hostilidad hacia la comunidad árabe y subsahariana. Aunque el suceso más grave se vivió el jueves con la quema de enseres en la playa, la ultraderecha llevaba semanas caldeando el ambiente. El secretario general de Vox en el Congreso, José María Figaredo, llegó a afirmar que había que "cazar uno por uno" a los migrantes que habían entrado irregularmente en Ceuta. Sus palabras provocaron denuncias ante la Fiscalía, pero el diputado no ha dado marcha atrás.


Varias personas intentan bloquear la ayuda humanitaria en la playa de El Espigón.

En tan solo dos días -el 30 y 31 de julio-, el Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia (OBERAXE), detectó más de 9.500 mensajes de odio en redes sociales contra la entrada masiva de finales de julio. Según el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, este "pico" de mensajes de odio ligado a la crisis migratoria en Ceuta ha impulsado el repunte de publicaciones de odio en redes durante julio, con 57.406 contenidos frente a los 40.800 de junio. El 68% de los contenidos analizados tenían foco en el odio a las personas procedentes del norte de África.

"Cuando se repite diariamente que existe una invasión, una amenaza o una ciudad tomada, se alimenta una sensación de emergencia permanente que puede aumentar la hostilidad hacia los migrantes, las agresiones racistas o la ruptura de la convivencia. En una ciudad como Ceuta las consecuencias pueden ser muy peligrosas", advierte Chakkor. El psicólogo alerta de los riesgos de convertir una crisis de gestión y protección en un conflicto identitario entre cristianos y musulmanes "si no se pone freno a ciertos discursos". En el caso de la violencia sexual, recuerda que "no tiene pasaporte", pero las víctimas sí tienen "rostro, cuerpo, historia y derechos": "Cuando utilizamos una agresión para construir odio contra miles de personas, corremos el riesgo de volver a ejercer una segunda violencia: quitar a la víctima su historia y convertir su dolor en propaganda".

El consultor político y analista Jordi Sarrión también incide en declaraciones a Público en la influencia que puede tener el discurso político en estallidos violentos como el del jueves -aunque no sea el único responsable directo- "al ir radicalizando progresivamente a una parte de la sociedad". Por otro lado, afirma que "cada día hay un ejército digital que se levanta en las redes para sembrar el caos": "Hay cuentas, perfiles y actores que amplifican cada incidente, cada imagen y cada mensaje de confrontación, y contribuyen a generar una sensación de conflicto permanente. No podemos ser ingenuos ante el papel que está jugando este ecosistema digital en la crisis de Ceuta".

Crisis política

La crisis humanitaria en Ceuta ha pasado a ser una crisis política de primera magnitud. Dos días después de la entrada masiva, el ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska, aseguró que la crisis "estaba resuelta". Este jueves 27 de agosto Bolaños reconocía que no se había recuperado la normalidad y que todavía quedaba un largo camino por delante. En los últimos días han comparecido varios ministros sobre el tema, aunque lo más llamativo ha sido la confrontación de versiones sobre el papel del CNI en la detección de la entrada masiva por parte de Interior y Defensa.

Tanto la oposición como los organismos sociales y los vecinos de Ceuta llevan semanas denunciando "lentitud" a la hora de actuar en la ciudad autónoma. Este martes entró en vigor el real decreto por el que se ha establecido el mando único, una medida que el Gobierno ceutí pidió desde el minuto uno. Javier de Lucas, catedrático de Filosofía del Derecho y exsenador del PSOE, considera que el mando único puede optimizar la gestión y acelerar en lo posible la puesta en marcha de soluciones inmediatas. "Evidentemente, hemos perdido varias semanas, preciosas", apostilla. Entre otras cuestiones, el experto no entiende por qué se rechazó la petición unánime de los políticos ceutíes para activar mecanismos extraordinarios previstos o la tardanza de algunos ministros en personarse en la ciudad. "Sumemos el hecho de que no se ha dotado de medios y recursos extraordinarios a los servicios de Policía y administración de justicia que tienen que gestionar los varios miles de expedientes de retorno, los de acogida y los de traslado en el caso de los menores", explica a este medio. 

Todo esto, opina el experto, ha contribuido decisivamente a esa reacción de violencia que estamos viendo, "al haber una presión constante de discursos xenófobos" por parte de la extrema derecha que han sido incorporados "no solo por Vox, sino también en parte por el PP": "Se ha llegado a utilizar un lenguaje casi bélico, y se piden actuaciones que no solo infringen la legalidad vigente, sino que tratan a todos esos grupos que se encuentran en Ceuta no como personas con derechos, sino como grupos peligrosos que hay que expulsar o incluso eliminar".

Por su parte, Sarrión cree que hay que distinguir entre cómo se gestionó el inicio de la crisis y la reacción actual. De acuerdo a su análisis, los esfuerzos iniciales por transmitir tranquilidad podrían haber sido acertados —teniendo en cuenta el revuelo político interno y global— si la crisis se hubiera cerrado rápidamente. "El problema es que el Gobierno se confió, no estaba preparado para que el problema se prolongase durante semanas y afectase a la convivencia en Ceuta", añade. Además, considera que la presencia del Estado en el terreno debería haber sido mucho mayor desde el principio. 

En cuanto a la reacción de la oposición, al igual que De Lucas, lamenta que estemos viendo cómo se cruzan "líneas rojas que no deberíamos normalizar". "Todos los partidos tienen una responsabilidad enorme en este momento. Se puede exigir al Gobierno que recupere el control, que dé soluciones y que proteja a los ceutíes sin convertir a las personas migrantes en el enemigo", concluye.

El papel de Marruecos y las redes sociales

Otra de las cuestiones que se ha reprochado al Ejecutivo es la ausencia de crítica hacia Rabat. "Sembrar sospechas sobre un gobierno de un país vecino con el que hay que cooperar y con el que hay que tener buenas relaciones de vecindad no es un buen camino", decía Bolaños esta semana recetando a la oposición un curso acelerado de diplomacia básica. Lo cierto es que hasta ahora todo apunta a que detrás de la entrada masiva estaban las redes sociales, aunque las imágenes parecen confirmar que la gendarmería marroquí no opuso gran resistencia los días 30 y 31 de julio, como sí hizo ante el intento de entrada fallido del 15 de agosto.

"Creo que lo que está a nuestro alcance no es tanto establecer inequívocamente la responsabilidad directa de Marruecos en la entrada masiva, sino sostener la verosimilitud de la hipótesis de que, sin el conocimiento por parte de Marruecos de lo que se preparaba, sin la omisión de medidas de control en la parte marroquí de la frontera, en esos dos días, es imposible que ocurriera un acontecimiento de esas dimensiones", analiza De Lucas, que sostiene que es "difícil creer" que 8.000 personas se pongan de acuerdo espontáneamente en acudir el mismo día a Ceuta. También apunta al posible interés de potencias extranjeras en erosionar la imagen de España y sembrar desunión en la UE.

En este sentido, tanto el catedrático como el resto de voces consultadas por este medio insisten en la importancia de tener fronteras seguras. "Es evidente que la externalización de fronteras abre la puerta a estas consecuencias. Cuanto más se amurallan los Estados, más muestran su incapacidad de ser soberanos en asuntos que son de rango global y por lo tanto exceden a la competencia de un solo Estado; incluso de una asociación de Estados como la UE", concluye.

Esta estrategia de política migratoria, además, ha resultado ineficaz para frenar las llegadas irregulares y eventos tan trágicos como el vivido este julio. Las entradas irregulares a través de Ceuta se han multiplicado por cinco, de acuerdo con los datos que periódicamente publica el Ministerio del Interior: han pasado de 753 en 2021 a 3.323 en 2025. En lo que llevamos de 2026 (hasta julio y sin contar la entrada masiva de los días 30 y 31) han sido ya 4.182 personas las que han logrado sortear las concertinas.

Hay desaparecidos y fallecidos sin identificar

Los últimos de los que nadie habla en esta crisis son los fallecidos. Caminando Fronteras cifra en 145 las víctimas mortales de esta crisis migratoria, aunque, según señala a Público Helena Maleno, aún hay un número importante de personas que continúan desaparecidas y que podrían estar o no entre los cadáveres recuperados.


Entierro de varios migrantes en el cementerio musulmán de Ceuta.

El pasado jueves, mientras se producían los disturbios en las playas de Ceuta, en el cementerio de la mezquita de Sidi Embarek se daba sepultura a los últimos once cuerpos que quedaban por enterrar. Solo nueve de los fallecidos rescatados por España han podido ser identificados; el resto descansan en bolsas blancas con un número identificativo. Maleno pide más ayuda para que las familias, especialmente las de terceros países, puedan recuperar los restos mortales, "para lo que sería fundamental la colaboración de los consulados".


Fuente: Público

sábado, 28 de febrero de 2026

Pasiones tristes al servicio del capital y el fascismo (o el porqué del odio en redes)

 

 Por  Nuria Alabao    
      Periodista y doctora en Antropología Social. Investigadora de la Universitat de Barcelona especialista en el tratamiento de las cuestiones de género en las nuevas extremas derechas.

Sirviéndose de algoritmos opacos, las plataformas reman a favor de las extremas derechas y sus afectos negativos. Nuestra vida psíquica es capturada mediante los dispositivos digitales para transformarse en beneficio


Fotograma de la serie Red Rose (2022).

     Alguien comparte una entrevista con un filósofo (pero puede ser una periodista, un cantante o un bombero). Da igual. Las respuestas no se hacen esperar: al lado de alguna frase amable crecen las llamas de la agresión. Se le llama desubicado, se le llama payaso, o zorra, o loca, ya sea por un desacuerdo importante, ya sea por un detalle. A menudo, de forma evidente, se está respondiendo al titular seleccionado por el medio, no al contenido de la entrevista. No todo es fuego enemigo, muchos de los peores insultos vienen de este lado de la valla, de este lado de los que se supone compartimos “algo”, llámesele “izquierda” –aunque sea insuficiente–, porque no siempre la defensa del pluralismo y el disenso es nuestro rasgo más destacado. (Estoy pensando en el feminismo, por ejemplo).

Decimos querer acabar con el fascismo, pero sus afectos han tomado posesión de nuestros cuerpos desde hace tiempo. ¿Fue culpa de las redes, con sus algoritmos perversos, que difunden los mensajes más extremos y dañinos? ¿Es el anonimato? O quizás estaban ya ahí –sobre todo a partir del aumento del miedo a caer, a la soledad… el miedo en sus múltiples formas que hace que sientas que flotas sin ningún asidero– y faltaba solo el vehículo, el arma cargada que son las redes. Por supuesto no todo es negativo en ellas, claro, hay potencia y alegría también, hay expresión y creatividad y encontrarse con otros locos o desarraigados; cualquiera que sea tu locura, sabes que no estás sola. Pero aun así, hay días que apagas el móvil y su constante parloteo porque se hace duro resistir a otra interpelación airada más, a otro insulto más. ¿Por qué esa constante sensación de pesadez y bruma?

El paisaje actual es el de devastación del lazo social y de las formas de comunidad que dejan cincuenta años de neoliberalismo. Esa devastación adopta la forma de la soledad: bailamos sobre el alambre. Dice el filósofo Franco ‘Bifo’ Berardi que otro reto epocal determinante acompaña esta soledad como rasgo de la vida contemporánea: la de los jóvenes que están siendo criados por las máquinas; de no ser por la escuela, muchos pasarían más tiempo con los dispositivos electrónicos que con otros humanos. Si bien puede parecer alarmista –la máquina permite también interactuar con otras personas–, sabemos ya de algunos efectos que este hecho está teniendo en los adolescentes. Dice Bifo que esta nueva condición antropológica “no es una condición feliz”. ¿Acaso tiene algo de relación con la devastación emocional que está dejando en los jóvenes, aunque no sea este el único factor determinante? “La prueba, dicen los psiquiatras, es que la depresión se ha vuelto un fenómeno masivo y que los fenómenos de sufrimiento se multiplican hasta que se vuelven predominantes en la realidad social”, señala Bifo. Si no la propia depresión como hecho clínico, sí como una emoción que se le parece.


Disonancia cognitiva y horizonte secular: pensar con dos cerebros.

La vida psíquica como materia prima

Lo que descubrimos en la economía de la atención es que la mala salud mental la engrasa. En su teoría de la ecología-mundo, Jason W. Moore, explica que el capitalismo ha dependido históricamente de la apropiación de algunos elementos “baratos” para la acumulación de capital –trabajo, naturaleza, energía, alimentos–. Moore muestra cómo el sistema necesita identificar constantemente nuevas “fronteras” de apropiación cuando las anteriores se agotan o generan resistencias. De la plata americana al caucho amazónico, del campesinado desposeído o el esclavismo a las mujeres empujadas al trabajo de cuidados no remunerado, el capitalismo se expande mediante estas estrategias de abaratamiento.


El capitalismo en la trsma de la vida.

A principios del siglo XXI, el capitalismo enfrenta un cierre histórico de sus fronteras clásicas. Ya no quedan territorios físicos significativos sin explotar, buena parte del trabajo mundial ya está enormemente precarizado o informalizado y la naturaleza se encuentra al límite de sus capacidades regenerativas. Pero el capitalismo digital es capaz de descubrir nuevos territorios vírgenes: nuestra vida mental, nuestro tiempo o nuestra atención. Los afectos y deseos se convierten aquí en materia prima.

La acumulación continúa mediante la invasión de otro mundo por conquistar: nuestro mundo interior. La apropiación aquí es la de la energía psíquica que volcamos en las redes, que podría percibirse como un “barato más”. Los teóricos italianos del postfordismo –Maurizio Lazzarato, Mario Tronti, Paolo Virno, etc.– explicaron de forma temprana este mecanismo. El capital ya no explota solo el tiempo de trabajo fabril, decían, sino que estaba colonizando toda la vida social a medida que iba mercantilizando más áreas de la vida.

“La vida puesta a trabajar” significaba que se podía generar valor de los afectos, la capacidad lingüística o relacional, el consumo o la imaginación –ya fuese en la publicidad, en los trabajos creativos o de servicios–. Pero lo que quizás no pudieron prever es hasta qué punto las plataformas cumplirían esta profecía. Más allá de los servicios de pago, cuando scrolleamos en Instagram, nos insultamos en X y volcamos nuestros deseos y frustraciones en Facebook, estamos realizando exactamente lo que Virno llamaba “cooperación productiva”: alimentamos la máquina, generamos datos que entrenan algoritmos, desarrollamos contenido que mantiene enganchados a otros usuarios mediante un trabajo emocional continuo. Y todo se nos devuelve convertido en mercancía. Este trabajo es invisible precisamente porque se disfraza de ocio o de socialización “libre”, cuando en realidad es actividad productiva que enriquece a los dueños de Silicon Valley, hoy muchos arrojados a los brazos del fascismo.

Las plataformas digitales y los algoritmos que constituyen su columna vertebral son la tecnología que hace posible esta apropiación masiva y sistemática. Del mismo modo que el barco negrero permitió capturar trabajo esclavo africano a escala industrial, o la valla de alambre cercó las tierras comunales, el smartphone y el algoritmo están al servicio de la colonización de nuestra vida psíquica. Y lo hacen en buena medida a través del odio, de los afectos negativos.

Pasiones tristes, gasolina premium

El capitalismo de plataforma ha descubierto que las pasiones tristes son más rentables porque son más fáciles de generar, más abundantes como materia prima y generan más engagement y tiempo de permanencia. Hay una inclinación a traducir nuestros problemas vitales, nuestras inseguridades y miedos en insultos y faltas de respeto. Todos comentamos más cuando estamos enfadados o indignados y permanecemos más tiempo cuando estamos ansiosos por no perdernos algo. Pero además, si antes los algoritmos premiaban la interacción, ahora se basan en la atención; es decir, que hemos perdido capacidad de decisión. Lo que vemos ya solo no depende de nuestros likes o lo que compartimos, ahora nos muestran aquello en lo que nos detenemos, lo que miramos, por ejemplo, algo que nos repugne o nos cabree. También unos perritos salvando a bebés o un monito triste jugando con su peluche, lo que sea que miremos. Pero parece que lo que emociona más es lo que conecta con nuestras frustraciones y nuestro dolor.

El miedo, la indignación y el resentimiento son mucho más adictivos que la alegría. También desde la izquierda tendemos a señalar al vecino o compañero moralizando, o vigilando sus expresiones: la policía semiótica que llevamos dentro. El cortisol y la adrenalina de la indignación parecen más potentes que la alegría, al menos la que circula en las redes. Generan, por tanto, mayor beneficio para las plataformas. El resultado es un espacio que debería ser público –o que funciona mediante la ficción de que lo es– pero donde las emociones destructivas están sobrerrepresentadas, las discusiones se simplifican hasta lo absurdo o identitario y donde circulan más las posiciones más extremas.


J. R. Mora.

En esta selva oscura, la extrema derecha es extraordinariamente eficaz porque su discurso está estructurado precisamente sobre estas pasiones tristes o trabaja activamente para provocarlas. La desafección al sistema, pero también el resentimiento (contra las élites, las personas migrantes, las feministas), el miedo al descenso social o a la invasión o al “reemplazo”, a que “nos quiten lo nuestro”; la solidaridad negativa –si estoy jodido no quiero que otros lo tengan más fácil–. Son maestros en transformar la alienación y el malestar en reacción, en apoyo a su proyecto político. Su estética fácilmente memeable, su ironía transgresora, su capacidad de convertir el racismo en shitposting y la misoginia en humor, están perfectamente adaptadas para un medio que castiga la complejidad y recompensa la reacción visceral.

El resultado es un circuito de retroalimentación donde las plataformas no solo difunden estas pasiones tristes, sino que las producen. Por un lado, modelan una determinada imagen del mundo: máxima exposición de nuestra vida, personas-marca, discursos simples, competencia y una comprensión de la política como comunicación, como si fuese suficiente tener los mejores discursos o las mejores ideas para intervenir sobre el mundo. Por otro, acaban generando el tipo de subjetividad que la extrema derecha necesita: fragmentada, resentida, triste y adicta a su propia impotencia. Somos, por tanto, más fáciles de gobernar. Como dice Spinoza en su Ética, las pasiones tristes nos debilitan y nos hacen menos autónomos y más dependientes –y esa dependencia es exactamente lo que necesita el modelo de negocio de la economía de la atención–. Nos roban la capacidad misma de resistir.

Además de extraer valor, destruyen nuestra capacidad de actuar colectivamente. Potencian el daño psicológico y la depresión que regresan convertidos en agresión. Volviendo a Bifo, esta apropiación algorítmica de nuestra psique “somete a la mente colectiva a un estrés que la ha hecho incapaz de razonar, criticar y empatizar”. En su lectura, la depresión que sigue necesariamente parece encontrar una salida en la violencia. “Mejor agresivo que triste”, podría ser su lema. La agresividad como “cura contra la depresión” es el afecto predominante del fascismo, dice Bifo, “una forma anfetamínica de terapia del sufrimiento y de la soledad que produce siempre, sistemáticamente, efectos de multiplicación de la violencia y dinámicas suicidas”. Y las redes difunden este veneno de los afectos fascistas en forma de violencia digital encauzada por oscuros algoritmos.

La apuesta spinozista nos propondría aquí resistir desde el aumento de nuestra potencia, no desde el resentimiento. Por un lado, ya sabemos que el reto es politizar las frustraciones en un sentido emancipador, es decir, redirigir la rabia contra los que provocan nuestras inseguridades vitales. Para ello, nuestra capacidad afectiva debería estar volcada en la producción colectiva de un común. Un buen comienzo sería tratar ser generosos con los nuestros, o quizás definir ese nosotros de una manera más generosa –no hace falta apostillar o comentar en las redes todo lo que no nos gusta de nuestras compañeras, lo que no implica cerrar debates estratégicos importantes sino llevarlos con respeto–.

Las pasiones alegres muchas veces requieren además tiempos lentos –encontrarse para debatir en persona, vincularse, estudiar, pensar con complejidad más allá de la conversión de todo debate en dos polaridades–. Pero la comunidad, el apoyo mutuo, la política cara a cara nos hacen menos manipulables, más autónomos, amplían nuestra capacidad de acción. Aunque eso no implica necesariamente un optimismo naíf, no se trata de “ser positivos”. El optimismo no es imprescindible para luchar. Uno no se implica políticamente porque piensa que va a vencer, ¿qué es vencer en todo caso? Nunca se sabe lo que puede pasar hasta que sucede, no se sabe lo que una apuesta da de sí hasta que se lleva hasta el final. Se puede luchar (o desertar) sin necesidad de pensar que lo que viene será necesariamente mejor. Se puede luchar porque es la mejor manera de vivir.


Fuente: Ctxt