Por Pedro Costa Morata Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.
Borrell
ante Israel: de la cobardía al cinismo
No
puedo aludir a sensibilidad, sino a caradura, al tener en cuenta las
críticas que Josep Borrell viene dirigiendo a Israel y a la Unión
Europea por las masacres de Gaza. Porque no me consta que durante los
cinco años de su mandato como Alto Representante de la Unión para
Asuntos Exteriores y Política de Seguridad (2019-2024), es decir, la
persona obligada -que no llamada ni invitada ni adecuada: obligada-,
se atreviera a poner sobre la mesa los crímenes de Israel y pedir la
ruptura de toda relación de la UE con ese Estado criminal, así como
la intervención armada de una coalición internacional, a ser
posible la OTAN, para impedir el genocidio de los palestinos a manos
de la pavorosa maquinaria militar sionista. Anoto, antes de seguir
que, así como la OTAN atacó en 1999 con ferocidad a Serbia
pretextando “razones humanitarias” por la (aireada, pero
esencialmente falsa) “limpieza étnica de kosovares”, mucho más
directo y duro ataque debiera ahora de lanzar sobre Israel por la
operación de limpieza étnica derivada en auténtico genocidio.

Josep Borrell
Por
supuesto que lo de la intervención de la OTAN contra Israel
producirá incluso la sonrisa del político Borrell, porque como es
bien sabido OTAN e Israel forman coalición fascistoide en un mundo
en el que Occidente, que engloba a ambos, sigue marcando la pauta y
siempre está dispuesta a castigar a los pueblos y Estados que se
salen del aprisco señalado (caso de Serbia, caso de Rusia). El caso
es que nada de eso pasó por la cabeza de tan notable figurón que,
cuando el 7 de octubre, se alineó claramente con quienes ponían de
relevancia “el derecho de Israel a defenderse”, expresión que no
pocas veces salió de su boca y que parecía incluir la “obligación
de someterse” para el pueblo y las organizaciones palestinas; y
ponía exquisito cuidado en pedir a Israel que su respuesta al ataque
de Hamás “fuera proporcionada”, ignorante al parecer de cómo es
la respuesta habitual de Israel hacia los palestinos masacrados desde
1948 y aun antes.
Hace
un tiempo, en un artículo que titulaba “Borrell: de jacobino a
lacayo” (elDiario.es, 5 de junio de 2021), recriminaba yo “a
Borrell y sus socios de la UE (que) se permiten la indecencia de
marcar y perseguir a los grupos de combate palestinos, como Hamás, a
los que describen como ‘terroristas’ porque su objetivo es
oponerse a la invasión, el expolio y los crímenes de Israel; y no
lo hacen con el Likud, los partidos sionistas o el propio Gobierno
israelí, cuyo objetivo en la historia y la región (ya establecido
antes de la declaración unilateral de independencia en 1948) es
eliminar a los palestinos de Palestina y apoderarse de todo aquello”.
Y luego, harto de tener que soportar su exhibición enfermiza de
rusofobia, en mi libro ¡Rusia es culpable” (cinismo, histeria y
hegemonismo en la rusofobia de Occidente), tuve que incluir la
columna “Patético Borrell” (pp. 280-281) para, entre otras cosas
y al hilo de su entrevista con Lavrov, ministro ruso de Exteriores
(que las crónicas describían como extremadamente breve, se suponía
que por el escaso interés y mal humor del ruso hacia el enviado de
Occidente), recomendarle que estudiara “las relaciones euro-rusas
de los últimos 30 años, llenas de cinismo y perfidia”. Cosa que,
evidentemente, no ha hecho, como no se ha interesado por la historia
de Israel, por lo que no se ha podido enterar todavía de que se
trata de un Estado expansionista, ilegítimo e ilegal.
He
de reconocer que cuando la expiración de su mandato estaba a la
vista, pareció moverse algo, poca cosa, anunciando que pediría a la
Comisión Europea una reunión para plantear algo así como sanciones
a Israel. Pero no recuerdo que esa reunión tuviera lugar: ni la
Comisión estaba por la labor ni él disponía de fuerza o prestigio
para introducir una cuña, al menos ética, en tan acorazada trinca
de desalmados (la Comisión, digo). Tampoco, por supuesto, pasó por
su cabeza la idea de dimitir de tan sabroso chollo, ni cuando se vio
que Israel no jugaba a la “proporcionalidad” ni cuando la
liquidación de Gaza y sus habitantes ya era plan público y notorio
de los verdugos de Tel Aviv. Mientras tanto, este mismo Borrell no se
cansaba de pedir, insistente y entusiásticamente, sanciones y más
sanciones contra Rusia, acusada de invadir Ucrania, cuyo régimen
semi nazi era el resultado de un golpe de Estado (2014) estimulado
por EE. UU, la UE y la OTAN.
Borrell y Lavrov. (EFE).
Y
cuando se reunía con el embajador israelí en Bruselas, celebrando
la presencia de éste en el Consejo de la UE en el intervalo de dos
años en que Netanyahu dejó de dirigir el Gobierno israelí,
declaraba, sin que se lo mandara nadie ni fuera, desde luego, la
posición israelí del momento, que “ahora tenemos un ministro de
Exteriores que defiende la solución de los dos Estados, que es la
solución defendida por nosotros” (prensa del 17 de julio de 2021).
Borrell debe ser adepto de ese cinismo doctrinario, muy socialista,
de que Israel es malo ahora con la derecha y ultraderecha en el
poder, pero que no lo era cuando gobernaban los laboristas.
Que
“ha perdido su alma”, dice Borrell abroncando a la UE, sin darnos
una pista de cómo es o era esa alma ni, mucho menos, por dónde anda
la suya; ni confesarnos que en esa UE -Comisión y Parlamento- es
Israel el principal mercader de almas. Y no ha sido una vez, sino
varias, cuando ejerciendo de rusófobo oficial de la UE alardeaba de
los “valores europeos”, generalmente cuando ha despotricado de la
Rusia de Putin, lo que -como lo del alma- no se sabe muy bien a qué
va referido: ¿valores específicamente europeos, a comparar, por
ejemplo, con la Rusia tenida, con tanta hipocresía, por bárbara,
oriental y autoritaria? ¿se referirá Borrell al colonialismo, al
saqueo del planeta y la esclavitud generalizada, a la continua
generación de guerras, a la OTAN para fascista e intervencionista?
Curiosos valores, francamente.
Yo
creo que este personaje, sin preparación alguna en política
internacional -recordemos que es ingeniero, economista y matemático-
y quizás por ello, por su ignorancia, elevado a funciones de esa
índole, no ha llegado a “aprender Europa” pese a su dilatada
estancia en los pesebres bruselenses como fatuo burócrata
(europarlamentario, vicepresidente de la comisión, diplomático). Y,
así, no se ha enterado de la sistemática manipulación de la
historia que hace Europa, de su supremacismo incorregible o de sus
crímenes innumerables. En realidad, como funcionario político
europeo, siempre me ha parecido de género parásito, un correveidile
sin profundidad ni mensaje, cuyo intelecto recorta por su reconocida
arrogancia. Y cuando pasó por los sucesivos gobiernos de Felipe
González no dejó de mostrarse como netamente insensible a los
asuntos ambientales, que es lo primero que me interesó del
personaje.
No
puedo olvidar, de su obsesiva campaña contra Rusia, aquella
expresión de que “Mariúpol equivale a varios Gernika” (prensa
del 19 de agosto de 2023), aludiendo al duro sitio con que los rusos
castigaron a ese puerto ucraniano, que produjo unos 4.000 muertos,
entre militares y civiles. Pero ni siquiera su instinto calculador de
matemático lo ha llevado a evaluar a cuántas Gernika equivale Gaza.
Ni tampoco cuando, tan sensible frente a las exacciones rusas,
exclamó indignado que “esto es un verdadero crimen de guerra”,
acusando a Rusia de mantener el bloqueo de los puertos cerealeros del
mar Negro (que fue temporal y sin efectos, prácticamente) y de
provocar la “hambruna mundial”, sin que se le haya oído
calificar a la hambruna de los gazatíes ni a los culpables. Se trata
de un personaje que realmente la política internacional lo ha
acogido como verdadero outsider, mero instrumento de sus amos
y aplicado difusor de sus consignas, y de ahí el rastro que deja de
estulticia.
.jpg)
Borrell y Gaza. (UNICEF).
Considero
a Josep Borrell un personaje de ideología imperfecta, esquinada,
oportunista y, en suma, peculiar e inexplicable: ¿de qué va este
tipo socialistoide y, como tal, indefinible? Ahí tenemos a alguien
al que el PSOE siempre ha tenido que darle algo, como para que se
entretenga e incluso demuestre el brillo que él mismo se atribuye,
pero que no incordie. Y quizás debido a esa dinámica de atender a
un estorbo, de forma discreta pero evidente, se le expulsó a la
escena internacional al ser nombrado ministro de Asuntos Exteriores
de España (2018-2019) por Pedro Sánchez, enlazando a lo largo de su
vida cargo tras cargo y prebenda tras prebenda. Pero en su última
etapa de volandero prohombre internacional no ha tenido dificultad
alguna en demostrar su incapacidad para ese negocio, su moral
descalabrada, su dislexia político-ideológica. Especialmente
visible es esa necia actitud -que es la que asume la socialdemocracia
internacional, atlantista y antirrusa- que es incapaz de ver la
conexión de la OTAN con Israel, disimulándola con todo tipo de
argumentos, ¡incluyendo los éticos! Y ni puede ni quiere
distinguir, entre fondo y forma, discurso y realidad, izquierda y
derecha, agresores supremacistas y resistentes tenaces...
Su
biografía pública señala que frecuentó de joven un kibutz
israelí, llevado sin duda de aquel romanticismo de izquierdistas
ignorantes del momento, y no se pararía a pensar si ese kibutz
repintado de socialista por los sionistas, en el que colaboraba por
la consolidación de un Estado colonial, se asentaba sobre alguna
aldea palestina de aquellas -más de doscientas- dinamitadas en
muchos casos con sus habitantes dentro y vaciadas en la operación de
limpieza étnica de 1948-49, que los palestinos llaman Nakba.
Tal sería su consistencia socialista, lo que explica que haya
demostrado durante años una clara postura filosionista favoreciendo
siempre a Israel. Una actitud que no parece haber variado, en el
fondo, cuando se expresa a favor de “los dos Estados”, según la
postura oficial de su partido y la tendencia última en la Europa
comunitaria, que ahora es grotesca, cínica y cobarde.
Con
este aire actual de aparente arrepentimiento, con el que quisiera,
digo yo, proclamar que no conocía la naturaleza diabólica y
sanguinaria de Israel pese a haber estado siempre en inmejorable
posición para saberlo, Borrell se añade al grupo de políticos,
sobre todo israelíes pero también prosionistas de todo el mundo,
que a modo de plaga exculpatoria salen al paso del genocidio en Gaza
para alarmarse y pedir su final (sin arrepentirse en realidad de
nada), tras haber cumplido con años de martirio contra los
habitantes de Gaza y Cisjordania. Es una postura inaceptable, que ni
suaviza la responsabilidad ni puede blanquear a tanto miserable que
contribuyó, directa o indirectamente, expresa o tácitamente, a la
aniquilación de los palestinos, ahora en su fase más atroz.
Borrell
hace como que ignoraba la instrumentalización que de él se ha
hecho, tratando ahora de ventilar el oprobio vivido con una pose de
lamento y una acusación hacia otros, con la UE que lo ha amamantado
en primer lugar. Pero con sus cargos de designación ha asistido -y
en alguna manera asentido- a abusos y crímenes tomándolos por
práctica común de la vida política internacional, sobre esa
corrupción mental, bien asentada, de que los buenos somos
nosotros y los nuestros, con derecho y capacidad para declarar malos
a quienes nos pete.