Entender
el fascismo implica analizar tanto su discurso sobre las mujeres como
la forma en que se dirige a ellas. Toda teoría crítica del fascismo
debe partir del «antifeminismo femenino» producido por la
supremacía masculina.
En
los años setenta del pasado siglo, en que escribió sobre fascismo y
feminidad, Maria Antonietta Macciocchi señaló que no era posible
entender el fascismo sin a la vez comprender cómo este les habla a
las mujeres y habla sobre ellas. Para Macciocchi, toda teoría
crítica del fascismo debía empezar por la peculiar forma de
«antifeminismo femenino» engendrado por la supremacía masculina.
Dos
mujeres perdieron la vida en los disturbios ocurridos en el
Capitolio, en Washington, D. C., pero sólo una de ellas, Ashli
Babbitt, se ha convertido en mártir del movimiento. La otra,
Roseanne Boyland, murió aplastada por una multitud de partidarios de
Trump poco después de llegar al Capitolio y de que se la viera en
vídeo enarbolando una bandera de Gadsen con
la leyenda «Don’t Tread on Me» («No me pases por encima»). La
trágica ironía de la muerte de Boyland se transformó en un meme de
tira cómica entre la Izquierda. Pero, entre la derecha, fue Ashli
Babbitt a quien se honró y cuya memoria se perpetuó. Desde
entonces, con cada asesinato policial de gran resonancia de alguna
persona negra, las menciones de Ashli Babbitt se multiplican en las
redes sociales. #Sayhername, el hashtag utilizado para dar
visibilidad a los patrones de violencia policial contra las mujeres
negras, fue rápidamente objeto de apropiación para ocultar esa
violencia. Ashli Babbitt se convirtió en la imagen que la derecha
oponía a Sandra Bland y Breonna Taylor, como prueba de que a la
izquierda le importaban sólo algunas vidas y de que algunas mujeres
estaban dispuestas a sacrificarlo todo por su país.

Bandera de Gadsden.
Imágenes
de vídeo filmadas en los instantes que precedieron a su muerte
muestran a la veterana de 36 años de edad de las Fuerzas Aéreas
irrumpiendo en el edificio del Capitolio con una bandera
estadounidense colgada de los hombros como si fuese una capa, antes
de que la ayuden a penetrar en el edificio alzándola a través de
una puerta con el cristal roto y, finalmente, de que la alcance en el
cuello un disparo hecho por un policía vestido de civil y se la vea
caer al suelo. Babbitt estaba desarmada cuando le dispararon, aunque
muchos en la multitud que la rodeaba llevaban armas, al mismo tiempo
que, apenas del otro lado del cristal roto, varios miembros de la
Cámara de Representantes de Estados Unidos se encontraban en medio
de una apresurada huida. Dos semanas después, la derecha organizó
una «Marcha del millón de mártires» para honrar la memoria de
Babbitt. La ilustración del cartel diseñado para la ocasión, todo
en negro, presentaba en su centro la figura de una mujer vestida de
blanco, frente a la cúpula del Capitolio, con una lágrima de sangre
roja en el cuello, aureolada por cuatro estrellas blancas. Los
disturbios del 6 de enero generaron toda una galería de imágenes
que en los años siguientes la derecha utilizará como dispositivos
de reclutamiento. Ashli Babbitt, reimaginada como la Dama de la
Libertad, se distingue por su estética «femenina».
El
martirio de Ashli Babbitt plantea dos cuestiones distintas pero
conexas —qué dice la derecha sobre
las
mujeres y qué dice la derecha a
las
mujeres— cuyas respuestas nos dirán algo sobre la manera en que la
derecha se ha adaptado a cambios en la estructura social y fomenta
formas contradictorias de reacción política. En los años setenta
del pasado siglo, en que escribió sobre fascismo y feminidad, la
marxista-feminista Maria Antonietta Macciocchi señaló el extraño
silencio que reinaba en torno a esas cuestiones, ni que fuese posible
entender el fascismo sin a la vez comprender el modo en que este les
habla a las mujeres y habla sobre ellas. Para Macciocchi, toda teoría
crítica del fascismo debía empezar por la peculiar forma de
«antifeminismo femenino» engendrado por la supremacía masculina.
Macciocchi cuestionaba a la vieja izquierda por no tomarse en serio
al sexo como lugar de dominación y lucha. E insistía en la
necesidad de que la teoría y la práctica antifascistas se
convirtieran en teoría y práctica feministas,
es decir, que una y otra comprendieran y combatieran la política
sexual de la derecha, así como las tendencias fascistas de la
izquierda.

Macciocchi
encontró en el marxismo recursos para una teoría feminista del
fascismo, especialmente en Antonio Gramsci, y en la tradición
psicoanalítica, sobre todo en Wilhelm Reich.
La
donna “nera”. “Consenso” femminile e fascismo,
obra publicada en 1976, se destaca por ser uno de los pocos textos de
la larga historia del freudismo-marxismo que estuviese impulsado por
una agenda y unos objetivos feministas. Para Macciocchi, el
psicoanálisis proporcionaba la explicación del consentimiento de
las mujeres al fascismo, en el cual veía una forma de masoquismo
femenino y de irracionalismo de masas. Cualesquiera que sean los
límites de ese razonamiento, Macciocchi planteó una cuestión
primordial de la política como una pregunta para las mujeres en
particular y sobre ellas: ¿Por qué luchan las mujeres por su
servidumbre como si fuera su salvación? ¿Cómo llegan las mujeres a
desear su propia dominación e incluso a defenderla hasta la muerte?
¿Cómo se construye la propia feminidad en torno a esa extraña
pulsión de muerte?
Sólo
unos años más tarde, en 1979, la feminista radical Andrea Dworkin
publicó «The
Promise of the Ultra-Right»,
que se convertiría en el primer capítulo de Right-Wing
Women. The Politics of Domesticated Females,
obra
en la que se proponía mostrar cómo el «conservadurismo de
movimiento» en Estados Unidos había conseguido movilizar a las
mujeres en
cuanto mujeres
en
beneficio de la supremacía masculina. Aunque no era marxista ni
freudiana, y su libro resalta por la ausencia de referencias a esas
arraigadas tradiciones, Dworkin se hace eco de Macciocchi cuando el
papel de las mujeres en la movilización de la derecha, centrándose
específicamente en el caso estadounidense, sin duda diferente de los
movimientos de Italia y América Latina estudiados por Macciocchi.
Por otro lado, Dworkin veía en el apoyo de las mujeres blancas a la
extrema derecha un cálculo mayorimente racional, muy al contrario de
las ideas de Macciocchi sobre el instinto y el irracionalismo. Pero
también Dworkin insiste en que la política sexual de la derecha es
la clave de su éxito y hace hincapié en el poder de mujeres como
Anita Bryant, Ruth Carter Stapleton y, especialmente, Phyllis
Schlafly a la hora de movilizar el apoyo de las mujeres a su propio
servilismo y condición de segunda clase, preferible, después de
todo, a no tener ningún estatus. Al igual que Macciocchi, Dworkin
apunta al culto a la feminidad que afianza al supremacismo masculino
en el corazón de las mujeres conservadoras, así como en el de los
hombres. También considera que el «antifeminismo femenino» es una
potente fuerza política, a menudo descuidada y fácilmente
incomprendida. Ambas pensadoras tratan la institución y la ideología
de la familia patriarcal como caldo de cultivo del fascismo.

Partidarias de Donald Trump durante un acto celebrado en Charlotte, Carolina del Norte, a finales de octubre de 2018.
La
coyuntura contemporánea arroja nueva luz sobre esos viejos textos y
sobre la imagen del «antifeminismo femenino» que se desprende de
ambos. Empiezo por Ashli Babbitt precisamente porque no
era
la
típica ama de casa de la lista de correo de
Eagle Forum.
Tampoco era la Madonna doliente que veía Macciocchi en las raíces
de los movimientos fascistas. No encarnaba ni la feminidad
tradicional ni la mítica. De hecho, Ashli era como uno
más
del grupo. Veterana de las guerras en Iraq y Afganistán, había
servido durante catorce años en las Fuerzas Aéreas de Estados
Unidos, cuatro en el servicio activo, dos como reservista y otros
seis en la Guardia Nacional. Se licenció del ejército en el
escalafón inferior de mando, con algunas medallas por su servicio,
pero antes de tener derecho a una pensión completa. En las
fotografías que circularon tras su muerte, encarna la sexualidad
marimacho y bronceada de una sociedad (y un ejército) sexualmente
integrados: coleta, gorra roja de MAGA, camisetas sin mangas,
uniforme, gafas de sol, shorts de jeans, banderas estadounidenses, en
pose flexionada. Ashli se divorció y se volvió a casar, no tenía
hijos, y vivía con su segundo marido y la novia de éste en lo que,
según los tabloides, era un «trío» pero que, en cualquier caso,
no era del todo convencional. Su cuenta de Twitter indica que en una
ocasión votó por Barack Obama pero que se «radicalizó» a causa
del intenso odio que sentía por Hillary Clinton. Encontró otros
blancos en Nancy Pelosi, Maxine Waters y Kamala Harris. Fue una
novedosa cepa de «antifeminismo femenino» la que se apoderó de
Babbitt, concentrada en reacción contra las líderes del Partido
Demócrata. En el momento en que se fue al Capitolio a protestar, era
la propietaria de una tienda de suministros para piscinas en los
suburbios de San Diego, en quiebra el negocio, y ella muy endeudada.
En la puerta de la tienda había un letrero que decía «Zona
autónoma libre de máscaras» en protesta contra las restricciones
estatales por la Covid-19. Más abajo, el letrero decía: «Aquí
nos damos la mano como los hombres».

Una mujer usa una gorra MAGA durante un mitin de Donald Trump el 3 de julio de 2021 en Sarasota, Florida.
Si
antaño la «ultraderecha» (el término es de Dworkin) prometía a
las mujeres blancas la seguridad y la protección de la domesticidad
patriarcal, hoy ofrece algo más, algo más inmediatamente
transgresor, más sensible a los impulsos destructivos y a las
fuerzas antisociales y más próximo a la igualdad que rechaza y a la
libertad a la que renuncia. Ofrece a las mujeres blancas un relato de
su infelicidad y un terreno afectivo en el que expresar su rabia.
Schlafly y otros «conservadores de movimiento» pregonaron en su día
«el poder de la mujer positiva», pero la derecha actual comprende
el poder y la potencia de lo negativo. Se deleita con la ira de las
mujeres blancas y alimenta su resentimiento. Alienta su agresividad.
Y esto,
me atrevería a sugerir, es al menos parte de su atractivo. No se
trata simplemente de proteger sus propios intereses (como mujeres
blancas, mujeres pequeñoburguesas, mujeres de ciudadanía
estadounidense), ni siquiera de desear propiamente la dominación,
sino de acceder a los placeres del afecto y la agencia «masculinos».
Privilegio reservado sólo a algunas mujeres, todo lo cual es parte
del asunto y es también una forma de «antifeminismo femenino» y a
la vez un reflejo del feminismo neoliberal al que se opone, otra
versión degradada del tenerlo
todo,
donde en lugar de la carrera empresarial y la familia reproductiva
heterosexual, las mujeres pueden acceder al entrenamiento de combate,
la tenemcia de fusiles AR-15, la sexualidad poliamorosa, el
conspiracionismo y, sobre todo, una apariencia de poder a falta de
ningún poder real. Algunas mujeres quieren sentarse a la mesa de los
consejos de administración. Otras quieren estar en el ojo del
huracán.
Ocean
Beach, el barrio «bohemio» que Babbitt consideraba su hogar, está
a unas cuarenta millas de Camp Pendleton, una de las mayores bases
del Cuerpo de Marines de Estados Unidos. El ejército, la playa y la
frontera son las instituciones más poderosas de San Diego y dan a la
región su peculiar cultura política. Desde hace varias décadas, la
extrema derecha ha adoptado una estrategia deliberada para
infiltrarse en el ejército estadounidense. Y el sur de California ha
sido durante mucho tiempo un hervidero de supremacistas blancos y de
actividad de bandas de cabezas rapadas. Pero no parece que Babbitt
formara parte de ese ambiente, ni siquiera que se radicalizara
durante su servicio en las Fuerzas Aéreas. Lo más probable es que
se formara, como millones de otras personas, en los rangos inferiores
del aparato de seguridad estadounidense, moldeada por la política
local de una frontera nacional a sólo veinticinco millas de su casa,
y que girara hacia la extrema derecha por su propio «sentido común»
y su comunidad. Las mujeres constituyen alrededor del 15 % del
ejército estadounidense, donde se ven sometidas a escandalosos
niveles de acoso y agresión sexuales. El ejército es también donde
las mujeres aprenden a «dar la mano como los hombres» y a
participar en los rituales de violencia de género a que se ven
sometidas de forma rutinaria.
El
retrato del masoquismo femenino que nos presenta Macciocchi no puede
plasmar las complejidades de una Ashli Babbitt. Y la representación
que hace Dworkin de las mujeres de derecha no capta nada del
irracionalismo, para el que el psicoanálisis sigue siendo nuestro
mejor vocabulario teórico disponible. No obstante, ambas pensadoras
están muy en sintonía con lo que Horkheimer y Adorno describen como
el «fascismo potencial» latente en nuestras instituciones, así
como la dinámica de fascistización,
por utilizar la muy útil terminología de Ugo Palheta, que aprovecha
ese potencial. Ambas ven en el sexo un instrumento clave de la
fascistización.
Palheta
define la fascistización como «todo un periodo histórico» y un
proceso que prepara a una determinada población para el fascismo. A
ese respecto, percibe «dos vectores principales»: «el
endurecimiento autoritario del Estado y el auge del racismo». Creo
que merece la pena reflexionar sobre ese endurecimiento autoritario
del Estado en relación con el endurecimiento de la personalidad que
implica la idea reichiana de «armadura de carácter». A un nivel
incluso más básico, sin embargo, ¿podemos hablar de fascistización
sin hablar de sexo? ¿Estaremos en condiciones de comprender el
fascismo de nuestro tiempo y cómo se relaciona con los fascismos del
pasado? ¿Entenderemos cómo la misoginia en línea se convierte en
droga de iniciación para la extrema derecha, cómo el mundo de los
activistas por los derechos de los hombres, los ligones, los MGTOW
que se dedican a provocar y los «célibes involuntarios» se solapa
con el de los supremacistas blancos, las milicias y los proud
boys,
o incluso el hecho de que un episodio relativamente menor como el
#gamergate pueda describirse de forma plausible como uno de los
acontecimientos inaugurales de la era de Trump? ¿Reconoceremos en el
mito del «Gran Reemplazo» una apuesta por el control de la
sexualidad de las mujeres, así como el pánico racista y
culturalista? O, para subrayar aún más lo que quiero decir, si no
vemos en el sexo un instrumento de fascistización, ¿podemos
comprender a las antivacunas, a las madres que hacen yoga y a las
gurús del bienestar que forman parte del resurgimiento de la nueva
derecha, o cómo la conspiración Q-anon moviliza los temores de las
mujeres por sus hijos? ¿Podemos percibir cómo la política del
#MeToo —que coloca a algunas en la posición de víctimas de las
insinuaciones sexuales no deseadas del jefe, a otras en la de esposa
del jefe y a otras en la de madres que esperan que sus hijos pequeños
crezcan para llegar a ser jefes— da forma al momento actual?
¿Podemos explicar la manera en que un movimiento relativamente
marginal como #Tradlife se relaciona con el proyecto político más
amplio de antifeminismo en la derecha? ¿Podemos escuchar sus ecos
más tenues entre la izquierda intrigada por el fascismo
(«fash-curious»)
o socialista tradicional («trad-socialist»)?
¿Podremos comprender una situación política en la que las
feministas radicales trans excluyentes (TERF) hacen el trabajo de los
fundamentalistas religiosos y los nacionalistas culturales?
¿Comprenderemos por qué la liberación trans no es sólo un
proyecto feminista sino también antifascista?

Logotipo de Proud Boys junto a las palabras de Trump dichas antes del asalto al Capitolio.
Lo
que tanto para Macciocchi como para Dworkin resultaba novedoso en los
movimientos reaccionarios que observaban, a saber, la movilización
del «antifeminismo femenino» en defensa de la dominación
masculina, podría parecer en cambio una estrategia en permanente
estado de evolución de la derecha. Resulta sorprendente que ni a
Macciocchi ni a Dworkin se les preste hoy mucha atención en los
debates sobre el fascismo, especialmente cuando a estas alturas
parece que se hubiese releído a todos los pensadores importantes del
siglo como si hubieran predicho ese acontecer. Es como si la
izquierda no supiera aún cómo hablar de las mujeres y de la
derecha, lo que trae como consecuencia que no sepa cómo luchar por
la liberación que exige el feminismo.
Para
nada es obvio que Macciocchi y Dworkin puedan ser objeto del mismo
análisis. Escribieron en contextos nacionales e históricos
diferentes, sostuvieron ideas muy diferentes sobre la historia y la
sociedad y promovieron políticas feministas diferentes y se las
vieron con movimientos reaccionarios igualmente diferentes. También
adoptaron posturas opuestas sobre la compatibilidad, en última
instancia, de marxismo y feminismo y sobre los usos del psicoanálisis
para la política feminista. Macciocchi, hija de padres antifascistas
que vivían en la región del Lacio, nació en el mismo año en que
Mussolini tomó el poder. Se convertiría en una periodista
consagrada y en una política electa, aunque su temprana teoría
crítica del fascismo, en la que se fusionaban razonamientos
marxistas, feministas y psicoanalíticos, permanece en la oscuridad
y, en su mayor parte, olvidada. Fue miembro del Partido Comunista
Italiano (PCI) y seguidora de Gramsci y expuso sus ideas ante el
público francés en París y Argel; ideas que tuvo que defender de
sus críticos, entre ellos Louis Althusser. Su correspondencia con
Althusser, de finales de los sesenta, resultó en un distanciamiento
considerable respecto del PCI. Un década después, la expulsaron del
partido por su apoyo al maoísmo y a la Revolución Cultural. Más
tarde, tras conocer al Papa Juan Pablo II, adoptó posiciones
alineadas con la Iglesia y sus enseñanzas.
Si
bien de algún modo esa tardía «conversión» no deja de causar
asombro, también es cierto que en ningún momento Macciocchi dejó
de postular que la Iglesia y la religión ocupaban el centro de la
vida política italiana. Ya en La
donna “nera”
había sostenido que el mito católico de la sexualidad femenina —la
madre virgen como contraimagen de la puta lastimera— proporcionaba
la base ideológico-psicológica del fascismo. Mussolini entró en un
terreno político ya asentado y considerablemente moldeado por
instituciones e ideologías conservadoras. Y en ese terreno movilizó
a las mujeres, mujeres que habían perdido a sus hijos y hermanos en
la guerra y que anhelaban una política que valorase y venerase la
muerte. Según Macciocchi, en los cimientos del fascismo yace una
«feminidad martirizada, perniciosa y necrófila». Aunque de vez en
cuando caiga en una visión simplista de las mujeres como
«instintivamente» sumisas y propensas a lo irracional, gran parte
de su análisis se centra en lo que los críticos contemporáneos han
denominado el «culto de la muerte» del fascismo y en las formas en
que las mujeres asumen la «armadura de carácter» del fascismo,
idea esta última que había tomado de Wilhelm Reich, quien trató el
ascenso del fascismo como una enfermedad de represión sexual,
inhibición y ansiedad. Al igual que otros en la tradición
freudiano-marxista, Macciocchi vio en el fascismo una especie de
irracionalismo de masas, que afligía a las mujeres de formas
peculiares. Encontró en el psicoanálisis las herramientas para
explicar cómo un proyecto agresivamente masculinista obtenía su
apoyo más fiable entre las mujeres, incluso entre aquellas que
acabarían siendo sus víctimas.
La
idea básica, según Macciocchi, era que en todo análisis marxista
había que estirar
un poco las cosas
a
la hora de abordar la política sexual del fascismo. Macciocchi pone
de relieve el hecho de que a las trabajadoras les fue miserablemente
bajo el régimen de Mussolini. Los salarios de las mujeres
disminuyeron hasta en un cincuenta por ciento. A las mujeres se las
cesanteaba, especialmente en las profesiones liberales, y se les
prohibía ejercer la medicina, enseñar en determinadas instituciones
y estudiar ciertas materias. La autonomía y la agencia reproductivas
de las mujeres se vieron gravemente limitadas. Hasta se las despojó
de sus pertenencias en oro; por ejemplo, el 18 de diciembre de 1935,
cuando Mussolini proclamó El
Día de la Fe
y
pidió a las esposas italianas que entregaran sus anillos de boda al
Estado. Había transcurrido apenas un mes desde que la Sociedad de
Naciones impusiera sanciones a Italia por la invasión de Etiopía,
por lo que el régimen estaba desesperado por conseguir dinero y
recibir muestras de apoyo. Solamente en Roma, los fascistas
colectaron cientos de miles de anillos. En Milán, casi otros tantos.
Incluso en Nueva York, Filadelfia y Chicago, miles de mujeres
enviaron oro al Duce: se estima que el gobierno italiano recaudó
hasta 100 millones de dólares en concepto de artículos de oro
entregados por mujeres de todo el mundo. A cambio, las mujeres
recibían pequeños anillos de hierro que llevar en lugar de sus
alianzas, a veces grabados con la firma de Mussolini. Se utilizaban
en las ceremonias de segundas nupcias, para cimentar el segundo
matrimonio de una mujer con el Estado, en lo que Macciocchi veía un
«matrimonio místico bajo el signo de la Muerte (la guerra) y el
Nacimiento (las cunas)». Bajo el fascismo, empeoraron las
condiciones materiales de las mujeres, cuyo apego al régimen, no
obstante, era indefectible. La vida cotidiana estaba ensombrecida por
la muerte. Mussolini hablaba de «ataúdes y cunas» y exaltaba a las
mujeres como guardianas eternas de la vida y la muerte. El
psicoanálisis podría dar cuenta de los elementos del mito fascista
que despiertan nuestras pulsiones psicológicas más profundas.
Pero
hasta en el propio psicoanálisis hubo que estirar
un poco las cosas
para
dar cuenta del mito de la sexualidad femenina en el centro del
inconsciente fascista. El acoplamiento y la amalgama de la vida y la
muerte en el inconsciente fascista estaban, para Macciocchi,
poderosamente moldeados por las instituciones concretas de la Iglesia
y la Familia. El fascismo no fue una ruptura con la tradición, sino
su veneración hueca y su activación instrumental. «La plaga
“emocional” del fascismo se propaga a través de una epidemia de
familismo» que exige a las mujeres que se entreguen «a aquel que
blande el látigo». El fascismo es una forma específica de
conquistar las calles, pero nace en el aparato familiar. A pesar de
sus diferencias con Althusser («un profesor ahí, desde su cátedra
parisina»), Macciocchi también readapta sus conceptos más
significativos y, así, escribe: «las ideas que dominan los pilares
del aparato ideológico del Estado, gracias a las fuerzas conjuntas
del capitalismo y del fascismo, giran en torno al familismo, el
antifeminismo, el patriarcado». Esas ideas son las «prácticas
rituales» a través de las cuales las mujeres «aceptan
voluntariamente los “atributos regios” de la feminidad y la
maternidad». Ideas que se ven reforzadas, por ejemplo, por «las
cuatro encíclicas papales que […] se han promulgado contra las
mujeres y su trabajo, con el fin de no exigirles otra cosa que la
procreación, y, como consecuencia, desautorizar su recurso al
divorcio, las píldoras anticonceptivas, el aborto, etc.». La
cuestión es que las instituciones y sus ideologías construyen la
«armadura de carácter» de la feminidad de la que depende el
fascismo. La idea de «armadura de carácter» propuesta por Reich
era en sí misma una reconstrucción freudiana de la idea marxista de
Charaktermaske
y
remitía a las capas endurecidas de la subjetividad que se forman en
defensa contra el dolor y el desagrado, endémicos en el patriarcado
capitalista. El fascismo llegaba a las mujeres a través de la
«armadura de carácter» de la feminidad, que aquellas confundían
con el poder.
Andrea
Dworkin no era marxista, ni creía que el feminismo pudiera sujetarse
al marxismo. Macciocchi había hecho la crítica de una
«ultraizquierda infantil» que creía que la revolución obrera
resolvería el problema de la opresión sexual. Y cuestionaba a la
izquierda no sólo por su énfasis en la producción a expensas de la
reproducción, sino por un fascismo a la inversa que pretendía
depurar de la política las luchas por la reproducción. Aun así,
Macciocchi había creído en el matrimonio feliz entre marxismo y
feminismo. Dworkin es hija de su divorcio. Parte de la polémica que
sostiene en Right-Wing
Women
es
que, por desgracia, era la derecha —y no
la
izquierda— la que se había tomado en serio las preocupaciones de
las mujeres, aunque en esa categoría se incluyera sólo a las
mujeres blancas, de clase media, cristianas y heterosexuales y no se
les ofreciera otra cosa que la falsa «seguridad» del hogar y un
lugar subordinado en su seno. El psicoanálisis tampoco le ofrecía a
Dworkin gran cosa. Su sujeto normativo era masculino y su lugar de
formación era la familia patriarcal. Lo que es más importante, para
Dworkin, los conflictos sexuales que producen las personalidades de
hombres y mujeres no
son
tan
profundos,
como sugiere la idea freudiana del inconsciente. Todo ese sexo y esa
muerte están, de hecho, ahí mismo, en la superficie.
Al
igual que Macciocchi, Dworkin veía en las instituciones e ideologías
religiosas conservadoras un punto de contacto clave entre el
conservadurismo tradicional y una extrema derecha activada. Construyó
un perfil de las mujeres sureñas conservadoras de origen bautista y
católico en el que se mostraba cómo el uno y la otra intentaba
convencer a las mujeres del precio que debían pagar por los
privilegios de la protección masculina. Algunas de esas mujeres
creían profundamente en la supremacía masculina. Otras eran más
estratégicas en su orientación. Ninguna más que la propia
Schlafly, «poseída por Maquiavelo, no por Jesús» y singular entre
las mujeres de derecha por su astucia y fuerza. Vale la pena citar in
extenso
lo
que sobre Schlafly escribe Dworkin:
“A
diferencia de la mayoría de las demás mujeres de derecha, Schlafly,
en su producción escrita y oral, no reconoce haber experimentado
ninguna de las dificultades que desgarran a las mujeres. En opinión
de muchos, su implacabilidad como organizadora queda mejor demostrada
por su demagógica propaganda contra la Enmienda de Igualdad de
Derechos, aunque también se pronuncia con elocuencia contra la
libertad reproductiva, el movimiento feminista, el gobierno
intervencionista y el Tratado del Canal de Panamá. Sus raíces, y
tal vez su propio corazón, están en la vieja derecha, pero dejó de
ser una desconocida para toda audiencia de conideración sólo cuando
emprendió su cruzada contra la Enmienda de Igualdad de Derechos. Es
probable que el objetivo que ambiciona sea valerse del voto de las
mujeres para alcanzar los más altos escalones del liderazgo
masculino de derecha. Puede que aún descubra que es una mujer (tal
como entienden el significado de la palabra las feministas), ya que
sus colegas masculinos se niegan a dejarla escapar del gueto de las
cuestiones femeninas y situarse al más alto nivel. En cualquier
caso, parece capaz de manipular los temores de las mujeres sin
experimentarlos. De ser ese realmente el caso, semejante talento le
proporcionaría un inestimable y despiadado desapego como estratega
resuelta a convertir a las mujeres en activistas antifeministas.
Precisamente porque las mujeres han sido entrenadas en el respeto y
la obediencia a quienes las utilizan, Schlafly inspira pavor y
devoción en las mujeres que temen verse privadas de la forma, la
protección, la seguridad, las normas y el amor que promete la
derecha y de los que las mujeres creen que depende su supervivencia”.
Schlafly
aparece, en este caso, como una amaestradora de «hembras
domesticadas» (el término, una vez más, es de Dworkin), capaz de
manipular los temores de las mujeres precisamente porque las mujeres
domesticadas están entrenadas para seguir a quienes las utilizan. Lo
que Schlafly ofrece a las mujeres es la promesa de un mundo en que
permanezcan seguras y protegidas. Una promesa basada en la visión
«maquiavélica» de que se trata de «un mundo de hombres» y de que
es tarea de las mujeres asegurarse un lugar en él. Para Dworkin, esa
promesa suponía la admisión indirecta de un mundo que, para las
mujeres, era una zona hostil de guerra. En lo que Macciocchi llamaba
la «armadura de carácter» de la feminidad, Dworkin veía el
instinto de supervivencia. No había en ello nada irracional.
También
Dworkin es una figura complicada. Su cruzada contra la pornografía
parece ahora un desastre total y tal vez la derrota política de
mayores consecuencias para el movimiento feminista en los últimos
cincuenta años. Sus escritos se han convertido en justificado blanco
de críticas por su descuido de los poderes y privilegios que hacen
que las mujeres blancas tengan una importante participación en la
supremacía blanca. Si bien es
cierto que no se ocupa de ese tema, también lo es que el postulado
fundamental de Right-Wing
Women
es
que algunas mujeres tienen en la supremacía masculina importantes
intereses que defender. Dworkin reconoce que el «antifeminismo
femenino» toma forma en la oposición a los intereses de las mujeres
negras, lesbianas, trans, pobres: todo tipo de mujeres que no tienen
a su disposición las protecciones de la familia patriarcal. La
cuestión, para Dworkin, no era por qué algunas mujeres luchaban por
su servidumbre como si fuera su salvación. La cuestión era si el
feminismo tenía algo que ofrecer a las mujeres más allá de un
acuerdo negociado con la supremacía masculina.
Consideradas
de conjunto, Macciocchi y Dworkin restituyen el sexo al centro de
nuestros debates actuales sobre el fascismo y la derecha. Por su
propia autorrepresentación, el fascismo pretende ser una alternativa
genuina a la izquierda y la derecha, un proyecto «posideológico»
dirigido a restaurar la unidad y la grandeza de la nación. Lo
cierto, y lo que Macciocchi y Dworkin ven con tanta claridad, es que
la extrema derecha activa las instituciones conservadoras (la
iglesia, el ejército, la familia) y afirma los valores burgueses
(«la supervivencia del más fuerte») a fin de impulsar un programa
autoritario. Más allá de esto, ambas tratan el sexo como un vector
primario de fascistización.
La
fascistización se refleja no sólo en el éxito electoral de los
partidos de derecha, sino también en la normalización de la
violencia no ordinaria y la crueldad cotidiana, el aumento
espectacular de la desigualdad económica, la desublimación
represiva de la rabia y del resentimiento colectivos, el asalto a la
democracia participativa a todos los niveles y el fortalecimiento de
un régimen racial de terror de Estado. En Estados Unidos,
concretamente, la fascistización se refleja en la letal conjugación
de guerra imperialista y agitación nacionalista, en el papel
decisivo de instituciones antidemocráticas (el colegio electoral,
las tácticas obstruccionistas en el Congreso, los tribunales, el
propio Senado) a la hora de determinar quién ostenta el poder, en la
desmesurada influencia política del nacionalismo cristiano y la
ortodoxia católica, en los amplios poderes discrecionales otorgados
a unas fuerzas policiales altamente militarizadas, en el poder no
regulado de las empresas de medios sociales para lucrar con la venta
de nuestros «datos» y difundir desinformación, en la movilización
de milicias extraparlamentarias, en las frecuentes mascares a tiros
en escuelas, lugares de culto, clubes nocturnos, cafeterías, salas
de prensa, estudios de yoga y centros comerciales. Estados Unidos ha
sido un hervidero de violencia armada y terror policial durante toda
su historia, pero esa violencia y ese terror han terminado por
convertirse en rasgos definitorios de la cultura estadounidense.
Estados Unidos es el mayor traficante de armas del planeta, en cuyas
manos reposa el control de casi el 40 % de la cuota del mercado
mundial, por lo que su gobierno y su economía se engrasan con la
violencia que exporta a todo el mundo. No se trata de acontecimientos
«posideológicos», sino de acontecimientos que apuntan a la
escalada y la intensificación de un dilatado proyecto ideológico.
Ese proyecto está conformado por la pérdida
real
o aparente de poder, lo que Wendy Brown ha descrito como un
supremacismo masculino blanco agraviado que está «herido sin estar
destruido» y que, por tanto, depende de las mujeres de una forma
nueva.
¿Qué
tiene que ver, ain embargo, todo esto con Ashli Babbitt? ¿Y qué
tienen que ver Macciocchi y Dworkin con Babbitt, uno
más del grupo,
cuyo acceso a instituciones históricamente masculinas se basó en
los ambiguos logros del movimiento feminista, cuya caídaen el
conspiracismo Q-anon comenzó por el odio que llegó a sentir por
mujeres de poder como Clinton y Pelosi, cuya protesta política
pequeñoburguesa asumió un tono explícitamente de género? Aquí
nos damos la mano como los hombres
es
una fantasía de agencia y poder, una fantasía de participación en
el contrato social-sexual, una fantasía de acceso a la intimidad
homosocial y a sus secretos, una fantasía de hermandad y
pertenencia. Es una fantasía trans que no puede reconocerse como
tal, pero que, extrañamente, también admite su fracaso. Como
los hombres.
Como los hombres que rodearon a Babbitt en el Capitolio, los que la
ayudaron a subir y atravesar los cristales rotos y los que se
arremolinaron a su alrededor después de que cayera al suelo.
¿Quiénes eran esos hombres? ¿No era Babbitt más
que un hombre a
la hora de su muerte?
El
martirio de Ashli Babbitt subraya el argumento de Macciocchi sobre la
presencia de una «pulsión de muerte» en la raíz del fascismo y
sus peculiares expresiones en las mujeres. Del mismo modo que
confirma la premonición de Dworkin de que las nuevas mujeres de
derecha serían producto del movimiento feminista al que se oponen.
El concepto y la crítica del feminacionalismo son importantes, pero
son insuficientes para las complejidades de esa situación. Desde un
ángulo diferente, Moira Weigel acuña el término «Personalidad
autoritaria 2.0» para aquellas partes de la derecha que han
encontrado su hogar en Internet y entre los poderosos actores de
Silicon Valley. Weigel muestra cómo esos actores, moldeados por la
Gran Tecnología y receptivos a las condiciones materiales del
capitalismo de plataformas, han absorbido elementos de la
contracultura de los años sesenta y sus ideas sobre la libertad. «AP
2.0» no es un programa para la movilización de las masas, como lo
fue en su día el fascismo. Es la identificación algorítmica y la
agitación de nichos de mercado de consumidores. Weigel, brillante
historiadora de los medios de comunicación, se mantiene alerta a la
dinámica de género que aflora por doquier en Internet y a la manera
en que las tecnologías mediáticas han moldeado nuestras vidas
sexuadas fuera de Internet, pero en no poca medida deja intacta la
política sexual de «AP 2.0».
Macciocchi
advirtió de que el hecho de no tomarse en serio el «antifeminismo
femenino» significaba que la izquierda carecía de la claridad
política y el compromiso feminista necesarios para derrotarlo. A
Dworkin le preocupaba que la derecha se dirigiera a las
preocupaciones de (algunas) mujeres, mientras que la izquierda se
distanciaba del movimiento feminista. La coyuntura actual, marcada
por la muerte y la enfermedad en masa, la eflorescencia afectiva en
torno a los nuevos medios de comunicación, la redomesticación del
trabajo femenino y el nuevo familismo del periodo neoliberal,
producirá sus propias formas de «antifeminismo femenino» en todo
el espectro político. Quienes se hayan educado en la tradición
feminista oirán la «máquina de resonancia» que produce a las
Bruenig
y a las Barret,
junto con las Babbit. En momentos en que Europa contiene el aliento
ante la posible elección de Marine Le Pen, la hija del fascismo en
Francia —y ello después de que la propia ministra de Educación
Superior del presidente Macron, Frédérique Vidal, declarara que la
«teoría de género» formaba parte de lo que llamó una amenaza
«islamo-izquierdista» contra la República—, tendremos que volver
a examinar una vez más esas cuestiones. Y redescubrir que todo
auténtico antifascismo, en la teoría y en la práctica, requiere
una política feminista militante.
Fuente:
JACOBIN