Por
Aldo
Rubert La intervención de Estados Unidos en Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro no es fruto de exceso ni de una anomalía, sino de la explicitación de una lógica imperial que, cuando fracasa en disciplinar por medios económicos y financieros, recurre directamente a la apropiación violenta de la soberanía.
Este gesto revela hasta qué punto Venezuela ha sido situada fuera del orden normal de relaciones internacionales. No es tratada como un actor con el que se negocia, sino como un cuerpo político al que se le puede arrebatar su conducción cuando se alteran los equilibrios del sistema mundial.
Ni democracia ni petróleo
La explicación de la injerencia destinada a “traer democracia y libertad” ni siquiera ha hecho parte del arsenal retórico en esta ocasión, y la ofrecida por la Casa Blanca en torno al narcotráfico se desmorona por sí sola al constatar que Venezuela ocupa un lugar claramente secundario en las rutas de la droga hacia Estados Unidos.
Del mismo modo, el argumento de la búsqueda del “oro negro” a cualquier precio tampoco se sostiene, ya que Estados Unidos dispone de una elevada producción interna de hidrocarburos y, además, se abastece de países como México, Canadá y Arabia Saudí, lo que no explica por qué intervenir precisamente ahora en el petróleo venezolano.
Para comprender por qué Venezuela se convierte en objeto de esta agresión neocolonial, es necesario pues abandonar las explicaciones morales o ideológicas y analizar la estructura de (in)dependencia y de inserción internacional en la que se inscribe el país.
La noción de "estrategia de extraversión", desarrollada por Jean-François Bayart en el campo de las relaciones internacionales y de la sociología histórica, ofrece un punto de partida particularmente fértil.
Bayart sostiene que la inserción de África –y más ampliamente de los países del sur– en el sistema internacional no puede entenderse como una simple relación de dominación pasiva, sino como un proceso histórico en el que los actores locales pueden utilizar y utilizan activamente la dependencia externa como recurso político.
A diferencia de las teorías dependentistas o cepalistas, que conciben la extraversión como un mecanismo esencialmente negativo porque la economía periférica orientada al exterior es sinónimo de crecimiento dependiente del centro y por lo tanto productor del “desarrollo del subdesarrollo”, el enfoque de Jean-François Bayart permite entenderla como una estrategia política activa de las élites de los Estados periféricos.
Esta perspectiva no solo subraya que los efectos de la extraversión dependen de la configuración del sistema internacional, sino que también nos aleja de una visión paternalista y occidentalista que tiende a asumir que, cuando potencias como Rusia o China amplían su influencia en África o en América Latina, estos países quedan automáticamente atrapados en una lógica colonial similar a la del pasado.
Por el contrario, el concepto de extraversión invita a analizar las relaciones internacionales como espacios de negociación, arbitraje y disputa, en los que los Estados periféricos no son meros objetos pasivos de dominación, sino actores capaces de movilizar recursos externos en función de sus propios márgenes de maniobra.
Para Bayart, los Estados del sur o periféricos no se constituyen al margen del sistema internacional, sino a través de él: las élites políticas construyen y reproducen su poder movilizando recursos externos –económicos, militares, financieros o diplomáticos– en una lógica de extraversión que implica una estrategia activa de inserción en las jerarquías globales.
Este marco teórico se forjó para analizar las trayectorias políticas africanas, pero resulta especialmente útil ahora para comprender por qué, en términos de autonomía y margen de maniobra, no es lo mismo para Venezuela depender de una sola potencia hegemónica que de un escenario bipolar o multipolar como el que encarnan China, Rusia y el espacio de los BRICS.
El grado de autonomía que puede extraerse de esa extraversión depende de la estructura del sistema mundial. Cuando el orden internacional es unipolar, la extraversión se transforma en una relación vertical y disciplinaria; cuando existen varios polos en competencia, esa misma extraversión puede convertirse en una fuente de negociación, arbitraje y autonomía relativa.
El caso venezolano ilustra con claridad esta diferencia. Bajo la hegemonía estadounidense, la inserción externa del país ha estado históricamente canalizada a través de un único eje de poder: el mercado petrolero dominado por Estados Unidos y el sistema financiero internacional estructurado en torno al dólar.
Es precisamente a ese orden al que aspiran sin tapujos el trumpismo y el movimiento MAGA: volver a una situación de explotación del petróleo venezolano de rentabilidad sin precedentes para las multinacionales estadounidenses y sus accionistas, mitificada como una “edad de oro” en los años cincuenta, cuando Estados Unidos apoyaba a Marcos Pérez Jiménez.
El petróleo venezolano se convirtió más tarde no solo en una mercancía estratégica, sino en una pieza central del engranaje del petrodólar, heredero del acuerdo de 1974 entre Washington y Arabia Saudí, mediante el cual el comercio global de crudo quedó anclado a la moneda estadounidense.
Como explica Yago Alvárez, este sistema ha permitido a Estados Unidos sostener déficits fiscales y comerciales crónicos, financiarse a bajo coste y, sobre todo, convertir su moneda en un instrumento de poder geopolítico capaz de sancionar, bloquear o asfixiar economías enteras.
Tras la nacionalización “armoniosa” impulsada por Carlos Andrés Pérez en 1976, y ya plenamente inscrita en este contexto unipolar, la extraversión venezolana no ofrecía ningún margen real de elección: depender del dólar y de los canales financieros controlados por Washington equivalía, en la práctica, a aceptar una soberanía de papel.
El motivo de la intervención de Estados Unidos
Si bien los enfrentamientos con Estados Unidos y la recuperación formal del control estatal sobre el petróleo se remontan al menos al golpe de Estado de 2002 y a las expropiaciones de ExxonMobil y ConocoPhillips, que cuestionaron el control directo de las multinacionales estadounidenses, es a partir de 2024 cuando esta configuración comienza a resquebrajarse en términos estructurales.
Venezuela comienza a vender parte de su petróleo en yuanes, euros o rublos y a construir canales de pago alternativos con China, país que había llegado a concentrar más del 80% del petróleo venezolano destinado a la exportación. Este proceso no se limita a una diversificación de socios comerciales frente a las sanciones norteamericanas, sino que altera el patrón de extraversión dominante.
Esto no elimina el hecho de que PDVSA arrastrara desde hacía años una corrupción estructural, acompañada de una caída sostenida de la producción petrolera, ni que, como señala Bayart, la multipolaridad no pueda transformarse en rentas políticas o económicas dentro de estrategias locales y clientelares de poder, que explican la lealtad del ejército al madurismo sin Maduro.
Sin embargo, estas maniobras permitieron reducir parcialmente la dependencia respecto de Estados Unidos y sortear, aunque de manera limitada, un régimen de sanciones que, como ejercicio deliberado de poder soberano, fue diseñado para empujar al país al colapso y presentar como única salida la devolución de la explotación petrolera a las empresas estadounidenses expropiadas por Hugo Chávez en 2007.
De ahí que Trump reivindique la recuperación de los activos estadounidenses supuestamente “robados" en aquella operación. La tentativa de desdolarización, aunque limitada en términos cuantitativos, posee pues un enorme valor político y simbólico: demuestra que es posible comerciar y sobrevivir fuera del circuito del dólar.
Precisamente por eso provoca una reacción tan virulenta por parte de Estados Unidos, comparable a las intervenciones militares contra Irak o Libia cuando estos países intentaron modificar las reglas monetarias del comercio petrolero. Cada vez que la hegemonía del petrodólar se ve amenazada, el centro imperial recurre a la coerción para cerrar de nuevo el espacio de la extraversión.
La diferencia fundamental entre depender de una sola potencia y operar en un entorno multipolar radica, por tanto, en la posibilidad de pluralizar las fuentes externas de poder. En un escenario BRICS, Venezuela no deja de ser un Estado extravertido, pero su extraversión deja de estar monopolizada.
La existencia de China como gran comprador de crudo, de Rusia como aliado político y energético, y de mecanismos financieros alternativos al dólar, amplía el abanico de opciones y reduce la capacidad de un solo actor para imponer disciplina absoluta.
Tal como observó Bayart en el caso africano, la competencia entre potencias permite a los Estados periféricos jugar con los equilibrios externos, renegociar condiciones y evitar la captura total por un único centro de poder.
Desde esta perspectiva, la intervención de Estados Unidos en Venezuela no puede entenderse únicamente como una disputa por el control de sus reservas petroleras o como un enfrentamiento ideológico con el gobierno de Nicolás Maduro. Se trata de un episodio de una lucha más amplia por la estructura del orden internacional, donde resurge una Doctrina Monroe que jamás fue plenamente sepultada.
El intento estadounidense de “limpiar” la influencia china en Venezuela y de imponer un alineamiento exclusivo revela el temor a un mundo en el que la extraversión deje de ser unidireccional. La expansión de los BRICS, la creciente desdolarización del comercio energético y el acercamiento entre países productores de petróleo y Pekín apunta(ba)n hacia un sistema en el que la hegemonía estadounidense ya no es incuestionable.
Por eso el golpe contra Venezuela no es solo un ataque a un país concreto, sino un intento de Estados Unidos por mantenerse al mando y frenar la transición hacia un orden internacional en el que los Estados periféricos dispongan de mayor margen para negociar su inserción en la economía global.
Fuente: DESCIFRANDO LA GUERRA
No es solo el petróleo: la desdolarización y China, tras el golpe de Estado de Trump en Venezuela
Periodista económico de EL SALTO.
Estados Unidos no puede permitir que el comercio mundial de crudo
deje de hacerse en petrodólares o su hegemonía se pondría en
peligro, por lo que necesita acabar con la influencia China en países
con reservas de crudo
Petróleo, petróleo, petróleo... Hasta 26 veces mencionó el oro negro Donald Trump en la rueda de prensa posterior a la intervención en Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro.
La Casa Blanca no se ha andado con muchos rodeos, excusas y eufemismos a la hora de reconocer que la violación del Derecho Internacional que ha cometido con el golpe de Estado en Caracas ha sido para que las grandes empresas energéticas estadounidenses se hagan con el petróleo venezolano.
Pero observar tan sólo las reservas de petróleo puede dejar el análisis en lo superficial, ya que ese mismo crudo mantiene algo más que las cuentas de resultados de las petroleras o de los países productores, también es un pilar necesario para una de las principales y más poderosas armas de la hegemonía mundial de Estados Unidos: la dolarización de la economía global y, más concreto, la del comercio de crudo. Son muchos los analistas que señalan que el petróleo es lo que se ve, pero que Trump ha dado este golpe en la mesa para evitar que las exportaciones de barriles venezolanos acaben comerciándose en otras monedas.
El sistema de comercio mundial de petróleo fue la herencia del acuerdo firmado entre Estados Unidos, con Henry Kissinger a la cabeza, y Arabia Saudí, país líder de la OPEP, en 1974. La gran potencia norteamericana garantizó protección militar y la venta de armas al régimen saudí a cambio de que vendiera su petróleo exclusivamente en dólares e invirtiera los excedentes de esa producción en bonos del Tesoro de Estados Unidos. Más tarde, el resto de países de la OPEP siguieron a Arabia Saudí y nació el sistema global dominante del petrodólar.
Desde ese momento el mercado de compra y venta de crudo pasó a negociarse en dólares, generando una demanda constante de la divisa. Esa necesidad de obtener dólares a todo aquel que necesite importar petróleo mantiene la demanda de la moneda alta de forma artificial, lo que permite que Estados Unidos se pueda financiar más barato (reduce los tipos de interés) y le permite tener déficits fiscales y comerciales sin que afecte a su economía, como sí le ocurre a cualquier otro Estado. De esta forma, la economía estadounidense puede seguir gastando, aumentando su déficit (mayor del 6% del PIB) y su ratio de deuda respecto al PIB (supera el 122%) sin temor a que su moneda pierda valor y sin que los mercados encarezcan mucho lo que paga por su financiarse.
Aunque lo cierto es que existen motivos más allá de las ratios económicos: el dominio del dólar como moneda global da a Estados Unidos un enorme poder geopolítico y la capacidad de sancionar a aquellos países que la Casa Blanca ponga en su mira. Trump puede congelar activos en dólares a Estados o puede excluirlos del sistema de pagos internacional, lo que puede congelar el comercio de dicho país o imposibilitar sus importaciones de materias primas referenciadas al dólar como el caso del crudo. Esa es una de las bases del poder hegemónico de Estados Unidos.
Si el petróleo se empieza a comerciar en otra moneda, el país norteamericano puede perder esa hegemonía. Ahí es donde entra Venezuela y el competidor por dicha hegemonía mundial estadounidense, la China de Xi Jinping.
“El golpe de Estado estadounidense en Venezuela también tiene como objetivo ayudar al sistema del petrodólar”, afirma en redes sociales el alemán Richard Wegner, doctor en Economía por la Universidad de Oxford. “Venezuela, con las mayores reservas de petróleo del mundo, desafió al dólar vendiendo petróleo en yuanes, euros y rublos, eludiendo el dólar y creando canales de pago alternativos con China”, señala el economista como principal motivo para que Caracas haya desatado las iras de Washington.
No sería la primera vez que ocurre. Wegner señala dos precedentes históricos: el derrocamiento de Sadam Husein en Irak por pretender cambiar dicho comercio al euro o el del líder libio Muamar el Gadafi, que pasó de ser considerado un aliado de Occidente (no olvidemos que Alberto Ruíz-Gallardón le concedió las llaves de oro de Madrid en 2007) a convertirse en el enemigo número uno “por proponer un dinar respaldado en oro” con el que comerciar su petróleo.
Cada vez que esa hegemonía del petrodólar se encuentra en peligro, Estados Unidos utiliza toda su fuerza militar para mantener las cosas en su sitio.
Si un país como Venezuela, sujeto a innumerables sanciones económicas, no puede utilizar el dólar, debe encontrar formas y aliados a los que vender su enorme producción petrolera. Ahí es donde ha entrado China. Ante las sanciones, el Gobierno de Maduro lleva un año vendiendo el 80% de la producción de crudo al gigante asiático utilizando el renminbi (yuan), la moneda china.
¿Es ese canal de comercio suficiente para poner en jaque el dominio global del dólar? No, pero ofrece una imagen que la Casa Blanca no quiere permitir: se puede comerciar y subsistir fuera del dólar, lejos del poder estadounidense, comerciando con aquellos países cansados del imperialismo financiero y militar promovido por las distintas administraciones que han pasado por Washington desde hace ya más de 50 años. “La invasión contrarresta la acelerada desdolarización mundial liderada por Rusia, China, Irán y los BRICS, a medida que las naciones pasan a utilizar medios de pago distintos del dólar y alternativas al SWIFT”, apunta Wegner sobre esta nueva deriva multipolar hacia la que avanza el planeta.
En una línea muy similar a la de Wegner se encuentran los argumentos Aníbal Garzón, sociólogo especializado en Estudios Internacionales y autor del libro BRICS: La transición hacia un Orden Mundial Alternativo (Akal, 2024). “Pese a que Venezuela no pertenece a los BRICS, por el veto que puso Brasil en uno de las últimas reuniones, a Rusia y a China siempre le ha interesado que entre”, dice el analista que señala que si bien Rusia puede ser una cuestión más política, las intenciones de China van más enfocadas al tema del petróleo. “China ha hecho inversiones en esta industria en Venezuela y ha aumentado las importaciones desde el país, lo que ha hecho que Venezuela pueda esquivar las sanciones y ha estrechado las relaciones entre los dos países”, explica Garzón.
Aunque el autor del libro sobre los BRICS también señala a otro club de países, el de los productores de crudo, la OPEP: “Este movimiento también lo está haciendo Arabia Saudí, que aunque ha sido siempre socio de Estados Unidos ahora también negocia parte de su petróleo en yuanes con China, y también lo está haciendo Irán”. En esos procesos de desdolarización es el lugar donde se encuentran el club de los BRICS y el de la OPEP, “por eso Venezuela, sin ser de los BRICS, es un socio fundamental tanto para Rusia como para China”, dice Garzón.
Un puzzle mucho más grande
Todavía se puede ampliar mucho más el foco en el análisis, subir una capa más en esa enrevesada guerra hegemónica. “Claro que importan las reservas de petróleo de Venezuela y que las exploten las empresas estadounidenses y claro que importa la desdolarización, pero todo son piezas de un puzzle mucho más grande”, explica a El Salto Juan Vázquez Rojo, doctor en Economía, profesor e investigador en la Universidad Camilo José Cela y experto en la hegemonía del dólar y la internacionalización del yuan o el modelo económico chino.
El economista señala a la nueva estrategia de la Casa Blanca para mantener ese poder hegemónico y que quedó plasmado sin eufemismos en el documento de seguridad nacional publicado en noviembre: “Básicamente dice que tienen mantener su influencia sobre lo que ellos consideran su región, el continente americano, y tener el monopolio de poder. Algo que deciden porque otras potencias han ganado terreno en la región, sobre todo China”, señala el economista en referencia a las inversiones en infraestructuras que está haciendo el gigante asiático por toda latinoamérica o los lazos comerciales exportando manufacturas e importando, sobre todo, materias primas, además de deslocalizar producción a esos países para que las empresas chinas puedan exportar a países de esa región, incluido los Estados Unidos.
Aún así, Vázquez Rojo señala que el poder y la influencia de Estados Unidos sigue siendo muy superior si miramos las cifras de inversión, tecnología y poder de sus empresas en los países latinoamericanos, “pero Trump tiene la sensación de que está perdiendo ese peso y China se ha colado en la región”. La estrategia, según su análisis, es clara: “Intentar reforzar los gobiernos con los que me llevo bien, como hemos visto con el swap de divisas con el que prácticamente ha rescatado al Gobierno de Milei y del que no sabemos qué ha pedido Trump a cambio, y en el caso de gobiernos no afines como el de Venezuela, el documento de seguridad nacional habla claro y dice que ‘si hace falta, utilizaremos todos los medios para volver a controlar la región’. Y eso pasa, lógicamente, por el hecho de que si hay que cargarse a un gobierno pues se lo cargarán… y eso es lo que ha hecho en Venezuela”, apunta el economista.
En las próximas semanas, si nadie le para los píes a Trump, se deberá ver qué condiciones se impone al Gobierno venezolano, pero Vázquez Rojo vuelve remitirse a la estrategia de seguridad nacional de la Casa Blanca: “Se va a presentar como una estrategia de win-win, de inversiones de empresas estadounidenses y transferencias tecnológicas que beneficien a Venezuela pero, como dice el documento, esos países tendrán que renunciar a acuerdos con otras potencias”. En resumen, “Estados Unidos querrá limpiar la influencia de China en Venezuela”.
Todavía falta por ver si China y Rusia tomarán algún tipo de medida específica para contestar a esta violación del Derecho Internacional con el golpe de Estado en Venezuela y el secuestro de Maduro, pero no parece que este acto vaya a contrarrestar una corriente que cada vez se extiende con más fuerza: la de los países que están hartos del matonismo económico y bélico de los Estados Unidos. De hecho, el golpe en Venezuela puede que provoque el efecto contrario: “Es una señal de desesperación, que podría acelerar el declive del petrodólar, ya que el Sur Global está resentido por la dependencia de Estados Unidos y su uso de la fuerza militar para mantener el dominio de su moneda”, apunta Richard Werner.
Prueba de ello es que los BRICS tienen una lista de espera de Estados que se quieren adherir a este club que no deja de alargarse, los productores de petróleo miran cada vez más hacia China en sus exportaciones, los gobiernos no alineados con la Casa Blanca han encontrado en este mundo alternativo una forma de evitar las sanciones y el dólar, aunque sigue dominando sin duda, va perdiendo poco a poco posiciones ante la divisa china.
Habrá que ver qué ocurre en los próximos días y semanas pero lo que queda claro es que, tal y como resumen Aníbal Garzón, lo ocurrido este pasado fin de semana “no ha sido sólo un golpe contra Venezuela y contra Nicolas Maduro, sino que ha sido un golpe contra el mundo bipolar, contra los BRICS, contra China, contra Rusia y contra la desdolarización”.
Fuente: El Salto























No hay comentarios:
Publicar un comentario