Por Xulio
Ríos Hacer frente a Estados Unidos en este escenario resulta complejo. Lo más probable es que Beijing procure salvar los muebles, proteger sus inversiones y adaptarse
Hay una diferencia sustancial entre el largo historial de intervenciones imperiales de Estados Unidos en América Latina y el Caribe y lo acontecido recientemente en Venezuela. Como ocurrió años atrás en Panamá o en Honduras, y como todo parece indicar que ocurrirá en otros escenarios, a juzgar por las invectivas de Donald Trump, se trata de manifestaciones de un mismo empeño estratégico: expulsar contundentemente a China de la región.
En Beijing, la reacción oficial ha sido de lógica condena. Al calificar la acción estadounidense como un “abuso hegemónico”, el ministro de Exteriores, Wang Yi, afirmó que China “no aceptará que ningún país se proclame juez del mundo” y reiteró su defensa de la Carta de las Naciones Unidas. En las redes sociales chinas, los comentarios son más variopintos: desde quienes se sonrojan ante la “incompetencia” de Maduro para garantizar su propia seguridad hasta quienes celebran jubilosamente su caída, aun lamentando la incertidumbre que se cierne sobre los miles de millones de dólares en préstamos pendientes de devolución.
El orden internacional se ha convertido en una brutal contienda de poder, y esto plantea a China un dilema de gran calado. El país asiático es una potencia económica de primer orden, pero hacer frente a Estados Unidos en este escenario resulta extraordinariamente complejo. A pesar de los avances logrados en múltiples ámbitos durante los últimos veinticinco años en América Latina, su implantación es profundamente asimétrica. Podría, quizá, contar con el respaldo de ciertos actores de izquierda, pero estos atraviesan horas bajas. Desde Argentina hasta Chile, desde El Salvador hasta la propia Honduras, y en muchos otros casos, el alineamiento de las élites con los planes de Trump se antoja casi absoluto. Lula da Silva no lo tendrá fácil en las elecciones del próximo 4 de octubre, que se presagian especialmente disputadas y en las que la influencia de Washington no será marginal.
En este contexto, lo más factible es que Beijing procure salvar los muebles, proteger sus inversiones y adaptarse a un entorno que, de consolidarse, podría reproducirse en otros escenarios regionales, como el continente africano. China no se precipitará: sopesará sus capacidades, observará los desarrollos inmediatos y evaluará la reacción regional antes de calibrar su respuesta. No es ningún secreto que, con menos China –o sin China–, América Latina experimentaría claros retrocesos en términos de desarrollo. Estados Unidos no puede igualar a Beijing en este terreno. Sin apartarse de su hoja de ruta, China tratará de estimular las contradicciones que suscita el plan de Trump, tanto en la región como dentro de Estados Unidos y en el ámbito internacional. Para obtener contrapartidas con garantías, podría responder mediante medidas indirectas destinadas a generar dificultades a la Casa Blanca.
En el plano estrictamente estratégico, no puede descartarse una respuesta simétrica en su entorno inmediato: la expulsión de Estados Unidos. Si Trump advierte a China de que se mantenga fuera de “su” zona de influencia, Xi Jinping podría exigirle igualmente que haga las maletas. Este planteamiento abre dos escenarios principales de conflicto. Por un lado, el mar de China Meridional, donde Beijing mantiene una pugna abierta con Filipinas desde la llegada al poder de Ferdinand Marcos Jr.; por otro, Taiwán. Si Estados Unidos buscara una confrontación directa con China –algo que oficialmente niega–, este sería el punto más sensible. No obstante, debe tenerse en cuenta que Washington ha cercado a China con aproximadamente 160 bases militares, cerca de 100.000 soldados desplegados y la presencia constante de la Séptima Flota.
Entre los aliados de Washington en Asia existe un profundo temor a las posibles repercusiones sobre Taiwán. La incomodidad es particularmente evidente en Tokio, que en las últimas semanas se ha enfrentado –con escaso respaldo de la Administración Trump– a duras críticas de las autoridades chinas tras las declaraciones de la primera ministra, Sanae Takaichi, según las cuales una acción militar de China en Taiwán constituiría también una amenaza directa para la seguridad de Japón. Sin embargo, la intervención estadounidense en Venezuela representa en sí misma un “cambio del statu quo por la fuerza”, contradiciendo los principios invocados para condenar las actuaciones de China o Rusia. Si Beijing intentara modificar por la fuerza la situación en Taiwán, resultaría difícil para la administración Trump movilizar a la opinión pública internacional, incluso con una oposición firme por parte de Estados Unidos.
La relación de China con el chavismo: pragmatismo más que ideología
Tras el maoísmo, China adoptó en su política exterior un conjunto de principios basados en la no injerencia, la cooperación y el beneficio mutuo. En su declaración posterior al secuestro de Maduro, se afirmaba explícitamente que “independientemente de los cambios en la situación interna venezolana, la disposición de China para profundizar la cooperación con Caracas no se alterará”.
La relación entre China y Venezuela trasciende, por tanto, al chavismo, aunque fue bajo este periodo cuando adquirió auténtica velocidad de crucero. En un ensayo publicado en 2013 en East Asia, China and Asia: Ambitions and Complexities of an Improving Relationship, ya señalaba que, para Venezuela, los vínculos bilaterales con China constituían un ejemplo paradigmático de cooperación Sur-Sur.
Así lo afirmaba el propio Hugo Chávez en Aló Presidente. Su política hacia Beijing fue manifiestamente proactiva y, en pocos años, la relación sino-venezolana se convirtió en la más diversificada y completa de la región. No se limitaba a la economía: aspiraba a contribuir a un mundo multipolar sin hegemonías imperiales y otorgaba a Venezuela un papel singular como potencia media. Chávez solía afirmar que la alianza con China demostraba “la fortaleza de la Gran Muralla”. Ningún otro líder regional ha igualado el número de visitas oficiales que realizó a China, donde sorprendía a los dirigentes del PCCh con discursos repletos de citas de Mao, presentándose como “bolivariano, cristiano y maoísta”, y comparando a Mao Zedong con Simón Bolívar.
Aun reconociendo la relevancia política y estratégica de esta relación, desde el lado chino, los esfuerzos se centraron siempre en mantenerla dentro de un marco estrictamente pragmático. Mientras Miraflores concebía a China como un aliado político capaz de servir de contrapeso a Washington, Beijing se cuidó de no verse arrastrado a las proclamas antiestadounidenses del presidente venezolano, manteniendo una prudente distancia para no dañar la relación especial que deseaba preservar con Estados Unidos. No es casual que, durante la última visita de Chávez a Beijing en abril de 2009, la información oficial sobre su estancia solo se difundiera una vez que el mandatario abandonó el país, minimizando así su proyección mediática.
Consciente de la volatilidad política venezolana, China practicó además una cautela inversora notable, a la vista de las dificultades experimentadas por otros países como Japón, España, México o Argentina. Los cambios abruptos de política y la inseguridad jurídica aconsejaban prudencia a buena parte del empresariado chino, lejos de una postura homogénea.
La sintonía política, el potencial económico y la complementariedad explican el fortalecimiento de las relaciones sino-venezolanas. Aunque el factor político ha estado siempre presente –especialmente desde Caracas–, la economía ha constituido el eje vertebrador de la relación. Para Venezuela, no se trataba solo de diversificar mercados, sino también de incorporar un componente ideológico que frenara su aproximación a los mercados estadounidenses y occidentales. China, en cambio, nunca concibió esta relación como una palanca para debilitar la influencia regional de Estados Unidos, al que reconocía de facto como potencia de referencia. Pese a ello, las preocupaciones en el Departamento de Estado fueron creciendo en paralelo a la proyección global de China en toda América Latina.
Implicaciones conceptuales y prácticas
El 10 de diciembre de 2025, China publicó su tercer Documento sobre la Política de China hacia América Latina y el Caribe, en el que sistematiza los llamados “cinco programas” y define áreas prioritarias y vías concretas de cooperación. Hoy, la implementación efectiva de este marco estratégico está seriamente en cuestión.
Venezuela es, además, un pilar clave de la Iniciativa de la Franja y la Ruta en la región, a la que se han adherido más de veinte países latinoamericanos. ¿Se producirá un efecto dominó de abandonos? En países como Brasil, Perú o Chile, China ha superado ya a Estados Unidos como principal socio comercial, actuando como ancla económica y contrapeso diplomático. Otros países –Colombia, Cuba o México– mantienen posiciones críticas, pero disponen de escaso margen de maniobra. Para todos ellos, China sigue siendo un socio económico altamente deseable: Estados Unidos ni puede igualarla ni acompaña su presión con promesas creíbles de desarrollo. Sin embargo, China no ofrece garantías de seguridad, y la erosión de la soberanía regional es un riesgo latente.
Cabe interpretar que Estados Unidos concentra ahora su atención en el hemisferio occidental, tolerando el dominio regional de otras potencias en sus respectivas áreas. La geografía y la negociación estratégica pasan así a limitar la soberanía en ausencia de normas internacionales universalmente aceptadas. China ha negado reiteradamente aspirar a establecer “esferas de influencia”, insistiendo en que su política, ajena a alineamientos ideológicos, persigue el desarrollo y la estabilidad. La anunciada visita de Trump a China en abril podría confirmar –o desmentir– esta divergencia de visiones sobre el orden mundial.
En el escenario actual, Beijing evitará una confrontación a gran escala con Washington. Su prioridad sigue siendo interna y no actuará de forma precipitada en Taiwán, aunque continúe presionando al secesionismo. No obstante, la determinación de Estados Unidos en la defensa de lo que considera sus intereses vitales deberá encontrar una respuesta equivalente por parte de Xi Jinping. El problema no es el qué, sino el cómo.
Que Estados Unidos y China logren establecer un modus vivendi coexistencial resulta poco probable. Tampoco parece factible que la Unión Europea asuma una defensa coherente del orden internacional basado en normas que decía proteger, mientras guarda silencio sobre Venezuela por temor a antagonizar con Trump. Ese silencio ensordecedor pesa más que el proclamado fervor por el derecho internacional.
Muchos en el mundo desearían ver a China liderando una oposición global a Trump. En la guerra comercial logró plantar cara y contener sus excesos. Ahora, Beijing no puede ignorar lo sucedido ni sus consecuencias para sus intereses presentes y futuros. Si la imagen de Trump está deteriorada, la reputación de China también se halla en entredicho.
Fuente: Ctxt






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