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jueves, 14 de agosto de 2025

El fin de la observación de la Tierra desde el espacio

 

 Por Antonio Turiel  

      Físico, matemático y experto en Energía del CSIC.


     Como muchos de Vds. ya saben, una buena parte de mi trabajo de investigación se centra en la observación de los océanos con satélites artificiales. Desde hace 18 años he trabajado intensamente en la misión SMOS de la Agencia Espacial Europea (conocida como ESA por sus siglas en inglés). El profesor Jordi Font, mi jefe cuando yo llegué al Instituto de Ciencias del Mar, y una gran persona y científico, fue el co-líder de esta misión satelital de observación de la Tierra, y unos años antes de jubilarse me cedió a mi la dirección del grupo de investigación de salinidad por satélite del Instituto de Ciencias del Mar del CSIC, en Barcelona, donde trabajo. Aparte de con SMOS, he trabajado con datos provenientes de una docena de otras misiones, especializadas en medir la temperatura de la superficie del mar, el color del océano o las corrientes superficiales, entre otras variables. Y de vez en cuando he usado datos de otras misiones de observación de la Tierra, más allá del océano, en el contexto de muchas colaboraciones nacionales e internacionales.




Por este motivo, estoy bastante al corriente de los cambios que se están produciendo en los últimos años en referencia a la observación de la Tierra por satélite. Y particularmente de un proceso al que yo denomino "finalización tecnológica". No es un evento abrupto, no es un cambio radical de la noche al día, pero sí una sucesión de eventos, espaciados en el tiempo aunque con algunos momentos destacados, y que tienen en común que definen el lento camino a través del cual una tecnología va siendo abandonada. Creo sinceramente que éste es el caso del ámbito tecnológico sobre el cual trabajo. Y también creo que estamos en un momento de aceleración de ese abandono tecnológico, motivado por los cambios evidentes y no tan evidentes que se están dando en la escena geopolítica mundial.

En julio de este año se ordenó la finalización del Programa de Satélites Meteorológicos de la Defensa (DMSP). Se trata de un conjunto de satélites del Departamento de Defensa de los EE.UU. que se utilizan para mejorar las predicciones numéricas de los modelos meteorológicos, y particularmente la previsión de los huracanes, por parte de la NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration), la agencia estatal norteamericana que se encarga de la previsión meteorológica, oceánica y climática. En su momento se alegó que el impacto de la finalización del DMSP iba a ser menor, teniendo en cuenta que la decisión de acabar con el programa se tomó ya en 2015, que los satélites a desactivar ya han pasado con largueza su vida útil y que en realidad se procederá a una sustitución por otros satélites más modernos.




Sin embargo, otros movimientos en paralelo indican que la situación dista de ser tan brillante. La NOAA tomó hace meses la decisión de postponer el mantenimiento de los satélites del Sistema Conjunto de Satélites Polares (JPSS), que es uno de los sistemas que se supone que tiene que sustituir al DMSP. Al mismo tiempo, ya se han ordenado reducciones de personal y reestructuraciones en la propia NOAA, y se anticipa que cuando en octubre se apruebe el nuevo presupuesto federal los despidos van a ser masivos. Muchos investigadores de ésta y otras instituciones han empezado a sondear la posibilidad de irse a Europa (algunos incluso a España).

Particularmente grave es el decomisionado de los satélites Terra, Aqua y los satélites NOAA-15, NOAA-18 y NOAA-19. Con ellos, EE.UU. se queda sin sensores AVHRR (quedarán todavía los embarcados en los Metop europeos), acabándose así la serie más larga de datos de temperatura de la superficie del planeta. Más grave aún, se queda sin sensores CERES, poniendo en peligro la continuidad de una serie ahora mismo crucial para estudiar el desbalance radiativo del planeta (el cual se ha incrementado alarmantemente en los últimos años; es esa gráfica que suelo comentar en mis últimas presentaciones que es la más importante que van a ver este año).




De nuevo, el argumento es el de que estos sistemas (todos ellos con muchos años a sus espaldas) van a ser sustituidos por otros más modernos. Sin embargo, a día de hoy esas sustitución no está tan clara, ya que los nuevos sensores no permiten medir las mismas variables que los antiguos, y algunas series quedarán sin duda interrumpidas. Una situación que no me resulta en absoluto ajena de manera más directa y personal, saltando ahora a Europa: llevamos años intentando garantizar la continuidad de las observaciones en radiometría de la banda L de los microondas (que es la que usa SMOS para medir la salinidad de la superficie marina), y como mucho conseguiremos observaciones de menor resolución espacial y temporal gracias al satélite CIMR (y eso si su lanzamiento llega a tiempo de impedir que haya un agujero de datos en la serie).


Una imagen de las temperaturas superficiales del mar global adquirida por el satélite NOAA.

Pero hay dos eventos recientes en los EE.UU. que certifican que entramos en un momento radicalmente nuevo, que va más allá de la simple decadencia por falta de fondos. Por un lado, la administración Trump ha decidido que a final de año se eliminarán los satélites OCO que miden los niveles de CO2 atmosféricos. En este caso, no se trata de satélites viejos, e inclusive se cuestiona la legalidad de la medida, pero la orden es clara: se debe forzar la reentrada de los satélites, lo cual comportará su destrucción. Si la orden finalmente se ejecuta, el daño estará hecho, pues reemplazar estos satélites requeriría años. La intencionalidad política es clara: hay que dejar de medir el CO2, y particularmente indagar sobre dónde se está emitiendo más. Si no se observa, no hay responsabilidades exigibles a los que más contaminan.


Niveles de CO2 en la atmósfera.

Por el otro, hace unos días el Departamento de Energía norteamericano publicó un informe sobre los impactos en el clima de las emisiones de CO2 de los EE.UU. Las conclusiones son desoladoras por lo grotescas: de acuerdo con este informe, el impacto del CO2 es muy pequeño y el de  las emisiones de los EE.UU. en particular es indetectable.

Resulta por tanto obvio que en los EE.UU., por la vía de hecho, se va a dejar de investigar en Cambio Climático, y para asegurarse de que así sea se van a ir no solo reduciendo fondos, sino eliminando sistemas de medidas e incluso series de datos actualmente disponibles, mientras que se fabrica un discurso aberrante exculpatorio. Nada sorprendente con un presidente negacionista, aunque el nivel de osadía supera todas las expectativas.

Y, mientras tanto, ¿qué está pasando en esta orilla del Atlántico? 

Pues no tenemos todavía plena confirmación, pero aquí las perspectivas tampoco son muy brillantes, en nuestro caso por otro motivo: los planes de rearmamento para la preparación de las nuevas guerras coloniales. Por lo poco que mis colegas y yo hemos podido llegar a saber, el nuevo programa de la ESA "Resiliencia desde el Espacio", centrado en la seguridad, va a ser la gran apuesta en la próxima reunión ministerial de noviembre, y probablemente la aportación económica de los países va a reducirse en otros programas considerados menos críticos, como es el de Observación de la Tierra (irónico en un momento en que los problemas ambientales son cada vez mayores, como estamos viendo estos días de salvajes incendios en España).


La ESA prepara un nuevo programa llamado "Resiliencia desde el Espacio".

A nivel de la Unión Europea las cosas no están tan definidas, pero parece avanzarse sobre la misma dirección y concepto de "resiliencia". Pero donde soplan vientos más fríos aún es en el ámbito español: no tenemos ningún comunicado oficial, pero después de ver los resultados de la última convocatoria de proyectos del Plan Nacional y por los mensajes que nos llegan de diversas personas vinculadas a su evaluación, en los próximos años se va a poner el acento en que la investigación que realicemos tenga un carácter "dual". Eso quiere decir que se va a favorecer el trabajo sobre tecnología y aplicaciones que tengan carácter tanto civil como militar. La clave: poder justificar parte de la inversión en ciencia como respuesta a ese 2,1% del PIB que el presidente Pedro Sánchez se ha comprometido a gastar en fines de defensa y armamento. Como pueden imaginar, esto ha causado gran inquietud en mi comunidad, y es un asunto de discusión muy activa en este momento. ¿Qué debemos hacer? ¿Bajar la cabeza y empezar a buscar aplicaciones de nuestro conocimiento para el arte de matar personas? ¿O bien rebelarse y negarse a ello, aceptando que tendremos que despedir a la gente joven -y no tan joven- ya que nuestros fondos se reducirán drásticamente?


Los planes de reamamento proyectan nuevas guerras coloniales.

Irónicamente, a nivel de acceso a las observaciones, el gran empuje en observación de la Tierra de China, que siempre fue muy reacia a compartir sus datos, podría ayudarnos a mantener las líneas de trabajo y desarrollo actuales. Pero seguiremos teniendo problema de acceso a financiación, a no ser que o bien encontremos un nicho de investigación razonable o bien aceptemos trabajar para los militares. 

Epílogo personal: Hace un par de años yo cedí la dirección del grupo de salinidad a mi compañera, la doctora Estrella Olmedo, a pesar de que aún me queda más de una década para jubilarme, porque creo que ella se lo ha merecido con su trabajo intenso todos estos años y porque es importante dar oportunidades a la gente que aún tiene que desarrollar su carrera, y así yo podría dedicarme en la recta final de mi propia carrera a trabajar en multitud de temas que tengo abiertos y que me gustaría investigar, aunque siempre estando presente para ayudar en cuanto fuera menester. Yo era consciente del fardo que cargaba sobre sus capaces espaldas (nada es gratis en este mundo), pero lo que realmente no me imaginé es que ella (junto con mis otras compañeras senior con las que trabajamos) se vería abocada a tomar decisiones muy duras. Tampoco puedo decir que lo que está pasando sea algo realmente sorprendente, teniendo en cuenta la temática de este blog y de mi divulgación. Como decía al principio, estamos empezando el proceso de finalización tecnológica: nuestra sociedad hipercomplejificada no puede sufragar el coste de mantener activas todas las tecnologías que ha desarrollado, y, con el paso del tiempo, irá abandonando aquéllas que le den menor retorno o cuyo sacrificio le suponga menor coste. Era un proceso previsible, como también era bastante previsible que particularmente las tecnologías espaciales, y más en concreto las relacionadas con la observación de la Tierra para fines civiles, serían de las primeras cosas en caer, en llegar a su finalización tecnológica. Por supuesto estamos hablando de un proceso, no de un evento puntual, y así seguirá habiendo observación de la Tierra por satélite durante décadas, aunque cada vez será menor y más marginal. Queda ver si como sociedad somos capaces de encarar no ya éste sino tantos otros retos como tenemos pendientes y podemos revertir la tendencia. Solo el tiempo lo dirá. 

Entre tanto, en el aquí y el ahora de los grupos de investigación que nos vemos afectados, y en el concreto caso del mío, tendremos que pensar cómo vamos capeando estas turbulentas aguas, mientras seguimos la curva de descenso inevitable de la civilización industrial. Ideas no nos faltan, talento - sobre todo el de mis compañeras - tampoco. Solo necesitamos oportunidad.



Fuente: The Oil Crush

jueves, 27 de febrero de 2025

Musk y sus tentáculos espaciales

 

      Periodista... para bien y para mal. Madrileño en Málaga combatiendo el centralismo en espacios como Público.


     Los temores sobre el poder que acapara Elon Musk van mucho más allá de la capacidad de desestabilizar democracias con la desinformación que divulga en X o con sus ansias de ser amo de la Inteligencia Artificial (IA). A este cóctel explosivo, cuya mecha es el evidente conflicto de intereses que representa su papel como responsable del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), hay que sumar también su red de comunicaciones con satélites de Starlink, que plantea mucha inquietud y le dibuja como un malo de película de James Bond, al estilo del magnate de las comunicaciones Elliot Carver en El mañana nunca muere.

Los temores sobre lo que puede o no puede hacer Musk con su red de satélites, puesta en órbita en el espacio a través de su empresa SpaceX vienen de lejos. La guerra de Ucrania ilustra a la perfección el impacto que puede tener Starlink en función de los intereses de Musk. En 2023, el gobierno de Zelenski expresó su dependencia de las comunicaciones vía satélite de Starlink para la toma de decisiones en el campo de batalla. Tal y como describió The New York Times en un extenso reportaje, ni siquiera los funcionarios estadounidenses fueron capaces de dar una evaluación precisa de Musk a los generales ucranianos. Y sus peores temores se hicieron realidad, puesto que Musk ha restringido el acceso a Starlink durante la guerra en varias ocasiones, afectando a la estrategia en el campo de batalla.


Elon Musk ya ha hecho un uso arbitrario de sus satélites Starlink durante la guerra de Ucrania.

Musk es consciente del poder que tiene y ya se ha jactado varias veces de ello en redes sociales, afirmando que “entre Tesla, Starlink y Twitter [ahora X], es posible que tenga más datos económicos globales en tiempo real en una cabeza que nadie”.





Elon Musk


En aquel reportaje en The New York Times, ya se exponía cómo cerca de una docena de países tanto de Europa como de Oriente Medio había cuestionado Starlink a funcionarios estadounidenses y cómo “pocas naciones hablarán públicamente sobre sus preocupaciones, por temor a alienar a Musk”. La propia Administración de EEUU tiene un alto grado de dependencia de la red de satélites del impredecible Musk, incluido el Pentágono y su ejército, algo que no llama a la tranquilidad en algunos sectores.

Tras las últimas elecciones presidenciales, el senador Jack Reed, presidente del Comité de Servicios Armados del Senado, y la senadora Jeanne Shaheen, miembro de alto rango de los Comités de Servicios Armados y Relaciones Exteriores, pidieron al Pentágono y al Departamento de Justicia que investigaran a Musk, algo que parece poco probable, sino imposible, que se lleve a término ahora mismo. En su carta, los senadores demócratas refieren un artículo de octubre de 2024 en The Wall Street Journal en el que se revelaba la estrecha relación entre el dueño de Starlink y Vladimir Putin desde finales de 2022, describiendo conversaciones en las que ambos abordan temas personales, de negocios y geopolíticos. Una situación como poco delicada considerando que Musk es uno de los principales contratistas del programa de Lanzamiento Espacial de Seguridad Nacional (NSSL) de la Fuerza Espacial, está desarrollando una red de satélites Starshield exclusiva para el gobierno con cientos de satélites espías y tiene un contrato clasificado de 1.800 millones de dólares con la Agencia Nacional de Reconocimiento (NRO).


Un cohete Falcon 9 ha lanzado 143 satélites a la órbita, completando la primera misión del Programa de viajes compartidos SmallSat de SpaceX.

Un día después de la primera misiva, en otra carta dirigida al secretario de las Fuerzas Aéreas, Frank Kendall, los demócratas llegaban a alertar de “los graves riesgos para la seguridad nacional” que puede representar Musk, manejando contratos sensibles de Defensa e Inteligencia de miles de millones de dólares… y con una afición confesa a la ketamina.


Una pancarta con la foto de Elon Musk, en una protesta en Washington.

En la actualidad, los expertos calculan que Musk tiene en órbita alrededor de 7.000 satélites –de unos cinco años de vida útil-, con operaciones en más de 100 países, lo que ha generado un extraordinario tráfico que ha generado tensiones con países como China e hizo que en 2019 la Unión Astronómica Internacional (UAI) expresara su preocupación alertando de que estas constelaciones de satélites pueden representar una amenaza significativa para infraestructuras astronómicas existentes y futuras. Paradójicamente, SpaceX se queja de ser el operador que más maniobras ha de realizar en el espacio para evitar colisiones: el año pasado, en solo seis meses, sus satélites realizaron 50.666 maniobras propulsivas.

Por otro lado, la consultora GlobalData advierte de cómo Starlink está intensificando sus actividades en África, en parte, aprovechando que muchos gobiernos no le requieren licencia para operar, confiando en su potencial de conectividad para estimular la economía en regiones rurales desatendidas. Aunque este extremo es cierto, la otra cara de la moneda refleja cómo los operadores locales se ven perjudicados en su desarrollo, opacados por el músculo financiero de la compañía de Musk, que sólo en 2025 espera lanzarse a 14 nuevos mercados africanos. Por ver el lado bueno, estos operadores locales dirigen ahora su mirada a zonas rurales incomunicadas, un segmento del mercado que antes no veían como una oportunidad y ahora es en parte su salvavidas. El peligro es obvio, ¿pueden estas economías en desarrollo sufrir apagones de comunicaciones como medida de presión si no se satisfacen los intereses de Musk?

Así las cosas y como ha sucedido con la Inteligencia Artificial (IA), Europa quiere sacudirse estas dependencias y ultima la puesta en marcha de IRIS2 (Infraestructura para la Resiliencia, la Interconectividad y la Seguridad Satelital), su propia constelación de satélites multiórbita que contará con 290 dispositivos. El objetivo es disfrutar de autonomía en el ámbito de las comunicaciones gubernamentales seguras y críticas, así como de servicios comerciales de alta gama.

El proyecto ya se adjudicó el año pasado a al consorcio SpaceRise, en el que participa Hispasat, por una duración de doce años y un coste de 10.600 millones de euros, de los cuales la UE financiará 6.000 millones, la ESA (Agencia Espacial Europea) 550 millones, y los algo más de 4.000 millones restantes correrán a cargo del sector privado. Aunque cuando se anunció el plan inicialmente en 2022 se esperaba su funcionamiento a pleno rendimiento para 2027, recientemente la UE retrasó la fecha hasta 2030, produciéndose el primer lanzamiento un año antes.

Fuente: Público