Entrevista
de
Florian
Warweg El politólogo alemán Ingar Solty durante una conferencia en 2018.
Apenas tres días después del inicio de la guerra de Ucrania, Olaf Scholz proclamaba el “cambio de era” –y con ello una de las decisiones políticas de mayor alcance de la República Federal–. 100.000 millones de euros en un fondo especial, luego 500.000 millones para el rearme, una Constitución modificada, una nueva relación con lo militar que llega hasta las guarderías y las aulas.
El politólogo Ingar Solty (Meinerzhagen, Alemania, 1979), experto en política de paz y seguridad de la Fundación Rosa Luxemburg, ha presentado un libro al respecto: Innere Zeitenwende (El cambio de era interno). En esta entrevista, disecciona los mitos económicos que se esconden tras la narrativa del “cambio de era”, la dimensión social del rearme y el papel especial de Alemania oriental.
En su libro critica que ni el fondo especial de 100.000 millones de 2022 ni los 500.000 millones de 2025 para el rearme fueron acompañados de un amplio debate social. Incluso Habeck [Robert Habeck fue vicecanciller hasta mayo de 2025] reconoció más tarde que, como vicecanciller, le sorprendió la magnitud. ¿Cómo se pudo imponer una decisión de tal alcance sin contar con el parlamento y la opinión pública?
Se pudo imponer con el trasfondo de la conmoción por el estallido de la guerra en Ucrania, algo con lo que muy pocos contaban. En este contexto, el rearme se presentó como una reacción a esta guerra. Pero, de hecho, las decisiones fundamentales ya estaban tomadas o en proceso desde hacía tiempo. En el acuerdo de coalición del 24 de noviembre de 2021 se menciona una ofensiva en materia de política de desarme. Pero en la letra pequeña se ve que, en realidad, solo se iban a reducir las armas que Alemania ni siquiera tiene, es decir, las armas nucleares. Todas las demás se iban a adquirir: drones capaces de ser armados, aviones de combate F-35, helicópteros de transporte. Todo esto ocurrió antes de que se produjeran las primeras advertencias sobre una posible invasión.
¿Habría llegado el cambio de era incluso sin la guerra de Ucrania?
Sí. A nadie le gusta rearmarse de forma proactiva. Siempre es mejor aprovechar una situación de amenaza para rearmarse de forma defensiva. Toni Hofreiter [Los Verdes] diría ahora: el cambio de era no fue más que la consecuencia de la invasión total. Pero, de hecho, Alemania se lleva rearmando desde 2013; el verdadero punto de inflexión fue 2014. Las medidas de rearme ya figuraban en el acuerdo de coalición de 2013. En mi libro expongo la historia del origen de este rearme, que hoy se denomina “cambio de era”.
El axioma del debate es: Rusia representa una amenaza existencial para Europa occidental. Sin embargo, incluso el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, afirma que la OTAN es superior a Rusia tanto militar como económicamente. ¿Cómo se explica que, a pesar de ello, la narrativa de la amenaza cale de forma tan indiscutible?
En Alemania occidental existe una continuidad ininterrumpida de hostilidad hacia Rusia. Desde los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial, Rusia siempre ha sido el enemigo. La Alemania nazi libró una cruzada contra el comunismo. Este anticomunismo antirruso perduró durante la Guerra Fría. Por supuesto, la Rusia actual no tiene nada que ver con la Unión Soviética, es un Estado de derechas y autocrático. Pero la postura hostil hacia “los rusos” se ha mantenido.
A esto se suman razones que tienen más que ver con el presente. Se trata de una gran guerra en el continente europeo que se percibe como una amenaza. No descartaría siquiera que pueda estallar una guerra con Rusia, pero solo como resultado de una escalada mutua, sobre todo en el Báltico.
Usted señala que cada euro invertido en armamento genera como máximo 50 céntimos de rendimiento económico, mientras que las inversiones en educación y sanidad, por ejemplo, tienen un efecto multiplicador mucho mayor. A pesar de ello, Merz vende el rearme como un programa económico duradero. ¿Por qué cuela eso?
Desde el punto de vista del gobierno, la alternativa es o ningún programa de estímulo económico, o bien uno dedicado exclusivamente al rearme. Cuando el Estado inyecta dinero, siempre tiene un efecto. La industria armamentística impulsa la producción de acero. Salzgitter AG, por ejemplo, acaba de obtener la homologación para el acero de blindaje. Pero eso no podrá mitigar lo que se está perdiendo en la industria automovilística, ni en términos de crecimiento ni de empleo. Al contrario: al final, acelera la desindustrialización.
El rearme solo tendría efectos positivos para la economía en su conjunto si se estuviera en guerra permanente –es decir, si se generara una demanda duradera de armas– o si se conquistara algo en esas guerras. El modelo estadounidense. O, como en el modelo de la Alemania nazi, si se contraen deudas con Estados a los que luego se invade. O, en tercer lugar: si uno es el propio Estado al que otros compran armamento.
Este objetivo existe sin duda en las empresas de armamento y en algunos sectores del gobierno federal. Pero si el objetivo de Alemania es enviar material de armamento a todo el mundo, provocando allí guerras, muerte y movimientos migratorios de millones de personas, es algo que debe ponerse en cuestión.
Según sus cifras, el 75 % de los alemanes del Este se opone a que Alemania se convierta en el ejército convencional más poderoso de Europa. ¿Cómo explica esta posición?
Es interesante que veamos fuertes tendencias antirrusas en muchos antiguos países del bloque del Este. Una Kaja Kallas, procedente de un estado minúsculo, lleva la política exterior europea a un punto en el que la jefa de la diplomacia afirma que Rusia debe ser destruida como potencia nuclear. Ante esta lógica, cabría suponer que precisamente los alemanes del Este deberían ser especialmente antirrusos, ya que vivieron bajo el “yugo ruso”.
Pero, al parecer, en Alemania del Este ha habido otras experiencias con los rusos. Hubo vínculos económicos más fuertes, conocimientos de ruso por parte de la generación mayor y, sobre todo, no existió esa continuidad del anticomunismo de la Guerra Fría. A esto se suma la constatación de que este rearme es una redistribución de abajo hacia arriba. Y Alemania oriental se encuentra, sencillamente, más “abajo” que Alemania occidental. Allí hay menos accionistas que se benefician de las empresas de armamento. Y los alemanes orientales financian con sus impuestos la producción de armamento en Alemania occidental.
Usted vincula el servicio militar obligatorio con la cuestión de clase: el 49 % de los soldados desplegados en Afganistán procedían de Alemania oriental; el diario de Springer, Die Welt, habló de un “ejército de las clases populares”. Con este trasfondo, ¿cómo valora la irónica propuesta de [el periodista satírico y político] Sonneborn de un “servicio militar obligatorio para los hijos de los ricachones”?
Este discurso no ha recibido millones de visitas por casualidad: pone de relieve las contradicciones. Por un lado, se presenta al ejército alemán como un empleador totalmente normal; por otro, se dice: ya no estamos en tiempos de paz, el último verano de 2025 fue quizás el último verano en paz. Sonneborn ha abordado con mucha fuerza estas contradicciones y el carácter de clase.
En ningún partido es tan grande la disposición al rearme y al suministro de armas como en los Verdes. Y entre los simpatizantes de ningún partido es tan escasa la disposición personal a luchar con las armas en la mano. Queda muy claro quién está destinado a mandar y quién a recibir órdenes.
¿Cuáles son, en su opinión, las principales consecuencias sociales de este cambio de era interno?
La socialdemocracia esperaba poder mantener el rearme y el Estado del bienestar con la flexibilización del freno al endeudamiento.
Es significativo que el freno al endeudamiento se flexibilizara exclusivamente para el armamento, no para escuelas con goteras o puentes que se derrumban. Pero sí para las armas. Eso fue un autoengaño. La deuda conlleva intereses e intereses acumulados. El economista jefe de [el sindicato] Verdi, Dirk Hirschel, ha calculado que solo la carga de los intereses aumentará de 30.000 a 60.000 millones de euros hasta 2028. A esto hay que añadir los fondos para la COVID por valor de 385.000 millones, que vencerán en 2028; el fondo especial del Bundeswehr, en 2031; y los fondos de infraestructura para la “capacidad bélica”, previsiblemente en 2037. El rearme ahogará todo lo demás.
Algunos señalan que la RFA destinó en 1963 hasta un 4,88 % del PIB para rearme. Pero eso fue en una época de economía en crecimiento con una sólida base industrial. La historia nos enseña que, cuando un país se especializa en la industria militar en lugar de en la civil, se produce una rápida desindustrialización. Por eso Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia están tan desindustrializados. La República Federal, Japón e Italia han conservado su base industrial porque no se han centrado en la producción militar.
Usted escribe que sigue siendo posible y necesario un cambio de era tras el cambio de era. La actual distribución de fuerzas políticas parece contradecir más bien esta valoración. ¿Dónde ve indicios concretos que respalden su tesis?
Por supuesto que hay un bloque poderoso que respalda el proyecto: las empresas de armamento, estrechamente ensambladas a los think tanks de política de seguridad. Al igual que en EEUU, aquí está surgiendo un complejo militar-industrial con el principio de la puerta giratoria: un exministro de Defensa acaba en el consejo de administración de Rheinmetall, un ex inspector general [el rango más alto en el ejército alemán por debajo solamente del ministro de defensa NdT] pasa primero a Rheinmetall, luego el Consejo Alemán de Política Exterior (DGAP) y, como tal, vuelve a asesorar al gobierno federal.
Ciertos sectores privilegiados de trabajadores respaldan este proyecto: ingenieros que antes querían dedicarse a la industria automovilística, luego a la transición energética y ahora al armamento. Los municipios se convierten en cómplices, porque solo consiguen que se rehabiliten las carreteras o las vías férreas si ello está destinado a la guerra contra Rusia.
Pero la disyuntiva “rearme o Estado del bienestar” se agudiza dramáticamente. Ya lo estamos viviendo: recortes en el pago continuado del salario en caso de enfermedad, en la asistencia a personas dependientes, en las oportunidades de integración para los beneficiarios del ingreso básico.
A medida que el rearme se vaya imponiendo, la cuestión se politizará: ¿queremos ser un Estado militar o un Estado social, que es, al fin y al cabo, un requisito previo de la democracia? El desmantelamiento del Estado social tiene un efecto debilitador para la democracia y fomenta el autoritarismo.
Estas contradicciones son nuestra esperanza. Al final, en cualquier conflicto social, el rearme será el elefante en la habitación. Cuando la gente se queje de un tren que no funciona, de guarderías con falta de personal o de escuelas que se caen, quedará claro: para eso se adquirieron corbetas y fragatas que, en alianza con EEUU, navegan por el estrecho de Taiwán. Para eso se compraron tanques totalmente sobrevalorados que simplemente no tienen sentido.
Fuente: Ctxt




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