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viernes, 11 de septiembre de 2026

La reivindicación de Marruecos de Ceuta y Melilla no es una exigencia de descolonización

 

 Por Joseph Massad   
      Catedrático de política árabe moderna e historia intelectual en la Universidad de Columbia, en Nueva York.

Las ambiciones territoriales de Rabat responden a su rencor hacia Madrid por el Sáhara Occidental, al tiempo que se alinean con la hostilidad de EE. UU. e Israel hacia España por su postura respecto a Gaza


     La reciente oleada de decenas de miles de refugiados económicos marroquíes y de otros países africanos que intentan llegar a la colonia española de Ceuta ha reavivado las exigencias marroquíes de que España devuelva Ceuta y Melilla —conocidas en árabe como Sabtah y Maliliah— a Marruecos.


Un agente de la policía española monta guardia mientras los migrantes esperan para ser registrados en el distrito de Loma Colmenar de Ceuta el 31 de agosto de 2026.


Al menos 141 personas fallecieron durante la travesía, mientras que la mayoría de quienes lograron cruzar fueron devueltos por la fuerza o «voluntariamente».

Viajar desde Ceuta o Melilla a la España peninsular por vía aérea o marítima requiere pasar por los controles españoles de pasaportes y documentos de viaje, lo que significa que ni siquiera los refugiados que entran en las dos colonias de colonos pueden seguir su camino.

El gobierno racista italiano de la primera ministra Giorgia Meloni respondió, no obstante, introduciendo controles fronterizos específicos en el aire y el mar para los ciudadanos no comunitarios procedentes de España, con el fin de evitar que entre ellos hubiera árabes y africanos.

España, indignada, tomó represalias imponiendo controles fronterizos temporales equivalentes a los vuelos y barcos procedentes de Italia. Marruecos, por su parte, propuso mantener conversaciones con España sobre el futuro estatus de ambos territorios, lo que los españoles rechazaron de plano.

El hecho de que Marruecos lo hiciera en medio del fortalecimiento de su alianza con EE. UU. e Israel —ambos hostiles al Gobierno socialista de Madrid— plantea dudas sobre sus motivaciones.

Conquista colonial

Marruecos era el único territorio no otomano del norte de África, gobernado por una dinastía local desde el siglo XVII. En 1415, durante la «Reconquista», Portugal conquistó el enclave marroquí de Sabtah, que pasó a manos de España cuando se disolvió la Unión Ibérica en 1640 y fue formalmente cedido en virtud del Tratado de Lisboa de 1668. España había conquistado por su parte el enclave de Maliliah en 1497.

Ambas ciudades de colonización siguen hoy bajo dominio español, a pesar de los repetidos intentos marroquíes por recuperarlas entre los siglos XVIII y XX.

Se utilizaron como colonias penales en el siglo XVIII, antes de ser declaradas puertos francos en 1906. España también se aventuró a conquistar la ciudad marroquí de Tetuán para ampliar su control en torno a «Ceuta», lo que desencadenó la guerra hispano-marroquí de 1859-1860.

La derrota de España en la Guerra Hispano-Estadounidense de 1898 y la pérdida de Filipinas y de las colonias del Caribe reavivaron sus designios sobre el territorio marroquí. Francia, que estaba invadiendo otras colonias españolas en África, también albergaba ambiciones coloniales en Marruecos.

El Tratado de París de 1900 delimitó las colonias españolas en Río de Oro (posteriormente Sáhara Español y luego Sáhara Occidental) y África Ecuatorial, o Guinea Española. Estos territorios, limítrofes con colonias francesas, constituían una parte truncada de las conquistas africanas originales de España.

Las zonas de influencia francesa y española en Marruecos quedaron posteriormente delimitadas en 1904 en virtud de la Entente Cordiale anglo-francesa, que reconocía sus respectivas reivindicaciones coloniales en el norte de África, en Egipto y en Marruecos, a condición de que Francia cediera a España parte del territorio marroquí.

A finales de 1904, Francia reconoció una zona española que abarcaba una franja del norte de Marruecos, incluidas Ceuta y Melilla, y que se extendía hacia el oeste a lo largo de toda la costa mediterránea, sin llegar, sin embargo, a la frontera con Argelia al este. Tánger, un enclave costero dentro de esta zona, quedó internacionalizado.

La zona de al-Saqiyah al-Hamra, en el sur, adyacente al Río de Oro —ambas formarían más tarde el «Sáhara Español»—, también quedó excluida del acuerdo.

A estos acuerdos les siguió el Tratado de Fez de 1912, que estableció el protectorado francés sobre el territorio marroquí. Ese mismo año, Francia concedió a España el derecho a establecer su propio protectorado en la zona delimitada en 1904.

Incluso antes de establecer su protectorado, España había invadido territorio marroquí desde Maliliah en 1909 y desde Larache (al-‘Ara’ish), en la costa atlántica, en 1911.

España pretendía explotar los yacimientos de hierro en las adyacentes montañas del Rif, en el norte de Marruecos, lo que provocó la represalia de los rifeños, quienes mataron a siete trabajadores españoles. Al menos 1.000 soldados españoles murieron en la incursión y ocupación de la región montañosa que se produjo a continuación.

En 1913, 40.000 soldados españoles ocuparon Tetuán, la capital del protectorado. Las fuerzas españolas cometieron atrozidades generalizadas, saqueando viviendas y violando a mujeres marroquíes. Su violencia precipitó un gran éxodo desde la ciudad hacia las montañas, donde los refugiados se unieron a los rebeldes.

La situación se agravó tras la Primera Guerra Mundial, cuando España emprendió una campaña de «pacificación» en el Rif. Entre 1919 y 1921, las fuerzas españolas invadieron y ocuparon territorios y localidades que, aunque se encontraban nominalmente dentro del protectorado, permanecían fuera de su control.

Estas incursiones provocaron una importante resistencia liderada por Muhammad ‘Abd al-Karim al-Khattabi, conocido en las fuentes europeas como «Abd El Krim».

Mientras España se preparaba para invadir el Rif desde la localidad de Anwal (Annual) y por mar desde la bahía de al-Husaymah, ‘Abd al-Karim lanzó un ataque preventivo el 17 de julio de 1921, matando a cientos de soldados españoles, incluidos varios mandos.

Tras 12 años de victorias en territorio marroquí, los españoles se enfrentaron a la derrota. Los rifeños liberaron sus tierras, deteniéndose ante las murallas de Melilla. En la retirada de Anwal, España sufrió entre 13.000 y 19.000 bajas.

Aunque España logró recuperar algunos territorios, cualquier intento de aproximación naval se topó con la resistencia rifeña, que en marzo de 1922 hundió el buque de guerra español Juan de Juanes. ‘Abd al-Karim rechazó las exigencias españolas de que liberara a sus prisioneros de guerra, solicitando a cambio una compensación económica y la liberación de los cautivos marroquíes.

Tras muchas vacilaciones, España accedió y le pagó cuatro millones de pesetas, lo que equivaldría hoy a unos 11,6 millones de dólares. De los 570 prisioneros españoles retenidos por los rifeños, 326 sobrevivieron; el resto falleció a causa del tifus, junto con algunos de sus captores.

En septiembre de 1921, ‘Abd al-Karim proclamó la República del Rif, con capital en Ajdir, a orillas del Mediterráneo, junto a la bahía de al-Husaymah.

La república sobrevivió hasta 1926, repeliendo varias incursiones españolas. En 1924, mientras los españoles se reagrupaban, se retiraron de la ciudad de Shafshawan (Chaouen), donde se enfrentaron a los rifeños, quienes les infligieron entre 17.000 y 20.000 bajas.

El general Miguel Primo de Rivera, que asumió el mando del protectorado en el otoño de 1923, declaró que, a pesar de que la «sangre española» marcaba el «camino de la civilización», la venganza contra los marroquíes sería «rápida y severa». Para el verano de 1925, las fuerzas de ‘Abd al-Karim habían avanzado hacia el sur y arrollado a las fuerzas francesas al norte de Fez.

Los mandos franceses y españoles se reunieron en Madrid en junio de 1925 para coordinar una invasión de la República del Rif. Reunieron 123.000 efectivos, aunque algunas estimaciones sitúan la cifra en medio millón, frente a 12.000 combatientes rifeños. Las fuerzas europeas atacaron en septiembre, sitiando la república al acercarse el invierno y restringiendo sus suministros de alimentos y sal.

Los intentos de ‘Abd al-Karim por negociar fracasaron. En la primavera de 1926, España había lanzado un asalto naval contra Al-Husaymah. Utilizó cuatro tipos de gas tóxico, incluido el gas mostaza, contra civiles y combatientes para quebrantar la tenaz resistencia rifeña y ganar la guerra. Las tropas españolas mutilaron a sus víctimas marroquíes, ensartando partes de sus cuerpos en pinchos.

‘Abd al-Karim se rindió a los franceses en mayo de 1926. Fue exiliado junto con su familia y otros 150 rifianos a La Reunión, la isla ocupada por Francia en el océano Índico, antes de escapar a El Cairo en 1947.

En total, 10.000 rifeños perdieron la vida defendiendo sus tierras. A lo largo de cinco años de combates, unos 43.500 soldados españoles murieron, resultaron heridos o fueron dados por desaparecidos.

Alegando falta de jurisdicción, la Sociedad de Naciones se negó a intervenir en la Guerra del Rif incluso después de que España utilizara gas venenoso; el racismo de sus miembros europeos fue, sin duda, un factor fundamental.

La República del Rif fue tan solo la segunda república independiente proclamada en el mundo árabe, tras la República de Trípoli en 1918, y no se estableció ninguna otra hasta la Segunda Guerra Mundial.

Éxodo de colonos

En vísperas de la independencia de Marruecos en 1956, 350.000 colonos franceses vivían en el país. Para ese año, el protectorado español contaba con 91.000 colonos españoles, además de otros 26.000 en la zona francesa y 21.500 en Tánger, que se encontraba bajo administración internacional.

En total, a mediados de la década de 1950 vivían en Marruecos cerca de medio millón de colonos europeos, de los cuales casi tres cuartas partes eran franceses.

Tras la elección del Gobierno del Frente Popular en España en 1936, el líder nacionalista marroquí en ascenso ‘Abd al-Khaliq Turris fundó el Partido de la Reforma Nacional en la zona española. La izquierda española no apoyaba la independencia de Marruecos.

Sin embargo, los militares rebeldes de derecha que sumieron a España en la guerra civil intentaron cooptar a los nacionalistas marroquíes, principalmente para reclutar a rifeños que lucharan de su lado. Entre 60.000 y 70.000 marroquíes lucharon a las órdenes del general Francisco Franco, cuyas fuerzas controlaban la zona española de Marruecos.

En Sabtah y Maliliah, los judíos autóctonos se mezclaban con aquellos cuyos antepasados habían huido de la Reconquista. A finales del siglo XIX, la población judía urbana se había convertido en una mezcla sefardí de judíos españoles y marroquíes que se referían a los del campo como «bereberes».

Oleadas de judíos procedentes de Tetuán y las zonas rurales de Marruecos emigraron a las colonias desde la década de 1880 hasta la primera década del siglo XX.

Los sionistas comenzaron a centrarse en ellos en 1919, a pesar de la opinión generalizada entre la comunidad judía local de que el sionismo era un movimiento ashkenazí irreligioso. Sin embargo, a instancias de su rabino, los judíos acaudalados de Ceuta recaudaron 100.000 francos para los sionistas en 1921.

En 1922 se había constituido en Ceuta la Federación Sionista Ibero-Marroquí bajo el liderazgo de Ignacio Bauer-Landauer, cuya familia había representado a la Casa de Rothschild en España desde mediados del siglo XIX. En aquellos años aún no se producía emigración judía a Palestina.

En la década de 1950, los nacionalistas anticolonialistas marroquíes de la zona española, al igual que sus compatriotas de la zona francesa, estaban movilizando a la población en favor de la independencia.

España se resistió a los esfuerzos de ellos antes de acabar cediendo finalmente. El rey Mohammed V de Marruecos viajó a España en abril de 1956 para ultimar los acuerdos. El estatus de zona internacional de Tánger quedó derogado en julio de 1956, aunque conservó un estatus administrativo especial hasta julio de 1960.

La independencia de España provocó la marcha de muchos colonos españoles, 92.000 personas, lo que representaba el 9,4 % de la población del protectorado. En aquel momento, el número de colonos españoles ascendía a 21.500 en Tánger y a 25.698 en el protectorado francés. Ifni contaba con otros 3.500, cifra que fue aumentando a medida que llegaban colonos procedentes de los territorios cedidos por España; en 1967, su número ascendía a 11.984, incluido el personal militar.

En el «Sáhara Español», 20.126 colonos permanecieron allí hasta la retirada de España en 1975. Muchos colonos también permanecieron en el antiguo protectorado español tras la independencia, mientras que otros se marcharon gradualmente, y las salidas se aceleraron significativamente en 1957. España no abandonó Ifni hasta 1969 y, desde entonces, ha conservado sus colonias de Ceuta y Melilla.

La Corona marroquí no consideraba que las dos colonias formaran parte del reino en 1956, aunque los nacionalistas sí.

En 1971, el Ministerio de Trabajo español contabilizó 43.498 españoles en Marruecos: 8.082 en el antiguo protectorado español, 26.668 en el antiguo protectorado francés y 9.295 en Tánger.

Otra oleada de repatriaciones se produjo a raíz de un decreto de 1973 que marroquinizaba las empresas de propiedad extranjera, los puestos de trabajo y las tierras nacionalizadas. Entre junio de 1974 y diciembre de 1975, unas 20.000 familias de colonos españoles se repatriaron a España.

A principios de 1980, los consulados españoles registraban tan solo 8.094 trabajadores españoles en Marruecos, el 80 % de los cuales se concentraba en Tánger y Casablanca. La numerosa colonia española de Casablanca, que ascendía a 20.500 personas antes de la marroquización de las tierras de 1973, se había reducido a unos 2.500 habitantes en 1986.

Descolonización selectiva

En la actualidad, los españoles constituyen casi la mitad de la población de las dos colonias de colonos de Sabtah y Maliliah. En Sabtah —o Ceuta— constituyen una ligera mayoría, mientras que los marroquíes autóctonos tienen una estrecha mayoría en Maliliah —o Melilla—.

A raíz de la reciente migración a Ceuta, han resurgido las reivindicaciones marroquíes para la devolución de Sabtah y Maliliah. El 22 de agosto, el ministro de Justicia marroquí, Abdellatif Ouahbi, declaró que Marruecos «se aferraría a su derecho histórico y a su derecho geográfico» sobre ambas ciudades, y pidió la creación de una comisión de diálogo permanente para negociar su retorno «al seno de la patria».

Días más tarde, el ministro marroquí de Habous y Asuntos Islámicos, Ahmed Toufiq, evocó las «ciudades ocupadas» del norte de África en el palacio real de Rabat, durante una ceremonia con motivo del cumpleaños del Profeta presidida por el rey Mohammed VI.

España respondió con intransigencia, insistiendo en que nunca renunciaría a la soberanía sobre sus colonias. «Ceuta y Melilla son españolas», afirmó la portavoz del Gobierno, Elma Saiz. «Son nuestras fronteras meridionales, así como las fronteras de Europa. No hay nada más que añadir».

Aún no está claro adónde conducirán las exigencias marroquíes, especialmente teniendo en cuenta el apoyo de la Administración Trump a la reivindicación de Marruecos sobre el Sáhara Occidental frente a las reivindicaciones indígenas del pueblo saharaui y de la República Árabe Saharaui Democrática proclamada por el Frente Polisario en 1976, reconocida por más de dos docenas de países.

Estas reivindicaciones han resurgido en medio de la creciente hostilidad de EE. UU. e Israel hacia España, a raíz de la condena por parte de Madrid del genocidio y las políticas coloniales de Israel hacia los palestinos. Marruecos, por su parte, tiene sus propios motivos de resentimiento.

Su ofensiva territorial podría deberse menos a un sincero sentimiento nacional que al deseo de castigar a España por negarse a reconocer la plena soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental —a pesar de que ha respaldado el plan de autonomía de Marruecos para el territorio— y por mantener buenas relaciones con Argelia, que apoya la independencia saharaui y está aliada con el Frente Polisario.

Aunque la Administración Trump ha reafirmado su apoyo a la soberanía española sobre Ceuta y Melilla, un informe del Congreso de EE. UU. que describía ambas ciudades como situadas en territorio marroquí y fomentaba el diálogo diplomático entre Rabat y Madrid ha despertado la alarma. España insiste en que su estatus no es negociable.

No está claro hasta qué punto será sostenible la postura española, dada la estrecha alianza de Marruecos con Israel bajo el mandato del primer ministro Benjamín Netanyahu, y la continua hostilidad de Trump hacia el Gobierno socialista español. Madrid denegó a Washington el uso de sus bases militares para la guerra contra Irán, y ha retirado a su embajador en Israel a raíz del genocidio en Gaza.

Muchos en España creen que el país está pagando ahora por ese desafío, y políticos y comentaristas culpan a Israel y a EE. UU. de avivar la crisis de Ceuta como represalia.

El embajador israelí ante la ONU, Danny Danon, avivó esas sospechas al publicar en X que ya era hora de que España explicara por qué «sigue manteniendo enclaves coloniales en África». El ministro de Transportes español, Óscar Puente, compartió la publicación y comentó: «Bueno, parece que todo se está aclarando bastante».

La alianza antipalestina de Marruecos con Trump e Israel no puede determinar el futuro de las dos colonias de asentamiento. Ese futuro debe basarse en un auténtico impulso hacia la descolonización, que se aplique por igual a Sabtah y Maliliah, al Sáhara Occidental y a todos los territorios palestinos, libaneses y sirios colonizados por Israel.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

domingo, 9 de noviembre de 2025

Trumpazo al Sáhara Occidental (o La ONU contra su propia Carta)

 

 Por Pedro Costa Morata   
      Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.



El reciente pronunciamiento del Consejo de Seguridad (CS) de la Organización de Naciones Unidas (ONU) agravando la crisis, aparentemente larvada, del Sáhara Occidental exhibe una clara contradicción con la práctica descolonizadora emprendida en los años 1950 y se salta principios esenciales recogidos en su Carta de 1945, como es el de la libre autodeterminación de los pueblos coloniales. Confirma hasta qué punto el panorama internacional se ve afectado por una -al parecer- irremisible marginación de la institución que representa a la Comunidad internacional, es decir la ONU. Y esto viene agudizándose cuando, ante el avance de la multilateralidad, marca ruidosos -por no decir, escandalosos- pasos la gran potencia norteamericana, que se niega a aceptar una configuración mundial más diversa del conjunto de naciones, siendo evidente que ya pasó el tiempo de su hegemonismo incontestado.

Contra la tradición y la ética de la ONU, la Resolución 2797, de 31 de octubre, del CS, viene a consagrar como “principio” espurio e ilegal, es decir, como núcleo de esa burla y sus abusos asociados, la adaptación de los débiles a los hechos consumados por la intervención y la voluntad de los fuertes, lo que ni la opinión pública internacional ni los juristas deben asumir ni dar por asentado. Esta Resolución alude a que la autonomía del Sáhara Occidental bajo soberanía marroquí “podría constituir la solución más viable” para este conflicto que ahora cumple 50 años, como base de negociación de la paz entre Marruecos y el Frente Polisario; y lo hace no solo a sabiendas del rechazo que este último viene expresando frente a la ”propuesta autonomista” de Marruecos lanzada en 2007 (a la que el texto alude expresamente, “aceptándola”) sino ignorando la obligación que subsiste de consultar a la población originaria sobre las dos posibilidades -independencia o autonomía con renuncia a la soberanía- que en Derecho internacional se prevén. Porque se trata de un territorio con un pueblo bien definido sin descolonización formal, sobre los que se produjo la sustitución forzosa de una potencia, la colonial, por otra, la invasora.


Famoso edificio-sede de la ONU en Nueva York.

No ha tardado el Frente Polisario en rechazar la base de esta Resolución, afeando al CS que en su decisión ignore otras Resoluciones anteriores y, lo que es más grave, su propio proceder en casos semejantes, reafirmándose en el rechazo de “propuestas que legitimen la ocupación marroquí del Sáhara Occidental y priven al pueblo saharaui del derecho a la autodeterminación”. La organización saharaui teme, no obstante, que la aprobación de la renovación por un año del contingente en el territorio de “cascos azules” de la ONU, la MINURSO, pueda ser la última, con lo que la organización internacional se desentendería de forma definitiva de la misión que se le encomendó en 1991, que era supervisar la paz lograda en las negociaciones entre marroquíes y polisarios de 1988 tras trece años de guerra y realizar el consiguiente censo de población indígena para la celebración del preceptivo referéndum de autodeterminación.


Entrada a Tifariti, capital provisional saharaui (Getty images).

Este acontecimiento, lamentable y peligroso, se inscribe en la mediatización caprichosa e irregular con que el presidente estadounidense Donald Trump pretende “llevar la paz” al mundo expresando sus preferencias y marginando a las instituciones internacionales, que es lo que ha hecho, siguiendo sus instrucciones, Mike Waltz, representante norteamericano en la ONU, dentro del mismísimo órgano supremo decisorio (si bien cada vez más nominal y aguado). Trump -amoral, narcisista, obseso, ignorante, temerario, ávido de los recursos naturales y los negocios previsibles de todo el mundo- impone su esquizofrenia al mundo y ha encontrado aquí otra ocasión de humillar a las Naciones Unidas, a las que desprecia y quisiera eliminar optando por neutralizarlas e imponer su voluntad a la bien nutrida corte de Estados coreógrafos y seguidistas (Francia y el Reino Unido en primer lugar, entre las cinco potencias decisorias).

Merece la pena observar cómo ha sido esa votación entre los quince miembros -cinco permanentes y diez rotativos- del CS, con algunas precisiones de interés, como el que Rusia, China y Pakistán se hayan abstenido para “dar una oportunidad al proceso de paz”, mostrando a la vez su desconfianza ante la propuesta norteamericana; Argelia, que desde 1974 se alinea con los derechos saharauis a la autodeterminación, se ausentó alegando, en puridad jurídico-internacional, que esa Resolución “no representa de manera fidedigna la doctrina de la ONU sobre descolonización”. Votaron a favor los once restantes

Aclaremos, por si fuera necesario, que ninguno de los contenidos de la Resolución del CS reconoce soberanía alguna de Marruecos sobre el territorio, ni deslegitima al Frente Polisario como representante reconocido internacionalmente del pueblo saharaui, extremos que uno de los Estados que han secundado la propuesta norteamericana, Dinamarca, ha considerado oportuno recordar en el momento de su votación; y añadamos que la Asamblea General (AG) volvió a insistir (Resolución 2756, de 31 de octubre de 2024), como hace en cada periodo de sesiones, en que el asunto del Sáhara Occidental sigue siendo una cuestión de descolonización “pendiente del Comité de Cuestiones Políticas, del Comité Especial de Descolonización (o “Comité de los 24”, creado en 1961 por la famosa Resolución 1514) de la AG y del Comité Especial sobre la situación con respecto a la aplicación de la Declaración sobre la concesión de independencia a países y pueblos coloniales”.

Se trata, pues, de un desencuentro de hecho (aunque con pretensiones de legalidad internacional) entre el CS y la AG de Naciones Unidas y que evoca -entre otras decisiones de repercusiones catastróficas que también se han derivado del mal hacer de la organización internacional- la decisión adoptada por la AG en 1947 sobre la partición de Palestina, tras serle negado al pueblo palestino oriundo el derecho a la autodeterminación y reconocer la invasión y ocupación de miles de colonos judíos europeos alegando derechos inexistentes; es decir, rindiéndose la neonata ONU ante los hechos consumados y haciéndose responsable de las tragedias que sobrevinieron.

Con esta otra intrusión perversa, típicamente trumpista, en la escena internacional, los Estados Unidos continúan expresando su predilección por Marruecos, cuya política interior controla desde hace muchos años, y también amparan su política exterior específicamente en lo referente a sus “derechos” sobre el Sáhara, y así lo vienen demostrando (con escasas y aparentes vacilaciones) desde 1975. Todo esto, pese a que se trata de una monarquía oprobiosa, y quizás por ello mismo mimada por Estados Unidos e importantes países europeos (Francia, en primer lugar), ya que concede grandes facilidades a las inversiones de las empresas extranjeras (si bien los más jugosos negocios se los viene reservando el propio monarca, como es bien sabido).

Insistamos, no obstante, sobre el marco trumpiano de este episodio, iniciado con el reconocimiento por el mandatario estadounidense en su primer mandato (2020) de la soberanía marroquí. Muy probablemente esta decisión tuvo que ver con la previa adhesión de Marruecos a los “Acuerdos Abraham”, reconociendo al Estado de Israel junto con Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Sudán, y reafirmada como cortafuegos luego de la contemplación del genocidio israelí de palestinos, hacia el que Rabat no ha expresado la menor conmoción (por contra a la opinión pública marroquí), todo ello en un conjunto político de relaciones internacionales degeneradas e incendiarias. Se trata, para el cow-boy de Washington, de otra “muesca” en el palo que, como garrote amenazador (al estilo de su muy belicista antecesor, Theodore Roosevelt), esgrime por el mundo con la clara intención de acumularlas como méritos para su anhelado Premio Nobel de la Paz (que nadie duda que conseguirá, recordando la catadura criminal de algunos de los premiados en el pasado).

En Marruecos la Resolución del CS ha sido recibida con la misma algarada oficial que cuando el Tribunal Internacional de Justicia (TIJ) emitió en 1975 su dictamen, manipulando su contenido y optando entonces por el lanzamiento de la desaforada “Marcha Verde” y la agudización de las presiones sobre el Gobierno español, evidentemente desmoralizado (Franco agonizaba) y pésimamente representado (el ministro José Solís, de gran protagonismo en la “negociación”, tenía intereses económicos en Marruecos y muy cordiales relaciones con la monarquía cherifiana).


El príncipe Juan Carlos en El-Aaiún, prometiendo la autodeterminación saharaui (1975) (Getty images).

Pero Marruecos es, por naturaleza, un Estado anti autonómico, que trata a los agitadores autonomistas bereberes del Rif como terroristas. En un futuro nada improbable de imposición “legal” de esa autonomía concedida a los saharauis, pero sin consulta rigurosa, el Reino de Marruecos, forzosamente unitario y autoritario, podría verse enfrentado a dos autonomismos fundados, uno en el norte y otro en el sur, con inevitables situaciones de inestabilidad de la monarquía (que no debe de sentirse absolutamente segura, y cada vez menos). Un Sáhara autónomo en manos de Marruecos podría verse abocado a un movimiento independentista interior que sería considerado terrorista “a la kurda”, lo que es una perspectiva que los Estados del si en el CS debieran haber tenido en cuenta. A este respecto, la Resolución reciente del CS ha incluido en su redactado de propuesta de la autonomía saharaui “la necesidad de respetar los derechos humanos”, algo que -como todo el mundo conoce- está escandalosamente ausente en la historia de Marruecos desde su independencia en 1956.

Por su parte, España no debe sentirse “respaldada” por esta Resolución, en la medida en que los derechos inalienables del pueblo saharaui permanecen a salvo y pendientes de reconocimiento real, y sigue estando señalada con la acusación de responsabilidad y traición de la que nunca se verá libre. La retirada de España del Sáhara siguió el “modelo” británico de 1947 puesto en práctica en Palestina, es decir, abandonar el territorio bajo su control sin cumplir con las previsiones de la Carta de la ONU, marcando con la ignominia la acción exterior de las dos potencias. España, que nunca se ha decidido por una política (mínimamente) autónoma en sus relaciones exteriores, se ha unido así al grupo de Estados ex coloniales que dejan un mundo envenenado tras su retirada formal de esos territorios, con conflictos enquistados que castigan con la muerte y el sufrimiento a pueblos de tradición autónoma y derechos inalienables a un futuro libremente decidido.


El autor con combatientes saharauis y pescadores canarios secuestrados (1978).

El pueblo saharaui, y su legítimo -y reconocido- representante, el Frente Polisario, disponen de recursos legales para hacer frente a esta nueva adversidad, que tampoco posee la fuerza suficiente como para poner a prueba su resistencia y su exigencia de derechos esenciales, estando, como están, acostumbrados a que en este medio siglo transcurrido hayan regido los hechos consumados; y la consulta al TIJ sobre la conformidad de la Resolución 2797 con la Carta de la ONU puede ser una de las iniciativas. Pero es la coyuntura global internacional, marcada por un trumpismo tan grotescamente perturbador, lo que deberá determinar su paciencia y readaptar sus estrategias (la diplomática y la militar).