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martes, 11 de agosto de 2026

Trump ataca el dólar (y puede que lo pagues tú con recortes)

 

 Por Iván H. Ayala   
      Economista y doctorando en la UCM, especializado en metodología económica, Unión Europea y financiarización.


Lo que ocurrió el 31 de julio es que el deudor más grande del mundo salió al mercado a defender la moneda de su acreedor y ahí esto deja de ser una historia de mercados, porque lo que se dirime es qué visión de la política económica gobernará la próxima década


Trump y Takaichi en el encuentro que se produjo en el Despacho Oval en marzo de 2026.


     El viernes 31 de julio el Tesoro de Estados Unidos compró yenes. Lo confirmó el secretario del Tesoro Scott Bessent y lo celebró el propio Trump ante la prensa. Es la primera intervención coordinada para comprar yenes desde 1998, con una cifra estimada de 36.000 millones de dólares en una sola jornada. Una amistad que cuesta cara.


‘Es bueno para la economía mundial’; ¿por qué es inusual que Trump haya intervenido junto a Japón para apuntalar el valor del yen?

Pero no se gastan 36.000 millones por fraternidad. Japón es el mayor acreedor exterior de Estados Unidos, con 1,24 billones de dólares en deuda del Tesoro. Lo que ocurrió el 31 de julio es que el deudor más grande del mundo salió al mercado a defender la moneda de su acreedor. Ningún manual de economía internacional describe esa operación. La pregunta es por qué.

La respuesta corta es que el circuito que hacía innecesaria la intervención se ha roto. Durante décadas, los tipos japoneses en cero expulsaban el ahorro hacia los Treasuries (títulos de deuda pública estadounidense), ese ahorro sostenía el dólar y abarataba la deuda americana, y todo se cerraba solo. Hoy el bono japonés a diez años paga cerca del 2,8%, máximo en treinta años, mientras que un Treasury, una vez pagado el seguro de cambio que cuesta el diferencial de tipos a corto, deja unos dos puntos en yenes garantizados.


El rendimiento del bono japonés a diez años sube al 2,81%, máximos de casi 30 años.

Una aseguradora japonesa con pasivos en yenes ya no tiene incentivo a comprar Treasuries, sino a venderlos y volver a casa: en el primer trimestre los inversores japoneses vendieron 29.600 millones en deuda americana, la mayor salida desde 2022. El ahorro japonés vuelve a casa porque por fin le pagan en casa.

Hasta aquí no hay política, hay aritmética. Pero la aritmética no explica por qué un ajuste que el sistema anterior habría digerido en silencio exige ahora un rescate con rueda de prensa. Ahí entra Trump. Su guerra en Ormuz encareció el crudo que alimenta la inflación japonesa y obliga al Banco de Japón a subir tipos, invirtiendo el diferencial que mantenía el ahorro japonés al otro lado del Pacífico.

Su guerra arancelaria y sus amenazas a quien busque alternativas al dólar han erosionado el papel del dólar como moneda de reserva. Y su asalto a la Reserva Federal, con Stephen Miran en el consejo y Kevin Warsh en la presidencia, ha puesto precio al riesgo de que la FED sea otro errático departamento de la Casa Blanca antes que a la estabilidad. El bono a treinta años en el 5,2%, máximo desde la crisis financiera, lo confirma.


El bono estadounidense a 30 años marca máximos no vistos desde 2007.

La ironía es que Trump dice querer sostener el dólar como moneda de reserva. Su doctrina, formulada por Miran, quiere un dólar más barato para recuperar la manufactura y a la vez un dólar que siga siendo la moneda mundial para financiarse barato y conservar la palanca geopolítica. El privilegio sin la carga. Pero la hegemonía nunca fue un decreto. Era un conjunto de condiciones, previsibilidad, un banco central creíble, acceso incondicional al activo seguro, y todo eso es lo que Trump está erosionando.

El detalle que vale más que la intervención está en la fontanería. Los Estados no acumulan reservas en billetes sino invertidas en deuda: para defender el yen a gran escala, Tokio tendría que vender Treasuries, y cada venta encarece la deuda de un Tesoro que ya paga un billón anual en intereses. La defensa del yen la acababa pagando Washington. Por eso Tokio anunció que podrá recurrir a la facilidad FIMA de la Reserva Federal y obtener dólares dejando sus Treasuries en prenda, sin vender un solo bono. La Fed queda instalada como aseguradora de última instancia del sistema entero, acreedor japonés incluido. La hegemonía del dólar, se ve ahora, nunca residió en que el mundo quisiera Treasuries, sino en que Washington controla el acceso a la liquidez de última instancia y decide a quién respalda y contra qué garantía. Administrar el colateral ajeno es lo que hace un hegemón cuando la hegemonía deja de ser gratis.

Y aquí esto deja de ser una historia de mercados, porque lo que se dirime es qué visión de la política económica gobernará la próxima década. Una es la anterior a 2008: banco central independiente controlando la inflación y política fiscal disciplinada a su servicio, la dominancia monetaria. La otra es la que la crisis obligó a improvisar: política fiscal activa y política monetaria sosteniéndola. De cuál se imponga dependerá que la respuesta se llame austeridad o se llame normalidad.

La lectura ortodoxa, la de John Cochrane, dice que el 5,2% es la prima que el mercado cobra elevados niveles de deuda pública y déficit que nadie corrige, y su mandato es la consolidación, recortes mandatados por los mercados. Es exactamente como se leyeron las primas de riesgo de España e Italia entre 2010 y 2012. Se recortó en sanidad, educación e inversión, y las primas siguieron subiendo. Lo que las hundió no fue ningún recorte sino tres palabras que Mario Draghi pronunció en julio de 2012 y de las que se han hecho hasta camisetas: whatever it takes. Bastó la existencia de un comprador de última instancia. Los mercados no cotizaban la deuda de nadie, cotizaban la ausencia de respaldo monetario, como demostró De Grauwe comparando países igual de endeudados con y sin banco central propio. Aquella lectura costó una década perdida, y no era neutral: la austeridad protege el valor de los títulos, disciplina al deudor y blinda al tenedor. Es la visión de los acreedores, y los acreedores tienen siempre incentivos para volver a imponerla.

Las lecturas alternativas pasan el test que la ortodoxia suspende, explicar por qué el deudor defiende la moneda de su acreedor. Para Michael Pettis, lo que vemos es el ahorro japonés dejando de exportarse porque su mercado vuelve a remunerarlo: los rendimientos no juzgan la solvencia de nadie, y recortar mientras se retira el comprador extranjero es sumar dos contracciones. Para Daniela Gabor, el FIMA revela que el balance del banco central ya hace política fiscal cada vez que decide qué colateral acepta y de quién; discutir décimas de déficit mientras esa infraestructura se expande sin escrutinio es mirar el dedo. Ambas comparten el fundamento postkeynesiano: el tipo de interés es una variable de política, no un veredicto sobre la solvencia, y la restricción real de un emisor de su propia moneda no es financiera sino inflacionaria, exactamente la que el crudo de Ormuz aprieta.

Europa es el terreno donde más se juega. El tramo largo americano arrastra al alza los tipos de todo el mundo, así que los presupuestos europeos sentirán la presión sin haber hecho nada, justo cuando las reglas fiscales vuelven a apretar y hay que financiar defensa y transición. Si el marco ortodoxo se impone, el manual de 2010 está listo para reaplicarse. Y lo que Japón acaba de conseguir, defender su moneda sin liquidar sus activos, Europa no puede replicarlo porque sigue sin un activo seguro común: el economista jefe del BCE, Philip Lane, lleva meses pidiéndolo, pero el tabú fiscal manda, y la fragmentación del dólar la está capturando el oro, no el euro. Ningún país se juega más que España, que crece por encima de la media europea apoyada en la demanda interna y la inversión pública. Para España, el regreso del manual de 2010 no es un debate académico: es la amenaza de repetir la década que ya perdió una vez.

Si se impone la premisa de que el sistema se sostiene interviniendo, la era que se abre no es la de la austeridad sino la de la gestión permanente, bancos centrales haciendo política fiscal encubierta y tesoros haciendo política monetaria por delegación. Esa gestión no es buena ni mala: depende de a quién respalde. El balance del banco central usado para sostener el pleno empleo es una conquista democrática por vía técnica; el mismo balance usado solo para asegurar el patrimonio de quien ya lo tiene es un seguro de élites pagado por todos. Julio ha enseñado que el segundo ya existe y funciona, incluso en fin de semana, mientras el primero sigue considerándose imposible, inflacionario o ingenuo. La lectura que se imponga no será técnica sino política. El dólar que se sostenía solo también sostenía esa ficción, y es lo segundo que Trump ha enterrado.


Fuente: El Salto

martes, 8 de abril de 2025

Por qué, tarde o temprano, el capitalismo necesita la guerra

 

 Por Andrea Zhok  
      Filósofo, escritor y profesor de Filosofía Moral en la Universidad de Milán. Colabora con numerosos periódicos y revistas.


     El profesor de Filosofía Moral de la Universidad de Milán entra en el debate sobre la guerra y el rearme con una lectura muy crítica del capitalismo. Según el análisis de Andrea Zhok, el libre mercado, para sobrevivir, requiere un crecimiento continuo. Cuando el crecimiento se detiene, el sistema entra en crisis. Y las soluciones tradicionales –innovación tecnológica, explotación de la fuerza de trabajo, expansión de los mercados– ya no son suficientes. Desde esta perspectiva, argumenta Zhok, la guerra se convierte en el último recurso, ofreciendo al sistema económico un mecanismo de destrucción, reconstrucción y control social.


“Carga de los lanceros”, obra de Umberto Boccioni pintada en 1915 para celebrar una acción durante la Primera Guerra Mundial.


1. La esencia del capitalismo

     La conexión entre capitalismo y guerra no es accidental sino estructural y estrecha. Aunque la literatura autopromocional del liberalismo siempre ha intentado explicar que el capitalismo, traducido como “comercio dulce”, era una vía preferencial hacia la pacificación internacional, en realidad esto siempre ha sido una flagrante falsedad. Y esto no es porque el comercio no pueda ser un medio de paz –puede serlo–, sino porque la esencia del capitalismo NO es el comercio, que es sólo uno de sus posibles aspectos.

La esencia del capitalismo consiste en un solo punto. Se trata de un sistema social idealmente acéfalo, es decir, idealmente sin liderazgo político, pero guiado por un único imperativo categórico: el aumento del capital en cada ciclo de producción. El corazón ideal del capitalismo es la necesidad de que el capital rinda, es decir, de aumentar el capital mismo. La dirección de este proceso no está en manos de la política –y mucho menos de la política democrática–, sino de los poseedores del capital, de los sujetos que encarnan las necesidades de las finanzas.

Es importante entender que el punto crucial para el sistema no es que “siempre haya más capital” en el sentido objetivo, es decir, que la cantidad de dinero aumente cada vez más; Incluso puede contraerse temporalmente. Lo que importa es que siempre debe existir la perspectiva general de un aumento del capital disponible. En ausencia de esta perspectiva –por ejemplo, en una condición persistente de “estado estacionario” de la economía–, el capitalismo deja de existir como sistema social, porque falta el “piloto automático” representado por la búsqueda de salidas para la inversión.

El punto debe entenderse puramente en términos de PODER. En el capitalismo, una determinada clase detenta el poder y lo ostenta como la persona encargada de la gestión del capital hacia el crecimiento. Si se pierde la perspectiva de crecimiento, el resultado es técnicamente REVOLUCIONARIO, en el sentido específico de que la clase que detenta el poder debe cederlo a otros –por ejemplo a un liderazgo político impulsado por principios o ideas rectoras, como ha sido más o menos siempre el caso a lo largo de la historia (perspectivas religiosas, perspectivas nacionales, visiones históricas). El capitalismo es el primer y único sistema de vida en la historia de la humanidad que no busca encarnar ningún ideal ni tiende a ir en ninguna dirección específica. Aquí se podría abrir una discusión interesante sobre la conexión entre capitalismo y nihilismo, pero queremos centrarnos en otro punto.


El mensaje “Capitalismo = guerra” en una pared en Bergen, Noruega.

2. La "tendencia a la caída de la tasa de ganancia"

En la naturaleza del sistema está implícita una tendencia que Karl Marx examinó por primera vez con el nombre de "tendencia de la tasa de ganancia a caer". Es un proceso intuitivo. Por un lado, como hemos visto, el sistema nos exige buscar constantemente el crecimiento, transformando el capital en inversión que genere más capital. Por otra parte, la competencia interna al sistema tiende a saturar todas las opciones de incrementar el capital, realizándolas. Cuanto más eficiente sea la competencia, más rápida será la saturación de lugares donde obtener ganancias. Esto significa que con el tiempo el sistema capitalista genera estructuralmente un problema de supervivencia para el propio sistema.

El capital disponible crece constantemente y busca usos “productivos”, es decir, capaces de generar intereses. El crecimiento del capital está vinculado al crecimiento de las perspectivas de crecimiento futuro del capital, en un mecanismo de autorreforzamiento. Es sobre la base de este mecanismo que nos encontramos en situaciones como la anterior a la crisis de las hipotecas subprime, cuando la capitalización en los mercados financieros globales era 14 veces el PIB mundial. Este mecanismo produce la tendencia constante hacia las “burbujas especulativas”. Y este mismo mecanismo produce la tendencia a las llamadas "crisis de sobreproducción", expresión común pero impropia, pues da la impresión de que hay un exceso de producto disponible, cuando el problema es que hay demasiado producto sólo en relación con la capacidad media de comprarlo.

Constantemente, inevitablemente, el sistema capitalista se encuentra enfrentando crisis generadas por esta tendencia: masas crecientes de capital presionan para ser utilizadas, en un proceso exponencial, mientras que la capacidad de crecimiento es siempre limitada. Para que una crisis se sienta, no es necesario que el crecimiento se detenga, basta con que no esté a la altura de la creciente demanda de márgenes. Cuando esto sucede, el capital –es decir, los poseedores del capital o sus administradores– comienza a agitarse cada vez más, porque su propia supervivencia como poseedores del poder está en riesgo.

3. La búsqueda frenética de soluciones

A medida que se acerca la compresión de márgenes, comienza una búsqueda frenética de soluciones. En la versión autopromocional del capitalismo, la solución principal sería la "revolución tecnológica", es decir, la creación de una nueva perspectiva prometedora de generar ganancias a través de una innovación tecnológica. La tecnología es realmente un factor que aumenta la producción y la productividad. Si también aumenta los márgenes de beneficio es una cuestión más compleja, porque no basta con que haya más producto para que el capital aumente, sino que es necesario que haya más producto COMPRADO.

Esto significa que los márgenes pueden realmente crecer en presencia de una revolución tecnológica sólo si el aumento de la productividad se refleja también en un aumento general del poder adquisitivo (salarios), lo que no es tan obvio. Pero incluso donde esto sucede, las “revoluciones tecnológicas” capaces de aumentar la productividad y los márgenes no son tan comunes. A menudo lo que se presenta como una “revolución tecnológica” se sobreestima enormemente en su capacidad de producir riqueza y termina siendo sólo una reorientación de las inversiones que genera una burbuja especulativa.

A la espera de que se produzcan revoluciones tecnológicas que reabran la esfera de los márgenes, la segunda dirección en la que se busca una solución para recuperar márgenes de beneficio es la presión sobre la fuerza de trabajo. Esta presión puede manifestarse en la compresión salarial y de muchas otras formas que aumentan el área de explotación del trabajo. La reducción directa de los salarios nominales es una forma que se adopta sólo en casos excepcionales; Más frecuentes y fáciles de gestionar son la falta de recuperación de la inflación, la “flexibilización” del trabajo para reducir los “tiempos muertos”, la “rigorización” de las condiciones de trabajo, los despidos de personal, etc.


“El mecánico y la bomba de vapor”, fotografía de Lewis Hine.

Este horizonte de presión presenta dos problemas. Por una parte, difunde el descontento, con la posibilidad de que éste derive en protestas, disturbios, etc. Por otra parte, la presión sobre la fuerza de trabajo, especialmente en la dimensión salarial, reduce el poder adquisitivo medio, y con ello se corre el riesgo de iniciar una espiral recesiva (menores ventas, menores beneficios, mayor presión sobre la masa salarial para recuperar márgenes, consecuente reducción de las ventas de productos, etc.).

Una forma colateral de ganar márgenes se da con las “racionalizaciones” del sistema de producción, que conceptualmente está a medio camino entre la innovación tecnológica y la explotación de la fuerza de trabajo. Las «racionalizaciones» son reorganizaciones que, por así decirlo, liman las «ineficiencias» relativas del sistema. Esta dimensión reorganizativa de hecho casi siempre repercute en un empeoramiento de las condiciones de trabajo, que se vuelven cada vez más dependientes de las necesidades impersonales de los mecanismos del capital.

Un horizonte final de soluciones se presenta cuando la esfera del comercio exterior entra en la ecuación. Aunque en principio los puntos anteriores agotan los lugares donde los márgenes de ganancia pueden crecer, en realidad tomando en consideración el ámbito exterior, las mismas oportunidades de ganancias se multiplican debido a las diferencias entre países. En lugar de un aumento tecnológico interno, se puede acceder a un aumento tecnológico externo a través del comercio. En lugar de comprimir la fuerza laboral nacional, se podría lograr acceso a mano de obra extranjera barata, etc.

4. La disminución de las ganancias

La fase actual de la corta y sangrienta historia del capitalismo que estamos viviendo se caracteriza por el desvanecimiento progresivo de todas las perspectivas importantes de ganancias. Siempre habrá lugar para “revoluciones tecnológicas”, pero no con una frecuencia que pueda seguir el ritmo de las masas de capital infinitamente crecientes que presionan para convertirse en ganancias. Siempre habrá espacio para una mayor compresión de la fuerza laboral, pero el riesgo de crear condiciones para la revuelta o reducir el poder adquisitivo generalizado plantea límites claros. En cuanto al proceso de globalización, ha llegado a sus límites y ha iniciado un proceso de regresión relativa; la posibilidad de encontrar oportunidades externas diferentes y mejores que las nacionales se ha reducido drásticamente (hay que considerar que cuanto más se extienden las cadenas productivas, más frágiles son y más costos de transacción adicionales pueden aparecer).

La crisis de las hipotecas subprime (2007-2008) marcó el primer punto de inflexión, llevando a todo el sistema financiero mundial al borde del colapso. Para salir de esa crisis se utilizaron dos palancas. Por un lado, existe una fuerte presión sobre el ámbito laboral, con pérdida de poder adquisitivo y empeoramiento de las condiciones laborales a nivel mundial. Por otra parte, se produce un aumento de las deudas públicas, que a su vez constituyen una restricción indirecta impuesta a los ciudadanos y a los trabajadores y se presentan como una carga que debe compensarse.


La manifestación de Occupy Wall Street el 8 de octubre de 2011 en Washington Square Park, ciudad de Nueva York.

La crisis del Covid (2020-2021) marcó un segundo punto de inflexión, con características no muy diferentes a las de la crisis subprime. También en este caso, los resultados de la crisis han sido una pérdida media de poder económico de las clases trabajadoras y un aumento de la deuda pública.

Tanto en la crisis de las hipotecas subprime como en la del Covid, el sistema aceptó una reducción general temporal de las capitalizaciones globales, con el fin de reabrir nuevas áreas de beneficios. En general, el sistema financiero emergió de ambas crisis en una posición comparativamente más fuerte en relación con la población que vive de su propio trabajo. El aumento de la deuda pública es en realidad una transferencia de dinero desde la disponibilidad del ciudadano medio a los cupones de los tenedores de capital.

Cabe señalar que, para desactivar los espacios de disputa y oposición entre trabajo y capital, el capitalismo contemporáneo ha presionado con todas sus fuerzas para crear un corresponsalismo en algunos estratos de la población, ricos pero lejos de contar para nada en términos de poder capitalista. Al obligar a la gente a adquirir pensiones privadas, pólizas de seguros con intereses y empujarlos a utilizar sus ahorros en alguna forma de bonos gubernamentales, intentan (y logran) crear una capa de la población que se siente "involucrada" en el destino del gran capital. Estos estratos de población actúan como “zonas de amortiguación”, reduciendo la disposición promedio a rebelarse contra los mecanismos del capital.

La situación actual, sobre todo en el mundo occidental, es pues la actual. El gran capital necesita acceder a áreas de ganancias más amplias y continuas para sobrevivir. Las poblaciones de los países occidentales han visto erosionadas sus condiciones de vida, tanto en términos estrictamente de poder adquisitivo como en términos de capacidad de autodeterminación, viéndose cada vez más atadas a una multiplicidad de limitaciones financieras, laborales y legislativas, todas ellas motivadas por la necesidad de "racionalizar" el sistema.

Las posibilidades de encontrar nuevas áreas de ganancias en el extranjero se han reducido drásticamente a medida que el proceso de globalización ha llegado a sus límites. Esta es la situación a la que se enfrentan hoy los grandes accionistas. En su opinión, es urgente encontrar una solución. ¿Pero cuál?

5. «Una palabra aterradora y fascinante: ¡guerra!»

Cuando en el canon occidental aparecen las guerras mundiales, es decir, los dos mayores acontecimientos de destrucción bélica de la historia de la humanidad, suelen aparecer bajo la bandera de unos culpables bien definidos: los «nacionalismos» (sobre todo el alemán) para la Primera Guerra Mundial, las «dictaduras» para la Segunda Guerra Mundial. Rara vez se reflexiona que estos acontecimientos tienen como epicentro el punto más avanzado de desarrollo del capitalismo mundial y que la Primera Guerra Mundial ocurrió en el auge del primer proceso de "globalización capitalista" de la historia.

Sin entrar aquí en una exégesis de los orígenes de la Primera Guerra Mundial, es sin embargo útil recordar cómo la fase que la precedió y la preparó puede situarse perfectamente en un marco que podemos reconocer. A partir de 1872 aproximadamente se inició una fase de estancamiento en la economía europea. Esta fase da un impulso decisivo a la búsqueda de recursos y mano de obra en el extranjero, principalmente bajo las formas de imperialismo y colonialismo.

Todos los grandes momentos de crisis internacionales que prepararon la Primera Guerra Mundial, como el incidente de Fashoda (1898), son tensiones en la confrontación internacional por el acaparamiento de áreas de explotación. El primer gran impulso para el rearme en la Alemania guillermina fue crear una flota capaz de desafiar el dominio inglés de los mares (que es un dominio comercial).


“Calle de Praga”, pintura de 1920 de Otto Dix que representa a soldados mutilados durante la Primera Guerra Mundial.

Pero ¿por qué la guerra debería representar un horizonte para la solución de las crisis generadas por el capital? La respuesta, en este punto, es bastante sencilla. La guerra representa una solución ideal a las crisis de “caída de la tasa de ganancia” en cuatro aspectos principales.

En primer lugar, la guerra se presenta como un impulso no negociable para obtener inversiones masivas que puedan revivir una industria sin vida. Los grandes contratos públicos en nombre del “deber sagrado de defensa” pueden lograr extraer los últimos recursos públicamente disponibles para volcarlos en contratos privados.

En segundo lugar, la guerra representa una gran destrucción de recursos materiales, de infraestructura y de seres humanos. Todo esto, que desde el punto de vista del intelecto humano común es una desgracia, desde el punto de vista del horizonte de inversión es una perspectiva magnífica. De hecho, se trata de un acontecimiento que “hace retroceder el reloj de la historia económica”, eliminando esa saturación de perspectivas de inversión que amenaza la existencia misma del capitalismo. Después de una gran destrucción, se abren espacios para inversiones fáciles, que no requieren ninguna innovación tecnológica: carreteras, ferrocarriles, acueductos, casas y todos los servicios relacionados. No es casualidad que desde hace algún tiempo, mientras hay una guerra en curso, desde Irak hasta Ucrania, estemos asistiendo a una carrera preliminar para conseguir contratos para la reconstrucción futura. La mayor destrucción de recursos de todos los tiempos –la Segunda Guerra Mundial– fue seguida por el mayor auge económico desde la Revolución Industrial.

En tercer lugar, los grandes poseedores de capital, es decir, capital financiero, consolidan comparativamente su poder sobre el resto de la sociedad. El dinero, al ser virtual por naturaleza, permanece intacto ante cualquier destrucción material importante (siempre que no se trate de una aniquilación planetaria).

En cuarto y último lugar, la guerra congela y detiene todos los procesos de revuelta potencial, todas las manifestaciones de descontento desde abajo. La guerra es el mecanismo definitivo, el más poderoso de todos, para “disciplinar a las masas”, colocándolas en una condición de subordinación de la que no pueden escapar, so pena de ser identificadas como cómplices del “enemigo”.

Por todas estas razones, el horizonte bélico, aunque por el momento esté lejos del ánimo predominante entre las poblaciones europeas, es una perspectiva que debe tomarse extremadamente en serio. Cuando hoy algunos dicen –con razón– que no existen premisas culturales y antropológicas para que la sociedad europea se prepare seriamente para la guerra, me gusta recordar cuando –olfateando los ánimos de las masas– Benito Mussolini pasó en pocos años del pacifismo socialista a la famosa conclusión de su artículo en el Popolo d'Italia, del 15 de noviembre de 1914: «El grito es una palabra que nunca habría pronunciado en tiempos normales y que en cambio elevo en voz alta, a todo pulmón, sin fingimiento, con fe segura, hoy: una palabra temible y fascinante: ¡guerra!».



Fuente: KRISIS

lunes, 7 de abril de 2025

Elon Musk y la hermandad de la motosierra

 

 Por Meagan Day  
      Escritora y editora estadounidense que se centra en temas de clase, cuestiones laborales, desigualdad económica y política estadounidense. Editora de Jacobin.

El Departamento de Eficiencia Gubernamental estadounidense no se tambalea por sus desacertados esfuerzos de reforma. Está saboteando deliberadamente las agencias federales para dar paso a las privatizaciones.





     A principios de esta semana, The Economist preguntó con tono quejumbroso si Elon Musk estaba arreglando el gobierno federal, tal como había prometido, o destruyéndolo. «Este periódico esperaba con cierta esperanza lo que el Sr. Musk podría hacer», afirmaba, pero debió limitarse a observar con creciente preocupación cómo el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE, por sus siglas en inglés) de Musk «infringió leyes con alegría y destruyó carreras con crueldad», además de «hacer afirmaciones falsas sobre despilfarro y apoderarse de datos personales protegidos por ley».


¿Elon Musk está rehaciendo el gobierno o destruyéndolo?

El artículo concluye que Musk se embriagó tanto con el poder autoritario y fue tan consumido por mezquinos agravios culturales y políticos que su buen sentido de la organización quedó en el camino: se trataría del trágico declive de un genio, que arrastra al gobierno federal con él.

The Economist debería darle un poco más de crédito a Musk. Si DOGE no logra que el gobierno federal sea más eficiente, es porque Musk tiene una visión más grandiosa para él, una que muchos en The Economist podrían encontrar agradable: la privatización.

Todos los destrozos, la destrucción y la ruina total no son accidentales. Sirven a un propósito superior: romper las instituciones públicas para darle paso a alternativas del sector privado.

En una conferencia de Morgan Stanley en el mes de marzo, Musk fue franco sobre esta ambición, diciendo que el gobierno debería privatizar «todo lo que sea posible».

La derecha estadounidense lleva mucho tiempo queriendo lograr exactamente esto. En la famosa frase poética del estratega conservador de la era de George W. Bush, Grover Norquist: «No quiero abolir el gobierno. Simplemente quiero reducirlo a un tamaño en el que pueda arrastrarlo al baño y ahogarlo en la bañera». Por supuesto, cuando los servicios públicos ya no son fiables o no están disponibles, eso no significa que ya no sean necesarios. Significa que el control de su prestación volverá al mercado privado, donde los capitalistas pueden beneficiarse de la venta de sustitutos de lo que fue destruido. (Norquist, por su parte, está muy entusiasmado con DOGE).

Incluso una mínima atención a las propias declaraciones de Musk sobre la privatización aclara el asunto. No está haciendo un intento mal encaminado para racionalizar y ajustar las agencias gubernamentales. Hacer que las instituciones públicas funcionen mejor sería contraproducente para su objetivo final de trasladar sus respectivos activos y servicios al sector privado. El caos es intencionado. Cuanto más débiles sean las agencias federales, más fácil será ahogarlas.

La hermandad de la motosierra


La imagen de Musk blandiendo una motosierra en el escenario de la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) de febrero se convirtió rápidamente en un emblema de la estrategia de DOGE de atacar a las agencias federales. Si se examina más de cerca, también ofrece una ventana a la filosofía fundamental de DOGE y a su objetivo a largo plazo de promover la privatización.


Musk y Milei blandiendo la motosierra.

El hombre que regaló la motosierra a Musk en el escenario fue el presidente argentino Javier Milei, tan entregado a los planes de privatización que propuso convertir la donación de órganos en «un mercado más» gestionado por «mecanismos de mercado». Milei blandió la motosierra muchas veces, primero como candidato autoproclamado «anarcocapitalista» y luego, después de diciembre de 2023, ya como presidente electo de Argentina.

Para Milei, la motosierra tiene un significado inequívoco: representa una estrategia disruptiva de ajuste severo y privatización radical. Tras ser electo, Milei declaró: «Todo lo que pueda estar en manos del sector privado, estará en manos del sector privado». En cuestión de meses, avanzó con la privatización de medios públicos y empresas energéticas, al mismo tiempo que imponía medidas de ajuste brutales sobre la población del país.


Milei pide 'mecanismos de mercado' para solucionar la falta de donantes de órganos.

Desde entonces, Milei desmanteló más de la mitad de los ministerios argentinos, creó nuevas agencias promercado como el Ministerio de Desregulación y despidió a decenas de miles de empleados públicos. ¿Les suena familiar? Su gobierno colaboró con figuras como Marcos Galperin, a quien Boston Review describió como «el Elon Musk de Argentina», al tiempo que busca alianzas internacionales con multimillonarios tecnológicos para la extracción de litio y la expansión de Internet por satélite. En enero, la venta de IMPSA, una empresa nacional de energía y tecnología, a un fondo de inversión estadounidense marcó la primera privatización formal de Milei. Pero promete más privatizaciones en el futuro.

Donald Trump definió a Milei su «presidente favorito». Mientras tanto, Musk y Milei frecuentemente publican mensajes de admiración entre ellos en Twitter. En abril de 2024, se reunieron en las instalaciones de Tesla en Texas, donde discutieron su visión política compartida y las preciosas reservas de litio de Argentina, que son valiosas para las baterías de los vehículos eléctricos de Tesla. Más allá del espectáculo de la CPAC, «crearon un sistema de amplificación mutua: Milei señala el apoyo de Musk como validación, mientras que Musk señala a Argentina como prueba de que su enfoque funciona».


Donald Trump definió a Milei «su presidente favorito».

La motosierra se convirtió, con razón, en un símbolo de la estrategia de recortes agresivos de DOGE, pero también es emblemática del propósito que hay detrás de esa estrategia. A Milei no le preocupa racionalizar las operaciones gubernamentales; rechaza fundamentalmente la legitimidad del propio gobierno, más allá de servir como un aparato administrativo mínimo para las operaciones del mercado privado. Esta base ideológica es igualmente cierta para Musk, cuyas disrupciones de DOGE no son intentos equivocados de reforma sino un asalto deliberado al concepto mismo de gobernanza pública.

Negocios en el río revuelto

A diferencia de The Economist, el Washington Post parece comprender la razón de ser de DOGE, afirmando que el grupo de trabajo está «allanando el camino para un nuevo cambio hacia el sector privado» y que su «objetivo final es limitar el alcance del gobierno y privatizar lo que queda».

El periódico señala iniciativas menos discutidas, que ya están en marcha. En la Administración de Servicios Generales, afiliada a DOGE, por ejemplo, los funcionarios están orquestando discretamente la venta de cientos de edificios federales a empresas privadas —incluidas las sedes del Departamento de Justicia y del Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano—, que luego volverían a alquilarle estos espacios al Gobierno). Los empleados de carrera ya expresaron su alarma por la posibilidad de que estas propiedades se le vendan con grandes descuentos a los aliados de Trump.

Mientras tanto, DOGE le apunta al Servicio Meteorológico Nacional para llevar a cabo importantes reducciones de personal, aparentemente en línea con la visión del Proyecto 2025 de «comercializar plenamente» la previsión meteorológica. La Administración Federal de Aviación está estudiando el posible papel de los satélites Starlink, propiedad de Elon Musk, para contribuir a la previsión meteorológica, lo que seguramente sea una coincidencia.

Más allá del DOGE, la administración Trump en general adoptó la privatización con el mismo entusiasmo. El secretario del Interior de Trump está trabajando para abrir tierras federales de todo el oeste a promotores privados, mientras que el secretario del Tesoro expresamente prometió «reprivatizar la economía».

Según el Post, también se están considerando seriamente otras propuestas orientadas a la privatización. La administración está evaluando un plan para asignarle 40 000 millones de dólares de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, que fue cerrada, a inversores y empresas privadas. Y el contratista militar de extrema derecha Erik Prince, que fundó el servicio de mercenarios antes conocido como Blackwater y con el que la administración Trump tiene fuertes vínculos, propuso entregarle las operaciones de defensa y la aplicación de la ley de inmigración a empresas de seguridad privadas.

Un economista jefe de la red de servicios financieros RSM declaró al Washington Post: «Desde los primeros días de la administración quedó claro que uno de sus principales objetivos a largo plazo es la privatización de muchos activos gubernamentales. Fueron muy claros en cuanto a sus intenciones».

Para cualquiera que siga de cerca estos acontecimientos, es evidente que la motosierra no es una herramienta para recortar posibles excesos. Se trata de talar la infraestructura pública y preparar el terreno para el control corporativo.

Sé como Wells Fargo

No hay ejemplo más obvio del impulso privatizador que se está desarrollando que la intervención del DOGE en el Servicio Postal de los Estados Unidos (USPS). En febrero, DOGE se «asoció» con USPS para recortar diez mil puestos de trabajo y reducir en 3500 millones de dólares sus costos operativos. En teoría, estas reformas se llevan a cabo en nombre de la eficiencia. Sin embargo, los críticos señalan que los recortes harán que el USPS sea menos eficiente, especialmente en las zonas rurales, donde el servicio ya está muy exigido.

Por otro lado, Elon Musk dejó claro que le gustaría que el USPS se privatizara por completo. ¿Qué es más probable: que los recortes del USPS del DOGE sean un intento de mejorar las operaciones o de degradarlas, erosionando el apoyo público al servicio y allanando el camino para alternativas privadas?

Wells Fargo conoce la respuesta. Como Jacobin informó, el gigante bancario, relamiéndose, hizo circular un memorando interno en marzo que esbozaba un plan detallado para la privatización del USPS. Su plan prevé dividir inicialmente la agencia en dos: vender los componentes rentables de paquetes y encomiendas y dejar la entrega de correo como una entidad básica financiada por los contribuyentes. Admite que la nueva empresa privada tendría que subir los precios y que la parte pública restante del USPS tendría dificultades para mantener las entregas. Este escenario haría más fácil superar la oposición de los sindicatos y del público para lograr la privatización total.

La estrategia es sencilla: romper el servicio público lo suficiente como para que la privatización se convierta en la solución por defecto. Como señaló el sociólogo Paul Starr en su análisis de las estrategias de privatización, este enfoque ejemplifica la «privatización por desgaste», en la que se empuja deliberadamente a los servicios públicos a deteriorarse, animando a la gente a recurrir a opciones privadas, incluso cuando esos nuevos servicios mercantilizados tienen precios más altos y peor rendimiento. Los otros métodos de privatización identificados por Starr (transferencias directas de activos, subcontratación y desregulación) también se están aplicando simultáneamente en todo el gobierno federal ante la insistencia del DOGE.

Trump sugirió recientemente que el mandato de Musk en DOGE podría estar llegando a su fin. Aun así, la motosierra está en marcha. El DOGE no está fracasando en hacer que el gobierno sea más eficiente. Está saboteando con éxito las instituciones públicas para transferirlas a manos privadas. Wells Fargo lo reconoce. Y nosotros también deberíamos.


Fuente: JACOBIN

sábado, 1 de marzo de 2025

La “motosierra” de recortes de Elon Musk: ¿por qué es “estratégica” para Trump?

 

 Por Bruno Sgarzini    
      Periodista argentino especializado en asuntos internacionales.


     Uno de los delirios más grandes de la Administración Trump es la gestión de Elon Musk en el Departamento de Eficiencia (renombrado DOGE), inspirada en la motosierra de Javier Milei y los recortes del magnate en Twitter. En Argentina, el mismo departamento se llama Ministerio de la Desregulación y está dirigido por Federico Sturzenegger, un economista involucrado en las anteriores crisis económicas argentinas y acusado de haber favorecido a banqueros amigos en un canje de deuda argentina en 2001.




Musk, uno de los empresarios más importantes de Estados Unidos, tiene la sospechosa tarea de recortar el presupuesto estatal en todos los Departamentos y agencias del Estado. Algunos de ellos, como el Pentágono y la Nasa, son responsables de asignar la mayoría de los contratos a las compañías que dirige (Tesla, SpaceX, entre otras), como contamos aquí.

Los recortes de Musk buscan impactar en la tasa de los bonos del Tesoro de Estados Unidos para financiar el crecimiento económico y reducir los precios de los prestamos hipotecarios. Según Bloomberg: “Trump considera a los mercados financieros como un "referéndum en tiempo real sobre su presidencia", y ahora presta especial atención a los bonos del Tesoro como indicador importante. La tasa de estos bonos es crucial porque determina el costo del dinero para compradores de viviendas y grandes empresas estadounidenses, afectando directamente el crecimiento económico. Tras la elección y la creación del DOGE, este rendimiento ha oscilado entre 4,4% y 4,7%, lo que representa un aumento respecto a cuando Musk propuso inicialmente la creación del departamento (cuando estaba alrededor del 3,8%). Los rendimientos indican que los inversores son escépticos sobre la capacidad del gobierno para controlar el déficit fiscal de 6% del PBI, a pesar de las promesas de recortes”. Es la lógica neoliberal de siempre de sacrificar el bien común, lo social, lo humano y lo natural, por las expectativas del mercado, por más neojipie que suene.

Por eso, miles de empleados gubernamentales ya han sido echados de la fuerza laboral federal —ya sea por despidos o a través de una oferta de “renuncia diferida”— durante el primer mes del segundo mandato de Trump, según Associated Press. Los recortes han alcanzado, primero, a los empleados con contratos de prueba y después a funcionarios de carreras enfrentados con Trump o algunos de las personas que le rodean. También, en muchos casos, todo ha sido tan desordenado que han tenido que revertir algunos despidos; por ejemplo, echaron cientos de personas que trabajan en seguridad nuclear y después se apresuraron a volver a contratarlas, excepto que habían borrado todas las direcciones de correo electrónico del trabajo y los archivos personales, por lo que no sabían cómo comunicarse con ellos.




Lo mismo pasó con los empleados que trabajaban en el Departamento de Agricultura a cargo de proteger al país de una “crisis de gripe aviar”. El combo de acciones es similar a las emprendidas por Milei, que mezclan la ignorancia supina de cómo funciona el Estado con campañas agresivas de desinformación para justificar los recortes. Tanto Musk, como Trump, por ejemplo, han hablado de que hay personas de 150 años que aún reciben dinero de la Seguridad Social sin dar prueba alguna. También mintieron al decir que el recorte de un solo contrato había superado los 8 mil millones de dólares cuando fue de solo ocho millones. El manual parece hacer tantas cosas a la vez para que sea imposible detenerlas.

Elon Musk, además, utiliza el mismo método que en los recortes que aplicó en Twitter.

Elon Musk lleva apenas una semana en el nuevo gobierno del presidente Donald Trump, pero el gobierno federal de Estados Unidos ya está poniendo en práctica el manual de Twitter para gestionar sus gastos y su personal. Tal como hizo Musk cuando se hizo cargo de la plataforma de redes sociales, el equipo de Trump está intentando reducir drásticamente la cantidad de empleados del gobierno y asegurarse de que los que permanezcan sean leales a la agenda del presidente.
Musk y sus asesores, incluido el recién nombrado zar de la inteligencia artificial y las criptomonedas, David Sacks, utilizaron una estrategia notablemente similar en Twitter. Aproximadamente una semana después de que se completara la adquisición, Musk despidió a la mitad de la fuerza laboral. Sacks lo ayudó a asesorarlo sobre qué equipos y personas serían despedidos.
Unas dos semanas después, los empleados restantes recibieron un correo electrónico con el asunto “Una encrucijada en el camino”. Musk dijo que tendrían que ser “extremadamente duros” para hacer realidad su visión de Twitter 2.0. Esto significaba “trabajar muchas horas a alta intensidad”. Señaló que “solo el desempeño excepcional” recibiría “una calificación aprobatoria”. Se pidió a los empleados que optaran por esta visión a través de un formulario web. Cualquiera que no lo hiciera al día siguiente recibiría tres meses de indemnización, dijo Musk. Miles de empleados de Twitter presentarían más tarde una demanda, argumentando que no se les pagó la indemnización completa. Musk finalmente logró que se desestimara la demanda.
Todos sacudimos la cabeza con incredulidad ante lo familiar que nos resulta todo esto”, dice Yao Yue, ex ingeniero principal de Twitter. “Excepto que el gobierno federal y sus empleados tienen leyes específicas en términos de gastos, contrataciones y despidos”.
En este caso, se les pide a los empleados federales que envíen un correo electrónico con la palabra “Renuncia” en la línea de asunto en los próximos 10 días. “Purgar al gobierno federal de funcionarios de carrera dedicados tendrá consecuencias enormes e imprevistas que causarán caos para los estadounidenses que dependen de un gobierno federal que funcione”, dijo Everett Kelley, presidente nacional de la Federación Estadounidense de Empleados del Gobierno, el sindicato más grande de trabajadores federales, en un comunicado. “Esta oferta no debe verse como voluntaria. Entre la oleada de órdenes ejecutivas y políticas anti-trabajadores, está claro que el objetivo de la administración Trump es convertir al gobierno federal en un entorno tóxico donde los trabajadores no pueden quedarse incluso si lo desean”..
La fuerza laboral federal debe estar compuesta por empleados que sean confiables, leales, dignos de confianza y que se esfuercen por alcanzar la excelencia en su trabajo diario”, se lee en el correo electrónico, que luego se publicó en el sitio web de la Oficina de Gestión de Personal de Estados Unidos. “Los empleados estarán sujetos a estándares mejorados de idoneidad y conducta a medida que avancemos”.
La noticia llega en un momento en que los secuaces de Musk toman el control de la Oficina de Gestión de Personal de Estados Unidos, que actúa como un departamento de recursos humanos para la fuerza laboral federal.

Su Departamento de Eficiencia aprovechó el congelamiento de fondos a la ayuda exterior estadounidense para paralizar el funcionamiento de la Agencia del Departamento de Estado para el Desarrollo Internacional (USAID). Esta agencia, por lo general, es usada para sustituir en la práctica las funciones de los Estados fallidos, o débiles, e influir en su agenda política interna, a través de dinero destinado a periodismo independientes, universidades y partidos políticos.

Por la animosidad del mundo MAGA contra la USAID, y toda la ayuda externa, el desarme de la agencia se convirtió en un caso testigo, que se llevó la mayoría de los titulares. La reestructuración tiene bastante que ver con la intención de cortar el financiamiento a los movimientos, partidos y medios, que a nivel global están más cerca de la línea del partido demócrata. Por uno de los ejemplos más usados para justificarlo han sido los ataques al candidato de la ultraderecha rumana, Calin Georgescu, después de que triunfara en la primera vuelta y fuera proscripto por un expediente donde se lo acusa de ser “pro ruso”.

Pero la ola de despidos emprendida por Elon Musk parece buscar una multiplicidad de objetivos: el primero limpiar, el aparato del Estado de adversarios a la política de Trump, el segundo paralizar, o eliminar, las áreas demonizadas por los republicanas, como el Departamento de Educación, y el tercero, que los recortes disminuyan el déficit fiscal de Estados Unidos. Por supuesto, el empresario lo hace con el ojo puesto en sacar del medio también a las autoridades que regulan a sus empresas y la de otros financistas de Trump.




Uno de los primeros despedidos, por ejemplo, fue Mike Whitaker, director general de la Administración Federal de Aviación (FAA), responsable de multar a la empresa SpaceX de Musk por violaciones de seguridad. Después de este despido, el Departamento de Eficiencia nombró en el organismo a otros ejecutivos de la compañía aeroespacial del magnate.

Una de las primeras direcciones eliminadas fue la Oficina de Protección Financiera del Consumidor, una agencia creada después de 2008 para proteger a los “consumidores contra el fraude bancario y las estafas con letra pequeña por parte de las corporaciones estadounidenses”, según The Financial Times. Por esta acción, se paralizó la aplicación de las regulaciones judiciales ordenadas contra gigantes tecnológicos como Apple y Google. El caso más emblemático de la gestión Musk es el nombramiento del Departamento de Eficiencia de Tom Krause como secretario adjunto fiscal del Departamento del Tesoro. ¿Por qué? En ese puesto, Krause tiene control del sistema de pagos del Tesoro que desembolsa fondos en nombre de todo el gobierno federal e incluye información personal de los estadounidenses, como números de cuentas bancarias. Son cerca de 5 billones de dólares cuya dirección es disputada en la justicia por los demócratas (de hecho, la ola de despidos y recortes se discute en varios tribunales estadounidenses).

Krause forma parte de una milicia de ejecutivos que Musk ha nombrado en la burocracia pública para realizar recortes. El empresario, adepto a disfrutar los saludos nazis y los memes estúpidos, ni siquiera se molestó en que Krause abandonara su puesto de CEO de la compañía Cloud Software Group, que tiene contratos con el gobierno estadounidense por entre 7.3 y 11.8 millones de dólares. El CEO y funcionario ahora está a cargo, por ejemplo, de realizar los pagos a la empresa que dirige. El caso recuerda a la época de los “hombres de un dólar”, posterior a la Primera Guerra Mundial, cuando el gobierno estadounidense reclutó como funcionarios a hombres de negocios con un salario de un dólar mientras continuaban con sus actividades privadas. En la formalidad, la experiencia terminó cuando se demostró que eran incompatibles el ejercicio de las dos funciones.




La milicia de ejecutivos recortadores son acompañados por un ejército de programadores informáticos reclutados en el foro de internet Discord por empleados de Boring Company de Musk y de Palantir de Peter Thiel, unos de los primeros empresarios tecnológicos en apoyar a Trump. Una de las fantasías de Musk es la creación de un chatbot de IA, llamado “GSAi”, que analice los contratos y adquisiciones del Estado estadounidense para definir los recortes. De hecho, uno de los grandes temores de los empleados estadounidenses es que Musk use esta IA para analizar el correo que pidió Musk para que cuenten cuáles habían sido sus tareas en sus últimas jornadas laborales. Al parecer, BlackMirror en distopía es lo que caperucita roja es a los cuentos de terror.

Leamos un poco:

Un objetivo de la iniciativa, que no se había informado previamente, es aumentar la productividad diaria de los aproximadamente 12.000 empleados de la Administración de Servicios Generales , que tienen la tarea de administrar edificios de oficinas, contratos e infraestructura de TI en todo el gobierno federal, según las dos personas. El equipo de Musk aparentemente también espera usar el chatbot y otras herramientas de inteligencia artificial para analizar grandes cantidades de datos de contratos y adquisiciones, dice una de ellas. A ambas personas se les concedió el anonimato porque no están autorizadas a hablar públicamente sobre las operaciones de la agencia.
Thomas Shedd, un ex empleado de Tesla que ahora dirige Technology Transformation Services, la rama tecnológica de la GSA, aludió al proyecto en una reunión celebrada el miércoles. “Otro [proyecto] en el que estoy intentando trabajar es un lugar centralizado para los contratos, de modo que podamos realizar análisis sobre ellos”, dijo, según una grabación de audio obtenida por WIRED. “Esto no es nada nuevo, es algo que ya estaba en marcha antes de que empezáramos. Lo que es diferente es que potencialmente se puede construir todo ese sistema internamente y hacerlo muy rápidamente. Esto nos lleva de nuevo a la pregunta: ‘¿Cómo podemos entender cómo gasta el dinero el gobierno?’”.
Las iniciativas de inteligencia artificial de DOGE encajan con los esfuerzos del grupo por reducir el presupuesto federal y acelerar los procesos existentes. Por ejemplo, los miembros de DOGE en el Departamento de Educación están utilizando herramientas de inteligencia artificial para analizar el gasto y los programas, informó The Washington Post el jueves. Un portavoz del departamento dice que el enfoque está en encontrar eficiencias de costos.

El Departamento de Eficiencia de Musk afirma haber reducido el gasto en 55.000 millones de dólares, pero un análisis detallado de las cifras publicadas en su sitio web solo confirma aproximadamente un tercio de esa cantidad. Incluso aceptando la cifra total como válida, esta representa menos del 1% del presupuesto federal anual de 7 billones de dólares, un impacto insuficiente para afectar significativamente un déficit que alcanzó 1,8 billones de dólares en el último año fiscal. La sostenibilidad de estas medidas también está en entredicho, con decenas de demandas presentadas para revertir las acciones de DOGE. Además, las iniciativas iniciales de Musk y Trump se han concentrado en objetivos relativamente accesibles como USAID y la Oficina de Protección Financiera del Consumidor, evitando abordar áreas políticamente sensibles como defensa o seguridad social, donde podrían lograrse ahorros sustancialmente mayores pero con un costo político significativo.

Para la Oficina de Presupuesto del Congreso, la deuda pública en manos del gobierno equivale hoy al 99% del producto interno bruto del país, más del triple de lo que era en 2001. Todo parece indicar que esa relación va camino de seguir aumentando porque el déficit anual, que actualmente ronda el 6% del PIB, eclipsa la tasa de crecimiento de la economía.

Para tratar de reducir la tasa, el objetivo del secretario de Tesoro de Trump es, con la ayuda de Musk, recortar el déficit al 3% del PIB para 2028 y luego combinarlo con un crecimiento económico sostenido del 3% y un aumento de la producción de petróleo en 3 millones de barriles por día. Esto, así como la desregulación, considera que provocará tasas más bajas a largo plazo.

Según Elon Musk, el objetivo de todo esto es eliminar el déficit fiscal de Estados Unidos al eliminar los gastos innecesarios del Estado norteamericano. Su hoja de ruta, promovida por tanques de pensamiento como la Heritage Foundation en el proyecto 2025 o el Instituto American First, parece compaginar el “esfuerzo fiscal” con una mayor recaudación externa a través el cobro de los aranceles a otros países. El esfuerzo para los economistas busca acortar la enorme brecha en la relación entre la deuda y el PBI estadounidense. Pero parece irreal poder recortar 2 billones sin tocar, por ejemplo, los gastos militares de Estados Unidos (ahí es donde entran los recientes esfuerzos de Trump para que Europa se haga cargo de su “seguridad).

Este laboratorio social tiene otro especial condimento; que es la intención manifiesta de limitar la acción del Servicio de Cobro de Impuestos (IRS) con una ola de 7.000 despidos, que afectará el cobro a las grandes fortunas.

Podríamos decir que el Estado estadounidense es ahora uno atendido por sus propios dueños.

Fuente: Bruno Sgarzini