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lunes, 7 de julio de 2025

Desastre planetario, negacionismo y revuelta

 

 Por Luiz Marques  
      Profesor brasileño de docencia libre y colaborador del Departamento de Historia del Instituto de Filosofía y Ciencias Humanas (IFCH) de la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp).


El planeta vive, desde el cambio de siglo, una sucesión anormal de crisis, guerras y ataques a la naturaleza. Gobiernos y corporaciones se vendan los ojos frente al abismo. Para evitarlo, necesitamos de rupturas institucionales recivilizadoras.


     La evidencia del desastre planetario en curso y la negación de esta evidencia —o al menos el rechazo a admitirla plenamente— son los dos rasgos que definen nuestro tiempo. De ahí la posición central en nuestros días del problema del negacionismo, fomentado por la desinformación y el autoengaño.




Negacionismo es un término polisémico, que presenta diversos aspectos y grados, desde el más tosco y pueril, típico de la extrema derecha, al más docto y universitario, camuflado en la ficción del crecimiento sostenible. Al contrario de la acepción original del término negacionismo como relativización o negación de la existencia de los campos de exterminio creados por el Tercer Reich, el negacionismo contemporáneo tiene por foco desacreditar el consenso científico. Debe definirse como el rechazo ciego e irracional a aceptar las alertas científicas sobre las causas de las catástrofes locales y regionales ya observadas cotidianamente, siendo que tal rechazo implica elegir la propia ruina. Esa elección está motivada en general por interés económico, pero también por la ideología del desarrollismo, por una inversión en la propia ignorancia, por fanatismo religioso y, con más frecuencia, por una mezcla de todas esas motivaciones.

En el cuadro general de este desastre planetario, la emergencia climática y la aniquilación de la biodiversidad son las crisis más sistémicas. El clima es la condición de posibilidad de los bosques y los bosques son, por su parte, la condición de posibilidad de la estabilidad del clima. Sin un clima mínimamente estable y sin bosques no hay agricultura, estabilidad de los ciclos hidrológicos y, sobre todo, posibilidad de regulación térmica de los organismos. No podemos —nosotros y las demás especies— sobrevivir fuera de nuestro nicho climático[1].




Se trata de una imposibilidad biológica, indiferente a las aparentes balas de plata de la tecnología. Pero viene mucho más a enfrentarnos además de las emergencias climática y de biodiversidad. La densificación (intensificación y mayor frecuencia) de innumerables crisis sistémicas, actuando en sinergia y reforzándose recíprocamente, indican de modo cada vez más inequívoco la inminencia de un desastre colectivo. Esbozamos un cuadro general de las más importantes de esas crisis:


  1. Aumento continuo del consumo de energía (sobre todo fósil, pero no solo)

  2. Aumento igualmente continuo de la minería, con inaceptables impactos ambientales

  3. Desestabilización del sistema climático sobre todo por la quema de combustibles fósiles

  4. Desregulación de los ciclos hidrológicos (sequías e inundaciones) como efecto de esa desestabilización

  5. Elevación del nivel del mar, afectando infraestructura, recursos hídricos y ecosistemas costeros

  6. Sustitución de la agricultura por el agronegocio en el ámbito de la globalización del sistema alimentario

  7. Destrucción y degradación de los bosques y demás mantos vegetales naturales por el agronegocio

  8. Antropización, artificialización y degradación biológica de los suelos, sobre todo por el agronegocio

  9. Mayor riesgo de epidemias y pandemias con mayor extensión geográfica de sus vectores

  10. Facilitación de zoonosis por la cría intensiva de animales para la alimentación humana

  11. Aumento explosivo de la generación de residuos, incluso en la estratosfera

  12. Envenenamiento químico-industrial de la biosfera, con la creciente enfermedad de los organismos

  13. Disminución acentuada de la fertilidad humana y de otras especies

  14. Sobrepesca y destrucción generalizada de la vida marina

  15. Aumento de las especies invasoras a escala global

  16. Empobrecimiento genético de las especies seleccionadas por el agronegocio

  17. Creciente resistencia bacteriana a los antibióticos usados en humanos y otros animales

  18. Aniquilación de la biodiversidad resultante de los diecisiete factores precedentes

  19. Riesgos crecientes de las nuevas tecnologías (geoingeniería, nanotecnología, energía nuclear, etc.)

  20. Opacidad y transferencia creciente de poder de decisión a los algoritmos de IA

  21. Uso de estos algoritmos para la sustitución y precarización del trabajo

  22. Manipulación de comportamientos por estos algoritmos, exacerbando el individualismo

  23. Uso de estos algoritmos para fomentar el descrédito de la ciencia y de la democracia

  24. Brotes de irracionalidad y, en particular, de fanatismo religioso

  25. Aumento de la desigualdad y concentración de poder en manos de oligarquías económicas

  26. Financiarización extrema de la esfera económica

  27. Preponderancia de la economía como criterio de evaluación del éxito de las sociedades

  28. Reducción de los Estados a la función de facilitadores y gestores de las demandas del mercado

  29. Recrudecimiento del patriarcado, del racismo y de ideologías nacionalistas y nazifascistas

  30. Proliferación de guerras y conflictos armados, como efecto de los 29 factores anteriores.

Aunque de tipos y naturalezas muy diversas, estas crisis representan aspectos imbricados de una única crisis planetaria de la civilización a la que se da el nombre de capitalismo globalizado (incluyendo, obviamente, a Rusia y a China). Esta crisis planetaria puede ser mejor caracterizada como la crisis de nuestra civilización termo-fósil, una civilización basada en la quema de carbono, en la destrucción de la biosfera, en la acumulación y concentración de capital por megacorporaciones, en la disociación hombre-naturaleza, en la ilusión de la potenciación energética ilimitada y en la ideología de que no hay otro mundo posible.

En el cuadro general de este elenco de crisis, la emergencia climática, la aniquilación de la biodiversidad, el envenenamiento planetario y las guerras (con el riesgo ahora extremo de una guerra nuclear entre Rusia y la OTAN) tienen potencial, incluso consideradas de forma aislada, para amenazar existencialmente a las civilizaciones humanas y a la sobrevivencia de millones de especies, incluyendo la nuestra. Pero ellas están asociadas entre sí y actúan en sinergia con las demás crisis ya enunciadas, de modo que el caos irreversible que están en vías de engendrar se vuelve casi una certeza. Sucede que hay un bloqueo cognitivo, ideológico, emocional y psicológico de las sociedades para aceptar y comprender esta cuasi certeza. El negacionismo contemporáneo se vuelve, de este modo, el factor decisivo en precipitarnos hacia ese caos. Él es el mayor responsable de la baja reactividad de las sociedades frente a la ruina que ya empieza a caer sobre la vida en la Tierra. Si no hay una revuelta política de las sociedades a la altura de la extrema gravedad de esa poliédrica crisis planetaria, la condena a lo peor en un futuro cada vez más próximo es inapelable.

El rechazo de la guerra y la revalorización de la política

Esta revuelta política contra el caos tiene por primera condición de posibilidad la revalorización de la política y el rechazo a su reemplazo por la guerra. Clausewitz se equivoca cuando afirma que la guerra es la continuación de la política por otros medios[2]. Esa tesis es repetida ad nauseam por los que se lucran con la guerra o —más ampliamente— por los que la consideran inevitable, ya que derivaría de la agresividad de nuestra especie. Nadie ignora que nuestra especie es extremadamente agresiva y que la guerra es parte constitutiva de la historia humana. Pero justamente por eso la política es el invento más importante de nuestra especie, ya que su finalidad es doble. Primero, la política permite contener y controlar esa agresividad, sublimarla y canalizarla hacia el juego de enfrentamientos extremos, pero civiles y pacíficos, entre grupos sociales, entre alianzas partidarias, parlamentarias y electorales. Es justa la inversión de la fórmula de Clausewitz propuesta por Michel Foucault, cuando afirma en 1976 que “la política es la guerra continuada por otros medios”[3].


‘Apoteosis de la guerra’ (1871) de Vasily Vereshchagin.

Pero si la política es una forma de guerra a través de la que se puede evitar la guerra, ella también es la invención por la cual es posible fortalecer el otro componente constitutivo de nuestra especie y de nuestra historia: la cooperación. La política permite imaginar otras formas de civilización en las que el lenguaje, la lógica, el conocimiento de la experiencia histórica, los patrones de causalidad, la argumentación, el derecho y las aspiraciones a la justicia tienen mejores condiciones de prevalecer sobre nuestra agresividad. Política y lenguaje son dos caras de la misma moneda. Ambas constituyen en general el dominio de lo simbólico y del imaginario, y es a partir de ellas que se hace la sustancia de lo mejor de cualquier civilización. La guerra, al contrario, es la negación del poder del lenguaje y, por lo tanto, la renuncia del proyecto humano. Además de negar ese proyecto, la guerra hoy funciona como: (1) un poderoso feedback de retroalimentación de todas las crisis enunciadas arriba y (2) un obstáculo fundamental a cualquier esfuerzo de concertación entre las sociedades para atenuar los impactos actuales y venideros de las crisis planetarias, con el fin de hacerlos menos adversos a las sociedades y a la vida pluricelular en general. Hoy, más que nunca, la guerra debe ser evitada, si tenemos, de hecho, alguna intención de sobrevivir.

El trienio 2006-2008

Las Torres Gemelas de Nueva York en 2001, la guerra de Afganistán (2001-2020), las masacres de la OTAN en Kosovo y su expansión en dirección a Europa oriental (1999-2009) y, sobre todo, la invasión de Irak en 2003 por los EE. UU. —que engendró las guerras sucesivas del autodenominado Estado Islámico (2004-2019)— pusieron fin definitivamente al período en el que el capitalismo globalizado podía generar al menos la ilusión de que algún consenso político era posible. En este contexto de guerras, el trienio 2006-2008 presencia la conjunción de tres crisis íntimamente relacionadas:

  1. La superación del cénit de la curva ascendente de la oferta de petróleo convencional en 2006. Como afirma la Agencia Internacional de la Energía (AIE) en su informe de 2010: “la oferta de petróleo crudo alcanza una meseta ondulada entre 68 y 69 millones de barriles por día (mb/d) hasta 2020, pero nunca vuelve a superar su pico de 70 mb/d alcanzado en 2006, mientras la producción de gas natural líquido (NGLs) y de petróleo no convencional crece fuertemente”[4]. La superación de este pico de la curva de la oferta de petróleo convencional representa el fin de la era del petróleo barato y fácilmente accesible, con dos implicaciones: (a) una EROI (Energy Returned on Investement, o sea, la tasa de energía recuperada por energía invertida) cada vez más desfavorable y (b) crecientes emisiones de gases de efecto invernadero por cada barril de petróleo no convencional extraído. Entre otros factores más coyunturales, la percepción del fin de esa era del petróleo barato y fácilmente accesible causó un salto sin precedentes en los precios del barril de Brent (146 US$ en julio de 2008). La crisis financiera de 2008 —en parte causada por estos precios estratosféricos— precipitó una posterior caída no menos brutal de dichos precios y, sucesivamente, una crónica inestabilidad en este mercado, como muestra la Figura 1.




La crisis de las subprimes en los EE. UU. fue el detonante de un colapso financiero mundial y posiblemente de una desestabilización irreversible del orden financiero global, así como un punto de no retorno en el proceso de concentración de capital y renta. En los EE. UU., desde 2008, como bien señala Victoria Finkle[5]:

  1. La brecha entre los ricos y el resto también se ha ampliado. El 1% más rico de los estadounidenses ahora controla [2018] casi el 40% de la riqueza del país, mientras que el siguiente 9% controla casi la misma cantidad. Mientras tanto, la gran mayoría de los estadounidenses ha visto disminuir su participación desde la crisis: el 90% más pobre controlaba poco más del 20% de la riqueza total en 2016, frente a aproximadamente el 30% a inicios de la década de 2000.

    Otro efecto de esta crisis fue la polarización política en la sociedad estadounidense, con sus reflejos en los estados satélite de Europa. La incapacidad de las sociedades de vislumbrar una alternativa sistémica y radical al capitalismo causó la mayor paradoja de esta crisis en el ámbito político e ideológico: los protagonistas del neoliberalismo más depredador asumieron, a ojos de importantes segmentos de la sociedad, la imagen salvadora de políticos antisistema. En alguna medida, Trump, el Tea Party y la extrema derecha europea y latinoamericana (Bolsonaro, Milei, etc.) son el último resultado de la crisis de 2008 o, más precisamente, del rencor de las sociedades frente a un capitalismo financiero globalizado incapaz de atender a sus mínimas expectativas de seguridad económica. En esta tercera década crece entre los analistas del sistema financiero internacional el temor de una próxima crisis financiera de magnitud igual o superior a la de 2008[6].

  2. En 2007-2008 se registra un primer salto en los precios de los alimentos, repetido en 2001, como corolario de sequías exacerbadas por la emergencia climática, especulación financiera sobre las commodities agropecuarias y la cartelización de los insumos agrícolas por megacorporaciones agroquímicas, aumento que generó las revueltas del hambre en más de 40 países y la llamada Primavera Árabe. La Figura 2 muestra estos dos saltos (2008 y 2011) en los precios de los alimentos.




La proliferación de guerras en la segunda década

En parte como resultado de estos tres factores, a partir de 2011 estallan las guerras aún en curso en Siria, Libia (con la masacre de la población civil por siete mil incursiones de bombardeo de la OTAN en 2011), en Yemen (a partir de 2014) y en diversos países de África subsahariana. Según la FAO, tras décadas de progresos continuos en la disminución de la inseguridad alimentaria, esta tendencia se invierte después del 2014 con una mayor generalización del hambre, intensificada por gobiernos neoliberales y, más recientemente, por la pandemia, por la guerra de Ucrania y las demás guerras. A partir del tercer decenio, las guerras y los conflictos armados internos o entre dos o más estados nacionales se extendieron aún más por África, Asia y Europa. Algunos ejemplos son las guerras que surgen entre 2021 y 2023 en Myanmar, Ucrania, Sudán y Etiopía, como también el genocidio del pueblo palestino por el Estado de Israel con armas y apoyo de los EE. UU. y la Unión Europea y con la más completa indiferencia de los países árabes (2023-2024). Estas guerras y las crecientes tensiones entre Israel e Irán agregan aún más inestabilidad a la seguridad energética y alimentaria. El Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) contabilizó 56 Estados nacionales en conflicto armado en 2022, cinco más que en 2021[7]. El informe de 2024 del SIPRI registra gastos militares globales de más de 2,4 billones de dólares en 2023, un aumento de 6,8% en términos reales en relación a 2022 y el mayor aumento desde 2009. Los gastos en defensa de los EE. UU. ascienden a 0,916 billones de US$ en 2023 (0,778 billones en 2020) y los de los 31 países de la OTAN, a más de 1,3 billones (el 55% de los gastos militares mundiales). Y ya que las armas piden guerras, la Figura 3 muestra la extensión global de conflictos armados a partir del segundo decenio.




Conclusión

Guerras entre humanos y guerra contra la naturaleza son las dos caras interrelacionadas del desastre planetario en curso, con sus víctimas cada vez más numerosas. El Internal Displacement Monitoring Centre (IDMC), de Ginebra, contabiliza, solo en 2023, desplazamientos internos de 75,9 millones de personas en todo el mundo, lo que representa un nuevo récord mundial, siendo que, de ese total, 68,3 millones perdieron sus lugares de residencia a causa de guerras y conflictos armados y 7,7 millones por desastres, la mayoría causados o exacerbados por la emergencia climática y la deforestación. El número de desplazados internos creció 50% en los últimos 5 años[8]. Por su parte, el Global Report on Food Crises 2024 contabiliza 90,2 millones de personas desalojadas en 2023, siendo 64,3 millones desplazados internamente en 38 países o territorios y 26 millones de refugiados buscando refugio en otros países, un aumento ininterrumpido de víctimas desde 2013, como se muestra en la Figura 4.




El único denominador común a las guerras, al inmenso sufrimiento y a la destrucción ambiental imperante es el negacionismo, es decir, la incomprensión de que lo que está en juego, aquí y ahora, es nuestra sobrevivencia como sociedades organizadas al igual que la de gran parte de las especies (de las cuales, además, dependemos existencialmente). Dicho con otras palabras, las guerras y la energía gastada en acusaciones mutuas y en retóricas nacionalistas de confrontación posponen ad calendas graecas la aplicación de los acuerdos globales para detener la quema de combustibles fósiles y la destrucción de la biosfera por el agronegocio y por la minería. La brutalidad de las guerras y la estupidez de las ideologías nacionalistas ocultan trágicamente la percepción de lo esencial: la vertiginosa destrucción de las bases físico-químicas y biológicas planetarias que viabilizan cualquier proyecto social.

Es necesario reaccionar contra este engranaje que no tiene nada de inevitable. Es necesario rebelarse contra el negacionismo de los gobernantes y de las corporaciones. Es necesario afirmar que somos capaces, como sociedades, de poner punto final a la procrastinación política y a este estado de guerra permanente. Esta revuelta es una apuesta por una alianza renovada entre principios heredados de la historia y la imaginación de un planeta futuro habitable para los jóvenes de hoy y las generaciones venideras. Esta alianza se puede expresar en cinco puntos programáticos:

  1. La democracia, entendida como soberanía popular participativa y como control efectivo de los gobernantes por los gobernados, tiene el poder de vencer las oligarquías, sean estas ejercidas por regímenes dictatoriales o por los engranajes corporativos y financieros. La política y la democracia son la única negación válida y posible de la injusticia, de la anomia y de la guerra.

  2. Las sociedades tienen la facultad de comprender sus propios desafíos, por más complejos que sean, y esta comprensión es un paso fundamental en el proceso de su enfrentamiento. Decisiones colectivas racionales pueden prevalecer sobre las pulsiones agresivas de nuestra especie.

  3. La cuestión social y la cuestión ecológica son indisociables. En el siglo XXI, se convierten en una sola cuestión, aunque poco asimilada por sectores hegemónicos de las izquierdas. En otras palabras, todo problema social solo puede ser considerado resuelto si redunda en la disminución del impacto antrópico sobre el sistema Tierra y si redunda también en la disminución de las desigualdades entre los humanos y entre estos y las demás especies.

  4. Resolver problemas de la magnitud de los que hoy enfrentamos supone abandonar gradualismos y aceptar el desafío de emprender una mutación civilizatoria, la cual requiere rupturas institucionales, con sus altos e inevitables riesgos, dada la naturaleza inherentemente conflictiva del proceso histórico. Estas rupturas, sin embargo, solo serán posibles y efectivas si son políticas, es decir, sin intervención de militares, sector primitivo y parasitario (2,4 billones de US$ en 2023, recordemos) de la sociedad que puede y debe, finalmente, extinguirse en el curso de esta mutación civilizatoria.

  5. Los que consideran esta mutación civilizatoria irrealista deben entender que no intentar realizarla es aún más irrealista, ya que la trayectoria actual, con sus cambios cosméticos y paso de tortuga, nos condena ciertamente a un planeta inhabitable en el horizonte de las próximas décadas.




Notas

[1] Cf. Chi Xu et al., “Future of the Human Climate Niche”, PNAS, 117, 21, p. 11350-5, 26/05/2020.

[2] Cf. K. von Clausewitz, De la guerre [1832], D. Naville (trad.), París, 1955, p. 67.

[3] Cf. Michel Foucault, “Il faut défendre la société”, curso en el Collège de France, 1975-1976, París, 1997, pp. 15-16, citado por Audrey Hérisson, “Clausewitz versus Foucault: regards croisés sur la guerre”, Cahiers de philosophie de l’Université de Caens, 55, 2018, pp. 143-162: “Le pouvoir, c’est la guerre, c’est la guerre continuée par d’autres moyens. Et à ce moment-là, on retournerait la proposition de Clausewitz et on dirait que la politique, c’est la guerre continuée par d’autres moyens”.

[4] Cf. AIE, World Energy Outlook, 2010, p. 48.

[5] Cf. Victoria Finkle, “The crisis isn’t over”, American Banker, 2018.

[6] Cf. A. Leparmentier, “Aux États-Unis, les nuages d’une crise financière s’amoncellent à l’horizon”, Le Monde, 01/06/2024.

[7] Cf. Stockholm International Peace Research Institute, SIPRI Yearbook 2023. Armaments, Disarmament and International Security, SIPRI, 2023.

[8] Cf. “Conflicts drive new record of 75.9 million people living in internal displacement”, IDMC, 14/05/2024.

Fuente: 15/15/15

jueves, 17 de octubre de 2024

La crisis alimentaria mundial en la era de las catástrofes

 

Catedrática de Investigación sobre Seguridad Alimentaria Mundial y Sostenibilidad de la Universidad de Waterloo (Canadá).


    Actualmente nos encontramos en medio de una importante crisis alimentaria mundial caracterizada por el aumento del hambre en un contexto de creciente fragilidad ecológica. Esta crisis alimentaria debe considerarse como parte de una policrisis más amplia, en la que la emergencia climática se entrelaza con una crisis económica y de deuda, una crisis sanitaria y una crisis geopolítica. El hecho de que estas diferentes crisis no puedan separarse fácilmente habla de la naturaleza interconectada y superpuesta de los sistemas económicos, ecológicos, sanitarios y geopolíticos contemporáneos.


Un desplazado interno descarga un saco de sorgo de un camión World Food Program en Darfur Norte (Sudán).


    La interacción global de estos sistemas crea dinámicas complejas con resultados a veces impredecibles. No es la primera vez que presenciamos una crisis alimentaria mundial entrelazada con una policrisis más amplia; la naturaleza reiterada de la policrisis apunta a características estructurales más profundas del sistema alimentario mundial que lo hacen especialmente vulnerable a los desastres. Para combatir la crisis alimentaria, debemos transformar nuestros sistemas alimentarios para que sean más justos y sostenibles, y para ello debemos comprender la dinámica que causa el hambre.


La crisis dentro de la policrisis más amplia

    En 2022, el número de personas que padecen hambre crónica había aumentado en 122 millones con respecto a la cifra de 2019, lo que elevó el total mundial a casi 800 millones, es decir, el 9% de la población mundial. Una serie de acontecimientos (la pandemia mundial, la aceleración de la emergencia climática, los conflictos geopolíticos y la incertidumbre económica) han impulsado esta crisis alimentaria desde 2019. Estas sacudidas superpuestas provocaron averías en el sistema alimentario mundial, socavando la seguridad alimentaria. Sin embargo, la actual crisis alimentaria mundial no es simplemente el resultado de múltiples factores desencadenantes que actúan sobre un sistema aislado, sino que forma parte de una constelación de crisis que, en conjunto, constituyen una policrisis mundial. Como ha escrito el historiador Adam Tooze para el Financial Times, aunque los shocks que contribuyen a una policrisis pueden ser dispares, “(…) interactúan de modo que el conjunto es aún más abrumador que la suma de las partes”.

Al menos 828 millones de personas sufren hambre en el mundo.


    Este tipo de efectos interactivos se hicieron sentir con la llegada de la pandemia de COVID-19 a principios de 2020. La propagación de la enfermedad se combinó con las respuestas políticas y desaceleró la actividad económica. Estas dinámicas perturbaron las cadenas mundiales de suministro de alimentos, lo que dio lugar a un desperdicio colosal de alimentos en algunos lugares y a una escasez aguda en otros. Estos resultados desiguales se vieron exacerbados por la naturaleza globalizada de las cadenas de suministro de alimentos, donde aproximadamente el 20 por ciento del suministro de energía alimentaria mundial proviene de alimentos importados. La pandemia, y las políticas que los distintos países decidieron aplicar en respuesta a ella, aceleraron el inicio de una crisis económica que tuvo efectos dramáticos en los sistemas alimentarios desde Etiopía hasta Japón.

    A partir de la primera mitad de 2020 se desató una recesión mundial, con un aumento de la tasa de desempleo y la repentina incapacidad de los más pobres y vulnerables para comprar y acceder a alimentos suficientes. Si bien la actividad económica comenzó a recuperarse a fines de 2020 y principios de 2021, las interrupciones constantes de las cadenas de suministro mundiales generaron una enorme presión inflacionaria que hizo que los precios de los alimentos subieran bruscamente; en la mayoría de los países, a tasas superiores a la tasa general de inflación. A mediados de 2022, la inflación de los precios de los alimentos se disparó muy por encima del 20% en partes de África, Asia, América Latina y Europa, lo que contribuyó a una crisis del “costo de vida” y otras repercusiones políticas.


La multitud se agolpa frente a un puesto de venta de pan subvencionado por el gobierno en Egipto.

    El hecho de que las crisis alimentarias se hayan repetido durante los últimos cincuenta años pone de relieve la vulnerabilidad del sistema alimentario industrial mundial y su susceptibilidad a averías causadas por perturbaciones en otros sistemas.

    A esta fragilidad económica exacerbada por la pandemia se suma una creciente crisis de deuda global que está golpeando duramente a los países del Sur Global. La inflación alimentaria en curso, sumada a las crecientes tasas de interés, ha obligado a muchos países a elegir entre pagar las deudas y garantizar que la población esté alimentada. Este es un claro ejemplo de la forma en que la deuda insostenible refuerza los sistemas alimentarios insostenibles, caracterizados por la dependencia de alimentos importados, mercados volátiles y flujos financieros extractivos.


                        El arroz «milagroso» desarrollado en los años 60 duplicó la producción en Asia. Desde mediados de la década de 1990 el crecimiento se ha estancado, porque las inversiones de los gobiernos en agricultura han disminuido considerablemente.


    En los últimos años, las crisis geopolíticas han amenazado aún más al sistema alimentario, en particular la invasión rusa de Ucrania, que se viene produciendo desde principios de 2022. Tanto Rusia como Ucrania son grandes exportadores de trigo, maíz y semillas oleaginosas, por lo que el inicio de la guerra desató un pánico importante en los mercados mundiales de exportación de alimentos, lo que elevó los precios incluso por encima de sus niveles récord. Los países de África y Oriente Medio, que dependen en gran medida de los cereales de Rusia y Ucrania, tuvieron que buscar de repente otras fuentes de importación.

    Para agravar la situación, los temores por una escasez localizada de cereales provocaron inversiones financieras especulativas en los mercados de futuros de cereales, cuyos precios alcanzaron cotas muy superiores a las que justificaban las condiciones de oferta y demanda. Aunque los precios de los alimentos empezaron a caer a medida que avanzaba 2022, la guerra entre Rusia y Ucrania contribuyó a la continua volatilidad y a la elevación de los precios en los mercados mundiales de cereales. En 2023, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estimó que entre 20 y 30 millones de personas más en todo el mundo se enfrentarían al hambre como consecuencia de la guerra en Ucrania.


Las otras consecuencias de la guerra en Ucrania: más hambre el cuerno de África.

    Por último, está la que quizá sea la amenaza más existencial para la producción de alimentos: la crisis climática y de biodiversidad. Los efectos del cambio climático ya están causando estragos en la producción de alimentos, tanto de manera directa como de maneras menos obvias. Tomemos el caso de la India: en 2022, el país sufrió una ola de calor sin precedentes que hizo que sus rendimientos de trigo cayeran hasta un 25 por ciento. Esta escasez llevó al gobierno a prohibir la exportación de trigo, lo que demuestra el efecto dominó que la escasez específica de un país puede tener rápidamente en el sistema global. Un año después, después de que las fuertes lluvias monzónicas devastaran su cosecha de arroz, la India volvió a prohibir las exportaciones, esta vez de arroz no basmati. La India es solo un ejemplo.

    Las condiciones meteorológicas extremas están afectando la producción de alimentos en regiones productoras de cereales, como América del Norte, Australia y el sudeste asiático. Es probable que estos trastornos relacionados con el clima en los mercados alimentarios mundiales solo empeoren. La aceleración del cambio climático hace que sea casi inevitable que se produzcan perturbaciones simultáneas en la producción en varias regiones del mundo, incluidas aquellas que producen cultivos básicos comercializados a nivel mundial.


Devastación en campos de Iowa (EE.UU.), durante la crecida del río Mississippi.


Vulnerabilidades estructurales en el sistema alimentario industrial global

    La actual policrisis recuerda a las crisis alimentarias mundiales anteriores, en particular la de mediados de los años setenta y entre 2008 y 2012. Al igual que la actual, las anteriores fueron desencadenadas por una serie de factores que se entrelazaron de manera compleja y sus efectos sobre el sistema global fueron similares. La crisis alimentaria de los años setenta, por ejemplo, fue inseparable de crisis geopolíticas, energéticas y económicas simultáneas y se produjo en un contexto de sequías multirregionales. De manera similar, la crisis alimentaria de 2008 a 2012 estuvo entrelazada con una importante crisis financiera y se desarrolló en un contexto de crecientes tensiones climáticas y el ascenso de China como importante importador mundial de alimentos. En ambos casos, las crisis se desarrollaron de manera similar a lo que estamos presenciando hoy: desde mercados de granos básicos altamente volátiles hasta especulación financiera desenfrenada en los mercados de materias primas, pasando por déficits de producción y, por supuesto, el resultado inevitable: el aumento del hambre.

    El hecho de que las crisis alimentarias se hayan repetido durante los últimos cincuenta años pone de relieve la vulnerabilidad del sistema alimentario industrial mundial, su susceptibilidad a las averías causadas por perturbaciones en otros sistemas. Tres características de esta vulnerabilidad sistémica se destacan: la producción industrial de alimentos basada en una selección limitada de cultivos básicos; un desequilibrio entre un pequeño número de Estados agroexportadores y muchos Estados dependientes de las importaciones; y unos mercados agroalimentarios mundiales altamente financieros y concentrados. Los orígenes de todas estas características se remontan a siglos atrás, al surgimiento del capitalismo industrial, la producción agrícola temprana y el cambio tecnológico acelerado. Las políticas de larga data de los Estados más poderosos del mundo no han hecho más que alentar estas tendencias.


Cosecha de maíz en Iowa (EE.UU.) destinada a la producción de etanol.



Producción industrial de alimentos

    La mayor parte de los alimentos que se producen hoy en día se producen con métodos de agricultura industrial que se basan en la mecanización, fertilizantes químicos, pesticidas y una variedad limitada de semillas, a menudo modificadas genéticamente. Este sistema ha alentado a los productores a centrarse en una base muy limitada de cultivos básicos que se pueden cultivar en campos uniformes a gran escala. A escala mundial, este tipo de agricultura genera vulnerabilidad en el sistema alimentario de múltiples maneras. El auge de la agricultura industrial a partir del siglo XIX, junto con la urbanización de Europa, fomentó la producción monocultural a gran escala de cultivos básicos. Esto se debió a varias razones, incluida la necesidad de un sustento confiable, barato y transportable para los trabajadores industriales. Desde el principio, este sistema dependía de solo unos pocos cultivos básicos que todavía hoy proporcionan la mayor parte del comercio mundial de cereales. De hecho, con el tiempo, este enfoque se ha vuelto tan extremo que hoy solo tres granos de cereales -trigo, maíz y arroz- representan casi la mitad de la dieta humana y representan el 86 por ciento de todas las exportaciones de cereales. Si se agrega la soja, juntos estos cultivos representan alrededor de dos tercios de la ingesta calórica humana. La dependencia extrema de esta estrecha base de cultivos significa que si la producción o el comercio de cualquiera de los cuatro se reduce o se interrumpe por cualquier motivo (ya sea el cambio climático o tensiones geopolíticas), la seguridad alimentaria mundial se ve amenazada.

    Aunque muchos países producen cereales básicos para su propio consumo, la mayoría no produce lo suficiente para satisfacer la demanda interna y, por lo tanto, dependen de los mercados mundiales para compensar el déficit.


            Mujeres cosechando el arroz de forma manual en la isla filipina de Luzón. Ni siquiera en los años de cosechas excepcionales ha sido posible alimentar a los 90 millones de habitantes del país, que se ha convertido en el primer importador de este cereal.

    Los sistemas de producción industrial concentrada también dependen de los productos derivados del petróleo para alimentar la maquinaria agrícola y para la producción de fertilizantes sintéticos a base de nitrógeno y pesticidas químicos. Los combustibles fósiles también se utilizan en el transporte a larga distancia de los granos producidos para los mercados mundiales. La fuerte dependencia del sistema agrícola industrial de los combustibles fósiles no sólo lo vuelve sensible a los cambios en el precio del petróleo, sino que también contribuye al cambio climático. Las actividades dentro de los sistemas alimentarios, desde los cambios en el uso de la tierra hasta la producción de alimentos y el transporte, representan alrededor de un tercio de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero.


El desequilibrio entre exportadores e importadores

    Un número muy pequeño de países produce y exporta cultivos básicos a un número mucho mayor de países, que dependen de esos cultivos importados. Esto produce un desequilibrio, en el que la seguridad alimentaria de gran parte del mundo depende de sólo un puñado de países. Por ello, las perturbaciones que socavan la producción en un solo país exportador pueden amenazar la disponibilidad de alimentos en muchos países. La naturaleza altamente desequilibrada del sistema alimentario se remonta al auge de los métodos de producción agrícola industrial a partir del siglo XIX. Los países de las regiones donde se establecieron por primera vez esos métodos (América del Norte, Australia, América del Sur y partes de Europa) dominaron los mercados de exportación de cultivos básicos. Esto también tiene que ver en parte con el paisaje de un país: en particular, la producción de exportación monocultural era, y sigue siendo, sólo posible en países con grandes extensiones de tierra cultivable. En la década de 1990, la liberalización del comercio agrícola consolidó estos patrones, pero también abrió la puerta a que algunos nuevos participantes se sumaran al club de las grandes exportadoras agrícolas, como hemos visto con el auge de la producción de soja en Brasil y Argentina en las últimas décadas. En la actualidad, cinco países representan al menos el 72 por ciento de la producción de trigo, maíz, arroz y soja.



Habas de soja brasileñas amontonadas en en la bodega de un carguero con destino a China.

    Siete países, más la Unión Europea (UE), representan alrededor del 90 por ciento de las exportaciones mundiales de trigo, mientras que cuatro países representan más del 80 por ciento de las exportaciones mundiales de maíz. Las exportaciones de cereales son una fuente clave de ingresos para estos países, por lo que tienen un interés particular en mantener este sistema. Por ello, los países exportadores tienden a influir y dar forma a las reglas del comercio mundial de maneras que refuerzan su poder exportador.

    La dependencia de las importaciones de alimentos se ha intensificado en el último medio siglo. Aunque muchos países producen cereales básicos para su propio consumo, la mayoría no produce lo suficiente para satisfacer la demanda interna y, por lo tanto, depende de los mercados mundiales para compensar el déficit. Esta oferta insuficiente no se debe a la falta de esfuerzo por parte de estos países. Una razón clave de la disminución de la producción en estas regiones es su incapacidad para competir con los métodos agrícolas altamente industrializados de los países agroexportadores. Estos métodos también suelen estar subvencionados en los países exportadores, lo que socava aún más los medios de vida de los países productores de alimentos en pequeña escala del Sur Global.


Una mujer recoge los granos de arroz que han quedado después de la cosecha para alimentar a su familia en Bangladesh.

    Al mismo tiempo, los programas neoliberales de ajuste estructural impuestos por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) en los decenios de 1980 y 1990 alentaron a los países del Sur Global a desinvertir en la producción de alimentos y, en cambio, a centrarse en la producción de cultivos de exportación, como café, té y cacao, y en la compra de productos básicos en el mercado mundial. Políticas como estas han hecho que muchos países del África subsahariana, por ejemplo, hayan desarrollado una dependencia de las importaciones de alimentos que no tenían hace 50 años.


Mercados financieros y concentrados

    En la actualidad, un puñado de poderosas empresas transnacionales dominan los mercados altamente financiarizados de granos. El papel descomunal que desempeñan en esos mercados un pequeño número de poderosos actores corporativos y financieros significa que las perturbaciones pueden llevar a enormes oscilaciones de precios. Esas oscilaciones dramáticas tienen efectos tanto en la capacidad de las personas para acceder y comprar alimentos como en la capacidad de los productores para acceder a insumos agrícolas como semillas, pesticidas y fertilizantes. Los mercados agroalimentarios financiarizados comenzaron a dominar el sistema agroalimentario mundial a mediados del siglo XIX, en paralelo con el auge de los métodos de producción industrial y el aumento del comercio mundial de cultivos básicos. Hoy, los mercados de futuros financiarizados permiten a los inversores obtener enormes ganancias en el comercio de granos, pero estos mercados son propensos a una volatilidad extrema de los precios de los alimentos. Como hay relativamente pocos actores financieros importantes que especulan con los granos, estos mercados son propensos a la volatilidad, especialmente cuando esos inversores inundan los mercados de futuros de materias primas exactamente en el momento en que el sistema alimentario corre mayor riesgo. En las últimas décadas se ha producido un debilitamiento de las reglas con respecto a la inversión financiera en esos mercados. El resultado ha sido que un grupo cada vez mayor de inversores, desde empresas de gestión de activos hasta fondos de cobertura y fondos de pensiones, han acudido a los mercados de productos agrícolas justo cuando los precios estaban subiendo, lo que ha hecho subir aún más los precios de los cereales.


Los máximos en el precio del arroz y otros alimentos en multiplicaron las filas de los que pasan hambre en Bangladesh. 

    Las grandes empresas transnacionales también ganaron terreno en el comercio de granos y en las industrias de insumos agrícolas a mediados y fines del siglo XIX, y desde entonces esos sectores del sistema alimentario han permanecido altamente concentrados. Las empresas ABCD (Archer Daniels, Bunge, Cargills y Louis Dreyfus) controlan entre el 50 y el 70 por ciento del comercio mundial de granos, además de partes considerables de la cadena de procesamiento de alimentos. Estas empresas han obtenido ganancias récord en los últimos años, a medida que los precios de los alimentos se han disparado. Esta es solo una demostración de la forma en que el capital se beneficia directamente de la crisis alimentaria mundial.


Soluciones falsas

    Las vulnerabilidades estructurales del sistema alimentario industrial global sirven a intereses específicos: estados poderosos, corporaciones privadas e inversores financieros, todos los cuales se han beneficiado de él desde la expansión del capitalismo industrial en el siglo XIX. Este sistema ha perdurado, no porque sea la mejor manera de garantizar la seguridad alimentaria mundial, sino porque favorece la acumulación de riqueza y poder. Es cada vez más evidente que cuanto más se reconfigura la agricultura global para beneficiar a este conjunto de intereses, más expuesta queda a las crisis y perturbaciones en otros sistemas.

    Como estas características del sistema alimentario sirven a intereses poderosos, no debería sorprendernos que las respuestas convencionales —en especial las promovidas por las grandes empresas, los gobiernos agroexportadores y ciertas instituciones globales— no aborden los problemas estructurales subyacentes. En cambio, las “soluciones” que estos actores proponen contribuyen a afianzar aún más estas características. Esto fue evidente en el despliegue de la revolución verde en los años 1960 y 1970, la revolución genética en los años 1990 y, más recientemente, el uso de la inteligencia artificial (IA) en la agricultura. Cada una de estas iniciativas se enmarcó en el discurso de que la producción de alimentos debe aumentar dentro del marco industrial actual si queremos tener alguna esperanza de abordar el hambre mundial.


Manifestantes marchan hacia la Embajada de Estados Unidos en Buenos Aires para conmemorar el Día Internacional de la Lucha Campesina, 17 de abril de 2015.

    Si bien estas iniciativas apuntan a la necesidad de monitorear los mercados agroalimentarios financiarizados, estas medidas no tienen como objetivo regularlos, sino más bien compartir mejor la información sobre el mercado, lo que en última instancia beneficia a los estados exportadores y a los intereses corporativos.

    La Cumbre de las Naciones Unidas sobre los Sistemas Alimentarios de 2021 (UNFSS, por sus siglas en inglés) también ejemplificó este enfoque. Anunciada como un foro para catalizar “soluciones innovadoras” para acabar con el hambre, la cumbre fue en cambio en gran medida capturada por poderosos intereses corporativos. Esta influencia fue tan extrema que provocó un boicot por parte de grupos progresistas de la sociedad civil y movimientos sociales. Un ejemplo de la forma en que esta participación corporativa sesgó el enfoque de la UNFSS fue el gran énfasis que la cumbre puso en aumentar la producción de alimentos mediante innovaciones tecnológicas, como la agricultura digital y la edición genómica. Aunque estas tecnologías se presentaron como una nueva forma de apoyar la sostenibilidad, en realidad solo afianzaron aún más el enfoque dominante de la agricultura.

    En el primer trimestre de 2022, cuando los precios de los alimentos se dispararon, los Estados poderosos, las instituciones internacionales y los actores corporativos pusieron en marcha una serie de iniciativas para abordar el hambre y la situación alimentaria. Por ejemplo, en mayo de 2022, los ministros de Desarrollo del G7 lanzaron la Alianza Mundial para la Seguridad Alimentaria (GAFS, por sus siglas en inglés) como un esfuerzo conjunto con el Banco Mundial. En septiembre del mismo año, 100 gobiernos adoptaron la Hoja de Ruta hacia la Seguridad Alimentaria Mundial: Llamado a la Acción, presentada en una Cumbre de Líderes sobre Seguridad Alimentaria Mundial organizada por la ONU. Ambas iniciativas buscaban coordinar la financiación para la “preparación ante crisis” de los países en desarrollo y se enmarcaban firmemente en los métodos de producción industrial de alimentos, el comercio abierto y las alianzas con la industria. La declaración de la Cumbre de Líderes hizo hincapié en la necesidad de “innovaciones agrícolas basadas en la ciencia y resilientes al clima”. La Corporación Financiera Internacional del Banco Mundial, en paralelo, estableció una Plataforma Mundial de Seguridad Alimentaria que está invirtiendo 6.000 millones de dólares estadounidenses para mejorar el acceso a los fertilizantes, al tiempo que apoya a las empresas privadas para que realicen inversiones a más largo plazo.

    Por su parte, el sector privado lanzó a mediados de 2022 la coalición Global Business for Food Security con el apoyo de Francia, la Comisión Europea (CE), el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), el Programa Mundial de Alimentos (PMA), el Banco Europeo de Inversiones y la Fundación Bill y Melinda Gates. Esta coalición empresarial busca mejorar el acceso a los insumos agrícolas y a los productos alimenticios básicos, apoyando al mismo tiempo el desarrollo de “cadenas de valor sólidas en países frágiles, en particular en África”. Entre los miembros de la coalición se encuentran algunas de las empresas agroalimentarias más grandes del mundo que dominan los mercados concentrados de granos, como ADM, Cargill, Bunge y Dreyfus, y de insumos, como el gigante de fertilizantes Yara y la empresa de semillas Limagrain. Al pedir que se intensifiquen los insumos industriales (incluida la transformación basada en la “innovación” y un mayor acceso a los fertilizantes químicos), estos poderosos intereses solo alientan la continuación de un sistema agrícola dependiente de los combustibles fósiles. Más aún, abogan por una dependencia aún más profunda de las cadenas de suministro globales. Esto solo ampliará el poder de los países que ya dominan el comercio de productos básicos. El hecho de que otros países se involucren en el suministro de cultivos especiales debilita aún más la seguridad alimentaria de dichos países, al mantenerlos dependientes de las importaciones de alimentos. Además, el llamamiento de los estados poderosos a colaborar con la industria pasa por alto por completo el problema de la concentración empresarial. Aunque estas iniciativas apuntan a la necesidad de vigilar los mercados agroalimentarios financiarizados, no tienen por objeto regularlos, sino compartir mejor la información sobre los mercados, lo que en última instancia beneficia a los estados exportadores y a los intereses corporativos.


Sistemas alimentarios alternativos

    Mientras los intereses poderosos se beneficien del actual sistema alimentario mundial, no tendrán incentivos para llevar a cabo transformaciones significativas en él. Esto significa que las acciones deben ser tomadas por la gente, para la gente. En la actualidad, los actores poderosos prosperan gracias a la concentración y uniformidad de los sistemas alimentarios, dos factores que socavan directamente la resiliencia. Por lo tanto, para lograr un cambio radical necesitamos diversidad en la producción, distribución y consumo de alimentos. En términos de producción, es vital romper con el modelo industrial de agricultura que se ha vuelto tan hegemónico en los últimos siglos. Estados poderosos y grandes empresas han promovido este sistema a pesar del hecho de que ha causado enormes daños a los mismos ecosistemas y sistemas sociales necesarios para que la producción de alimentos prospere. Necesitamos urgentemente cambiar a sistemas de producción ecológicamente sólidos y resilientes al clima que no dependan de insumos de alto consumo energético como los fertilizantes químicos. Reducir la dependencia de estos insumos industriales ayudaría a aislar los sistemas agrícolas de las perturbaciones en los mercados globales de energía, fertilizantes y agroquímicos. Los sistemas de producción orientados ecológicamente también deben poner a las personas en el centro; Proporcionar medios de vida y alimentos nutritivos es lo más importante. Esto debe combinarse con la democratización de los sistemas de producción, empoderando a las personas para que determinen cómo se diseñan y funcionan esos sistemas.

    La agroecología es uno de esos sistemas. Centrada en el principio de la diversidad, implica métodos como el cultivo intercalado de diversas especies, la rotación de cultivos, la agrosilvicultura, el compostaje y la integración de cultivos y ganado, todos los cuales mejoran la agrobiodiversidad. Los sistemas agroecológicos también promueven la diversidad en un sentido más amplio al incorporar los objetivos políticos de equidad y capacidad de acción. Este modelo ya está ganando terreno en una serie de países, y hay pruebas de su potencial para satisfacer las necesidades alimentarias de manera menos dañina que la agricultura industrial. Los sistemas agroecológicos también fomentan la diversidad dietética, promoviendo otros cultivos, como el mijo, el sorgo, el maní o las raíces y tubérculos. Este enfoque contrarresta la estrecha base de cultivos básicos que han llegado a dominar las dietas humanas.


El vapor se levanta sobre el arroz procesado en un pequeño molino de Rangpur, en el norte de Bangladesh. 

    Se trata de algo más que crear espacios alternativos de producción y distribución. También implica impulsar cambios regulatorios que impidan que actores poderosos deformen los mercados para proteger sus propios intereses.

    En lo que respecta a la distribución, es esencial mejorar la capacidad de los países para producir más alimentos de los que consumen. Reducir la dependencia de las importaciones de alimentos ayudará a garantizar que, cuando se produzcan perturbaciones, no generen una crisis. Esto no significa una autarquía total, sino más bien un equilibrio mucho mejor en cuanto a la procedencia de los alimentos, tanto en términos de mercados locales como globales. Si se emprenden utilizando métodos agrícolas sostenibles y equitativos, los esfuerzos por lograr una mayor autosuficiencia en la producción de cultivos básicos también pueden ayudar a la población local mejor de lo que lo harán jamás las corporaciones multinacionales y los estados poderosos.


Casilleros vacíos en una estantería de cuencos para el arroz, en una fábrica china de artículos electrónicos en China, ilustran los despidos que han enviado a muchos trabajadores de vuelta al campo. 

    Una forma de trabajar para lograr el objetivo de una distribución de alimentos más centrada en las personas es apoyar los mercados territoriales. Estos mercados suelen estar vinculados más directamente con los sistemas alimentarios locales, nacionales y/o regionales. Esto suele significar que existen cadenas de suministro más cortas y que estas cadenas de suministro están arraigadas en el lugar. Como tal, los mercados territoriales encarnan las condiciones y el conocimiento locales y fomentan las relaciones comunitarias y regionales. Los acuerdos de mercado territorial también tienden a ser menos jerárquicos, con una alta participación de productores de alimentos en pequeña escala que son proveedores vitales de alimentos en los países en desarrollo, pero cuyos medios de vida se ven amenazados por la expansión de las cadenas de suministro globales dominadas por las corporaciones. Este tipo de mercados proporciona servicios que van mucho más allá de los alimentos como un mero producto de mercado. Encarnan principios de inclusión y, por su propia naturaleza, promueven la diversidad. La distribución de alimentos dentro de los territorios también apoya los objetivos de biodiversidad y cambio climático por dos razones: eleva los cultivos específicos locales y significa que se necesita menos energía de combustibles fósiles para el transporte.

    Por último, los sistemas alimentarios centrados en las personas deben contrarrestar activamente los mercados agroalimentarios corporativos y financiarizados. Esto implica algo más que crear espacios alternativos de producción y distribución. También significa buscar cambios regulatorios que impidan que actores poderosos den forma a los mercados para proteger sus propios intereses. Sin esto, cualquier esfuerzo por promover los mercados territoriales podría verse fácilmente inundado por actores corporativos e inversores financieros, quienes por supuesto tienen una enorme influencia sobre la gobernanza y los mercados agroalimentarios. Un motivo de optimismo es el creciente movimiento que se opone al poder corporativo en el sistema alimentario. Sin embargo, se necesita más. Un gran paso en la dirección correcta sería establecer reglas mucho más estrictas sobre conflictos de intereses para los actores corporativos, junto con políticas antimonopolio y de competencia más sólidas para prevenir monopolios y oligopolios corporativos en los sistemas alimentarios. De manera similar, desde la crisis de precios de los alimentos de 2008 a 2012, ha habido crecientes llamados a una regulación más estricta de los actores financieros en el sistema alimentario. Por último, una regulación más estricta de los mercados de futuros de materias primas ayudaría a reducir las inversiones especulativas que impulsan la volatilidad de los precios de los alimentos y pueden conducir a picos de precios de los alimentos. En conjunto, cada uno de estos pasos vitales (sistemas de producción de alimentos más ecológicos, reducción de la dependencia del comercio de alimentos a larga distancia y limitación del poder corporativo en el sistema alimentario) harán que los sistemas alimentarios sean más resilientes y menos vulnerables a la policrisis más amplia.


Este artículo es parte del dossier conjunto de la Fundación Rosa Luxemburg y Alameda Semillas de soberanía: cuestionando las políticas alimentaria.


Fuente: Fundación Rosa Luxemburgo