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martes, 20 de enero de 2026

Palomares rehúye el estigma del accidente nuclear 60 años después: “Sólo pedimos que limpien”

 

      Periodista que ha publicado en El Mundo, JotDown o Líbero y actualmente colabora habitualmente con elDiario.es como corresponsal en Málaga.

El vecindario se debate hoy entre exigir a la administración que limpie los terrenos o ignorar un incidente del que dicen que afecta más a la imagen que a las condiciones ambientales del pueblo

     El 17 de enero de 1966 Manuela Sabiote recogía tomates cuando un trozo de avión cayó a pocos metros de su huerta.


Manuela Sabiote, junto a los restos del fuselaje de un avión caído en Palomares.

En una foto que tomó un periodista o algún soldado, Manuela posa sonriente con los restos de fuselaje, las matas de tomates de fondo y algunos paisanos que observan. Es la foto que ilustra este reportaje, el rastro inocente del incidente de Palomares, del que este sábado se cumplen sesenta años.

La foto simboliza el estado de ánimo con el que el pueblo encajó el episodio. Pocas horas después, aquello se llenó de militares que hablaban inglés y buscaban un par de bombas termonucleares extraviadas, y la inocencia dio paso a las mentiras oficiales que no sirvieron jamás para evitar que el pueblo quedase marcado para siempre.

Aquella pequeña aldea del Levante almeriense acababa de sufrir uno de los más graves accidentes nucleares de la Guerra Fría. Un B-52 y un KC-135 habían colisionado durante una de las habituales operaciones de repostaje en vuelo que la Fuerza Aérea de Estados Unidos ejecutaba sobre la Sierra Almagrera. Palomares, con poco más de 700 vecinos, agrícola y pobre, quedaría marcada para siempre por nueve kilos de isótopos de plutonio dispersados en forma de aerosoles sobre un área aproximada de 226 hectáreas con zonas de vegetación silvestre, cultivadas y urbanas. Que cayeron cuatro bombas se supo casi al momento; todo lo demás se ocultó durante el franquismo y hasta bien entrada la democracia


El entonces ministro de Informacion y Turismo, Manuel Fraga, bañandose en la playa de Palomares próxima al lugar del accidente de dos aviones ocurrido en 1966.
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La gente de Palomares vivió engañada 40 años. Hasta 2006 no se tomaron las primeras medidas de radioprotección con el vallado de 40 hectáreas. Antes siempre habían dicho que todo había quedado perfectamente. Manuel Fraga fue el principal vocero: decía incluso que se había quedado mejor, así de chulo era”, recuerda hoy José Herrera, quizá la persona que más ha investigado los esfuerzos de los sucesivos gobiernos, en dictadura y democracia, por enterrar el asunto bajo una capa de silencio y olvido: “Una investigadora norteamericana, Barbara Moran, me preguntó una vez cómo era posible que siguiera siendo tan secreto, cuando en su país ya habían desclasificado el Acuerdo Otero-Hall [el proyecto científico a largo plazo para estudiar los efectos de la contaminación por plutonio]”.


La bomba nuclear B28FI, recuperada a 870 metros de profundidad, en la cubierta del USS Petrel.

Plutonio y americio como fuentes contaminantes

En este pueblo que hoy supera por poco los 2.000 habitantes muchos están cansados de contar a los periodistas las mismas historias una y otra vez. Lo viven como una maldición atada al aire que respiran y la tierra que cultivan.

El sensacionalismo ocasional no ha ayudado. No hay trabajos que demuestren de forma consistente que hay aquí una incidencia mayor de algún tipo de cáncer, y los análisis regulares de las lechugas, los tomates, los caracoles, los conejos, el agua o el aire no dan motivos para la alarma. Pero la tierra contaminada sigue ahí, a menos de un metro de la superficie. “No es un pueblo contaminado, son solo unas parcelas”, dice María Isabel Ponce, actual alcaldesa pedánea (PSOE), que insiste: “Tenemos toda la tranquilidad, está vigilado a través del CIEMAT, y lo único que pedimos es que se haga la limpieza de los terrenos vallados, como llevamos pidiendo 60 años”.

Desde hace décadas todo se hace depender de un acuerdo que nunca llega con Estados Unidos, responsable del accidente y el único con capacidad para transportar, tratar y almacenar los terrenos contaminados. Óscar Velasco es el hijo de Manuela, la joven que posó con los trozos de avión. También fue alcalde hasta 2023, y lo tiene claro: “Urge la descontaminación, ya”. Y alerta de que habrá un momento en que el vallado no sirva para acotar el riesgo. “El americio se va degradando y tiene otro tipo de radiación que puede salir al exterior. Eso es un peligro no solo para Palomares, sino también para poblaciones cercanas”.


Terrenos afectados por contaminación radiactiva en Palomares (Almería).

La fuente de emisiones radiológicas se compone de isótopos de plutonio (238Pu, 239Pu, 240Pu y 241Pu) y americio (241Am, generado a partir de la desintegración de su progenitor, el isótopo 241Pu). Según el CIEMAT, el 241Am y el 239+240Pu son los radionucleidos críticos debido a que son los isótopos más abundantes en concentración de actividad con los distintos componentes del ecosistema afectado: suelos, alimentos, aire, depósito, agua, organismos indicadores y sedimentos.

Como no se ve, se oye, se siente o se huele, la gente no valora el riesgo”

Pepe Ramos tenía cinco años el 17 de enero de 1966 y dice recordar muy bien el alboroto, la excitación, cómo el pueblo pasó de ser un villorrio olvidado a centro de la atención mundial gracias a la visita del amigo americano. “No teníamos nada, y yo me escapaba de casa y me iba a montarme a los helicópteros. Nos traían chicles y Coca Cola, que nunca habíamos visto aquí”, relata. Aquello era un jolgorio del que te podías ir con algún bonito obsequio. “Mi hermana se hizo una foto encima de una de las bombas. Todo el mundo andaba por todos sitios recogiendo cosas. Hasta un destornillador de los americanos tengo todavía. El otro día me lo encontré en una caja de herramientas”.

Fuera de la burbuja de inocencia infantil, el impacto económico fue inmediato. Recoger tomates quedó prohibido por orden de la autoridad, pero lo peor fue el estigma: “Aquí se vive del campo y cuando empezaron las historias ya nadie quería productos de Palomares, se vendían con etiquetas de Murcia”, señala el hombre. Además, el reparto de las indemnizaciones abrió otra herida en el pueblo.

Durante muchos años, Ramos iba a Madrid a sacarse sangre. “Dejé de hacerlo porque enviaban cosas muy escuetas, como si fuera un simple análisis de sangre. Que yo sepa, nadie ha recibido nada de que tuviera algún problema de radiactividad. Aquí nos conocemos todos y no ha habido problemas de cáncer ni historias de esas más de lo normal”.

Pronto, los vecinos dejaron de preocuparse, anestesiados por la aparente ausencia de consecuencias y el silencio de las administraciones, que ocultaban incluso cómo un doctor de la división de Investigación Biomédica del Laboratorio Nacional de Los Álamos, Haskell Langham, los estaba utilizando como conejillos de Indias. “Como no se ve, se oye, se siente o se huele, la gente no valora el riesgo real”, lamenta Velasco. Hoy, pocos vecinos siguen haciéndose las pruebas.

El año de las bombas”

Para las nuevas generaciones el asunto es molesto o un elemento mitológico. “El año de las bombascomo le dijeron una vez unos niños a Herrera, que tomó prestada la frase para titular su nuevo libro, una recopilación de historias casi al modo documental de Svetlana Alexievich en Voces de Chernobyl. “He tratado de reflejar a los involuntarios protagonistas del suceso, porque la gente del pueblo apenas sale en el tratamiento periodístico del accidente. Siempre se habla del general Wilson, del doctor Langham... Y el pueblo es un figurante”.

Allí cuenta cómo las crónicas radiofónicas a través de Radio España Independiente (La Pirenaica, vinculada al Partido Comunista) rompieron por primera vez el silencio impuesto por la dictadura. Sacaban las crónicas ocultas en la ropa interior de un motorista que iba a Lorca, desde donde se enviaban a Bucarest para ser radiadas. Y también cómo ya en los 80 una jovencísima alcaldesa, Antonia Flores, abanderó la lucha por la transparencia y la dignidad del pueblo de Palomares junto a la duquesa de Medina-Sidonia.

Tuvieron que pasar dos décadas más para que en 2007 se vallaran los terrenos que contienen el material radiactivo que Estados Unidos enterró a medio metro de profundidad, el más grande de ellos en el núcleo del pueblo. Desde entonces, el CIEMAT emite un informe anual a partir de muestras de agua, tierra, aire, animales y vegetales. “Los niveles de irradiación son prácticamente irrelevantes, incluso en las zonas más afectadas”, se lee en el último de ellos. A cinco metros de unas vallas se cultivan lechugas. Nada informa de qué motiva el vallado, de eficacia dudosa con ciertos animales y que no frena al viento.


Zona de acceso restringido en el municipio almeriense de Palomares.

España ha procurado siempre mantener las miradas de terceros ajenas a lo que hay en Palomares, ignorando incluso las reclamaciones de la Comisión Europea para que complete la rehabilitación. Tampoco admite que haya puntos radiactivos fuera del vallado, como en su día denunciaron los ecologistas. Sin embargo, un informe del Gobierno de Estados Unidos al Senado de aquel país reconoció en 2023 que Palomares “sigue sufriendo los efectos” de la “contaminación residual”, que “supera los niveles” de la normativa europea. Pese a que admitía que la ayuda de Estados Unidos es “vital” para zanjar la cuestión, el informe no instaba ninguna medida para intervenir.


La Comunidad Europea dió hasta finales 2021 para que España informara del progreso en la limpieza de Palomares.

Nadie descontamina Palomares

Hoy, el gran tema que marca la agenda local es la gran urbanización de 1.600 viviendas y hotel junto a la playa de Quitapellejos, que tiene ya los parabienes de la Junta de Andalucía. “Es prosperidad para los vecinos. Queremos que Palomares no solo sea agricultura, y abrirnos al turismo y al sector servicios”, subraya su alcaldesa pedánea. Durante décadas, Palomares ha observado el desarrollo turístico de Vera o Mojácar sin participar de él. Ahora, los ecologistas alertan de que el proyecto acabaría para siempre con un entorno al que la huella nuclear quizá también haya contribuido a preservar, duplicando la población de la pedanía.


La zona en la que se proyecta la macrourbanización está en regresión por el cambio climático.

Mientras, el pueblo sigue esperando a que alguien saque de allí la tierra contaminada, unos 50.000 metros cúbicos que quedarían reducidos a unos 6.000 una vez tratados. Desde hace casi una década, Ecologistas en Acción lo intenta en los tribunales para chocar una y otra vez contra la determinación del Gobierno de mover ni una piedra. Tras un primer intento fallido, la Audiencia Nacional estudia ahora si debe hacerlo el Ministerio de Transición Ecológica. El proceso está pendiente de que se admitan o no algunas de las testificales que han pedido los ecologistas.

En su momento, el Ministerio ya alegó que las sospechas en torno a la situación radiológica en Palomares son una exageración sin fundamento, que la propuesta de Plan de Rehabilitación de 2010 es papel mojado, que no hay ninguna norma que le obligue a intervenir y que, en todo caso, no está claro que remover sea una buena idea, aunque sea para limpiar.

La tesitura, más teórica que real (al menos por ahora), divide al pueblo. “Yo no soy científico, pero tengo dos dedos de frente: si remueves la tierra va a haber un problema porque se va a liberar al aire”, dice Pepe Ramos. “Tener una contaminación así es peligroso para el ser humano. Vamos 60 años tarde”, rebate Óscar Velasco, que sólo así ve posible borrar un estigma que amenaza con durar tanto tiempo como los isótopos de plutonio: “Descontaminar es la única solución para que al fin se deje de hablar de esto”.


Fuente: elDiario.es

domingo, 19 de octubre de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes (20 de 20)

 

 Por Pedro Costa Morata
      Ingeniero, Periodista y Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

El final del verano…


        Acabaré estas crónicas yodadas por la brisa de un Mediterráneo no siempre amable, azul o inteligible regresando a aquellos años de 1960, si bien avanzados y entrados en tiempo de liquidación y expectación. Las cierro con esta vuelta a la nostalgia después de un desordenado periplo literario apto solo para lectores comprensivos que ni han protestado ni han objetado mi absoluta soberanía, que he ejercido cómo, cuándo y sobre lo que me ha dado la gana. Gracias.

Septiembre en Águilas, entonces, en nuestros años juveniles, se teñía de tristeza y acusaba la vuelta de la calma y el silencio, con los bañistas regresados, con el agua (de la mar) ya más fresquica y las primeras interceptaciones de lluvias raudas e irritadas, que marcaban el cambio climatológico y también, según madurábamos, inquietudes muy justificadas. Eran días en que todo -gente, calor, ruidos- se iba a otra parte, y eso dejaba su marca de formas muy personales y distintas (las mías, puesto que yo era uno de los que se iban, recuerdo muy bien que eran suaves tirando a alegres ya que mi destino era mi segunda, o “doble” vida a la que ya me había adaptado y que constituía en realidad la esencial y definitiva). El caso es que las vacaciones, lo que entendemos por vacaciones, con su sentido de vida alternativa, cierta duración y algunos desmadres, perdían su naturaleza y carácter y nos enfilaban -quién más, quién menos- hacia otros horizontes.


Ante Cabo Cope, mi primo Pepe del Molino, Miguel Martínez y yo sujetando la bici de José Luis Franco, siempre en nuestro corazón.

Con la Navidad llegaban los guateques con sus ritos, bien en casas deshabitadas (no siempre acogedoras, pero y qué), bien en otras con ausencia de los padres, y la breve, pero intensa recuperación de aquel desorden creativo y veraniego que años decisivos introducían en la vida de todos y cada uno de la colla en evolución, en la que el personal ya se emparejaba -como era mi caso sin ir más lejos- y las urgencias profesionales impactaban y disgregaban, dejando sin embargo para siempre lo esencial en vínculos y afectos. Las emociones seguían enmarcándose en la música y The Beatles llenaban todo eso, con los grupos anglosajones barriendo a franceses (Adamo se mantenía pero que muy bien) o italianos (¿cómo no recordar a la pecosilla Rita Pavone y su “Cuore”?), pese a su número y a su incesante carga romántica tan gozosamente importada. Así que los muy productivos Bee Gees (“Don’t forget to remember”, “Words”, “Massachusetts”...), los geniales Mody Blues (“Noches de blanco satén”), Procol Harum (“Con su blanca palidez”...) y tantos otros mandaban y mucho, alterándolo todo. Hubo que esperar a la irrupción, en imagen y calidad, de Simon & Garfunkel para que mente y corazón se serenaran, a lo que sin duda contribuían “The boxer” (con aquello de “I’m just a poor boy…”), “Bridge over troubled waters”, la deliciosa “The sounds of silence” y no digamos “Mrs. Robinson”, convertida en runrún secretamente estimulante de mordacidad rítmica, tras ver con pasmo y victoria anti censura aquel filme inolvidable de “El graduado”.

En enero de 1966 a los aguileños nos había impactado -con todo el efecto que no pudo evitar el oprobioso control de la información que el Régimen ejercía- el accidente nuclear de Palomares, en nuestros mismos cielos como quien dice, que provocaron dos aviones norteamericanos, un súper bombardero B-52 y el nodriza justamente cuando este suministraba el combustible a aquél, un espectáculo que se repetía sobre nuestras cabezas y tierras desde la crisis de los misiles de Cuba, en 1962. Lo que, ante la incompetencia de los norteamericanos, dio paso al protagonismo de nuestros hombres de la mar, que tuvieron que decir a su sofisticada tecnología naval dónde -grieta, chapa, rincón submarino de corrientes bien conocidas por los arrastreros- se había alojado la cuarta bomba, perdida y hallada finalmente por la sabiduría de aquellos catalanes afincados en Águilas y que capitaneaba Paco Orts Simó, pasado a la historia como Paco el de la Bomba (y al que hice una de mis primeras entrevistas periodísticas durante mis vacaciones en Águilas en aquel verano del 66).

Uno de los contenidos de aquellos horizontes inexplorados era la mili, a la que yo me lancé, sin estar obligado, con los campamentos de los veranos de 1968 y 1969, en una negación brutal de las vacaciones juveniles y los veranos aguileños, en las todavía llamadas coloquialmente Milicias Universitarias. Era aquella una experiencia de intenso entrenamiento militar que yo llevaba con verdadera suficiencia, casi como un campamento de verano ante la estupefacción de mis siete compañeros de tienda, que se pasaban el día renegando: no tenían ni idea de lo que era la vida disciplinada y vigilada de un internado, así que yo les llevaba una ventaja neta. (La más cruda experiencia militar vendría en 1971 con mis cuatro meses de oficial, en los que las imprudencias e ingenuidades me acarrearon dos arrestos y, a cambio, un directo y útil conocimiento de importantes rasgos del Ejército franquista, que espero que hayan mejorado desde entonces.)


Ejercicios de tiro de artillería en El Robledo (Segovia). Verano de 1969.

Ampliaré lo de 1968 porque es un año que pasó a la Historia con mi casi total indiferencia política: estaba demasiado ocupado en el segundo curso de mi carrera y mi politización no había despertado todavía (así que yo fui uno de los “pocos” estudiantes de mi tiempo que no estuvieron en el celebérrimo concierto de Raimon en la Complutense…). Sí recuerdo que ese mismo año me matriculé en la Facultad de Políticas al sentirme deslumbrado, en una visita “periodística”, por el ambientazo allí existente, nada que ver con el de las escuelas técnicas, y acusando -sin realmente advertirlo- un primer distanciamiento de mi formación y expectativas técnicas e ingenieriles. España iba tomando temperatura política, con aquellas maniobras del Régimen por eludir el sistema de partidos con inventos como la Ley de Asociaciones, de las que la Europa comunitaria no dejaba de asombrarse y hasta mofarse, mareándonos con las negociaciones comerciales en su estadio inicial. Robert Kennedy fue asesinado cuando, como candidato a la presidencia de Estados Unidos, se daba por segura su victoria, en un atentado que resonó con fuerza en el campamento, donde acabábamos de instalarnos; y fue a parar, con el habitual misterio de los móviles asesinos, junto a su hermano John, al Arlington de los héroes de un país enloquecido. Y al verano siguiente, en agosto, fue nada menos que la invasión de Checoslovaquia por los tanques del Pacto de Varsovia, lo que exaltó la verborrea de los mandos y el repunte anticomunista del Régimen, que se consideró más que nunca centinela atento y muralla infranqueable frente al monstruo soviético (y ya no recuerdo bien si incluso se redobló la guardia…).

Para mí octubre de 1969 fue, con el final de la carrera y la inmediata incorporación al mundo de la empresa, en Philips Ibérica, el inicio de las más decisivas experiencias vitales a las que un joven de mi tiempo habría de enfrentarse de una forma u otra. La primera fue, en mi caso, el encuentro con la frialdad y la avidez de las multinacionales, para las que la España del desarrollismo industrial era un panal de rica miel, y que a mí me hicieron tomar nota de cómo estaba estructurado el mundo del trabajo, con un jefe intratable y unos compañeros maravillosos: fue una introducción brusca en la realidad del país, que como consecuencia me politizó, y fue por esa vía como avancé en mi rechazo del establishment socioeconómico.

Así que las transiciones se acumulaban y alteraban nuestro feliz discurrir, las filas de nuestra apretada colla se desordenaban, aunque sin romperse, y el mundo nos tomaba por lo que en realidad éramos: productos felices y confiados de un tiempo en el que a la juventud le estaba velada -moviéndose en una represión franquista sorda pero implacable- la percepción de una realidad indeseable, de la que se enseñoreaba, con desgaste generalizado, una dictadura obsoleta. Pero España y los españoles cambiaban velozmente: me ha gustado calcular (bueno, más bien imaginar) que entre 1960 y 1975 España y los españoles cambiamos el equivalente a un siglo de trompicones patrios, y eso, que es sociología, se ha mostrado mucho más consistente y poderoso que la política.


Águilas, Semana Santa de 1969.

Yo debo reconocer, porque así lo siento y me apetece, que fui feliz recorriendo España con mi cartera de herramientas, saltando de la siderurgia al refino de petróleo y su despliegue de plantas derivadas, y de la petroquímica a la química o la eléctrica, un mundo que disfrutaba, sí, pero que fue precisamente en el que me encontré, sin comerlo ni beberlo, aunque en un a modo de fatal aproximación, con las centrales nucleares. Y todo me cambió.