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jueves, 4 de diciembre de 2025

Liquidación de excedentes

 

 Por Antonio Turiel  

      Físico, matemático y experto en Energía del CSIC.




     A medida que nos acercamos al final del año 2025, se va haciendo cada vez más evidente que va a haber un ajuste muy fuerte en el modelo de transición energética basado en la Renovable Eléctrica Industrial (REI) en Europa, y más específicamente en España.




Aunque jamás se va a reconocer, el modelo REI ha fracasado y lo ha hecho estrepitosamente. Ha fracasado por las mismas razones que llevamos años contando, y en el caso particular de España, porque simplemente el consumo de electricidad continúa bajando mientras que se sigue instalando más sistemas de producción de electricidad renovable. La siguiente gráfica, elaborada por el profesor Sergi Saladié de la Universitat Rovira i Virgili, sintetiza muy bien la cuestión.




La línea de color sepia es la previsión del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima del estado español (PNIEC). La línea marrón, la realidad de por dónde ha evolucionado el consumo estos años. En 2024 había ya una desviación del 20% hacia abajo entre la expectativa y la realidad, y este 2025 la cosa irá a peor, porque según los datos disponibles hasta ahora el consumo de electricidad habrá caído al menos otro 1% este año.

No vamos a abundar una vez más en las razones de este fracaso. La clave ha estado, por supuesto, en la ausencia de tecnologías palanca adecuadas para poder hacer la tan cacareada sustitución/transición energética: ni el coche eléctrico ni el hidrógeno verde han resultado ser lo que se suponía, y al tiempo la crisis energética latente, particularmente por la falta global de diésel y de energía asequible para Europa, está acelerando la desindustrialización del Viejo Continente y con ello la caída del consumo eléctrico. No hay transición, ni la va a haber. Llevamos demasiados años instalados en la falta de decisión, las excusas y los paños calientes, y como diría Churchill, ahora nos estamos adentrando en la era de las consecuencias.

El 31 de diciembre concluye el programa NextGenerationEU y con él la brutal inyección de dinero, sobre todo en España, para favorecer la transición energética. Al mismo tiempo, y particularmente desde el apagón del 28 de abril, las renovables están teniendo problemas para llegar al mínimo de horas para cobrar la prima, problema que ya comentamos cuando decayó el primer intento de decreto del Gobierno con el que se intentaba mitigar ese problema (luego sacaron otro con agostidad y, por lo que se ve, mayor aquiescencia de los actores políticos). Se añade a estos problemas la dificultad que van a tener algunas productores de satisfacer sus compromisos contractuales de provisión de "energía verde" a grandes consumidores industriales, que necesitan justificar sus emisiones de CO2 o si no pagar por los derechos de emisión. Y si incumplen estos compromisos, tendrán que pagar sustanciosas indemnizaciones.

Y, al margen de todo esto, lo que está claro es que va a haber un parón en los nuevos proyectos. No hay mercado. Hace tiempo que no lo hay. La rentabilidad de los proyectos no solo no está garantizada: es que está garantizado que no la tendrán. Nada indica que se vaya a producir un cambio de tendencia en el consumo de electricidad, a pesar de lo mucho que se publicitan los centros de datos por la irrupción de la IA para precisamente dar la impresión contraria. Pero los datos son inapelables: el consumo de electricidad continúa cayendo. Y es que incluso si el mercado repuntara, se necesitarían unos cuantos años para que se absorbiera la capacidad excedentaria actual.


España ha consumido en octubre de 2025 menos electricidad que en octubre de 2006.

Por supuesto, nadie va a reconocer que todo ha sido un mayúsculo bluff. Nadie va a reconocer que la transición al REI estará parada unos cuantos años, quien sabe si para siempre. Del mismo modo que, en la cumbre de Bélem, la UE y la propia España siguen hablando del objetivo de no superar los +1,5ºC de calentamiento cuando el último dato diario que tenemos indica que estamos a +1,8ºC y si miramos los últimos 365 días estamos por encima de +1,6ºC. No se va a reconocer la evidencia, ni con el Calentamiento Global, ni con el fracaso del REI, porque simplemente no hay narrativa alternativa. Tenemos que mantener el discurso porque no hay ningún otro, al menos a nivel oficial y políticamente aceptable.

2025 acabará, probablemente, en un baño de sangre en el sector eléctrico, en el que muchos pequeños promotores, muchos pequeños productores y algunos pequeños distribuidores van a quebrar. Eso servirá para reajustar el mercado, pero no va a permitir continuar al ritmo que se iba. Durante un tiempo parecerá que no pasa nada, o que pasa poco, por todos los proyectos que ya estaban en marcha, licitados o adjudicados y para los que el dinero necesario ya estaba comprometido. Pero poco a poco será evidente que prácticamente no se introducen proyectos nuevos. El grueso del sector aspira ahora a retoques del sistema: introducir baterías y que entren en el mix en condiciones favorables, proyectos de sistemas de estabilización (designados eufemísticamente como "mejoras de la red"), proyectos de hibridación (pequeños parques renovables con baterías, para poder desempeñar la función de producción y regulación de estabilidad), repotenciación de parques ya existentes... y poco más: algún proyecto nuevo, de tanto en tanto, pero lejos de la enorme cantidad de ahora. El REI no desaparece, pero se va a reducir, y mucho, en el curso de los próximos dos años. El volumen de negocio va a ser bastante más pequeño del que ha sido estos años, y también la carga de trabajo. No va a haber trabajo para tantos ingenieros, y los despidos van a ser norma.

Sobran ingenieros, sí. Y también sobran voceros. 

Todas esas personas que se dedican a hacer activamente lobby en favor del modelo REI durante estos años, personas muy activas en el frente comunicativo, con contactos en los medios, con capacidad de influencia. Personas que han estado acosándonos, a mi y al resto de personas que en el mundo académico hemos intentando explicar este sinsentido. Personas y organizaciones pensadas para la promoción del REI, ahora, van a sobrar. Ahora que el REI va a pasar a un discreto plano, la intensidad de su promoción tendrá que ajustarse a su nueva dimensión real.

Las últimas semanas han sido prolijas en manifestaciones esperpénticas de la impotencia de los proREI. Algunos intentan contrarrestar las malas noticias, particularmente las que cuelgo yo en mis ahora más escasas interacciones en las redes sociales, con argumentos cada vez más bobalicones (como que en 2025 ha aumentado la capacidad fotovoltaica instalada, eso sí, sin que sirva para nada). Otros siguen con su cruzada en pro del REI sin saber que ya está muerto: estos días un diario local se hacía eco de los resultados finales del Biopaís, un proyecto científico financiado por la Fundación Biodiversidad y que cuantifica de manera inequívoca el enorme e inaceptable impacto ambiental que tendría un parque eólico en la Bahía de Roses; pero, para contrarrestar el revés, lo contrapone a un folleto propagandístico de una asociación no científica que intenta promover el REI a toda cosa en Cataluña, al cual presenta como "otro estudio científico". Una manipulación tan artera y grosera que llama la atención por lo palurda, pero a la que por desgracia ese diario, bien engrasado por los intereses del REI, nos tiene acostumbrados. Este (enésimo) lamentable incidente me recordó al que vivimos hace unos años cuando sobre este mismo tema fuimos a hablar al Parlament de Catalunya, y, aparte de la manipulación mediática descarada (en la nota de prensa aparecía la opinión de la empresa y desapareció por completo mi intervención), tuvimos que soportar la actitud cínica, sesgada y de muy mejorable educación de la que ahora es Consellera del ramo, que contraponía a nuestros estudios científicos los trabajos de la empresa ("los otros científicos", según ella) y que nos designó de manera despectiva como "más activistas que científicos" (aparte de la falsedad evidente del aserto, da qué pensar que alguien que pertenece a un partido que se dice de izquierdas considere peyorativa la palabra "activista"). O sea, que para esta gente seguimos con la miseria de siempre. No saben, sin embargo, que los cheques dejarán de llegar.




Incidentalmente, también en estas semanas alguien me hizo notar que una buena parte de esta gente (pero muchos: hagan los deberes y lo verán meridianamente claro) están siendo financiados o lo han sido por la European Climate Foundation, una organización que parece respetable (al fin y al cabo, tiene la palabra "Climate" en su nombre) hasta que te das cuenta de que entre sus primeros financiadores se encuentra la Fundación Rockefeller. La cual tiene todo el derecho legítimo a financiar lo que quiera, pero obviamente no se puede negar de que probablemente tenga un sesgo inevitable en sus fines. Como dice Juan Bordera a los proREI que dicen defenderlo por razones ambientales: "Si tus intereses coinciden con los de Iberdrola, tienes que hacérterlo mirar".

Pero, como decimos, esto se acabó. Hay un excedente de lobbystas del REI. Y ahora viene la hora del ajuste, muchachos. Aunque no os lo queráis creer. Aunque no lo queráis aceptar. 

Algunos quedarán como grupo básico de presión del REI, a menor escala, adecuado a la nueva escala del REI. 

Otros, más cínicos y oportunistas, se apuntarán a la nueva burbuja renovable (como ya lo están haciendo algunos), alabando las bondades del biogás y los gases renovables, e introduciendo ya la falca de la biomasa. Ambas cosas, aberraciones abominables, de las que ya hemos hablado y de las que hablaremos a menudo en los próximos años.


Planta de biomasa en Puertollano inaugurada en 2020.

Para el resto, lo mejor es que se vayan buscando otro trabajo. Sobran tontos útiles. Gracias por los servicios prestados, pero ya os podéis ir a casa, muchachos.


Fuente: The Oil Crush

viernes, 2 de mayo de 2025

El apagón no tiene quien lo explique

 

 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor de la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Aún coleaban las chanzas que levantó la propuesta de la Unión Europea por recomendar a los ciudadanos comunitarios que se vayan dotando de un kit de supervivencia que nos sostenga vivos, al menos durante tres días, en caso de guerra (que es por lo que apuestan estos líderes europeos nuestros, necios y agresivos, y a lo que nos negamos a poner fecha), cuando se abatía sobre españoles y portugueses un apagón eléctrico espectacular, sin precedentes, sin fácil explicación y como una inquietante advertencia sobre las traiciones del progreso aun en tierras desarrolladas y francamente privilegiadas.


Subestación eléctrica.

Lo que nos obligó a dejar de lado la broma y a pensar seriamente, no sólo en ir haciéndonos con ese kit salvífico tan cariñosamente recomendado, sino de completarlo con algunas novedades del desarrollo tecnológico más avanzado, es decir, una vela, unas cerillas y una radio a transistores, lo que nos retraería, a los españoles, a los entrañables años de 1950, cuando la luz se iba cada dos por tres y había que disponer de quinqués de petróleo, candiles de aceite y velas eucarísticas para poder hacer frente a la recurrente adversidad.

Transcurridas las doce horas del desorden, con sus pérdidas globales (incluyendo algunas humanas), nada fáciles de evaluar, se ha abatido sobre el país, la clase política y los medios de comunicación la inevitable -urgente, justa, procedente- indagación sobre las causas del desastre y los responsables del mismo, desplegándose un colorido espectáculo de ideas y puyas, ocurrencias y navajazos.

A ver si ordeno el material y no me equivoco: las eléctricas dicen que si la demanda cayó que ellas no han sido, con los del PP de incondicionales lacayos; Vox, que el culpable es el Gobierno y sus maniobras de ocultación de crímenes oprobiosos; politiquillos de izquierda, pasándose de listos, que hay que nacionalizar la electricidad, como si la propiedad fuera determinante y la experiencia no hubieran demostrado hasta la saciedad que en estas cuestiones de redes y sistemas complejos la tecnocracia domina de forma absoluta e indiscutida (y que los tecnócratas, ya se sabe, carecen de color ideológico, resultando, sin más, peleles sometidos a la tiranía tecno-económica); politiquillos de derechas, reivindicando las nucleares (sin reconocer que nunca conseguirían imponerlas a sus ciudadanos: disparos, pues, de pólvora -oportunista- del rey); y los expertos, ¡ah, los expertos!, pues según de qué pie cojeen, lo natural. Veamos unos cuantos ejemplos y actitudes.


Central nuclear de Cofrentes.

Beatriz Corredor, presidenta de Red Eléctrica, aleja con verbo sobrado la posibilidad de que sea responsable el organismo de control de la red, que tan dignamente preside, y trata de alejar cualquier sospecha sobre las empresas (ya que el rebote contra ella sería inmediato). Y a la sugerencia de si va a dimitir, ha contestado que “en esta casa se ha trabajado bien, así que no voy a dimitir”. Pues claro. Veo oportuno recordar que Corredor fue ministra de Vivienda con Zapatero, cuyos éxitos incontestables (vista la situación de la vivienda en España) habrán debido constituir méritos suficientes para colocarla de jefa de Red Eléctrica, con más de medio millón de euros de salario al año (¡Cómo va a dimitir esta registradora de la Propiedad, ignara en voltios, vatios y hercios!).


Beatriz Corredor

Ignacio Sánchez Galán, amo de Iberdrola, ha dicho que las empresas eléctricas hacen lo que les manda Red Eléctrica (¡toma ya, presidenta Corredor!) y no responde cuando le señalan que la caída de la demanda se produjo “en el suroeste” del país, léase Extremadura, donde las plantas fotovoltaicas se han disparado últimamente y donde uno de los dos reactores de Almaraz estaba parado (todo ello en una geografía dominada por Iberdrola).


El presidente de Iberdrola, Ignacio Sánchez Galán.

Pedro Sánchez dice que no descarta ninguna hipótesis, supongo que con la esperanza de poder endosarle a Putin el mochuelo, y junto con su OTAN perspicaz se relame de gusto de solo pensarlo, esparciendo unas dudas maliciosas que han favorecido la credulidad del pueblo rusófobo, como yo comprobé en el bar del que soy parroquiano al iniciarse el apagón.

Antonio Turiel, científico experto en energía y crítico de moda (que me parece que ha optado por un rumbo de agotamiento y que le propongo evite), apunta con criterio y carga contra la improvisación y la falta de rigor con que se ha llevado a cabo la “explosión” de las renovables, dejando de lado las precauciones tecnológicas necesarias: “falta de estabilizadores”, dice, que impedirían oscilaciones excesivas de la frecuencia estándar; ya que inundar el sistema de energía renovable, que es caracterizada y eminentemente variable, es un riesgo permanente para tensión y frecuencia, como se estudia en primero de Electricidad; y no se priva de añadir, cuando le han tirado de la lengua, que “el apagón es producto de la codicia de las empresas eléctricas” (¡qué nos va a contar Turiel a los antinucleares de los 70 y los 80, los del “periodo clásico”).


Central fotovoltaica.

Total, que entre los interesados cuya misión es entorpecer la investigación, los políticos que toman el evento como preciosa ocasión de desenfundar el puñal, los expertos que creen que las soluciones de esta vida son científico-técnicas y los ecologistas vendidos a sus fuentes de financiación, hay que buscar con lupa el rastro del crimen, con el riesgo de seguir, por el barullo noticiero y las neblinas de la mente, pistas falsas y culpables aparentes.

No obstante, en esta como en tantas coyunturas la metodología del análisis ha de ser siempre la misma: acudir a las cuestiones de principio, a los fundamentos profundos, pero básicos, del cataclismo, y a no temer quedar fuera del estúpido cortejo de quienes proponen enmendar los yerros con los mismos hilos con que se han generado: ¿que el problema es de naturaleza tecnológica? ¡pues más tecnología, hombre, que es que no había suficiente!

Es esta, en consecuencia, una oportunidad perdida para ese núcleo de esperanza, resistente entre tanta tontería: el ecologismo avispado y oportuno, al que respalda una realidad inconsistente y una racionalidad mentirosa, y de cuya tradición y núcleo transformador surge el clamor contra la creciente complejidad de los sistemas sociotécnicos y la obsesiva centralización de la actividad y la vida social; lo que es singularmente cierto en el sector eléctrico. En efecto, la dimensión y rigidez de las grandes centrales, sobre todo las nucleares, la discrecionalidad abusiva del sector privado y la opción oficial por la agresividad ecológica (¿por qué llaman transición ecológica a lo que no es más que simple estímulo antiecológico con derroche, falacia y desmadre?). Pues nada de esto he podido apreciar, y aunque solo he dispuesto de la opinión oficial de la organización Ecologistas en Acción, siento que el ecologismo político necesario, el desacomplejado y acusador, no ha comparecido como debiera, y ha hecho mutis por el foro.

Abundaré, pues, en el caso de Ecologistas en Acción, que debieran recordar que solo el ecologismo posee la clave del papel social y ecológico de la energía, muy especialmente la eléctrica, y cuya opinión debiera haber sido la más certera, a la vez que dura y concreta; pero se han descolgado con una nota que muy bien podría haberla emitido el Ministerio de Transición Ecológica (al que están enfeudados, como si fueran un órgano lateral adscrito y dependiente). Y se callan que llevan años apoyando sin fisuras (y hasta con fiereza y espíritu inquisitorial) la inundación del país por energías renovables, declarando como dogma primerísimo que son la esencia, o piedra filosofal, de la lucha climática. A destacar, en esa nota, una mini alusión a las “microrredes…”, sintetizándolas como “acercar la producción a los puntos de consumo” lo que, siendo correcto e iluminador, no ha hecho mover ni un dedo a esta organización en su favor, dando cobertura sin embargo, dentro de su mismo seno, a forofos y codiciosos negociantes de las renovables y sus estudios de impacto.

Insisto en eso de las “microrredes”, elemento tan marginal en la nota de estos ecologistas que más bien debieron ahorrárselo: creo que remiten a lo que este cronista llama “comarcalización energética, y que explicó en 1980 con ocasión de un interesante ciclo celebrado en Zaragoza (Instituto Mediterráneo, Aula Dei) sobre “Electrificación rural y energías alternativas”. Era una ocasión tan oportuna como discreta, cuando estaba claro que la oleada de grandes centrales nucleares era un disparate desde todos los puntos de vista, incluyendo el funcional de la red, y que la racionalidad definitiva, es decir, la estabilidad y la seguridad, debían venir de la descentralización geográfico-energética, con interconexiones, desde luego, pero con la garantía sistémica de que los previsibles problemas técnicos o energéticos quedarían confinados a un área limitada y manejable, sin extenderse a toda la red. Posteriormente, en esta misma línea de racionalidad (que no debe ocultar nunca la oportunidad y sensatez que conlleva el eslogan radicalmente ecologista de que “lo pequeño es hermoso”) otros han llamado a este enfoque de organización de la red eléctrica “distribución eléctrica”, con más o menos el mismo sentido: dotar al territorio de redes locales -comarcales, regionales- que supongan la máxima cercanía y aprovechamiento de las energías naturales (no necesariamente renovables) a la demanda.

Otro elemento de juicio, que resulta tabú entre tanto moderno alienado, es que la informatización de todo añade riesgos adicionales nunca sufridos, que al combinarse con la obsesión de la centralización induce fragilidad y vulnerabilidad irremediables: de ahí que apagones como este resulten inevitables. Solo los ignorantes e incapaces de tener en cuenta las limitaciones (y perversiones) de la tecnología, puesta casi siempre al servicio de los negocios y no de la sociedad, pueden esperar mejoras netas de su aplicación irrestricta en el proceso productivo (cuando suele consistir en aplicaciones ambiguas, inseguras o peligrosas).

Porque, si rechazamos el oportunismo pernicioso de llamar renovables a las energías que siempre fueron consideradas -sobre todo por los ecologistas- como energías alternativas, tendremos que ceñirnos al profundo significado y la exigencia socioecológica de estas energías, que es estimular y adaptarse a una sociedad alternativa, que muestre signos y perspectivas de viabilidad y supervivencia, no como la que rige. Porque no es otra la función social y ética del ecologismo: proponer vías de convivencialidad y de imbricación con la naturaleza, apelando con insistencia y dureza a que los avances tecnológicos han de desenvolverse siempre -para que no traicionen y machaquen- “a la medida del hombre” (y de la mujer, habría que añadir hoy…), dando esperanzas en un mundo en el que sus dirigentes insisten en llevarnos al despeñadero. Por eso, la verdadera racionalidad energética (no la de los farsantes del MITECO y de sus beneficiarios) es seña originaria, prístina e irrenunciable del ecologismo como movimiento sociopolítico de innegociable carácter ético.


Central Eólica.

Y como telón de fondo, aunque resulte inaccesible a tanto zoquete surgido de la política, los negocios, la industria o la ciencia y la tecnología, recuérdese una y otra vez que no podemos seguir creciendo y creciendo, y mucho menos en consumo energético, llenándolo todo de voltios, vatios y amperios, y haciendo del sistema económico una insaciable máquina devoradora de energía, absurdamente compleja y peligrosamente frágil.


Redes de distribución de alta, media y baja tensión.

Sépase, pues, que apagones como este y otras desgracias generadas por el complejo científico-técnico, se repetirán, si no con más frecuencia, sí con mayor potencia devastadora.