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miércoles, 21 de enero de 2026

Hacer frente al chantaje imperialista de Trump sobre Groenlandia

 

 Por Gabriel Zucman   
      Economista francés. Catedrático en la Universidad de California en Berkeley desde 2015.​

Si la Unión Europea quiere frenar las ambiciones del hombre de la Casa Blanca, tendrá que hacer algo más que protestar. Tendrá que innovar, y eso significa apuntar a los oligarcas estadounidenses

     La idea de anexionar Groenlandia puede parecer una vuelta al imperialismo del siglo XIX. Pero la situación actual no tiene precedentes en algunos aspectos, tanto por las profundas relaciones económicas entre Europa y Estados Unidos como por la naturaleza idiosincrásica del actual ocupante de la Casa Blanca.


Donald Trump en una reunión con ejecutivos de empresas de gas y petróleo en enero de 2026.

No hay una respuesta fácil a los espinosos retos que plantea el expansionismo trumpista. Por lo tanto, el primer paso debe ser la humildad.

El segundo es tener claro qué es lo que realmente impulsa esta presión sobre Groenlandia.

La sociedad estadounidense no tiene ningún interés en anexionar Groenlandia. La idea no entusiasma a casi nadie, ni siquiera dentro de las filas republicanas. A diferencia de la campaña contra Nicolás Maduro en Venezuela, Groenlandia no encaja en una cruzada ideológica capaz de movilizar a la derecha estadounidense. Dinamarca no es un Estado enemigo. Es un aliado leal.

Por lo tanto, la explicación hay que buscarla en otra parte.

Como ha demostrado Casey Michel en The New Republic, las verdaderas fuerzas en juego son económicas. Las empresas extractivas estadounidenses codician la riqueza mineral de Groenlandia. Los multimillonarios de la tecnología y Wall Street cercanos a Trump ya han invertido allí. Y parte de la derecha libertaria fantasea con convertir Groenlandia en un patio de recreo desregulado para el capital.


Los oligarcas que presionan por la conquista de Groenlandia.

Este patrón no es del todo nuevo. Estados Unidos ya lo ha visto antes.

Durante la Edad Dorada (1870-1913), la extrema concentración de riqueza en el país coincidió con la expansión en el extranjero. Esa época, tan a menudo idealizada por Trump, fue también la era del colonialismo estadounidense, marcada por la anexión de Hawái, Puerto Rico, Guam y Filipinas.

Hawái, en particular, ofrece un precedente revelador. Su anexión fue orquestada por los magnates azucareros estadounidenses, que encubrieron sus intereses comerciales con el lenguaje de la geoestrategia y la seguridad nacional.

No hay necesidad de reducir el imperialismo únicamente a la economía. Pero la historia demuestra que cuando se celebran la desigualdad, la especulación y el extractivismo, pronto se produce una expansión más allá de las fronteras nacionales.

La diferencia entre la Edad Dorada y la era de Trump no es de naturaleza, sino de escala.

En 1910, el 0,00001 % más rico de los estadounidenses poseía una riqueza equivalente al 4 % de la renta nacional de Estados Unidos. Hoy en día, esa cifra ha aumentado hasta el 12 %. La riqueza y el poder de los oligarcas superan con creces su máximo alcanzado en la Edad Dorada.




Nota de lectura: Este gráfico muestra la evolución de la riqueza que posee el 0,00001 % más rico de los estadounidenses (es decir, las 19 mayores fortunas en 2025 y las 4 mayores en 1913), expresada como porcentaje de la renta nacional de Estados Unidos. Fuente: Emmanuel Saez y Gabriel Zucman, véase https://gabriel-zucman.eu/files/SaezZucman2020JEP.pdf

¿Qué se puede hacer?

La historia ofrece poco consuelo. Los movimientos antiimperialistas de finales del siglo XIX y principios del XX no lograron detener la expansión colonial, un fracaso que, en última instancia, contribuyó a la catástrofe de la Primera Guerra Mundial.

No hay una respuesta preparada. Europa debe inventarla.

La opción más prometedora es lo que podríamos llamar proteccionismo antioligárquico: construir un amplio frente antiimperialista que una a los oponentes internos de Trump con los países a los que amenaza.

Trump ha dejado claras sus intenciones. Planea apoderarse de Groenlandia, por consentimiento o por la fuerza. Ahora amenaza a ocho países europeos que se oponen a ello (Francia, Reino Unido, Alemania, Países Bajos, Suecia, Dinamarca, Noruega y Finlandia) con aranceles del 10 % a partir de febrero, que aumentarán al 25 % en junio.




Si el imperialismo está impulsado por el poder oligárquico, entonces hay que hacer frente al poder oligárquico.

Europa debería responder al chantaje de Trump con medidas específicas dirigidas no a los consumidores estadounidenses, sino a los multimillonarios estadounidenses.

El acceso al mercado europeo –por parte de los multimillonarios y las empresas de su propiedad– debería condicionarse al pago de un impuesto sobre el patrimonio: en efecto, un arancel para los oligarcas.

Si Elon Musk, por ejemplo, quiere seguir vendiendo Teslas en Europa, debería pagarlo. Si se niega, Tesla perdería el acceso al mercado europeo.

Este enfoque es factible y eficaz. El acceso al mercado podría condicionarse simplemente a que las multinacionales extranjeras identificaran a sus principales accionistas y proporcionaran pruebas de que se ha pagado el impuesto requerido.

Esta política tendría sentido incluso si Groenlandia no estuviera en juego. Lógicamente, debería aplicarse a todos los multimillonarios y a todas las multinacionales, no solo a los estadounidenses. Pero el expansionismo de Trump crea el momento político para actuar.


¡Pronto!

¿Cuáles son las alternativas?

No hacer nada invita a un chantaje sin fin. Europa lo está aprendiendo por las malas: en el verano de 2025 aceptó los aranceles estadounidenses sin represalias con la esperanza de resolver el asunto. El resultado no fue la estabilidad, sino la escalada. La extorsión trumpista no tiene un final natural.

Las herramientas existentes, como el mecanismo anticontracoacción de la UE, tienen un papel útil que desempeñar. También lo tienen el avance en la creación de un mercado profundo de eurobonos y la tributación adecuada de los gigantes tecnológicos. Pero el proteccionismo antioligárquico tiene una ventaja decisiva: abre una lucha en dos frentes contra Trump, en el ámbito nacional y en el internacional.

Al centrarse en la riqueza oligárquica en lugar del orgullo nacional, Europa puede frenar la capacidad de Trump para movilizar el resentimiento nacionalista y reunir a parte de la opinión pública estadounidense en torno a su agenda imperial.

Sigue existiendo el riesgo de que Trump tome represalias abandonando Ucrania, una amenaza que ya ha condicionado la reticencia de Europa a responder.

Pero la respuesta a ese problema no ha cambiado. Europa debe asumir la responsabilidad de su propia defensa y librar una guerra económica contra el poder estatal ruso: identificar los activos de los oligarcas, confiscarlos y gravar las grandes fortunas europeas para financiar la seguridad colectiva.

La lección se expuso hace décadas en el Manifiesto de Ventotene y no ha perdido nada de su fuerza: los momentos de crisis exigen el valor de descartar ideas obsoletas, aceptar lo impensable y rechazar los sistemas que ya no funcionan.


Fuente: Ctxt

sábado, 26 de agosto de 2023

Puzolánica: una saga mexicana a la murciana

 

Por Pedro Costa Morata 

Remontaba a malas penas la última brisa de la mar lejana por la amable topografía de esas pedanías -Tallante, Los Ruices, Los Puertos, la Magdalena, Perín…- y en el discreto núcleo llamado de San Isidro, en la pedanía y el hermoso paraje de La Magdalena, se reunían los vecinos de aquellas tierras para hablar, por segunda vez en el mismo mes (un ferragosto que ha resultado movidico en esos pagos, habitualmente apacibles), para discutir sobre qué hacer con las pretensiones de la empresa Cementos Mexicanos (Cemex) de explorar esas tierras para extraer la roca volcánica llamada puzolana, a partir de una cantera futura que los marcaría para siempre. Una empresa que, como suele expresarse la prepotencia de los grandes, viene en plan redentor de estas pedanías, a las que contempla como subdesarrolladas y necesitadas de su benéfica acción.


Pedanías del Oeste cartagenero.

No obstante, el primer dato, tanto de la situación en general como de la reunión a la que aludimos, es que el público asistente -numeroso, inquieto, expectante- lo componían centenares de ciudadanos que, más o menos en un 80 por ciento, acababan de votar unas semanas antes a esas derechas políticas que dominan la Comunidad Autónoma de Murcia y el Ayuntamiento de Cartagena, con sus prebostes bien asentados en sus puestos de dominio; pero a los que parecían ahora dispuestos a criticar y poner en la picota por el proyecto con que los obsequiaban: esa gracia a manos de Cemex. Una interesante muestra de rebeldía que, por increíble que parezca, muchos de los presentes pretendían llevar a cabo “sin política”, que es lo que en situaciones de incultura política se oye cuando, precisamente, la política oficial se abate, inmisericorde, sobre ciudadanos mal informados, manipulados y desguarnecidos.

Ese era el marco, aparentemente bien establecido, en estos días de agosto y en esas pedanías cartageneras. El núcleo material, visible, temible, de las discusiones, de las reuniones y de las inmediatas (e inevitables) tirrias surgidas era la oleada de catas mineras que anunciaban las autorizaciones administrativas emitidas por la Comunidad Autónoma, atentas y generosas con Cemex. Y como lo de entrar en las fincas, con o sin permiso de los dueños, los invasores mexicanos ya venían haciéndolo con esas autorizaciones en la mano, la organización oficiosa vecinal, Federación de Asociaciones de Vecinos de la Comarca de Cartagena (FAVCAC, digamos FAV), había empezado a moverse obligada, claro, por las primeras protestas vecinales, dispuestas a respetar bien poco del panorama preestablecido de mentiras, trampas y necedades.

Porque, en efecto, la Dirección General de Industria de la Comunidad Autónoma, ya dio en 2020 la autorización a la mercantil citada, para realizar esas catas como primera fase, la de investigación, en el conjunto de cuadrículas mineras delimitado por la misma, con un total de 790 hectáreas. Y, naturalmente, no se preocuparon gran cosa ni por el impacto y las consecuencias de esas autorizaciones en los vecinos afectados, por quienes tienen obligación estricta de velar, ni por el conflicto social que, probablemente, se produjera; sino que actuaron cono suelen desde siempre (antes, siendo estatal este organismo, y ahora, siendo autonómico): recibiendo con honores a cualquier pillo, grande o pequeño, con la cartera bien repleta de canalladas contra el pueblo y su medio ambiente, en este caso, minero o canteril.

El tercer protagonista de esta coalición de insensatos es el excelentísimo Ayuntamiento de Cartagena, que extiende su dominio en una abultada población de más de 200.000 habitantes, sobre la que pesa todo tipo de desgracias ambientales y sociales, pero que se apresuró a asegurar que en esto de las catas mineras no tiene nada que decir, puesto que carece de competencias; así lo ha señalado, sabiendo que miente, el concejal de Medio Ambiente, Pablo Braqueháis: que “velará por los intereses de la ciudad y los vecinos, y también por la protección paisajística” (La Opinión, 18 de agosto), que ya hay que ser mentecato para afirmar las dos cosas a la vez: la visión de la futura cantera, consecutiva con las catas, debió parecerle a este avispado edil un añadido de indiscutible calidad al paisaje de las pedanías.


                   Reunión de la Plataforma en Los Puertos de Santa Bárbara.


                                         Texto de rechazo de la cantera.


Con esta exhibición político-administrativa de necios e irresponsables, políticamente inscritos en un PP que se evidencia anti vecinal, nada tiene de extraño que los afectados en primera línea se hayan movido, reunido y organizado: y así, en la segunda reunión colectiva, la de San Isidro, crearon la Plataforma Comarca Oeste de Cartagena, dispuesta a ir contra todos esos más, claro, la cementera mexicana. Cemex es, en efecto, una de las más importantes, y poderosas del mundo, que ha entrado en la zona de autos con ese libro, o manual social, de operaciones con que se ha ganado la animadversión de medio mundo, la oposición de los habitantes del entorno de casi todas sus cementeras en España y 37 acciones de la Fiscalía Federal de México: y en su primera reunión con la FAV, protegidos por el ayuntamiento cartagenero, su capitoste, Antonio Cases, ya ha dicho que “la ley ampara que lleven a cabo estos trabajos sin el consentimiento vecinal” (La Opinión, 18 de agosto), chulería producto del ambientazo con que las autoridades halagan a su empresa y dada su costumbre de salirse (casi) siempre con la suya. Bueno, bueno (vaya, vaya).

Pero ese otro libro, o librillo (seremos modestos), que enseña sobre la agitación contra piratas, que recomienda la organización ad hoc de una estructura para afrontar cualquier amenaza o proyecto perjudicial, no ha gustado a los poderes y estructuras establecidas, en especial esa FAV que no se sabe bien por qué se arroga la exclusiva de la representación de los vecinos, y obstaculiza todo lo que puede la creación y el desarrollo de esa Plataforma. Nada, por otra parte, del todo ajeno a este mundo traidor, y menos a una FAV, la de Cartagena, que traga carros y carretas con la proliferación de crímenes, abusos y amenazas ambientales en su territorio, sin que se le conozca ningún aire especialmente reivindicativo; incompetencia que disculpará amparándose en que ella, en realidad, la FAV, no está para hacer política (aunque la financien los políticos), y que lo suyo es, ante todo y sobre todo, organizar las fiestas patronales, clamar contra los baches de las carreteras y cosas así.

Pero, fuera ironías, la FAV se empecina en no reconocer las razones e iniciativas de la Plataforma en armas, con lo que deberá verse abocada a disgustos y crisis nada recomendables. Porque la opinión de que no es fiable parece extenderse a partir, precisamente, de su insistencia obstruccionista. No ha mejorado nada su imagen tras la reunión mantenida por sus representantes con Cemex bajo los auspicios del Ayuntamiento de Cartagena, en la que han sido ninguneados por los munícipes y los directivos de la mexicana, a los que han tolerado que les espeten, en su cara, el bonito detalle de que “lo pueden hacer sin el consentimiento vecinal”. Una reunión que, pese a ello, el presidente de la FAV, Tomás Sánchez, presente en ella, la “valoró positivamente, como primera toma de contacto, por la predisposición de la empresa a escuchar a los vecinos” (La Verdad, 18 de agosto); opiniones que han puesto definitivamente en guardia a los de la Plataforma. Presidente y FAV, por supuesto, “siguen oponiéndose a todo tipo de actuación en la zona Oeste”, pero esa actitud, con inocultables visos de cuento y palabrería, no augura mucho de bueno ni -visto el tenor de esa reunión, recogido en la prensa regional- la ingenuidad que el presidente muestra al afirmar que, tras el encuentro, “queda abierto un canal de comunicación entre Cemex y su asociación para atender a los vecinos” (¿tienen idea, don Tomás y la FAV, de lo que se traen entre manos?). Así que, visto lo visto, la Plataforma se ve obligada a fungir de órgano de vigilancia hacia la FAV que, sin que deba extrañar a nadie, se empecina en dejarla fuera de juego, tomando como base de su hostilidad manifiesta una particular idea de la unidad de acción. Normal.

Total, que de golpe y porrazo, estas pedanías se han colocado en la misma trinchera en la que miles, incluso millones, de ciudadanos del mundo se aprestan a luchar contra la explosión mundial del extractivismo minero: una fiebre vinculada a la explotación de materias llamadas estratégicas y tierras raras, sustento esencial de este nuevo capitalismo que, siendo esencialmente tecnológico, se exhibe sin pudor como más antiecológico y antisocial que el de fases históricas anteriores, es decir, más tóxico, opresivo y engañoso.


Canteras en Peña Zafra (Fortuna).

Como marcan los tiempos (ignorancia, incompetencia, banalidad, de unos u otros protagonistas), las principales organizaciones ecologistas de la región, Ecologistas en Acción y Anse, cada vez más sincronizados en su proceso de institucionalización y mansedumbre, se han adherido a la FAV, si bien nominalmente, desde el mismísimo momento en que surge la polémica, digamos, interna (vecinal), ignorando la existencia de la Plataforma y, peor todavía, dando de lado al librillo citado, un manual básico de agitación y de respuesta que dice en su primer capítulo que las estructuras oficiosas nunca son, en principio, de fiar, por lo que la lucha contra las agresiones ambientales, actuales o potenciales, se debe de montar con instrumentos específicos de análisis y ataque. Estas dos versiones de ecologismo vigente hacen inevitable que surjan y se multipliquen en esta tierra las plataformas autónomas respondonas, que son las que acaban por dar el tinte y el rostro a un ecologismo de rechazo, urgente y peculiar, que no aporta, desde la sola experiencia, alternativas ni conciencia (verdaderamente) ecopolíticas. Es decir que, eludiendo implicarse, estas organizaciones permiten que un movimiento popular se hunda psíquica y éticamente si triunfa la provocación, o se diluya sin pena ni gloria, cuando ésta cese, sin apenas cambio social, dilapidando su inmensa capacidad pedagógica y transformadora; y eso -Ecologistas y Anse deben saberlo- ni es ecologismo ni lo ha sido nunca.

Frente a esta ofensiva extractivista general -que dan por ganadora tantos sectores, incluidos algunos de la izquierda política (pero desnortada)- la España inerme y crédula, con escasa capacidad de respuesta, reacciona mal y tarde (o nunca), y la oleada de amenazas y agresiones se cierne cada día sobre las cabezas de sus pacientes súbditos arrebatándoles el sueño y el futuro. El espectáculo es ilustrativo, pedagógico, casi emocionante: los votantes se sublevan contra los votados al darse cuenta de que los intereses de unos y otros van por caminos distintos, con frecuencia contradictorios: ejemplo, las pedanías del Oeste de Cartagena y el PP mayoritario.

El resumen de todo esto nos lo ofreció aquella señora que, entrevistada por la televisión en estas pedanías cartageneras, expresó su angustia con aquella frase que por sí sola vale por un tratado de sociología sobre nuestra España rural-electoral: “Pedimos a nuestra alcaldesa que nos ayude y nos eche una mano, que ya se la echamos en su momento a ella”.

Así que esto es lo que hay.