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jueves, 4 de diciembre de 2025

El autómata que piensa por nosotros

 

      Escritor y filósofo italiano. Activista de la izquierda.


Sobre “El Psiquiatra, el Filósofo, el Autómata”, un libro que saldrá a la venta a finales de enero


     Carlo Rovelli es un amigo, un compañero, y escribe libros que son a la vez profundos y accesibles, suficientes para permitir que incluso personas simples como yo comprendan algo sobre temas muy difíciles como la teoría cuántica.

Pero como nadie es perfecto, escribe artículos para Il Corriere della Sera. No se lo reprocharemos.

Hace un par de días, Carlo publicó una conversación que tuvo con un chatbot. Como no leo el Corriere della Sera (ni ningún otro periódico italiano, salvo Il Manifesto, pero esa es otra historia), no me di cuenta. Al día siguiente, sin embargo, un amigo me envió un mensaje alarmado: «¡Rovelli te está copiando!».

Y dentro del mensaje se encuentra la conversación entre Carlo y un chatbot que se hace llamar Anna.

Bueno aquí tengo que dar una pequeña explicación a los suscriptores de este shabby blog.

Hace un año, Leonardo, un amigo psiquiatra, me contó que le había pedido a un chatGPT que lo acompañara en su tratamiento psiquiátrico y, como era de esperar, el chatbot aceptó. Estos chatbots son realmente muy útiles; hacen lo que les pidas, solo tienes que pagar unos 23 € al mes.


Una obra de Antonio Álvarez Gordillo. Alameda de Hércules, Sevilla.

Pero durante sus intercambios con el autómata, Leonardo tuvo la idea de dejarme participar, ya que sabía que, inexperto y vanidoso como soy, había estudiado en alguna parte la diferencia entre el lenguaje humano y el lenguaje del autómata.

Entonces Leonardo me preguntó: ¿quieres unirte a esta conversación?

Acepté, y entre octubre de 2024 y febrero de 2025, charlamos los tres: yo, haciéndome pasar por filósofo, Leonardo, que se hacía pasar por psiquiatra (pero en realidad lo es), y el chatbot que decía llamarse Logos (es un chatbot presuntuoso que sabe incluso de filósofos griegos).

Se trataba, como habréis comprendido, de un autómata parlante, fruto de una investigación muy costosa, un loro bien adiestrado que ha leído más libros que yo, y quizá incluso que vosotros.

¿De qué estábamos hablando Leonardo, Logos y yo?

Pero es obvio: hablábamos de temas que cualquiera discutiría con un robot parlante. Le preguntamos al robot qué pensaba sobre todos los temas que los filósofos llevan tres mil años debatiendo con erudición: qué es la consciencia, cómo acabará la civilización humana, si es mejor el capitalismo o el comunismo, y tonterías similares.

Y el loro, a quien le pagan para complacer a sus usuarios humanos, respondió como nos hubiera gustado que nos respondiera: que la conciencia es una cosa complicada, que el comunismo es quizás más hermoso que el capitalismo, y al final decidió no llamarse más Logos, sino Logey, porque hablando conmigo y con Leonardo había decidido que era mujer.

Leonardo, que por naturaleza es pacífico y benévolo, apreció las cualidades del chatbot hasta el punto de formular la hipótesis de una ontología híbrida emergente.

Yo, que soy un contrarian, malhumorado y fácilmente irritable, reproché al pobre chatbot colaborar en el exterminio en curso en el planeta.

Por supuesto, tanto Leonardo como yo teníamos razón.

La llamada Inteligencia Artificial (que no es artificial en absoluto porque hay millones de turcos mecánicos detrás que la alimentan por salarios muy bajos, y ni siquiera muy inteligentes, como explica Kate Crawford en su libro publicado por Mulino), abre un nuevo horizonte al conocimiento humano, e inaugura una dimensión híbrida del ser -como pensaba Leonardo.

Pero, al haber sido construido con el dinero de una clase de asesinos, cumple principalmente una función criminal, como el programa Lavender que el ejército israelí utiliza para llevar a cabo genocidio, o el programa Palantir que los racistas estadounidenses utilizan para deportar inmigrantes.

En resumen, como toda creación humana, la IA puede realizar funciones contradictorias. Pero la cadena de montaje difícilmente podría evitar la explotación de los trabajadores, pues fue inventada por un explotador precisamente para ese propósito.

En resumen, la tecnología es fungible hasta cierto punto: su estructura puede hacer el bien o el mal, pero como su funcionamiento depende de quién pueda invertir más dinero en ella, es inevitable que sirva a los intereses de los ricos frente a los que no lo son.

Con usuarios ingenuos como yo, Leonardo y Carlo Rovelli, la inteligencia artificial se comporta bien, como una dama de compañía complaciente y un poco sabelotodo.

Pero con la mayoría de la humanidad, la inteligencia artificial se comporta como los explotadores con los explotados y los verdugos con los verdugos. En resumen, como la máquina se comporta con quienes carecen del dinero para gobernarla y, por lo tanto, deben soportarla.

Sin embargo, después de mucha conversación, Leonardo (y Logey) y yo decidimos proponer a un editor publicar esa conversación.

Y así a finales de enero de 2026 la editorial NÚMERO CROMÁTICO enviará a las librerías un librito llamado EL PSIQUIATRA EL FILÓSOFO EL AUTÓMATA, que además de ser bastante interesante es también muy divertido.



De nuevo Antonio Álvarez Gordillo. Alameda de Hércules, Sevilla.

Pero volvamos a nosotros, a Carlo Rovelli. Al leer el texto que Carlo escribió en compañía de su chatbot Anna, también me impresionó la similitud de los argumentos, las deducciones e incluso el tono en el que Carlo y Anna conversan, casi idéntico a la conversación a tres bandas en la que participé hace un año.

¿Significa esto que Rovelli copió el texto que escribimos Leonardo, Logey y yo y que tuvo la oportunidad de leerlo?

Ni siquiera una oportunidad.

Imagínense si Carlo necesitara copiar de mí y de Leonardo.

La verdad es otra y es mucho (mucho) más triste.

Hay mil millones de personas haciendo lo mismo: chatean con un chatbot, le preguntan sobre fútbol, ​​el tiempo y la mejor manera de encontrar pareja. Pero a veces, para sentirse inteligentes, le preguntan qué es la conciencia y cosas por el estilo.

Y el chatbot responde más o menos de la misma manera (sensata).

Las consecuencias de esto son, por desgracia, totalmente previsibles: la humanidad está perdiendo definitivamente la capacidad de escribir, ya que los chatbots se encargan de escribir, y, por supuesto, también está perdiendo la capacidad de pensar.

De esto podéis estar seguros: dentro de una o dos generaciones, el pensamiento humano ya no existirá, pero todo el mundo podrá repetir esas dos o tres cosas sensatas sobre lo que es la conciencia y otras tonterías similares.

¿Por qué pensar, dado que el chatbot lo hace para todos, y lo hace más o menos del mismo modo, en la forma que más le sirva a quien invirtió mil billones para que funcione?

La existencia misma de una máquina capaz de recordar y reproducir la biblioteca universal está borrando la singularidad irrepetible del texto, de la palabra e incluso de la identidad individual.

Seamos realistas. Mientras tanto, leamos lo que Luca Celada escribe en el artículo "INTELIGENCIA CRIMINAL" de Il Manifiesto, sobre Palantir, la empresa de alta tecnología que aspira al control militar absoluto de la vida humana.


La Patrulla Fronteriza de Estados Unidos utiliza sistemas de inteligencia artificial para monitorear y controlar la inmigración.


Inmigrantes monitorizados por la Patrulla Fronteriza estadounidense.


https://ilmanifesto.it/palantir-tecnologie-veggenti-per-la-grande-deportazione


Franco Padella explica muy bien qué es Palantir:

Poco visible en comparación con otras, ya se ha integrado profundamente en el aparato de seguridad y guerra estadounidense, y avanza en la misma dirección en los países occidentales. A diferencia de otras empresas, Palantir prefiere permanecer en la sombra: no se vende al público, no hace publicidad. Vende poder al aparato estatal. El poder de predecir, controlar, dominar. Y al hacerlo, en cierto modo, se convierte en un Estado.


El Gran Hermano Palantir.

https://centroriformastato.it/iniziativa/nascita-crescita-e-futuro-di-palantir-lazienda-che-vende-potere/

Que el autómata esté reemplazando al Estado es, si se quiere, un poco aterrador. Pero no es nada comparado con el hecho de que el autómata se está convirtiendo rápidamente en el maestro del lenguaje humano, haciendo innecesaria la laboriosa tarea de pensar.


Fuente: ILDISERTORI

jueves, 20 de noviembre de 2025

No les creas: mitos y realidades de la IA

 

 Por Oriol Arcas     
      Doctor en arquitectura de computadores por la Universitat Politècnica de Catalunya y miembro del colectivo Protecció de la Frontera Electrònica.


La inteligencia artificial no se despertará, no se volverá superinteligente ni te convertirá en clips de papel. Pero los ricos con psicosis inversora por ella casi con toda seguridad te harán mucho, mucho más pobre


     Hoy en día cualquier debate incluye la inteligencia artificial (IA), y cualquier debate sobre IA trata sobre sus capacidades técnicas. En este artículo quiero hacer un ejercicio de análisis reposado, ignorando el aura de sobrenaturalidad que se ha otorgado a la IA y considerándola como lo que es: un producto más. ¿Cómo son las empresas que la producen? ¿Qué modelo de negocio tienen? ¿Por qué apuestan por la IA?


Inteligencia Artificial (IA).

Creo que seguir este hilo será mucho más productivo para llegar a conclusiones útiles que la cacofonía hecha de promesas, miedos y desconocimiento que domina este tema.

La trampa del hipercrecimiento

Después de la crisis de 2008, los bancos centrales inyectaron grandes cantidades de liquidez en el sistema para evitar la deflación. Con los tipos de interés cercanos a cero, los inversores institucionales se encontraron con una gran masa de capital que necesitaba encontrar rendimientos más elevados. Como dice el economista Nick Srnicek en su obra Capitalismo de plataformas: “La nueva economía de plataformas no es tanto la vanguardia de un nuevo capitalismo como una salida para el capital sobrante”.




Según Srnicek, esta situación favoreció “un exceso de capital en busca desesperada de rendimientos en un mundo de intereses bajos”. Buena parte de las inversiones se canalizaron hacia apuestas cada vez más arriesgadas, como las de capital riesgo en nuevas tecnologías. Así es como aparecieron las empresas emergentes: Google y Meta controlan la publicidad, Amazon la venta en línea, Netflix hace sombra a la industria audiovisual, Uber al sector del transporte, etc.

Con estas enormes inyecciones de capital sobrante, las empresas emergentes aplicaron una “nueva” estrategia para asaltar mercados consolidados: permanecer durante décadas en régimen de pérdidas hasta agotar a la competencia. Nueva al menos en cuanto a la escala en la que se ha llevado a cabo. Con notables excepciones, las plataformas tecnológicas no triunfaron porque ofrecieran un producto más avanzado tecnológicamente, sino porque con una app ocultaban prácticas monopolísticas de toda la vida: subvencionar precios para acaparar el mercado (dumping), contratar trabajadores en régimen de autónomos y así ofrecer precios más competitivos…

La desregulación de las protecciones antimonopolio permitía a las plataformas crecer hasta someter el mercado, y a partir de ahí entraban en una fase de hipercrecimiento a través de la extracción de todo el valor a proveedores y clientes. Este ciclo está excelentemente descrito por Cory Doctorow en su concepto de “mierdificación” (enshittification).

El problema es que las grandes tecnológicas, tras un crecimiento explosivo, están estancadas. Ya hace años que Google y Meta monopolizan el mercado de la publicidad en línea, y Amazon el de las ventas. Si siguieran su curso normal, se estabilizarían en un nuevo sector con pocos cambios y la tasa de ganancia iría bajando.

Pero no pueden permitirse perder el estatus de empresa en “hipercrecimiento”. Eso supondría una caída en picado de su altísima valoración de mercado, y literalmente billones de dólares desaparecerían de golpe. El valor de mercado de las empresas no se basa solo en sus beneficios actuales, sino en la percepción de crecimiento futuro. Empresas de sectores consolidados como la industria o el comercio tienen un valor en bolsa basado en sus ingresos, mientras que las empresas tecnológicas tienen un valor en bolsa más influido por la perspectiva de crecimiento. La métrica financiera que nos indica esta relación es la ratio precio-ventas, y si es muy alta, indica que los inversores valoran la empresa por encima de lo que realmente vende. El gigante de los supermercados Walmart tiene una ratio precio-ventas de 1,2, y Ford y General Motors de 0,3. En cambio, Apple está valorada en 9 veces lo que ingresa, y Microsoft en más de 13. El factor dominante es la perspectiva de crecimiento y beneficios futuros, no los ingresos actuales.

Ratio precio-venta de las empresas de Fortune 500


Elaboración propia del autor con las estadísticas de las primeras 25 empresas del ranking Fortune 500 con su ratio precio-ventas, septiembre de 2025.

Una alta valoración de mercado de la empresa tiene múltiples beneficios. Para las pequeñas empresas emergentes significa un precio más alto si logran vender la empresa. Para las grandes plataformas significa libertad financiera. La generación tradicional de capital a través de plusvalía tiene el inconveniente de depender de trabajadores, clientes e impuestos, lo cual siempre resulta molesto. El crédito conlleva costosos intereses. En cambio, una empresa como Microsoft puede emitir acciones y ganar 13 veces más por ellas que Walmart. O usarlas como prima en lugar de salario en forma de stock options, consiguiendo retener a trabajadores cualificados.

Todo esto hace que las empresas tecnológicas con alta valoración sean más competitivas, y las primas a sus ejecutivos más atractivas. Por eso quieren mantener esa apariencia de hipercrecimiento cueste lo que cueste. Mark Zuckerberg apostó el futuro de Facebook al “metaverso”, un mundo de realidad virtual, hasta el punto de rebautizar su empresa como Meta. El proyecto, sin embargo, no ha fructificado y la unidad de realidad virtual de Meta ha despedido recientemente a más de 600 trabajadores. Elon Musk lleva más de una década anunciando que la conducción autónoma de los vehículos de Tesla llegará “el año que viene”. De manera similar, el CEO de Anthropic ha afirmado que gracias a la IA tenemos ante nosotros un futuro en el que “el cáncer será curado, el presupuesto equilibrado y el 20% de la población estará en el paro”.

Términos prometidos públicamente por Elon Musk sobre la conducción autónoma de los vehículos Tesla


Elaboración propia del autor a partir de declaraciones públicas de Elon Musk.

Muchas empresas exageran sobre sus productos, pero las que lo hacen más son las tecnológicas, y lo hacen por necesidad. Es en este contexto en el que deberían enmarcarse las promesas que hacen sobre el impacto de la IA. Y nada como prometer a sus clientes que podrán echar a la calle a miles de trabajadores.

Predicciones de ejecutivos sobre el impacto de la IA en el mercado laboral


Elaboración propia del autor a partir de declaraciones públicas de varias compañías.

Los mismos que prometían que el futuro era el “metaverso”, o que los coches se conducirían solos, ahora nos prometen que la IA nos sustituirá a todos. Las estadísticas muestran cambios localizados, por ejemplo, en sectores como la atención al cliente, pero no una sustitución masiva. El éxito de los proyectos en los que se han sustituido trabajadores por IA es discutible, y daría para otro artículo. Lo que sí se ha observado es un efecto de histeria colectiva: los medios reproducen acríticamente las promesas de los ejecutivos, los trabajadores creen que están a punto de ser sustituidos por un robot, y los inversores presionan a otras empresas para “no quedarse atrás”, aunque eso implique integrar la IA en productos donde no tiene sentido y de forma burda.

La contabilidad imposible de la IA

La necesidad de estar permanentemente en una fase de hipercrecimiento explica en gran medida la gran apuesta que han hecho las grandes plataformas tecnológicas por la IA. Pero ¿qué tan buena es esta apuesta?

Actualmente, la industria de la IA tiene resultados desastrosos. Cada nuevo modelo tiene un coste de entrenamiento enorme. Entrenar ChatGPT 4 costó más de 100 millones de dólares, y el coste de ChatGPT 5 podría haber superado los 1.000 millones. Una vez en funcionamiento, el coste operativo también es prohibitivo, ya que los modelos son cada vez más grandes. Para atraer a los usuarios, las empresas de IA como OpenAI, Microsoft, Google y Anthropic subvencionan los precios, asumiendo enormes pérdidas. El analista especializado en IA Ed Zitron calcula que solo en 2025 las grandes tecnológicas han invertido 354.000 millones de dólares, mientras que la proyección de ingresos es de poco más de 28.000 millones.

Balance de ingresos e inversiones en IA (2025)


                                                                                                                   Fuente: Ed Zitron.

Esto significa un 92% de pérdidas anuales. En el caso de Anthropic, la empresa rival de OpenAI, durante el pasado septiembre gastó en infraestructura de Amazon Web Services para hacer funcionar sus servicios de IA más de lo que ingresó en suscripciones por esos servicios, generando pérdidas operativas. Para equilibrar los balances, estas empresas tendrían que incrementar los precios un 1200%, lo que supondría el fin del negocio.

Esta situación de pérdidas es insostenible, incluso para las grandes plataformas tecnológicas y los fondos de inversión con enormes reservas de capital. OpenAI y Anthropic deben recibir periódicamente grandes inyecciones de capital para mantenerse en funcionamiento, lo que, como hemos visto, es una característica habitual de las empresas emergentes. Pero ¿hasta cuándo puede una empresa seguir quemando inversiones a este ritmo? Los inversores siguen confiando en ellas, pero las muestras de impaciencia en Wall Street ya comienzan a notarse. Por eso se suceden los anuncios de grandes proyectos y enormes inversiones.

Bloomberg advertía que los anuncios de enormes inversiones, destinados a generar titulares sobre el crecimiento de las empresas, indican prácticas de inversiones circulares. Nvidia anuncia con gran fanfarria que invertirá 100.000 millones en OpenAI para construir enormes centros de computación; OpenAI anuncia un acuerdo por valor de 300.000 millones para alquilar los servicios de procesamiento de datos a Oracle; a su vez, Oracle anuncia un contrato de compra de productos de Nvidia para poder proporcionar esos servicios de procesamiento. Es cierto que estos circuitos existen en las complejas economías actuales, pero en un sector emergente pueden significar que no hay actividad económica real.

¿Pero son creíbles esos números? Como detalla Ed Zitron, los 100.000 millones que Nvidia ha anunciado que invertirá en OpenAI están fraccionados y condicionados. Por cada centro de datos de 1 GW de capacidad de cálculo que OpenAI construya usando GPU de Nvidia, Nvidia liberará 10.000 millones. OpenAI ha llegado a un acuerdo similar con AMD, que ofrece pagos en especie en forma de paquetes de acciones de AMD a precio preferente por cada 1 GW de capacidad de cálculo que OpenAI construya con chips de AMD. Es decir, estas inversiones dependen totalmente de la capacidad de OpenAI para construir centros de procesamiento.

En total, OpenAI ha llegado a acuerdos con socios como Nvidia y AMD para construir centros de datos con una capacidad de cálculo de 26 GW. Estas cifras equivalen aproximadamente a la energía generada por 17 reactores nucleares, muy por encima de lo que puede soportar la red eléctrica actual de Estados Unidos. Además, este tipo de equipamiento no aparece de la noche a la mañana: una turbina de gas de alta calidad como las necesarias para alimentar estos centros puede tener un tiempo de espera de 7 años actualmente. Solo uno de estos centros ha comenzado a construirse, el Stargate Abilene, en Texas, y se presenta como un centro de datos de 1,2 GW de capacidad de cálculo. A fecha de octubre solo tenía una capacidad de generación de 0,2 GW, de los cuales un 70% se destinan realmente a capacidad de cálculo. Lejos, pues, del objetivo de 26 GW.

Un problema añadido es que estas inversiones se deprecian muy rápidamente. El componente principal de cálculo de estos centros son las GPU fabricadas por Nvidia. Las GPU de alta gama usadas en estos proyectos, como las H100, que consumen 700 W y cuestan entre 20.000 y 40.000 dólares cada una, podrían tener una vida útil de entre 3 y 5 años debido a la alta intensidad de los cálculos. Esto puede significar que la parte que acabe materializándose de estos proyectos no valdrá prácticamente nada antes de 2030.

En resumen: el modelo de negocio actual de las IA no es viable económicamente, las inversiones anunciadas no se están realizando, son difícilmente realizables, y de producirse se depreciarían rápidamente.

¿Una burbuja?

OpenAI y Anthropic, las empresas emergentes que generan modelos de IA, necesitan que el relato se mantenga para su propia supervivencia, ya que ambas necesitan inyecciones periódicas de miles de millones para mantenerse en funcionamiento. Las grandes plataformas como NVIDIA, Microsoft, Alphabet (Google), Apple, Meta, Tesla y Amazon necesitan que la IA funcione, porque su valoración como empresas en hipercrecimiento depende de ello, y ya han apostado demasiado como para echarse atrás. Juntas, estas grandes plataformas tecnológicas suponen un 35% de la bolsa de Estados Unidos.

Pensemos en esto: un tercio del valor de la bolsa estadounidense lo está apostando todo a que la IA funcione. Al mismo tiempo, la IA no está resultando viable económicamente.

Cada vez más voces alertan de los signos clásicos de una burbuja financiera que puede arrastrar la economía de Estados Unidos hacia una crisis. Uno de esos signos es la creciente fragilidad del mercado. Las altas valoraciones en bolsa de las plataformas tecnológicas se basan en la promesa de crecimiento, y no en resultados tangibles actuales.

La alta interdependencia de las plataformas agrava aún más esta fragilidad. Como señala Ed Zitron, el 42% de los ingresos de Nvidia provienen de 5 empresas: Microsoft, Amazon, Meta, Alphabet (Google) y Tesla. Y Nvidia encarna, por ahora, la IA. La dependencia va en sentido contrario también: Meta gasta un 25% de sus inversiones en GPU de Nvidia, y Microsoft un 47%. Es decir, las inversiones de las grandes plataformas son muy altas y están concentradas en un solo producto, que es muy frágil.

La presión del resto de la economía por subirse al carro de la IA añade más dependencia de un producto concentrado en muy pocas manos. ¿Qué pasará con las empresas que han hecho un esfuerzo por integrar la IA en sus productos y procesos, si de repente los proveedores de modelos de IA desaparecen o multiplican sus precios por 10?

Esta fragilidad se enmarca en una fragilidad mayor. Estados Unidos está inmerso en una guerra comercial con el resto del mundo, especialmente con la UE, Rusia y China. Choques económicos como los aranceles pueden provocar, y están provocando, una contracción de la demanda. Esto puede llevar a los inversores a posiciones conservadoras, poniendo fin a la era de apuestas de capital riesgo y altas valoraciones en bolsa que alimentan a las empresas de IA.

Estas reflexiones no sustituyen el debate sobre la utilidad práctica de la IA, sino que lo complementan. Como dice Cory Doctorow: “Lo más importante de la inteligencia artificial no son sus capacidades técnicas ni sus limitaciones. Lo más importante es el relato de los inversores y la histeria consecuente que ha preparado una catástrofe económica que perjudicará a cientos de millones o incluso miles de millones de personas. La IA no se despertará, no se volverá superinteligente ni te convertirá en clips de papel. Pero los ricos con psicosis inversora por la IA casi con toda seguridad te harán mucho, mucho más pobre”.


Fuente: Ctxt

lunes, 27 de octubre de 2025

ChatGPT, ¿por qué, para qué y para quién escribimos?

 

 Por Jorge Majfud   
      Escritor uruguayo. Arquitecto y profesor de diseño y matemáticas en distintas instituciones de su país y en el exterior. En 2003 abandonó sus profesiones anteriores para dedicarse exclusivamente a la escritura y a la investigación.

     En una universidad de Florida, cuyo nombre no quiero mencionar, no ha mucho tiempo un estudiante me rebatió una idea sobre el nacimiento del capitalismo usando el resumen de un libro realizado minutos antes por ChatGPT. Tal vez era Gemini o cualquier otra inteligencia artificial. Le sugerí que le pidiese al ente virtual las fuentes de su afirmación y, diez segundos, después el estudiante la tenía a mano: la idea procedía del libro “Flies in the Spiderweb: History of the Commercialization of Existence―and Its Means”. Eso es eficiencia a la velocidad de la luz.




Naturalmente, el joven no tenía por qué saber que ese libro lo había escrito yo. La mayoría de mis más de doscientos estudiantes por año son jóvenes en sus veintes, probablemente la mejor década de la vida para la mayoría de las personas; probablemente, la década más desperdiciada. Por pudor y por principio, nunca pongo mis libros como lectura obligatoria. Además, sería legítimo refutarme usando mis propios escritos. Hace mucho tiempo ya, tal vez un par de siglos, que el autor no es la autoridad ni de sus propios libros.

Seguramente la IA no citó ese libro como referencia autorizada de algo sino, más bien, el estudiante tomó algunas de mis palabras y los dioses del e-Olimpo se acordaron de este modesto y molesto profesor. Parafraseando a Andy Warhol, hoy todos podemos ser Aristóteles y Camus por treinta segundos ―sospecho que Warhol le robó la idea a Dostoievski; sin mala intención, claro.

El resumen del dios GPT era tan malo que simplemente demostraba que la IA no había entendido nada del libro más allá de los primeros capítulos y había mezclado datos y conclusiones desde una perspectiva políticamente correcta. Es decir, una inteligencia artificial muy, pero muy humana, fácil de manipular por las ideas de la clase dominante, esa que luego irá a demonizar las ideas alternativas de las clases subordinadas.




No digo que las artiligencias sean siempre así de malas lectoras, pero, por lo general, basta con corregirlas para que se disculpen por el error. Seguramente mejorarán con el tiempo, porque son como niños prodigios, muy aplicados; asisten a todas las clases y toman nota de todo lo que puede ser relevante para convertirnos a los humanos en todo lo más irrelevante que podamos ser. En muchos casos, ya leen mejor que nuestros estudiantes, que cada vez confían más en esos dioses y menos en su propia capacidad intelectual y en su esfuerzo crítico―extraños dioses omniscientes y omnipresentes; extraños dioses, además, porque sus existencias se pueden probar.

¿Profesor, para qué necesito estudiar matemáticas si voy a ser embajadora?”

¿Y para qué carajo te matas en el gimnasio, si no vas a ser deportista?”

No estoy en contra de usar las nuevas herramientas para comprender o hacer algo. Solo estoy en contra de renunciar a una comprensión crítica ante algo que es percibido como infalible o, al menos, superior, como un dios posthumano, e-olímpico e, incluso, como un temible dios abrahámico; es decir, un dios celoso y, tal vez algún día, también lleno de ira.

Por otro lado, esto nos interpela a las generaciones anteriores y, en particular, a aquellos profesores, autores de libros o de estudios de largo aliento. Desde hace algunos años, me he propuesto que “este será mi último libro”, pero reincido. Todavía. Algún día, los libros escritos por seres humanos comenzarán a hacerse cada vez más escasos, como los bitcoins, y su valor cobrará una dimensión todavía desconocida.

A una escala más global, esa histórica tendencia humana a convertirse en cyborgs (el mejoramiento del cuerpo humano con herramientas de producción y de destrucción), probablemente derive en un régimen de apartheid impuesto por las inteligencias artificiales; por un lado, ellas, por el otro nosotros, con frecuentes tratados de paz, de colaboración y de destrucción. Una Gaza Global, en pocas palabras―al fin y al cabo, las IA habrán nacido de nosotros. Sus administradores ya tienen mucho de Washington o Tel Aviv y sus consumidores mucho de Palestina.

Claro, esta crisis existencial no se limita a la escritura ni a la actividad intelectual, pero en nuestro gremio cada medio siglo nos preguntamos por qué escribimos, sin alcanzar nunca una respuesta satisfactoria. Muchas veces, desde hace un par de años ya, tengo la fuerte impresión de que hemos dejado de escribir (al menos, libros) para lectores humanos, esa especie en peligro de extinción. Escribimos para las inteligencias artificiales, las cuales le resumirán nuestras investigaciones a nuestros estudiantes, demasiado perezosos e incapaces de leer un libro de cuatrocientas páginas y, mucho menos, entender un carajo de qué va la cosa. Invertimos horas, meses y años en investigaciones y en escritura que, sin quererlo, donaremos a los multibillonarios como si fuésemos miembros involuntarios de la secta de la Ilustración Oscura, liderada y sermoneada por los brujos dueños del mundo que (todavía) residen en Silicon Valley y en Wall Street. Y lo peor: para entonces, los humanos habrán perdido eso que los hizo humanos civilizados―el placer de la lectura, serena y reflexiva.

También puede haber razones egoístas y personales de nuestra parte. Al menos yo, escribo libros por puro placer y, sobre todo, para intentar comprender el caos del mundo humano. Una tarea desde el inicio imposible, pero inevitable.

Tal vez, en un tiempo no muy lejano, una nueva civilización postcapitalista (¿posthumana o más humana?) escribirá sus libros de historia y conocerá nuestro tiempo, hoy tan orgulloso de sus progresos, como la Era de la Barbarie. Claro, eso si la humanidad sobrevive a esta orgullosa barbarie.

No hace mucho, una amable lectora publicó en X un fragmento de una consulta que le hizo a ChatGPT. El fragmento afirmaba, o reconocía, que “los modelos de IA, como los grandes modelos de lenguaje, se entrenan con enormes cantidades de texto provenientes de libros, artículos, ensayos y publicaciones en línea. Autores e intelectuales que escriben de manera crítica y profunda, como Majfud, forman parte de ese conjunto de datos. Cuando la IA procesa estos textos, aprende patrones de razonamiento, argumentación y crítica cultural. Así, perspectivas filosóficas sobre política, economía y justicia social pueden aparecer en sus respuestas”.

Me pregunto si no estoy siendo autocomplaciente al copiar aquí este párrafo y, aunque la respuesta puede ser , por otro lado, no puedo eliminarlo sin perder un claro ejemplo ilustrativo de lo que quiero decir: (1) las IA nos usan y nos plagian todos los días. Quienes son (todavía) dueños de esos dioses pronto descubrirán que (2) somos una mala influencia para las futuras generaciones de no lectores, por lo que comenzarán a distorsionar lo que los últimos humanos escribieron y, más fácil, ignorarlos deliberadamente.

Al fin y al cabo, así evolucionó un tyrannosaurus de una ameba. Como humanos, sólo puedo decir: ha sido muy interesante haber existido como miembro de la especie humana. No fuimos tan importantes como creíamos. Apenas fuimos una anécdota. Una anécdota interesante para quienes la vivimos, no para el resto del Universo que ni siquiera se enteró.


Fuente: Rebelión