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martes, 3 de marzo de 2026

La guerra contra los persas

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.

Irán no es Irak pero no está claro que los enloquecidos criminales de Washington e Israel comprendan con quién se las tienen

     Curiosa guerra la de los doce días contra Irán, en la que las tres partes implicadas, Israel, Estados Unidos e Irán, se declaran vencedoras. Falta un informe de daños fiable, pero es evidente que Irán ha sufrido: han devastado su sistema de defensa antiaéreo y sus infraestructuras, lo que agrava su frágil situación económica, y también han dañado sus instalaciones nucleares (no sabemos cuánto). El gobierno iraní admite todo eso. Pero aunque su economía esté muy tocada, en la población hay más apoyo al régimen que antes de esos doce días.


Aniversario de la Revolución Islámica celebrado en Teherán, Irán, en febrero de 2015.

Respecto a Israel, nunca había sufrido un ataque de tal envergadura. Se ha acabado el mito de su invulnerabilidad militar. Toda la ayuda antiaérea y de intercepción de Estados Unidos y las potencias europeas, con cazas, barcos e interceptores que se sumaron a su propio sistema, no ha impedido que su territorio fuera un coladero para los misiles del adversario. The Telegraph informaba el 5 de julio de que los misiles iraníes impactaron directamente en cinco instalaciones militares. Además, el combate parece haber revelado la fragilidad industrial del bloque occidental, como informó The Guardian el 8 de julio: el conflicto ha consumido el grueso de los misiles interceptores Patriot de Estados Unidos. El agotamiento de los stocks israelíes y americanos habría determinado el alto el fuego. En Israel, estricta censura de los daños encajados, revelador alcance de lo que el exanalista de la CIA Larry C. Johnson describe como “el síndrome Samsonite” (por el elevado número de ciudadanos israelís que hicieron las maletas hacia Chipre y otros lugares), y el habitual parte de victoria, pese a que el objetivo de la guerra ha fracasado:1) un cambio de régimen en Teheran, a la siria, 2) debilitar a los Brics, Rusia y China, y 3) difuminar el genocidio.


Objetivos alcanzados por los misiles iranís en Israel durante la guerra de los doce días.

Respecto a Estados Unidos, no hay información de satélites que confirme la afirmación de Trump, y de los propios israelíes, de que el programa nuclear de Irán haya sido “devastado”. En lo que sí hay coincidencia es en el pronóstico de que esta guerra tiene futuro asegurado. “Ha sido la primera guerra directa entre Irán e Israel y probablemente no será la última”, dice Amos Yadlin, presidente del think tank israelí Mind Israel. “El alto el fuego es frágil y la guerra puede reanudarse en cualquier momento”, opina el politólogo irano-estadounidense Kaveh Afrasiabi. “La sensación en Teherán es que Israel volverá a atacar porque la primera agresión no ha acabado muy bien para ellos.


Esta foto, tomada el 29 de junio de 2025, muestra la destrucción en la prisión de Evin tras el ataque aéreo israelí en Teherán, Irán.

Irán se prepara para responder con fuerza ante tal eventualidad”, dice Seyed M. Marandi, profesor de la universidad de Teherán.

Más allá de estos pronósticos, la continuación de la guerra contra los persas se desprende del hecho de su contexto. Esta guerra forma parte de un movimiento general que define las actuales tensiones del mundo: el intento occidental de preservar militarmente su menguante hegemonismo y conjurar el ascenso de las nuevas potencias independientes que lo disputan, en primer lugar China, Rusia e Irán.


Rueda de prensa de Von der Leyen y Netanyahu tras su encuentro del 13 de octubre de 2023.

En Washington, los generales han puesto fecha al futuro enfrentamiento militar con China y hasta en Berlín algunos generales desvergonzados e históricamente amnésicos anuncian una guerra con Rusia en los próximos años. En Moscú nadie cree en la mediación de Trump en la guerra de la OTAN contra Rusia en Ucrania. ¿Qué mediación puede haber en un conflicto del que se es parte? Lo de Trump no es más que un torpe ejercicio de economía de recursos. Estados Unidos no tiene fuelle para lidiar militarmente con los tres grandes países adversarios, así que transfiere, por lo menos parcialmente, a Europa el frente ruso, mientras Israel “hace el trabajo sucio por todos nosotros”, en palabras, que quedarán para la historia de la infamia, del canciller alemán Friedrich Merz, y los americanos se concentran en su batalla perdida contra China en Asia Oriental. El vector de presionar a Rusia en su entorno continúa a toda máquina, como puede apreciarse en Moldavia, Armenia y Azerbaiyán. En Teherán se cree que muchos de los drones que atacaron las provincias del norte y este del país el 13 de julio fueron lanzados desde Azerbaiyán… Así que todo eso tiene su propia geografía, pero forma parte del mismo conflicto fundamental que está subiendo en intensidad.

Si la unidad de acción de Occidente (Estados Unidos, Unión Europea, Australia…) está clara, la de sus tres adversarios lo está menos. La relación ruso-iraní es ambigua como lo demuestra el hecho de que en los últimos años Moscú no haya suministrado sus cazas Su-35 ni sus sistemas de defensa antiaérea S-400 a Irán, cosa que sí ha hecho con India y Turquía, miembro de la OTAN. Tras la guerra de los doce días, los rusos han respondido con cierto rubor diciendo que los iraníes no solicitaron tal cooperación militar, algo que no parece muy creíble, y que el acuerdo bilateral en la materia con Teherán dice que “si una de las partes es atacada, la otra se compromete... a no ayudar al agresor”. Dicen que tal curioso articulado fue iniciativa de los iraníes para no irritar a los americanos, pero es un hecho que tampoco los rusos quieren irritar a los israelíes con quienes mantienen una relación importante y sutil, no solo por los casi dos millones de rusoparlantes, exciudadanos de la URSS, que viven en el Estado genocida. Rusia es aliado virtual de Irán en muchos aspectos pero también objeto de recelo histórico por su tradición imperial en el XVIII y XIX (conquista del Cáucaso y Transcaucasia de influencia y presencia persa), y sus diversas ocupaciones militares del país en el siglo XX, la última de ellas después de la Segunda Guerra Mundial. Respecto a China, su principal cliente petrolero, la relación es más fluida. Seguramente Pekín ya está haciendo lo que Moscú no ha hecho: suministrar sofisticados sistemas de defensa antiaérea. Con China hay más fluidez seguramente también porque tanto China como Irán pertenecen al pequeño grupo de las entidades políticas más ancianas de este mundo. Tradiciones políticas y culturales de civilización de más de tres mil años determinan cierta sintonía.

En ese mismo contexto civilizatorio, los delirios supremacistas bíblicos de Israel no deben impresionar demasiado a Irán. Después de todo, un emperador persa, Ciro el Grande, fundador de la dinastía aqueménida, es mencionado en la Biblia como liberador de los judíos de su cautiverio babilónico en el siglo VI antes de Cristo. Como sucede con los chinos, el milenarismo judío tampoco impresiona a los persas. El Zoroastrismo, o mazdeísmo, nacido seguramente entre 1400 y 1000 años antes de Cristo fue una de las primeras, si no la primera religión monoteísta. Su cosmología, cielo, infierno, purgatorio, paraíso (en antiguo persa “pardis” significa jardín), la idea de un profeta salvador y de un mesías nacido de una virgen, inspiró, o fue adoptada por el judaísmo y su posterior desviación sectaria, el cristianismo. Autores como R.C. Zaehner defienden que los mitos mazdeístas de la creación, el fin del mundo y el juicio final, en el que las acciones de cada uno son enjuiciadas después de la muerte, son anteriores a los judíos y que éstos las adoptaron tras su contacto con la cultura persa (Katouzian, 2009).

Habiendo sufrido a lo largo de su larga historia las invasiones y dominios de árabes, turcos, mongoles y, más recientemente, de rusos, británicos y americanos, Irán siempre recuperó su autonomía política y preservó su cultura. A diferencia de los egipcios que perdieron su antigua identidad preislámica y se convirtieron en árabes, los persas continuaron siendo persas en el Islam. Persia fue dominada por grandes potencias, pero nunca colonizada. A diferencia también de muchos de sus vecinos de la región, su territorio no es producto del trazado occidental de las fronteras. Su sistema político fue casi siempre despótico, pero al mismo tiempo estuvo atravesado por todas las corrientes de pensamiento y fue muy permeable a ellas. Su fuerte identidad persa ha convivido con turcos azeríes (la mitad de los habitantes de Teherán lo son), turkmenos, kurdos, árabes, luros, baluchis y otros. Su confesionalidad chiíta no impide la existencia de comunidades sunitas (15% de la población), cristianas y judías. Irán tiene la mayor comunidad judía de Oriente Medio con entre 9.000 y 15.000 miembros, un diputado y decenas de sinagogas.


La delegación de CODEPINK en el Sucot de la Sinagoga Yusef Abad.

El Irán reciente

La identidad nacional de los persas no es sólo resultado de su patrimonio chiíta o preislámico, sino también de las experiencias del siglo XX, su revolución constitucional de principios de siglo, la amenaza imperial británica, rusa y americana, el movimiento nacional de Mossadeq, los traumas del golpe de 1953 y las dramáticas experiencias de la revolución de 1979 y de la guerra contra Irak, apoyado por Occidente.

Reza Shah (1878-1944): un mozo de cuadra que había alcanzado el generalato llegó al poder mediante un golpe de Estado en 1921 e instauró una monarquía militar que puso los cimientos de la primera estructura de gobierno centralizada en 2000 años de historia, extendiendo el uso de la lengua persa en un país de gran diversidad etnolingüística, junto con las carreteras y el ferrocarril. Su modernización autoritaria se impuso sobre un entramado despótico en el que los ministros del Shah, frecuentemente formados en Europa, se postraban ante él como “esclavos de su majestad” y cuya atmósfera era descrita por un funcionario británico diciendo que, “el gobierno tiene miedo del parlamento (majlis), el majlis tiene miedo del ejército y todos temen al Shah”. Los más estrechos colaboradores de aquel “rey de reyes” acababan frecuentemente en la cárcel o asesinados, como Abdul Hassan Diba, tío de la que más tarde sería emperatriz y esposa del último Shah, hijo de Reza, Mohammad Reza Pahlavi (1919-1980) derrocado por la revolución de 1979.

Como Ataturk algo después o el zar Pedro el Grande mucho antes, Reza Shah impuso códigos de vestimenta (pantalones y chaqueta) fomentando el afeitado de barbas y la moderación en la longitud del bigote. Concluida en 1930, la prisión de Qasr llegó a ser símbolo de su régimen. La llamaban faramushjaneh, la “casa del olvido” porque quienes ingresaban en ellas debían ser olvidados por la sociedad y borrar de su memoria el mundo exterior. El Shah modernizó Teherán, destruyendo la ciudad antigua, creando tiendas, cafés y cinco cines, cuyas primeras películas fueron Tarzánla Fiebre del oro de Chaplin y Alí Babá y los cuarenta ladrones. En el resto del país, por primera vez el poder militar central se impuso sobre la tradicional fuerza militar tribal que reinaba en regiones sin control, se sometió al clero “supersticioso”, se abrieron escuelas, mejoró el estatuto de las mujeres, se eliminaron estructuras “feudales”, se crearon las primeras fábricas y, sobre todo, se unificó el país lingüística y culturalmente, fomentando la unidad y una identidad nacional.

La occidentalización era el envoltorio del despotismo con prioridad de lo militar sobre lo civil, completa ignorancia de la ley y la Constitución, asesinato de líderes de la oposición y generalización de la corrupción.

Admirador de la Alemania nazi que, en vísperas de la II Guerra Mundial, era su primer socio comercial, Reza adoptó, en 1934, el nombre de Irán como el país origen de los arios. Con la invasión alemana de la URSS, soviéticos y británicos se hicieron con el control militar del país para disponer de un corredor terrestre de suministro alternativo a la peligrosa ruta marítima del norte del puerto de Arkhangelsk. Echaron al Shah pero conservaron su monarquía, que pasó a manos de su hijo Mohammad Reza, en 1941.

Mohammad Reza se estrenó como monarca constitucional poniendo fin al absolutismo de su padre –que murió en el exilio en Sudáfrica–, hasta que en 1953, instado por Inglaterra y Estados Unidos, dio un golpe de Estado contra su primer ministro Mohammad Mosaddeq, porque éste había nacionalizado la industria del petróleo en 1951 y era una figura demasiado independiente e incorruptible. El derrocamiento de Mosaddeq fue el primer golpe de Estado de la CIA y con él, el Shah restableció el régimen despótico de su padre y la autoridad indiscutible de la monarquía. El golpe asoció al Shah con los intereses petroleros ingleses y el imperialismo, y a su ejército con los servicios secretos británicos y la CIA. De paso, destruyó la oposición de izquierdas, lo que ayudó a reemplazar el nacionalismo, el socialismo y el liberalismo por el fundamentalismo islámico. Puede decirse por eso que las raíces de la revolución de 1979 se remontan a 1953 ( Abrahamian, 2008).

Con su último Shah y lo que se denominó “revolución blanca”, Irán se convirtió en el cuarto productor mundial de petróleo, el segundo exportador, y principal gendarme regional subordinado a Israel y Estados Unidos. Su presupuesto militar se multiplicó por doce y su policía de Estado, la Savak, creada por el Mossad y el FBI, devino en un temible instrumento de represión y control, cuya acción alcanzaba hasta el pueblo más remoto, con entre 25.000 y 100.000 presos políticos en 1975. Formalmente existían dos partidos, (Irán Novin y Mardom), popularmente conocidos como el “partido del sí”, y el “partido del sí señor”. Paralelamente hubo grandes avances en sanidad y educación, el analfabetismo se redujo de casi el 80% al 60% y se multiplicó el número de estudiantes, 80.000 de ellos en el extranjero. En vísperas de la revolución, casi la mitad de la población tenía menos de 16 años y las desigualdades sociales se habían exacerbado. Los sectores intelectuales y obreros que concentraban el mayor descontento multiplicaron por cuatro su número. Pensada para prevenir una revolución roja, la “revolución blanca” del Shah creó las condiciones para una inusitada y desconcertante “revolución islámica”.

La revolución de 1979 combinó nacionalismo, populismo y radicalismo religioso. El sociólogo Alí Shariati, uno de los autores que mejor expresó el nuevo espíritu, tradujo a Sartre, Che Guevara y a Franz Fanon, recibió la influencia de la teología de la liberación y de los movimientos de liberación nacional. Shariati definió la esencia del chiísmo como la lucha contra la opresión, el feudalismo, el capitalismo y el imperialismo. Educado en Francia, y tras haber sido encarcelado dos veces, tuvo que marchar al exilio para establecerse en Inglaterra, donde murió tres semanas después de su llegada y dos años antes de la revolución, en lo que los iranís interpretaron como un asesinato de la Savak. Si el público de Shariati era la intelligentsia y la juventud estudiantil, el de Jomeini, confinado o exiliado desde 1963 por acusar al Shah de someterse al dictado de los americanos, acabó siendo el conjunto de la población que coreaba en las manifestaciones sus postulados: El islam pertenece a los oprimidos, no a los opresores / El Islam representa a los habitantes de las barriadas no a los de los palacios/ El Islam no es el opio de las masas / Los pobres mueren por la revolución, los ricos conspiran contra ella / Oprimidos del mundo, ¡uníos! / Oprimidos del mundo, cread un partido de los oprimidos / Ni Este ni Oeste, sino Islam / El Islam eliminará las diferencias de clase / El islam se origina entre las masas, no entre los ricos / En el Islam no habrá campesinos sin tierra...

Como toda revolución, la iraní conoció enseguida la división y los enfrentamientos entre sus miembros, devoró a sus hijos e hizo suyos los métodos de tortura, ejecución y encarcelamiento de opositores que habían caracterizado al régimen anterior. La facción armada apoyada por el presidente Bani Sadr intentó tomar el poder en junio de 1981, asesinando a numerosas personalidades como el presidente de la Asamblea de expertos, el jefe del Tribunal Supremo, el jefe de la Policía, el de los tribunales revolucionarios, cuatro ministros, diez viceministros, un editor de periódico, veintiocho diputados, dos imanes y al presidente Mohamad Rajai, hiriendo, además, a dos importantes colaboradores de Jomeini, incluido su futuro sucesor como líder supremo, Rafsanjani. En el año y medio anterior, los tribunales ejecutaron a 497 opositores y en los cuatro años posteriores a aquel junio se ejecutó a 8.000 opositores, la mayoría de ellos antiguos revolucionarios. Occidente respondió a la revolución animando a Sadam Husein a iniciar su guerra contra Irán, de ocho años de duración (1980-1988), que produjo unos 200.000 muertos en Irán (la cifra de un millón de muertos habitualmente barajada no es correcta) y unió al país, aunque algunos grupos se aliaron con el enemigo. Concluida la guerra, una nueva ola de terror ahorcó en apenas cuatro semanas a 2.800 presos, lo que ocasionó la dimisión en protesta y el retiro del ayatollah Husein Montazeri que, desde 1979, estaba llamado a ser el sucesor de Jomeini.

La revolución de 1979 dio lugar a un sistema sin precedentes que combinó el gobierno de los clérigos con la democracia, con tres poderes separados, incluido un presidente electo y un parlamento, así como un sistema de tutela clerical de rango superior sobre todo ello. En la práctica, este sistema ha producido un juego institucional y una alternancia entre conservadores y reformadores mayor y seguramente más vivo que el de los actuales Estados Unidos con el eterno gobierno del Estado profundo y la alternancia entre las dos facciones de lo que es en esencia un partido único absolutamente controlado por la minoría más rica. En Irán, el aperturista Hasán Rohaní (presidente de 2013 a 2021) sucedió al conservador Majmud Ajmadineyad (2005-2013), con cambios de fondo, bandazos y retrocesos más significativos que los Clinton y Obama respecto a los Bush o Trump. Bernard Hourcade, uno de los más conocidos especialistas franceses en Irán, define al régimen iraní como “una república vigilada que se demuestra capaz de cambios y evolución bajo la presión cada vez mayor de su población” (Hourcade, 2016). La siempre denostada, y con razón, situación de la mujer en Irán es manifiestamente más desahogada que en los países musulmanes de la región. El 60% de los estudiantes universitarios y el 40% de los médicos son mujeres en Irán y en general, la sociedad parece mucho más viva y rebelde en la reclamación de sus derechos. En 2003 The Economist observaba que “pese a ser un Estado islámico imbuido de religión y de simbolismo religioso, Irán es un país cada vez más anticlerical. En eso se parece a ciertos países católicos en los que la religión se da como cosa hecha, sin particular exhibición y con sentimientos ambiguos hacia el clero. Los iraníes tienden a burlarse de sus mullahs, con chistes sobre ellos y desde luego los quieren fuera de sus dormitorios. Su disgusto es particularmente vivo hacia el clero político”.

A principios del actual siglo el 70% de la población no observaba sus oraciones diarias y menos de un 2% acudía a las mezquitas los viernes. (Abrahamian, 2008). Reducir la crónica de ese país a las protestas populares contra el velo, la represión o el elevado número de ejecuciones (frecuente segundo puesto mundial después de China), es la receta segura para no entender nada sobre Irán. En lo que a mí respecta, eso es algo que percibí con bastante claridad en mi único contacto directo con políticos iraníes. Fue, durante varios años, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, un cónclave atlantista organizado por las empresas armamentísticas alemanas al que se invitaba a algunos iraníes para mostrar un aparente pluralismo, absolutamente ausente del certamen. En medio de tanta estupidez imperial, las intervenciones de los iraníes solían ser las más interesantes y sofisticadas, y siempre eran ignoradas por el rebaño mediático allí congregado. 

Que un país de 92 millones de habitantes, más grande que la suma de España, Francia, Gran Bretaña y Alemania, con tal longeva tradición civilizatoria, que tiene frontera, terrestre o marítima, con quince países sin haber protagonizado ni una sola agresión ni invasión en los últimos doscientos años, y que propone desde hace décadas el establecimiento de una zona libre de armas nucleares en Oriente Medio, pase en Occidente por ser amenaza internacional, objeto de sanciones y bloqueos, y ahora de guerra, es mérito de nuestros medios de comunicación.

Cuando se dice que Irán no es Irak, se entiende que el imperio, cuya capacidad de desastre nadie discute, tiene en los persas un adversario de otra entidad y calidad. Es dudoso que los enloquecidos criminales de Washington y Tel Aviv comprendan la diferencia.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

martes, 27 de enero de 2026

El colapso del orden liberal internacional

 

        Investigador de política exterior en el Real Instituto Elcano.


     El orden liberal internacional atraviesa una crisis que va más allá de episodios concretos o liderazgos específicos. La creciente rivalidad entre grandes potencias, el uso abierto de la coerción y la fragmentación del consenso occidental apuntan a un cambio estructural en la política global.


El orden liberal internacional se adentra en un interregno marcado por la competencia de poder y el retorno de las esferas de influencia.

Lejos de un sistema basado en reglas compartidas, el mundo se adentra en un interregno marcado por la competencia de poder, el retorno de las esferas de influencia y la ausencia de un árbitro capaz de imponer estabilidad.


Marineros a bordo del USS George Washington en Hong Kong.


La base del orden liberal internacional

La llamada “larga paz” que caracterizó al sistema internacional tras la Segunda Guerra Mundial no fue el resultado natural de un orden liberal basado en reglas compartidas, sino el subproducto de una correlación de fuerzas excepcional. Primero, del equilibrio de poder extremadamente peligroso entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría.

Después, de un breve periodo de hegemonía estadounidense tras el colapso del bloque soviético. La estabilidad relativa del sistema no descansó en normas interiorizadas, sino mayormente en la disuasión nuclear, el equilibrio de poder y, más tarde, en la ausencia de rivales capaces de contrabalancear el poder de Washington.

Desde 1945, la confrontación directa entre grandes potencias dejó de ser viable no porque desapareciera la competencia, sino porque el arma nuclear elevó el coste del conflicto hasta niveles inasumibles. La disuasión no eliminó la violencia, pero sí la canalizó hacia guerras indirectas, conflictos periféricos e intervenciones proxy –por delegación–.

En ese sentido, puede afirmarse que lo que ha evitado mayormente las guerras entre grandes potencias desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta hoy no ha sido el liberalismo, sino la amenaza creíble de destrucción mutua.

El llamado orden internacional basado en reglas surgió y se consolidó dentro de ese marco. Pero conviene recordar una premisa fundamental que a menudo se omite en los análisis normativos: las superpotencias son, por definición, excepcionales.

Cuando consideran que las reglas sirven a sus intereses, las promueven. Cuando dejan de hacerlo, las ignoran, las reinterpretan o las suspenden. Estados Unidos no ha sido una anomalía en este sentido. El derecho internacional y las instituciones multilaterales funcionaron mientras reforzaron una arquitectura de poder favorable a Washington y a sus aliados.

Por ello resulta problemático personalizar la crisis actual del orden liberal en figuras concretas como Donald Trump. El presidente estadounidense no crea tanto esta crisis, sino que acelera dinámicas que llevaban décadas erosionando los cimientos del sistema.




El ascenso de China como potencia económica, tecnológica y militar, la reaparición de Rusia como actor abiertamente revisionista y el declive relativo de la cuota de poder estadounidense plantean desafíos estructurales muy superiores a los que puede encarnar cualquier liderazgo individual.

La pregunta relevante no es si Trump es causa o consecuencia, sino hasta qué punto su llegada al poder refleja la incapacidad de Estados Unidos para seguir sosteniendo el orden que diseñó.

Estados Unidos y su orden liberal

El multilateralismo liberal se construyó sobre una correlación de fuerzas muy específica. Estados Unidos concentraba una supremacía económica, militar y tecnológica sin precedentes, mientras el resto del mundo se integraba de forma subordinada en un sistema de reglas que reflejaba esa asimetría.


Estados Unidos contra el mundo.

Durante décadas, la expansión del comercio, la financiarización y la deslocalización industrial funcionaron porque permitieron a las élites occidentales acumular riqueza y poder, al tiempo que los costes sociales se externalizaban hacia las periferias o hacia las clases trabajadoras de las propias economías avanzadas.

Ese equilibrio comenzó a resquebrajarse cuando China emergió como potencia manufacturera y tecnológica, alterando la división internacional del trabajo y desplazando progresivamente el centro de gravedad del dinamismo económico global hacia Asia.

A partir de ese momento, la arquitectura liberal dejó de beneficiar de forma exclusiva y automática a la potencia que la había diseñado. El sistema seguía existiendo, pero ya no garantizaba la primacía estadounidense ni la cohesión interna de las democracias occidentales.

Conviene reconocer, no obstante, que el orden liberal impulsó iniciativas relevantes para la provisión de bienes públicos internacionales, desde la seguridad colectiva hasta la salud o la lucha contra el cambio climático.


El colapso del orden liberal internacional se caracteriza por el auge de potencias alternativas a Estados Unidos, como Rusia o China, dos países que han reforzado sus lazos en los últimos años.

Sin embargo, lo hizo casi siempre en la medida en que esas iniciativas contribuían a sostener la primacía política, económica y normativa de Occidente. Más que un marco neutral, se trataba de una arquitectura de gobernanza que combinaba valores universalistas con profundas asimetrías de poder. Estados Unidos y sus aliados la promovieron mientras reforzaba sus intereses estratégicos, pero también la ignoraron o la doblegaron cuando resultó inconveniente.

La erosión de ese paradigma liberal, acelerada por la hiperglobalización, el ascenso de China y el retorno de una Rusia dispuesta a emplear abiertamente la fuerza, abrió espacio para actores que buscan reconfigurar las reglas del juego. Las potencias revisionistas no pretenden necesariamente destruir el sistema internacional, sino adaptarlo a sus propios intereses y ampliar su margen de influencia en un entorno cada vez más competitivo.


Soldado del ejército de Estados Unidos en un buque de guerra de la armada.

Desde la perspectiva liberal-estadounidense, el resultado es un mundo percibido como mucho más peligroso que el de las últimas décadas. Un entorno que recuerda más al sistema internacional previo a 1945, caracterizado por la coexistencia de varias grandes potencias que compiten entre sí, que al orden relativamente estable de la Guerra Fría o al optimismo del periodo posterior.

En este nuevo contexto, el acceso abierto a recursos, mercados y bases estratégicas ya no se deriva automáticamente de alianzas duraderas, sino que debe ser defendido y disputado frente a otros actores con capacidades comparables.

Durante décadas, Estados Unidos y sus aliados se acostumbraron a un mundo que operaba de una manera. Socios europeos y asiáticos cooperaban en materia económica y de seguridad sin cuestionar el liderazgo estadounidense.


Europa en el interregno: nuestro despertar geopolítico tras Ucrania.

Los desafíos al orden liberal estaban contenidos por la combinación del poder económico y militar occidental. El comercio global fluía con relativa independencia de la rivalidad geopolítica, los océanos eran espacios mayormente seguros para la navegación y el control de armamentos nucleares parecía gestionable mediante acuerdos multilaterales.

El “pacifismo” de actores como Alemania o Japón tras 1945 tampoco fue una consecuencia espontánea de la internalización de normas liberales, sino el resultado de una derrota total, años de ocupación militar y un control político estrecho por parte de los vencedores. La renuncia al uso de la fuerza fue una condición impuesta, no una elección universalmente replicable.

En última instancia, el derecho internacional y el orden basado en reglas solo pueden sostenerse si existen Estados dispuestos y capaces de forzarlos. Durante décadas, Estados Unidos desempeñó ese papel, ejerciendo como garante último del sistema. Hoy, ese rol ya no es sostenible en los mismos términos.




El orden no colapsa porque Washington haya dejado de creer en él, sino porque ya no puede imponerlo sin asumir costes que no está dispuesto a pagar. Ese vacío es el que define el momento actual y explica la transición hacia un interregno marcado por la incertidumbre, la competencia abierta y el retorno de la política de poder.


Del multilateralismo a la competencia

La crisis del orden liberal internacional no se explica únicamente por la aparición de nuevos actores dispuestos a desafiarlo, sino por la progresiva percepción en Washington de dicho orden para sostener la posición hegemónica de Estados Unidos en un mundo crecientemente multipolar y conflictivo.


Donald Trump eleva el tono por Groenlandia aplicando aranceles a varios países europeos para forzar una venta o un acuerdo sobre la isla.


Mapa de los recursos naturales de Groenlandia.


Durante décadas, Washington utilizó instituciones, normas y discursos cooperativos como instrumentos para gestionar su primacía. La diferencia fundamental del momento actual es que, por primera vez desde el final de la Guerra Fría, Estados Unidos deja de intentar maquillar esa crisis con el lenguaje de la cooperación y asume abiertamente una lógica de competición estructural y de la lógica del poder. Ese giro no implica un repliegue, sino un cambio de método.

El multilateralismo deja de ser un medio eficaz para preservar la primacía y es sustituido por estrategias más directas de presión, coerción y confrontación. En este sentido, el mundo no entra en una fase de vacío normativo, sino en un interregno, un periodo en el que el viejo orden ya no funciona, pero el nuevo aún no ha cristalizado. En ese espacio proliferan estrategias agresivas, políticas de fuerza y liderazgos que buscan imponer una nueva coherencia a un sistema en crisis.

Donald Trump encarna de forma especialmente clara esa voluntad de imposición. No propone reformar el orden liberal ni adaptarlo a nuevas realidades, sino sustituirlo por un marco de competencia directa entre grandes potencias, acompañado de una aproximación más explícita a la lógica de las esferas de influencia.

Sin embargo, reducir esta transformación a su figura sería un error analítico. Trump no es la causa última de la dinámica actual, pero sí su catalizador más agresivo, el dirigente que abandona definitivamente la pretensión de universalidad del orden liberal y acepta sin ambages que el mundo se rige por relaciones de fuerza.

El resultado es una sensación persistente de transición permanente, de inestabilidad estructural y de disputa abierta por la configuración del orden futuro. Lo que emerge no es una fase breve de ajuste, sino un periodo prolongado de incertidumbre en el que los actores intentan fijar las reglas del juego mediante el uso de la fuerza militar, la coerción económica y la competencia tecnológica.

Bajo este enfoque, Estados Unidos deja de invertir recursos en sostener un sistema que ya no le garantiza la primacía y opta por una estrategia de confrontación abierta para imponer un nuevo marco más favorable a sus intereses, aun a costa de una mayor inestabilidad global. Existen claras reminiscencias del periodo previo a la Primera Guerra Mundial.

Entonces, el sistema internacional también se encontraba en proceso de reconfiguración, impulsado por el ascenso de Alemania como potencia industrial y militar, la intensificación de la competencia geopolítica con el Reino Unido y una carrera de rearme alimentada por la percepción de que un conflicto generalizado podía convertirse en el mecanismo para resolver la creciente insatisfacción con el statu quo.

La analogía no reside en la inevitabilidad de una gran guerra, sino en el clima estratégico de rivalidad, desconfianza y competencia por el poder y la influencia que caracterizó aquel periodo.

Alemania aspiraba a convertirse en la potencia hegemónica del continente tras haber quedado al margen del gran reparto colonial. Reino Unido trataba de preservar un equilibrio de poder que impidiera la emergencia de un actor dominante. Francia mantenía una posición revanchista marcada por el trauma de la derrota de 1871, mientras Rusia y el Imperio austrohúngaro competían por el control de los Balcanes.

La referencia a las esferas de influencia no implica, en realidad, una novedad radical. Las grandes potencias siempre han defendido lo que consideraban sus zonas estratégicas. La diferencia es que durante décadas Estados Unidos tuvo la capacidad material y política para actuar en prácticamente todo el globo sin encontrar un contrapeso efectivo.

Incluso tras la caída de la Unión Soviética, el sistema atravesó una fase de incertidumbre marcada por conflictos en el espacio postsoviético, procesos de transición política y reconfiguraciones territoriales. Pero entonces era Occidente quien se proclamaba vencedor del nuevo orden y Washington quien tenía la potestad de imponer sus reglas. Hoy, esa autoridad ya no está garantizada.

Frente a los argumentos liberales que sostienen que Estados Unidos se ha desconectado voluntariamente del orden liberal, la evidencia apunta a otra razón. Washington no abandona el sistema porque quiera, sino porque ya no puede mantener la primacía en todos los escenarios simultáneamente. Trump sigue persiguiendo la primacía estadounidense, pero en un contexto en el que el ascenso de otras grandes potencias limita de forma creciente su margen de maniobra.

De hecho, para adoptar plenamente un marco de esferas de influencia, Estados Unidos tendría que aceptar concesiones que de momento no está dispuesto a hacer, como reconocer un dominio exclusivo de China sobre Asia oriental o de Rusia sobre el espacio postsoviético.

Una de las diferencias más significativas entre el orden que se está gestando y el anterior es que ya no existe una única superpotencia que ejerza de forma casi exclusiva la violencia en el sistema internacional, amparada en la retórica de la defensa del orden basado en reglas o de la promoción de la democracia.

Por un lado, Estados Unidos ya no fundamenta su ejercicio de poder en la preservación del orden liberal internacional. Por otro, otras potencias también recurren abiertamente a la coerción y al uso de la fuerza. Rusia impone su poder en su entorno inmediato, pero también potencias medias como Turquía o Azerbaiyán utilizan la fuerza para modificar equilibrios regionales sin enfrentar una respuesta sistémica.

Esta tendencia no es exclusiva de la era Trump. La retirada de Afganistán y las declaraciones posteriores de Joe Biden, subrayando que el objetivo central de la intervención había sido eliminar una base del yihadismo y no construir un Estado respetuoso de los derechos humanos, reflejan una continuidad más profunda.


Afganos corren mientras un avión estadounidense intenta despegar del aeropuerto de Kabul.

El lenguaje puede variar, pero la lógica subyacente es la misma: el abandono progresivo de la pretensión de transformación normativa del sistema internacional y la aceptación de un mundo en el que distintos actores persiguen modelos de gobernanza propios y órdenes regionales alternativos.

El orden internacional que emerge

El orden liberal internacional está dando paso a un mundo definido por esferas de influencia, en el que la fuerza vuelve a ocupar un lugar central y en el que Occidente aparece crecientemente fragmentado. A diferencia del periodo anterior, ese ejercicio de la coerción ya no emana de un único centro, sino que se reproduce entre múltiples actores con distintos niveles de poder y ambición.

En este entorno, los Estados se enfrentan a la disyuntiva de constituirse como polos capaces de ejercer control sobre su entorno estratégico inmediato o quedar relegados a operar dentro de la esfera de influencia de otros.

Entre ambos extremos se abre, no obstante, un espacio intermedio cada vez más relevante, ocupado por actores que buscan maximizar su autonomía en un sistema sin árbitro y evitar alineamientos rígidos en un contexto de competencia estructural.

Nos encontramos en un momento de incertidumbre estructural. El sistema anterior se está descomponiendo, pero el nuevo aún no ha tomado forma. En este contexto, las reglas no solo son inestables, sino que dependen en gran medida de los impulsos de quien concentra mayor capacidad coercitiva en cada momento.

La previsibilidad, un elemento esencial para la estabilidad internacional, deja así de ser una característica del sistema. La acumulación de factores disruptivos alimenta una volatilidad persistente: electorados cada vez más proclives a votar contra el statu quo, guerras comerciales, avances acelerados en inteligencia artificial y otras tecnologías disruptivas.

A ello se suma el comportamiento de potencias revisionistas que abandonan normas y acuerdos para amenazar o invadir a sus vecinos, así como el progresivo deterioro del régimen de control de armamentos, con tratados que caducan, se incumplen o no se adaptan a nuevas realidades como la proliferación nuclear o la militarización del espacio.


Misión GovSat-1 de SpaceX, empresa privada estadounidense clave para materializar la hegemonía espacial.

La política de grandes potencias ha regresado con fuerza. Coerción, intervención y jerarquía vuelven a estructurar las relaciones internacionales. Estados Unidos, China y Rusia reclaman derechos privilegiados sobre regiones, rutas comerciales y alineamientos políticos, recurriendo a instrumentos que bordean o eluden las limitaciones jurídicas que supuestamente definían el orden posterior a la Guerra Fría.

La diferencia es que estas dinámicas se despliegan ahora en un mundo mucho más interdependiente y sometido a tensiones estructurales profundas. La competencia entre las grandes potencias se desarrolla, además, en un contexto de interdependencia económica densa y de crecientes tensiones globales. Las cadenas de suministro, los sistemas de pago, los flujos energéticos, las redes de datos y los mercados alimentarios se han convertido en instrumentos de presión.

La interdependencia no actúa como freno al poder, sino que es cada vez más utilizada, redirigida y racionada con fines estratégicos. La influencia se ejerce tanto a través de infraestructuras y mercados como mediante capacidades militares.

En ausencia de un orden coherente, lo que cabe esperar no es estabilidad, sino la proliferación de puntos calientes donde las grandes potencias tratan de asegurar esferas de influencia exclusivas y chocan allí donde sus intereses se superponen. El estrecho de Taiwán y el Pacífico, la frontera entre India y China o el flanco oriental europeo frente a Rusia son espacios donde la competencia estructural se manifiesta de forma directa.

A esta dinámica se suma la aparición de vacíos de poder en escenarios considerados secundarios por las grandes potencias, donde la retirada, distracción o menor implicación de los actores dominantes abre espacio a la intervención y la competencia de potencias medias, como ocurre en casos como Sudán, Siria o el Cuerno de África.

En este contexto, las potencias menores y medias tienden a buscar protección bajo distintos paraguas de seguridad, pero lo hacen con una lógica cada vez más flexible. Los alineamientos dejan de ser permanentes y pueden modificarse cuando se perciben mejores oportunidades, menores riesgos o mayores beneficios estratégicos.

El escenario internacional actual sitúa así a estas potencias ante un dilema central: aceptar una posición subordinada dentro de la esfera de influencia de una gran potencia o intentar preservar márgenes reales de soberanía en un sistema crecientemente competitivo. Mientras Europa avanza cada vez más hacia una relación de dependencia estratégica respecto a Estados Unidos, otros actores priorizan la autonomía y la capacidad de maniobra.

Pese a sus profundas diferencias en modelos políticos, prioridades de seguridad y estrategias de desarrollo, estas potencias comparten una percepción de la soberanía como un recurso escaso y vulnerable. Esa experiencia común no produce unidad ideológica ni coordinación sistemática, pero sí una notable capacidad de adaptación estratégica.

Frente a un sistema inestable, evitan alineamientos rígidos y optan por estrategias de hedging, diversificación de vínculos económicos y de seguridad, y una diplomacia transaccional orientada a maximizar beneficios concretos. Su principal activo no es una identidad compartida, sino la capacidad de elegir, retrasar, ajustar y renegociar sus posiciones, convirtiendo la ambigüedad en una fuente de poder en un entorno geopolítico fragmentado.

El orden que probablemente emerja de esta fase no se parecerá a un concierto estable de potencias ni a una división clara del mundo en bloques rivales. Será más áspero, más improvisado y más disputado.

Estará moldeado tanto por grandes potencias que tratan de trazar líneas de influencia como por Estados con memoria viva de la jerarquía, dispuestos a poner a prueba, doblar o renegociar constantemente esos límites.

En ese contexto, ningún Estado ni grupo de Estados dominará de forma sostenida el sistema internacional. El poder se distribuirá entre actores globales, regionales y sectoriales, con un papel creciente de potencias regionales que operan a través de marcos propios.

Los alineamientos serán específicos por temas y coyunturas, y ningún actor liderará de manera transversal todos los ámbitos de la política internacional. El momento unipolar no se repetirá. El poder estará más repartido, pero no por ello será más estable.



Fuente: Descifrando la Guerra