Por Pablo
del Pozo Dos semanas después del inicio de la guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel, el conflicto parece haber entrado en una fase aún más compleja y potencialmente más prolongada.
Los acontecimientos de los últimos días muestran una expansión simultánea en múltiples ámbitos –militar, marítimo, energético y regional– que complica cada vez más cualquier escenario de desescalada.
Aunque las operaciones aéreas continúan siendo el elemento central de la campaña militar, el desarrollo del conflicto está generando incidentes cada vez más frecuentes fuera del campo de batalla directo, afectando a infraestructuras energéticas, al tráfico marítimo internacional y a fuerzas militares de terceros países desplegadas en la región.
Uno de los episodios más delicados de los últimos días se produjo en el norte de Irak, donde un ataque con drones contra una base conjunta franco-kurda en Erbil dejó varios soldados franceses heridos y provocó la muerte de uno de ellos, marcando la primera baja confirmada de un país europeo en la guerra.
El incidente ha aumentado la preocupación en gobiernos occidentales por el riesgo de que fuerzas internacionales desplegadas en la región queden cada vez más expuestas a ataques indirectos vinculados al conflicto.
La contienda también ha dejado nuevas bajas en las fuerzas estadounidenses tras el accidente de un avión cisterna KC-135 Stratotanker en el oeste de Irak, una aeronave clave para sostener la campaña aérea en la región. Según confirmó el Mando Central estadounidense (CENTCOM), los seis miembros de la tripulación murieron mientras participaban en una misión vinculada a las operaciones.
El aparato formaba parte de una misión en la que participaban dos aeronaves; la segunda aterrizó sin incidentes. Las autoridades estadounidenses han señalado que no hay indicios de fuego enemigo o aliado, aunque las causas exactas del accidente siguen bajo investigación.
El siniestro eleva a 13 el número oficial de militares estadounidenses muertos desde el inicio de la guerra, mientras que el de heridos también ha aumentado. Fuentes citadas por Reuters señalan que hasta 150 soldados estadounidenses han resultado heridos, muy por encima de los ocho reconocidos inicialmente por el Pentágono.
La guerra marítima se recrudece
Mientras tanto, el frente marítimo se ha convertido en uno de los escenarios más sensibles. Durante los últimos días se han registrado ataques contra petroleros, buques comerciales e infraestructuras energéticas en el golfo Pérsico, lo que ha contribuido a reducir aún más el tráfico marítimo en la región y ha elevado la presión sobre los mercados energéticos.
En este contexto, funcionarios estadounidenses han afirmado que Irán habría comenzado a desplegar minas navales en el estrecho de Ormuz, utilizando pequeñas embarcaciones rápidas tras la destrucción de buques iraníes de mayor tamaño.
Según estas evaluaciones, el objetivo sería colocar minas a un ritmo que dificulte su limpieza y aumente el riesgo para la navegación, reforzando así el efecto disuasorio sobre el tránsito marítimo en una de las rutas energéticas más importantes del mundo.
Sin embargo, Teherán ha negado haber minado el estrecho, mientras que sus dirigentes han reiterado públicamente que el bloqueo de esta vía marítima constituye una de sus principales herramientas de presión estratégica.
En su primer mensaje desde el inicio de la guerra, el nuevo líder supremo iraní, Mojtaba Jamenei, señaló que “la palanca de bloquear el estrecho de Ormuz debe seguir utilizándose”, en referencia a la capacidad de Irán para interrumpir el paso de buques si lo considera necesario.
El resultado de todo ello es una creciente presión sobre el sistema energético global. Pese a la liberación coordinada de alrededor de 400 millones de barriles de reservas estratégicas, el precio del petróleo ha vuelto a superar los 100 dólares por barril, reflejando el temor a que las exportaciones del Golfo continúen afectadas durante un periodo prolongado.
Expansión del conflicto regional
Al mismo tiempo, la guerra sigue generando tensiones en otros escenarios regionales. Los enfrentamientos entre Israel y Hezbolá continúan activos en el sur del Líbano, y la situación podría escalar aún más. Israel estaría considerando una gran ofensiva terrestre para ocupar toda el área al sur del río Litani, lo que supondría una de las operaciones militares más ambiciosas en el frente libanés desde el inicio del conflicto.
Sin embargo, una incursión de este tipo podría tener un elevado coste en vidas humanas y exponer a las fuerzas israelíes a un escenario extremadamente peligroso, similar al que enfrentaron durante la guerra de 2006, cuando Hezbolá logró infligir importantes bajas mediante emboscadas, misiles antitanque y guerra de guerrillas en el terreno montañoso del sur del Líbano.
La escalada ya está teniendo un fuerte impacto humanitario. Según agencias de Naciones Unidas, casi 700.000 personas han sido desplazadas en Líbano desde el comienzo de la guerra, entre ellas alrededor de 200.000 niños, mientras miles de familias intentan cruzar la frontera hacia Siria para escapar de los combates y los bombardeos.
A este escenario se suma el riesgo de que otros frentes se activen. Un alto responsable hutí, Mohammed al-Bukhaiti, afirmó que el grupo ha decidido respaldar militarmente a Irán y que anunciará el “momento cero” de su intervención cuando lo considere oportuno.
Si el frente yemení se activa plenamente, los ataques contra el tráfico marítimo en el mar Rojo podrían intensificarse y añadir una nueva dimensión al conflicto regional, bloqueando aún más el comercio mundial.
Una guerra sin salida clara
Tras casi dos semanas de guerra, empieza a hacerse evidente que la administración Trump subestimó seriamente la complejidad del conflicto que estaba abriendo. Aunque Estados Unidos e Israel lograron varios éxitos operativos en los primeros días, esos golpes no han producido el efecto político esperado dentro de Irán ni han generado una vía clara hacia una negociación.
Por el contrario, la guerra ha empezado a generar costes precisamente en los ámbitos más sensibles para Washington. La disrupción del tráfico marítimo en el Golfo, los ataques contra petroleros e infraestructuras energéticas, el aumento del precio del petróleo y la retirada de aseguradoras y navieras de la región han convertido el conflicto en un problema económico y energético global.
A ello se suman las bajas militares, el consumo acelerado de munición avanzada y el despliegue de más fuerzas estadounidenses para contener una escalada que inicialmente se esperaba breve.
En este contexto, cada vez resulta más evidente que no existía una planificación clara sobre cómo terminar la contienda antes de iniciarla. Washington se enfrenta ahora a la dificultad de encontrar una salida que pueda presentarse como una victoria sin haber alterado decisivamente el equilibrio político en Irán.
Frente a ello, Irán está proyectando una lógica distinta. Pese a los daños sufridos, el gobierno iraní ha mostrado señales de una preparación previa para un escenario de conflicto prolongado: continuidad del aparato político, movilización interna y capacidad para seguir presionando militar y económicamente a sus adversarios. La negativa explícita de Teherán a aceptar un alto el fuego refleja esta lógica de resistencia y supervivencia.
El resultado es un escenario en el que ninguna de las partes parece dispuesta a detenerse, pero en el que tampoco existe una vía clara para poner fin a la confrontación. Esa combinación –errores de cálculo iniciales y una estrategia de resistencia prolongada– hace que terminar la guerra resulte ahora mucho más difícil que haberla iniciado.
Fuente: Descifrando la Guerra







No hay comentarios:
Publicar un comentario