Para un invierno átono y viscoso, sin frío ni calor (8 de 10)
Doblegar a Irán porque así lo quiere Israel
Contemplaba yo cómo se perfilaba la nueva agresión combinada yanki-sionista contra Irán que, según el “modo de empleo” sigue ineluctablemente a la acumulación de fuerzas aeronavales norteamericanas en las cercanías del objetivo a golpear, tratando de establecer un hilo conductor para redactar algo coherente y, si fuera posible, constructivo, en relación con la historia de ese país durante el último siglo. Y eché mano de mi primer análisis sobre Irán, publicado en el semanario Triunfo (“Irán: un gendarme para Oriente Medio”, 21 de diciembre de 1974), cuando el régimen del sah Pahlavi, atraía la atención mundial por sus fantasías imperiales y su intervencionismo en la región apoyando a los regímenes más reaccionarios en su lucha contra movimientos guerrilleros (Dofar en Omán, Kurdistán en Iraq) o independentistas (en Eritrea frente a Etiopía, en Beluchistán frente a Afganistán y el propio Irán…).
Aquel Irán, al que el Occidente llegó a atribuirle el papel de potencia subsidiaria anticomunista (como lo eran la Sudáfrica racista, la Indonesia de Suharto y el Brasil de los generales, entre otros casos), muy de confianza en una región donde aleteaban fuertes impulsos árabes revolucionarios e Israel carecía casi totalmente de apoyos, fue cercenado drásticamente por la revolución jomeinista en 1979. La revolución islamista de Irán nos ha confirmado que todos los integrismos religiosos son indeseables (incluyendo los que no quieren decir su nombre, como sucede con el cristianismo), pero tanto su implantación como su consolidación tienen sus causas y su explicación. Y en el caso de Irán, todo eso está muy claro: primero fue el hartazgo y el escándalo del intervencionismo occidental reincidente, luego, la ambición petrolera de las potencias, especialmente la británica, y finalmente la alianza de los Pahlavi con Israel, que no por silenciosa era menos activa.
Desde entonces nada pudo ser igual, desatándose esa persistente inquina con que Occidente ha tratado desde el primer día al régimen de los ayatolás, de muy acusada independencia frente a Occidente, que es lo que -en mi leal entender- resulta imperdonable para el hegemonismo norteamericano, mucho más cuando se cuentan con los dedos de la mano los regímenes o Estados en el planeta que se pueden permitir, aun con dificultades, sanciones y amenazas, conducir sus asuntos por sí mismos y según sus propios intereses.
Porque no, no es la represión del régimen hacia los manifestantes lo que mueve los ataques repetitivos y devastadores contra Irán (como Trump alega y la UE retoma para aceptar los bombardeos y atreverse a la indecencia de pedir a Irán que no responda…); esa represión a Occidente solo le importa como estética hipócrita. Tampoco, en el fondo, es que su petróleo abundante excite especialmente las apetencias de Estados Unidos y Estados compinches, ya que no falta petróleo en otras áreas dóciles del mundo (y el reciente control sobre el de Venezuela así lo confirma). Y me atrevo a decir que ni siquiera es a la sospecha de un programa nuclear militar a lo que hay que atribuir los bombardeos devastadores: desde 1980, es decir, al día siguiente del triunfo de la revolución islámica, Estados Unidos e Israel vienen anunciando -pero mintiendo- la inminencia de un arma atómica iraní, lo que no alarmaba cuando era el sah el que la perseguía, una acusación siempre falsa y por tanto indemostrable; además, en 2015 Estados Unidos e Irán firmaron un acuerdo que zanjaba este asunto, pero que Trump ha roto unilateralmente para argüir como pretexto de agresión el asunto nuclear. Añadamos que para Irán sería legítimo conseguir el arma atómica, ya que Israel, su enemigo más cercano y peligroso, ha acumulado cientos de bombas atómicas desde que iniciara su programa nuclear a finales de la década de 1960;
Nada de eso justifica en realidad el acoso a Irán: se trata, por una parte, de que este es un Estado que no pasa por el aro del supremacismo de Occidente, y de que, por otra, ha ido quedando como única potencia que desafía a Israel, que es la potencia hegemonista del Oriente Próximo, que no consiente rivales. Como respuesta, Irán denuncia una voluntad, ahora exacerbada, de dominio norteamericano sobre el mundo, así como el plan de exterminio de la población directamente colonizada y sometida, la palestina, a manos de Israel. Irán desafía ambas estrategias del crimen, negándose a aceptarlas y a someterse a sus planes y mecanismos (Esto es lo que vive Cuba desde hace sesenta años, es lo que llevó a machacar a Serbia en 1999 y a humillar a Venezuela hace nada; y lo que espera a otros objetivos menores que irán siendo fijados por el Gran Matón, para abatirlos).
El Irán islamista, además, evoca otro episodio de opción por la autonomía política y energética, cuando las elecciones libres dieron el poder en 1951 a Mosaddeq quien, como objetivo esencial para luchar contra la pobreza y la desigualdad en el país nacionalizó la omnipotente Anglo-Iranian Oil Company (luego BP), que permanecía en manos británicas desde que, prácticamente, surgiera el primer petróleo de Oriente Próximo en Masjed-i-Suleiman (región del Juzestán), en 1908. Esta medida de soberanía política suscitó la inmediata respuesta del MI6 británico, que preparó el golpe de Estado con la colaboración de la CIA norteamericana (recientemente creada, pero que ya al año siguiente derrocaría, ella solita, al régimen democrático y nacionalista de Arbenz, en Guatemala). Los disturbios organizados en 1953 en Teherán por mafiosos, espías y traidores, todos ellos contratados por el Reino Unido y Estados Unidos, dejaron en las calles 300 muertos y llevaron a Mosaddeq a la ruina personal y política (con tres años de prisión y confinamiento domiciliario hasta su muerte en 1967).
A partir de ahí el Irán de la dinastía Pahlavi fue endureciéndose y aumentando su dependencia de los intereses petroleros y estratégicos de las potencias occidentales, en el marco de la Guerra Fría. En 1955 se firmó el llamado Pacto de Bagdad (en realidad, Central Treaty Organisation, CENTO), a iniciativa de Turquía e Iraq, a los que se unieron Pakistán, Irán y el Reino Unido (que lo había inspirado). Iraq se retiró en 1959, al poco de iniciarse su ciclo revolucionario. También se creó la SAVAK, la temible policía secreta del régimen, que procedió a la eliminación de los críticos -principalmente provenientes del Tudeh, el Partido Comunista iraní que había apoyado a Mosaddeq, sin inspirarlo- y dio lugar al protagonismo de Jomeini, respetado líder religioso que se erigió como principal oponente, y en su momento enterrador, de la opresión del sah, por lo que sufrió persecución, prisión y finalmente exilio.
Esta revisión histórica – especialmente recomendada para quienes consideran que el regreso de la monarquía de los Pahlevi, y del hijo del sah odiado, puede ser la “solución” a un Irán rebelde- debe refrescar la memoria de quienes lo necesitan: la agitación que ha llenado las calles de Teherán recientemente, dando lugar a una represión feroz, ha sido provocada por, primero, las duras sanciones y las privaciones con que Occidente castiga a Irán desde la caída del sah en 1979, y, segundo, por la sistemática acción del Mossad en concurso con la CIA, fijando objetivos humanos y militares (lo que no ocultan estas mismas agencias clandestinas).
Insistiré, teniendo como referencias las movilizaciones multitudinarias de 1979 que hicieron que el sah abandonase el país falto de apoyos, en que fue el occidentalismo del régimen lo que actuó como revulsivo para una visible mayoría de la población, y fue el islamismo integrista la punta de lanza de la revolución (social) necesaria. El Islam no es un producto occidental, sino que, por el contrario, ha ido acumulando daños y agravios perpetrados por Occidente, y responde con su arma religiosa (como han hecho siempre que han podido las otras dos religiones monoteístas, que reconocen, con el Islam, su vínculo triple a partir del Génesis). El Islam rechaza la democracia occidental por falsaria y ajena a su tradición religiosa, cultural y política. Y no tiene por qué someterse a ella, descartando que se trate de un valor universal. Ese cuestionamiento de fondo y forma que la revolución islámica iraní hace de Occidente desde su implantación en 1979, es lo que la ha enfrentado a una hostilidad feroz y jurada, que pretende -so capa de cultura y civilización laicas, pero superior y supremacista- imponerse a todo el mundo: pueblos, religiones, culturas y modelos políticos.
En el actual enfrentamiento de Occidente con Irán subyace todo eso, con la agravación que supone la íntima coalición de dos Estados criminales, Estados Unidos e Israel (actuando el primero de lacayo del segundo), más los fieles Estados vasallos de ese dúo de destrucción masiva de Alemania, Reino Unido y Francia. El planteamiento es el que ha impuesto el presidente norteamericano Trump en su política de usura e intimidación: “vamos a negociar en los términos y con los objetivos que os impongo porque sí, y si no los aceptáis os machaco”. Con estos presupuestos, el “estilo Trump” ya no es el de sus predecesores, de derribar regímenes y sustituirlos por otros, “democráticos” (de fracasos tan notorios como los de Iraq y Afganistán), sino de eliminar a líderes o cabecillas obligando a segundones y traidores a doblegarse, aunque el régimen golpeado siga considerándose a sí mismo “salvado” o continuista (como ha sido el caso de la Venezuela bolivariana y se pretende que lo sea el Irán islamista).
El protagonismo en todo cuanto tiene que ver con las guerras y los abusos en Oriente Próximo está -sobre todo en los últimos años- concentrado en el presidente norteamericano y en el primer ministro israelí, Netanyahu, perfectamente compinchados y que se sienten con las manos libres para llevar a cabo sus políticas criminales. Y a los que nada decisivo pueden oponer, por su incapacidad práctica, Rusia o China, ni mucho menos los Estados infames y atemorizados de la Unión Europea. (También es el momento, sí, de confirmar la tragedia planetaria que supuso la liquidación de la URSS que la historia debe atribuir más a la persistente acción corrosiva de Occidente que a la propia degradación del régimen soviético, pero que impedía, con el equilibrio y el miedo mutuos, las devastaciones actuales y los crímenes contra la humanidad de un Occidente desatado).
El Israel actual, de poder desmedido desde que dispone de los Estados Unidos de Trump como mamporrero servil, representa la imagen más certera de aquello que diseñaban los famosos Protocolos de Sión que, apócrifos o no, están siendo superados por el diabolismo de Israel y sus aliados sionistas esparcidos por el mundo, especialmente por Estados Unidos. Aquel texto, que acusaba al judaísmo internacional de querer imponerse al mundo, y que ha venido siendo tachado de falso y antisemita por la siempre bien intencionada opinión de Occidente respecto del poder judío, se viene quedando corto desde que la colusión Estados Unidos-Israel actúa con entera libertad para golpear y someter a cualquier objetivo que se proponga; y pone así en evidencia un empeño acelerado por concluir esa preeminencia otorgada por un dios insoportable a un pueblo de alucinados por su exclusividad, del que surgió la doctrina sionista como punta de lanza en su estrategia de dominación.
El “caso Epstein”, que nos convence del singular protagonismo de un Trump íntimo del pederasta Jeffrey, a su vez distinguido miembro de la a sí mismo considerada “comunidad judía norteamericana”, ha resultado ser -aunque la muy judaizada gran prensa internacional, se resiste a reconocerlo- una operación estratégica del Mossad para controlar a personalidades significativas en todo el mundo, llamadas a prestar su apoyo o simpatía hacia el Estado sionista. Lo mismo da que al principio fuera un planteamiento de acción internacional de los agentes israelíes utilizando las “cualidades” de ese degenerado, o que fueran las condiciones del afortunado millonario, llamativas y productivas, las que llamaran la atención de un Mossad siempre atento y capilar. El caso es que para el sionismo criminal este episodio tan singularmente escandaloso ha rendido, con seguridad, inmensos y muy aprovechables triunfos.
Ese caso, el de Epstein y el más amplio y sistémico de la confabulación indestructible Estados Unidos-Israel, nos pone a los occidentales frente al espejo y nos obliga a sentirnos parte de una trama de criminales, necios y peleles supremacistas por la fuerza y las malas artes en un mundo inerme y atemorizado, lo que nos empuja, a más de someternos de pensamiento, palabra y obra al gang dominante, a convencernos de que estamos del lado bueno de la Historia.




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