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martes, 25 de noviembre de 2025

El verdadero cártel del narcotráfico de EE. UU. acepta pagar 7.000 millones de dólares para que sus dueños no vayan a la cárcel

 

 Por Bruno Sgarzini         
      Periodista argentino especializado en asuntos internacionales.


     El fentanilo es un potente opiáceo sintetizado con químicos. “Es el clavo en el ataúd de la crisis de opiáceos en Estados Unidos”, según el periodista Daniel Arjona.


La crisis del fentanilo en Estados Unidos: una amenaza creciente para la salud pública.

Una que ha asesinado a más de 700 mil estadounidenses entre 1999 y 2023, según los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC). La dimensión de esta matanza supera solo, en un año, a la muerte de soldados estadounidenses en Vietnam.


Atienden por sobredosis a una persona en Boston en medio de la gran crisis de opiáceos que sufre Estados Unidos.

Estados Unidos, por supuesto, ya ha vivido periodos parecidos de crisis sanitaria por el consumo de drogas. La heroína se consumía como un placebo en los tiempos de su independencia, la cocaína se difuminó como una plaga por todo el país en los años 80 y 90, y lo mismo el crack por los barrios afro estadounidenses de las grandes ciudades. Eso sin contar el auge del LCD a mediados de los 60.


Heroína en EE. UU.

Pero todo comenzó con la comercialización y promoción de un solo medicamento, el OxyContin, un alcaloide que contiene opioides. Estos “tienen un gran efecto en el cerebro humano porque aprovechan nuestros receptores naturales opioides mu(μ). La oxitocina que experimentamos por el amor, la amistad o el orgasmo es replicada químicamente por las moléculas derivadas de la planta de amapola”. En 1996, la farmacéutica Purdue Pharma lo lanzó después de sobornar a Curtis Wright, regulador de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA), para que la etiqueta del medicamento no señalara los peligros de adicción que generaba su consumo.




Después pagaron a expertos médicos para que señalaran las bondades del OxyContin para aliviar el dolor. Y comenzaron una agresiva campaña de publicidad y promoción comercial reclutando doctores para que recetaran el medicamento con mayor frecuencia y con mayores dosis. Los críticos, por supuesto, fueron silenciados y atacados por la farmacéutica.

El cálculo era sencillo; a medida que los consultorios se volvían en dispendios de recetas de OxyContin más ganancias se generaban. Purdue Pharma, en los años 2000, llegó a tener dividendos de hasta dos mil millones de dólares por año, según Patrick Radden Keefe, autor del libro el Imperio del Dolor. Algunas series, como Dopesick o Pain Killer, narran este gran drama nacional.




Padres que son operados y se vuelven adictos al OxyContin cuando se los recetan para calmar el dolor. Jóvenes que compran las pastillas y las muelen para aspirarlas en las fiestas. Mujeres desempleadas que comienzan a matar sus tiempos libres con el consumo de estas pastillas de forma recreativa. En gran parte, la epidemia coincide con la desindustrialización y los problemas económicos de Estados Unidos.

Para la Sociedad estadounidense de Medicina, cuatro de cinco estadounidense que prueban la heroína comenzaron con medicamentos como el OxyContin. Lo mismo puede decirse del consumo de fentanilo.

Para el periodista Andrew Sullivan, Estados Unidos “consume el 99% de la hidrocodona del mundo y el 81 por ciento de la oxicodona. Se estima que se utiliza 30 veces más opioides de los que son médicamente necesarios para una población de nuestro tamaño. Entre 2007 y 2012, por ejemplo, se entregaron 780 millones de pastillas de hidrocodona y oxicodona a Virginia Occidental, un estado con apenas 1,8 millones de habitantes. En una ciudad de 2.900 habitantes, se procesaron más de 20 millones de recetas de opioides en la última década. A nivel nacional, entre 1999 y 2011, las prescripciones de oxicodona se multiplicaron por seis. El consumo nacional per cápita de oxicodona pasó de unos 10 miligramos en 1995 a casi 250 miligramos en 2012”.

Leamos cómo, en su opinión, inició el salto hacia la heroína y el fentanilo.

Por supuesto, con el tiempo los médicos se dieron cuenta de la magnitud de su error. Entre 2010 y 2015, las recetas de opioides disminuyeron un 18 por ciento. Pero si fue un error enorme y bien intencionado crear este ejército de adictos, fue aún mayor cortarles el suministro. Fue entonces cuando los adictos se vieron obligados a recurrir a las pastillas del mercado negro y a la heroína callejera. Una vez más, el canal de suministro ilegal rompió con patrones anteriores. Ya no estaba controlado por los cárteles establecidos en las grandes ciudades que históricamente habían sido la principal fuente de narcóticos. Esta vez, la heroína –especialmente la barata heroína de alquitrán negro procedente de México– procedía de pequeñas operaciones de narcotráfico que evitaban las grandes zonas urbanas, siguiendo en cambio el rastro de las clínicas de metadona y las fábricas de pastillas hasta el corazón de Estados Unidos.
Comprar heroína se volvió tan fácil en los suburbios y las zonas rurales como comprar marihuana en las ciudades. Sin violencia, bajo riesgo, entorno familiar: todo un sistema diseñado específicamente para proporcionar un colocón limpio, amigable y de clase media. Estados Unidos estaba regresando a la norma del siglo XIX, cuando los opiáceos eran una medicina de rutina, pero consumía compuestos mucho más potentes, adictivos y mortales de lo que cualquier entusiasta de las tinturas del siglo XIX podría haber imaginado. El país parecía alguien que alguna vez estuvo acostumbrado al opio, que pasó mucho tiempo recuperándose, cuya tolerancia a la droga se había derrumbado y a quien luego se le ofreció una dosis de la nueva variedad más poderosa.
Luego vino el fentanilo, un opioide masivamente concentrado que ofrece hasta 50 veces la potencia de la heroína. Desarrollado en 1959, ahora es uno de los opioides más utilizados en la medicina mundial; su milagroso alivio del dolor se administra mediante parches transdérmicos o pastillas, que han revolucionado la cirugía y la recuperación y han ayudado a salvar innumerables vidas. Pero en su forma cruda, es una de las drogas más peligrosas jamás creadas por los seres humanos. Un cargamento reciente de fentanilo incautado en Nueva Jersey cabía en el maletero de un solo automóvil, pero contenía suficiente veneno para acabar con toda la población de Nueva Jersey y la ciudad de Nueva York juntas. Eso es más muerte potencial que una bomba sucia o una pequeña arma nuclear. Eso es también lo que lo convierte en un sueño para los traficantes. Un kilo de heroína puede rendir 500.000 dólares; un kilo de fentanilo vale hasta 1,2 millones de dólares.



 

El problema del fentanilo, en lo que respecta a los traficantes, es que es casi imposible dosificarlo correctamente. Para ser inyectado, la forma microscópica del fentanilo requiere que se corte con varias otras sustancias, y ese corte es jugar con fuego. Sólo el equivalente a unos pocos granos de sal puede provocar repentinos paroxismos celestiales; unos cuantos granos más te matarán. Obviamente, a los traficantes de drogas no les interesa matar a toda su base de clientes, pero mantener con vida a la mayoría de sus clientes parece estar más allá de sus habilidades. La forma en que la heroína mata es simple: la droga ralentiza drásticamente el sistema respiratorio, asfixiando a los consumidores mientras se quedan dormidos. Aumente la potencia en un factor de 50 y no sorprenderá que pueda morir por ingerir sólo medio miligramo de este producto.
El fentanilo proviene de laboratorios en China; puedes encontrarlo, si lo intentas, en la web oscura. Es tan pequeño y tan valioso que es casi imposible evitar que ingrese al país. El año pasado, 500 millones de paquetes de todo tipo ingresaron a Estados Unidos a través del correo regular, lo que los hace prácticamente imposibles de monitorear con la tecnología actual del Servicio Postal. Y así, en los últimos años, el impacto de los opioides ha pasado de una intoxicación masiva a una muerte masiva. En la última epidemia de heroína, cuando los veteranos de Vietnam trajeron la adicción a casa, la tasa de sobredosis fue de 1,5 por cada 10.000 estadounidenses. Ahora son 10,5. Hace tres años en Nueva Jersey, el 2 por ciento de toda la heroína incautada contenía fentanilo. Hoy es un tercio. Desde 2013, las muertes por sobredosis de fentanilo y otros opioides sintéticos se han multiplicado por seis, superando a las de cualquier otra droga.
Si la guerra contra las drogas se ve como una partida de ajedrez de un siglo de duración entre la ley y las drogas, parece bastante obvio que el fentanilo, al concentrar masivamente la sustancia más placentera jamás conocida por la humanidad, es jaque mate.

A diferencia de otras olas de drogadicción, el consumo problemático de opioides alcanza a gran parte de la sociedad estadounidense. Es trasversal a la mayoría de las clases sociales.


Protesta de madres que perdieron a sus hijos víctimas de OxyContin, producido por Purdue Pharma, en la Universidad de Harvard en Cambridge, Massachusetts.

Por supuesto, cuando la crisis estalló, la familia Sackler, propietaria de Purdue Pharma, se anticipó a las acciones judiciales en su contra. Primero, Richard Sackler renunció a la dirección ejecutiva de la compañía para evitar que fuera culpado penalmente. Y luego accionó para que los gerentes no fueran metidos en prisión en los procesos judiciales en su contra.

Uno de los más públicos fue el presentado por los fiscales de Virginia Occidental por publicidad engañosa. Ahí, gracias al lobby del exalcalde de Nueva York, Rudy Giulani, la empresa solo se declaró culpable, en un caso presentado por fiscales federales en Virginia, de cargos penales por mala marcación y reconoció que Purdue había comercializado OxyContin “con la intención de defraudar o engañar”. Michael Friedman, el vicepresidente ejecutivo, se declaró culpable de un delito menor, al igual que Howard Udell y el director médico de la empresa, Paul Goldenheim. Ninguno fue a prisión.


Fuente: Bruno Sgarzini

jueves, 6 de noviembre de 2025

La gran mentira detrás de los ataques de Trump a los barcos

 

 Por Timothy Snyder   
      Historiador estadounidense y profesor de la univesidad de Yale.


     Cuando anuncia una política agresiva, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, suele ofrecer alguna justificación grotesca —una ficción sin sentido que se supone que debe quedar grabada en nuestras mentes como fundamento de la violencia. Cuanto más nos traguemos estas mentiras ahora, más difícil nos resultará cuestionar futuras falsedades, porque eso pondría en tela de juicio nuestra visión de nosotros mismos como seres inteligentes.

Esta es la magia de la Gran Mentira, tal y como explicó Hitler en Mein Kampf : contar una mentira tan descabellada que la gente simplemente no pueda creer que es falsa. La mayor mentira de Hitler fue afirmar que una conspiración judía internacional era la causa de los varones de Alemania, un chivo expiatorio al que podía culpar de cualquier problema y absolver a otros de cualquier responsabilidad. En 1939, Hitler y sus propagandistas difundieron también falsedades desacreditadas sobre Polonia —que no existía realmente como Estado— y, también, que era el agresor que había desencadenado la Segunda Guerra Mundial.

Las grandes mentiras de Trump son casi innumerables. Quizás la más versátil sea que su política se centra en frenar el comercio ilícito de fentanilo . Al principio de su segundo mandato, Trump afirmó que Canadá atacó primero a Estados Unidos al permitir que el fentanilo cruzara libremente la frontera. Y, en realidad, ¿no debería convertirse en el Estado número 51 de Estados Unidos?

Esta denuncia fue un pretexto para imponer aranceles a las exportaciones canadienses. Pero cuando Trump mete en la misma bolsa a Canadá y México y afirma que el fentanilo “entra a raudales” por las fronteras con ambos países, está mintiendo. En 2024, solo alrededor del 0,2% del fentanilo incautado por las autoridades fronterizas estadounidenses procedía de Canadá, lo que ni siquiera se mencionaba en la Evaluación Nacional de Amenazas de Drogas de 2024 de la Administración de Control de Drogas de Estados Unidos.


Integrantes de la Grupo Operativo Lagarto, brazo armado del Cártel Jalisco Nueva Generación, en noviembre 2023.

Pero en los últimos meses, la Administración Trump ha urdido una fantasía geopolítica aún más siniestra: los ataques militares contra pequeñas embarcaciones en aguas internacionales son necesarios para disuadir el narcotráfico. Estos ataques, que muchos expertos consideran claramente ilegales, se han concentrado frente a las costas de Venezuela y han causado la muerte de al menos 61 personas hasta la fecha. Aunque es ampliamente reconocido que estos ataques no detendrán el flujo de fentanilo hacia Estados Unidos, Trump ha declarado que su Gobierno seguirá “matando a quienes introducen drogas en nuestro país”.

El asesinato extrajudicial de presuntos narcotraficantes tiene menos que ver con el narcotráfico y más con la proyección de poder —y puede que incluso con un cambio de régimen. Si bien los vídeos de los atentados se han viralizado en las redes sociales, no hay pruebas de que las víctimas fueron narcotraficantes. De hecho, el vicepresidente JD Vance bromeó en septiembre sobre el asesinato de pescadores inocentes, diciendo que él “no iría a pescar ahora mismo a esa zona del mundo”.

Asimismo, según informes, la Administración Trump autorizó operaciones encubiertas de la CIA en Venezuela y desplegó sus portaaviones más avanzados en el mar Caribe. Esta demostración de poderío militar pretende ser un espectáculo político. El peligro radica en que podría escalar hasta convertirse en un conflicto imposible de ganar e interminable.


El portaviones Gerald R. Ford.

La tragedia radica en que la crisis de los opioides ha sido un elemento esencial de la experiencia estadounidense durante el último cuarto de siglo. Estados Unidos tiene la tasa de mortalidad más alta del mundo por opioides, debido en gran medida al sistema de “atención médica” con fines de lucro que orienta a las personas hacia los analgésicos, pero no incentiva los cuidados intensivos ya largo plazo necesarios para tratar la adicción.

La crisis se originó por una estrategia lucrativa de Purdue Pharma, la empresa farmacéutica estadounidense que desarrolló y comercializó agresivamente el popular analgésico opioide OxyContin. Si bien OxyContin fue responsable del aumento inicial de muertes por sobredosis, muchos consumidores recurrieron a la heroína y ahora al fentanilo —unas 50 veces más potente que la heroína— al no poder obtener más recetas para el producto más vendido de Purdue Pharma.




Los estadounidenses que viven en los epicentros de la crisis de adicciones tienden a votar a los republicanos; Sin su apoyo, Trump nunca habría resultado electo. Trump y Vance están familiarizados con la epidemia de opioides, en el sentido de que ven la fuente de sufrimiento como un recurso político que puede utilizarse contra el enemigo que elijan —ya sea un aliado como el primer ministro canadiense, Mark Carney, o un adversario como el presidente venezolano, Nicolás Maduro—.

En sus memorias de 2016, Hillbilly Elegy , Vance relata cómo su madre, una enfermera con fácil acceso a medicamentos bajo receta, era adicta a los fármacos. Sin embargo, su discurso político sobre inmigración y seguridad ha creado una narrativa diferente, en la que Vance culpa a otros países —“el veneno que cruza nuestra frontera”— de los problemas de su madre. De ello se deduce que los estadounidenses deben ver sus adicciones como un ataque externo.

Es importante entender la psicología que están explotando a Trump y Vance. Los adictos tienden a culpar a otros de su condición. El auge de la extrema derecha en la política estadounidense ha elevado esta mentalidad a la categoría de plataforma nacional. La creencia de que alguien más debe ser responsable de los problemas del país ha llegado a influir en la política exterior, y la administración Trump ha inventado historias cada vez más absurdas, como por ejemplo que cada ataque a un barco venezolano salva 25.000 vidas estadounidenses.

Las mentiras funcionan porque desvían la culpa. Responsabilizar a otros países de la crisis de los opioides es una forma atractiva de externalización moral para los estadounidenses. Pero una ficción de tal magnitud requiere que se construya toda una realidad alternativa a su alrededor. Trump y su administración están adoctrinando a la prensa y al público estadounidense para que asocien los ataques a los con la detención del flujo de fentanilo y otras drogas, un claro ejemplo de las falsedades que los imperialistas cuentan antes de lanzar guerras condenadas al fracaso.

Las guerras empiezan con palabras, lo que implica que estas deben tomarse en serio antes de que estalle el conflicto. Solo desenmascarando a los grandes mentirosos y diciendo las pequeñas verdades podemos tener alguna esperanza de frenar la presidencia cada vez más agresiva de Trump.


Fuente: EL PAÍS