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martes, 9 de diciembre de 2025

Un noviembre extremadamente caluroso encamina a 2025 como el segundo año más cálido

 

 Por Pablo Rivas   
      Coordinador de Clima y Medio Ambiente en El Salto.


El pasado mes ha sido el tercer noviembre más cálido de la historia, según los últimos datos del Observatorio Climático Copernicus


     El año no ha terminado aún y ya tenemos un nuevo récord climático sobre la mesa. El Servicio de Cambio Climático de Copernicus (C3S) de la Unión Europea acaba de publicar los datos del mes de noviembre y estos van en la línea esperada a la vez que poco halagüeña para el bienestar de las sociedades humanas: 2025 va camino de superar a 2023 como el segundo año más cálido vivido por los Homo Sapiens desde hace más de 125.000 años, solo por detrás del pasado año

El hito lo precipitan los malos datos de noviembre a nivel global. Este mes, con una temperatura promedio del aire en superficie de 14,02ºC, se sitúa como el tercer mes de noviembre más cálido vivido por los seres humanos y 0,65ºC por encima del promedio del mismo mes entre 1991 y 2020, un periodo que ya estaba muy afectado por la crisis climática.


Anomalías de la temperatura del aire en superficie en el mes de noviembre de 2025.

Con estas cifras, el tándem 2023-25 se constituye como el trienio en el que la marcha atrás en la crisis climática se aleja. “En noviembre, las temperaturas globales superaron en 1,54 °C los niveles preindustriales, y el promedio trienal del período 2023-2025 va camino de superar los 1,5°C por primera vez”, ha señalado Samantha Burgess, directora estratégica de Clima de Copernicus. Para la experta, “estos hitos no son abstractos: reflejan el ritmo acelerado del cambio climático y la única manera de mitigar el aumento futuro de las temperaturas es reducir rápidamente las emisiones de gases de efecto invernadero”.


Anomalías de la temperatura del aire en superficie por mes durante 2023, 2024 y 2025.

Copernicus destaca en su análisis de noviembre que “2025 está actualmente empatado con 2023 como el segundo año más cálido registrado”. Temperaturas “notablemente superiores a la media” en el norte de Canadá y en el Océano Ártico, uno de los puntos más sensibles del planeta a la crisis climática, han sido clave en este resultado.

Asimismo, el mes “estuvo marcado por una serie de fenómenos meteorológicos extremos, incluyendo ciclones tropicales en el Sudeste Asiático, que causaron inundaciones catastróficas generalizadas y pérdidas de vidas”, lamentan desde el servicio climático.


Temperatura media anual global, con estimación de 2025.

Estos datos se conocen apenas unas semanas después de que termine la última Cumbre del Clima anual de la ONU, donde, a pesar de la abrumadora evidencia, los países no han conseguido acercarse a un acuerdo para establecer una hoja de ruta que elimine los combustibles fósiles, gracias a la presión de los países petroleros y las grandes potencias lideradas por corrientes ligadas a la alt right y la ultraderecha negacionista.


Fuente: El Salto

martes, 26 de agosto de 2025

La oleada de incendios propaga el ecofascismo

 

 Por Alberto Mesas   
      Periodista por la Universidad Complutense de Madrid especializado en temas sobre migraciones, derechos humanos y Balcanes occidentales.



Cómo las ultraderechas europeas, Vox y un sector del PP han evolucionado del negacionismo climático a un falso ecologismo nacionalista que justifica la xenofobia



     España se quema. Está siendo el peor verano de incendios en nuestro país en los últimos 30 años. Las decenas de fuegos propagados durante el último mes y medio ya han calcinado más de 300.000 hectáreas, dejando al menos cuatro muertos, más de 30.000 personas evacuadas y multitud de casas y bosques carbonizados.

Esta tragedia también se está utilizando como arma política entre el Gobierno central y los ejecutivos autonómicos de las comunidades autónomas más afectadas (Galicia, Castilla y León y Extremadura), donde gobierna el PP, en algunos casos con el apoyo de Vox.


Miembros de la UME trabajan para frenar un fuego en Caminomorisco -Cáceres-, el pasado 1 de agosto.

Sin embargo, la disputa verbal sobre la logística y los efectivos desplegados, las carencias de medios técnicos para extinguir el fuego o la precariedad del personal de emergencias se ha extendido al terreno de la narrativa sobre el cambio climático. Vox no ha dudado en culpar de los incendios al “fanatismo climático” y a la Agenda 2030, y el PP también ha contribuido a construir el discurso antiecologismo difundiendo bulos y desinformación.

Ambos partidos, a través de figuras como Javier Ortega Smith o Isabel Díaz Ayuso, han asegurado que “las agendas ideológicas” prohíben limpiar montes, márgenes de ríos o desbrozar, algo que queda desmentido por el Artículo 48 de la Ley de montes. En 2019 Vox se negó a firmar una declaración institucional que relacionaba los incendios con el cambio climático tras alegar que tenía un “enfoque ideológico”.

Del negacionismo al ecofascismo

El cambio climático, como el feminismo, la violencia machista o la inmigración, es uno de los ejes del discurso reaccionario de la extrema derecha en todo el mundo. Ante la evidencia científica, los partidos ultra han dejado atrás el negacionismo simplista para reorientar la narrativa climática hacia el nacionalismo excluyente.

En este nuevo marco se sustituye la negación por la apropiación de discursos aparentemente verdes que legitiman políticas de jerarquización de la ciudadanía (los españoles primero) y de cierre de fronteras, desplazando el debate ecológico hacia el terreno de la identidad nacional. Así, las aduanas y la cultura se presentan como barricadas protectoras del medioambiente frente a la “saturación” que provocaría lo extranjero.

Otra de las estrategias de la extrema derecha para desplazar el foco de la amenaza climática es culpar al ecologismo por las consecuencias de diversos problemas sociales, como los incendios en España. Hace unos años, el líder del Partido Nacional Británico llegó a responsabilizar a los parques eólicos de la muerte por hipotermia de las personas mayores, y en Alemania el partido neonazi AfD acusó a las políticas verdes de aumentar el desempleo en sectores tradicionales.

El ecofascismo enfatiza la protección del “ecosistema nacional” frente a supuestas amenazas externas. Este discurso ha permitido a partidos de ultraderecha presentarse como defensores del medioambiente y del campo, pero circunscribiendo su visión al nacionalismo, no al ecologismo y la protección del entorno. El origen del término se remonta a los años cuarenta, cuando la propaganda nazi adoptó el concepto Blut und Boden (sangre y tierra) para justificar el vínculo entre pureza racial y tierra que romantizaba la vida agraria y la protección ambiental como parte integral de la nación.


Integrantes de Núcleo Nacional haciendo el saludo nazi.

Vox: localismo y xenofobia

En España, el giro del discurso negacionista clásico hacia el nacionalismo ecológico ha sido impulsado por Vox, aunque en los últimos años lo han incorporado diversos sectores del PP. La formación de Santiago Abascal ha adoptado una visión instrumental de la ecología, vinculándola con la defensa del agricultor local y la soberanía hídrica, a la vez que apuesta por una narrativa abiertamente xenófoba.

En el programa de Vox no hay ninguna medida que contemple crear más zonas verdes o reducir la contaminación; únicamente hablan de agricultores españoles, soberanía de los acuíferos y la deportación masiva de migrantes, muchos de los cuales son jornaleros del campo y trabajan en explotaciones agrarias. Hace tan solo unas semanas, Vox propuso la “remigración masiva” de “millones de inmigrantes y sus hijos”, e intentó justificar la medida no solo con argumentos de seguridad, sino también con la defensa de la identidad y la cultura españolas.

Poco a poco el PP ha ido incorporando parte del discurso y las propuestas de Vox a su propio programa, especialmente en materia de migración. El resultado es un discurso híbrido que tiene un gran calado en zonas rurales. Seduce a votantes que están preocupados por la crisis climática, pero les da el marco discursivo de la inmigración como amenaza para los recursos y la cultura locales.

Ecologismo identitario en Europa

En Europa, el discurso ecofascista ha adquirido formas distintas según el contexto nacional, aunque todos comparten la instrumentalización de la crisis climática y ambiental como argumento para justificar políticas antiinmigración.

En Francia, la Agrupación Nacional de Marine Le Pen también ha mutado del negacionismo a una visión de la ecología como proyecto nacionalista. Le Pen apela a la protección de la producción local frente a la globalización y considera la inmigración como una amenaza tanto identitaria como medioambiental. Miembros del partido, como el eurodiputado Hervé Juvin, han propuesto defender el ecosistema nacional, y presentan la frontera francesa como un elemento “protector” frente al “nomadismo”.

Bajo esta “ecología patriótica” vinculada al localismo y la autosuficiencia, Le Pen ha vertebrado un discurso que impulsa la xenofobia, con la idea central de que sólo la población nacional cuida realmente de la tierra.

Aunque Marine Le Pen no niega abiertamente el cambio climático, varios dirigentes de su partido cuestionan su gravedad o que esté causado por la acción humana. Además, son habituales los ataques a instituciones científicas como el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (GIEC), a las que acusan de alarmismo. También ignoran políticas de adaptación a un escenario de digitalización y evitan comprometerse a aplicar medidas para reducir emisiones de carbono.

Alternativa por Alemania, tradicionalmente negacionista del cambio climático, también ha evolucionado hacia posiciones proteccionistas basadas en el nacionalismo identitario. Si bien mantienen corrientes reticentes a asumir la crisis climática, varios sectores del partido han empezado a articular la defensa de “los recursos alemanes”. Esto se plasma en su rechazo a políticas migratorias de integración como al Pacto Verde Europeo. Se centran en remarcar que ellos priorizan al ciudadano alemán.

Caso similar es el de Italia, donde la Lega y Fratelli d’Italia han incorporado en su discurso ambiental la protección del agricultor local y la defensa del Made in Italy. El argumento identitario se mezcla con propuestas de soberanía alimentaria, la oposición al Mercado Común Europeo y el rechazo a las migraciones, de nuevo deslizando la idea de que los productos nacionales y las comunidades locales son más sostenibles y respetuosas con el entorno. El ecologismo, por tanto, se utiliza para reforzar la batalla cultural por la identidad italiana y justificar medidas proteccionistas y restrictivas.

En Europa central y oriental, Hungría y Polonia son los mayores referentes de cómo los partidos de extrema derecha asumen el discurso ambiental como parte de su estrategia para legitimar políticas excluyentes. En estos contextos, la protección del medio ambiente se convierte en excusa para exaltar la cultura nacional y culpar a migrantes o países vecinos de la degradación ecológica.

En todos los casos se observa una tendencia a enfocar la sostenibilidad desde la óptica de la “resistencia nacional”, donde la transición verde se convierte en un instrumento para proteger las capacidades nacionales y justificar una política migratoria restrictiva, que impide la entrada bajo supuestos como la “saturación ecológica” o el “agotamiento de recursos”.

Este enfoque contrasta con las políticas climáticas solidarias y redistributivas que apuestan por la justicia global, la cooperación y la equidad socioambiental. Mientras las primeras consolidan barreras y jerarquías de ciudadanía bajo la bandera de la ecología, las segundas defienden que la verdadera sostenibilidad implica un reparto justo de recursos y responsabilidades más allá de las fronteras.

En nombre de la seguridad y el control

El concepto ecobordering sintetiza esta tendencia. Los partidos de extrema derecha presentan el cierre de fronteras y el endurecimiento de las políticas migratorias como medidas de protección, también ambiental, justificando barreras físicas y tecnológicas bajo el pretexto de preservar lo nacional. Organizaciones como Adelphi han documentado los efectos de esta retórica en el entorno europeo actual, subrayando el peligro de que la respuesta climática derive en políticas abiertamente excluyentes bajo una falsa apariencia de sostenibilidad.

En 2021, los expertos británicos Joe Turner y Dan Bailey publicaron un estudio donde constatan esta estrategia de la extrema derecha de vincular las políticas fronterizas rígidas con la protección del medioambiente. Esta idea queda perfectamente resumida en las palabras que Marine Le Pen pronunció en 2019: “El ambientalismo es el hijo natural del patriotismo, que es el hijo natural del arraigo”, y “La mejor preservación del medioambiente es la defensa de las fronteras”.

Un informe de la Agencia Europea del Medio Ambiente sobre adaptación al clima advierte de que los colectivos más vulnerables (personas mayores, con bajos ingresos o enfermedades) están soportando el mayor peso de los impactos climáticos, desde las olas de calor hasta las inundaciones o los incendios.

Precisamente quienes menos contribuyen a la crisis climática son los más afectados por sus consecuencias. Según un informe de Oxfam y el Stockholm Environment Institute, el 1% más rico produjo más emisiones que el 50% más pobre entre 1990 y 2020. Por lo tanto, es evidente que el proceso no afecta por igual a todos los sectores y clases sociales.

Es lo mismo que concluyen varios estudios del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, o el informe sobre transición ecológica publicado por el Observatorio Transición Justa, que evidencian cómo en todos los ámbitos vinculados al cambio climático se producen importantes desigualdades de género, renta y edad, que se trasladan también al proceso de digitalización. Por ejemplo, sólo una de cada siete personas ocupadas en empleos verdes en España es mujer, mientras que los mayores y quienes viven en situaciones de pobreza sufren con mayor intensidad el impacto de los desastres naturales.


Fuente: Ctxt

lunes, 4 de agosto de 2025

¿Por qué el Gobierno de Trump está haciendo desaparecer los datos climáticos?

 

 Por Kate Yoder   
      Redactora sénior de Grist que cubre el cambio climático desde la perspectiva del lenguaje, la cultura y la historia.


La Administración Trump ha dado un paso más en su negacionismo, que consiste en hacer desaparecer toda evidencia científica del cambio climático


Donald Trump durante su intervención en la Conferencia de Acción Política Conservadora -CPAC-, celebrada en febrero de este año.


     Durante 25 años, un grupo compuesto por algunos de los principales expertos del país ha seguido meticulosamente las formas en que el cambio climático amenaza a todas las regiones de Estados Unidos. Sus hallazgos sirvieron de base para las Evaluaciones Nacionales del Clima, una serie de informes exigidos por el Congreso que se publican cada cuatro años y que traducen la ciencia en advertencias accesibles para los responsables políticos y el público. Pero ese trabajo se detuvo esta primavera, cuando la administración Trump despidió abruptamente a los 400 expertos que estaban trabajando en la próxima edición. Luego, el 30 de junio, todos los informes anteriores también desaparecieron, junto con el sitio web federal donde estaban alojados.


Equipos de búsqueda y rescate revisan los escombros el lunes tras las devastadoras inundaciones ocurridas cerca del río Guadalupe en Ingram, Texas.

Mucha información sobre el cambio climático ha desaparecido durante el segundo mandato del presidente Donald Trump, pero la eliminación de las Evaluaciones Nacionales del Clima es «de lejos la mayor pérdida que hemos visto», señala Gretchen Gehrke, quien monitorea sitios web federales con la Iniciativa de Gobernanza y Datos Ambientales (Environmental Data and Governance Initiative). Las Evaluaciones Nacionales del Clima eran uno de los recursos más accesibles que desglosaban cómo el cambio climático afectará los lugares que le importan a la gente, apunta. Los informes también eran utilizados por una amplia variedad de actores –responsables políticos, agricultores, empresas– para orientar sus decisiones sobre el futuro. Aunque los informes han sido archivados en otros lugares, ya no son tan fáciles de acceder. Y no está claro qué pasará, si es que pasa algo, con el informe que estaba previsto para 2027 o 2028, el cual ya existía en forma de borrador.

Entonces, ¿por qué sobrevivieron los informes al primer mandato de Trump pero no al segundo? Su desaparición puede interpretarse de distintas maneras, señalan los especialistas: como una demostración de poder ejecutivo, una escalada en la guerra cultural sobre el cambio climático o un intento estratégico de eliminar la base científica de las políticas climáticas. “Si suprimes información y datos, entonces no tienes las pruebas necesarias para poder crear regulaciones, reforzar las existentes e incluso combatir la derogación de regulaciones”, sostiene Gehrke.


Vista de una gasolinera quemada y en ruinas en Altadena, California, tras los incendios forestales que arrasaron la ciudad en enero de 2025.

Esto no es negacionismo climático en el sentido tradicional. Los días de debatir en voz alta la ciencia han sido reemplazados en su mayoría por algo más silencioso e insidioso: una campaña para ocultar la información básica. “No sé si seguimos viviendo en una etapa de negacionismo climático”, afirma Leah Aronowsky, historiadora de la ciencia en la Escuela del Clima de Columbia. «Ahora tenemos un nuevo frente de negacionismo mediante la eliminación».

Al recortar fondos para la investigación y retener datos cruciales, la administración Trump está dificultando saber con precisión cómo está cambiando el planeta. En abril, su Gobierno retiró casi 4 millones de dólares en financiación a un programa de Princeton destinado a mejorar los modelos informáticos que predicen cambios en los océanos y la atmósfera, alegando que el trabajo generaba “ansiedad climática” entre los jóvenes. Ese mismo mes, la Agencia de Protección Ambiental (EPA) no presentó su informe anual a las Naciones Unidas sobre las emisiones de gases de efecto invernadero del país. En mayo, la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) puso fin a su tradición de 45 años de seguimiento de desastres meteorológicos de más de mil millones de dólares. Trump también espera cerrar el laboratorio de Mauna Loa en Hawái, que ha medido el aumento constante de dióxido de carbono atmosférico desde los años 50, siendo los primeros datos que demostraron de forma concluyente que los humanos estaban cambiando el clima.


Instalaciones del Observatorio de Mauna Loa, en Hawái, en lo alto del volcán del mismo nombre - NOAA.

Este tipo de supresión generalizada de todo un campo de investigación financiado por el gobierno federal, hasta donde sé, no tiene precedentes históricos”, asegura Aronowsky.

En respuesta a una solicitud de comentarios, un portavoz de la NASA dijo que “no tiene ninguna obligación legal de alojar los datos de globalchange.gov”, refiriéndose al sitio que albergaba las Evaluaciones Nacionales del Clima, y agregó que el Programa de Investigación del Cambio Global de EE. UU. ya había “cumplido con sus obligaciones legales al presentar sus informes al Congreso”. La EPA remitió a Grist a una página web con informes pasados sobre emisiones de gases de efecto invernadero, así como a una versión del informe que se suponía iba a publicarse este año, obtenida por el Environmental Defense Fund. Sin embargo, la agencia confirmó que los datos más recientes no se han publicado oficialmente. La Casa Blanca declinó hacer comentarios, y la NOAA no respondió.

El año pasado, se filtró un vídeo de formación de Project 2025 —la hoja de ruta política organizada por The Heritage Foundation, un think tank conservador— en el que un exfuncionario de Trump declaraba que los cargos políticos tendrían que “erradicar toda referencia al cambio climático en absolutamente todos lados”. La estrategia parece estar diseñada para reforzar la industria de los combustibles fósiles en un momento en que la energía limpia se ha vuelto competitiva y la realidad del cambio climático es más difícil de ignorar, con inundaciones, incendios y olas de calor cada vez más palpables. “Vamos a perforar, nena, a perforar” («We will drill, baby, drill«), dijo Trump en su discurso de investidura en enero.

La administración no ha sido precisamente sutil sobre sus objetivos finales. Lee Zeldin, el director de la EPA, no niega la realidad del cambio climático (se autodenomina “realista climático”), pero ha desmantelado con fervor programas medioambientales y ha recomendado que la Casa Blanca anule el “hallazgo de peligro” («endangerment finding«), el pilar de la política climática estadounidense. Esta se deriva de una decisión del Tribunal Supremo de 2007 sobre la Ley de Aire Limpio que obligaba a la EPA a regular los gases de efecto invernadero como contaminantes, ya que ponen en peligro la salud pública. Si la administración logra convencer a los tribunales de que el cambio climático no es un problema de salud, podría eliminar esa obligación regulatoria.




Si eliminas información sobre el cambio climático, su realidad y su impacto sobre las personas, entonces creo que es mucho más fácil argumentar que no es un problema de salud ambiental”, insiste Gehrke.

Existe una palabra para la idea de que la ignorancia puede servir a fines políticos: agnotología (del griego “agnosis”, o “no saber”), el estudio de cómo el conocimiento se oscurece deliberadamente. Lo que Trump está haciendo con la información sobre el cambio climático encaja plenamente en esa tradición, según Aronowsky: “Si la eliminas, entonces, en cierto sentido, deja de existir, y por tanto, ya no hay nada que debatir, ¿no?”

El negacionismo climático comenzó a despegar en los años 90, cuando las compañías petroleras y de gas, junto con think tanks afines a la industria, empezaron a sembrar dudas sobre la ciencia climática. Con el paso de las décadas, a medida que la evidencia se volvió irrefutable, quienes se oponían a reducir el uso de combustibles fósiles pasaron de negar directamente los hechos a atacar soluciones como la energía eólica y solar. Lo que está haciendo ahora la administración Trump marca una ruptura radical con esa tendencia de largo plazo, comenta John Cook, investigador sobre desinformación climática en la Universidad de Melbourne, en Australia. “Esto no es un simple giro, es un giro de 180 grados, una inmersión en algo que nunca habíamos visto”, afirma. Por otro lado, Cook considera que la administración está tomando una táctica clásica del negacionismo climático —pintar a los científicos como “alarmistas” o conspiradores que no son de fiar— y convirtiéndola en política de gobierno.

Medio año después del inicio del segundo mandato de Trump, el trato que se da a la información climática aún no ha alcanzado los niveles de “erradicación” que aspiraba Project 2025, al menos en los sitios web del gobierno. El sitio web de cambio climático de la EPA, por ejemplo, sigue activo, aunque todas las referencias al fenómeno fueron eliminadas de la página principal de la agencia. Hasta ahora, la mayoría de las eliminaciones de sitios web han servido para aislar el cambio climático como un tema separado, borrando su relación con cuestiones como la salud y la infraestructura, apunta Gehrke. Hasta que desaparecieron las Evaluaciones Nacionales del Clima, ella habría dicho que “eliminación climática” no era una caracterización adecuada de lo que está ocurriendo. “Pero ahora, ya no estoy tan segura”, dijo.

Rachel Cleetus, directora de políticas del Union of Concerned Scientists, cree que las acciones de la administración van más allá de la eliminación. “Están tratando, literalmente, de cambiar la base sobre la que se sustenta gran parte de la formulación de políticas: la base científica, la base legal y la base económica”, dijo. Su mayor preocupación no es solo qué hechos han sido eliminados, sino qué propaganda política podría reemplazarlos. “Eso es aún más peligroso, porque realmente deja a la gente en una especie de zona crepuscular, donde lo que es real, lo que importa y lo que va a afectar sus vidas diarias está siendo oscurecido.”


Fuente: Grist