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lunes, 23 de marzo de 2026

“Hitler con demencia” o “presidente sobrehumano”: el debate sobre la salud mental de Trump

 

 Por Iker Seisdedos   
      Corresponsal jefe de EL PAÍS en EE. UU.


Frente a quienes alertan de que el mandatario sufre “trastornos” agravados por una supuesta demencia, los médicos de la Casa Blanca subrayan su buen estado de salud y su entorno achaca sus salidas de tono a una personalidad iconoclasta


     Fue uno de tantos momentos de Donald Trump para frotarse los ojos. Un reportero japonés le preguntó el jueves en el Despacho Oval, durante la recepción a su primera ministra, Sanae Takaichi, por qué Washington no avisó a sus aliados del ataque a Irán. “¿Quién sabe más de sorpresas que Japón?”, bromeó Trump, “¿por qué no me contasteis lo de Pearl Harbor?”. El comentario pareció incomodar a su interlocutora, rompió las reglas del decoro diplomático y pulverizó décadas de evitar, en nombre de la armonía bilateral, el asunto del bombardeo sobre Hawái que en 1941 mató a más de 2.400 personas y provocó la entrada de Estados Unidos en la II Guerra Mundial. También dejó una paradoja espacio temporal: nadie pudo haber avisado a Trump porque entonces aún faltaban cinco años para su nacimiento.


La broma de Pearl Harbor de Trump.

El lunes el presidente se contradijo hasta en cinco ocasiones sobre sus planes en Irán, tras semanas de insistir al mismo tiempo en que Estados Unidos ha ganado la guerra y en que aún queda mucho por hacer. Horas después, publicó en su cuenta de Truth varios mensajes incomprensibles que rebotaban noticias halagadoras sobre él publicadas hace meses. Y antes de eso, sin irse demasiado lejos, estuvieron la carta al rey de Noruega afeándole que no le hubiera dado el premio Nobel, aunque no estaba en su mano hacerlo, el discurso lleno de insultos a sus aliados en Davos o aquella conferencia de prensa en la que se largó un monólogo sobre un manicomio en Queens y la confianza de su madre en que algún día sería una estrella de béisbol.


El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, observa una maqueta de un bombardero B-2 en el Despacho Oval de la Casa Blanca, el 16 de marzo.

Para sus simpatizantes y para los miembros de su Administración todo eso solo prueba la personalidad heterodoxa del presidente, así como el estilo impredecible y cercano de alguien que no repara en las convenciones de la política tradicional y que por eso ha aglutinado en torno a su figura un movimiento, casi un culto, sin precedentes en la historia reciente de Estados Unidos.

Para el psicólogo de la universidad Johns Hopkins John Gartner, engordan la lista de los ejemplos que prueban que el presidente de Estados Unidos no está bien.

Gartner lleva una década alertando sobre los “trastornos mentales” de Trump, sobre los que no alberga ninguna duda. “Es un narcisista maligno”, explicó el psicólogo en una videoconferencia con EL PAÍS. Se trata, aclaró, de una enfermedad descrita por el superviviente del Holocausto Erich Fromm para diagnosticar a Hitler y que, según el médico, tiene a su vez estos componentes: “Narcisismo, por supuesto –muchos políticos lo tienen–, sociopatía –mienten, engañan, hacen daño a los demás, violan las normas, no existe el remordimiento–, paranoia –se sienten constantemente atacados y, por lo tanto, buscan venganza–, grandiosidad –su afán es dominar y quedar por encima del resto; ‘soy el mejor presidente de la historia’, ‘nadie sabe más que yo sobre aranceles’, etc.– y sadismo: disfrutan el caos, la destrucción y la humillación”.

Gartner completa el cuadro diciendo que Trump es hipomaníaco. “Como Bill Clinton”, agrega, presidente demócrata sobre el que el psicólogo escribió un libro centrado en ese rasgo de su personalidad. “La hipomanía de Trump explica esa energía tremenda, que no necesite dormir mucho, su arrogancia e impulsividad y sus errores de juicio, porque cree que siempre tiene razón”. A todo lo anterior, Gartner —que domina el arte de las frases redondas como esta: “Lo único más peligroso que un Hitler americano es un Hitler americano con demencia”— añade que el cerebro de Trump “se está deteriorando”. “El nivel de deterioro es impactante, si comparas su discurso actual con el de los años 80; solía ser un tipo articulado. Es muy bueno disimulando, riéndose, actuando con confianza cuando se traba”, considera.

El psicólogo fundó al principio de la primera presidencia de Trump una organización de profesionales llamada Duty to warn (deber de alertar). Se sumaron hasta 7.500 médicos, 27 de los cuales escribieron un best-seller. Abrieron una cuenta en Twitter que llegó a tener un millón de seguidores, y él fue la estrella del documental ¿Está loco Donald Trump? (2020). En otras palabras, generaron un ruido considerable, antes de replegarse tras el triunfo de Joe Biden.


Trump está obsesionado con los zapatos de una firma que lo ha denunciado por los aranceles.

También se enfrentaron a las críticas por diagnosticar a un paciente sin haberlo examinado personalmente, por lo que los acusaron de infringir la Regla Goldwater, así bautizada por Barry Goldwater, candidato republicano a la presidencia en 1964 al que la revista Fact dedicó una portada con el titular “¡1.189 psiquiatras dicen que Goldwater está psicológicamente incapacitado para ser presidente!“. En el interior vertían peregrinas acusaciones contra el aspirante, que se querelló con la publicación, de no aceptar su homosexualidad o de no perdonar a su padre su condición de judío.

Aquel escándalo, en plena fiebre por el psicoanálisis freudiano en Estados Unidos, derivó en 1973 en el establecimiento por parte de la Asociación Psiquiátrica Estadounidense de un principio ético que prohíbe ofrecer opiniones profesionales sobre la salud mental de figuras públicas sin haberlas examinado personalmente y contar con su consentimiento.

Gartner se defiende diciendo que “los estudios demuestran que la entrevista clínica es la forma menos fiable de diagnosticar a un paciente, especialmente si este es el mayor mentiroso documentado de la historia”. “La regla Goldwater no dice que no se pueda diagnosticar a alguien sin tratarlo personalmente, sino que no es ético hacerlo con alguien famoso”, añade. Gartner prefirió otro principio: ese deber de alertar se acogió a otro principio: ese deber de alertar que le sirvió para bautizar su asociación. Tiene su origen en una sentencia del Supremo de California en el caso de un psiquiatra que supo de la intención de uno de sus pacientes de matar a su novia, promesa que cumplió. El fallo concluyó que la obligación de avisar prevalece en un caso así sobre el mandato de confidencialidad que rige en la intimidad del diván. “Consideramos que Trump, aunque no vaya a matar a nadie, es un peligro para cientos de millones de personas, así que nos decidimos a alzar la voz”, recuerda Gartner. El objetivo era lograr la activación de la vigesimoquinta enmienda, que contempla la incapacitación del presidente y su sucesión, si así lo decide el Congreso.

Ese “peligro” se ha agravado, según Frank George, psicólogo, neurocientífico y autor del popular substack Gaslight Report, en el que escribe sobre la salud mental de Trump. En una entrevista por videoconferencia, explicó que el narcisismo es un trastorno que acompaña a las personas desde el nacimiento, y que en él “influyen las circunstancias, el entorno o la educación” del paciente. “Es como una enfermedad cardíaca; comer hamburguesas cada día no ayuda. Si cuidas tu narcisismo, tal vez no acabes siendo la persona más generosa y empática, pero al menos, lo controlarás. No es el caso de Trump: sus padres no ayudaron, tampoco su paso por la escuela militar, en la que aprendió que ser un abusón le funcionaba. Convertirse en la persona más poderosa del mundo hizo el resto para pasar de ser un narcisista patológico a un narcisista maligno”, explica George.

El psicólogo observa dos diferencias fundamentales en su segunda presidencia. “Por un lado, se ha rodeado de gente que no quiere que le dé consejos, sino la razón. Actúa sin las barreras de la primera vez”, dice George. La segunda es que está mostrando “síntomas cada vez más preocupantes de sufrir demencia frontotemporal (DFT)”.

“Cuando la gente escucha la palabra demencia, suele pensar en Alzhéimer, pero no es eso lo que le pasa”, explica. “La DFT afecta a los lóbulos frontales y a los temporales. En los primeros reside lo que nos hace más humanos, gracias a esa parte del cerebro podemos planificar, tomar decisiones racionales y pensarnos dos veces las cosas. Con esa demencia es como si desaparecieran las barandillas neurológicas”.

Entre los síntomas de la DFT figura la confabulación, que va más allá de inventar historias. No es mentir, es creer lo que uno dice por poco creíble que resulte. Otro síntoma, aclara George, es la parafasia: “equivocarse con las palabras, pronunciarlas incorrectamente o no saber terminarlas”. “Un tercer síntoma es la insistencia: ¿cuántas veces ha podido decir las guerras que ha resuelto?”, se pregunta George, que añade que la DFT “hace que su narcisismo se manifieste con más crudeza”.

La Casa Blanca responde a los comportamientos que ponen en alerta a estos especialistas con emoticonos de risas incontenibles en las redes sociales, y reacciona a sus diagnósticos remitiéndose a los resultados de las pruebas médicas a las que Trump se somete, como parte de las obligaciones de su cargo. En el de abril de 2025, la conclusión fue que un examen neurológico “exhaustivo no reveló anomalías en su estado mental, nervios craneales, función motora y sensorial, reflejos, marcha ni equilibrio”. “La función cognitiva, evaluada mediante la Evaluación Cognitiva de Montreal (MoCA), resultó normal, con una puntuación de 30 sobre 30”, añadía el informe, firmado por el médico presidencial, Sean Barbarella, que también destacó que el paciente obtuvo “resultados dentro del rango normal para el cribado de depresión y ansiedad”.


Trump defiende su capacidad mental calificándose a sí mismo como 'un genio'.

La revista New York publicó hace un par de números un artículo que presentaron como “un intento de buena fe para averiguar la verdad sobre la salud de Trump” y titularon “El presidente sobrehumano”. La frase es de uno de los aliados más cercanos del republicano, Stephen Miller, que recomendó al reportero que la usara con ese fin. La publicación aceptó hacerlo, quién sabe si porque en la entrevista que el presidente concedió para la historia este amenaza con una demanda si la cobertura era negativa. En el texto, en el que el protagonista admite que su padre tuvo una enfermedad cuyo nombre no recuerda (Alzhéimer), pero que él no padece, uno de los médicos del presidente, James Jones, declara que Trump está mejor a sus casi 80 años que Barack Obama, al que también atendió cuando estaba en la Casa Blanca, hasta que el demócrata la dejó a los 55. El autor concluye, tras admitir que él no es médico, que Trump “podría estar bastante saludable”.

El reportaje era una reacción a la noticia de que este volvió en octubre al hospital de los presidentes, el Walter Reed, en Maryland. El motivo aducido por el Gobierno para repetir, seis meses después del último, un chequeo que se hace anualmente, fueron, tras un diagnóstico previo de insuficiencia venosa crónica, una hinchazón en los tobillos y un hematoma o una herida en una mano primero, y en la otra después, que ha desatado conspiranoias insatisfechas con explicaciones oficiales. Estas dicen que esas lesiones las causaron prolongadas sesiones de apretones de manos, los anillos de las mujeres que lo saludan o el golpe contra la esquina de una mesa. En la revista New York, Trump apunta otra causa: la ingesta diaria de 325 miligramos de aspirina, cantidad recetada por él mismo.

En el inesperado chequeo de octubre, Trump se sometió de nuevo al MoCA, un test que evalúa los signos de demencia. Días después, presumió de haber sacado una puntuación extraordinaria en un “test de inteligencia”, en lo que pareció una confusión por su parte: el MoCA no entra en ese tipo de evaluación. Para Gartner, cuya insistencia empujó a Trump por primera vez a hacerse esa prueba en 2019, sus médicos “no están contándolo todo”, y, al mismo tiempo, “desvelan más de lo que parece sin querer”. “Ningún facultativo repite un examen de demencia a un paciente con seis meses de diferencia si no tiene sospechas de algo, o porque está monitoreando algún tipo de deterioro”, dice el experto.

Semanas después, Trump reveló, aparentemente sin querer, que también le habían hecho una resonancia magnética, pero que no tenía “ni idea” de qué “parte del cuerpo” le habían escaneado. “No fue el cerebro, porque me sometí a una prueba cognitiva y la superé con una nota excelente”, dijo, antes de añadir que haría públicos los resultados.

Al día siguiente, la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, los leyó durante una conferencia de prensa, como una prueba de la “transparencia de la Administración”.

“Transparencia” es una de las palabras favoritas de los defensores del presidente, que arguyen que todo tiene una sola explicación –que Trump es Trump– y alaban, por ejemplo, que acepte constantemente las preguntas de la prensa o que en las últimas semanas esté cogiendo sin parar el teléfono a los periodistas de Washington para justificar su guerra en Irán.

En el primer año de su segunda presidencia ha batido récords de hablar, al pronunciar, según un cálculo de The New York Times, 1,97 millones de palabras, un 245% más que las dichas al principio de su primer mandato. Esa logorrea sirve para probar varias cosas a la vez: que no tiene miedo al escrutinio de sus facultades, que juega a la confusión empleando algo que podríamos llamar la “táctica de la tinta de calamar” y, como ya se ha apuntado, que en su entorno nadie parece capaz de contenerlo.

Esa constante presencia ante los focos contrasta con la ausencia de su predecesor, Joe Biden, cuyo estrepitoso declive, encubierto por su entorno y pasado por alto por una prensa tradicional que no investigó lo suficiente, empezó más o menos a la edad que tiene ahora Trump. Para los tres psiquiatras consultados en este reportaje, el “deterioro” de ambos no es comparable. El argumento se reduce básicamente a este: Biden estaba envejeciendo; Trump, desarrollando una demencia.


Fuente: El País

miércoles, 5 de febrero de 2025

La automatización del leguaje y el liberalismo sádico


      Escritor y filósofo italiano. Activista de la izquierda.


Código, cifrado, infrestructura global


     La subjetividad social está inervada por automatismos tecnolingüísticos: ésta es la sustancia del poder contemporáneo, que se basa en el formato del lenguaje.

Desde hace un par de décadas, esta transformación del poder, que casi no tiene nada que ver con el Estado, las leyes y la decisión democrática, ha sido objeto de reflexión o imaginación de teóricos de formación marxista como Keller Easterling o de formación tecnoliberal como Curtis Yarvin.

El sadoliberalismo del criptocódigo

Curtis Yarvin también conocido como Mencius Moldbug es uno de esos intelectuales que desde principios de siglo vienen hablando de la Ilustración Oscura. Sus tesis, ahora traducidas en un programa de gobierno, pueden resumirse así: la democracia es un experimento fallido, el igualitarismo es la represión de la dinámica innovadora de la sociedad. Una forma de monarquía tecnocrática es deseable, y para lograrla es necesario desmontar las estructuras del Estado y sustituirlas por la inserción de mecanismos de poder tecno-financiero.

En 2008, Yarvin publicó un texto en su blog titulado Patchwork, que describe una filosofía explícitamente genocida y ultrarreaccionaria que anticipa las políticas de la actual administración Trump. El lenguaje es provocador, abiertamente racista, el tono sarcástico y despectivo.

Pero no me interesa discutir lo imbécil que es este tipo. Me interesa comprender hasta qué punto sus tesis llegan al corazón del cambio contemporáneo. Me interesa comprender cómo se formaron las premisas conceptuales del tecnonazismo que está tomando el poder en todo Occidente.


Obra de ISTUBALZ, 2022.

Yarvin escribe que el patchwork es “el reemplazo completo del Estado por un sistema operativo…” que opera en un gran número de territorios post-estatales políticamente independientes pero técnicamente regulados por el mismo algoritmo.

Se trata de sustituir la ley por el código y hacer accesible la propiedad cifrando los códigos que los accionistas tienen a su disposición.

El poder del reino está en manos de los accionistas que utilizan un algoritmo criptográfico para mantener el control de sus activos. El principio que rige estas unidades políticas post-estatales que son los “parches” de los que habla Mencio es el de la sociedad anónima. En lugar de ciudadanos de un estado democrático o súbditos de una monarquía, los habitantes de la zona son accionistas cuyo poder es proporcional al número y valor de las acciones que poseen, a las que pueden acceder gracias a claves cifradas.

Para estos accionistas los límites de la ley no se aplican. Yarvin dice:

“Hacer cumplir la ley no significa estar limitado por la ley”.

Éste es el sentido de libertad que subyace en el corazón del sadismo liberal del patchwork.

Por supuesto, aquí surge inmediatamente un pequeño problema: no todos los humanos que habitan el planeta poseen acciones de criptomonedas. Nuestro oscuro iluminador se pregunta entonces a quién se le permite vivir y a quién no.


Obra de ISTUBALZ, 2014.

La respuesta es sencilla: todo aquel que no represente un peligro para los demás y pueda permitirse vivir en un determinado territorio tiene derecho a vivir. Muchos, sin embargo, no satisfacen la segunda necesidad, es decir, no tienen medios para sobrevivir en ese territorio. ¿Qué haremos con estos indeseables?

La respuesta es contundente:“Primero vendemos las chabolas en las que viven, ponemos todo a subasta y lo rociamos con veneno para cucarachas, luego nivelamos los escombros con una o dos excavadoras y posiblemente con un poco de bombardeo aéreo. En su lugar se están construyendo barrios residenciales para los oligarcas rusos”.

( https://keithanyan.github.io/Patchwork.epub/Patchwork.pdf )

Por supuesto, el joven añade inmediatamente que sólo está bromeando, algo muy amable de su parte. Pero eso es exactamente lo que están haciendo los oscuros iluminadores israelíes, y lo que Trump ha propuesto como plan para el futuro de Gaza.

Para los individuos sin propiedad ni poder, a quienes podemos considerar como sujetos bajo tutela (Untermenschen), la mejor alternativa al genocidio es la virtualización –según el excelente Yarvin.

“Un individuo en confinamiento solitario permanente, encapsulado como una larva de abeja en una celda sellada, se volvería loco, pero la celda contiene una realidad virtual inmersiva que le permite vivir una vida gratificante y rica en un mundo completamente imaginario… Los mundos virtuales de hoy ya son lo suficientemente emocionantes como para distraer a muchas personas de sus vidas reales. Ellos mejorarán. En este escenario no excluimos el empleo productivo por ejemplo estos individuos bajo tutela pueden trabajar en telepresencia. Sin embargo, como miembros de la sociedad, bien podrían no existir. Como sus celdas están selladas y no necesitan guardias, la virtualización será mucho más barata que la detención actual”.

A primera vista, este proyecto podría parecer el producto de un hombre trastornado que sufre de psicosis sádica. Pero si lo pensamos más detenidamente, es la descripción de la sociedad neoliberal perfectamente concentracionista que se está implementando en la fase actual. El trumpismo simplemente levanta el velo sobre esta realidad que se está desarrollando plenamente.

Infraestructuras extraestatales

El principio es el de la competitividad. Quien sea más competitivo, gana, y esto nos lo vienen diciendo desde hace al menos cuarenta años. Ahora los depredadores blancos parecen haberlo ganado todo, pero ésta es una impresión superficial. De hecho, el capitalismo desregulado ha destruido el planeta y el cerebro humano, y ahora el peso de la devastación hace inmanejable el predominio de la civilización blanca, por lo que es necesario recurrir a medidas contundentes.

                                                                          Portada de la edición coreana de "Soul at work".


Una parte del género humano debe tomar decididamente las riendas de la solución final: cierre del mundo blanco sobre sí mismo, inaccesibilidad de la fortaleza de seguridad, genocidio. Conscientes de haberlo destruido todo, los vencedores lanzan el desafío terminal: eliminar la mitad de la raza humana y transformar el Estado y el sistema internacional en un mosaico de empresas privadas.

Mientras el psicópata Yarvin habla de un código encriptado que posibilita el acceso al poder a unos pocos y de células en las que encapsular a la masa de los no propietarios, en Extrastatecraft (2014, ediciones Verso) un académico llamado Keller Easterling habla de infraestructuras globales como plataformas de gobernanza técnica de las que depende la vida social, y que funcionan como dispositivos que moldean formas de interacción según propósitos que ya no son decidibles por la política.

El concepto de zonas de infraestructura permite a Easterling definir subconjuntos tecnológicos que pueden crearse en cualquier zona del mundo y constituyen el software de un sistema operativo que se incorpora a las estructuras urbanas. Las infraestructuras son dispositivos en el sentido de formas que organizan la relación entre elementos concretos:

“Más que redes de tuberías y cables, la infraestructura incluye postes de microondas que destellan desde satélites e innumerables dispositivos electrónicos atomizados que sostenemos en nuestras manos y que reciben pulsos de esas microondas”. (Extrastatecraft: Página 11).

El poder que mueve las cosas, estructura las relaciones y gobierna los flujos se encuentra cada vez menos en las instituciones políticas y cada vez más en estos dispositivos de control remoto de la acción colectiva, que no dependen del Estado, sino de grandes corporaciones propietarias del hardware y sobre todo del software capaces de coordinar infraestructuras y de delimitar y guiar la acción humana a través de ellas. Gracias al desarrollo de la Inteligencia Artificial, pues, las infraestructuras tienden a fusionarse en el autómata global.

La democracia no tiene ninguna posibilidad de defenderse contra este sistema todopoderoso y destructivo.

El Estado moderno ejercía el poder en nombre del gran capital nacional, y para hacer frente a la fuerza de los trabajadores organizados tenía que inclinarse ante la democracia, una alianza conflictiva entre la burguesía industrial y la clase obrera. La globalización ha destruido a la burguesía, sustituyéndola por la clase financiera desterritorializada y la red de automatismos tecnolingüísticos.

Automatización del lenguaje

En el caso de Yarvin y Easterling, diría que estamos hablando del hecho de que en las últimas décadas se han creado las condiciones para una automatización cada vez más extendida y generalizada del lenguaje humano.

La gobernanza de las dinámicas caóticas es posible gracias a la automatización tecnolingüística; Los automatismos tecno-financieros y tecno-militares configuran el caos social y geopolítico sin pretender gobernarlo en un sentido político, voluntario y consensual.

Lo que ocurrió en el siglo XX es la automatización del lenguaje humano a través de plataformas codificadas. En las últimas décadas, en Capitale e Linguaggio y Parole con Parole autores como Christian Marazzi y Paolo Virno han hablado del carácter performativo del lenguaje como fuerza productiva, explicando que en la era en que vivimos el ciclo de realización del valor se centra en la enunciación y la comunicación lingüística. Pero ahora el lenguaje, habiéndose convertido en código, actúa directamente sobre la realidad. Al igual que las prescripciones, las profecías y los mandatos, el código también tiene el poder de inscribir en sí mismo estados futuros del ser: el futuro está inscrito en el código en la medida en que prescribe lo que podemos hacer con la máquina y lo que la máquina puede hacer con nosotros.

Lo que ha ocurrido en la sociedad humana desde que se inició el proceso de digitalización es el sometimiento de la actividad lingüística, comunicativa y productiva a unas grandes infraestructuras que formatean y estructuran la acción lingüística en todas sus formas.

Consideremos cómo la comunicación social se ha vuelto dependiente de grandes corporaciones que proporcionan la infraestructura para producir e intercambiar declaraciones, bienes e imágenes. La arquitectura de nuestra posible acción es ahora una emanación de esas infraestructuras y no puede tener lugar excepto dentro de ellas.

Fuente: ILDISERTORI