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domingo, 25 de enero de 2026

CIA, psiquedelia y ultraderecha: del proyecto MK-Ultra al trumpismo

 

      Dr. Ciencia Política. Profe UB. Investigador por cuenta propia.


     La historia cultural de Estados Unidos está llena de teorías de la conspiración, pero pocas tan inquietantes como la que vincula la contracultura psiquedélica, el proyecto secreto MK-Ultra y el súbito crecimiento de la ultraderecha.


La película 'Los hombres que miraban fijamente a las cabras' (2009) recreaba el proyecto secreto Mk-Ultra.

Siguiendo la pauta de que el contramovimiento se inspira siempre del movimiento, estos grupos reaccionarios han descubierto en los psiquedélicos un recurso inesperado para reconstruir sus mitos particulares. Han abrazado así la idea de que el LSD, Aldous Huxley, Esalen, los Acid Tests, los Grateful DeadTimothy Leary y hasta el festival de Woodstock formaron parte de un complot orquestado por la CIA.


El escritor y filósofo, Aldous Huxley.


Timothy Leary


La razón por la que esta hipótesis lleva décadas sobreviviendo es sencilla: existe un núcleo de verdad en toda esta conspiranoia que resulta particularmente incómodo a los defensores de la racionalidad ilustrada, el Estado de derecho y la democracia realmente existente. Entre los años cuarenta y setenta, la agencia financió y coordinó la mayor red de experimentación clandestina con psicodélicos de la historia contemporánea. Alrededor de ochenta instituciones —muchas de ellas universidades prestigiosas en los Estados Unidos, Canadá y Australia— se dedicaron a explorar el potencial de estas sustancias como herramientas de interrogatorio y control mental. Gran parte de estos experimentos se realizaron en secreto, como parte de esa guerra sucia sobre la que no conviene saber la verdad, y a menudo incluso con sujetos no informados ni voluntarios.

En última instancia el objetivo fue convertir el dominio de la consciencia en un arma estratégica durante la Guerra Fría. Se han escrito libros importantes sobre esta cuestión, pero, en general, tienden todos a situarlo como un episodio tenebroso de la historia norteamericana reciente, protagonizado por hombres de traje gris y cuyas víctimas no han sobrevivido para contarlo. Pero, ¿qué hay de verdad en todo esto?

La utopía científica y su lado oscuro

El historiador Benjamin Breen analiza este cruce entre aspiraciones humanistas y operaciones clandestinas en su libro Tripping on Utopia. Su obra se centra en la primera gran oleada de investigación psiquedélica, entre los años cuarenta y sesenta, y en figuras como Margaret Mead y su amigo y antiguo amante Gregory Bateson, figura central en el Instituto Esalen.

Ambos pertenecían al círculo de científicos que participó en las Conferencias Macy (1941-1960), un proyecto interdisciplinar que creía firmemente en la capacidad de la ciencia para mejorar radicalmente la vida humana. Una parte de ese idealismo consistía en la idea de que se podía cultivar un nuevo tipo de consciencia, más flexible, menos prejuiciosa, capaz de adaptarse a un mundo globalizado y cambiante. En ese contexto, Bateson, Mead y sus colegas experimentaron con hipnosis, cibernética, utopías comunitarias y sustancias psicodélicas.

Pero Breen habla también de una cara oculta. Hoy sabemos que varios de los científicos de las Conferencias Macy colaboraron con el gobierno de EEUU y, más en concreto, con la CIA. Muchos trabajaron directamente en los programas de interrogatorio y manipulación mental que se acabarían englobando bajo el paraguas de MK-Ultra. Es posible que, de un modo u otro, Mead y Bateson estuviesen implicados en todo este lío. Después de todo, resulta difícil de creer en el perfecto ocultamiento de tan cuantiosa financiación. Pero hasta donde sabemos, nada de esto se puede afirmar si no es como una sospecha... y de ahí su enorme interés para las teorías de la conspiración.

Patriotismo, financiación y víctimas invisibles

¿Por qué tantos investigadores aceptaron dejarse financiar por la agencia sin apenas hacer preguntas? El patriotismo puede explicar buena parte de este fenómeno. No se puede desmerecer el grado de paranoia colectiva en el que los EEUU vivieron la aparición del contexto de Guerra Fría. Recuérdese que estamos hablando de los años más duros de aquella otra gran contraola derechista: el macartismo.

Durante la II Guerra Mundial, el precursor de la CIA, la Oficina de Servicios Estratégicos, ya había comenzado a estudiar el uso de drogas para la manipulación psicológica. Tras la guerra, el temor al adoctrinamiento comunista durante el conflicto en Corea intensificó esa búsqueda. El patriotismo insuflaba fuerzas a quienes veían con buenos ojos otros frentes de batalla que el estrictamente militar. A ello se sumaba, por otra parte, un incentivo práctico: la CIA pagaba con gran generosidad. Para obtener financiación para investigaciones terapéuticas con psicodélicos u otros proyectos, muchos científicos no vacilaron en realizar estudios secretos en prisiones o psiquiátricos donde los pacientes no podían negarse. Si alguno moría o sufría graves daños, se consideraba un «daño colateral» de la guerra fría y adiós.




A lo largo de los años cincuenta y sesenta estos experimentos produjeron numerosos daños documentados: secuelas psiquiátricas, traumas duraderos e incluso muertes. Uno de los casos más célebres es el del agente Frank Olson, que murió tras ser drogado sin su consentimiento. Bioquímico del ejército y colaborador del programa MK-Ultra, murió en 1953 tras caer desde la ventana de un hotel en Nueva York, oficialmente catalogado como suicidio, pero rodeado de indicios que apuntan a un posible asesinato encubierto. La posterior exhumación en 1994 reveló lesiones incompatibles con una caída voluntaria, alimentando la hipótesis de que Olson, habiéndose convertido en un riesgo para la CIA, fue eliminado.

MK-Ultra se filtra en la contracultura

Bajo el clima de ansiedad geopolítica de la Guerra Fría, y bajo la dirección del enigmático Allen Dulles, la CIA había aprobado en 1953 la creación del proyecto MK-Ultra, que quedó bajo el mando de Sidney Gottlieb, un químico idealista reconvertido en experto de operaciones encubiertas. Gottlieb, cuyo perfil oscilaba entre científico místico y burócrata implacable, había convencido a la agencia de que las sustancias psicoactivas recién descubiertas podían ser utilizadas para desmontar la mente de un individuo y reconstruirla bajo un patrón diferente.

El programa MK-Ultra acabó dejando huellas inesperadas en la sociedad americana. Algunos de los participantes en experimentos financiados por la CIA, como Ken Kesey, salieron entusiasmados con el LSD y se convirtieron en figuras clave del movimiento psiquedélico. De ahí que muchos conspiranoicos se pregunten si fenómenos como los Merry Pranksters no formaban parte de un plan oculto. Todo indica que no: fueron simplemente consecuencias no previstas por la CIA.

A finales de los sesenta la contracultura psiquedélica fue percibida por la derecha conservadora como una amenaza existencial. El LSD dejó de ser un asunto científico y pasó a protagonizar discursos conservadores sobre la decadencia moral, la anarquía juvenil y la disolución del orden tradicional. El péndulo político osciló bruscamente. Nixon se sacó de la manga la Guerra contra las Drogas, que Reagan continuaría después.




A finales de los sesenta, de hecho, el gobierno federal impulsó leyes que criminalizaban la posesión y distribución de alucinógenos. La misma sustancia que había sido financiada por el Estado pasó a convertirse en un símbolo de desobediencia clandestina. En paralelo, carpetazo e incendio mediante (en 1973, a medida que empezaba a ocupar páginas en prensa, un fuego quemó la mayoría de los documentos) distintos episodios acaecidos al amparo de MK-Ultra pasaron a ser una materia prima ideal para las teorías de la conspiración.

La privatización de la manipulación mental

Tras el escándalo del descubrimiento de MK-Ultra, la CIA se apartó de la investigación psiquedélica, al menos oficialmente. Hoy apenas existen conexiones documentadas con el actual «renacimiento psiquedélico» (nombre con el que se conoce la reactivación de la investigación y legalización de sustancias). Más allá de casos aislados como el de Amaryllis Fox, exagente de la CIA vinculada a círculos de Burning Man y autora especialista en tráfico de drogas, pocas informaciones han alcanzado la opinión pública.

Con todo, la búsqueda de herramientas para influir sobre la consciencia no desapareció. En los setenta y ochenta, muchos grupos de la llamada «movida del potencial humano» —y, de forma más extrema, diversas sectas y comunidades de control coercitivo— continuaron experimentando con drogas, hipnosis y dinámicas de manipulación. Al observar organizaciones como Cienciología, Aum Shinrikyo, los sannyasins de Osho, NXIVM, OneTaste o comunidades psiquedélicas más pequeñas, es difícil no descubrir el paralelismo con los métodos de MK-Ultra. En estos grupos, líderes carismáticos exploran de forma práctica cómo doblegar la voluntad ajena: combinan fármacos, presión social, técnicas sugestivas y manipulación emocional para conseguir obediencia total. Ofrecen libertad… y terminan esclavizando a los miembros del grupo.

Un ejemplo reciente es el de Nicole Daedone, fundadora de OneTaste. Empleaba una mezcla de carisma, presión psicológica y a veces psiquedélicos para dominar a sus seguidores. En un episodio especialmente revelador, Daedone intentó convencer a un millonario que pensaba abandonar el grupo para tomar LSD con ella y, durante el viaje, le presiona para que entregue toda su fortuna a la organización. El intento fracasó, pero el paralelismo del método con las prácticas de MK-Ultra no deja lugar a muchas dudas.

Louis Jolyon «Jolly» West: de MK-Ultra al estudio de sectas

Si alguna figura conecta ambos mundos —el de los experimentos encubiertos y el de los grupos New Age— esa es la de Louis Jolyon West. Durante años trabajó en programas de control mental, experimentando con hipnosis, drogas y creación de falsos recuerdos en sujetos no informados. Según el libro Chaos de Tom O’Neill, incluso llegó a dirigir una clínica financiada por la CIA en Haight-Ashbury por donde donde deambulaba la figura que sería decisiva en el giro punitivo: Charles Manson.




Es de sobra conocido el uso que Manson dio al LSD. Los crímenes en los que no participó, pero inspiró y dirigió, marcaron un antes y un después para la psiquedelia; el punto de no retorno. De ahí que paradójicamente, cuando MK-Ultra terminó, West se tuvo que reinventar como experto en sectas. Pasó décadas estudiando comunidades psicodélicas y movimientos como la Cienciología. Acabó afirmando que los cultos eran un negocio multimillonario basado en la manipulación psicológica.

El renacimiento psicodélico y la ultraderecha

Sesenta años después de los experimentos secretos de la CIA, la historia de la psicodelia da un giro inesperado. Mientras sustancias como la psilocibina o la MDMA viven hoy un resurgir científico y Estados como Oregón Colorado avanzan en su despenalización, emerge un fenómeno inquietante: su apropiación por sectores de la ultraderecha estadounidense, un ecosistema reforzado durante la última década por el auge del trumpismo, el crecimiento del supremacismo blanco y la expansión digital de movimientos como la alt-right y QAnon, capaces de movilizar a millones de seguidores en Telegram, Gab o 4chan. Silicon Valley promueve la microdosificación como herramienta productiva, mientras comunidades espirituales identitarias, influencers reaccionarios y subculturas online reinterpretan los estados alterados como acceso privilegiado a una «verdad profunda» vinculada al orden natural, la identidad nacional o el destino civilizatorio de Occidente.


En Oregón ya se pueden usar setas psicodélicas para el tratamiento de algunas enfermedades.

Esta ultraderecha psiquedélica se alimenta de ese ecosistema. No es un movimiento unificado, pero combina misticismo indoeuropeo, neonazismo esotérico, culto a la masculinidad guerrera, supremacismo cultural y teorías antiglobalistas que ya circulan en discursos como los del «Gran Remplazo», moneda de uso corriente desde 2017 en parte de la derecha radical. Para sus seguidores, las visiones psicodélicas funcionan como revelaciones metafísicas que confirman jerarquías y exclusiones, a veces mezcladas con conspiraciones contemporáneas —desde QAnon hasta la idea de una élite pedosatánica infiltrada en el «Estado profundo»— creando una narrativa apocalíptica donde solo algunos, los «despiertos», comprenden la supuesta verdad del orden actual.

El paralelismo con MK-Ultra resuena como un eco perturbador. Si el programa buscaba manipular la mente para orientar conductas, estos movimientos extremistas intentan moldear subjetividades desde estados alterados intensificándolos por la radicalización digital. Y aunque la CIA fracasó en dominar la consciencia; la ultraderecha, impulsada por algoritmos, cámaras de eco y la normalización de discursos extremistas —visible en episodios como Charlottesville en 2017, el aumento de grupos catalogados como extremistas o la proliferación de milicias armadas— ha encontrado en la psiquedelia un amplificador inesperado y enormemente eficiente.

En un entorno donde la experiencia psiquedélica puede devenir prueba emocional de una narrativa conspirativa, la fusión de propaganda extremista y estados alterados refuerza convicciones difíciles de desmontar. Parte de esta mutación responde al giro interno de la ultraderecha: la transición de un conservadurismo cristiano hacia estéticas paganas, rituales chamánicos reapropiados, neopaganismo europeo e imaginarios identitarios que han ganado tracción en foros ultras desde 2016.




El resultado es que sustancias antes demonizadas por la derecha conservadora pasan a ser herramientas de legitimación autoritaria en manos ultraderechistas. Surge un liderazgo carismático —mezcla de espiritualidad y propaganda nativista— visible en influencers que combinan chamanismo con discurso antimigración o autoritario. El Estado también aquí ha perdido el monopolio del relato sobre la psiquedelia, por lo que la pregunta de cómo se construye o se rediseña una subjetividad sigue abierta. Y si no es el Estado y sus cloacas, entonces ¿quien se ha hecho cargo de la psiquedelia?


Fuente: El Salto

martes, 26 de noviembre de 2024

De Bannon a Musk: la década que convirtió la desinformación en la nueva normalidad

 

Jefe de sección de Ciencia, Tecnología y Salud y Bienestar. Cofundador de MATERIA, sección de ciencia de EL PAÍS.

El impacto de la industria de la mentira, la crisis de los medios y la agenda política de las redes sociales han generado una tormenta perfecta en las democracias que arrasa la relación de la ciudadanía con la información y la realidad.


Elon Musk junto a Donald Trump durante el lanzamiento del sexto vuelo de prueba del cohete Starship en Brownsville (Texas, EE UU), el 19 de noviembre de 2024.


La verdadera oposición son los medios”, sentenció Steve Bannon mientras era jefe de estrategia de la Casa Blanca, en 2018, durante el primer mandato de Donald Trump. “Y la forma de lidiar con ellos es inundar el terreno con mierda”. Bannon señaló el camino y hoy Trump vuelve a la presidencia de Estados Unidos surfeando esa misma ola, esta vez agitada por su nuevo estratega jefe, Elon Musk, dueño de la red social X. “Ahora la prensa sois vosotros”, les dice a sus fieles tuiteros el magnate sudafricano que, como Bannon, desprecia a los medios y lo embarra todo: más de la mitad de sus tuits durante la campaña fueron “engañosos”, según la CBS. Los dos saben que hoy lo único importante es la narrativa, la guerra cultural. Con una diferencia: el cenagal informativo de entonces pilló por sorpresa al mundo, desde Reino Unido a Filipinas, cuando el uso político de herramientas como Facebook y WhatsApp generó una disrupción política inesperada. Pero ese ciclo disruptivo ya acabó: hoy es lo cotidiano. “No creo que la desinformación vaya a desaparecer”, afirma Sander van der Linden, experto de la Universidad de Cambridge, “lamentablemente, es la nueva normalidad”.

El caudal de mentiras tóxicas vivido en España tras las más de 200 muertes de la dana en Valencia confirma que vivimos en el mundo soñado por Bannon y Musk. Los bulos circulan sin freno por los móviles, las redes sociales diseminan veneno, los medios no parecen fiables y la ciudadanía, polarizada y desorientada, señala con el dedo al de enfrente acusándole de mentir. Porque el ecosistema informativo, más que nunca, ha dejado a la sociedad sin una realidad compartida sobre la que construir consensos o discusiones fructíferas. Como explica Renée DiResta, de la Universidad de Georgetown, tenemos una verdad cosida a medida para cada persona: “La colisión entre la maquinaria de propaganda y la fábrica de rumores ha creado una epistemología de ‘elige tu propia aventura’: algún medio ya ha escrito la historia que deseas creer; algún influencer está demonizando al grupo que odias”.

Los especialistas en desinformación coinciden en que lo sucedido con la dana no es casual, sino la consecuencia inevitable del nuevo sistema informativo que ha quedado tras dos lustros asediado por la doctrina Bannon. Tras las riadas, en dos semanas se concentró el mismo volumen de patrañas que se sufrieron en dos años de pandemia. “Nunca habíamos visto algo tan explícito y coordinado, pero lo vamos a ver más veces”, advierte Clara Jiménez, que lleva una década combatiendo mentiras al frente de Maldita. “La maquinaria de la desinformación ahora tiene más músculo, pero también tiene más adeptos, más gente escuchando esas cosas con normalidad”, desarrolla la periodista. El torrente de apoyos recibidos por Iker Jiménez tras varios días —o años— difundiendo bulos es una prueba descorazonadora. “En la última década, hemos visto asentarse la disfunción normalizada de la desinformación de nuestra sociedad”, ahonda Raúl Magallón, de la Universidad Carlos III. “Primero surgió en torno a la política, luego con la inmigración y más tarde, con la pandemia, con discursos anticientíficos. Y todo se ha condensado con la dana, que ha sido una tormenta perfecta. Además, las narrativas desinformadoras han bajado de escala a los adolescentes”, añade. La relación de los más jóvenes con la realidad y la información se está cocinando en este escenario confuso.


Steve Bannon llega a una audiencia en el Tribunal Penal de Nueva York, tras ser excarcelado, el 12 de noviembre de 2024.

Es imposible identificar un momento concreto en el que nació este nuevo universo distorsionado, pero empezó a gestarse antes de que se hablara ingenuamente de posverdad. Bannon, al frente del portal ultra Breitbart, se dio cuenta de que había un público que demandaba realidades alternativas. E incorporó a su manual lo sucedido en 2014 durante el Gamergate, cuando una horda machista acosó desde las redes a las mujeres del mundo de los videojuegos. El que sería jefe de campaña de Trump descubrió que se podían dominar disputas políticas desde internet, activando con odio el comportamiento tribal e inundando las redes con ejércitos de trolls, según explica Joan Donovan, de la Universidad de Boston: “Bannon descubrió cómo enlazar lo superficial con lo profundo de una forma inédita, lo que le dio una influencia descomunal en la política de EE UU”. Los medios no supieron gestionar a Trump ni lo que significaba.

En esos años, las plataformas digitales, desde Google y Youtube hasta Facebook y Twitter, ganaron a los medios la batalla de la atención. Y también la de los ingresos, devorando casi por completo la tarta de la publicidad. Mientras la prensa se desangraba con cierres y despidos masivos, y las pocas cabeceras supervivientes se rendían a producir contenidos virales para las redes, esas mismas compañías tecnológicas desataban la fuerza de los algoritmos sobre los usuarios para mantener su crecimiento exponencial. Sin prestar atención a las consecuencias. Y empezaron a suceder cosas incomprensibles.




Uno de cada cuatro estadounidenses creyó que había sido una farsa la masacre de Sandy Hook, donde mataron a balazos a 26 personas, después de que el agitador Alex Jones comenzara en 2014 a alentar esa mentira para disparar sus ingresos. Un hombre acudió armado a una pizzería de Washington D. C. en 2016 convencido de que allí se ocultaba una trama de pederastia gestionada por políticos demócratas, el conocido Pizzagate. Las banderas de los seguidores de QAnon, una teoría de la conspiración horneada en las redes hasta convertirse en un culto sectario, ondeaban triunfales en el asalto al Capitolio de EE UU en enero de 2021. “QAnon no habría existido sin el inadvertido reclutamiento algorítmico en Facebook (...). En su peor versión, Twitter creó turbas y Facebook fomentó sectas”, escribe DiResta en su libro Invisible rulers (poderes invisibles).

El ruido que provocaron esos escándalos —como el intento de manipulación de voto de Cambridge Analytica, en cuya junta se sentaba Bannon— quedó en el pasado, así como el propósito de enmienda de los emperadores de Silicon Valley. Tras la terrible crisis de reputación de las redes sociales, sus dueños se disculparon y prometieron reformas a los políticos de medio mundo. Pero esa era ya pasó. “Ya no pido perdón”, sentenció Mark Zuckerberg en septiembre. Meta, X, TikTok y YouTube revocaron las políticas que habían prohibido la desinformación tras la covid o los discursos extremistas tras el asalto al Capitolio. Tras la dana, “las principales plataformas digitales y redes sociales no implementaron acciones relevantes y específicas para hacer frente a la crisis de desinformación”, denuncia Maldita en un informe. Los bulos y el odio circulan de nuevo sin freno.

La dieta informativa de tiktoks y titulares en redes, con vídeos sin contexto, sin documentar y sin voces autorizadas, no tiene proteína. Así es más difícil presentar la veracidad de la información. El buen periodismo debe inmunizarse para no contagiarse con el mal hacer y las prisas”, resume Loreto Corredoira, al frente del Observatorio Complutense de Desinformación. Un fenómeno muy llamativo en la emergencia de la gota fría fue que entre los miles de testimonios que recogían las televisiones, a veces los damnificados repetían ante la cámara bulos surgidos de las cloacas de Telegram, y después ese vídeo volvía a difundirse desde los canales de desinformación como un éxito, como una prueba. “En un contexto de máxima incertidumbre y miedo, emergen los bulos, la batalla cultural, los relatos alternativos”, explica Magallón, “y la dana ha activado esas disfuncionalidades gracias a la falta de confianza en los medios y a unas redes sociales convertidas en un actor político con agenda propia”.


Donald Trump rodeado por los miembros de su Consejo de Tecnología, incluidos de izquierda a derecha el director ejecutivo de Apple, Tim Cook, el director ejecutivo de Microsoft, Satya Nadella, y el director ejecitivo de Amazon, Jeff Bezos. 

Esto último es clave: las grandes tecnológicas llevaban meses acercándose a Trump. Jeff Bezos, jefe de Amazon y dueño del Washington Post, impidió que su periódico apoyara a Kamala Harris. Musk quiso convertir en escándalo que la anterior dirección de Twitter hubiera trabajado junto con el Gobierno de EE UU para frenar mentiras durante la pandemia; ahora, ha puesto su plataforma en manos de la maquinaria electoral republicana sin sonrojarse lo más mínimo. “El hombre más rico del mundo, dueño de su propia red de comunicación que llega a cientos de millones al instante, es una amenaza que los Estados deben vigilar”, señala Donovan, fundadora del Instituto de Estudios Críticos de Internet y autora de Meme wars (guerras de memes).

Te dicen ‘nosotros poseemos la verdad y los medios te mienten’. Lo dice Musk, que no se tapa, pero también muchos otros. En España hay partidos políticos con ese discurso, famosos e influencers diciéndolo. Gota a gota, año a año, insistiendo en este mensaje”, señala Clara Jiménez. Y advierte: “Ese relato ha terminado calando en mucha gente, había cuajado hace mucho: estamos mucho más afectados de lo que creemos”.

El terreno era fértil, pero hay culpables: personas interesadas que plantan las semillas para la producción masiva de falsedades. ¿El objetivo? En muchos casos, el dinero, como señalaba un editorial de Nature: “El modelo de publicidad en línea, basado en subastas automatizadas de espacios publicitarios, ha impulsado la producción de desinformación, ya que muchos sitios que difunden falsedades se benefician de los clics en los anuncios”. Hay competencia entre los influencers de los bulos, ya sea por streaming o redes: a mayor barbaridad, más relevancia; cuanta más visibilidad, mayores ingresos. Y en muchos casos la avaricia coincide con la agenda política. “El modelo actual de influencers y algoritmos crea incentivos perversos para la circulación de desinformación”, advierte Van der Linden, autor de dos libros recientes sobre este problema (La psicología de la desinformación e Infalible).

La fábrica de engaños no descansa hasta dar en la diana, lanzando sin parar memes y mentiras para que alguna triunfe. Es lo que ocurrió tras el asesinato, este verano, de unas niñas en Southport (Reino Unido): una cuenta en X publicó que el criminal era un refugiado musulmán llamado Ali Al-Shakati y lo difundió toda la maquinaria del odio, engrasada como nunca. El Parlamento británico ha citado a Musk a declarar por la difusión de esas mentiras, que ya habían incendiado los ánimos y las calles para cuando se supo la verdad. Porque la industria del engaño siempre se afana en llenar los vacíos informativos con sus narrativas. No siempre les funciona: pocas semanas después de Southport, Alvise Pérez lo intentó tras la muerte de un niño en Mocejón (Toledo), pero no logró provocar esa reacción. En las elecciones estadounidenses, se pusieron en circulación millones de falsedades y cuajó una muy peculiar: los inmigrantes haitianos se están comiendo los perros y gatos domésticos de los vecinos de Springfield (Ohio). “La desinformación puede lanzar mil contenidos sin mucho esfuerzo y esperar a ver cuál se pega, qué narrativa engancha en el discurso: lanzo mil soldados a la batalla y alguno llega a la meta”, indica Jiménez. Como explica DiResta, un periodista puede tardar un par de días en investigar y publicar el desmentido sobre algo así: “Eso es una eternidad en la era de las redes sociales, para cuando se publica su versión de los hechos, los poderes invisibles ya han pasado a otra cosa”.




Pero para que la mentira llegue a la meta, hay un factor decisivo: las élites. Como repite una y otra vez Rasmus Kleis Nielsen, especialista del Instituto Reuters de Oxford: “La desinformación a menudo viene desde arriba”. La industria del bulo los libera sin parar, pero un reclamo absurdo como el de los gatos de Ohio solo cuajó de verdad cuando Musk, Trump y J.D. Vance se lo apropiaron. “Los estudios demuestran que la mayor parte de la desinformación viene de superesparcidores que, en el ámbito político, suelen ser las élites de los partidos”, asegura Van der Linden. El bulo del 11M, en tiempos más analógicos, cuajó entre la población de derechas porque la dirección de El Mundo y la del Partido Popular así lo decidieron. Trump apareció en su primera campaña en el show de Alex Jones, el de la conspiración de Sandy Hook, para alabar su “magnífica reputación”. Kamala Harris se reía de su rival cuando dijo lo de los haitianos durante su debate electoral, aunque a determinado nivel ya daba igual que fuera mentira. Vance reconoció que probablemente era falso, pero que lo importante era diseminar la narrativa (xenófoba): “No os dejéis disuadir”, tuiteó el futuro vicepresidente, “que fluyan los memes de gatos”. Les funcionaba como metáfora, para transmitir la idea de fondo: los inmigrantes son peligrosos y sus costumbres alteran el modo de vida americano. Finalmente, en casos como este, logran secuestrar el debate público.

¿Y por qué funcionan esas narrativas, aunque sepamos que son falsas? Porque las plataformas deliberada o fortuitamente, explotan a la perfección la psicología humana. Todavía se están tratando de entender todos los mecanismos, pero los estudios más recientes muestran que cuando no hay algoritmo las redes también son tóxicas y que incluso difundimos la desinformación a sabiendas. Porque es más poderoso el afán de pertenencia al grupo: al ver un reclamo dudoso, pero que beneficia a nuestra tribu, no se activa el cerebro reflexivo sino el social, pensando en qué dirán los míos. Al diseminar la foto falsa de un haitiano con un animal doméstico, nuestro bando se regocija y el contrario se indigna: win win, doble victoria.

Pero el fenómeno de la desinformación sigue siendo increíblemente complejo y ni siquiera los especialistas se ponen de acuerdo al acotarlo. El Chicago Tribune publicó en la pandemia este titular: “Un médico ‘sano’ murió dos semanas después de recibir la vacuna de la covid; las autoridades sanitarias investigan por qué”. El enunciado era correcto desde los hechos y lo publicó un periódico de calidad. Pero la industria del bulo lo aprovechó para sacarlo de contexto en Facebook y difundir su discurso antivacunas en el momento de mayor incertidumbre: ese titular se vio más de 50 millones de veces en EE UU. Esa y otras publicaciones similares provocaron que tres millones de estadounidenses dejaran de vacunarse, según un estudio publicado en Science. La clave la ofreció en esa misma revista científica la investigadora Kate Starbird, de la Universidad de Washington: “La desinformación no es una pieza de contenido. Es una estrategia”.

Falta mucho por aprender: en los últimos años se han publicado innumerables trabajos sobre el fenómeno, pero solo el 1% se ha realizado en entornos de la vida real y analizando el comportamiento posterior, tangible, de los individuos. Y no ayuda que los políticos polaricen el término, critican los expertos, al apropiarse de la agenda contra la desinformación. Sucedió hace años con el término “fake news”, que Trump lanzó sin parar contra los periodistas. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, habló de la “máquina del fango” refieriéndose únicamente a medios de derechas y solo cuando le afectó personalmente, cuando abrieron diligencias previas contra su mujer por tráfico de influencias. Y durante la crisis de la dana, tanto los partidarios de Sánchez como de Carlos Mazón han hablado de bulos y desinformación en contextos de críticas legítimas. El 80% de los españoles lo considera un problema y el Consejo de Seguridad Nacional lo incluye entre las principales amenazas.

Exactamente el mismo día en que se desataban las riadas en Valencia, el 29 de octubre, Steve Bannon salía de la cárcel tras cuatro meses entre rejas por desacato al Congreso. Se sentía más “empoderado” que nunca, dijo, y “concentrado en la victoria” de los republicanos. Volvió a esparcir mentiras en su podcast y, una semana después, Trump volvió a ganar. Pero ya no fue una sorpresa: venció sin sobresaltos. Solo un síntoma más de la nueva normalidad.


Fuente: El País