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martes, 18 de agosto de 2026

Los mitos sobre la violencia sexual en el ocio nocturno

 

      Periodista y activista que escribe sobre justicia social.


El pánico a sufrir violaciones al salir de fiesta ha adquirido un efecto disciplinante sobre las mujeres, pero el 68,5% de las agresiones fuera de la pareja se producen en el espacio doméstico y casi todas las víctimas conocían a su atacante


Chicas bailando en un local de ocio.


     Si echamos la vista atrás y recordamos algunos de los casos más mediáticos sobre agresiones sexuales en España en los últimos años, enseguida observamos que la mayoría habían transcurrido en entornos de ocio nocturno: desde la violación grupal de ‘La Manada’, que se produjo en un portal durante las fiestas de San Fermín en Pamplona, hasta la agresión sexual del futbolista Dani Alves a una joven en el baño de una discoteca en Catalunya, pasando por el caso de Diana Quer en A Coruña, abusada y asesinada a manos de José Enrique Abuín Gey, alias El Chicle, cuando volvía de las fiestas populares de A Pobra do Caramiñal en el verano de 2016.


Concentración en Madrid en defensa de la víctima de la violación múltiple en San Fermín.



Dani Alves, durante la lectura de la sentencia del 22 de febrero.


Inauguración de la plaza Diana Quer en Pozuelo de Alarcón.


Quizá la primera vez que comenzó a tratarse en los medios de nuestro país la violencia sexual fue tras el suceso de las niñas de Alcàsser, tres menores valencianas de 13 y 14 años que fueron secuestradas, violadas, torturadas y finalmente asesinadas en noviembre de 1992 cuando se dirigían a una discoteca de tarde.

Sin duda, la narrativa mayoritaria que rodea a estas violencias ha tendido a vincular peligrosamente ocio nocturno, verano y riesgo. La hipermediatización de estos casos brutales ha sido clave para visibilizar el carácter estructural y patriarcal de las violencias, para señalar que el género es un factor de vulnerabilidad. Pero también ha opacado un hecho muy relevante: la mayor parte de las agresiones sexuales poco o nada tienen que ver con lo que vemos en las portadas de los medios generalistas.


Prisioneros palestinos detenidos en la prisión israelí de Ofer, cerca de Jerusalén, en la Cisjordania ocupada, el 28 de agosto de 2024.

Estas, por el contrario, suceden en el espacio privado, por parte de personas cercanas a la víctima, y casi nunca llegan hasta los tribunales. Se trata de violencias silenciosas, cotidianas y por ello socialmente soterradas en la impunidad. Muchas voces expertas en género alertan de que ligar las agresiones a la fiesta y al verano no sólo tapa muchos otros casos a menudo más representativos: también contribuye a mermar significativamente la libertad sexual de las mujeres a la hora de ocupar el espacio público.

Para conceptualizar lo que ocurre con los mitos popularizados en torno a la violencia sexual, el Observatorio Noctámbul@s –cuya labor se centra en analizar estas violencias acaecidas en entornos de ocio nocturno– habla de una “lógica de la excepcionalidad”: los relatos hegemónicos sobre agresiones, basados en casos excepcionales y/o extremos como el de ‘La Manada’, acaban operando en última instancia en los cuerpos feminizados como si se tratasen de la regla general. A través de mecanismos implícitos de responsabilización y culpa, que han acompañado históricamente a las mujeres, “se establece un sistema de control y de intimidación colectiva que deriva en autorrepresión y control de su sexualidad”, indican en un informe.


Violencia sexual en el deporte: Relatos mediáticos.

La culpa, señalan, es una sensación recurrente en estos casos donde parece que si la víctima sufrió una agresión fue porque hizo un uso libre de su cuerpo o incluso consumió sustancias en determinados espacios lúdico-festivos.

Mientras el pánico a vivir abusos al salir de fiesta ha terminado por disciplinar los cuerpos de muchas jóvenes impactando de forma directa sobre su libertad de movimiento, los datos de la Macroencuesta de Violencia de Género afirman lo siguiente: el 68,5 % de las mujeres que han sufrido una violación fuera de la pareja alguna vez sostiene que la agresión sucedió en una casa, el 16,3 % que ocurrió en zonas abiertas como calles o parques y el 11 % que la violación tuvo lugar en entornos festivos (7,3 % en discotecas, bares, etc., y 5,9 % en entornos festivos al aire libre). Es decir, las agresiones acaecidas en espacios de ocio nocturno son una minoría frente a las que suceden en el entorno privado. Otro estudio reciente, realizado a menor escala por el Ayuntamiento de Madrid, revela que en el 65 % de los casos de agresión sexual en la capital los victimarios fueron hombres conocidos por la víctima. Solo el 28 % de las mujeres que han sufrido una violación fuera del ámbito de la pareja cita a un hombre desconocido como agresor.

Todos estos casos, que rara vez consiguen documentarse, presentan un número preocupante de infradenuncia por la complejidad que entraña reconocer la violencia y hablar públicamente de ella. Romper el silencio se convierte en un ejercicio casi imposible. “Es muy difícil muchas veces denunciar a tu tío, tu padre, tu hermano, tu primo o tu abuelo.


Concentración en Madrid, tras conocerse la sentencia de la manada.

La mayoría de los delitos se cometen en el propio domicilio, según el Ministerio del Interior. Esto significa que tienes que tener algún tipo de relación con esa persona que te ha agredido sexualmente, por lo que hay que desmitificar este imaginario colectivo de que nos van a violar al volver de fiesta”, advierte Beatriz Martos, responsable de campañas de derechos humanos de las mujeres en Amnistía Internacional España. Martos, en este sentido, considera que los mitos sobre el terror sexual producen “que nos recluyamos más en el espacio doméstico para evitar la calle”. En esta infradenuncia de la violencia sexual doméstica también entran factores como el miedo a no ser creída, al ostracismo, a tener que seguir conviviendo con el agresor o el vínculo familiar con el mismo.

Disciplinamiento de la sexualidad

Pese a las citadas cifras, que permiten visualizar un mapa menos alarmista respecto a los posibles peligros de la noche en relación a la violencia machista, la asociación feminista Clara Campoamor incide, en la misma línea que Martos, en que el miedo a sufrir agresiones en bares o discotecas a menudo tiene efectos simbólicos muy relevantes a largo plazo. “Muchas evitamos salir solas de noche, aceptamos modificar nuestra forma de vestir, hemos normalizado compartir nuestra ubicación con familiares o amigas o procuramos volver acompañadas. Esto supone la restricción última de nuestra autonomía y del derecho a disfrutar libremente del espacio público y de la vida social y sexual”, explica a CTXT Izaskun Gutiérrez, educadora social en esta asociación referente en la denuncia de violencias machistas.

Además de esta hipervigilancia aprendida por mujeres jóvenes, también se generan por inercia mecanismos de silencio e impunidad hacia muchos agresores, que suelen pasar inadvertidos en los medios y rara vez ocupan titulares.


El 29% de los jóvenes han sufrido violencia sexual durante su infancia o adolescencia.

“Es mucho más difícil identificar como potenciales agresores a las personas que forman parte de nuestra cotidianidad y con las que nos relacionamos y es mucho más fácil visualizar a una persona desconocida, sin rostro, que un día en el rincón de una discoteca nos agrede”, cuenta María Giaever, doctorada en Sociología y técnica del Observatorio Noctámbul@s.

A su juicio, ha habido en los últimos años un boom de focalización de los medios en un tipo muy concreto de violencia que desvía la mirada de lo estructural, lo cotidiano. La construcción patriarcal de la sexualidad ha originado históricamente que esta termine domesticándose y disciplinándose “en pos de la seguridad de las mujeres”. Esta percepción de la seguridad, que muchas veces se utiliza de forma torticera para coartar la libertad de las mujeres, parte también de una experiencia encarnada desde la niñez que no debe obviarse.

Un efecto simbólico en la libertad sexual

Al ignorarse casi siempre la prevalencia de esta realidad cotidiana, mitificándose las agresiones en espacios como fiestas, muchas mujeres deciden inconscientemente evitar espacios que se podrían identificar como más masculinizados. Por ejemplo, otro reporte de Noctámbul@s refleja que casi el 80 % de las mujeres no escogería las raves como espacio de ocio y el 60 % de estas tampoco frecuentaría las llamadas parking parties. En cambio, los espacios más participados por ellas son las fiestas en casa o bien eventos organizados por empresas privadas, ayuntamientos y entidades sociales.

Aquí entra en juego no solo la idea de autorrepresión de la libertad de movimiento sino también del consumo de sustancias ante el pánico sexual colectivo. Sabemos que el alcohol y las drogas han actuado tradicionalmente como legitimadores de la violencia en los hombres y a la vez como dispositivos de culpabilización hacia las víctimas en base a diversos estereotipos de género ligados a la feminidad. Es decir, no sólo se restringe, por miedo a sufrir determinadas agresiones, la presencia en el espacio público en horario nocturno sino también los consumos. En este sentido, por norma general, la consecuencia de esta narrativa produce que las mujeres consuman preferiblemente drogas legales, menos estigmatizadas y relacionadas socialmente con una menor pérdida de control en el comportamiento.

Pero además se han creado toda una serie de estrategias defensivas –tanto de cuidados colectivos entre mujeres como a nivel individual– para evitar la ingesta involuntaria de sustancias (cuando las agresiones por sumisión química no llegan al 1 % del total en las mujeres mayores de 16 años).


‘Girls just want to have fundamental rights’. Pancarta en una manifestación feminista en EE. UU.

Como explica Burgos, los pintauñas, tiras reactivas y otros kits llevan desarrollándose desde hace más de una década para, en principio, prevenir las agresiones sexuales bajo sumisión química.

Hablar abiertamente de estas formas de desactivar la voluntad de las mujeres a través de psicotrópicos es fundamental, pero hacerlo partiendo de una sobrerrepresentación de estos casos dibujando un clima de alarma social puede resultar contraproducente, señalan las expertas. “La consecuencia más inmediata de esto es la dificultad de identificar violencias y agresores en contextos que no tienen representación mediática y, por lo tanto, quedan fuera del imaginario de la violencia sexual”, apunta Noctámbul@s.

A raíz de casos tan mediáticos, como los pinchazos en el verano de 2022, hay una percepción cerrada sobre el fenómeno de la sumisión química y sobre generar las violencias con presencia de drogas. Las pocas agresiones producidas en entornos de ocio nocturno donde hay alcohol o sustancias se dan por consumo voluntario”, destaca Giaver. De nuevo, que la culpa y el autocontrol interiorizado se centren en las drogas se vuelve algo muy fructífero para desviar el foco de la estructuralidad de la desigualdad de género. Las expertas recuerdan que la violencia sexual se inscribe tanto en el modelo de dominación como en la dimensión moral y subjetiva de la credibilidad.

La construcción social del monstruo que violenta por las noches

Desde el Col.lectiu Punt 6, organización que aborda la igualdad de género a través del urbanismo feminista, expresan que “a las mujeres se nos ha socializado para tener miedo al espacio público, a la noche y a lo desconocido. Además, la violencia se convierte en algo habitual desde pequeñas, nos marca que nos toquen en el metro o vivir comentarios de acoso, que trastocan nuestra noción de seguridad”. Poco a poco aprendemos a sortear esa violencia haciéndonos en cierta medida responsables de prevenirla con todos los medios posibles a nuestro alcance, a no merecerla por nuestros comportamientos.

La politóloga e investigadora feminista Nerea Barjola aborda esta cuestión en su libro Microfísica sexista del poder.


Microfísica sexista del poder. El caso Alcàsser y la construcción del terror sexual.


El caso Alcàsser y la construcción del terror sexual, donde afirma que rápidamente las chicas jóvenes aprenden a “cuidarse” por lo que pueda ocurrir. Una autogestión del riesgo que se ha promovido de manera más o menos consciente desde los medios de comunicación de masas.

En este escenario distorsionado que sobredimensiona ciertos casos extremos de violencia hasta hacerlos parecer la norma (muy funcional a la hora de asegurar el control sobre la feminidad), prevalece la figura estereotípica del agresor-monstruo. Ese paradigma de hombre agresivo, socialmente inadaptado y con patologías mentales que ataca a las mujeres en la noche. Algo parecido al “violador del ascensor”, quien copó durante años las cabeceras de los medios por sus incontables delitos sexuales y cuyo modus operandi consistía en abordar de noche a chicas jóvenes a punta de pistola para secuestrarlas y violarlas.

Vemos a menudo cómo la ultraderecha se ha apropiado de estas figuras “monstruizadas”, tan presentes en el imaginario social colectivo, para vincularlas a los hombres migrantes y / o racializados, que consideran agresores sexuales violentos casi por naturaleza. “La mayoría de las noticias se ilustran con imágenes de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad alimentando la sensación de peligro inevitable por la monstruosidad de los agresores que solamente puede combatirse a través de la coerción y, por el otro, la narrativa del agresor sin rostro, pese a que alrededor del 45 % de los casos que se atienden en las urgencias hospitalarias son agresiones cometidas por un conocido”, sostienen desde Noctámbul@s.

La construcción social del monstruo a combatir, subraya en un artículo la periodista y antropóloga Ana Burgos, impide abordar la naturaleza sistémica del problema de la violencia (la desigualdad de género y la cultura patriarcal de la violación) que atraviesa a todos los procesos de socialización y las normas culturales. “Cuando se piensa en un agresor desconocido, malvado, cruel, representado en muchos casos desde sesgos clasistas, racistas o capacitistas (pobre, racializado o loco), que te droga para violarte (la punta del iceberg de las violencias sexuales), se aleja la mirada del ‘hijo sano del patriarcado’, el agresor conocido, el primo, vecino, pareja o jefe”, expresa en el texto.


Fuente: Ctxt

domingo, 28 de junio de 2026

Vacío, sobrevivientes del suicidio

 

 Por David Arribas   
       Fotógrafo freelance residente en Madrid e interesado en el reportaje documental sobre temática sociocultural.


Cada año, más de 700.000 personas se suicidan en el mundo: una cada 40 segundos. Es, además, la segunda causa de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años


     Los tabúes y el silencio siguen rodeando el suicidio pese a que, según la Organización Mundial de la Salud, se trata de uno de los principales problemas de salud pública en Europa. Cada año, más de 700.000 personas se suicidan en el mundo: una cada 40 segundos. Es, además, la segunda causa de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años. Las cifras son contundentes, pero la conversación pública continúa siendo insuficiente y, en muchos casos, incómoda. El suicidio sigue ocupando un espacio marginal en el debate social, atrapado entre el miedo, la desinformación y el estigma.

Lejos de los tópicos, el suicidio no suele responder a una decisión tomada desde la libertad plena, sino a un dolor psíquico tan intenso que desborda las herramientas emocionales disponibles. Esta conducta no es una llamada de atención ni un gesto egoísta, como aún sostienen algunos prejuicios sociales. Quienes atraviesan una crisis de este tipo, en la mayoría de los casos, no desean morir: desean dejar de sufrir. La soledad, el desconsuelo y la sensación de no encontrar salida pueden reducir la perspectiva vital hasta anular cualquier expectativa de futuro. Cuando el malestar se cronifica y no se encuentran apoyos eficaces, la falta de esperanza puede llegar a percibirse como la única realidad posible.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en 2024 se registraron 3.953 muertes por suicidio, una media de once al día. Detrás de cada cifra hay una historia interrumpida y un entorno que queda marcado para siempre. Por cada persona que fallece por esta causa, familiares, amistades y allegados se convierten en supervivientes del suicidio. Personas que deberán convivir con la ausencia, con preguntas sin respuesta y, a menudo, con un sentimiento de culpa difícil de gestionar. El impacto no termina en quien muere: se expande en círculos concéntricos que afectan a familias, centros educativos, entornos laborales y comunidades enteras.

El 13 de agosto de 2012, Alejandro, de 20 años, salió del bar de su tío a fumar un cigarro y no regresó con vida. La autopsia determinó que se trató de un suicidio. No existían antecedentes conocidos, ni diagnóstico previo, ni una ruptura sentimental reciente, ni una situación familiar conflictiva evidente. No había, aparentemente, ningún motivo. Desde entonces, su familia y su entorno se preguntan por qué. Esa pregunta, repetida en muchos hogares, forma parte de un duelo atravesado por la incredulidad y el estigma. La ausencia de explicaciones claras no mitiga el dolor; a menudo lo intensifica.

La muerte por suicidio no solo impacta en el ámbito íntimo; también pone de relieve carencias estructurales. La falta de recursos en salud mental, las listas de espera en la sanidad pública, la precariedad laboral, el aislamiento social o la presión académica y económica sobre la juventud configuran un contexto que puede agravar situaciones de vulnerabilidad. Aunque el suicidio es un fenómeno complejo y multicausal, ignorar estos factores sociales sería simplificar el problema. La prevención requiere una mirada amplia que combine atención clínica, políticas públicas y tejido comunitario.

Durante años, el miedo al llamado “efecto contagio” —o efecto Goethe— ha contribuido a limitar el tratamiento informativo del tema. Sin embargo, cada vez más especialistas coinciden en que informar con rigor, evitando el sensacionalismo y ofreciendo recursos de ayuda, no incrementa el riesgo y puede formar parte de la prevención. El silencio no protege; puede, en cambio, reforzar la idea de que el sufrimiento debe vivirse en soledad.

En este contexto surge este fotoreportaje, que busca acercar a la sociedad el vacío físico y emocional que deja el suicidio. A través del duelo y de los recuerdos como herramientas de reparación, el proyecto habla abiertamente de la experiencia, sin morbo y sin censura, es una forma de romper el aislamiento y de cuestionar los silencios heredados. La memoria se convierte así en un acto de resistencia frente al olvido y la estigmatización.

El acompañamiento a las familias es una necesidad urgente. Evitar la estigmatización social y ofrecer apoyo psicológico accesible resulta clave para afrontar el vacío y la culpa que pueden instalarse tras la pérdida. El duelo por suicidio tiene características específicas que requieren comprensión, espacios seguros de escucha y recursos adecuados.

El Estado español ha dado algunos pasos, como la puesta en marcha del teléfono 024 de atención a las personas en riesgo de suicidio, disponible las 24 horas. No obstante, profesionales y asociaciones, insisten en la urgencia de un plan nacional integral de prevención, con financiación suficiente y coordinación entre administraciones. Dar visibilidad a entidades especializadas, reforzar la atención en salud mental y formar a profesionales de la educación, la sanidad y los medios de comunicación son medidas imprescindibles.

Hablar de suicidio no lo provoca. Abordarlo como lo que es —un problema de salud pública de primer orden— permite avanzar hacia políticas más eficaces y comunidades más conscientes. Reconocer su incidencia real y derribar mitos son pasos necesarios para actuar a tiempo. Convertir el tabú en conversación responsable puede marcar la diferencia entre la soledad y el acompañamiento, entre el silencio impuesto y la posibilidad de pedir ayuda.



Fotoreportaje de David Arribas


Pitillera con colillas usadas que los padres de Alex conservan como recuerdo. El objeto, cargado de significado, se convierte en un soporte de memoria a través del que la presencia se mantiene en lo cotidiano.


El tatuaje “Peke”, el mote de Alex, se convierte en un símbolo de memoria y presencia, un vínculo íntimo que mantiene vivo el recuerdo de quien ya no está.

13 de agosto. Familiares y amigos de Alex se reúnen cada año, pasan el día juntos, comparten recuerdos y sostienen su memoria. El encuentro culmina en el lugar donde Alex falleció, hoy convertido en un espacio de duelo, vínculo y permanencia.


En el centro del punto de penalti descansan las zapatillas que Alex usaba para jugar en el campo de fútbol de su barrio. La imagen, cargada de simbolismo, convierte lo cotidiano en memoria: un espacio que antes estuvo lleno de juego y vida ahora habla del vacío que deja su ausencia, recordando de manera íntima y visible lo que ya no está.


Mesa con platos vacíos.


Miguel, padre de Alex, envuelto en un hilo de humo y sombras, transmite la introspección y la carga emocional de la ausencia, convirtiendo un gesto cotidiano en un reflejo silencioso del duelo.


Un autorretrato de Alex muestra su rostro dividido entre luz y sombra, con los ojos abiertos en ambas mitades. La imagen revela la dualidad de su mundo interior y la complejidad de su presencia, dejando un testimonio íntimo de su experiencia.


Vega, madre de Alex, retratada en un contexto marcado por la pérdida de su hijo. Su imagen forma parte de un proceso de duelo en el que la memoria y la ausencia conviven.


Miguel y Vega, padres de Alex. En la imagen aparecen reflejados en un espejo dividido que muestra únicamente la mitad de sus rostros: una parte de Vega y otra de Miguel, en una composición que fragmenta la identidad y subraya la pérdida.



Fuente: El Salto

lunes, 14 de abril de 2025

‘Adolescence’: el fracaso de la mirada adulta

 

      Filósofo, investigador independiente y activista.


Capítulo a capítulo, asistimos al naufragio de las instituciones adultas para escuchar, para comprender, para cuidar. Sólo pretenden controlar lo que se ha vuelto incomprensible para ellas


De la inútil mirada ciega.


     ¿Por qué se llama ‘Adolescencia’ cuando retrata fundamentalmente a los adultos? Son ellos los que actúan, los que preguntan, los que hablan. La serie es un espejo del espejo. Los adultos miran a los jóvenes y nosotros les miramos a ellos. ¿Qué podemos ver? Fundamentalmente, la incapacidad para entender. El fracaso de la mirada adulta.


Antonio Alvarez Gordillo, SEVILLA - Alameda de Hercules.

¿Por qué los adultos son incapaces de entender? Porque son incapaces de escuchar. ¿Por qué son incapaces de escuchar? Porque son incapaces de amar. ¿Por qué son incapaces de amar? Porque no tienen tiempo. ¿Y por qué no tienen tiempo? Porque se pasan el día trabajando.

Sin escuchar y entender no es posible cuidar. La serie nos deja desazón y desasosiego al acabar porque nos pone frente a nuestra radical impotencia ante el mal.


Las instituciones adultas


En el primer capítulo vemos desplegarse la maquinaria penal. ¿Qué se nos muestra? La brutalidad policial en la detención de Jamie, el adolescente acusado de homicidio, la humillación a que es sometido en comisaría (la escena del cacheo), la frialdad y la distancia en el trato, la protocolización burocrática obligatoria de todos los comportamientos.

La maquinaria penal no busca entender, sino apresar, acusar, hacer confesar. La verdad que importa aquí no es la verdad humana o subjetiva (“todo lo que diga podrá ser usado en su contra”), sino la verdad penal, la verdad de los hechos, la verdad objetiva. Esa verdad fría exige la frialdad en los procedimientos, el lenguaje del desprecio y la deshumanización.


Presuntos integrantes de las maras encarcelados en una prisión de "alta seguridad" en El Salvador.

La maquinaria penal no está diseñada para comprender, se nos dirá, sino para averiguar y juzgar la verdad de los hechos. Asumamos que sea así, aunque eso vacíe la palabra “reinserción”, pero ¿dónde se comprende entonces? ¿Qué institución trata de entender algo para transformar y conjurar el mal? ¿Será tal vez la Escuela?

En el segundo capítulo la policía se acerca al instituto de Jamie buscando pruebas. La serie nos muestra la Escuela como un espacio completamente desbordado: los profesores corren de un sitio para otro apagando fuegos, apercibiendo a los chicos, tratando de articular algo. Demasiadas urgencias que resolver, demasiadas demandas que atender, demasiada velocidad, demasiada complejidad.


Atender se conjuga en presente.

Saturación, piloto automático, huida hacia adelante. Sin capacidad para ralentizar el tiempo y pensar, sin espacios comunes donde conversar y elaborar, la Escuela se limita a gestionar y contener el caos. Pero tampoco entiende nada. La adolescencia se ha vuelto completamente ilegible para ella. La directora jamás escuchó la palabra ‘incel’.

¿Y la familia? El último capítulo de la serie se adentra en el ámbito familiar de Jamie. El chico se volvió un extraño para sus padres y su hermana, encerrado en los círculos concéntricos del cuarto y la pantalla. Antes, los padres podían tal vez sentarse a ver la tele con sus hijos y conversar sobre lo que veían. Ahora es imposible. No sólo porque los chicos reciban a solas las imágenes, sino porque desconocen sus códigos de significado. Ni saben lo que ven, ni son capaces de entenderlo.

El desencuentro es radical. Capítulo a capítulo, asistimos al fracaso de las instituciones adultas para escuchar, para comprender, para cuidar. Ni saben, ni pueden, ni quieren. Sólo pretenden controlar lo que se ha vuelto incomprensible para ellas. Como no lo entienden, lo temen. Como lo temen, lo reprimen. Pero al hacerlo sólo agravan el caos.

El comentado plano-secuencia en el que se desenvuelve la serie, ¿no es el procedimiento idóneo para hacernos sentir el bucle ensimismado de la vida adulta? Sin cortes o interrupciones, sin aperturas o pasarelas hacia afuera, las estructuras adultas se han convertido en verdaderos callejones sin salida.


Explicar sin escuchar


¿Qué es lo que las instituciones adultas rechazan escuchar? A las personas singulares y concretas, a cada uno y a cada cual. Son espacios sin sujeto. Los sujetos, en ellas, se vuelven objetos: de vigilancia y castigo, de cálculo y control, de extracción de datos y saber.

El tercer capítulo nos muestra un largo interrogatorio psicológico a Jamie. La psicóloga parece humana, en contraste con el frío burocrático y distante que reina en el centro carcelario de menores. Tal vez tiene buenas intenciones, ganas de empatizar y escuchar, pero identificada con su función y su trabajo, elaborar un informe psicológico exprés para la maquinaria penal, su conversación se convierte en interrogatorio inquisitorial.

Freud inventó la relación analítica como un espacio donde el sujeto podía escucharse a sí mismo, entender algo por sí mismo y cambiarse a sí mismo. La relación analítica, mediada por un afecto de confianza, es una forma de encuentro y conversación. La psicóloga traiciona todo eso. La psicología en general traiciona todo eso cuando se pone el servicio del poder (sanitario, social, educativo) y no del sujeto.

La psicóloga necesita construir un relato. Pregunta desde ahí, escucha desde ahí, conversa desde ahí. No acompaña a Jamie a entenderse a sí mismo, desde sus propias palabras, con el tiempo que necesite, sino que pretende encajarle en un molde. Jamie se resiste con evasivas y gestos airados a las preguntas trucadas, al paripé de la empatía, a la traducción forzada de todo lo que dice. Se resiste a ser explicado.

Los adultos se quedan perplejos en la serie cuando las adolescencias no colaboran con ellos, cuando se encolerizan, cuando se rebelan. Están tan seguros de sí mismos, tan seguros de lo que hacen, tan seguros de que representan el bien... Se dirigen a los chicos como si fuesen inferiores, como si fuesen ganado, como si fuesen monstruos, y se sorprenden cuando los monstruos les muerden.

Explicar sin escuchar es el modo adulto de pensar, repleto de estereotipos. Los estereotipos pre-suponen y pre-juzgan: no hay nada singular que percibir o atender, lo podemos saber todo de antemano, a priori. Así se cancela lo más humano: lo contradictorio, lo complejo, lo impuro, lo imprevisto.

La serie intenta desafiar algunos de nuestros clichés. Jamie, el supuesto incel, no lleva gafotas ni tiene la cara llena de granos, sino que es un chico muy guapo. El padre no es el abusador de menores ni el maltratador de mujeres que estamos esperando. La familia no fracasa por exceso de crueldad, sino por razones bien distintas. La causalidad es siempre múltiple y, en el límite, un misterio singular a sondear cada vez.

No sólo somos el reflejo pasivo de varios condicionamientos (de raza, género o clase), sino también un sujeto singular, un modo particular de habitar las determinaciones, nuestras marcas de origen. Las categorías sociológicas o identitarias se convierten en pesados estereotipos cuando dejan de ser puntos de partida, términos de referencia, para convertirse en puntos de llegada, explicaciones masivas. Entender no es presuponer, estandarizar, sino escuchar el detalle, algo específico.


Escucha, amor y deserción


Escuchar es una palabra hermosa, pero un camino largo y difícil. Escuchamos, para empezar, sólo si no creemos saberlo ya todo. Si confiamos en que el otro tiene algo para decirnos, algo que no sabemos, algo que queremos o necesitamos saber. Pero los adultos saben, creen que lo saben todo, eso precisamente les constituye como adultos en esta sociedad.

Adam, el hijo del policía que lleva el caso de Jamie, se acerca a su padre. Quiere explicarle algunos códigos del lenguaje de internet que a todas luces el padre desconoce. “No soporto verte patinar así”. El padre se come el orgullo y le escucha.

Es tal vez la escena más importante de la serie, quizá la única donde se rompe el bucle ensimismado en que viven los adultos. Es el chico quien sabe, es el hijo quien tiene algo que enseñarle al padre, son los adolescentes quienes conocen el presente y pueden explicárselo a los adultos.

El policía tiene súbitamente una revelación: no tiene ni idea de quién es su hijo. Le podría pasar exactamente lo mismo que a Jamie, ¿por qué no? También a él le humillan en el colegio, lo ha visto con sus propios ojos. El policía se larga del trabajo y se va con el chico a tomar algo, a conversar, a estar. El amor entre padres e hijos no consiste más que en eso: estar, sin más, regalarse tiempo, acompañarse. Así se escucha, con afecto, en lo informal, sin protocolo.


Microfundamentalismos.

¿De qué se da cuenta repentinamente el policía? Ni más ni menos que de esto: la inutilidad de la policía para frenar el mal. La maquinaria penal ha sido capaz a lo largo de su historia de castigar algunos malos comportamientos, pero nunca podrá detener el mal. El miedo, el único recurso que tiene a mano, no cambia nada de fondo, no previene, no transforma.

Si queremos escuchar, debemos desertar. Eso nos dice la serie. Desertar de todo lo que nos roba el tiempo del afecto, el tiempo de los vínculos, del compartir sin más objetivos. Desde luego la loca exigencia de productividad 24/7 que se nos ha metido dentro, pero también la posición de superioridad que define la condición adulta. Desertar significa sustraer y preservar toda la humanidad posible.

Incluso a un paralítico hay que preguntarle: ¿cuál es tu tormento?”, dice Simone Weil. Esa pregunta define para ella un verdadero vínculo de atención. Cuidar, atender al otro, es preguntar, no presuponer. Abrirse a un diálogo y a una respuesta inesperada, no prejuzgar. Arriesgarse al encuentro, no ponerse todo el rato por encima del otro. Salir del bucle.


El jeroglífico de la atención.

La transmisión inter-generacional no es una carrera de relevos entre padres e hijos, sino un encuentro. En toda la serie nadie habla realmente con Jamie. Nadie se dirige a él como sujeto. Nadie le pregunta cuál es tu tormento. Nadie le presta verdadera atención.

El gobierno de Reino Unido ha anunciado que difundirá la serie gratuitamente en los institutos de todo el país. Me parece una gran iniciativa. Hay que mostrar urgentemente la serie, pero no a los adolescentes, sino a los profesores, los padres, los directores. Ponerla en todos los claustros, en todas las AMPAS, en todos los consejos escolares. Conversar sobre el fracaso de la mirada adulta, empezar la deserción.

La verdadera catástrofe es que todo siga igual.


* Este texto fue escrito tras largas conversaciones sobre la serie con Lula Amir. Lo leyeron, comentaron y discutieron también Álvaro García-Ormaechea, Raquel Mezquita, Lucía Currás, Vanesa Jiménez y Patricia Ruiz. Estar, conversar, pensar.


Fuente: ctxt