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martes, 18 de agosto de 2026

Los mitos sobre la violencia sexual en el ocio nocturno

 

      Periodista y activista que escribe sobre justicia social.


El pánico a sufrir violaciones al salir de fiesta ha adquirido un efecto disciplinante sobre las mujeres, pero el 68,5% de las agresiones fuera de la pareja se producen en el espacio doméstico y casi todas las víctimas conocían a su atacante


Chicas bailando en un local de ocio.


     Si echamos la vista atrás y recordamos algunos de los casos más mediáticos sobre agresiones sexuales en España en los últimos años, enseguida observamos que la mayoría habían transcurrido en entornos de ocio nocturno: desde la violación grupal de ‘La Manada’, que se produjo en un portal durante las fiestas de San Fermín en Pamplona, hasta la agresión sexual del futbolista Dani Alves a una joven en el baño de una discoteca en Catalunya, pasando por el caso de Diana Quer en A Coruña, abusada y asesinada a manos de José Enrique Abuín Gey, alias El Chicle, cuando volvía de las fiestas populares de A Pobra do Caramiñal en el verano de 2016.


Concentración en Madrid en defensa de la víctima de la violación múltiple en San Fermín.



Dani Alves, durante la lectura de la sentencia del 22 de febrero.


Inauguración de la plaza Diana Quer en Pozuelo de Alarcón.


Quizá la primera vez que comenzó a tratarse en los medios de nuestro país la violencia sexual fue tras el suceso de las niñas de Alcàsser, tres menores valencianas de 13 y 14 años que fueron secuestradas, violadas, torturadas y finalmente asesinadas en noviembre de 1992 cuando se dirigían a una discoteca de tarde.

Sin duda, la narrativa mayoritaria que rodea a estas violencias ha tendido a vincular peligrosamente ocio nocturno, verano y riesgo. La hipermediatización de estos casos brutales ha sido clave para visibilizar el carácter estructural y patriarcal de las violencias, para señalar que el género es un factor de vulnerabilidad. Pero también ha opacado un hecho muy relevante: la mayor parte de las agresiones sexuales poco o nada tienen que ver con lo que vemos en las portadas de los medios generalistas.


Prisioneros palestinos detenidos en la prisión israelí de Ofer, cerca de Jerusalén, en la Cisjordania ocupada, el 28 de agosto de 2024.

Estas, por el contrario, suceden en el espacio privado, por parte de personas cercanas a la víctima, y casi nunca llegan hasta los tribunales. Se trata de violencias silenciosas, cotidianas y por ello socialmente soterradas en la impunidad. Muchas voces expertas en género alertan de que ligar las agresiones a la fiesta y al verano no sólo tapa muchos otros casos a menudo más representativos: también contribuye a mermar significativamente la libertad sexual de las mujeres a la hora de ocupar el espacio público.

Para conceptualizar lo que ocurre con los mitos popularizados en torno a la violencia sexual, el Observatorio Noctámbul@s –cuya labor se centra en analizar estas violencias acaecidas en entornos de ocio nocturno– habla de una “lógica de la excepcionalidad”: los relatos hegemónicos sobre agresiones, basados en casos excepcionales y/o extremos como el de ‘La Manada’, acaban operando en última instancia en los cuerpos feminizados como si se tratasen de la regla general. A través de mecanismos implícitos de responsabilización y culpa, que han acompañado históricamente a las mujeres, “se establece un sistema de control y de intimidación colectiva que deriva en autorrepresión y control de su sexualidad”, indican en un informe.


Violencia sexual en el deporte: Relatos mediáticos.

La culpa, señalan, es una sensación recurrente en estos casos donde parece que si la víctima sufrió una agresión fue porque hizo un uso libre de su cuerpo o incluso consumió sustancias en determinados espacios lúdico-festivos.

Mientras el pánico a vivir abusos al salir de fiesta ha terminado por disciplinar los cuerpos de muchas jóvenes impactando de forma directa sobre su libertad de movimiento, los datos de la Macroencuesta de Violencia de Género afirman lo siguiente: el 68,5 % de las mujeres que han sufrido una violación fuera de la pareja alguna vez sostiene que la agresión sucedió en una casa, el 16,3 % que ocurrió en zonas abiertas como calles o parques y el 11 % que la violación tuvo lugar en entornos festivos (7,3 % en discotecas, bares, etc., y 5,9 % en entornos festivos al aire libre). Es decir, las agresiones acaecidas en espacios de ocio nocturno son una minoría frente a las que suceden en el entorno privado. Otro estudio reciente, realizado a menor escala por el Ayuntamiento de Madrid, revela que en el 65 % de los casos de agresión sexual en la capital los victimarios fueron hombres conocidos por la víctima. Solo el 28 % de las mujeres que han sufrido una violación fuera del ámbito de la pareja cita a un hombre desconocido como agresor.

Todos estos casos, que rara vez consiguen documentarse, presentan un número preocupante de infradenuncia por la complejidad que entraña reconocer la violencia y hablar públicamente de ella. Romper el silencio se convierte en un ejercicio casi imposible. “Es muy difícil muchas veces denunciar a tu tío, tu padre, tu hermano, tu primo o tu abuelo.


Concentración en Madrid, tras conocerse la sentencia de la manada.

La mayoría de los delitos se cometen en el propio domicilio, según el Ministerio del Interior. Esto significa que tienes que tener algún tipo de relación con esa persona que te ha agredido sexualmente, por lo que hay que desmitificar este imaginario colectivo de que nos van a violar al volver de fiesta”, advierte Beatriz Martos, responsable de campañas de derechos humanos de las mujeres en Amnistía Internacional España. Martos, en este sentido, considera que los mitos sobre el terror sexual producen “que nos recluyamos más en el espacio doméstico para evitar la calle”. En esta infradenuncia de la violencia sexual doméstica también entran factores como el miedo a no ser creída, al ostracismo, a tener que seguir conviviendo con el agresor o el vínculo familiar con el mismo.

Disciplinamiento de la sexualidad

Pese a las citadas cifras, que permiten visualizar un mapa menos alarmista respecto a los posibles peligros de la noche en relación a la violencia machista, la asociación feminista Clara Campoamor incide, en la misma línea que Martos, en que el miedo a sufrir agresiones en bares o discotecas a menudo tiene efectos simbólicos muy relevantes a largo plazo. “Muchas evitamos salir solas de noche, aceptamos modificar nuestra forma de vestir, hemos normalizado compartir nuestra ubicación con familiares o amigas o procuramos volver acompañadas. Esto supone la restricción última de nuestra autonomía y del derecho a disfrutar libremente del espacio público y de la vida social y sexual”, explica a CTXT Izaskun Gutiérrez, educadora social en esta asociación referente en la denuncia de violencias machistas.

Además de esta hipervigilancia aprendida por mujeres jóvenes, también se generan por inercia mecanismos de silencio e impunidad hacia muchos agresores, que suelen pasar inadvertidos en los medios y rara vez ocupan titulares.


El 29% de los jóvenes han sufrido violencia sexual durante su infancia o adolescencia.

“Es mucho más difícil identificar como potenciales agresores a las personas que forman parte de nuestra cotidianidad y con las que nos relacionamos y es mucho más fácil visualizar a una persona desconocida, sin rostro, que un día en el rincón de una discoteca nos agrede”, cuenta María Giaever, doctorada en Sociología y técnica del Observatorio Noctámbul@s.

A su juicio, ha habido en los últimos años un boom de focalización de los medios en un tipo muy concreto de violencia que desvía la mirada de lo estructural, lo cotidiano. La construcción patriarcal de la sexualidad ha originado históricamente que esta termine domesticándose y disciplinándose “en pos de la seguridad de las mujeres”. Esta percepción de la seguridad, que muchas veces se utiliza de forma torticera para coartar la libertad de las mujeres, parte también de una experiencia encarnada desde la niñez que no debe obviarse.

Un efecto simbólico en la libertad sexual

Al ignorarse casi siempre la prevalencia de esta realidad cotidiana, mitificándose las agresiones en espacios como fiestas, muchas mujeres deciden inconscientemente evitar espacios que se podrían identificar como más masculinizados. Por ejemplo, otro reporte de Noctámbul@s refleja que casi el 80 % de las mujeres no escogería las raves como espacio de ocio y el 60 % de estas tampoco frecuentaría las llamadas parking parties. En cambio, los espacios más participados por ellas son las fiestas en casa o bien eventos organizados por empresas privadas, ayuntamientos y entidades sociales.

Aquí entra en juego no solo la idea de autorrepresión de la libertad de movimiento sino también del consumo de sustancias ante el pánico sexual colectivo. Sabemos que el alcohol y las drogas han actuado tradicionalmente como legitimadores de la violencia en los hombres y a la vez como dispositivos de culpabilización hacia las víctimas en base a diversos estereotipos de género ligados a la feminidad. Es decir, no sólo se restringe, por miedo a sufrir determinadas agresiones, la presencia en el espacio público en horario nocturno sino también los consumos. En este sentido, por norma general, la consecuencia de esta narrativa produce que las mujeres consuman preferiblemente drogas legales, menos estigmatizadas y relacionadas socialmente con una menor pérdida de control en el comportamiento.

Pero además se han creado toda una serie de estrategias defensivas –tanto de cuidados colectivos entre mujeres como a nivel individual– para evitar la ingesta involuntaria de sustancias (cuando las agresiones por sumisión química no llegan al 1 % del total en las mujeres mayores de 16 años).


‘Girls just want to have fundamental rights’. Pancarta en una manifestación feminista en EE. UU.

Como explica Burgos, los pintauñas, tiras reactivas y otros kits llevan desarrollándose desde hace más de una década para, en principio, prevenir las agresiones sexuales bajo sumisión química.

Hablar abiertamente de estas formas de desactivar la voluntad de las mujeres a través de psicotrópicos es fundamental, pero hacerlo partiendo de una sobrerrepresentación de estos casos dibujando un clima de alarma social puede resultar contraproducente, señalan las expertas. “La consecuencia más inmediata de esto es la dificultad de identificar violencias y agresores en contextos que no tienen representación mediática y, por lo tanto, quedan fuera del imaginario de la violencia sexual”, apunta Noctámbul@s.

A raíz de casos tan mediáticos, como los pinchazos en el verano de 2022, hay una percepción cerrada sobre el fenómeno de la sumisión química y sobre generar las violencias con presencia de drogas. Las pocas agresiones producidas en entornos de ocio nocturno donde hay alcohol o sustancias se dan por consumo voluntario”, destaca Giaver. De nuevo, que la culpa y el autocontrol interiorizado se centren en las drogas se vuelve algo muy fructífero para desviar el foco de la estructuralidad de la desigualdad de género. Las expertas recuerdan que la violencia sexual se inscribe tanto en el modelo de dominación como en la dimensión moral y subjetiva de la credibilidad.

La construcción social del monstruo que violenta por las noches

Desde el Col.lectiu Punt 6, organización que aborda la igualdad de género a través del urbanismo feminista, expresan que “a las mujeres se nos ha socializado para tener miedo al espacio público, a la noche y a lo desconocido. Además, la violencia se convierte en algo habitual desde pequeñas, nos marca que nos toquen en el metro o vivir comentarios de acoso, que trastocan nuestra noción de seguridad”. Poco a poco aprendemos a sortear esa violencia haciéndonos en cierta medida responsables de prevenirla con todos los medios posibles a nuestro alcance, a no merecerla por nuestros comportamientos.

La politóloga e investigadora feminista Nerea Barjola aborda esta cuestión en su libro Microfísica sexista del poder.


Microfísica sexista del poder. El caso Alcàsser y la construcción del terror sexual.


El caso Alcàsser y la construcción del terror sexual, donde afirma que rápidamente las chicas jóvenes aprenden a “cuidarse” por lo que pueda ocurrir. Una autogestión del riesgo que se ha promovido de manera más o menos consciente desde los medios de comunicación de masas.

En este escenario distorsionado que sobredimensiona ciertos casos extremos de violencia hasta hacerlos parecer la norma (muy funcional a la hora de asegurar el control sobre la feminidad), prevalece la figura estereotípica del agresor-monstruo. Ese paradigma de hombre agresivo, socialmente inadaptado y con patologías mentales que ataca a las mujeres en la noche. Algo parecido al “violador del ascensor”, quien copó durante años las cabeceras de los medios por sus incontables delitos sexuales y cuyo modus operandi consistía en abordar de noche a chicas jóvenes a punta de pistola para secuestrarlas y violarlas.

Vemos a menudo cómo la ultraderecha se ha apropiado de estas figuras “monstruizadas”, tan presentes en el imaginario social colectivo, para vincularlas a los hombres migrantes y / o racializados, que consideran agresores sexuales violentos casi por naturaleza. “La mayoría de las noticias se ilustran con imágenes de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad alimentando la sensación de peligro inevitable por la monstruosidad de los agresores que solamente puede combatirse a través de la coerción y, por el otro, la narrativa del agresor sin rostro, pese a que alrededor del 45 % de los casos que se atienden en las urgencias hospitalarias son agresiones cometidas por un conocido”, sostienen desde Noctámbul@s.

La construcción social del monstruo a combatir, subraya en un artículo la periodista y antropóloga Ana Burgos, impide abordar la naturaleza sistémica del problema de la violencia (la desigualdad de género y la cultura patriarcal de la violación) que atraviesa a todos los procesos de socialización y las normas culturales. “Cuando se piensa en un agresor desconocido, malvado, cruel, representado en muchos casos desde sesgos clasistas, racistas o capacitistas (pobre, racializado o loco), que te droga para violarte (la punta del iceberg de las violencias sexuales), se aleja la mirada del ‘hijo sano del patriarcado’, el agresor conocido, el primo, vecino, pareja o jefe”, expresa en el texto.


Fuente: Ctxt

sábado, 26 de abril de 2025

¿Dónde está la indignación por la violencia sexual ‘sistemática’ contra los palestinos?

 

 Por Samah Salaime  
      Activista y escritora feminista palestina.



A pesar de que cada vez hay más pruebas de los crímenes de género cometidos por el ejército, los colectivos de mujeres israelíes han ignorado o negado en gran medida el nuevo informe condenatorio de la ONU


Una manifestante protesta frente a la sede de las Naciones Unidas en la ciudad de Nueva York, llamando la atención sobre la violencia sexual contra las mujeres palestinas.

     El mes pasado, un informe para el Consejo de Derechos Humanos de la ONU afirmaba –como sostienen los palestinos desde hace mucho tiempo– que, desde el 7 de octubre, Israel ha empleado sistemáticamente la violencia sexual y los crímenes de género contra mujeres, hombres y niños palestinos.


Mujeres y niñas obligadas a huir a la ciudad de Gaza por los ataques en el norte de la Franja.

La investigación, publicada junto con desgarradores testimonios de supervivientes y testigos, representantes de la sociedad civil, académicos, abogados y expertos en medicina durante una audiencia de dos días celebrada en Ginebra, llegó a varias conclusiones clave que, en mi opinión, exigen una atención y una acción inmediatas a nivel mundial.


Soldados cierran una puerta desde dentro en el centro de detención israelí de Sde Teiman, cerca de Bir as-Sab' (Beersheba), el 29 de julio de 2024.

En primer lugar, desde el 7 de octubre, el uso de la violencia de género por parte de las fuerzas israelíes ha aumentado drásticamente tanto en escala como en intensidad y se ha convertido en una práctica “sistemática”. Estos crímenes han devenido una herramienta de opresión colectiva para destruir familias y comunidades palestinas desde dentro: una táctica tomada de otras campañas de violencia étnica y genocidio en lugares como Bosnia, Ruanda, Nigeria e Irak, donde los cuerpos de las mujeres se convirtieron en campos de batalla.


Palestinas cruzan un puesto de control israelí cerca de la ciudad cisjordana de Belén para asistir a las oraciones del viernes de Ramadán en la mezquita Al-Aqsa de Jerusalén, el 21 de marzo de 2025.

En segundo lugar, los centros de detención militar israelíes se han convertido en epicentros de los tipos de violencia sexual más atroces. Más allá de las imágenes, ampliamente difundidas, de presos palestinos desnudos en Gaza, el informe recogía testimonios de recintos como Sde Teiman, donde los presos, desprovistos de protección legal y lejos de la mirada de los medios de comunicación, se han enfrentado a violaciones, humillaciones sexuales y tortura. En algunos casos, como el del médico Adnan Al-Bursh, los presos murieron, según consta, como consecuencia directa de los abusos sexuales que sufrieron mientras estaban bajo custodia.


Ciudadanos palestinos detenidos por el ejército israelí en Beit Lahiya, norte de Gaza, y trasladados cerca de la playa.

En tercer lugar, el informe documenta la proliferación de la violencia de género contra las palestinas en el ámbito digital. Grupos vulnerables, especialmente mujeres y jóvenes, se han enfrentado a la vergüenza, el doxing (acción de buscar y publicar información privada o sobre la identidad de una persona en Internet, generalmente con intención de causarle daño) y la explotación de su orientación sexual o comportamiento privado como herramientas de coerción e intimidación.

En cuarto lugar, el informe señala que el uso de la violencia de género no lo ejercen únicamente los soldados; los colonos israelíes, que a menudo actúan bajo la protección del ejército, acosan sexualmente a las mujeres palestinas en Cisjordania, explotando los roles tradicionales de género dentro de la sociedad palestina como método de opresión.

Las conclusiones del informe, elaborado por la Comisión de Investigación de la ONU sobre el Territorio Palestino Ocupado, no se basan únicamente en los relatos de supervivientes, sino también en las publicaciones en las redes sociales de los propios soldados israelíes. Los perpetradores documentan con orgullo sus “heroicos” actos de venganza masculina: rebuscan en los cajones de las mujeres palestinas, posan con la ropa interior de estas y garabatean pintadas misóginas en el interior de las casas ocupadas de Gaza. Aunque gran parte de este contenido se borró posteriormente de las plataformas sociales, en el informe de la ONU permanece archivado para la posteridad.

Sin embargo, a pesar de que estos vídeos e imágenes son innegablemente censurables y criminales, palidecen en comparación con la violencia sexual más extrema documentada en el informe. Los desnudamientos públicos forzados y los registros invasivos, la retirada a la fuerza del hiyab de las mujeres, la filmación de la degradación sexual bajo amenaza de más violencia, las amenazas de violación y las violaciones como forma de tortura: todo ello no solo constituyen atentados contra la dignidad, sino una profunda agresión física y sexual.

El informe afirma que tanto mujeres como hombres han sido objeto de estos crímenes, e implica a los medios de comunicación israelíes en su normalización al recibir a comentaristas y presentadores que hablaban del uso de la violencia sexual como herramienta legítima en la guerra. Por ejemplo, destaca los comentarios que Eliyahu Yosian, del Instituto Misgav, hizo en el Canal 14, de extrema derecha, al decir: “La mujer es un enemigo, el bebé es un enemigo y la mujer embarazada es un enemigo” (después de que el Canal 14 publicara el clip en Internet, recibió más de 1,6 millones de visitas).


La sección de bebés prematuros del Hospital Al-Aqsa tras su evacuación, en Deir al-Balah, en el centro de la Franja de Gaza, el 27 de agosto de 2024.

De acuerdo con los testimonios presentados a la comisión, a menudo a las mujeres víctimas les resulta extremadamente difícil denunciar los abusos. Un ejemplo notable es el de un puesto de control militar israelí cerca de Hebrón, donde un soldado se exhibía habitualmente a las mujeres palestinas que pasaban por allí. Una estudiante que tuviera que pasar por el puesto de control de camino a la escuela probablemente optaría por guardar silencio sobre estos abusos, ya que denunciarlos significaría casi con toda seguridad que tendría que interrumpir sus estudios.

Los ataques contra los centros de salud reproductiva en Gaza constituyen otro aspecto de los crímenes de guerra de Israel por motivos de género. Según el informe, las fuerzas israelíes atacaron sistemáticamente la infraestructura de salud materna de Gaza, los centros de tratamiento de la fertilidad y, de hecho, cualquier institución relacionada con la salud reproductiva. Las conclusiones también incluyen casos de francotiradores que dispararon a mujeres embarazadas y ancianas, y de médicos que tuvieron que practicar cesáreas sin desinfectantes ni anestesia.

Basándose en las conclusiones del informe, Navi Pillay, directora de la Comisión de Investigación, declaró: “La única conclusión posible es que Israel utilizó la violencia sexual y de género contra los palestinos para infundir miedo y perpetuar un sistema de opresión que socava su derecho a la autodeterminación”.


Un duro despertar


A diferencia del informe paralelo de la ONU publicado en marzo de 2024, que investigaba los crímenes de género cometidos por militantes de Hamás contra mujeres israelíes el 7 de octubre, el informe actual apenas recibió cobertura mediática, ni en Israel ni en el resto del mundo.

Resulta que ni siquiera la dramática escalada de crímenes de género contra mujeres y niñas durante la guerra, y la inequívoca determinación de que el uso de estos métodos por parte de Israel era sistemático y no meros actos aislados cometidos por soldados, fue suficiente para que las organizaciones de mujeres israelíes o internacionales se opusieran, condenaran o incluso solicitaran que se examinara urgentemente la cuestión. Ni siquiera el hecho de que el informe se publicara pocos días antes del Día Internacional de la Mujer bastó para impulsar seminarios web, simposios o conferencias en universidades de todo el mundo, ni debates de urgencia en comisiones parlamentarias para promover los derechos de la mujer.

Aquí, en Israel, las reacciones han ido desde el silencio hasta la negación rotunda. “La ONU apoya a los terroristas de Nukhba y a Hamás”, afirmó Hagit Pe’er, presidenta de Na’amat, la mayor asociación de mujeres de Israel. “Se trata de un informe con un marcado tufo antisemita. Es un intento de crear una realidad alternativa e invertida en respuesta a la masacre sexual perpetrada por Hamás contra mujeres y hombres israelíes, mientras las instituciones internacionales, incluidas las organizaciones de mujeres de todo el mundo, guardan un llamativo silencio. Estas son las mismas organizaciones que condenan cualquier violencia sexual, a menos que las víctimas sean mujeres israelíes y judías”.

También expuse las conclusiones del informe a la profesora Ruth Halperin-Kaddari y a la ex fiscal militar jefe Sharon Zagagi-Pinhas, del Proyecto Dina, una iniciativa encargada de documentar la violencia sexual de Hamás. Ellas también lo descartaron por considerarlo “un paso más en la campaña para deslegitimar a Israel”.

Desde su creación en 2020, [la Comisión de Investigación de la ONU sobre el Territorio Palestino Ocupado] ha adoptado un sesgo unilateral y antiisraelí en la gran mayoría de sus actuaciones, lo que se refleja claramente en el presente informe”, afirmaron Halperin-Kaddari y Zagagi-Pinhas en respuesta a mi pregunta.

¿Cómo pueden compararse las afirmaciones de este informe con los brutales crímenes de violencia perpetrados sistemática y deliberadamente por Hamás el 7 de octubre: horribles actos de violación, mutilación genital y violencia sexual infligida incluso a cadáveres?”, continuaron. “Es absolutamente lamentable que, en lugar de tomar medidas para incluir a Hamás en la lista negra de organizaciones que cometen violencia sexual como arma de guerra, la Comisión haya elegido un camino distinto”.

En cuanto a las propias acusaciones”, añadieron, “a diferencia de Hamás –que niega sistemáticamente sus crímenes–, si alguna de estas denuncias tiene fundamento, las autoridades israelíes están obligadas a investigarlas debidamente”.

Como muchas mujeres en Israel, durante esta guerra yo también he experimentado un duro despertar feminista. He perdido camaradas palestinas a las que no les gustó mi condena de la violencia de Hamás contra las mujeres israelíes el 7 de octubre, y he perdido amistades judías que consideraban a las mujeres de Gaza objetivos legítimos.

Tras una dolorosa reflexión, he entendido la fuerza y el coraje que debemos cultivar las mujeres para denunciar, de forma inequívoca, cualquier violencia contra el cuerpo de una mujer como un hecho abominable, ya sea palestina o israelí. No tendría que ser necesario explicar que ninguna madre debería ser asesinada –tanto si su hijo es pelirrojo como de piel oscura, de ojos verdes o marrones–, y que ningún bebé debería ser alimentado con la insaciable maquinaria bélica de hombres ávidos de poder y riqueza.

Las mujeres –jóvenes y mayores, madres e hijas, feministas e incluso las que no se definen como tal– debemos alzar la voz y decir: basta ya de guerra. Esta patria no se liberará en nuestros cuerpos, y no merece la pena construir ningún futuro a partir de los restos del naufragio de nuestros vientres.


Fuente: ctxt