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miércoles, 14 de mayo de 2025

EXTREMA DERECHA - Andrew Mar: “Los datos no ganan al relato en casi ninguna batalla”

 

      Escribe sobre economía en @elsaltodiario.com.


El periodista de The New Yorker pasó tres años investigando a los principales generadores de odio y teorías conspiranoicas de la extrema derecha estadounidense.


Marantz es autor de Antisocial, en la se sumerge en el ecosistema Trumpista y de la extrema derecha en los Estados Unidos.


     Ser un trol, acosar a gente, esparcir bulos y crear medios de extrema derecha para dar alas a esa desinformación o llevar incluso toda esa basura a la sala de prensa del Congreso no lo han inventado ni los UTBHs ni los Negres de turno. Como muchas malas prácticas comunicativas y políticas, viene de Estados Unidos. Leer Antisocial. La extrema derecha y la ‘libertad de expresión’ en internet (Capitán Swing, 2021) te muestra que los trols españoles son copias de lo que hicieron los estadounidenses unos años antes.

Para escribir esta obra y con la intención de conocer cómo funciona ese mundo de los trols, qué les empuja a inventarse información y acosar a gente o por qué las narrativas más locas, racistas y conspiranoicas se estaban viralizando en los Estados Unidos, el periodista de The New Yorker Andrew Marantz bajó a los infiernos de la extrema derecha. Durante sus tres años de investigación, acabó en fiestas proTrump llenas de gente que no escondía su ideología fascista, entrevistó a los principales creadores y difusores de bulos y teorías de la conspiración y entró en las casas de supremacistas blancos para charlar con ellos y sus familias. Todo ello con el aliciente de que Marantz es judío y escribe para un medio que aquí muchos llamarían progre.

El periodista visita Madrid invitado por la sexta edición del Foro de la Cultura 2023 y en El Salto aprovechamos para charlar con él e intentar que dé algún consejo sobre cómo acabar con los imitadores made in Spain de la alt-right estadounidense que toca aguantar aquí.

Tu investigación e inmersión en el mundo trol de la extrema derecha estadounidense se publicó hace tres años. Desde entonces, Trump perdió unas elecciones y hubo un asalto fallido al Capitolio. ¿Crees que esta derrota ha cambiado algo en esa esfera? ¿Se ha tranquilizado la extrema derecha y ya no es tan efectiva sobre la gente o están tomando fuerzas?

Sí que cambió cosas, pero creo que no ha hecho que el problema estructural desaparezca. Cambia la estrategia que utilizan y, por lo tanto, debe cambiar las estrategia para contrarrestarlos. Parte de lo que hace que estos propagandistas online sean tan efectivos, y no me refiero solo a los troles de extrema derecha, sino a cualquiera al que se le dé muy bien la propaganda, es que son capaces de adaptarse muy rápido a las circunstancias cambiantes.

¿Y cuál es esa nueva estrategia?

Si ves el ejemplo del ataque al Capitolio en Estados Unidos o lo que ha pasado hace poco en Brasil, puedes ver que lo que se le da muy bien a estos propagandistas nativos de internet es reformular la narrativa. En cambio, vemos que hay otros que siguen utilizando las mismas narrativas durante 100 años. “Esto es un ataque a nuestras instituciones”, “tenemos que defender la democracia”, etc. Todo lo cual puede ser cierto, pero no capta de la misma manera a las personas en su imaginación emocional. Si ves a Biden de pie en el escenario diciendo: “Cómo te atreves, esto es un ataque a nuestra democracia”, puedes estar de acuerdo o en desacuerdo, pero todo eso sucede en tu cerebro. No tiene ningún control sobre tu corazón, tus emociones y tu imaginación. Mientras que si ves a la gente probando algo nuevo, podrías pensar: “Oh, es una locura lo que están haciendo. Es demasiado extremo”. Pero reformula la narración. Así que esas mismas personas podrían pensar: “Bueno, yo nunca me irrumpiría en el Capitolio, pero permítanme adoptar una posición moderada”, que en esta narrativa significa que realmente necesitamos investigar las irregularidades de las elecciones.

Si tú fueras un nuevo observador, como si llegaras de otro planeta, y vieras a un conservador moderado (entre comillas) de los Estados Unidos tratando de encontrar una posición intermedia después de las elecciones de 2020 diciendo que deberíamos volver a examinar las cosas irregulares que ocurrieron en las elecciones, cuando no hubo nada irregular y ya se ha examinado 50 veces, pensarías que lo que está haciendo no es moderado sino una locura. Pero ahora han conseguido que la posición de poner en duda los resultados electorales parezca moderada porque han reformulado toda la narrativa.




A Trump le banearon en varias redes sociales tras lo ocurrido en el Capitolio. Ahora llega Elon Musk con sus críticas hacia lo que llama la izquierda “woke” y volviendo a abrir las puertas a la extrema derecha y a Trump. ¿Hacia dónde crees que nos puede llevar esto?

Mirando así por encima, Musk tiene un argumento muy simple y sólido. Porque el argumento llamando a favor de la libertad de expresión (entre comillas) siempre va a parecer el más simple y fuerte. Si yo puedo enmarcar el debate en una posición donde puedo decir: “Bueno, yo soy la persona a favor de la libertad de expresión, ¿quién eres tú?”, gano automáticamente. El problema es que no creo que sea el marco correcto. Se puede poner en la posición de decir: “Ey, espera, no. No estoy intentando censurarte ni prohibirte. Solo intento mantener las reglas básicas que acordaste cuando te uniste a esta plataforma”. Cuando Donald Trump o cualquiera se unió a Twitter había reglas que decían: por favor, no utilices esta plataforma para incitar a la violencia o alentar a la gente a matar a personas o iniciar una guerra nuclear o todas esas cosas. Entonces, cuando haces una de esas cosas y alguien se te acerque y te dice: “Disculpe, señor, ¿podría intentar no iniciar una guerra en nuestra plataforma?”. Tú puedes contestar diciendo algo así como “¡Me están censurando! ¡Me están prohibiendo! ¿Qué pasa con la libertad de expresión?”. En esta situación, las personas que están a cargo de la moderación de esas redes sociales acaban pareciendo como lo que nosotros llamamos el monitor de pasillo, que es ese niño que en la escuela tiene que chivarse a los profesores cuando alguien hace algo malo. Y nadie quiere ser ese niño, porque no es guay, no es punki. La posición más punki es la de mandar al carajo todo, derribar los muros y que tengamos libertad de expresión. Y eso es lo que está haciendo Elon Musk. Pero en realidad nadie tiene esa posición de manera consistente. El propio Musk ha dicho: soy un absolutista en todo lo que concierne a la libertad de expresión. Pero nadie tiene esa posición de manera absoluta, ni siquiera Musk.




¿Pero qué significa la libertad de expresión para Elon Musk?

¡No significa nada! Porque cuándo alguien tuitea la ubicación de su avión, lo prohíbe en Twitter. Cuando Alex Jones entra en Twitter, prohíbe a Alex Jones. Y cuando los fans de Musk y también de Jones le preguntan por qué le expulsa cuando hace solo un mes decía que era un absolutista de la libertad de expresión, les dice que lo hace porque no le cae bien Alex Jones. Así que no es nada más que una persona tomando decisiones arbitrarias. ¿Eso es libertad de expresión? Lo que se necesita es tener un sistema. La única pregunta es hacia qué sistema vas a ir.




¿Qué responsabilidad tienen estos amos de las redes sociales, como Musk o Zuckerberg, de la expansión de estas ideologías racistas o machistas?

No son las únicas personas responsables, pero tienen una gran responsabilidad. Una de las analogías que hago en el libro es la de una fiesta. Si eres propietario o inicias una red social, te conviertes en el anfitrión de una gran fiesta. Y, ya sabes, si organizas una fiesta, pones las reglas y condiciones que crean el ambiente de la fiesta. Podrías decir que no tienes ninguna responsabilidad de lo que pasa en ella, que solo eres el anfitrión. Pero si eliges si va a haber alguien en la puerta comprobando la identidad de la gente, si las luces van a estar encendidas o apagadas, qué música suena, si vas a añadir alcohol a tus bebidas… si además pones droga en las bebidas de todos y luego empiezan a tirar cosas por la ventana, puedes defenderte diciendo “están tirando cosas por la ventana, pero no soy yo quién lo hace”. Haz algo al respecto, es tu fiesta. Y con esto no significa que tengamos que echar a todos y prohibirlas. Pero significa que no puedes tener las dos cosas. No puedes ganar dinero con esto sin tener influencia sobre ello. No puedes tener los sistemas y empresas de medios más grandes que hayan existido en la historia de la humanidad y luego decir: “Lo siento, no es mi responsabilidad”.

Cuando leí tu libro hace un par de años y describías a la extrema derecha mediática pude ver claramente que era la escuela de la extrema derecha mediática española. Desde entonces, al ver cómo van evolucionando aquí esa política y comunicación tan trumpista, he recordado en muchas ocasiones tu libro. Ya que en Estados Unidos nos lleváis como tres o cuatro años de adelanto ¿Tienes algún consejo que darnos sobre cómo acabar con ellos?

No puedo dar el consejo que pueda arreglarlo todo porque no creo que nadie lo sepa a ciencia cierta. Antes hablábamos de las elecciones de 2020 entre Trump y Biden. De ahí vemos que el consejo puede tomar dos vías distintas. Una es que tenemos que dedicar más tiempo a ese nuevo campo de la propaganda online de esta nueva vanguardia. El otro consejo es el contrario, que nos involucremos menos. Biden, en teoría, hizo esta segunda. Dice que internet le importa un carajo y simplemente ha seguido haciendo la política que ha hecho toda la vida. Al menos esa es la teoría.

Creo que hay que buscar una combinación de esas dos. No creo que quieras involucrarte tanto en estas guerras online. Puedes creer que estás hablando con todo el país y en realidad estás discutiendo con un chaval de 19 años en su sótano. Existen muchos de esos perfiles a los que hemos llamado “extremadamente onlines”. Me refiero a algunos políticos que estaban tan conectados a internet que ya no podían hablar con gente normal. Porque tenemos que recordar que ciertos círculos, como el de los medios de comunicación, vemos mucho y nos enteramos de todo lo que pasa con estos perfiles en la redes, pero mucha gente normal, diría que la mayoría, no se entera de todo esto. No sabe nada de estos debates y de lo que pasa en Twitter porque muchos de ellos ni tan siquiera tienen perfil en esa red social. En España, en Estados Unidos y en todos los lugares.




Obviamente creo y sostengo en el libro que lo que ocurre en Internet importa. No puedes simplemente decir que Twitter no es la vida real y salirte de esa conversación. Porque hay un efecto cascada. Lo que ocurre en Internet determina la forma en que un núcleo interno de personas piensa. Ese núcleo interno de personas luego va al mundo real y crea los medios de comunicación, crea política, etc. Como dijo Andrew Breitbart [fundador de Breitbart News, uno de los principales medios de la extrema derecha estadounidense], “la política está aguas abajo de la cultura”. Esa frase encaja con la metáfora de la cascada. Por lo que lo que ocurre en estos círculos puede afectar más adelante a la política.

Pero también puede ocurrir lo mismo en un sentido contrario. Si tienes a un grupo de personas a las que no les importan las guerra de memes en Internet, sino que solo se preocupan por si les estás poniendo comida en la mesa, si les estás aumentando el salario mínimo, si les vas a dar trabajo... puedes hacer que todo lo anterior retroceda.

O sea que se trata de abordar políticas públicas que mejoren la vida de la gente.

Creo que, en última instancia, eso importa mucho. Creo que ambas cosas le importan a la gente. Las consecuencias materiales de sus vidas obviamente importan. Y también importa cómo le dan sentido a sus vidas. De ahí sale esta tendencia en estos debates públicos, columnas de opinión y todo eso en la que se plantea esa dicotomías, ya sabes, ¿es materialismo o es la cultura? ¿Es raza o es clase? Cuando siempre son ambas cosas. Tener tus necesidades físicas cubiertas obviamente es importante, pero también importa sentir que tu identidad está representada. Su “pueblo”, o como quiera que lo defina, esté representado. Su religión, sus intereses están representados. O sea que creo que, en un contexto nacional, hay que poder crear una historia, una narrativa, que tenga cuenta ambas cosas. Todo, al final, es un asunto de narrativas.

Aquí en España el acoso en redes a tuiteras y streamers feministas se ha vuelto algo común y muy violento. Supongo que allí también lo ha sido. ¿Algún consejo específico para ellas?

No creo que ninguna feminista quiera, particularmente, escuchar mis consejos.

Pero igual hay algo basado en tu experiencia en ese mundo.

He estado todo este tiempo haciendo esta investigación, en la que no solo quería expresar mis opiniones, sino que quería informar, meterme en esos mundos, sentarme en el sofá con las personas que están creando la desinformación, la incitación al odio y la propaganda. Y no sé si podría haber hecho ese trabajo de la misma manera si fuera mujer. Y eso que yo soy judío y a mucha de la gente con la que estuve no le gustaba mucho este detalle. Pero básicamente me sentía bien y casi seguro. En cambio, tengo muchas compañeras que son mujeres, que son afroamericanas o transgénero. No sé si podrían haber hecho este trabajo. Y eso, obviamente, es terrible e injusto. En parte, lo que hice fue intentar hacer una contribución, por pequeña que fuera, y desde mi posición y mi identidad, en este asunto. Si puedo ir a esas habitaciones a las que mis compañeras nunca querrían o podrían ir, entonces quizás pueda contribuir con ello. Pero en términos de consejos… A las mujeres se les ha dicho que se callen desde el Jardín del Edén. Así que eso va a seguir sucediendo. La pregunta es, ¿pueden las personas que están a cargo de estos sistemas y redes hacer algo al respecto?

Aquí, en España, mucha gente está empezando a hablar sobre legislaciones específicas para atajar el acoso en redes sociales. ¿Qué se debería hacer desde las administraciones públicas? ¿Qué responsabilidad tienen?

En general, soy muy escéptico sobre el uso de la ley para solucionar este problema. Comprendo los argumentos de ambos lados de la cuestión. Pero bueno, aquí es donde tal vez tenga un fuerte sesgo por venir del contexto estadounidense. Allí tenemos la Primera Enmienda que dice muy claramente que el Gobierno no puede promulgar leyes sobre la libertad de expresión. Eso sí, creo que la gente abusa de estas justificaciones. Dicen cosas como que la Primera Enmienda debería evitar que a Donald Trump lo echen de Twitter. Pero no funciona así la cosa, porque Twitter es una empresa privada. No es el Gobierno.

Pero si nos referimos al Gobierno actual, la cosa ya me pone algo más nervioso. Porque estaríamos hablando de que un gobierno prohíba que otro político como Donald Trump diga esto o aquello, o hablamos de que el gobierno le diga a una empresa privada lo que puede o no decir. No significa que sea imposible. Yo mismo he escrito y he hablado con muchos expertos en derecho que están pensando en formas en que este tipo de legislaciones pudieran funcionar. Pero para mí, hay una gran diferencia entre rechazar cualquier desinformación o propaganda por parte de aquellos que controlan las redes sociales, y se aprovechan de ello, que el que lo haga el Gobierno. Volviendo al ejemplo de la fiesta, prefiero que quites la música y llames a la policía para decirles a ellos que sean quienes lo hagan, quienes rechacen esa información. Ocurre lo mismo con las actuales legislaciones sobre libertad de expresión. Prefiero que Elon Musk arregle el que problema a que sea el Gobierno quien lo haga.

Muchas veces nos gusta decir eso de “dato mata a relato”. Creo que ya me lo has contestado de alguna forma, pero te quería preguntar si crees que el trabajo de desmontar bulos o de los verificadores puede combatir esas narrativas, o son las narrativas las que pasan por encima de los datos en todo momento.

Los datos casi no ganan al relato en una batalla. Si esas son las dos únicas opciones es, como decimos en inglés, “llevar un cuchillo a un tiroteo”. Quiero decir, creo que lo intentamos y obviamente a mí me interesa publicar la verdad. Trabajo para una revista, The New Yorker, que tiene un departamento de verificación de datos increíblemente grande con más verificadores que el total de plantilla de otros medios. Pero no creo que lo hagamos porque pensemos que ganará automáticamente, que si le damos a la gente la información correcta, se lo creerán. Creo que se ha demostrado, una y otra vez, que eso es falso. El dato no mata al relato y, aún así, lo intentamos porque es lo correcto.

A menudo cometemos el error de pensar que la gente se cree las desinformaciones porque no entienden o conocen la información correcta. Pensamos que quizás si le damos más información, se den cuenta de cuál es la información veraz. Hablamos con alguien que no cree que el cambio climático sea real y nos ponemos a mostrarles lecturas del carbono en el Ártico con la intención de que entonces nos crean. Pero el problema no es que la gente no tenga suficientes datos sobre el carbono en la atmósfera. El problema es que, en términos de su identidad, en términos de su compromiso emocional, en términos de su sistema de creencias, sean cuales sean los hechos, si no encajan en una narrativa que se alinee con lo que quieren creer, no lo creerán. Y esto lo hace todo el mundo. Lo hacen los escépticos del cambio climático y los que creen en el cambio climático. Si somos sinceros, muchas de las cosas que creemos y defendemos no es porque, por ejemplo, fuimos al Ártico y comprobamos con nuestros propios ojos cómo se deshacía el hielo. Lo defendemos porque tenemos un conjunto de narrativas que tratamos de realzar y que nos hace mostrarnos escépticos con las narrativas contrarias. No es que haya un grupo de personas malas que están sujetas a la emoción, la identidad y las narrativas. Somos todos. Solo se trata de saber qué narrativas son responsables, qué narrativas encajan bien con el mundo, cuáles permiten a las personas vivir en ellas en paz.

Incluso tras esto que has comentado de que hay mucha gente que no está en Twitter y no estén leyendo toda esta basura a diario, ¿cree que estas narrativa de extrema derecha, las noticias falsas y todo lo demás puede cambiar el futuro?

Sí, seguro. Porque se pueden dar los efectos en cascada. La narrativa tiene que empezar siempre en algún lado. Si quieres tener una narrativa de que las elecciones fueron amañadas o una narrativa sobre cualquier cosa que hubiera parecido una locura hace cinco o diez años y que ahora está incorporada, tiene que empezar por alguna parte. Todo empieza poco a poco. Hace diez años teníamos a Donald Trump diciendo que las vacunas causaban autismo. Fue una locura, pero era solo un tipo. Uno famoso, sí, pero solo un tipo que la gente tomaba por loco y era ignorado. Pero si esas ideas y esos momentos toman fuerza, si toman impulso esas narrativas, entonces pueden aparecer unos cientos de personas, que se conviertan en unos miles de personas… y todos digan “no, no nos vamos a vacunar”. Y entonces puede convertirse en algo político que empieza a merecer que se le preste atención. Empieza a hacer ruido. Aparece gente que empieza a pensar que esas personas votan, que esas personas podrían darles su dinero, que quizás hay que tomárselos en serio. Y entonces se convierte en política. Luego la cosa termina en que Estados Unidos está a la cabeza del mundo en muertes por Covid porque mucha gente tiene miedo a las vacunas. Es una narrativa. No es porque hayan leído un estudio en alguna revista médica. Es porque empezó como una cosa pequeña y luego se convirtió, como pasa con una bola de nieve, en algo grande.


Fuente: EL SALTO

lunes, 17 de febrero de 2025

La nueva internacional fascista: la oligarquía tecnocrátrica y la amenaza a la democracia

 




Patrones históricos y paralelos modernos



     El surgimiento de una alianza transnacional entre multimillonarios tecnológicos, políticos autoritarios y movimientos de extrema derecha representa a la vez una continuación de patrones históricos y algo sin precedentes en la historia de la humanidad. Para entender este fenómeno, debemos examinar cómo se hace eco de movimientos fascistas anteriores, al tiempo que incorpora nuevos elementos que lo hacen potencialmente más peligroso que sus predecesores históricos.

La alianza clásica entre el capital industrial y los movimientos fascistas en los años 1920 y 1930 nos ofrece un primer modelo histórico. En Alemania, los grandes industriales como Fritz Thyssen y Gustav Krupp inicialmente vieron al Partido Nazi como un baluarte útil contra los movimientos obreros y el comunismo. De manera similar, los industriales italianos apoyaron el ascenso de Mussolini al poder, considerando al fascismo como un medio para suprimir las organizaciones obreras y al mismo tiempo mantener sus privilegios económicos. Este patrón –elites adineradas que apoyan movimientos autoritarios para su propia protección y beneficio– constituye un tema recurrente en el surgimiento de regímenes fascistas.

Sin embargo, los oligarcas tecnológicos de hoy se diferencian de sus predecesores industriales en aspectos cruciales. A diferencia de los Krupp o los Thyssen, cuyo poder estaba en gran medida confinado dentro de fronteras nacionales, figuras como Musk y Thiel operan en un espacio transnacional, ejerciendo influencia en múltiples naciones simultáneamente. Su poder no deriva de la capacidad industrial tradicional, sino del control sobre la infraestructura de las comunicaciones y el comercio modernos, un tipo de capitalismo cognitivo.




La situación actual se asemeja más a lo que el historiador Karl Polanyi identificó en la Europa de entreguerras como el "doble movimiento", en el que el intento de crear sociedades puramente de mercado genera resistencia social, lo que lleva a las élites a apoyar soluciones autoritarias para mantener su poder. Los oligarcas tecnológicos de hoy, que enfrentan una resistencia creciente a su acumulación de riqueza y poder, parecen estar siguiendo un manual similar, pero con herramientas mucho más sofisticadas a su disposición.

No se puede exagerar el papel de las plataformas de redes sociales en este proceso. La adquisición de Twitter/X por parte de Musk, supuestamente con el respaldo de intereses saudíes y rusos, representa una nueva fase en la relación entre el poder oligárquico y el control social. A diferencia de los magnates de los medios tradicionales como William Randolph Hearst, que sólo podían moldear la opinión pública mediante una comunicación masiva unidireccional, las plataformas tecnológicas actuales permiten una manipulación sofisticada del discurso social mediante el control algorítmico y operaciones de influencia dirigidas.

Esta manipulación se hace particularmente evidente en la alineación entre los oligarcas tecnológicos y los movimientos de extrema derecha en varios países. El patrón se asemeja a lo que los historiadores llamaron la "internacional fascista" de la década de 1930, cuando los movimientos fascistas de diferentes países se apoyaban entre sí mientras mantenían fachadas nacionalistas. Sin embargo, la versión actual es más sofisticada, ya que utiliza las redes sociales y el análisis de datos para coordinarse a través de las fronteras mientras mantiene la apariencia de movimientos nacionales separados.

La lógica estratégica que subyace a esta alianza se hace evidente cuando examinamos los precedentes históricos. Tanto en la Alemania nazi como en la Italia fascista, el acuerdo entre las élites económicas y los movimientos fascistas era claro: los industriales brindaban apoyo financiero y legitimidad al régimen a cambio de la supresión de los movimientos obreros y el mantenimiento de sus privilegios económicos. Los oligarcas tecnológicos de hoy parecen estar siguiendo una estrategia similar a escala global, apoyando a los movimientos de extrema derecha que prometen proteger su riqueza y poder mientras suprimen las demandas democráticas de redistribución y regulación económica.

Lo que hace que la situación actual sea particularmente peligrosa es la convergencia de tres tendencias históricas que anteriormente habían aparecido por separado: el poder transnacional del capital (que recuerda a fines del siglo XIX), la alianza entre la riqueza y la política autoritaria (similar a la de los años 30) y capacidades tecnológicas sin precedentes para el control social. Esta convergencia crea posibilidades de control autoritario que habrían sido inimaginables para las generaciones anteriores.

El rápido ritmo de este desarrollo refleja los patrones históricos de toma de poder fascista. Tanto la Marcha sobre Roma de Mussolini como el ascenso al poder de Hitler demostraron con qué rapidez pueden derrumbarse las instituciones democráticas cuando se enfrentan a un ataque coordinado tanto de las élites económicas como de los movimientos de masas. La infraestructura tecnológica actual permite potencialmente una coordinación y un control aún más rápidos, lo que hace que el plazo para la respuesta democrática sea potencialmente incluso más corto que en los ejemplos históricos.



Mecanismos modernos de control y coordinación



Las herramientas y técnicas que utiliza la alianza tecnofascista de hoy representan un salto cuántico con respecto a las capacidades disponibles para los movimientos fascistas históricos. Mientras que los autoritarios anteriores dependían de la propaganda cruda y la fuerza física, los aspirantes a oligarcas de hoy emplean el autoritarismo algorítmico, un sofisticado sistema de control social que opera a través de redes digitales y manipulación de datos.




La transformación de Twitter/X por parte de Musk es un ejemplo de los mecanismos de control autoritario modernos. A diferencia de la manipulación tradicional de los medios, que se basaba en controlar el contenido de los mensajes, las plataformas de redes sociales permiten la falsificación de preferencias, creando la ilusión de un apoyo generalizado a posiciones extremas mientras se suprimen los puntos de vista opuestos mediante la manipulación algorítmica. Esto crea un ciclo que se retroalimenta a sí mismo en el que la opinión pública percibida cambia drásticamente, aunque el sentimiento público real pueda permanecer en gran medida inalterado.

La coordinación entre los oligarcas tecnológicos demuestra que en la esfera política se comportan como si fueran cárteles. Figuras como Musk, Thiel y sus aliados parecen estar dividiendo esferas de influencia: algunos se centran en el control de los medios, otros en los sistemas financieros y otros en la organización política. Esta división del trabajo refleja la forma en que los industriales alemanes coordinaron su apoyo al régimen nazi, pero con mucha mayor sofisticación y alcance global.

Las ambiciones imperialistas de Trump, aparentemente motivadas por el ego personal y el beneficio económico, encajan en un patrón más amplio de autoritarismo cleptocrático. Su enfoque en territorios ricos en recursos como Groenlandia y activos estratégicos como el Canal de Panamá refleja el modo en que Putin y sus oligarcas han tratado a Rusia: como un recurso privado que debe ser explotado en lugar de una nación que debe ser gobernada. La diferencia clave es la escala de la ambición: Trump aparentemente imagina una cleptocracia global en lugar de meramente regional.

La infraestructura tecnológica que sustenta este nuevo autoritarismo crea una conformidad anticipatoria en la que las personas modifican su comportamiento sabiendo que están siendo vigiladas y analizadas. Mientras que la Stasi de Alemania del Este necesitaba cientos de miles de informantes humanos para crear este efecto, las plataformas tecnológicas actuales lo logran automáticamente a través de sistemas de vigilancia digital y de puntuación social omnipresentes.

La coordinación internacional entre líderes autoritarios y oligarcas tecnológicos representa una autocracia distribuida, con centros de poder que parecen independientes pero que en realidad operan en conjunto. La relación entre Musk, varios partidos de extrema derecha en Europa y líderes autoritarios como Putin y Orban demuestra este patrón. Cada uno parece actuar de forma independiente, pero en realidad promueve una agenda común de socavar las instituciones democráticas y concentrar el poder en manos privadas.

No se puede exagerar el papel de la inteligencia artificial en este sistema. A diferencia de los sistemas de propaganda históricos, la IA permite un autoritarismo de precisión con su capacidad de identificar y dirigirse a grupos demográficos, comunidades o incluso individuos específicos con mensajes y manipulaciones personalizados. Esta capacidad hace que las estrategias de resistencia tradicionales, diseñadas para contrarrestar la propaganda masiva, sean cada vez más ineficaces.

El modelo económico que subyace a este nuevo autoritarismo también difiere del fascismo histórico. Mientras que los movimientos fascistas tradicionales hacían hincapié en la autarquía económica nacional, los tecnofascistas de hoy imaginan una especie de globalización oligárquica con libre circulación de capitales y recursos entre autócratas aliados, manteniendo al mismo tiempo un control estricto sobre las poblaciones. Esto explica por qué figuras como Musk pueden promover movimientos nacionalistas y al mismo tiempo dirigir empresas transnacionales.

Tal vez lo más preocupante sea la aparición de una sumisión en cascada: a medida que cada país cae en esta nueva forma de autoritarismo, a las democracias restantes se les hace más difícil resistirse. El proceso refleja cómo las democracias europeas cayeron ante el fascismo en la década de 1930, pero la tecnología de las comunicaciones modernas acelera drásticamente el proceso. Cada transición autoritaria exitosa proporciona lecciones tácticas y recursos adicionales para el próximo intento.

El uso de empresas y sistemas financieros legítimos para fines autoritarios representa una captura institucional y la transformación de organizaciones aparentemente neutrales en herramientas de control autocrático. La adquisición de Twitter/X por parte de Musk, al igual que la inversión de Thiel en tecnologías de vigilancia, demuestra cómo las decisiones empresariales aparentemente privadas pueden servir a objetivos autoritarios más amplios.



Resistencia, respuesta e implicaciones futuras



El orden tecnofascista emergente no es invencible, a pesar de sus sofisticadas herramientas y su alcance global. La historia ofrece lecciones cruciales para la resistencia, aunque éstas deben adaptarse para enfrentar desafíos sin precedentes. La clave para una oposición eficaz radica en comprender tanto las vulnerabilidades del sistema como las nuevas herramientas disponibles para la resistencia democrática.

La primera vulnerabilidad de este nuevo sistema se deriva de su dependencia de la infraestructura tecnológica. Si bien esta infraestructura permite un control sin precedentes, también crea puntos de falla que no existían en los sistemas autoritarios tradicionales. Los trabajadores técnicos, desde los programadores hasta los operadores de centros de datos, tienen un poder potencial con el que los trabajadores de las fábricas de la década de 1930 solo podían soñar. Una huelga coordinada de los trabajadores tecnológicos podría paralizar los mecanismos de control del sistema con mucha más eficacia que una huelga industrial tradicional.

La naturaleza transnacional del nuevo autoritarismo, si bien le otorga un enorme poder, también crea debilidades estratégicas. Los movimientos fascistas históricos podían consolidar el control dentro de las fronteras nacionales, pero los oligarcas tecnológicos de hoy necesitan redes globales para mantener su poder. Esta dependencia crea oportunidades para la resistencia democrática en múltiples puntos de sus redes, desde los centros de datos locales hasta los flujos financieros internacionales.

Los movimientos laborales enfrentan un desafío crucial para adaptar sus estrategias a esta nueva realidad. La organización sindical tradicional centrada en las condiciones laborales debe ampliarse para abordar los sistemas de control tecnológico y los derechos sobre los datos. El éxito de esa resistencia depende de la creación de nuevas formas de solidaridad laboral internacional que estén a la altura del alcance global de los oligarcas tecnológicos. Los recientes esfuerzos de organización en las principales empresas tecnológicas demuestran el potencial de esa resistencia.

Los gobiernos democráticos que aún son capaces de actuar de manera independiente deben actuar con rapidez para impedir una mayor consolidación del poder oligárquico. Esto exige una acción inmediata en varios frentes:

        - Romper con la propiedad concentrada de las plataformas de comunicación.

    - Establecer un control democrático sobre la infraestructura digital crítica.

    - Creación de marcos internacionales para prevenir la manipulación algorítmica del discurso público.

    - Desarrollo de nuevos marcos antimonopolio que aborden los monopolios de datos.

    - Construyendo alternativas públicas a las plataformas digitales privadas.

El papel de las naciones más pequeñas se vuelve crucial en esta lucha. Así como Suiza y Suecia mantuvieron instituciones democráticas durante el período fascista de los años 1930 y 1940, las democracias más pequeñas de hoy podrían servir como reservorios cruciales de práctica democrática y soberanía digital. Países como Estonia, que ha desarrollado una infraestructura digital pública sofisticada, ofrecen modelos de alternativas democráticas al control oligárquico.

Las organizaciones de la sociedad civil deben desarrollar nuevas capacidades para la resistencia digital, lo que incluye la creación de plataformas de comunicación alternativas, el desarrollo de herramientas para detectar y contrarrestar la manipulación algorítmica y la creación de redes internacionales para una respuesta rápida a las iniciativas autoritarias. El éxito de la resistencia digital ucraniana contra la agresión rusa ofrece lecciones importantes para tales esfuerzos.

Los sistemas educativos deben transformarse para formar ciudadanos capaces de reconocer y resistir la manipulación digital. Esto significa ir más allá de la alfabetización digital básica para desarrollar una comprensión crítica de cómo las redes sociales y los sistemas algorítmicos moldean la percepción y el comportamiento. El objetivo debe ser crear poblaciones resistentes a la manipulación tecnológica y capaces de utilizar las herramientas digitales con fines democráticos.

No se puede ignorar la dimensión financiera de la resistencia. Los movimientos democráticos deben desarrollar nuevos mecanismos de financiación independientes de los sistemas financieros tradicionales, que están cada vez más sujetos al control oligárquico. Las instituciones financieras cooperativas, los bancos públicos y las nuevas formas de criptomonedas democráticas podrían desempeñar un papel crucial en la financiación de la resistencia y, al mismo tiempo, demostrar modelos alternativos de organización económica.

La crisis ambiental hace más urgente esta lucha. La visión de los oligarcas tecnológicos de colonizar el espacio y explotar los recursos amenaza con acelerar el colapso ecológico, al tiempo que construye enclaves fortificados para los ricos. La resistencia democrática debe vincular la democracia tecnológica con la sostenibilidad ambiental, demostrando que una acción climática eficaz requiere el control democrático de los recursos y la tecnología.

De cara al futuro, es probable que la próxima década determine si la democracia puede sobrevivir y adaptarse al cambio tecnológico o si entramos en una nueva era oscura de feudalismo tecnológico. El resultado no depende sólo de la resistencia al poder autoritario, sino de nuestra capacidad para desarrollar alternativas democráticas que aprovechen el potencial de la tecnología para el florecimiento humano en lugar de para el control.

Por lo tanto, la tarea que tienen ante sí las fuerzas democráticas es doble: la resistencia inmediata para impedir una mayor consolidación del autoritarismo y la construcción positiva de alternativas democráticas. Para lograrlo, es necesario comprender que no nos enfrentamos sólo a una lucha política, sino a un desafío civilizatorio que determinará el futuro de la sociedad humana en la era digital.

Para vencer a este nuevo fascismo es necesario reconocer que las medidas parciales y las reformas graduales no son suficientes. Así como la derrota del fascismo histórico requirió la movilización total de las sociedades democráticas, para contrarrestar el tecnofascismo se necesita una movilización democrática de amplio espectro en los ámbitos tecnológico, económico y social. El futuro aún no está escrito, pero la ventana para una acción efectiva se estrecha cada día que pasa.



Fuente: LA LENTE ESTRUCTURAL