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jueves, 6 de agosto de 2026

La verdadera historia detrás de la entrada masiva de migrantes en Ceuta

 

 Por Stephen Zunes   
      Profesor de Política y director de Estudios sobre Oriente Medio en la Universidad de San Francisco.



El eje EEUU-Israel-Marruecos pretende debilitar a un gobierno europeo progresista, dividir a la UE y socavar el derecho internacional y los derechos humanos


Donald Trump junto al ministro de Exteriores marroquí, Nasser Bourita, en una reunión de la Junta de Paz en enero de 2026.


     Lo que provocó las escenas de la semana pasada, en las que 50.000 marroquíes y otras personas entraron en masa en el enclave español de Ceuta, es más complicado de lo que parece. Ceuta es una de las dos ciudades autónomas españolas situadas en la costa norte de Marruecos; llevan siglos habitadas por población española y, al igual que las Islas Baleares en el Mediterráneo y las Islas Canarias en el Atlántico, son territorios españoles reconocidos.


Decenas de miles de marroquíes y personas de otras nacionalidades entraron en la pequeña ciudad de Ceuta, España, el jueves 30 de julio de 2026.

Al ser la única parte de la Unión Europea que tiene una frontera terrestre con un país africano, ha sido durante mucho tiempo un destino para migrantes desesperados por cruzar esa frontera internacional fuertemente fortificada.

Sin embargo, las personas que entraron en Ceuta –también las docenas que se ahogaron al intentar sortear la valla fronteriza que se adentra en el mar– no respondían al clásico perfil de refugiado. Las imágenes muestran que casi ninguno llevaba maletas u otras pertenencias personales. También hay vídeos en los que se ven camiones llenos de jóvenes, aparentemente organizados por el Gobierno marroquí, que son trasladados hasta las afueras de Ceuta, así como escenas en las que guardias fronterizos marroquíes les permiten el paso.




Incluso hay indicios de que, entre la multitud, había agentes de los servicios de inteligencia marroquíes, en un aparente intento de recabar información sobre la seguridad fronteriza y la respuesta de las autoridades españolas.


La Guardia Civil detecta a agentes de inteligencia de Marruecos entre los migrantes que se colaron en Ceuta.

En todo caso, la llegada simultánea de decenas de miles de personas a la frontera, difícilmente podría haberse producido sin un importante apoyo logístico.

Esta provocación parece haber sido diseñada por el régimen marroquí para poner en aprietos al presidente del Gobierno español.


La afluencia de migrantes a Ceuta supone un quebradero de cabeza diplomático para España.

Pedro Sánchez, en respuesta a sus esfuerzos por estrechar relaciones con Argelia, rival geopolítico histórico de Marruecos y proveedor clave de gas natural, un recurso cuya disponibilidad se ha visto mermada como consecuencia de las guerras de Ucrania e Irán. Sánchez se había reunido con el presidente argelino la semana anterior. Marruecos orquestó un episodio similar en 2021, cuando facilitó una entrada masiva de personas, en represalia por la decisión de España de permitir la entrada en el país, para recibir tratamiento médico, de Brahim Ghali, el presidente del Sáhara Occidental, cuya soberanía reclama Marruecos.


Personas del Sáhara Occidental refugiadas en el desierto.

Quizá no sea una coincidencia que esto ocurra en un momento en el que los gobiernos estadounidense e israelí han mostrado un profundo malestar con el Ejecutivo español por su apoyo a los derechos del pueblo palestino y su oposición a la guerra de Irán.

Trump ha calificado a España de “caso perdido”, y ha asegurada que está dirigida por “gente mala”, en respuesta a la negativa de Pedro Sánchez a aumentar el presupuesto militar del país tanto como él exigía y, en particular, a no permitir el uso de las bases militares estadounidenses en territorio español para la guerra contra Irán o a autorizar el sobrevuelo de aviones militares estadounidenses. El mes pasado, Trump ordenó al secretario del Tesoro que recortara los lazos comerciales con España, a pesar de que es una propuesta inviable debido a la pertenencia de España a la UE, y busca otras formas de castigar al país.

Teniendo en cuenta que Trump ha desarrollado una mayor afinidad con monarcas árabes represivos, como el rey Mohammed VI de Marruecos, que con los aliados europeos tradicionales, quizá no resulte tan sorprendente que optara por criticar más que por  defender a un aliado de la OTAN que se enfrenta a una violación de su territorio soberano.

Dirigentes y políticos estadounidenses aliados con Trump han apoyado abiertamente la idea de que Marruecos asuma el control de los dos territorios españoles de Ceuta y Melilla. Michael Rubin, del American Enterprise Institute, defiende que Marruecos conquiste las ciudades autónomas, y el diputado Mario Díaz-Balart (republicano por Florida), que preside la subcomisión de Seguridad Nacional de la Cámara de Representantes y es uno de los enlaces más cercanos del secretario de Estado, Marco Rubio, en el Congreso, declaró recientemente que los enclaves “no se encuentran en el territorio geográfico de España”, sino que –a pesar de no haber formado parte de Marruecos durante más de 600 años– están “en el territorio de Marruecos”.

Del mismo modo, un artículo publicado en marzo en el medio de comunicación israelí de derecha ynet instaba directamente a Israel a apoyar las reivindicaciones irredentistas de Marruecos como forma de desacreditar la oposición del Gobierno español a la ocupación israelí, insistiendo en que la propia España era un ocupante.

De hecho, funcionarios del Gobierno israelí y defensores proisraelíes en Estados Unidos han insistido en el mensaje de que el Gobierno español es un opresor colonialista y, por lo tanto, no tiene derecho a criticar a Israel, ignorando el hecho de que en los enclaves la mayoría de la población es de etnia española y hay pocos indicios de que incluso sus residentes de etnia árabe y bereber prefieran vivir bajo la monarquía autocrática marroquí.

Si bien la presencia de cualquier territorio europeo en suelo africano es sin duda problemática, independientemente de su historia y demografía particulares, cuesta imaginar que estas figuras de la derecha estén realmente motivadas por el anticolonialismo.

Además, la oleada de cruces fronterizos ha generado imágenes que los partidos de extrema derecha en Europa están utilizando para afirmar que existe una crisis de refugiados incontrolable, lo que alimenta los ataques racistas y xenófobos contra Sánchez y otros gobiernos de izquierdas por permitir una “invasión” extranjera del territorio de la UE. Los gobiernos conservadores europeos han exigido que España sea expulsada del Espacio Schengen, que permite la libre circulación sin pasaporte por la mayor parte de Europa, a pesar de que España mantiene un estricto control migratorio interno entre las ciudades autónomas y la península Ibérica y de que ninguno de los 50.000 que cruzaron de manera ilegal a Ceuta ha logrado llegar al continente europeo.

Mientras tanto, en Estados Unidos, el vicepresidente JD Vance achacó los cruces fronterizos a “las políticas globalistas de la izquierda radical que han permitido la invasión de Occidente”, mientras que Trump advirtió de que escenas similares a las de las decenas de miles de personas de piel oscura que asaltan la frontera en Ceuta se producirían también en Estados Unidos si los demócratas volvieran al poder.

Irónicamente, en lugar de ser anticolonialista, el propio Marruecos es una potencia colonial que ha invadido, ocupado, anexionado y colonizado ilegalmente la nación del Sáhara Occidental, un Estado miembro de pleno derecho de la Unión Africana y reconocido por las Naciones Unidas como territorio no autónomo. Estados Unidos e Israel son los únicos dos países que reconocen formalmente que ese país ocupado se encuentra bajo la soberanía marroquí.

Marruecos lleva mucho tiempo utilizando la amenaza de abrir las compuertas de migrantes hacia España y otros países europeos para obtener concesiones políticas y económicas, incluso en lo que respecta al Sáhara Occidental. Esto llevó incluso a Sánchez, poco después del incidente de 2021 en Ceuta, a respaldar el dudoso “plan de autonomía” de Marruecos para el Sáhara Occidental, que anularía el derecho a la autodeterminación de los saharauis y sentaría el peligroso precedente del reconocimiento internacional de la expansión territorial de un país por la fuerza. Otros gobiernos europeos de izquierdas han hecho lo mismo, dispuestos a sacrificar los principios jurídicos internacionales por temor a que un flujo masivo de refugiados perjudicara su capital político y reforzara a la extrema derecha.

La operación de entrada masiva a Ceuta forma parte de una larga tradición marroquí de aparentar ser “anticolonialistas” como tapadera de su propio colonialismo. Paralelamente a una invasión armada, Marruecos reunió a 300.000 marroquíes desarmados en la “Marcha Verde” de 1975 para reclamar el Sáhara Occidental cuando este estaba a punto de independizarse de España. La conquista, apoyada discretamente por Estados Unidos, contravino directamente una decisión histórica de la Corte Internacional de Justicia y una serie de resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU que exigían la autodeterminación del pueblo saharaui. La brutal ocupación militar persiste hasta el día de hoy.

Los recientes cruces fronterizos no constituyeron, por tanto, ni una auténtica crisis humanitaria ni una lucha anticolonial, sino que formaban parte de los esfuerzos del creciente eje EEUU-Israel-Marruecos –codificado y reforzado por los denominados Acuerdos de Abraham– para debilitar a un gobierno europeo progresista, dividir a la UE y socavar el derecho internacional y los derechos humanos.



Fuente: Ctxt

jueves, 25 de junio de 2026

EEUU y el proyecto sionista tras la guerra contra Irán: su nuevo Oriente Medio (el de siempre) o el caos

 

      Arabista en la Universidad Autónoma de Madrid.


A pesar de los reveses, los mandamases israelíes no han renunciado a su gran proyecto de Oriente Medio, con su ruta comercial entre la India y Europa dirigida desde Tel Aviv y los estados árabes y musulmanes paciendo dócilmente de los llamados acuerdos de Abraham


Trump participa en una conferencia de prensa bilateral con Benjamin Netanyahu, el lunes 29 de diciembre de 2025.


     Durante el nuevo capítulo de este esperpento llamado proceso de negociación entre Irán y Estados Unidos —ahora en Suiza desde la tercera semana de junio— estamos asistiendo a una escenografía habitual. La conocemos desde que el ejército de Washington y su aliado el régimen de Tel Aviv dijeron detener los ataques contra objetivos iraníes el pasado mayo: la confusión. Los negociadores de Teherán ya ni se inmutan cuando escuchan las declaraciones de los representantes de la Administración estadounidense, o sus medios de comunicación, o las sandeces incontenidas del fantoche de presidente que tienen, hablando de que los iraníes han aceptado esto o aquello; o que les van a fulminar como no hagan así o asá; o que la guerra la han ganado ellos y tienen derecho a imponer sus condiciones.

Un día te sacan un memorando de 14 puntos, con unas cláusulas aparentemente claras, y al día siguiente te salen con interpretaciones y lecturas sorprendentes de lo que días atrás habían dado por evidente.


Trump firma el memorándum de entendimiento con Irán delante del presidente francés, Emmanuel Macron.

Aquel memorando había servido, dijeron la semana pasada, para poner fin a la contienda; hoy, sus negociadores lo están utilizando para retorcer el sentido de las palabras, volver a discusiones que se creían superadas y, en definitiva, alimentar este magma de caos e incertidumbre en que la política de EEUU ha convertido Oriente Medio.

Puede debatirse por extenso si Washington, y el repelente niño Vicente de Oriente, el régimen de Tel Aviv, han perdido o no la guerra que iniciaron contra Irán el 28 de febrero pasado.


Ataque aéreo israelí contra Teherán (24-06-2025).

Lo que está fuera de toda duda es que no la han ganado. Lo que se presentaba como un paseo imperial de F-15, 16, 32 y compañía, de drones de ultimísima gama y hasta comandos de robocops y másteres del universo haciendo picnics y fotos chic en los “secretísimos” almacenes nucleares subterráneos de los iraníes devino en colosal chasco. Uno escucha la farfolla petulante de su turbio e insufrible presidente, propagada por las redes y sus apariciones en la Casa Blanca cual diarrea colérica estival, e imagina que obtuvieron un éxito total, habiendo destruido todo el ejército, toda la armada y toda la reserva balística de los iraníes.

Pero la realidad, maquillada por los medios de comunicación occidentales, en su gran mayoría sometidos a los dictados ideológicos de sus patrones prosionistas y “neoliberales” (suponiendo que alguien sepa lo que significa eso), cuenta otra cosa. Teherán no solo fue capaz de contener la embestida sino que neutralizó las bases estadounidenses en los países del Golfo, restringió la libertad de movimientos de los aviones de última generación de Washington y obligó a sus gigantescos portaaviones a buscar resguardo lejos del Estrecho de Hormuz.

EE UU no sólo ha sufrido un menoscabo evidente de su imagen de gran potencia militar y económica; su capacidad para seguir liberando eso que llaman el “mundo libre” (que tampoco sabemos lo que es) ha quedado reducida, disputada en Europa incluso por quienes se pensaba eran sus principales aliados. Las petromonarquías árabes, cuyas dinastías reinantes han fiado durante décadas su estabilidad al apoyo militar y diplomático de Washington, se preguntan hoy de qué sirve invertir miles de millones en compras jugosas de armamento e inversiones millonarias en suelo estadounidense si ni las bases ni los contingentes armados de aquella son capaces de librarles de los bombardeos de un hatajo de ayatolás locos, primitivos y rencorosos.

Grandes naciones de esas que llaman “emergentes” como la India sienten que las consecuencias de esta guerra que casi nadie ha comprendido las han terminado pagando ellos. Los indios, al igual que los japoneses, los coreanos, los filipinos y el resto de naciones extremo asiáticas, perciben que ellos, junto con los emiratos, reinos y sultanatos de la Península arábiga, son los grandes paganos de la astracanada iraní. El cierre de Hormuz y el corte de las rutas marítimas hacia el Índico, no sólo para los flujos de petróleo y gas, ha derivado en cortes de suministro a la población, el repunte de los precios y deterioro de la actividad industrial. Los segundos, con Emiratos Árabes Unidos a la cabeza, han tenido que cerrar empresas y renunciar temporalmente a su sueño de convertir la región del Golfo en un santuario turístico. Sus depósitos y petroleros siguen languideciendo, cargados de toneladas de crudo. Unos y otros se preguntan si con protectores como EE UU, a la postre tan poco fiables, no valdrá más entenderse con Irán; o con China, el exitoso convidado de piedra de esta nueva bufonada imperial.

Pero los reveses militares no constituyen, aún, impedimento para que los dirigentes estadounidenses intenten lograr los mismos objetivos por otros medios. Para eso están las negociaciones y procesos de paz, para embarrarlos, llenarlos de trampas, marcar las cartas para que la última palabra esté siempre de nuestro lado. El citado memorándum de los 14 puntos incluía en el primer párrafo, y repetido, que las hostilidades cesarían en todos los frentes, incluido el libanés.


Una madre y su hijo observan el bombardeo de su barrio, en el centro de Beirut, el 12 de marzo.

El régimen de Tel Aviv ha seguido extendiendo sus posiciones en el sur de Líbano, sin dejar de bombardear localidades del centro del país.


Un residente de Nabi Chit pasea por el centro de la localidad, convertido ahora en un escenario de ruinas y soledad.

Ahora los negociadores estadounidenses sostienen que mientras Hezbolá “siga por allí” los israelíes tienen derecho a llevar a cabo tales acciones. Pero el caso es que el memorando en cuestión no dice eso, sino que insiste en el cese de hostilidades, sin más.

La lectura creativa de los acuerdos y supuestos entendimientos se ha convertido en arte para los mediadores estadounidenses y sus protegidos en Tel Aviv. Si un papel dice que se levantarán las sanciones a Irán, inmediatamente después de declararse el alto el fuego, un negociador te dice después que sí pero que hay que negociarlo antes. Y esto aplica al resto de supuestos puntos acordados. El caos, el ruido, la confusión, la defenestración de las instituciones y organismos internacionales que ellos mismos habían creado para asegurar la hegemonía occidental… todo eso constituye hoy la principal baza de capitalismo sionistoide actual para continuar manipulando la región más sensible del planeta.

Casi nadie  se acuerda de Gaza pero allí, tras otra campaña militar que no resultó tan exitosa como esperaban, el régimen de Tel Aviv está asfixiando poco a poco a la población, obligándola a morir de hambre y asco o a marcharse. Nadie estamos haciendo nada para evitarlo; y la tragedia la escribieron quienes impusieron el pretendido acuerdo de paz que detuvo, dicen, el “genocidio” perpetrado por el régimen de Tel Aviv.

Las hordas israelíes siguen haciendo sitio para, quién sabe, posibles asentamientos en el sur de Líbano, también con entendimientos y negociaciones con el gobierno de Beirut. Las incursiones de esas mismas tropas en territorio sirio están dando lugar a “nuevas realidades sobre el terreno”, como dicen los prebostes del sionismo colonialista actual —eufemismo para adquisiciones territoriales—; a pesar de los reveses, los mandamases israelíes no han renunciado a su gran proyecto de Oriente Medio, con su ruta comercial entre la India y Europa dirigida desde Tel Aviv y los estados árabes y musulmanes paciendo dócilmente de los llamados acuerdos de Abraham o “normalización” diplomática.

Sin embargo, las estrategias del caos, la confusión y el cisco tienen sus riesgos. Como nadie imagina qué ocurrencia vas a tener dentro de cinco minutos ni con quién estás negociando ni sobre qué, ni tampoco si lo que afirmas es verdad, los aliados del presidente estadounidense se impacientan. Los rifirrafes con el primer ministro israelí o destacados representantes del régimen israelí son, evidentemente, parte de la escenografía de una confusión teledirigida; pero revelan, asimismo, carencia de fe en este maquiavélico juego. Trump no se aleja mucho de la verdad cuando dice que su segunda elección como presidente pulverizó registros de popularidad, votos y dominio en el poder legislativo y ejecutivo pocas veces vistos en EE UU; pero calla, porque desea hacer encallar a los suyos en una realidad paralela virtual, que en sólo un año y medio de mandato ha acelerado el declive de su programa hegemónico.

El mundo no ha hecho nada para evitar los crímenes del evangelismo sionista en Palestina, cierto, pero cada vez hay más voces que hablan abiertamente del carácter colonialista racista de la ocupación del territorio palestino. Parece poco pero hace veinte o incluso diez años la narrativa pro sionista gozaba de una supremacía en los grandes medios y ámbitos sociales occidentales que ya se está viendo contestada.

El farandulismo del presidente estadounidense, sus mentiras, su zafiedad, su ineptitud, está avivando el “peligro” del socialismo estadounidense (otra cosa ignota), en forma de candidatos políticos que, en sitios tan revolucionarios como Nueva York, hablan de colectivizar la riqueza y enfrentarse al sionismo depredador. La perla de este trumpismo desbocado —o el estado profundo estadounidense se quita de en medio a este pelele con ínfulas o el imperio no les dura una década— es la emergencia de una potencia regional inusitadamente altanera como es Irán, que se permite cosas nunca vistas como retirarse de las negociaciones o cerrar y reabrir según le convenga la ruta marítima más importante del planeta. El nuevo oriente soñado, rendido a las transacciones del gran capital y la ideología de un sionismo-neo cristiano, ha sufrido un duro golpe. Nos queda, empero, el festival de la farfolla y la confusión.


Fuente: El Salto

jueves, 7 de mayo de 2026

Del Sáhara a Ceuta

 

 Por Ana Qtella   
      Periodista que cubre África y Oriente Medio.


     A finales de abril de 2026, escondido entre las páginas 86 y 87 de un proyecto de presupuestos del Departamento de Estado para el ejercicio fiscal 2027, el Comité de Asignaciones de la Cámara de Representantes firmó la frase que ningún presidente español había leído nunca en un documento oficial estadounidense: "el comité observa que las ciudades administradas por España de Ceuta y Melilla están ubicadas en territorio marroquí y siguen siendo objeto de la reclamación que Marruecos mantiene desde hace tiempo".


Marruecos presiona ahora a España con la soberanía de las aguas de los islotes próximos a Ceuta y Melilla.

La frase, técnicamente, no es ley. Es lo que en Washington llaman un “committee report”: un texto orientativo que acompaña a una partida presupuestaria. Pero quien quiera consolarse con eso no ha entendido cómo funciona el Capitolio. El “committee report” indica al Departamento de Estado en qué quiere que gaste el dinero el Congreso, y el Departamento de Estado tiende a obedecer porque el Congreso le firma los cheques.

El arquitecto del párrafo se llama Mario Díaz-Balart. Republicano por Florida, de origen cubano, sobrino de Fidel Castro por matrimonio, vicepresidente del Comité de Asignaciones y presidente del Subcomité de Seguridad Nacional, Departamento de Estado y Programas Relacionados.


Mario Díaz-Balart.

Es, en otras palabras, quien decide a dónde van los dólares de la diplomacia americana. Y es, además, uno de los hombres más cercanos a Marco Rubio en la Cámara. Tres semanas antes de que apareciera el informe, Díaz-Balart ya había avisado en una entrevista en El Español publicada el 1 de abril de 2026: Ceuta y Melilla "no están en el territorio geográfico de España" sino "en el territorio de Marruecos", y su destino "se establece, se negocia y se discute entre amigos y aliados".

El “committee report” ordena destinar a Marruecos no menos de 20 millones de dólares en el marco del Programa de Financiación Militar Extranjera, en apoyo de los intereses de seguridad nacional de Estados Unidos, a los que se suma una partida equivalente del National Security Investment Program.

Lo que está pasando ahora con Ceuta y Melilla no se entiende sin volver al 10 de diciembre de 2020. Ese día, Donald Trump anunció el “reconocimiento” (pese a que ningún país tiene poder para decidir eso) de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental a cambio de que Marruecos normalizara relaciones con Israel dentro de los Acuerdos de Abraham. El acuerdo fue negociado por Jared Kushner y Avi Berkowitz. Marruecos firmó. Israel firmó. Y el Sáhara, que la ONU sigue considerando territorio pendiente de descolonización, pasó a ser, para Trump, una provincia más del reino alauí.




Cinco años después, el mismo argumento empieza a aplicarse a Ceuta y Melilla. El primer eslabón visible fue Michael Rubin, investigador del American Enterprise Institute y ex asesor del Pentágono (el mismo equipo que en 2003 vendió las armas de destrucción masiva de Sadam). En marzo de 2026 Rubin publicó dos textos seguidos donde sostiene que Marruecos podría recuperar el espíritu de la Marcha Verde para "culminar la expulsión de los colonos españoles del territorio marroquí", enviar excavadoras a la frontera y entrar desarmado a izar la bandera, sin que ni España ni la OTAN tuvieran base jurídica para responder porque los enclaves no estarían cubiertos por el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte. Su tesis sobre el artículo 5 es discutible (juristas españoles y de la propia OTAN sostienen lo contrario), pero discutir si Rubin tiene razón es perder el tiempo. Lo importante es que sus textos circularon por los pasillos del Capitolio y dieron cobertura intelectual a Díaz-Balart.


Michael Rubin.

Esto no se prende solo. Lo que ha precipitado el alineamiento de Washington con Rabat es la guerra contra Irán. El 28 de febrero de 2026, EEUU e Israel lanzaron la operación Epic Fury contra Irán. Pedro Sánchez ‘prohibió’ el uso de las bases de Rota y Morón a los aviones implicados, y el Gobierno español rechazó todos los planes de vuelo relacionados, incluidos los aviones cisterna. La ministro de Defensa, Margarita Robles, lo ratificó el 30 de marzo: ni bases ni espacio aéreo. España fue, junto a Francia e Italia, el aliado más díscolo de la operación.

Trump respondió en caliente. El 3 de marzo, en una reunión en el Despacho Oval con el canciller alemán Friedrich Merz, anunció: "Vamos a cortar todo el comercio con España. No queremos tener nada que ver con España", calificó al país de "terrible" y ordenó al secretario del Tesoro Scott Bessent cortar todos los tratos. A finales de abril, Reuters publicó una filtración de un correo interno del Pentágono donde se barajaban opciones para suspender a España de la OTAN. El propio documento no describía ningún mecanismo concreto que existiera dentro de la Alianza para suspender a un país, lo que reduce la amenaza a un gesto, pero un gesto que circula por los despachos militares de Washington da qué pensar.

Mientras Díaz-Balart trabajaba la Cámara, el Senado abría el otro frente. El 13 de marzo de 2026, los senadores Ted Cruz, Tom Cotton y Rick Scott registraron el Polisario Front Terrorist Designation Act of 2026.




La ley exige al secretario de Estado designar al Frente Polisario como organización terrorista si confirma que el grupo coopera con organizaciones iraníes ya designadas como terroristas. Cruz justificó la iniciativa con una frase: “el régimen iraní quiere convertir al Polisario en los hutíes de África Occidental". El proyecto, que ya ha sumado nueve copatrocinadores entre los que figuran Mario Díaz-Balart, Joe Wilson, Jefferson Shreve, Randy Fine, Lance Gooden, Pat Harrigan, Zachary Nunn, Don Bacon y Claudia Tenney, replica el texto que Wilson y el demócrata Jimmy Panetta habían introducido en la Cámara en junio de 2025.




La maniobra es la clásica del lobby marroquí en Washington: quitarle al Polisario su estatus de movimiento de liberación y convertirlo en proxy iraní para que la disputa por el Sáhara deje de ser un asunto de descolonización y pase a ser un asunto de antiterrorismo. Si la designación prospera, España queda en una posición en la que cualquier ONG que mande un convoy humanitario a los campamentos de Tinduf podría caer en sanciones del Tesoro estadounidense. Es una manera elegante de cerrar el debate saharaui por la puerta trasera, y de paso desactivar a quienes en Madrid aún recuerdan que el Sáhara Occidental es responsabilidad histórica española.

El 28 de abril de 2026, Ynet Global publicaba un análisis de Amine Ayoub, miembro del Middle East Forum, sosteniendo que Israel ha emergido como un actor dispuesto a respaldar diplomáticamente a Marruecos en sus aspiraciones sobre Ceuta y Melilla, en un mecanismo similar a una ampliación de los acuerdos firmados hace seis años para reconocer su dominio en el Sáhara Occidental.




Ayoub no es portavoz del gobierno israelí. Pero el Middle East Forum sí tiene línea directa con la administración Trump, y el patrón se repite. Primero un think tank lanza la propuesta, después un congresista la recoge, después un secretario de Estado la convierte en política.

Además, en enero de 2026, Israel y Marruecos firmaron un plan de trabajo militar conjunto y el 16 de abril, Marruecos y Estados Unidos rubricaron un plan de cooperación en defensa para diez años. El acuerdo lo firmaron el ministro marroquí Abdelatif Loudyi y el subsecretario de Defensa estadounidense Elbridge Colby, principal estratega de seguridad del gobierno Trump, y vincula a ambos países entre 2026 y 2036.

La empresa israelí BlueBird Aero Systems, además, va a abrir planta en Marruecos para fabricar drones kamikaze SpyX. Es decir, Marruecos se está convirtiendo en plataforma manufacturera de armamento israelí en suelo africano, justo a unos kilómetros de Ceuta.

El reconocimiento de un Estado palestino por parte de España en 2024 ha pasado factura. Tel Aviv no perdona. Y la posición española sobre Gaza es, hoy, parte de las cuentas que Trump y Netanyahu se traen entre manos con Sánchez.

El Comité ha incluido también un apartado sobre la "esclavitud moderna" de los médicos cubanos, mencionando expresamente la explotación de doctores de la isla en países como México, Qatar, Sudáfrica, España, Venezuela y Vietnam, y pide al secretario de Estado restringir visados a quienes se beneficien de ese esquema.




España aparece nombrada junto a Venezuela. Esa equiparación, hace dos años, habría desatado una crisis diplomática. Hoy se acepta.

EEUU mantiene unos 3.200 efectivos militares en España, repartidos entre Rota y Morón. Esa presencia, durante décadas, ha sido el ancla de la relación bilateral, el activo que protegía a España de cualquier veleidad americana sobre el contencioso africano. Ahora la pregunta es: ¿y si Trump decide que Tánger o Alcazarseguir le sirven mejor que Rota? Diversos ‘analistas’ vinculados a think tanks conservadores, como Amine Ayoub, sugieren que esta alianza podría desplazar el peso estratégico de bases europeas como Rota hacia instalaciones marroquíes en Alcazarseguir, entre Tánger y Ceuta. La amenaza, aunque operativamente improbable a corto plazo (Rota tiene una infraestructura que no se replica en cinco años), ya está sobre la mesa.

Lo que está pasando no es una decisión oficial del gobierno estadounidense. La Casa Blanca no ha reconocido nada, Marco Rubio no ha convocado a las partes y el Departamento de Estado mantiene formalmente que Ceuta y Melilla son territorio bajo administración española. Aún así, el cerco existe. Tres frentes simultáneos (el “committee report” de la Cámara, la ley contra el Polisario en el Senado y los textos de Rubin desde los think tanks).

Lo que era impensable en 2023 hoy aparece impreso en un documento del Capitolio. Y este precio lo está pagando España, no por casualidad, sino por dos decisiones concretas. La de marzo de 2022, cuando Sánchez aceptó el plan marroquí de autonomía sobre el Sáhara Occidental y abandonó cinco décadas de neutralidad, regalándole a Rabat la lógica del "realismo" que ahora se vuelve contra Madrid. Y la de febrero de 2026, cuando Sánchez bloqueó el uso de Rota y Morón en la guerra de Irán, dándole a Trump el motivo personal que necesitaba para ajustar cuentas.

El expediente Ceuta y Melilla, que Marruecos sostiene desde el discurso del Trono de Mohamed VI en julio de 2002, ha encontrado en Washington el aliado que llevaba décadas buscando. La pregunta es qué piensa hacer España cuando llegue el siguiente paso.



Fuente: Primera Frontera