jueves, 15 de octubre de 2026

De amigos, raíces y paisajes: Domingo Mayor Asensio, in memoriam

 

Que tampoco el otoño es ya lo que era (7 de 21)


 Por Pedro Costa Morata   
    Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

“Mañana a las pistolas” o “a las espadas”... Cada película, cada emoción heroica nos precipitaba, con renovado entusiasmo, a vivir y reconstruir en nuestra fantasía activa lo que aquellas entrañables sesiones de cine nos incitaban a imitar. Otras veces la consigna se inspiraba en los tebeos (los pulgarcitos, les llamábamos) y era “al Capitán Trueno” o “al Cachorro”, y nuestro ánimo se transformaba de inmediato, dispuesto a la acción fiel y entusiasta. Para nuestras correrías disponíamos de dos escenarios singulares, el barranco y detrás de la pareta, y entre sus recovecos, salados, y vagones del tren (aunque la proximidad a las vías nos estaba terminantemente prohibido), en aquellos espacios que nos resultaban casi ilimitados vivíamos tan discretas como maravillosas aventuras, en un tiempo en el que los inviernos eran ventosos, oscuros y recogidos, y el verano alegre. Y ni que decir tiene que espadas, fusiles y caballos eran de caña, ramas de palmera o tablas imaginativamente trabajadas; y a lo mejor podría yo encontrar en mi patio, todavía, un revólver de piedra que me duró varias campañas en nuestro particular y trepidante Oeste.

Aunque los efectivos variaban, los elementos más permanentes -el núcleo más arrebatado por la acción bélica- éramos media docena: José Luis Franco, Juan Ramón Cervellera, Juan Solano, Domingo Mayor y yo; todos, más o menos, del Callejón de la Vía.


La colla del Callejón/Paso a Nivel, en la playa del Hornillo (verano de 1967). Dominguico es el segundo, sentado, por la izquierda.

Este año hemos perdido a Domingo Mayor, el Dominguico, y yo (el Pedrín), he sentido que con él perdía una parte sustancial de mi niñez y de mi vida. Sin verlo ya pasar por mi puerta, sin poder reírme con él al recordar tantas cosas se me ha nublado una historia y un paisaje, una emoción siempre a punto, un pasado gozoso que alimentábamos con la constancia amistosa del saludo y la sonrisa: una porción del alma.

Entre lágrimas me he visto, con Dominguico, trepando las rejas de las ventanas para ver los vapores -por sobre la pareta, la fábrica de esparto y las palmeras del Paseo de Parra- cuando con su mugido de humo nos alertaban y asombraban (morían entonces los pailabotes, tan hermosos); o llamándonos para contemplar juntos la estela extraordinaria de los primeros aparatos a chorro. Y cuando mi niñez de los 9 años se vio alterada por el internado ferroviario en remotas geografías, Dominguico siempre estaba entre los amigos fieles, esperando en la estación mi llegada triunfal de vacaciones; y tampoco faltaba en el tristísimo día de la despedida.

De la primera juventud me veo con Dominguico tirándonos al agua desde las proas de los barcos, compitiendo en valor y estilo: el Fortún, el Gabarrón, el Hermanos Mayor... la del Dolores era la más alta y yo nunca me atreví: él sí. Y contemplo, con la tristeza cruel de los más bellos recuerdos, las fotos que nos muestran en la Torre de Cope en los días en que nos daba por hacer regatas en bicicleta, después de que jugáramos a la pelota en el anchurón de La Almadraba y de que los últimos pagaran las cervezas en el bar de Miguel de Calabardina. Luego, llegada la noche, no pocas veces saltaríamos -con depurada técnica de comando- la baranda de la pista para bailar gratis con aquellas zagalicas que iluminaban nuestras primeras noches de cotillón (y que, poco a apoco se unirían, transformándolas, a nuestras cálidas aventuras de estío).

Luego, con la mili, el noviazgo de verdad y los inciertos comienzos del trabajo, parecía que se imponía un tiempo de separaciones, pero qué va. En mi inacabable historia de regresos al Callejón, siempre he sabido que Dominguico era, cinco puertas más allá de la mía, una referencia fija y admirable: era de todos nosotros el que menos se alejó de sus orígenes -y entiéndase por ello la casa donde nació- y el que optó por una vida más sencilla. Y esto, que algunos habrán creído equivocación o quizás fracaso, es para mí un acierto y una prueba de que la humildad y la discreción están siempre mucho más cerca de la sabiduría que la apariencia y la ambición.

Es verdad, sin embargo, que es ahora cuando, desolado, quiero contar que Domingo Mayor, hijo de Pepe Mayor y de la Quisca, gente pescadora de Calabardina, era seguramente el mejor de nosotros y quizás por eso, como todos los mejores, se ha ido antes. Así que ya no estamos todos, y nunca volveremos a estarlo.


(Del Programa de Festejos de Águilas, Verano 2000)

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