Por
Melinda
Cooper El depredador sexual estaba fascinado por el transhumanismo y soñaba con propagar su ADN entre la raza humana
Una de las características más extrañas de la extrema derecha estadounidense contemporánea es la emergencia de los “padres primigenios”, patriarcas del Antiguo Testamento que quieren procrear no solo una familia, sino una raza. Elon Musk es el más conocido de estos Abrahams aspiracionales, aunque no es en absoluto el único.
Un extenso informe del Wall Street Journal documentó el deseo de Musk de engendrar lo que él llama una “legión” de hijos que salvarían a la humanidad de la caída demográfica y transmitirían sus genes superiores en un futuro lejano.
Un cohete de Space X está listo para transportar su semilla más allá de la Tierra en un proceso similar a la panspermia inversa, la teoría de que la vida orgánica llegó a nuestro planeta a través del polvo espacial.
Actualmente se cree que Musk tiene al menos 14 hijos con cuatro mujeres, cuyos asuntos legales y financieros son gestionados en parte por Jared Birchall, director de su oficina familiar. “Vamos a tener que usar gestantes subrogadas”, escribió Musk en un mensaje de texto a una de ellas, para “alcanzar el nivel de legión antes del apocalipsis”. Como preparación para esta ampliación de operaciones, adquirió un complejo multiresidencial en Austin, Texas.
El pronatalismo de Silicon Valley es generalmente entendido como eugenésico, una lectura que capta el deseo de purificación racial, pero no el proceso distintivo mediante el cual se persigue la pureza. Los eugenistas estadounidenses “clásicos” de la era progresista buscaban erradicar la anomalía genética, a la que consideraban responsables de la degeneración mental y otras enfermedades sociales.
Por el contrario, Musk y los de su calaña están inmersos en la pseudociencia del transhumanismo, menos preocupados por la eliminación del error que por la exaltación de la desviación excepcional. El patriarca ideal es aquel que rompe con la distribución normal de la inteligencia con su súper coeficiente intelectual. No solo busca preservar el patrimonio genético blanco, sino resucitarlo sobre nuevos nacimientos santificados. Los padres primigenios son venerados como los fundadores de una nueva raza, más que como los antepasados de una antigua.
El padre primigenio es la materia del mito. En Tótem y tabú , Freud sugirió que el inconsciente primitivo estaba habitado por un patriarca autoritario y una horda de hijos envidiosos. El padre exige derechos de propiedad exclusiva sobre todas las mujeres, independientemente de su edad y parentesco. Su reinado autocrático solo es sustituido cuando los hermanos se rebelan, lo asesinan y establecen un nuevo régimen en el que las mujeres son propiedad comunitaria. Freud reconoció con franqueza que era una prehistoria falsa. No había ningún subtexto evolutivo o antropológico detrás del mito de la horda primitiva, solo los rastros borrados en la mente de sus pacientes.
Sin embargo, esta fantasía a veces es representada en la vida real. Esto es más evidente en el caso de los líderes de sectas, quienes, con una fascinante previsibilidad, terminan instaurando un régimen de sexo comunitario obligatorio sobre el que ostentan derechos de monopolio absolutos. Ellos también prefieren los complejos a las residencias unifamiliares y, cuando se enfrentan al reto de la sucesión, recurren a fantasías de inmortalidad y deificación. Su normalización del apocalipsis inminente puede leerse como la traducción cósmica de este miedo: a los líderes de sectas les resulta más fácil imaginar el fin del mundo que la pérdida de su poder personal.
No hace falta decir que este ethos está claramente en desacuerdo con los valores familiares tradicionales defendidos por la derecha religiosa (una de las razones de la estrepitosa discordia entre las distintas líneas de la coalición MAGA). Los padres primigenios quieren un hogar ampliado, no una familia. Transgreden con gusto los tabúes conservadores contra el adulterio, el incesto y las relaciones sexuales intergeneracionales porque todos los miembros de su hogar tienen el estatuto de sirvientes, cualquiera sea su parentesco sanguíneo.
Las características distintivas de sus economías domésticas se hacen más evidentes cuando consideramos el caso de Jeffrey Epstein. Al igual que Musk, Epstein estaba fascinado por el transhumanismo y soñaba con propagar su ADN entre la raza humana. En 2008, después de ser condenado por solicitar prostitución a menores, fantaseaba con retirarse a su rancho Zorro en Nuevo México para embarazar hasta a 20 mujeres a la vez. En sus memorias publicadas póstumamente, Nobody’s Girl, Virginia Roberts Giuffre, que a los 16 años fue reclutada por Epstein y su entonces novia Ghislaine Maxwell, relata que sus abusadores le propusieron conservarla como madre sustituta de su futuro hijo, sobre el que ella no tendría ningún derecho de custodia. Le pagarían 200.000 dólares al mes por criar al niño y acompañarlo por todo el mundo para encuentros con Epstein. Temiendo que su hijo fuera abusado, Giuffre elaboró un plan de fuga.
El caso de Epstein es más instructivo que el de Musk porque combina las dos economías de propiedad sexual que Freud distinguió en el inconsciente primitivo: la fratriarcal y la patriarcal. Epstein fue capaz de forjar vínculos firmes con sus compañeros depredadores diciéndoles “lo que es mío es tuyo” y conservando la evidencia fotográfica. En este sentido, estableció un sistema fratriarcal en el que las mujeres jóvenes y las niñas se compartían entre hermanos primigenios como una forma de cohesión social. Pero Epstein también quería conservar al menos a algunas de estas mujeres como su propiedad inalienable. Las madres de sus futuros hijos debían estar en una zona prohibida, secuestradas tras los muros de un complejo inaccesible.
La economía doméstica de Epstein asignaba así a las mujeres a uno de los dos regímenes de propiedad sexual, con algunas pasando del fratriarcado al patriarcado a medida que crecían. Todas las mujeres y niñas son propiedad de un solo hombre, o todas las mujeres y niñas son propiedad de todos los hombres.
2.
Freud consideraba que la horda primitiva pertenecía directamente al reino del inconsciente. Solo salía a la superficie en momentos de transgresión organizada, como los carnavales. Pero no hay nada mediado o subliminal en el deseo de la extrema derecha de Silicon Valley de recrear el conflicto entre padres y hermanos primigenios. De hecho, su principal “filósofo”, Peter Thiel, miembro de la «mafia de PayPal» original, descubrió a Freud por primera vez a través de la obra de René Girard, el filósofo cristiano que dictó clases en Stanford en la década de 1990.
Thiel sigue definiéndose girardiano hasta el día de hoy, pero su lectura de Freud es sui generis. En Zero to One, un resumen de su filosofía empresarial con la extensión de un libro, utiliza Tótem y tabú como un prisma a través del cual analiza la economía política de una empresa de Silicon Valley controlada por sus fundadores. Celebra a los fundadores de startups como hermanos iconoclastas, decididos a derrocar el poder paternal de los monopolios de turno como Google, Amazon o Microsoft. La alianza de los tech bros demostró su poder disruptivo, pero Thiel advierte acertadamente que los roles primigenios no son fijos. Tan pronto como su padre es sacrificado, la hermandad desciende a una competencia asesina, en la que cada hijo afirma su derecho individual a crear un monopolio. “Los fundadores extremos no son nuevos en la historia”, escribe Thiel, señalando a Edipo y Rómulo.
Gracias a la más reciente colección de documentos revelados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, ahora sabemos que Epstein era cercano a las figuras más destacadas de la extrema derecha de Silicon Valley. Después del Brexit, intercambió correos electrónicos con Thiel celebrando el “regreso del tribalismo” y antes de su muerte invirtió millones en las empresas tecnológicas de Thiel. Epstein se habría reconocido a sí mismo en el retrato que Thiel hace del trágico fundador: se veía a sí mismo como alguien que operaba “por encima de la ley” y estaba destinado a crear sus propias leyes. Según Giuffre, interrogaba sin cesar a sus víctimas sobre su infancia en busca de signos de vulnerabilidad, pero era reticente ante cualquier indagación sobre su propia crianza. Epstein, al parecer, venía de la nada, un hijo huérfano. En uno de los artefactos de la última colección del Departamento de Justicia, una entrevista en video grabada por Steve Bannon, se presentaba a sí mismo como un outsider –“Jeffrey Epstein, solo un buen chico”– sin el lastre de las largas biografías que arrastran personajes como Bill Clinton o Paul Volcker.
Si la mitología del padre primigenio es la imagen de la forma de negocio preferida por la nueva élite, también se aplica de otra manera a sus organizaciones domésticas. La referencia adecuada aquí no es la familia nuclear sino la economía doméstica, donde la producción es inseparable de la reproducción y la gestión de los activos empresariales es coextensiva con la preservación de las posesiones familiares.
La extrema riqueza generada desde la crisis financiera mundial reavivó una forma de trabajo que, al menos en el mundo anglosajón, se había vuelto cada vez más infrecuente a mediados del siglo XX: el servicio doméstico a gran escala, a largo plazo y dentro del propio hogar. Pensemos en Palm Beach, donde Trump y Epstein hace tiempo se codeaban y que ahora es el hogar de muchos de los multimillonarios de Estados Unidos (así como de los aliados más cercanos del presidente). En la última década, se mudaron allí el fundador de Blackstone y megadonante republicano Steve Schwarzman, así como Ken Griffin de Citadel, y el gerente de fondos de cobertura Paul Tudor Jones. Otros, como la viuda de David Koch, Julia, y el cofundador de KKR, Henry Kravis, son residentes de larga duración. Sus hogares no son solo domicilios, sino importantes fuentes de empleo, cada uno de ellos atrae a muchísimos trabajadores permanentes y temporarios de las zonas más pobres del condado de Palm Beach y de lugares tan lejanos como Nueva York, Irlanda, Sudáfrica y Rumanía.
Esta forma de servicio doméstico está tácitamente regida por algo parecido a las leyes del “amo y sirviente”, una forma de empleo que en su día otorgaba a los amos un dominio virtual sobre su esfera privada de gobierno y castigaba a los trabajadores con sanciones criminales como el arresto domiciliario, el encarcelamiento e incluso el castigo corporal. Dados el origen de las leyes del amo y el sirviente en la Inglaterra medieval, sería fácil identificar este desarrollo como un retorno al feudalismo, una lectura cada vez más popular de la coyuntura actual, como lo ejemplifica la reciente obra de Yanis Varoufakis.
Tecno-feudalismo. El sigiloso sucesos del capitalismo.
El argumento le debe mucho a Marx, quien insinuó que el servicio doméstico personal se volvería obsoleto a medida que las relaciones feudales dieran paso al libre contrato laboral. Pero recordemos que, contrariamente a las predicciones de Marx, el servicio doméstico se expandió a finales del siglo XIX, no a pesar de sino debido a la creciente concentración de la riqueza industrial y financiera. Además, las relaciones entre amos y sirvientes perduraron hasta bien entrado el siglo XX y resurgieron en las recientes décadas, si no en acuerdos legales formales, al menos en acuerdos de facto.
Estas leyes resultaron especialmente difíciles de eliminar en lo que respecta al trato de los sirvientes domésticos, principalmente mujeres negras: cualquier intento de organización laboral se topaba con el argumento de que eran miembros de la familia y, por lo tanto, estaban expuestos a ser tratados con las mismas formas de abuso que los familiares más cercanos. Aquí nos hacemos una idea clara de la “confusión de categorías” que reina en la economía doméstica. Mientras que la familia nuclear postula una separación ideal entre el hogar y el mercado, la vida personal y la laboral, las leyes sobre amos y sirvientes asumen una fusión completa entre ambas esferas.
Epstein era propietario de múltiples propiedades de gran tamaño –en Palm Beach, Nueva York, París y Nuevo México– así como de una isla privada, Little Saint James. Su nómina incluía a docenas, quizá cientos, de empleados internos, desde asesores legales y guardaespaldas hasta choferes, cocineros, personal de limpieza, jardineros, trabajadores de mantenimiento y “masajistas”. Los visitantes describen una jerarquía de asistentes cuya relación precisa con Epstein –íntima o comercial– a veces era difícil de discernir. Los socios de negocios masculinos como el abogado Alan Dershowitz eran amigos y, según los alegatos de algunas víctimas, participantes ocasionales en crímenes sexuales. En Relentless Pursuit, Bradley J. Edwards, un abogado de Florida que representó a unas 20 víctimas de Epstein, sugiere que un grupo de novias oficiales, típicamente más grandes y más ricas, formaban un círculo íntimo privilegiado y a veces eran cómplices de los abusos. Si la relación terminaba en buenos términos, podían ascender y unirse a Maxwell como proxenetas a tiempo completo de chicas jóvenes.
3.
El origen de la fortuna de Epstein permanece elusivo. Sabemos que trabajó como asesor financiero y planificador patrimonial no calificado para multimillonarios como Les Wexner (Victoria’s Secret), Leon Black (Apollo Global Management) y, según las más recientes revelaciones, el magnate inmobiliario Mortimer Zuckerman y la heredera Ariane de Rothschild. Los extraordinarios honorarios que le pagaban estas personas siguen desafiando cualquier explicación. Lo que sí sabemos es cómo utilizaba Epstein ese dinero: como fondos ilegales para su negocio de mecenazgo a tiempo completo. En sus tratos con otros hombres de la élite, les prometía favores financieros y sexuales. Sus beneficiarios podían recibir financiación para una unidad de investigación junto con una visita aparentemente sin riesgos a la residencia de Epstein, repleta de documentación fotográfica. A cambio, se esperaba que le aseguraran el acceso a círculos de influencia cada vez más altos.
Tanto financiera como sexualmente, Epstein vinculó su reputación a la de sus beneficiarios. Cualquier daño a su nombre inevitablemente mancharía el de ellos. Durante muchos años, este acuerdo se tradujo en una inmunidad legal virtual. En 2008, los fiscales federales fracasaron en el intento de presentar cargos completos por tráfico sexual contra él, a pesar del testimonio de 36 mujeres jóvenes.
Epstein se presentaba como un mecenas incluso ante sus jóvenes víctimas. A las estudiantes que recogía en Nueva York les prometía fondos para cubrir los gastos de matrícula en universidades de la Ivy League o una buena recomendación ante el propietario de una famosa galería de arte. Las adolescentes de los parques de casas rodantes de West Palm Beach podían convertirse en masajistas profesionales o, como mínimo, en reclutadoras a tiempo completo de otras chicas. (La fugitiva Giuffre iba a recibir formación profesional como masajista en la escuela más prestigiosa de Tailandia). Muchas víctimas veían su patrocinio como una alternativa económica genuina. Según el abogado Edwards, varias de las víctimas a las que representó fueron abusadas durante su infancia o procedían de hogares violentos. Algunas estaban sinceramente agradecidas de que Epstein las hubiera rescatado del trabajo sexual mal remunerado.
No se trataba solo de los 100 dólares por una primera sesión de “masaje”: Epstein también prometía una especie de trayectoria profesional. Sin embargo, el patrocinio sexual se convirtió rápidamente en servidumbre sexual: aunque era generoso con sus pequeños regalos, nunca cumplió sus grandes promesas. El objetivo era mantener a sus víctimas en un estado de endeudamiento permanente.
Debido a que Epstein involucraba a casi todas las personas con las que se relacionaba en lazos proliferantes de obligaciones y dependencias, la tarea de asignar culpas resulta extrañamente difícil. Es probable que todo su personal doméstico fuera cómplice, en mayor o menor medida, de sus abusos sexuales. Muchos de ellos debían tener conocimiento directo de lo que sucedía: el famoso cocinero que recibía a las jóvenes en la cocina antes de que subieran las escaleras, los chóferes que llevaban a Maxwell por Nueva York mientras buscaba estudiantes, la empleada doméstica que limpiaba las habitaciones y los baños. Incluso las víctimas más modestas de Epstein supuestamente podían escapar de las peores formas de abuso reclutando a otras chicas. Más de una describió la economía doméstica de Epstein como un elaborado esquema piramidal en el que se animaba a las participantes a verse a sí mismas como contratistas independientes, libres de dirigir sus propios “pequeños negocios” en la moda o el arte, siempre y cuando también cumplieran con las necesidades de reclutamiento del amo. ¿En qué momento el interés propio dependiente se convirtió en complicidad?
En sus declaraciones ante la policía y la fiscalía, las víctimas llaman la atención sobre la asombrosa familiaridad que Epstein y Maxwell creaban en medio de los abusos más horribles. Una chica comió pochoclo y vio Sex and the City con ellos antes de ser agredida. Según otro testigo, Maxwell se comportaba como una hermana mayor genial, introduciendo a sus hermanos en un mundo de sofisticación adulta.
Los lazos de parentesco, a diferencia de las relaciones del libre mercado, evocan una forma de obligación no contractual, un vínculo que no se puede disolver fácilmente a cambio de dinero. La economía doméstica extiende estas obligaciones no contractuales tanto a los trabajadores como a los miembros de la familia, borrando la distinción fundamental entre ambos (aunque no las jerarquías internas). Una antigua víctima tuvo problemas para escapar de Epstein porque se sentía en deuda con él como “amigo, figura paterna, empleador y amo”. Giuffre relata que Epstein y Maxwell actuaban como sus padres, proporcionándole atención dental y enseñándole modales en la mesa.
Sin embargo, en otras ocasiones, Virginia era como una madre para él, le ponía las medias a la mañana y lo metía en la cama a la noche. “Epstein y Maxwell consolidaron su poder sobre mí ofreciéndome un nuevo tipo de familia”, escribe. “Epstein era el patriarca, Maxwell la matriarca, y estos roles no eran meramente implícitos. A Maxwell le gustaba llamar a las chicas que atendían regularmente a Epstein sus ‘hijas’”. Los lazos emocionales que la unían a Epstein se sentían reales: “No era exactamente amor, pero creo que la palabra adecuada es lealtad”.
Sin embargo, la deuda no era reversible. Epstein podía romper los lazos con cualquier miembro de su hogar a voluntad, pero nadie podía hacer lo mismo, especialmente sus jóvenes víctimas. Giuffre emigró a Australia para escapar, pero seguía “muerta de miedo” de él. Muchas otras mujeres testificaron que Epstein y Maxwell las amenazaron con matarlas si intentaban escapar o denunciaban los abusos.
4.
Puede que la familia Epstein haya alcanzado extremos de sadismo, pero su economía política se vuelve menos excepcional hoy en día. Cuando un solo individuo dispone de más dinero que una agencia gubernamental que concede subvenciones o una universidad dedicada a la investigación, el impacto en la producción de conocimiento y las relaciones académicas es profundo. El mismo efecto dominó se puede observar en el sector de los servicios y la vivienda, ya que los complejos de los multimillonarios comienzan a moldear el futuro de economías urbanas enteras. Sin duda, la empresa familiar de Epstein era única por su auténtica complejidad organizativa, pero el tipo de obligación personal y de endeudamiento que inspiraba entre sus dependientes es ahora una característica estándar de la economía familiar de los multimillonarios.
Esta reflexión ayuda a aclarar el papel catalizador que admite el movimiento #MeToo en nuestro actual ciclo de reacción conservadora. Es difícil llevar la cuenta de los hombres de todo el espectro político que en los últimos años experimentaron conversiones arrepentidas a la extrema derecha trumpista. Cuando se les pide que expliquen su cambio de opinión, señalan repetidamente anécdotas de agresiones sexuales que parecen demasiado triviales, por no decir ridículas, como para haber provocado una sensación de colapso histórico mundial. La aparente discrepancia tiene más sentido cuando recordamos que el #MeToo se originó en un sector particular de la industria cinematográfica: el mundo altamente personalizado de los estudios privados de cine independiente. Como cofundador de Miramax y The Weinstein Company, Harvey Weinstein era el producto de una peculiar sociedad controlada por sus fundadores estilos en la que los propietarios-gerentes gozan de un poder desenfrenado sobre su personal y sus clientes. El movimiento #MeToo representó un ataque directo a su poder sexual y económico combinado. No es una sorpresa que Epstein y Weinstein fueran amigos. O que hombres de todo el espectro político contactaron a Epstein en busca de consejo cuando lidiaban con acusación de abuso sexual después del #MeToo.
Gracias a nuestra creciente reflexión sobre el mundo de Epstein, obtuvimos una imagen más clara de la lógica psíquica y económica de la extrema derecha contemporánea. Al igual que Epstein quería cerrar todas las vías de escape a sus víctimas femeninas, Trump y sus reaccionarios tecnológicos quieren acabar con todas las alternativas a la economía doméstica y convertir la presidencia en una empresa familiar controlada por su fundador. Los ataques al Estado administrativo, al sector público y a los sindicatos, así como la transformación de los agentes de control fronterizo en una milicia personal, pueden entenderse como parte de un programa más amplio para extender la regla del amo y el sirviente a toda la economía. Quizás si todos nos convertimos en conductores de Uber, vendedores tercerizados de Amazon, contratistas comerciales de magnates inmobiliarios o académicos que le suplican a los multimillonarios, ¿entonces el fundador estará a salvo del sacrificio colectivo?
Las víctimas de Epstein experimentaron la regla del amo y sirviente no solo como violencia económica sino también sexual. Fueron las primeras en nombrar y resistir nuestro orden político emergente.
Fuente:
Ctxt





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