Por Andrés
ActisPeriodista licenciado en Comunicación Social (UNR-Argentina). Colabora en diferentes medios, entre ellos El Salto.
La escasez hídrica alcanza niveles críticos en el golfo Pérsico por la crisis climática y la sobreexplotación. El agua potable llega a través de unas desaladoras que están siendo bombardeadas. La ONU advierte, por primera vez, que este recurso vital se está agotando en muchas regiones del planeta
Este domingo se celebra el Día Mundial del Agua. En enero, Kaveh Madani, director del Instituto de Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-INWEH, por sus siglas en inglés) y uno de los científicos internacionales que más ha investigado sobre la problemática sistémica del agua a escala planetaria, llamó a “la cordura y a la acción política” ante un escenario inédito en la historia de la humanidad: la “bancarrota hídrica global”.
Para los expertos que asesoran a la ONU, el mundo ha entrado en un “punto de no retorno” por sistemas en “donde la demanda humana ha agotado irreversiblemente los ahorros acuíferos y secado los pozos del futuro, poniendo en riesgo el conjunto del sistema hídrico del planeta”.
“Es como tener una cuenta bancaria a la que se le extrae dinero cada día sin que entre un solo depósito: el saldo ya es negativo”, explicaba Madani al presentar el informe del organismo adscrito a la ONU, titulado precisamente Global Water Bankruptcy.
“Esta situación nos obliga a gestionar la quiebra. Esto implica renegociar el contrato con la naturaleza, transformar la agricultura, repartir justamente un recurso menguante y blindar los ecosistemas que aún producen agua”, pedía el científico, de origen iraní, en la presentación del estudio. Nada de eso ha ocurrido. Todo lo contrario. La guerra iniciada por Estados Unidos e Israel, con bombardeos cruzados a desaladoras y la destrucción de los sistemas de saneamiento, está profundizando la bancarrota.
A diferencia de los ataques a instalaciones petroleras, que afectan principalmente a la producción y al comercio, los dirigidos contra infraestructuras hídricas golpean “el corazón de la civilización”, resume José Fernando Pérez, doctor en Ingeniería Química y Ambiental y profesor de la Escuela de Arquitectura, Ingeniería y Diseño de la Universidad Europea.
Javier Lillo Ramos, colaborador honorífico en el Grupo de investigación sobre Cambio Global Terrestre y Geología Ambiental de la Universidad Rey Juan Carlos, explica que el uso del agua como arma “no es nuevo”. Hay numerosos ejemplos que han ocurrido desde la antigüedad en diferentes zonas del globo.
Sin embargo, para evitar estos daños —con sus devastadores impactos en la sociedad civil— en 2019 se presentó la Lista de Principios de Ginebra sobre la Protección de las Infraestructuras Hidráulicas, un documento de referencia para su uso en conflictos armados. La protección de las infraestructuras de agua figura entre las principales normas a acatar. “Es imprescindible que los países apoyen y sigan estas iniciativas a escala global. Si no es así, todos perderemos en las guerras”, advierte este experto.
Los ataques
Desde el inicio de la guerra se han reportado varios ataques a infraestructuras hídricas. Teherán denunció que los misiles alcanzaron una planta desalinizadora en la isla iraní de Qeshm, en el estrecho de Ormuz, de la que dependen unas treinta localidades en la que viven cientos de miles de personas. El ministro iraní de Exteriores, Seyed Abbas Araghchi, calificó la operación estadounidense de “crimen flagrante” y advirtió de que atacar infraestructuras civiles iraníes “sentará un precedente peligroso con graves consecuencias”.
Días más tarde, Bahréin, país que abarca más de 30 islas en el golfo Pérsico, denunció que Irán lanzó un dron contra una de sus plantas desalinizadoras. Aunque la instalación no quedó destruida por completo, el ataque puso de manifiesto la enorme vulnerabilidad de este tipo de infraestructuras críticas. Dubai también notificó que los ataques contra el puerto de Jebel Ali impactaron muy cerca de una de las plantas desalinizadoras más grandes del mundo.
Más países denunciaron ataques a infraestructuras hídricas en los últimos días, como un incendio cerca de la Planta Independiente de Agua y Energía Fujairah F1, en Emiratos Árabes Unidos, o la planta Doha West de Kuwait, que también reportó daños por la caída de restos provenientes de ataques con drones.
Tras la escalada de este tipo de ataques, el portavoz del Ministerio de Exteriores de Qatar, Majed al Ansari, alertó de las consecuencias “irreversibles”. “Atacar infraestructuras vitales, ya sean plantas de desalinización de agua, tanques de agua, reservas de alimentos, reservas de medicamentos o plantas de producción de medicamentos; cualquier tipo de infraestructura que sustente la vida de las personas, constituye un grave peligro para la población de la región y más allá”, advirtió.
Aunque más invisible, la contaminación de los acuíferos —los depósitos de agua subterránea— es otro problema grave en lo que respecta al suministro. Los bombardeos de Trump y Netanyahu contra las refinerías de Irán dejaron un “lluvia negra ácida” —dióxido de azufre, dióxido de nitrógeno, partículas PM2,5— que se ha filtrado por muchas vías fluviales.
Si el agua marina está contaminada, las plantas desalinizadoras pueden “saturarse o fallar”, explican los expertos sobre este otro riesgo. También puede ocurrir que no se eliminen todos los contaminantes químicos complejos y que el agua potable contenga trazas contaminantes.
Al mezclarse con la humedad atmosférica, el hollín, las cenizas y los residuos de crudo están provocado un “desastre ambiental de gran magnitud con impactos inmediatos y a largo plazo”, advierten los científicos de Conflict and Environment Observatory (CEOBS), un observatorio especializado en el impacto ambiental de las guerras.
Esta ONG explica que si bien el Golfo es una zona dominada por la industria de los combustibles fósiles —y sus consiguientes problemas de contaminación—, “aún existen zonas de gran importancia ecológica”. “Los riesgos se extienden más allá de la región: la fragata iraní Dena fue torpedeada cerca de la costa de Sri Lanka, y la consiguiente mancha de petróleo de 20 km de longitud amenaza ahora zonas de gran importancia ecológica a lo largo de su litoral. Las autoridades de Sri Lanka están llevando a cabo labores de limpieza y muestreo”, se detalla en la última actualización.
Los buques hundidos y las infraestructuras portuarias dañadas —explican los expertos que integran este organismo— pueden presentar “riesgos significativos de contaminación, incluso por combustibles y aceites”. Los derrames de petróleo son otro foco de preocupación. “Se han registrado al menos 12 ataques a buques mercantes en puertos o en el Golfo Pérsico; a medida que aumenta el número de ataques, también aumentan los riesgos de un incidente ambiental grave”, alerta el observatorio.
Un panorama similar denuncia Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud (WHO). Días atrás, alertó que las “lluvias cargadas de petróleo” contaminan alimentos, agua y aire, “peligros que pueden tener graves consecuencias para la salud, especialmente en niños, personas mayores y personas con afecciones médicas preexistentes”.
Sin desalinizadoras no hay agua potable
Según un estudio publicado en la revista Nature en enero de este año, de las casi 18.000 plantas desalinizadoras operativas en todo el mundo, unas 4.900 se encuentran en Oriente Medio. En conjunto, estas instalaciones generan una capacidad de desalinización de 29 millones de metros cúbicos de agua al día, lo que equivale a aproximadamente el 42% de la producción mundial.
La cifra permite dimensionar la importancia estratégica de estas infraestructuras en esta región. Las desalinizadoras proveen la mayor parte del suministro de agua potable en la mayoría de los países: el 93% en Kuwait, 86% en Oman, 70% en Arabia Saudi, 48% en Qatar y 42% en Emiratos Árabes Unidos, según las últimas cifras del Instituto Francés de Relaciones Internacionales.
El dato clave es que la región del Golfo tiene el 6% de la población mundial, pero alberga apenas el 2% de las reservas mundiales de agua dulce renovable. ¿Uno de los motivos? Las fuertes presiones que el auge de la industria petrolera —iniciado en la década de 1950— ejerció sobre la zona. Por lo tanto, en esta parte del mapa mundial, las desalinizadoras son sinónimo de agua potable.
De los 25 países que enfrentan un estrés hídrico extremadamente alto en todo el mundo (es decir, que utilizan más del 80% de su suministro de agua renovable), 15 se encuentran en Oriente Medio, según la investigación publicada en Nature, liderada por Noman Khalid Khanzada, del Centro de Investigación del Agua de la Universidad de Nueva York en Abu Dabi (NYUAD).
En contraste, explica Lillo Ramos, las desalinizadoras de Irán sólo aportan el 3% del suministro de agua potable, que se basa fundamentalmente en el aprovechamiento de las aguas subterráneas. El problema: los embalses están muy por debajo de su capacidad tras cinco años de sequía. “La sobreexplotación de aguas subterráneas, la contaminación por intrusión de agua de mar o aguas residuales y las sequías persistentes han agotado gravemente estas fuentes de agua vitales en esta región del planeta”, señalan Khalid y su equipo de trabajo.
Según datos del Instituto de Recursos Mundiales (WRI), el 83% de la población de Oriente Medio ya sufre una grave escasez de agua, cifra que se prevé que aumente al 100% para 2050. “Se espera que la situación en la región empeore aún más debido al crecimiento demográfico, el rápido desarrollo económico, la gestión insostenible del agua y los desafíos sociopolíticos. Por lo tanto, la seguridad hídrica se ha convertido en una cuestión de vital importancia y en un pilar fundamental de la seguridad nacional en esta región”, concluyen los investigadores.
El quiebre ecológico de Irán
Alain Chandelier es un periodista que desde hace años retrata, desde el terreno, la crisis ambiental de Teherán, la capital de Irán. En enero, antes de las bombas, cuando las protestas sociales se generalizaron, publicó una crónica para el medio Euronews titulada “Irán estalla: cuando la crisis climática convierte la protesta en una lucha por existir”.
Chandelier detalla que el país afronta una “destrucción climática múltiple” en la que los desaIstres ambientales encadenados han derivado en “un callejón existencial sin salida”. La sequía, la peor en casi seis décadas, ha provocado en los últimos meses el racionamiento del agua, con límites para el consumo humano y productivo. Durante varias semanas, se evaluó evacuar Teherán por temor a un desabastecimiento generalizado.
En su reportaje, el periodista explica que, si bien todavía no se ha producido un desplazamiento masivo hacia las zonas más húmedas del norte, ya han saltado chispas de “tensiones interregionales” por recursos de agua limitados. Además, los proyectos de trasvase entre cuencas, diseñados para sostener industrias ineficientes en la meseta central, se han convertido ahora en focos de enfrentamiento entre provincias.
La tensión hídrica —revela— ha entrado en los hogares de las grandes ciudades. Los cortes reiterados y el racionamiento informal del agua potable, así como el deterioro preocupante de su calidad (concentración de sales y nitratos) se han convertido en una “rutina agotadora para los ciudadanos”.
La muerte por sequía de miles de robles en la cordillera del Zagros y la conversión de los pastizales en desiertos estériles —agrega Chandelier en su crónica— no sólo empujan el ecosistema de Irán hacia la destrucción, también colocan la seguridad alimentaria del país al borde del colapso. Cada año, alrededor de 100.000 hectáreas de tierras agrícolas y pastizales de Irán están en riesgo de convertirse en desierto absoluto. La degradación del suelo ha alcanzado ya un nivel crítico, porque la tasa de erosión es cerca de tres veces mayor a la media mundial.
Mucho tiene que ver el consumo desmedido y depredador de los recursos de agua subterránea, que ha llevado a que las llanuras de Irán afronten una “muerte irreversible”. Según cifras oficiales, Irán afronta un balance negativo de 130.000 millones de metros cúbicos en sus acuíferos, lo que significa que, incluso si las precipitaciones vuelven a niveles normales, los depósitos subterráneos ya no tienen capacidad para almacenar agua.
La subsidencia es un daño colateral de la insostenible extracción de agua. El suelo en Irán no se hunde unos pocos milímetros, en algunas zonas se abre a un ritmo escalofriante de 20 a 30 centímetros al año, una tasa 40 veces superior a la media de los países desarrollados y el mayor registro documentado en el mundo
“Este escenario desnuda la paradoja del Irán de 2026. Resolver las crisis climáticas exige grandes inversiones internacionales, diplomacia del agua y la adopción de estándares ambientales globales”, explicaba este reportero a mediados de enero. Estados Unidos e Israel eligieron el camino opuesto: un ecocidio escondido en miles de bombas y misiles.
El agua se agota a escala global
El término “bancarrota hídrica” —acuñado por la ONU en el informe— establece un paralelismo con la bancarrota financiera: al igual que una empresa o individuo que ha gastado más de lo que posee puede enfrentar la insolvencia, muchos sistemas hídricos también se encuentran hoy más allá de sus posibilidades.
Los datos revelan que, durante décadas, las sociedades han extraído más agua de los recursos naturales de la que pueden reponer de forma sostenible, agotando tanto los caudales renovables anuales como las reservas no renovables, como las aguas subterráneas y los glaciares.
“El principal mensaje que transmite este trabajo es que es necesario dejar de hablar de estrés hídrico o crisis del agua, conceptos en los que cabe pensar en una posible recuperación de los sistemas hídricos y ecosistemas asociados. En muchos casos esta recuperación ya no es posible, los daños son irreversibles”, explica Antonio Collados Lara, científico titular del Instituto Geológico y Minero de España (IGME-CSIC).
La auditoría global pinta un panorama desolador: el 75% de la población mundial vive en países donde el agua escasea o es insegura; más de la mitad de los grandes lagos del planeta se están secando; 2.000 millones de personas habitan sobre terrenos que se hunden por la sobreexplotación de aguas subterráneas; y en 50 años se han perdido humedales equivalentes a toda la superficie de la Unión Europea.
En su informe, la ONU advierte de que “la crisis no conoce fronteras”. La agricultura, que consume el 70% del agua dulce —80% en el caso de España—, es el epicentro del colapso. Cuando los cultivos se secan en una región, la escasez viaja a través de los precios de los alimentos, golpeando la seguridad alimentaria global y desestabilizando economías, explica Madani. Y agrega: “El agua que falta aquí, se nota en la comida de allá. Esta quiebra no es un problema local, es un riesgo sistémico que fluye por las venas del comercio mundial”.
Este miércoles, se conoció que este científico irání —señalado como un “ecologista traidor” en su país por denunciar la insostenibilidad de la agricultura— es el ganador del Premio del Agua de Estocolmo 2026, considerado el Nobel en este ámbito. Al ser entrevistado, admitió que la satisfacción personal está totalmente empañada por los bombardeos. “Lamentablemente, el impacto medioambiental de la guerra durará muchos años“, adelantó.
Fuente: El
Salto





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